Acaba de publicare, después de treinta años, una nueva edición -corregida y aumentada- de
Los cementerios civiles y la heterodoxia española, uno de esos titulos, en mi opinión, imprescindibles para entender la historia de España. El libro no es, ni más ni menos, que una reflexión sobre la libertad de creencias en España a través de la historia de aquellos españoles que a lo largo de la historia moderna de este país decidieron vivir y morir al margen de la religión. La forma -originalísima- de trazar este recorrido es estudiando los cementerios laicos desde la Ilustración hasta la Transición. No hace falta decir que el libro esta libre del más mínimo sectarismo, algo que no debe extrañarnos habiendo sido escrito por alguien tan alejado del cainismo común de estos lares como
José Jimenez Lozano. E aquí una pequeña muestra.
UN CATOLICISMO POLÍTICO
El carácter primordial del catolicismo español —no en sí mismo, claro está, sino en su desarrollo histórico— es que la fe cristiana, además o incluso en vez de ser una decisión personal de adhesión a la Persona y a las enseñanzas de Cristo, se ha traducido por la simple pertenencia a la casta o gens hispanica, a la condición de españolidad; es decir, es una expresión sociopolítica. Se es católico porque se es español y se ha sido español porque el catolicismo se convirtió en aglutinante de la casta de los hispano-godos en lucha contra moros y judíos. La filiación religiosa sirvió «para definir la figura nacional y gentilicia de todo un pueblo», y, en cualquier caso, el Estado que se construye al final de la Reconquista, la nacionalidad hispana que surge, no nace, en efecto, de unos meros presupuestos históricos, económicos, culturales o políticos o de cualquier otro tipo de decisiones intramundanas, sino de imperativos religiosos ligados a la sangre. Ese Estado es la comunidad político-religiosa que resulta de la eliminación de las posibilidades políticas de las otras dos castas —la islámica y la hebraica—; esto es, un Estado-Iglesia o una Iglesia-Estado. Y la política será divinal y el cristianismo, un cristianismo con una primordial expresión política.
Este Estado-Iglesia es ciertamente una creación política muy diferente del teocratismo o del cesaropapismo medievales, que entre nosotros se dan, claramente, en la época visigoda. La simbiosis que existe en España entre Estado e Iglesia, o la singular aparición, mejor dicho, de ese Estado-Iglesia o Iglesia-Estado, tiene poco o nada que ver con el concepto del constantinismo o del agustinismo político, vigentes durante la Edad Media en todo el Occidente cristiano, y que más o menos han alargado o tratado de alargar hasta la época moderna países como los protestantes, en los que las iglesias son nacionales, o ciertas tentativas clericales en otros países.
La teoría teocrática o del llamado «agustinismo político» es la instrumentalización del poder político para la defensa de la fe y de los intereses religiosos o clericales, y supone la absorción del orden natural en el sobrenatural, el derecho del Estado en el de la Iglesia,'pero esta teoría o su envés, que se apoya en los mismos supuestos filosóficos de confusión de los órdenes natural y religioso, y en la que es el Estado el que se desempeña como Iglesia —el cesaropapismo, la sacralización del rey-sacerdote, o el josefinismo del imperio austriaco—, se ha sostenido y ha sido historia entre nosotros durante la monarquía visigoda ciertamente. Isidoro de Sevilla defiende una teocracia y Recaredo propone y decreta una unidad religiosa que es un expediente político cesaropapista, pero tiene poco o nada que ver con la unidad religioso-castiza que se daría después. Porque, entre nosotros, no es que la Iglesia aniquile la realidad del Estado y se sacralice como con Carlomagno, no es que el Derecho natural y civil quede subsumido en categorías canónicas y desaparezca en ellas; es que es el Estado el que en su constitutividad y esencia es religioso y sacral. Es la Iglesia la que se ha hecho Estado como la fe se hace carne y sangre, biología y casta, españolidad. La españolidad o condición de español supone y presupone la fe. No se precisará ninguna adhesión intelectual personal y específica a los dogmas, ni ninguna atención a la ética derivada de ellos. El católico español llega a sentirse dispensado de una fe personal y, desde luego, de las conductas que implican la ética cristiana o los preceptos eclesiásticos. Su actitud vital llega a ser, con frecuencia, la del hidalgo calderoniano Don Toribio, sobrino de un indiano de cuyas hijas está enamorado y lleno de celos hasta proponer que no deben salir de casa. Y cuando el indiano pregunta si tampoco han de salir a misa, Don Toribio responde:
¿qué dificultad es ésa?
Mi ejecutoria les basta
para ser cristianas viejas,'
porque, en efecto, «el españolismo no es una naturaleza, una "nación" , sino una ortodoxia»,' y la ortodoxia y la ética quedan resumidas en la españolidad. La creencia es, pues, en gran medida, no asunto y aventura personales, sino presupuesto político, social y castizo que empapa el universo entero de lo español, lo define y lo constituye. No hay parcela de la vida española que no estuviese sacralizada por la ortodoxia, y se entiende muy bien entonces que todo cambio o transformación de esa realidad renga una sonoridad o por lo menos pueda revestirse (le sus ropajes y pretextos, como sucedió, por ejemplo, con los intentos de reformas administrativas o agrarias de la Ilustración? Y se comprende, sobre todo, la dificultad radical del inconformismo religioso en este universo sacral, la dificultad y hasta imposibilidad práctica de expresión para una vida y unas opciones distintas de las del cuerpo social, porque serían, antes que otra cosa, la expresión de la antiespañolidad, puesto que la ortodoxia religiosa es la españolidad. El concepto de anti-España no es un expediente retórico ~político de propaganda como se pudiera pensar, sino un sentimiento muy vivo y profundo ya en el corazón de los españoles del XVI y XVII: el sentimiento de la casta cristiana ultrajada por la disidencia de la unidad de creencia católica, el sentimiento de honor personal, familiar y nacional manchados por un solo español que disienta o se aparte de su deber biológico y natural, político y social —casta obliga—, de ser católico. Y los españoles reaccionaron siempre violentamente contra esos heterodoxos que ultrajaban la unidad católica —expresión de la casta hispánica— y el honor nacional, no solamente denunciando a sus deudos más íntimos a la Inquisición, sino hasta tomándose la justicia —o venganza— por su mano, y, desde luego, haciendo lo posible para que esos españoles disidentes —antiespañoles y descastados, a sus ojos— no desacreditasen ante extraños esa unidad monolítica de la creencia de la gens hispanica.
Américo Castro —siguiendo en esto una apreciación constante del catolicismo político español, sin duda muy realista— ha afirmado igualmente desde el lado laico que, cuando entre nosotros ha fallado, en un plano social y colectivo, la fe religiosa a esta la impotencia para toda actividad y creatividad mundanales. Y es más: el español que abandona su fe no parece que se convierta, como ha venido diciéndose tradicionalmente, en un ateo, sino, más bien, en un «anticatólico» o ateo militante de talante religioso, para decirlo con una expresión paradójica. El ateísmo o el agnosticismo han sido posibles en otros universos mentales, más no han sido tan fáciles en el nuestro. El ateo hispánico, al encontrarse sacralizado el mismo aire que respira y hasta sus propias coordenadas mentales, ha de comenzar por luchar contra ello para encontrar su propio aire y se ve constreñido no sólo a una especie de «ascesis atea», por decirlo así, es decir, a una dura lucha por sacar su cabeza laica fuera del agua de un mar religioso profundo, sino a atacar para salvarse, a «matar para sobrevivir». El pensar y el actuar al margen de lo religioso —no digo antirreligiosos— ha sido una actitud europea relativamente temprana, pero no una actitud hispánica; y cuando aquí aparece, por fin, en torno o después de la Ilustración como en el resto del continente europeo, no ha sabido o ha sido incapaz de hacerlo de modo pacífico o con expresiones relativamente beligerantes, sino siempre de manera mucho más violenta que en otras partes. Y la extraordinaria belicosidad de ese laicismo o ateísmo no ha hecho, entonces, otra cosa que reforzar el talante bélico y esa especie de perpetuo estado de excepción o guerra abierta con que aquí se ha vivido —o se ha tenido que vivir— el catolicismo contra todos los disidentes o «traidores» a la ortodoxia-españolidad, a la casta hispánica, contra todos los extraños a ella: islámicos, hebreos, herejes luteranos o calvinistas, ilustrados y ateístas, afrancesados, liberales, masones y etcétera. Fuera de este contexto bélico hay como una imposibilidad entre nosotros de que la creencia pueda ser vivida, y se da como una especie de misteriosa impotencia, en el plano mismo de las ideas, de tener una cosmovisión y hasta una mera opinión, de un modo pacífico, sin alguien al que combatir.
De manera que el enfrentamiento de estos dos mundos: ese universo sacral y teologizado, creencia socializada y politizada y convertida en carne y sangre de la casta, por una parte, y de los inconformistas con él, o de sus enemigos declarados, por la otra, ha llenado de manera dramática nuestra historia española moderna. El drama del inconformista religioso español no es el mismo que el del inconformista religioso de un país europeo cualquiera, aunque éste sea, por ejemplo, un país de enorme peso y mayoritaria tradición católicos como Francia, pero donde la ecuación católico igual a francés y francés igual a católico nunca tuvo el nivel esencial y constitutivo que entre nosotros, y donde además dejó de funcionar muy pronto, en tiempo de la Reforma, con la calvinización de una parte de esa sociedad francesa y la aparición de los libertinos, a los que nadie negó su condición francesa, sin embargo. Incluso si un hombre como el cura Meslier se reprochará en su Testamento el haber llevado una vida oculta de increencia total, cubierta bajo la capa de su sacerdocio, y el no haber tenido el valor suficiente de declararse ateo desafiando una muerte segura; y donde todavía hombres como Talleyrand (muerto en 1838) y Loisy (muerto en 1940) adoptarán ciertas actitudes para evitar, por ejemplo, la profanación de sus cadáveres por parte de una sociedad católica que se ve en peligro y se torna belicosa y cerrada. Es mucho mayor y más profundo, y, sobre todo, de distinto sentido, el drama del inconformista religioso español de la época moderna, que se siente y al que se le hace sentirse un cuerpo extraño incluso para sus allegados más íntimos, y desde luego en relación con el universo social, la vida espiritual, los hábitos y los pensares colectivos. Y que resulta, así, un ciudadano de segundo orden o un sospechoso político y social para las leyes mismas de su patria en la que el Estado es católico y el ordenamiento juriídico-legal y el talante de sus ejecutores o la influencia y el peso político y social de la Iglesia juegan en razón de la tradición y conciencia mayoritarias. Y necesariamente, porque, si no jugasen así o el Estado tratara de aplicar alguna clase de legalidad civil y no privilegiada a favor del catolicismo, no sería un Estado aceptado ni en último término legítimo y sería considerado como pura situación de hecho de la que habría que defenderse y a la que habría que tratar de abatir.