sábado, 10 de mayo de 2008

Vanitas

PRERARACION PARA LA MUERTE
Disposiciones para morir bien.
DISPOSICIONES REMOTAS

I. Pensar todos los días en la muerte: 1.°, que es cierta; 2.°, que está cercana.; 3.°, que es engañosa; 4.°, que es terrible; 5.°, que es cruel; 6.°,que es semejante a la vida.
II. Vivir bien: 1.°; evitar el pecado mortal y el venial deliberado; 2.°, combatir la pasión dominante; 3.°, amar la cruz ; 4.°, frecuentar los sacramentos; 5.°, practicar la oración y la obediencia; 6,°, tener una gran devoción a la Santísima Virgen.
III: Hacer con tiempo el testamento: 1.°, hacer decir misas antes de la muerte; 2.°, hacer el testamento dicho en buena forma; 3.°, devolver los bienes mal adquiridos 4°, pagar las deudas.
IV. Ser fiel a ciertas practicas de los santos para pensar en la muerte y prepararse a ella: 1.°, al acostarse, tomar la postura de un muerto; 2.°, en cada comida tomar un bocado de pan como alimento de los gusanos que devorarán el cuerpo 3.°, mirar las enfermedades como corredores de la muerte; 4.°, tener una calavera en el aposento y meditar lo que es, lo que será. y reflexionar sobre sí mismo; 5.°, mandarse hacer su caja y su mortaja y besarlas todos los días.

Luis María de Montfort. Preparación para la muerte.

jueves, 8 de mayo de 2008

Sin comentarios

BERMAN: En cierta ocasión—creo que fue en 1948—, bailé con Molotov.
ENTREVISTADOR:
¿Quiere decir con la señora Molotov?
BERMAN:
No, ella no estaba allí; la habían mandado a un campo de trabajo. Bailé con Molotov—debió de ser un vals, o en cualquier caso algo sencillo, pues a mí se me da muy mal el baile—; me limitaba a mover los pies más o menos según el ritmo.
ENTREVISTADOR:
¿Hizo usted de mujer?
BERMAN:
Molotov era el que llevaba. Yo no habría sabido. Por cierto, él no bailaba tampoco muy bien, y yo trataba sólo de no perder su ritmo; pero a mí aquello me pareció más una pantomima que un baile.
ENTREVISTADOR:
¿Y qué me dice de Stalin? ¿Con quién bailó?
BERMAN:
Ah, no. Stalin no bailó. Stalin estuvo donde el gramófono. Parecía como si hubiera estado obligado. No lo dejó en ningún momento. Ponía un disco, y miraba.
ENTREVISTADOR:
¿Lo miró a usted?
BERMAN:
Sí, nos miró mientras bailábamos.
ENTREVISTADOR:
Y qué, ¿lo pasó usted bien?
BERMAN:
Bueno, no lo pasé mal; aunque, eso sí, estuve algo tenso.
ENTREVISTADOR:
O sea que... en el fondo no lo pasó muy bien.
BERMAN: El que se lo pasó pipa fue Stalin.

El Emperador Constantino

Yo podría haber vivido en tiempos de Constantino,
trescientos años después de la muerte del Salvador,
de quien nada se sabía salvo que había resucitado
como un soleado Mitra entre los legionarios romanos.
Habría sido testigo de las disputas entre homoousios y homoiousios
acerca de si la naturaleza de Cristo era divina o sólo semejante a la divinidad.
Probablemente habría votado contra los Trinitarios, pues,
¿quién podría adivinar la naturaleza del Creador?
Constantino, Emperador del mundo, conquistador y asesino
alteró la balanza en el Concilio de Nicea,
de modo que nosotros, generación tras generación,

meditamos acerca de la Santísima Trinidad, misterio de misterios, sin el cual
la sangre del hombre habría sido ajena a la del universo,

y el derramamiento de Su propia sangre, la de un Dios sufriente,
que se ofreció a Sí mismo en sacrificio aun mientras estaba creando el mundo, habría sido en vano.
Así, Constantino no fue más que un instrumento indigno, ignorante de lo que hacía por las gentes de los tiempos por venir.


Y nosotros, ¿sabemos a qué estamos destinados?

Czeslaw Milosz

martes, 6 de mayo de 2008

Los cementerios civiles y la heterodoxia española.

Acaba de publicare, después de treinta años, una nueva edición -corregida y aumentada- de Los cementerios civiles y la heterodoxia española, uno de esos titulos, en mi opinión, imprescindibles para entender la historia de España. El libro no es, ni más ni menos, que una reflexión sobre la libertad de creencias en España a través de la historia de aquellos españoles que a lo largo de la historia moderna de este país decidieron vivir y morir al margen de la religión. La forma -originalísima- de trazar este recorrido es estudiando los cementerios laicos desde la Ilustración hasta la Transición. No hace falta decir que el libro esta libre del más mínimo sectarismo, algo que no debe extrañarnos habiendo sido escrito por alguien tan alejado del cainismo común de estos lares como José Jimenez Lozano. E aquí una pequeña muestra.

UN CATOLICISMO POLÍTICO

El carácter primordial del catolicismo español —no en sí mismo, claro está, sino en su desarrollo histórico— es que la fe cristiana, además o incluso en vez de ser una decisión personal de adhesión a la Persona y a las enseñanzas de Cristo, se ha traducido por la simple pertenencia a la casta o gens hispanica, a la condición de españolidad; es decir, es una expresión sociopolítica. Se es católico porque se es español y se ha sido español porque el catolicismo se convirtió en aglutinante de la casta de los hispano-godos en lucha contra moros y judíos. La filiación religiosa sirvió «para definir la figura nacional y gentilicia de todo un pueblo», y, en cualquier caso, el Estado que se construye al final de la Reconquista, la nacionalidad hispana que surge, no nace, en efecto, de unos meros presupuestos históricos, económicos, culturales o políticos o de cualquier otro tipo de decisiones intramundanas, sino de imperativos religiosos ligados a la sangre. Ese Estado es la comunidad político-religiosa que resulta de la eliminación de las posibilidades políticas de las otras dos castas —la islámica y la hebraica—; esto es, un Estado-Iglesia o una Iglesia-Estado. Y la política será divinal y el cristianismo, un cristianismo con una primordial expresión política.

Este Estado-Iglesia es ciertamente una creación política muy diferente del teocratismo o del cesaropapismo medievales, que entre nosotros se dan, claramente, en la época visigoda. La simbiosis que existe en España entre Estado e Iglesia, o la singular aparición, mejor dicho, de ese Estado-Iglesia o Iglesia-Estado, tiene poco o nada que ver con el concepto del constantinismo o del agustinismo político, vigentes durante la Edad Media en todo el Occidente cristiano, y que más o menos han alargado o tratado de alargar hasta la época moderna países como los protestantes, en los que las iglesias son nacionales, o ciertas tentativas clericales en otros países.

La teoría teocrática o del llamado «
agustinismo político» es la instrumentalización del poder político para la defensa de la fe y de los intereses religiosos o clericales, y supone la absorción del orden natural en el sobrenatural, el derecho del Estado en el de la Iglesia,'pero esta teoría o su envés, que se apoya en los mismos supuestos filosóficos de confusión de los órdenes natural y religioso, y en la que es el Estado el que se desempeña como Iglesia —el cesaropapismo, la sacralización del rey-sacerdote, o el josefinismo del imperio austriaco—, se ha sostenido y ha sido historia entre nosotros durante la monarquía visigoda ciertamente. Isidoro de Sevilla defiende una teocracia y Recaredo propone y decreta una unidad religiosa que es un expediente político cesaropapista, pero tiene poco o nada que ver con la unidad religioso-castiza que se daría después. Porque, entre nosotros, no es que la Iglesia aniquile la realidad del Estado y se sacralice como con Carlomagno, no es que el Derecho natural y civil quede subsumido en categorías canónicas y desaparezca en ellas; es que es el Estado el que en su constitutividad y esencia es religioso y sacral. Es la Iglesia la que se ha hecho Estado como la fe se hace carne y sangre, biología y casta, españolidad. La españolidad o condición de español supone y presupone la fe. No se precisará ninguna adhesión intelectual personal y específica a los dogmas, ni ninguna atención a la ética derivada de ellos. El católico español llega a sentirse dispensado de una fe personal y, desde luego, de las conductas que implican la ética cristiana o los preceptos eclesiásticos. Su actitud vital llega a ser, con frecuencia, la del hidalgo calderoniano Don Toribio, sobrino de un indiano de cuyas hijas está enamorado y lleno de celos hasta proponer que no deben salir de casa. Y cuando el indiano pregunta si tampoco han de salir a misa, Don Toribio responde:

¿qué dificultad es ésa?
Mi ejecutoria les basta
para ser cristianas viejas,'

porque, en efecto, «el españolismo no es una naturaleza, una "nación" , sino una ortodoxia»,' y la ortodoxia y la ética quedan resumidas en la españolidad. La creencia es, pues, en gran medida, no asunto y aventura personales, sino presupuesto político, social y castizo que empapa el universo entero de lo español, lo define y lo constituye. No hay parcela de la vida española que no estuviese sacralizada por la ortodoxia, y se entiende muy bien entonces que todo cambio o transformación de esa realidad renga una sonoridad o por lo menos pueda revestirse (le sus ropajes y pretextos, como sucedió, por ejemplo, con los intentos de reformas administrativas o agrarias de la Ilustración? Y se comprende, sobre todo, la dificultad radical del inconformismo religioso en este universo sacral, la dificultad y hasta imposibilidad práctica de expresión para una vida y unas opciones distintas de las del cuerpo social, porque serían, antes que otra cosa, la expresión de la antiespañolidad, puesto que la ortodoxia religiosa es la españolidad. El concepto de anti-España no es un expediente retórico ~político de propaganda como se pudiera pensar, sino un sentimiento muy vivo y profundo ya en el corazón de los españoles del XVI y XVII: el sentimiento de la casta cristiana ultrajada por la disidencia de la unidad de creencia católica, el sentimiento de honor personal, familiar y nacional manchados por un solo español que disienta o se aparte de su deber biológico y natural, político y social —casta obliga—, de ser católico. Y los españoles reaccionaron siempre violentamente contra esos heterodoxos que ultrajaban la unidad católica —expresión de la casta hispánica— y el honor nacional, no solamente denunciando a sus deudos más íntimos a la Inquisición, sino hasta tomándose la justicia —o venganza— por su mano, y, desde luego, haciendo lo posible para que esos españoles disidentes —antiespañoles y descastados, a sus ojos— no desacreditasen ante extraños esa unidad monolítica de la creencia de la gens hispanica.

Américo Castro —siguiendo en esto una apreciación constante del catolicismo político español, sin duda muy realista— ha afirmado igualmente desde el lado laico que, cuando entre nosotros ha fallado, en un plano social y colectivo, la fe religiosa a esta la impotencia para toda actividad y creatividad mundanales. Y es más: el español que abandona su fe no parece que se convierta, como ha venido diciéndose tradicionalmente, en un ateo, sino, más bien, en un «anticatólico» o ateo militante de talante religioso, para decirlo con una expresión paradójica. El ateísmo o el agnosticismo han sido posibles en otros universos mentales, más no han sido tan fáciles en el nuestro. El ateo hispánico, al encontrarse sacralizado el mismo aire que respira y hasta sus propias coordenadas mentales, ha de comenzar por luchar contra ello para encontrar su propio aire y se ve constreñido no sólo a una especie de «ascesis atea», por decirlo así, es decir, a una dura lucha por sacar su cabeza laica fuera del agua de un mar religioso profundo, sino a atacar para salvarse, a «matar para sobrevivir». El pensar y el actuar al margen de lo religioso —no digo antirreligiosos— ha sido una actitud europea relativamente temprana, pero no una actitud hispánica; y cuando aquí aparece, por fin, en torno o después de la Ilustración como en el resto del continente europeo, no ha sabido o ha sido incapaz de hacerlo de modo pacífico o con expresiones relativamente beligerantes, sino siempre de manera mucho más violenta que en otras partes. Y la extraordinaria belicosidad de ese laicismo o ateísmo no ha hecho, entonces, otra cosa que reforzar el talante bélico y esa especie de perpetuo estado de excepción o guerra abierta con que aquí se ha vivido —o se ha tenido que vivir— el catolicismo contra todos los disidentes o «traidores» a la ortodoxia-españolidad, a la casta hispánica, contra todos los extraños a ella: islámicos, hebreos, herejes luteranos o calvinistas, ilustrados y ateístas, afrancesados, liberales, masones y etcétera. Fuera de este contexto bélico hay como una imposibilidad entre nosotros de que la creencia pueda ser vivida, y se da como una especie de misteriosa impotencia, en el plano mismo de las ideas, de tener una cosmovisión y hasta una mera opinión, de un modo pacífico, sin alguien al que combatir.

De manera que el enfrentamiento de estos dos mundos: ese universo sacral y teologizado, creencia socializada y politizada y convertida en carne y sangre de la casta, por una parte, y de los inconformistas con él, o de sus enemigos declarados, por la otra, ha llenado de manera dramática nuestra historia española moderna. El drama del inconformista religioso español no es el mismo que el del inconformista religioso de un país europeo cualquiera, aunque éste sea, por ejemplo, un país de enorme peso y mayoritaria tradición católicos como Francia, pero donde la ecuación católico igual a francés y francés igual a católico nunca tuvo el nivel esencial y constitutivo que entre nosotros, y donde además dejó de funcionar muy pronto, en tiempo de la Reforma, con la calvinización de una parte de esa sociedad francesa y la aparición de los libertinos, a los que nadie negó su condición francesa, sin embargo. Incluso si un hombre como el cura Meslier se reprochará en su Testamento el haber llevado una vida oculta de increencia total, cubierta bajo la capa de su sacerdocio, y el no haber tenido el valor suficiente de declararse ateo desafiando una muerte segura; y donde todavía hombres como Talleyrand (muerto en 1838) y Loisy (muerto en 1940) adoptarán ciertas actitudes para evitar, por ejemplo, la profanación de sus cadáveres por parte de una sociedad católica que se ve en peligro y se torna belicosa y cerrada. Es mucho mayor y más profundo, y, sobre todo, de distinto sentido, el drama del inconformista religioso español de la época moderna, que se siente y al que se le hace sentirse un cuerpo extraño incluso para sus allegados más íntimos, y desde luego en relación con el universo social, la vida espiritual, los hábitos y los pensares colectivos. Y que resulta, así, un ciudadano de segundo orden o un sospechoso político y social para las leyes mismas de su patria en la que el Estado es católico y el ordenamiento juriídico-legal y el talante de sus ejecutores o la influencia y el peso político y social de la Iglesia juegan en razón de la tradición y conciencia mayoritarias. Y necesariamente, porque, si no jugasen así o el Estado tratara de aplicar alguna clase de legalidad civil y no privilegiada a favor del catolicismo, no sería un Estado aceptado ni en último término legítimo y sería considerado como pura situación de hecho de la que habría que defenderse y a la que habría que tratar de abatir.

sábado, 3 de mayo de 2008

Entrevista a Solzhenitsyn en Televisión Española el 20 de marzo de 1976.

Creo que fue hace unos años, cuando un amigo historiador me comentó algo sobre una entrevista que el periodista Jose María Iñigo realizó al escritor ruso en 1976 en su programa Directísimo, y la dura reacción a ella que tuvo gran parte de la intelligenzia española (creo que me habló, en especial, de Juan Benet y Cela) a sus palabras, hasta el punto de algunos de sus miembros lamentaran públicamente la salída del autor ruso del Gulag. La verdad es que esta fue una historia que cuando la oí me impresionó, pero que ya hacía tiempo había olvidado. Sin embargo -casualidades de la vida- buscando hace unos días en una librería de viejo de Madrid, encontré, un libro (Alerta a Occidente, Ediciones Acerbo, Barcelona, 1978) en el que está incluido gran parte de la mencionada entrevista. Es una transcripción de una grabación magnetofónica hecha por Vladimir Lamsdorff, uno de los traductores de Solzhenitsyn en España. Leyéndola he juzgado que tiene cierto interés para quienes estén interesados en el autor ruso y su relación con España, así que no me ha parecido una mala idea incluirla como entrada.

... vuestros círculos progresistas se complacen en llamar al régimen existente «dictadura». Yo, en cambio, llevo diez días viajando por España, desplazándome de riguroso incógnito. Observo cómo vive la gente, lo miro con mis propios ojos asombrados y pregunto: ¿saben ustedes lo que quiere decir esta palabra, conocen ustedes lo que se esconde tras este término?

Voy a proponerles algunos ejemplos.

Un español cualquiera no está vinculado a un lugar determinado, a una ciudad o a un pueblo donde tiene forzosamente que residir. Puede desplazarse de un lugar a otro según le plazca. Nuestro ciudadano soviético, en cambio, no lo puede hacer: estamos encadenados a nuestro lugar de residencia por la famosa propiska, el visado de la policía. Las autoridades locales deciden si puedo cambiar de residencia o no. Estoy totalmente en sus manos, pueden hacer conmigo lo que quieran.

Luego me entero de que los españoles pueden salir libremente de su país. En la Unión Soviética esto no existe. Desde hace poco, bajo la presión de la opinión pública mundial, y especialmente de los Estados Unidos, se está dejando salir a una pequeña parte de los judíos. Pero la otra parte y todos los demás pueblos que habitan la URSS están privados de este derecho. Nos encontramos en nuestro propio país como en una cárcel.

Paseo por Madrid, o por otras ciudades españolas, de las cuales he visitado doce, y veo que en los quioscos se venden los principales periódicos europeos. En cambio, si en mi país apareciera un periódico extranjero a la venta, se alargarían diez manos para agarrarlo.

Veo, otro ejemplo, que aquí funcionan libremente las fotocopiadoras, cualquiera por cinco pesetas puede sacar libremente una fotocopia. En nuestro país tal cosa no sólo está prohibida, sino que es delito: toda persona que utilice una copiadora para fines particulares y no para el Estado, para la Administración, será condenado por actividades contrarrevolucionarias.

En su país, puede que con algunas limitaciones, están autorizadas y tienen lugar algunas huelgas. En nuestro país, en sesenta años jamás fue autorizada una sola huelga. En los primeros años del régimen, los huelguistas cayeron bajo ráfagas de ametralladora, o fueron encarcelados como contrarrevolucionarios, aunque sólo exigían mejoras de carácter económico. Hoy día, ya a nadie se le ocurre, a nadie se le pasa por la cabeza, la idea de organizar una huelga. Más todavía: publiqué un día en la revista Novi Mir una narración, Por el bien de la causa. En ella, un personaje, un estudiante, pronunciaba la frase «Vamos a hacer huelga». Pues bien, antes de que la narración pasara la censura, ya la propia mesa de redacción de la revista eliminó la palabra «huelga». La palabra «huelga» está prohibida en mi país.

No, vuestros progresistas pueden usar la palabra que quieran, pero «dictadura» no. ¡Si nosotros tuviéramos las libertades que tienen ustedes, nos quedaríamos boquiabiertos, exclamaríamos que es algo nunca visto!

Desde hace sesenta años, no tenemos ninguna libertad.

Hace poco en vuestro país se proclamó una amnistía. Algunos dicen que fue una amnistía limitada. Pero sin embargo a los terroristas, que con las armas en la mano luchaban contra el orden establecido, se les rebajó parte de la condena.

A nosotros, en cambio, en sesenta años sólo se nos concedió una amnistía, ¡y ésta sí que fue limitada! Nosotros íbamos a la cárcel para morir allí. Muy pocos regresaron para contarlo.

Claro, esta experiencia comunista, la hemos padecido en carne propia, y después de estas monstruosas pérdidas, tenemos ya una vacuna contra el comunismo, una vacuna como no la tiene nadie en Europa: actualmente en nuestro país, si alguien en una reunión, en una conversación entre amigos, plantea seriamente el problema del comunismo, nadie querrá escucharlo, lo tornarán por tonto. Espiritualmente nos hemos librado del comunismo, pero antes hemos recorrido la vía del martirio, hemos vivido tiempos terribles.

Rusia ha realizado un salto histórico. Rusia, por su experiencia social, se ha colocado muy por delante del mundo entero. No quiero decir con esto que sea un país adelantado: al revés, es un país de esclavos. Pero la experiencia que hemos vivido, las vicisitudes que hemos atravesado, nos colocan en la extraña situación de poder contemplar todo lo que pasa actualmente en Occidente en nuestro propio pasado, y prever el futuro de Occidente en nuestra presente situación actual. Todo cuanto ocurre aquí ya ha ocurrido en Rusia hace tiempo, hace muchos años. Es una perspectiva realmente de ciencia-ficción: estamos viviendo los hechos que están ocurriendo en Occidente hoy, y sin embargo, recordamos que esto mismo ya nos pasó hace muchísimo tiempo a nosotros. En los años sesenta del siglo pasado el Emperador Alejandro II comenzó a llevar a cabo un vasto programa de reformas. Quería reorganizar paulatinamente a Rusia para implantar la libertad y el desarrollo. Pero un puñado de revolucionarios lanzó en 1861 una proclama en la que decían que querían reformas más radicales y más rápidas, que no podían ni querían esperar.

Temiendo que el bienestar general pudiera provenir del rey, y no de ellos, proclamaron el terror.

En 1861 Alejandro II abolió la servidumbre de los campesinos; en 1864 reorganizó completamente la administración de justicia, llevando a cabo la gran reforma judicial. Pues bien, los revolucionarios intensificaron sus actos terroristas. Hubo siete atentados contra el zar, le daban caza como a una fiera. Y al final, en el año 1881, lo mataron.

Y después de esto, empezaron a matar primeros ministros, ministros del Interior, gobernadores civiles, gobernantes en general. Así empezó una guerra entre los revolucionarios y los círculos dirigentes del gobierno. Toda la opinión liberal no se oponía a los revolucionarios, antes por el contrario, los alentaba: cualquier asesinato de un estadista, de un ministro, la entusiasmaba, suscitaba su aplauso. A los revolucionarios les ayudaban a esconderse, a escapar, los celebraban como si no fuesen culpables de nada en absoluto.

Repito, esto ocurría en nuestro país en el siglo XIX, hace cien años, y esto es lo que está ocurriendo en toda Europa, en el mundo entero, hoy. Hemos sido testigos el otoño pasado de cómo la opinión occidental se indignaba mucho más por cinco terroristas españoles que por el aniquilamiento de sesenta millones de víctimas soviéticas. Vemos hoy cómo la opinión progresista exige reformas inmediatas, a toda costa, saluda los actos terroristas y se alegra de ellos.

Esto lo tuvimos nosotros hace cien años, y desde vuestro futuro puedo contar cómo acabó la cosa: ambos bandos se endurecieron en sus posturas, los terroristas y los círculos dirigentes cada vez se fueron odiando más, los círculos liberales comenzaron a odiar al gobierno, el cual no podía hacer nada contra ello; las reformas se detuvieron, pues aún lo que el gobierno podía conceder, ya no lo concedía, el odio anidaba en todas las almas, todos querían todo a la vez. Y así tuvimos las revoluciones de 1905 y 1907, y después la de 1917. El resultado fue la aniquilación de ambos bandos: fueron aniquilados todos los círculos dirigentes de Rusia, la nobleza, el empresariado, la intelectualidad liberal. Lo que sobrevivió de la intelectualidad se fue al extranjero, y en el país comenzó lo que describo en el libro Archipiélago Gulag, que costó al país sesenta y seis millones de muertos.

Yo lo cuento ahora aquí, pero no sé yo mismo sí en general es posible transmitir la experiencia de hombre a hombre, de país a país. Hace poco todavía pensaba que sí, y así lo dije en mi discurso de Premio Nobel: creía que a través de la literatura de creación sí era posible transmitir experiencia a otras personas. Pero ahora ya lo dudo, y pienso que cada país, cada sociedad, cada hombre, debe repetir todos los errores cometidos por otro país, otra sociedad, otro hombre, y sólo aprenderá cuándo ya sea tarde. Observo ahora vuestra juventud, la he estado observando en toda España, y tengo la impresión de que en mi cabeza, en mis oídos, en mis ojos, se ha mantenido más la imagen de vuestra guerra civil que en esta juventud.

Hoy, naturalmente, la idea de vuestros círculos progresistas es obtener cuanta más libertad, colocar cuanto antes a vuestra sociedad al nivel de los demás países occidentales europeos. Pero yo quisiera recordarles que en el mundo de hoy, en nuestro planeta, los países democráticos ocupan una islita, una parte muy reducida. La mayor parte del mundo se encuentra bajo el totalitarismo y la tiranía: toda la Europa oriental, la URSS, toda Asia (ahora ya también la India), ya está cayendo bajo el totalitarismo; África, que hace tan poco alcanzó la libertad y que ahora se afana, se apresura, un país tras otro, a entregarse también a la tiranía. Y por esto, aquellos de ustedes que desean cuanto antes una España democrática, ¿tienen la suficiente clarividencia como para prever no sólo el mañana, sino también el pasado mañana? Supongamos que mañana España se vuelva un país tan democrático como el resto de Europa. Pero pasado mañana, ¿conservará las suficientes fuerzas como para defenderse del totalitarismo que amenaza a todo Occidente? El que tenga perspicacia, el que además de la libertad, ame también a España, debe pensar en el pasado mañana. Y vemos que el mundo occidental está debilitado, ha perdido su voluntad de resistencia, cada año entrega sin combate más países al totalitarismo...

No hay voluntad de resistencia, no hay responsabilidad en el uso de la libertad. La civilización occidental contemporánea puede definirse no sólo como sociedad democrática, sino también como sociedad de consumo, es decir, como una sociedad en la cual el sentido principal de la vida está en recibir más, en enriquecerse más, y en pensar lo menos posible en defender lo obtenido. Desde luego, ni la estructura social ni el disfrute de bienes materiales son la clave principal de la vida humana, pero el Oriente totalitario contemporáneo y el actual Occidente democrático, al parecer sistemas opuestos, sin embargo están en realidad emparentados, reposan sobre una base común, que es el materialismo.

Esta base común viene durando ya trescientos años. El mundo occidental está en crisis, que no consigue superar, pero no es una crisis del siglo XX. La humanidad lleva ya una larga crisis, desde que la gente se apartó de la religión, se apartó de la fe en Dios, dejó de reconocer ningún poder superior a sí misma, adquirió una filosofía pragmática, esto es, hacer sólo lo que resulte útil, beneficioso, guiarse sólo por intereses materiales y no por consideraciones de moralidad superior. Este espíritu se ha ido desarrollando paulatinamente y ha desembocado en una crisis que, insisto, no es política, sino moral. Se manifiesta no en la oposición entre comunismo y capitalismo, sino en algo mucho más profundo: es precisamente esta crisis la que ha traído el comunismo, y en Occidente, la sociedad consumista y pragmática. Es la crisis del materialismo, que ha desechado el concepto de algo superior a nosotros.

Pero está claro que cada país ha de aportar algo de su parte para superar esta crisis. Y tal. vez España, con su gran originalidad nacional que ha marcado toda su historia, pueda aportar algo peculiar que permita vencer esta espantosa crisis de la humanidad, que abarca a todos los países de un modo u otro, y a todos nos amenaza con el aniquilamiento.

J. M. Iñigo: El señor Solzhenitsyn actualmente reside en Suiza, país en que suelen refugiarse los grandes millonarios del capitalismo. ¿No piensa el señor Solzhesnitsyn que esto puede ser mal interpretado por sus lectores?

¿Sabe? Precisamente acabo de decir que Occidente es una sociedad de consumo. Nuestra juventud, en cambio, ha transcurrido en la miseria. Una vez, de estudiante, tuve el descuido de sentarme en una silla en que había una mancha de tinta (entonces se usaba tintero y pluma). Me hice una mancha grandísima en el pantalón. Pues bien, estuve llevando cinco años ese mismo pantalón, porque no tenía con qué comprarme otro. Así vivíamos. Hasta lo llevamos grabado: todas las personas soviéticas que salimos al extranjero, incluso a un país no especialmente rico, incluso a los países que aquí se consideran pobres, tenemos una sensación como de ahogo, nos resulta penoso ver cómo se desperdicia la comida, cómo no se acaban los platos, cómo se echan las migas al suelo. Así percibimos los soviéticos esta sociedad.

Pues bien, a su pregunta sobre Suiza sólo le puedo contestar que en los prósperos países occidentales vivimos como prisioneros. Si mañana tuviéramos la posibilidad de regresar a la miseria de nuestro país, a pasar hambre, regresaríamos todos.

La prensa socialista, y sobre todo la comunista, gusta mucho de invocar el hecho de que Solzhenitsyn ha salido a Occidente y se ha hecho millonario, (cuando yo pasaba hambre allí, nadie prestaba particular atención a que yo pasara hambre. Cuando allí pasaban hambre todos, y la siguen pasando, sólo se miente que allí no falta de nada). Ciertamente, cobro derechos elevados. Pero la mayor parte de estos ingresos ha pasado constituir un fondo social ruso de ayuda a los perseguidos y sus familias, y por distintos caminos dirigimos esta ayuda a la Unión Soviética. Ayudamos a los detenidos, a sus familias, a los que van a visitarlos, a los que les envían paquetes de víveres, a los recién liberados que carecen de medios de existencia, a los despedidos por razón de sus convicciones que se quedan sin ingresos (para una mente occidental esto es difícil de concebir: aquí a uno lo pueden meter en la cárcel, pero no lo pueden echar de su trabajo por sus convicciones. Si es que lo despiden, se busca trabajo en otro sitio. Pero nosotros tenemos un solo patrono, el Estado, y si el Estado-patrono decide no darle trabajo a uno, no se lo dará nadie más. Uno no está en la cárcel, pero su familia se queda sin medios de vida).

En cuanto a mi residencia concretamente en Zurich, se debe a que estaba entonces escribiendo el libro Lenin en Zurich, recientemente aparecido, y sólo allí podía encontrar el material de archivo que necesitaba.

jueves, 1 de mayo de 2008

No fueron los marcianos...

Con la vista puesta en la confección de una pequeña entrada para la página de mis queridos feacios, estoy releyendo el libro de Oscar Tusquets Blanca Dios lo ve. Cuando compré el libro, hace unos meses, lo leí un poco por encima, sin darme cuenta de la joyita que tenía entre mis manos. Y digo joyita no sólo por el tamaño del libro (apenas páginas 263 de las cuales más de cien son dibujos y fotografías) sino por la sensación de estar cuando se lee, ante un texto delicado, pulido, hecho con gusto, muy bien escrito y con un envidiable sentido del humor. La tesis del libro es bien sencilla: la razón por la que grandes creadores (de Miguel Angel a Dali, de Fidias a los creadores de las “líneas de Nazca”...) se han empeñado a resolver ciertos aspectos de sus obras que ningún ojo humano puede valorar, es porque contaban con la que pudieran ser vistas por un ser superior. Y, para muestra un botón, e aquí parte de uno de -para mi gusto- los mejores capítulos: el dedicado a las líneas y figuras de Nazca. Que lo disfrutéis y si tenéis la posibilidad de comprarlo, hacedlo. No os arrepentiréis.

"En Perú, en una de las regiones más secas del mundo... se encuentra el monumento de mayor extensión pero, a la vez, el más pobre e invisible de la tierra.
Tan invisible es, que los cronistas que relataron la conquista de Perú no lo mencionaron y ha permanecido en el más absoluto anonimato durante varios siglos.
No fue hasta 1939 cuando el arqueólogo norteamericano Paul Kosok viajó por primera vez a Perú... se detuvo al sur de Palpa. Desde lo alto de la meseta se sintieron intrigados por unos extraños surcos que, absolutamente rectilíneos, se extendían cientos de metros a ambos lados de la carretera.
A partir de aquel momento Kosok recorrió decenas de kilómetros, analizó decenas de estos surcos... levantó su trazado geométrico y los llevó al tablero de dibujo... Con gran sorpresa advirtió que uno de los dibujos iba adquiriendo los contornos de un pájaro.
En una de sus visitas... observó que, situado en la encrucijada de muchas líneas, el sol se ponía exactamente en la dirección que marcaba una de ellas. Era el 21 de junio, el día del solsticio de invierno en el hemisferio sur, el día más corto del año. Kosok, como buen arqueólogo, conocía sobradamente otros monumentos construidos para la observación del cielo, monumentos erigidos a lo largo de la historia por culturas muy distantes... Stonehenge en el sur de Inglaterra o... el observatorio astronómico de Jantar Mantar en Delhi. Por lo tanto, a ellos les pareció muy posible que todo el tramado de líneas de Nazca correspondiese «al atlas de astronomía más grande del mundo».
Para comprobar esta hipótesis plausible, en 1968 la
Smithsonian Institution envió al matemático Gerald Hawkins, acompañado de varios científicos, a que levantaran planos y recogieran información astronómica... no pudieron confirmar que las líneas correspondieran a calendario alguno, y el propio Hawkins concluyó que la hipótesis más verosímil era que el motivo que había llevado a los antiguos nazquenses a tomarse aquel increíble trabajo fuese de carácter religioso.
Para la mirada de los dioses habrían hecho este prodigio de diseño y de replanteo topográfico, habrían trazado el Lagarto, el Perro, el Tiburón, el Pelícano, el Cóndor, el Colibrí, el Mono, la Araña, el Alga... tan enormes, tan bellos, con una grafía tan sencilla, abstractizada, geometrizada ... , y las espirales, Y las otras figuras geométricas, y las líneas infinitas, rectísimas, que se intersectan con tal precisión y limpieza.
Pero esta motivación resultaba tan exótica para las mentes contemporáneas que comenzaron a buscarse explicaciones alternativas.
Es evidente que, a los ojos de un peatón, el monumento carece de la más mínima dignidad. Se realizó apartando los guijarros parduscos del lugar, raspando la fina capa marrón de la superficie Y hacerlo aparecer la base amarilla del sustrato. Las trazas tienen pocos centímetros de profundidad; sólo un clima excepcional con unas precipitaciones escasísimas -una media de un cuarto de hora de lluvia al año- puede explicar la permanencia de tan endeble intervención. O sea que todo esto no se hacía para el, deleite de paseantes. Pero el lugar es relativamente plano, no posee puntos elevados que permitan entender las inmensas figuras (el Lagarto mide 180 metros). Por lo tanto estaban proyectadas para que las disfrutase un ser que pudiese observarlas desde 10 alto, ¿y quién puede observarlas y valorar su belleza desde tan alto ... ? Un aviador, evidentemente... Nazca sólo ha podido ser valorada... a partir de las primeras fotografías aéreas.
Así que las líneas y figuras estaban hechas para aviadores. Pero sabemos perfectamente que estos surcos fueron trazados hace unos dos mil años; el análisis radiactivo del carbono 14 en las excepcionales cerámicas nazqueñas lo demuestran sin ningún género de duda. Es difícil imaginar que por aquella época los antiguos lugareños, o cualquier otra civilización de terrícolas tuviese aparatos voladores. Por lo tanto sólo nos queda una explicación racional: se trataba de extraterrestres.
Esta hipótesis la lanzó, con apariencia de absoluta seriedad, el suizo Erich van Daniken... El ínclito helvético aseguraba, entre otras cosas, que los seres del espacio aterrizaron en nuestro planeta mucho antes de que el Homo sapiens poblase la tierra. Los visitantes... produjeron una criatura con suficiente inteligencia como para que se le pudiesen transmitir las reglas básicas que posibilitaban la convivencia social... inventaron la agricultura... las primeras obras de arte, pero también sus propias armas destructoras. Sodoma y Gomorra fueron destruidas por una bomba atómica. El Arca de la Alianza era un emisor electrónico que permitía a Moisés comunicarse con los antiguos astronautas; astronautas... representados en los relieves mayas... de Copán. Las líneas de Nazca reflejan visitas extraterrestres de hace muchos miles de años, aunque los arqueólogos hayan demostrado que sólo tienen unos dos mil años de antigüedad.
Los más prestigiosos arqueólogos han aportado múltiples pruebas de lo absurdo de las teorías de Daniken, pero éste no se rinde; recientemente, en su nuevo libro, Arrival of the Gods, vuelve a las andadas.
Miramos condescendientes a los ingenuos andinos que tomaron a los extraterrestres por dioses. Como nosotros, resabiados, sabemos que dioses no puede haber, deducimos que los dioses en que ellos creían, y para los que realizaban sus obras, tenían que ser forzosamente extraterrestres. Hemos dado un gran paso en el cientificismo de nuestra hipótesis. Ahora ya no somos esclavos de la superstición, ahora nos apoyamos sobre bases científicas irrefutabIes ... como la existencia de extraterrestres.
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Dentro del sistema solar parece del todo evidente que no existe ni ha podido existir vida inteligente fuera de la Tierra. Aunque no parece haber razón para que no se den planetas fuera del sistema solar, nos está costando dios y ayuda encontrarlos -hasta ahora sólo hemos detectado 31- y cuando al fin parece que logramos dar con alguno, estaría en la quinta puñeta, a muchos años luz de distancia. Estadísticamente, necesitaríamos miles de planetas para que uno tuviese las condicione de habitabilidad que permitiesen la aparición de la vida y su posterior desarrollo a organismos más complejos. Aunque estos miles de planetas existieran, algunos eminentes astrobiólogos comienzan a pensar que las condiciones del planeta Tierra son tan excepcionales, tan apropiada su distancia respecto a una estrella caliente como el Sol, tan escasa la caída de meteoritos -que se desvían atraídos por la gran masa de Júpiter-, tan conveniente la presencia de un satélite grande como la Luna -que estabiliza su eje de rotación-,tan atípicas todas estas condiciones, que es muy creíble que estemos solos en el universo. Me parece muy razonable, opino que muy probablemente este auténtico milagro estadístico puede haberse dado en una sola ocasión; no veo por qué no puede ser así.
Tal vez esto no sea más que una intuición personal. Lo que no es una intuición es que si este milagro estadístico ha tenido lugar, ha sido tan lejos de nosotros que cualquier contacto físico no tiene el menor sentido; a no ser que la teoría de la relatividad de Einstein esté totalmente equivocada. Si creemos en esta. teoría -y cada vez los hechos parecen confirmarla con mayor certeza, ningún objeto físico, ni siquiera ningún mensaje, puede viajar a mayor velocidad que la luz.
La cuestión ya no estriba en si existe o ha existido, otra vida inteligente estriba en si esto nos va a ser dado a conocer. Si tenemos en cuenta la distancia que nos separaría de uno de esos hipotéticos planetas habitados, cualquier mensaje que nos pudiese llegar del Universo provendría de tan lejos, que los seres que lo emitieron muy probablemente ya se habrían extinguido; quizás podríamos llegar a escucharlas, pero nunca podremos llegar a dialogar con ellos.
Nos va a resultar por lo menos tan difícil como lo era para los antiguos nazqueños dialogar con sus dioses."