miércoles, 21 de diciembre de 2016

"Pla contra Wagner" (I)


¡BRAVO, Xavier Montsalvatge; magnífico! Lo que ha escrito usted sobre Wagner y sus discípulos en el número 549 de DESTINO es de una exactitud que merece ser subrayada. Sospecho que nos dará usted muchas sorpresas. Tiene usted una manera de ver las cosas por dentro que está por encima de la mayoría de los tópicos y lugares comunes al uso del profundo provincianismo en que vivimos. Hay que ser joven, hay que romper la costra de cartón periodístico que nos ahoga, saber decir ¡no! a tiempo, no tener miedo al ridículo. Cuando se tiene una pluma en la mano y algo que decir, hay que hacerlo contra viento y marea, prescindiendo de las diferentes asociaciones de bombos mutuos a que  ha quedado reducida, casi, nuestra vida artística

Tiene gran interés que eso que ha escrito usted de Wagner lo haya escrito un músico—y un músico de su categoría—. Cuando, estando el infrascrito en Berlín, antes del advenimiento del nacional-socialismo, constaté, en una crónica periodística, el descenso que se notaba de la música del aparatoso artistazo entre el público alemán, los músicos de aquí me molieron a palos y un compañero de periódico, Rosendo Llatas, me dio una rociada dialéctico-erudita literalmente abrumadora. Agradecí la rociada — porque siendo liberal de palabras y de hechos, soy insensible a los elogios y a las críticas—; pero los hechos quedaron en su sitio. En 1925-26, Wagner estaba en Alemania totalmente acabado. Luego vino la preponderancia del partido nacional-socialista y un buen día Goebbels anunció al pueblo alemán que el músico preferido por el «bello Adolfo» era Ricardo Wagner y que lo que le gustaba más al salvador (!) del pueblo alemán era aquella parte de su obra menos italianizante, sino la más selvática, la más aria, la que contiene la mitología más sangrienta y anticristiana de los rubios: la «Tetralogía». ¡Ah, Dios mío, la que se armó1 Si ustedes hubieran visto a los alemanes correr detrás de Wagner, poner el retrato en el salón, agotar las localidades en conciertos y óperas, donde daban la música del genio ario! Fue un delirio, algo repugnante,

Luego, se formó el mito: los periódicos y revistas se cansaron de repetir que Mozart, Schumann, Schubert y Beethoven eran blandengues y que afeminaban el ánimo, y que lo grande, lo recio, lo alemán, alemán, alemán era Wagner. Se prescindió cuidadosamente de la polémica Nietzsche-Wagner, a pesar de que después de lo dicho por Nietzsche en «El caso Wagner» no hay apenas nada más que decir, ni aun desde el punto de vista de la dimensión tudesca del pedantesco artistazo. La discusión quedo aparte y la censura de Estado puso grandes re paros a la edición auténtica de «El caso Wagner». Por eso se hizo la edición esta tal de las obras de Nietzsche, con los es purgos necesarios para que la obra pudiera llegar «a todas las manos alemanas». Resuelto el pequeño problema tan expeditivamente, Nietzsche se convirtió en el filósofo de la casa y Wagner en el proveedor de sensaciones divinas. Las señoritas del país se vistieron de Brunildas y los jóvenes de Lohengrins, todo proveniente de los modos del artesanado más exquisitamente distinguido. Recuerden las ingenuas fotografías arias de la época de lo guerra. Son del mismo tiempo en que los campos de concentración estaban en pleno funcionamiento.

Ahora, en Barcelona, los mitólogos del país dicen lo mismo, con veinticinco años de retraso, que lo que se dijo en Berlín en la época prehistórica de antes de la guerra: que Wagner es lo grande y lo recio y lo adusto y lo fuerte, y que toda otra música es blandengue porque afemina el ánimo, y lo entibia, y lo convierte en un terreno abonado para el escepticismo. Esos Lohengrins honorarios olvidan que los wagnerianos alemanes desaparecieron hace ya mucho tiempo y que aquel país, a pesar de lo grande, lo recio, lo adusto y lo fuerte, ha dejado de ser, por el momento, un país de soberanía alemana. Es un ligero tropiezo.

Relato todo eso para recordar, con hechos, lo que se hizo notar, a propósito de Wagner, hace ya tanto tiempo: una gran parte de su obra tiene muchísimo más que ver con cosas extravagantes a la música que con la música misma. La música de Wagner tiene que ver con la mitología, con el patriotismo, con la religión, con la raza, con la anécdota legendaria o histórica, con la moral y con mil cosas más; pero con la música, con la realidad de la música, con la música pura, menos. Ello se comprende porque Wagner fue, ante todo — como demuestran sus escritos y su correspondencia —, un montador de grandes espectáculos, un empresario de maquinarias teatrales que en su tiempo parecieron grandiosas y que hoy nos parecen dramas bastante ingenuos del señor Guimerá. Pretendió siempre Wagner dar al público cosas completamente mascadas y hechas y a estos efectos puso música a sus pesadísimos y soporíferos dramones. Si se descarna la música que contienen de la osatura del dramón, sólo excepcionalmente se digiere. Y es que en Wagner hay una confusión constante de los límites de las bellas artes, una negación sistemática de que la música haya de ser ante todo musical La música ha de servir, siempre según él, a otras necesidades que a las de la música misma. Truco antiguo y ya desacreditado. Es el truco del pintor que quiere hacer pasar su mercancía averiada representando escenas gratas a lo populachería política o social sucesiva. En grotesco es el caso de aquel barítono que cantaba en Málaga y que trató de soslayar una silba merecidísima, gritando: «¡Viva Málaga! ¡Vivan las mujeres de Málaga! ¡Viva el vino de Málaga! ¡Viva Andalucía!»

Los artes tienen límites. Es siempre preferible que la pintura sea pictórica y la música, musical esencialmente. Si se involucra todo, el caos es excesivo. Así al menos se creyó siempre en la escuela, y hablo de escuela en el mejor sentido de la palabra: la teoría estética general y los límites de las artes están formulados de manera insuperable en la inmortal correspondencia entre Goethe y Schiller. En este orden de ideas, esa correspondencia recoge lo que de más vivo y eterno tiene lo antiguo.

Los trozos de música wagneriana que se mantienen independientemente de los monstruosos dramones que la sostienen, son, ante todo, naturalistas, y algunos, por el camino de la pura mistificación, pretenden llegar a un misticismo cósmico y panteístico. En el siglo XVIII, las palabras mistificación y mística se hacían arrancar del mismo tronco. Wagner nos describe el murmullo de la selva, el ruido de las setas al nacer en los rincones sombríos y húmedos del bosque, la aparición de la hierba, los ladeos de los dioses septentrionales, las interpretaciones amorosas de los héroes masculinos y femeninos, los susurros de los colores del crepúsculo, el ruido de los pisadas de los peregrinos, los murmullos del agua de los ríos y riachuelos, «et sic de ceteris». Todo eso, no lo niego, es importante, sobre todo desde el punto de vista de la armonía imitativa, que a veces es en su obra de un paralelismo fotográfico. ¿Pero es tan decisivo como se dice? ¿Puede tener la música como finalidad el mero realismo, la pura imitación de los ruidos de la Naturaleza, el puro gemido y balbuceo humano intimo? La captación de esos espectáculos siempre se dejó para la literatura, lo música tuvo siempre otros perspectivas distintas. La pesadez plúmbea de Wagner, sin embargo, no le viene de su naturalismo ni de su realismo. Si no fuera por esos momentos, su música seria la pesadez suprema, el aburrimiento químicamente puro, la geología.

Insistir sobre el daño que ha hecho Wagner a sus seguidores, tendría muy buen sentido. Algunos, como Strauss y Debussy, no solamente imitaron lo bueno de Wagner, que es su naturalismo, sino que lo hicieron con uno elegancia congénita. (Sin embargo, el folleto de Cocteau contra Debussy en tanto que wagneriano, está vivo como el primer día.) En este país, los wagnerianos imitaron lo peor del artistazo y aquí están sus mamotretos. Recientemente, un crítico los ha enumerado. Su simple enumeración produce un efecto horrísono. ¡Cuán triste es tener que recordar que de Morera no quedarán, gracias a Wagner, más que sus sardanas, y que de los wagnerianos cien por cien no que dará ni eso!

Para terminar, me permitiré aconsejar la lectura de la conferencia de don Juan Maragall pronunciada en la Asociación Wagneriaria de Barcelona, sobre «El drama musical de Mozart» («Obres Completes», página 678).

"Contra Wagner". Destino, núm. 550 (21 febrero 1948), p. 5.