martes, 8 de julio de 2008

Hans Urs von Balthasar sobre El arte de la fuga de J.S Bach



EL ARTE DE LA FUGA (Bach)
Ideas suplementarias para una ejecución

Ahora queda sólo un camino: tiempo valioso es éste...
La más dura estabilidad creída vacila.
Pero a pesar de todo lo que cede, EL linaje aun expresa su
palabra.
(Stefan George)


Después de que ha caído el sueño de la armonía y se ha disipado la embriaguez de los colores; después de que los de abajo se han cogido los jirones y los desechos de la fiesta y se han zambullido en el caos de lo exótico, en el que ya no se dan ni gradación ni calidad, los más serios se encuentran desamparados en la decadencia generalizada. Sin embargo, muchos retroceden a tientas hacia el insidioso camino triple en el que los abandonó el ángel protector de los buenos caminos, y se acuerdan del tiempo cuando se imaginaba lo imaginario a partir del saber de todos, cuando la figura era configurada a partir de los trazos de todos. Entonces el maestro apenas era nombrado, pero la imagen era llevada en triunfo por las calles. Con el inicio de esa época en la que el arte es llamado en general arte romántico, se comenzó a falsear patéticamente esta relación que desde antiguo era considerada como esencialmente adecuada al arte: la relación del artista con la sociedad. El artista ya no quiso la gloria de su obra, sino del precio de sí mismo. Él solo se eleva hasta el cielo para robar el fuego divino, no como quien ha sido enviado, sino como donador temerario, y, porque en su orgullo, no como oración de todos, se elevaba por encima de la comunidad, fue encadenado por su individualismo y engañado por su ambición de máximos derechos, y el humo de su fuego fue más abundante a que su claridad. Porque mientras él buscaba apartado y se comportaba hacia los demás sólo gestualmente, Uno más grande atravesaba la comunidad, no abrazando desde fuera a los millones, sino vinculándolos íntimamente; y para esto Él nos daba también el nombre: Corpus mysticum. ¿Para qué aún el tender sin sentido y errante, cuando Dios se une a nuestra forma en el caminar amante y cumple por sí mismo lo que nosotros apenas podíamos desear?

En la coral gregoriana la conciencia de la comunidad de los hombres del medioevo se expresó del modo más completo y adecuado. Ella es esa monodia pura tal como fue imaginada, desde las escuelas de canto en la época de su apogeo hasta la grave e inabordable belleza de sus líneas regias, por la misma pasión estética a la que agradecemos también los contornos monumentales de los grandes frescos, pasión transmitida en los fastuosos códices de su tiempo, subestimada en cuanto a construcción y aportación por nuestro pasado inmediato, y cuya vitalidad apenas barrunta nuestro presente. Entonces se dispensaba al acorde de sus partes. Los tonos concomitantes: la octava, la quinta y la cuarta, fueron ciertamente cantados autónomamente junto al tono fundamental más tardíamente, pero sólo para procurar al único sonido un nuevo color y plenitud, y esto sin sacrificar la esencia de lo unísono.

Las escuelas holandesas fueron las primeras que comenzaron a interpretar consecuentemente este nuevo estado de cosas como acorde, y tejieron sus sonidos haciendo esas maravillosas telas en las que las voces se mueven autónoma y armónicamente, pero sólo en un conjunto lleno de sentido. ¿Quién desearía quitar del portal gótico las estatuas, retirarlas de su conjunción con zócalos y columnas? La sencillez servicial de todas las partes quería sólo elevar la obra a esa altura.

Pero cuando despertaba la nostalgia por la forma bella de la figura griega, el orden de la unidad sonora se convirtió en cárcel y cadena. La voz quiso ser soberana —moviéndose en sí misma acabada y sin relaciones—. Los maestros alemanes trajeron del sur el nuevo estilo y se encendió una lucha entre la tradición y la novedad foránea. Porque en la unidad desplegada, dijeron los filósofos, yacía el mundo entero y su reflejo bastaba para conocer el todo. La voz liberada recorrió orgullosa el tiempo de la música, seguida, acompañada por la admiración de los demás. El acompañamiento, sin embargo, se convertía sin ella en algo carente de sentido, materia muerta.

Pero la lucha terminó con la victoria de ambas partes. La época que supo construir con la monadología un puente entre el micro y el macrocosmos, de modo que no sólo la persona excepcionalmente dotada fuese elevada a símbolo, sino que cada una podía encontrar su puesto en la armonía universal, fue también la época que dio a luz la fuga. Porque así como la mónada es persona y alberga en sí cada punto del espacio y del tiempo y, aunque carece de ventanas, permanece en su esencia abierta a todas las otras e inmemorialmente dispuesta en la línea ininterrumpida de los seres, del mismo modo en la fuga la voz ya no es sumergida en la posición únicamente de servicio a la armonía, sino que más bien, incalculablemente grande como parte y a la vez espejo del todo, se encuentra dispuesta en el orden del desarrollo y, sin embargo, causando y mandando el desarrollo mismo. Y así como existe la libertad de la mónada de colaborar en el ordenamiento predeterminado del mejor de todos los mundos, existe también la libertad de la voz para cooperar en la regulación de la forma musical.

Esta tensión interior es la esencia de la fuga, cuya belleza plenamente desarrollada llegó a madurez en El arte de la fuga, la última gran obra de Juan Sebastián Bach. El arte de Bach fue la perfección de la fuga y, por eso, su fin. El gran maestro supo configurar no sólo la dramática anímica del hombre religioso en sus Pasiones y en las Cantatas de iglesia —éstas son com-pasión y co-alegría junto a la pasión y la alegría divinas—, sino que pudo también poner de relieve con la más clara visión inteligible la representación cristiana del orden, de la comunión y de la conciencia del hombre justamente dispuesto en el orden: esto es el arte de la fuga, en el que él pudo, por eso mismo, dejar de lado el páthos aumentativo del sentimiento, a diferencia de las obras vocales, las cuales exigen la co-vibración de todo el hombre sensible. Porque así como las imágenes acompañantes no son condición del pensamiento, sino, a lo más, su soporte y estímulo, así tampoco se puede espiar con esta visión, mediante un entusiasmo ilícito, la íntima matemática y armo4 nía de la comunión. Ella descubrirá sus leyes sólo a la paz del espíritu purificado. El intento de ejecutar esta obra con sensibilidad romántica significó un error. Porque el romanticismo, con su culto de la personalidad, se encuentra desvalido ante una obra en la que la persona del artista es cancelada. El tema no es interesante en el sentido romántico; sin luz ni color, con seriedad pero sin tristeza, se avanza por las diecinueve fugas siempre moviéndose en la glorificación de la humildad religiosa que apagaba del todo en el mismo maestro el interés por la difusión de sus obras. ¡Con cuánta frecuencia una ciega causalidad las recibió! ¡Cuántas se han perdido! Con la muerte de Bach la mano extra fuerte decayó. Las voces quebraron la abrazadera de la forma de la fuga y siguieron el clamor seductor por liberarse del orden. En Mozart la voz singular encontró en la forma de la cantinela y de la coloratura, su sello más genial. Beethoven admitió que le resultaba pesado llenar de contenido una fuga. La voz estaba deshabituada al diálogo. El aliento hace más breve. El romanticismo encuentra con el Lied reelaborado su forma artística más adecuada, hasta que también se atrofia en simple motif, pero el acompañamiento se hincha con pompa innatural, y como representante del proletariado coge desprevenido a estos últimos señores: crepúsculo de los dioses. Lo que parecía meta y recompensa —sensación y sentimiento—se volvió castigo. Porque sólo desde las alturas del orden religioso nos es concedido el disfrute puro de este fruto, que se convierte en don para todos los que lo quieren obtener desde abajo. Al que está rectamente dispuesto todo lo está permitido. No se trataba de temeridad cuando Bach en la triple fuga en mi bemol osaba presentar lo más extasiado en imagen y semejanza: el misterio de los tres anillos del Paraíso que circulan uno en el otro, la comunión de la Trinidad. La libertad del orden vinculado es más grande que la libertad de la voz solitaria.

Las hojas muertas son libres en el viento; servicio
son las estrellas diseñadas ante el trono
del Señor: el canto de alabanza no me deja ser el grito,
¡oh, corazón de los órdenes! No me dejes ser libre,
ser libre es nada: ¡yo quisiera... que yo fuera tuyo!

(Rudolf Borchardt)

6 comentarios:

Don Cogito dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Counter-Revolutionary dijo...

Probando, probando. Un, dos. Un, dos. Probando, probando. ;). C.-R.

Palbo dijo...

Wenn ist das Nunstück git und Slotermeyer? Ja! Beiherhund das Oder die Flipperwaldt gersput.

Don Cogito dijo...

está claro....

Borja dijo...

(D. Cogito: envío ahora este comentario que me era imposible publicar hasta hoy. Espwro que la próxima vez pueda hacerlo antes.)


Hoy se tiende a separar cuestiones fundamentales y se convierte a lo que estaba vivo en una simple cáscara reseca; una de esas disociaciones que han supuesto un claro empobrecimiento es la de música y pensamiento. Creo que el pensamiento sin música -el pensamiento incapaz de bailar que decía el tan religioso Nietzsche- es sólo una parodia de un pensamiento vivo. Por esta razón, el carácter íntimo de una filosofía -o, para elcaso, de una teología- se manifiesta en la música en la que se inscribe y cobra pulso. Tantos pensadores que sólo refieren el primitivismo de la música más moderna no dejan de parecer toscos y simplicísimos. Al contrario, dejarse arrastrar por el "Arte de la fuga" es al menos -par a quienes poco más sabemos del autor- garantía de un pensamiento que conserva vida e impulso.
(Es comprensible, por ejemplo, que alguien que limita su música oída a las simplezas del pop o el rock sea incapaz de comprender algo situado más allá de u materialismo monista y superficial. Quizás -¿sólo quizás?- para penetrar el sentido de la palabra "espíritu" haya que haberse antes sumergido en una de sus actualizaciones más poderosas, como pueden ser las fugas -no sólo el "Arte de la Fuga"- de Bach).
Un abrazo, d. Cógito; cuando vaya por Madrid, ya que este fin de semana me quedo en Soria, te llamo para quedar un rato.

Don Cogito dijo...

Pues si Borja, si. No me atrevo a añadir ni una coma a todo lo que dices. Sólo te sugeriría, te animaría, a que lo desarrollases un poco más... en mi opinión el quid de todo está en cierta comprensión (en la medida de que eso sea posible) de lo que es "espítitu"...

Muchos saludos