miércoles, 1 de marzo de 2017

Entrevista a Harold Bloom (ABC Literario, 16/6/1995)


HAROLD BLOOM: «Hoy la sensibilidad está acorralada»
Entrevista con el autor de «The western canon»
Autor de más de veinte libros, las teorías de Harold Bloom han levantado ampollas en los estamentos universitarios. Mientras para unos la sola mención de su nombre provoca recelo, otros lo consideran «el gran buda de la crítica» o «el gurú de la literatura». El propio Bloom se define como «un viejo dinosaurio en período de extinción». Reivindica el valor estético de la literatura muy por encima de cualquier otro condicionante, sea social, político o económico. Consagrado como el crítico más influyente, polémico, odiado y amado de la segunda mitad de este siglo, ha conseguido con su última obra, «The western canon», un revuelo que traspasa fronteras. Baste sólo un dato: está siendo ya traducida a dieciocho idiomas, entre ellos al español (Anagrama tiene prevista su publicación en 1996). En su libro, Bloom reivindica a los canónicos en contra de quienes se dejan llevar por modas. Así lo manifiesta en esta entrevista para ABC Cultural. Uno puede estar o no de acuerdo con él, pero de lo que no cabe duda es de que nos encontramos ante un crítico tan honrado como valiente, tan sugerente como cautivador. No quiere fundar escuela, pero la ha creado: la de todos aquellos que aman la literatura por la literatura.

- ¿TAN caótico es el momento literario que resulta necesario un libro sobre el canon?
-El tema del canon es algo que preocupa a la gente en las escuelas y universidades norteamericanas. Se trata de un debate que se viene desarrollando desde hace unos veinte arios. Los que abogamos por una enseñanza eminentemente humanista, donde Shakespeare o Tolstoi o Cervantes o Proust o Beckett eran autores fundamentales, hemos sido derrotados. El canon occidental tradicional ya no se estudia, al menos en las universidades norteamericanas. Mis razones personales son distintas y no tienen nada que ver con la polémica. Soy un crítico literario a medio camino entre los 60 y los 70; he escrito sobre literatura desde 1957, y pensé en escribir una obra sobre literatura en general para ver si podía resaltar esas cualidades, unificar a Shakespeare, Cervantes, Tolstoi, Chaucer y extender la idea estética de Walter Pater u Oscar Wilde, en un intento de defender la idea general de la aproximación estética al hecho literario. Desde una perspectiva española, tal vez no tengan mucho sentido bastantes aspectos que estudio en mi libro. Mi frase favorita de la obra tal vez resulte incomprensible para los lectores españoles, pero es irónica: «Si por el multiculturalismo entendiéramos Cervantes, quién podría protestar». En las naciones anglófobas, y sobre todo en Estados Unidos, hay todo un movimiento terrible en las universidades llamado multiculturalismo basado en premisas raciales, sexuales y de clase. En una obra literaria es mucho más importante que cualquier otra apreciación literaria, e insiste en que los valores estéticos son una máscara o disfraz para las fuerzas sexuales, raciales o económicas. Estos críticos son una plaga en las universidades americanas, y les llamo seudo-marxistas o seudo-feminístas, porque ellos no son ni marxistas ni feministas, y seudo-historicistas a los discípulos de Foucault, quienes, en conjunción con los así llamados teóricos del multiculturalismo, están destruyendo el estudio tradicional de los estudios literarios occidentales. Creo que este movimiento ha ido demasiado lejos en sus apreciaciones, al menos en Estados Unidos y mucho más que en España, que es más homogénea étnicamente, de forma que el multiculturalismo se entiende sólo entre literatura catalana y española y tal vez vasca.
-Al menos, el libro se parece a los anteriores en dos aspectos: su contenido crítico y la ya tradicional polémica con que se recibe cada una de sus obras. En este último, incluso parece buscar abiertamente la polémica cuando utiliza expresiones como «la escuela del resentimiento».
-Explico lo que es la escuela del resentimiento. Es un monstruo de seis cabezas: los que se autodefinen como feministas, marxistas, lacanianos, semióticos, nuevos historicistas y deconstruccionistas. Esta bestia apocalíptica ha arruinado la idea de que la calidad de cualquier autor en cualquier lengua debe ser evaluada de acuerdo a su valor estético. Esto es denunciado como la máscara de la explotación económica y política. El gran efecto de esto es doble: por una parte, este movimiento que habla sin parar de la responsabilidad política del crítico literario ha enfrentado a la opinión norteamericana en contra de las universidades y ayudado a la elección de un Congreso neofascista; pero lo que a mí más me interesa es que han destruido la habilidad de una lectura cuidadosa y buena que ya tenía problemas por el empuje de la tecnología visual, los ordenadores y la televisión... Leer es algo que no se dirige a la vista, sino al oído. Sí tienes una cultura que va en contra del oído, va a ser muy difícil hacer una lectura profunda y, de hecho, la poesía de calidad es cada vez menos leída en los Estados Unidos. La cultura actual es la de las hamburguesas, los vaqueros y esa odiosa «no música» llamada rock que te destroza el tímpano. El inglés se ha convertido en la «lingua franca», su único rival es el español, y si se destruye la valoración estética en los Estados Unidos, tarde o temprano será destruida en Madrid. Roma o Berlín.


Escuela de la nostalgia
-¿Cómo se sentiría si alguien le encasillara en la «escuela de la nostalgia»?
-Mi libro ataca también a la nostalgia o a los críticos moralistas o conservadores. El libro ha sido atacado en publicaciones conservadoras. Al comienzo del libro digo que mis enemigos no son sólo los pertenecientes a la «escuela del resentimiento», sino también todos los nostálgicos, que defienden que la función del canon occidental debe apoyar los ideales democráticos y establecer la moralidad. No. no lo creo. En primer lugar, yo no soy ni he creado ninguna escuela; soy un individuo aislado y excéntrico; incluso en mi propia universidad no pertenezco a ningún departamento ni me considero «profesor de nada». El último escritor occidental que me parece indudablemente canónico es Samuel Beckett, y eso no creo que sea nostalgia. Si me pregunta por algún escritor vivo que pudiera ser canónico, diría García Márquez o Pynchon. Definitivamente, no soy nostálgico. No se me ha entendido. Ahora estoy terminando otro libro titulado «Omens of Milenium» («Presagios del Milenio») sobre religión. Espero dedicar tres o cuatro artos a escribir un libro, mi obra magna, sobre Shakespeare y la originalidad, que será una revisión de los personajes shakespearianos. porque él inventó el personaje literario. En cierta forma, este libro sobre el canon occidental es el prolegómeno al estudio de Shakespeare y la originalidad, porque, como he dicho más de cien veces. Shakespeare es el canon occidental. Si Shakespeare no hubiera manifestado lo que es la valoración estética, ésta no existiría. Por supuesto, yo creo en ella.
Shakespeare y otros 25
-Pound dijo que la historia de la literatura era la de diez autores. Usted la ha convertido en la de Shakespeare y otros veinticinco.
-No, en realidad yo no digo que los veintiséis que trato sean los mejores, algo que ha sido malentendido. De todas formas, creo que Pound estaría de acuerdo conmigo. Joyce fue una vez preguntado sobre qué libro llevaría a una isla desierta y contestó: «Me gustaría llevar a Dante, pero llevaría a Shakespeare porque el inglés es más rico.» Si olvidamos los clásicos, el canon occidental es Shakespeare y unos pocos más. En ese sentido. Pound tenía razón. Si tomamos el periodo entre Dante y la actualidad, que es lo que hago en el libro, creo que los escritores escogidos son los más significativos, los más universales. Pero Shakespeare es algo distinto, es especial.
-En los periodos que establece en su libro se ve una gran supremacía de autores anglosajones. El periodo aristocrático es dominado por Shakespeare; el democrático, por Whitman; el caótico, por Joyce. ¿No considera desproporcionada la supremacía inglesa?
-No considero a Shakespeare un autor inglés, como Cervantes no es español o Dante italiano; son escritores universales. Respecto al período democrático, creo que Tolstoi es más importante que Whitman, incluso que Flaubert, y el caótico Proust es tan importante conto Joyce; no hay un tercero que los iguale. No creo que el libro tenga un enfoque anglosajón. Joyce no es anglosajón, escribe en inglés pero como si fuera una lengua extranjera, celta; era católico pero no creía en el catolicismo; sería un escritor celta más que anglosajón. Fíjese que Joyce se refería a Shakespeare como «el inglés». Beckett, con teda su importancia, escribió en francés excepto un par de obras. Sí, este tipo de distinciones acaban por no significar nada. Borges escribía en español pero pensaba en inglés. No creo que mi libro tenga una impronta anglosajona; además, yo no soy anglosajón, soy judío. Tal vez pueda ver una impronta judía.
-Reconoce la figura de Cervantes, pero, desde un punto de vista, siempre como el tercero, después de Shakespeare y Dante.
-Lo que digo es que los tres autores más importantes son Shakespeare. Dante y Cervantes.
Ilustración de Alberto Caudillo
Cervantes y el multiculturalismo
-¿Y por qué no Cervantes, Dante y Shakespeare? A fin de cuentas, la novela es el género literario por excelencia del XX.
-Sí, eso puede ser defendible; es la transición del romance a la novela y el inventor de la ironía literaria, incluso en el sentido kafkiano. Shakespeare tiene una ventaja sobre Cervantes, y es el medio dramático, ya que a Shakespeare se le representa en todos los teatros del mundo. Cierto es que a Cervantes se le lee también en todo el mundo y que tiene una influencia importantísima. Pero no protestaría si alguien alterara el orden. Repito lo que he dicho: la frase que más me gusta de mi libro es que «multiculturalismo significa Cervantes». Puedo cambiar sin problemas a Cervantes por Shakespeare; me pasa lo mismo con Chaucer, un escritor tan fuerte como Shakespeare, Cervantes o Dante
-Antes mencionó que Shakespeare inventó al personaje literario. Particularmente pienso que fue Cervantes con Don Quijote.
-Me refería al personaje desde el punto de vista de la representación dramática Cervantes, después de todo, fue un triste fracaso como autor teatral. En el libro digo que es muy difícil escoger entre Falstaff, Hamlet. Sancho Panza. Don Quijote, la mujer de Bath, el peregrino de Dante... Es difícil escoger entre ellos desde el punto de vista de la representación literaria. Si apartamos a Dante, no hay un escritor desde el Renacimiento hasta nuestros días comparable a Cervantes y Shakespeare, no hay un tercero como ellos. Si alguien me dice que Cervantes es un escritor más importante que Shakespeare no lo cuestionaría «El libro», un solo libro, en el sentido en que lo decía Melville, es «Don Quijote», sin duda alguna Shakespeare no es un escritor de un libro, sino de 38 obras Mire, aquí mismo tengo el Quijote, siempre lo tengo al alcance de la mano, para poder tocado en cualquier momento
-En su libro expresa una gran admiración por Unamuno.
-Si, si, por supuesto, amo a Unamuno. Es un gran escritor y un gran crítico. Mi capítulo de Cervantes está escrito, en su totalidad, en el espíritu de Unamuno. No sé cuántas veces puedo nombrarlo, lo sigo en cada punto, en cada razonamiento. Es mi guía. Su libro sobre Don Quijote es impresionante. Incluso sus «Historias ejemplares» son casi tan interesantes como el Quijote. Recuerdo una frase suya impresionante, que odian las feministas; «Todas las mujeres son una mujer», lo que es muy unamunesco. Espero que se siga leyendo en España Unamuno tiene el toque de lo sublime, de lo fantástico, es magnético.
-Entiendo que debiera escoger, y escoger significa implícitamente rechazar.
-No se trataba tanto de rehusar, sino de escoger lo más representativo de las literaturas nacionales.
-¿No estará encerrando al autor en una torre de marfil al conceder todo el valor al componente estético?
-Eso es una tontería. Yo no estoy hablando del arte por el arte, una frase de Walter Peter que utilizo en mi libro y ha sido malinterpretada. Todo lo que estoy diciendo es que unos autores son mejores que otros. Y la razón por la que unos son mejores que otros no tiene nada que ver con su posición política o sociológica o económica. No hablo para nada de torres de marfil, uno no puede aprisionar a Joyce o Proust en ninguna torre de marfil.
-En el periodo caótico, el siglo XX, la novela está correctamente representada, pero parece haber olvidado a los poetas y dramaturgos
-Lo hice deliberadamente. Ya he hablado de los poetas Respecto a los dramaturgos, el más importante no es Beckett ni Brecht, sino Pirandello Luigi Pirandello es el autor teatral más importante y representativo de la historia del teatro del siglo XX, Hemos de reconocer que la audiencia para la poesía, en el XX, es mucho menor que en toda la historia de la literatura. Sería difícil defender que los grandes poetas. Lorca, Cernuda. Stevens... son más importantes en la historia de la literatura que Joyce o Proust. De nuevo el problema del espacio: si hubiera tenido que escoger un poeta del XX, tal vez hubiera escogido a Yeats, a Lorca o a Wallace Stevens.

Rubén, Neruda, Vallejo
-De todas formas, quería preguntarle por el modernismo hispano. Ni tan siquiera cita a Rubén Darío, por ejemplo.
-Es un interesante poeta. Hace tiempo, en un artículo de Nora Catelli, publicado en España, me criticó por considerarlo un poeta de primera línea. En general, es un precursor de los poetas suramericanos. Puse a Neruda porque lo creo más representativo, aunque Vallejo es más poderoso. En cierto sentido, se trata de un libro imposible. Pero quise escribirlo porque al menos merecía la pena retomar el debate, y además, como en otra obra mía, tengo «anxiety of influence».
-No pretendo hacer un caso de la literatura española, pese a que ni tan siquiera cita a Fray Antonio de Guevara. Santa Teresa. San Juan de la Cruz, al Arcipreste de Hita o a Garcilaso... Puedo entenderlo por las razones de espacio a que se ha referido; pero me resulta dificilísimo justificar la ausencia de Valle-Inclán, Góngora y Lorca.
-Recuerdo que cuando estuve en España ya me habló de Valle-Inclán; otros amigos españoles también me han hablado de él, pero si quiero ser honesto como crítico, sólo he de citar a los autores que he leído. No he leído a Valle-Inclán. En español no puedo leerlo porque su español es dificilísimo y no conozco ninguna buena traducción inglesa; en cuanto aparezca una buena lo leeré, de eso no hay duda. «La Celestina» de Femando de Rojas es impresionante. Incluso me atrevería a decir que es la mejor obra española después de «El Quijote». Incluso pensé escribir sobre Fernando de Rojas.
-Y el «Libro de buen amor», del Arcipreste de Hita.
-Sí, si, tal vez debiera haberlo nombrado. A veces uno comete errores y omisiones. Me sorprende que tal como me dices Santa Teresa no esté ahí. Me gustan mucho sus obras. Pero retomando el tema anterior, el idioma resulta un impedimento. Resulta paradójico, puedo leer poesía catalana mucho mejor que poesía castellana, debe ser porque se trata de una lengua provenzal y yo estudié provenzal. La poesía española es muy difícil para mí.
-Por ejemplo, Luis de Góngora.
-Góngora es un poeta que será, sin duda, muy apreciado en el futuro. Creo que Quevedo es mucho más difícil que Góngora, muy difícil. Las concordancias no son tan buenas y me resulta muy difícil penetrarlas. Puedo apreciar a Calderón mucho mejor que a Lope de Vega. Roberto González de Echeverría me dice que el español de Calderón es más difícil que el de Lope, pero a mí me resulta más asequible Calderón. Tal vez sea porque me parece mucho mejor Calderón que Lope de Vega. Pero me gusta Calderón, es el autor español con más influencia en la literatura inglesa y alemana. Es muy difícil pensar en Shelley sin tener en cuenta a Calderón, tiene una influencia tremenda en Shelley. O en Goethe. Algunas partes del Fausto tienen una gran influencia de Calderón.
-Citar a Lorca tan sólo una vez, sobre todo teniendo en cuenta lo que usted lo aprecia, parece concederte muy poca importancia.
-Creo que a Cernuda no lo cito en ningún momento y amo la poesía de Cernuda. De nuevo, qué puedo hacer. La poesía de Lorca es impresionante como lo es la De Hart Crane, creo que es el poeta más importante del siglo XX. Éste no intenta ser un libro personal, aunque en cierta forma lo sea. Después de escribirlo creo haber descubierto que tal vez lo que intentaba hacer estaba más allá de mis fuerzas. Cernuda puede ser incluso mejor poeta que Wallace Stevens, sobre todo desde un punto de vista estético.
-Parece estimarlo incluso más que a Lorca
-No. no. Lorca es mucho más poderoso, es un gran genio Pero Cernuda tuvo más tiempo para meditar. Y sin embargo, según tengo entendido. Cernuda no es tan reconocido en España como lo es para mí. Parece increíble Creo que no resulta difícil defender la idea de que después de Lorca el mejor poeta que escribió en español del siglo XX fue Cernuda, mucho mejor que el resto de los poetas suramericanos. No puedo creer que en Esparta esté infravalorado. Pessoa es también un poeta poderoso, increíble, pero ni tan siquiera él logra superar a Cernuda. Incluso ahora que estamos hablando me arrepiento en cierta forma de haber tratado a Neruda y no a otros, como Lorca. Sabe, creo recordar que una vez me encontré con Lorca, pero no estoy seguro. En fin, ahora no estoy seguro de que fue mejor tratar a Neruda que a Borges, que me fascina, aunque es muy repetitivo.
-A mucha gente le ha sorprendido la elección de Neruda y no la de Borges o García Márquez, que parecen más poderosos.
-Lo cierto es que quería un poeta suramericano en relación con Whitman, y escogí a Neruda. Tal vez pudiera haber elegido a Octavio Paz, aunque en el fondo no es un poeta, es un ensayista. Borges es mejor cuentista y ensayista que poeta. Aunque en el siglo XX la novela suramericana es mejor que la española, no creo que los poetas hispanoamericanos del siglo XX. Neruda. César Vallejo. Nicolás Guillén, sean tan poderosos como los españoles del XX. Lorca. Cernuda y Alberti. La originalidad y el humor de Alberti son sublimes, impresionantes.
Póquer de ases
-¿Y Vicente Aleixandre?
-Sí, sí; por supuesto, cómo podía olvidarlo. Esos serían los cuatro poetas españoles del siglo XX. Lorca, Cernuda. Alexandre y Alberti.
-Las listas de finales de lecturas han creado un fuerte debate, en cierta forma justificado. Por ejemplo, en el siglo XX recomienda a trece autores españoles que escriben en español y a doce que escriben en yiddish…
-En la confección de las listas finales no consulté ninguna enciclopedia ni antología. Cité tan sólo los autores que recordaba, todos ellos de memoria. Yiddish es mi primera lengua, sueño en yiddish; obviamente, he leído más autores judíos que españoles. El español puedo leerlo, pero no hablarlo. De todas formas, dejo claro que, especialmente la lista del siglo XX, es provisional, personal, provocativa, sugerente y susceptible de ser revisada. Además, estaba pensando, al elaborar las listas, en los lectores norteamericanos.
-Antes me comentaba que si tuviera oportunidad de revisar el libro eliminaría las listas.
-Las famosas listas han creado tal polémica… Fue la editorial la que me las pidió. Si pudiera rehacer el libro, que no puedo, probablemente reescribirla completamente el primer y último capítulo, que son meramente descriptivos, y también eliminaría las listas. Mucha gente se ha fijado sólo en ellas ignorando el auténtico contenido de la obra. Las eliminaría y dedicaría el espacio a tratar a otros autores como Calderón o Lorca. En la elaboración de las listas no consulté ninguna enciclopedia ni antología. Las hice de la única forma que creía honrada, fiándome de mi memoria. En las listas no se sigue ningún orden cronológico o alfabético, los autores aparecen tal y como los recordaba mi memoria. Por eso algunos han quedado fuera, como Santa Teresa o San Juan: no los recordé, pero creo que era preferible ser honrado. Tampoco he consultado ni comprobado una sola cita. Tanto en éste como en cualquier otro libro cito de memoria, lo he hecho siempre. No considero honrado consultar las citas. William Hazlitt dijo; «Si no puedes citar de memoria no tienes derecho a citar de ninguna manera». En algunos casos la memoria me traiciona, hay al menos una docena de autores que debieran estar incluidos y lo estarían si tos hubiera recordado en su momento, pero inexplicablemente me olvidé de ellos.
-El final del libro es pesimista. Permítame citar una de sus frases: «Nos aproximamos al final del milenio esperando incluso una época más sombría».
-Antes mencionaba a los que dicen de mí que pongo a los poetas en una torre de marfil, pero ni yo me he puesto en ninguna torre. Cuando escribí el libro los republicanos todavía no habían ganado las elecciones y su victoria confirma el pesimista futuro que anticipaba. Esta nación lleva camino de ser cada vez más teocrática; impondrán una censura religiosa y no sé adónde nos va a llevar todo eso Por otro lado, la iglesia católica en este país es tremendamente reaccionaria. El Papa se ha preocupado de rodearse de cardenales tremendamente conservadores. No habrá otro Juan XXIII. Tal vez en España la Iglesia no tenga mucho poder por razones históricas; me refiero a que se aliaron con Franco y todo eso, pero en los Estados Unidos se corre el grave peligro de caer en una teocracia. Los países musulmanes están siendo controlados por los fanáticos más radicales. En cierta forma, los que yo llamo «escuela del resentimiento» son tan teocráticos como todos estos, de igual forma que la derecha norteamericana es teocrática. La sensibilidad estética va a estar cada vez más acorralada. En el libro profetizo que la crítica literaria que, al menos en las universidades, ya está muriendo, morirá sin remedio, al menos en los países anglosajones. Los profesores ya no enseñan poesía. Nadie lee a Donne, Góngora, Spencer o a poeta alguno que represente la mínima dificultad. Cualquier cosa que implique dificultad es sistemáticamente rechazada. La crítica literaria sobrevivirá, pero fuera de las universidades. La tecnología, la realidad virtual, es un peligro que puede terminar por destruir a la literatura. En el mundo occidental, para los jóvenes, es tremendamente difícil leer en condiciones. No se les ha enseñado a ser pacientes, y uno debe ser extremadamente paciente para leer a Stevens o a Cernuda. Me siento muy pesimista sobre el futuro.
Si Shakespeare no existiese
-Terminemos con humor y ciencia ficción. ¿Qué ocurriría si mañana se demostrara que es cierta la leyenda de que Shakespeare no escribió una sola de sus obras?
-No implicaría la más mínima diferencia. A veces les digo a mis estudiantes que Shakespeare no es: «europeo, blanco, muerto» sino que todo Shakespeare fue escrito por una reconocida prostituta de su tiempo. Lucy Nigroe. Era una mulata de las indias occidentales y me gustaría demostrar que esa es la dama oscura de sus sonetos, lo que no es, y que ella escribo todo Shakespeare, lo que no implicaría diferencia alguna. Es una tontería decir que en realidad era Sir Francis Bacon o cualquier otro, pero de todas formas daría igual, porque las obras están ahí.
José Antonio GURPEGUI
ABC Literario. 16-6-1995, pp 16-19.

martes, 28 de febrero de 2017

"Nietzsche y las nuevas utopías" de José Rafael Hernández Arias (II)




Ver: "Nietzsche y las nuevas utopías de José Rafael Hernández Arias (I)
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El mito de Prometeo se prolongará durante toda la histo­ria experimentando distintas metamorfosis. Si quisiéramos citar alguna de ellas especialmente característica, no podría­mos eludir la mención de la novela de Mary W. Shelley Fran­kenstein o el moderno Prometeo, inspirada en el ensayo de Fran­cis Bacon Prometheus sive de statu hominis. El protagonista, Viktor Frankenstein, logra crear un ser vivo «capaz de sentir y dotado de razón». Aunque el texto es enigmático y da pie a numerosas interpretaciones, retrata con gran maestría el espíri­tu científico del siglo XIX, describiendo una sátira de la socie­dad y del racionalismo puritanos, de las tentativas ya no de mejorar el mundo, sino de «perfeccionarlo», de intentar apli­car una forma de racionalidad que raya en la demencia, puesto que sus análisis científicos no se ven compensados por consi­deraciones que prevean sus posibles consecuencias destructi­vas. En este sentido el Frankenstein de Shelley constituye una figura prototípica para las corrientes biotecnológicas actuales, en las cuales se produce una clara mecanización del ser huma­no y al mismo tiempo una antropomorfización de la máquina, y en las que se pretende, como en la novela Frankenstein, la manipulación entre lúdica (con la legitimidad de la curiosi­dad) y científica de la naturaleza humana. Otra obra que toca un tema similar es la Eva futura de Villiers de L'Îsle Adam, donde se borran las fronteras entre naturalidad y artificialidad, propagando el sentimiento difuso de que la humanidad tam­bién es un producto de la técnica. En la historia cinematográfica se puede seguir claramente esta tendencia, pero también cómo las visiones futuristas y ciencias como la cibernética y la biotecnología se van influyendo mutuamente. Desde la pelí­cula de Fritz Lang Metrópolis y la creación artificial de una mujer con el significativo nombre de María con el fin de inter­venir en la realidad social -que encuentra ahora, por cierto, numerosas imitadoras en el mundo virtual, como Lara Croft, ese icono del nuevo mundo de los hipersimulacros-, hasta las últimas décadas con películas como Blade Runner, Terminator, RoboCop, Alien, Matrix o AI, asistimos a fantasías positivas o negativas sobre la invasión tecnológica del mundo y la conmo­ción de la identidad humana por la aparición de androides, ciborgs o replicantes que aspiran o a convivir con plenos dere­chos entre los humanos o a someterlos, despertando dudas acerca de la humanidad específica de la conciencia y del alma. En cierta medida, en algunos de estos mensajes se desliza la idea de que el hombre en realidad no es más que una creación artificial producto del enojo de un Titán, una máquina a la que le ha llegado la hora de pasar el testigo a otro producto de nueva generación más perfecto y completo. Para algunos teóri­cos de la hipermodernidad hemos llegado, en fin, al periodo de una «apocatástasis histórica», pues gracias a la biotecnología se puede recrear la pluralidad pagana de la Antigüedad o forjar un nuevo mito de la creación que dé a luz un nuevo mundo.
Pero los ideales transhumanistas no sólo se basan en deseos filantrópicos o en el amor a la humanidad y a la vida, en ellos anida un fuerte componente hedonista de obtener un placer más intenso, de llegar a las fronteras del placer. No es de extrañar que Ray Kurzweil en sus pronósticos para este siglo anuncie que el hombre gracias a los programas de orde­nadores y a la realidad virtual gozará de un mejor sexo. Bajo el epígrafe titulado «The sensual machine» se encuentra el siguiente pronóstico: «El sexo virtual proporcionará sensaciones que son más intensas y placenteras que el sexo convencio­nal, así como experiencias físicas que no existen en la actuali­dad. Por tanto, el sexo virtual es lo último en sexo seguro, ya que no hay riesgo de embarazo o transmisión de enferme­dad»[1]. Como algo deseable y enriquecedor de la existencia humana, Kurzweil también pronostica la creación de robots sexuales («sexbots») que terminarán por equipararse y superar a los seres humanos. Estas ideas, que podríamos englobar en la expresión «mecanización de la sexualidad», tampoco son tan modernas como parecen, comenzaron a tomar forma en Sade y adquirieron un gran auge en la época de la «emancipa­ción» de los años sesenta y setenta, entre aquellos grupos que paradójicamente propugnaban un retorno a la vida natural y al amor libre. Se podría decir que su respuesta al mundo industrial, determinado por la máquina, no podía ser otra que el deseo de convertirse ellos mismos en máquinas. ¿Quién no recuerda letras de canciones como la de los Rolling Stones: «I can't get no satisfaction», o la de James Brown: «I wanna get into it, man, you know, like..., like a sex machine»? Como ha mostrado Josef Spiegel[2], estos movimientos que aspira­ban a romper los vínculos tradicionales de autoridad, se sometieron a la técnica con una radicalidad sin compromisos, ya fuese en el arte, con un Andy Warhol transmitiendo el mensaje «quiero ser una máquina», o en la música con la elec­trificación de los instrumentos. Pero aún se produciría un sal­to cualitativo en este ámbito. En la creación de música pop, los ordenadores y otros elementos técnicos se han convertido en elementos esenciales, hasta tal punto que la autoría queda ya a la sombra de la máquina, produciéndose una música pseudoanónima, manipulándose la voz de los cantantes y los efectos sonoros. Grupos de los años ochenta como Industrials, Miami Sound Machine o C &C Music Factory portan en sus nombres el espíritu del tiempo. Mientras tanto, ya hay programas que componen música y se realizan grandes esfuerzos para suplantar al factor humano en la producción musical y cinematográfica. Se aspira a la fusión del artista con la máqui­na y a la supresión de la identidad, al anonimato de la obra. Los mismos experimentos se emprenden en el ámbito de la poesía y de la novela con la producción artificial de obras que sustituya a la autoría humana: el autómata como artista o escritor. Como medio para obtener placer intelectual hay transhumanistas que no dudan en recurrir a las denominadas «drogas inteligentes», mientras tanto aquellos que esperan a las «sexbots» del futuro, se pueden consolar tomando «éxtasis», una de las drogas de moda que circula con profusión entre los participantes del «tecnoespectáculo» de los Love Parades, don­de los danzantes imitan a los robots con sus movimientos sin­ copados y repetitivos, sometiendo plenamente el cuerpo y la mente a la máquina. En su último estadio, como ha destacado Ute Bertrand[3], con las nuevas técnicas biológicas y de información, se transforma el ideal del ser humano como máquina en la imagen del hombre como «máquina transclásica», como modelo de información programable. En la actualidad, estas tendencias se reflejan, por una parte, n la denominada «cul­tura pop», con la proliferación en cómics y videoclips de hombres y mujeres máquina. Recordemos el videoclip de la cantante islandesa Bjork, en el que aparecen dos autómatas femeninos en contacto amoroso, así como en el nacimiento del nuevo «género» del «tecnoporno»: por otra parte, se refleja en los intereses de la ciencia por crear robots o ciborgs dota­dos de capacidades sobrehumanas o de «copiar» mecánica­mente especies naturales. No puede ser más patético ni infan­til el intento de construir «perros robot» u otros prototipos de «living artefacts» que imiten lo comportamientos de algunos animales, siendo lo peor de todo que esos proyectos, que engullen cantidades astronómicas de dinero, no se realizan en el ámbito de la juguetería, sino que se consideran esfuerzos científicos por demostrar esa teoría milenaria, radicalmente falsa, que considera a los animales y las plantas como meras máquinas o productos artificiales.
Pero lo que comenzó con el experimento del médico Gal­vani consistente en estimular con electricidad las patas de una rana encuentra en la actualidad un desarrollo más complejo y prometedor. Recordemos que en la novela de Mary Shelley Frankestein, la criatura cobraba vida gracias a la electricidad. En el Instituto de Tecnología de Massachussets se experimenta con la posibilidad de mover robots de forma natural mediante músculos estimulados electrónicamente con ayuda de micro­ procesadores. El objetivo de estos experimentos es el desarrollo de máquinas híbridas que se caractericen por su movilidad, velocidad y fuerza. En la revista New Scientist [4] se indican posibles aplicaciones de este proyecto. Una de ellas, llamémos­la filantrópica, consiste en dotar a las prótesis artificiales de músculos ganados de células madre, la otra, englobada en el proyecto de la DARP (Defense Advanced Research Projects Agency), vinculada al Pentágono, se propone posiblemente el desarrollo de exoesqueletos para soldados, así corno prótesis que les permitan cargar más armas o aumentar su capacidad de combate. El coronel del ejército estadounidense Frederick Timmerman, director del «Centre for Army Leadership», comentaba: «En un sentido fisiológico, si es necesario, los sol­dados pueden parecer tres millas de altos y veinte millas de anchos. Desde luego, en un verdadero sentido físico, nada habrá cambiado. Más bien, al cambiar la forma en que se apli­ca la tecnología, y contemplando el problema desde una pers­pectiva biológica, concentrándonos en la transformación y extensión de las capacidades fisiológicas del soldado, ¿no podremos alcanzar la solución del superhombre ?»[5]. En esto, como siempre, la realidad supera a la fantasía. Pero en definiti­va se observa cómo se produce una automatización del hom­bre y una naturalización de la máquina, cómo de aparecen las  fronteras entre la técnica y la naturaleza, el espíritu y la mate­ria, la persona y la cosa, lo orgánico y lo fabricado, y cómo aumenta el abismo existente entre saber y conciencia, fomen­tando convergencias peligrosas que erosionan no sólo la iden­tidad humana, sino la dignidad del ser humano como ser res­ponsable de sí mismo, ante sus congéneres y de las criaturas y cosas que se encuentran en su radio de acción.
Es evidente que muy pocas de estas tendencias fueron previstas por Nietzsche, pero la vulgarización de su filosofía ha servido de sustrato a las más descabelladas fantasías. En el ámbito de la ciencia, no todos los científicos se muestran parti­darios de estos desarrollos, aunque sí podemos afirmar que existe un poderoso grupo que fomenta el avance en esa direc­ción. Tampoco se puede menospreciar su tosquedad y pueri­lidad en la argumentación filosófica; como muy bien ha destacado Marc Jongen [6], en ellos se articula la vanguardia de una humanidad que está dispuesta a elevarse de «sujeto» a «proyecto», a hacer de la naturaleza humana un objeto experi­mentable. En realidad nos encontramos en los inicios de un gran enfrentamiento que divide a dos bandos, uno biológico­ científico y neodarwinista y otro que engloba varias corrientes convergentes de tradición cristiana, humanista e ilustrada (sobre todo de la escuela kantiana). Este debate no tiene una correspondencia clara en el discurso político, en este caso queda patente la «antigüedad» o carencia de contenido de los partidos tradicionales englobados en conceptos como con­servador, liberal o socialdemócrata. Más bien el mencionado enfrentamiento abrirá fosos en el seno de tendencias políticas hasta ahora homogéneas o hermanará posiciones consideradas irreconciliables como las cristiano-demócratas y las ecologis­tas. Tampoco hay que olvidar que este enfrentamiento más tarde o más temprano exigirá una decisión en un mundo que suele refugiarse en neutralidades ficticias. Ernst Jünger vatici­nó que éste sería el siglo de los Titanes, y nos tememos que el hombre se va a enfrentar a utopías titánicas equiparables a las fomentadas en el siglo XX por las utopías clásicas. Que el nom­bre de Nietzsche aparezca asociado a ellas resulta una burda tergiversación, pero no porque se retuerzan sus aforismos hasta destilar de ellos la solución deseada, lo que también ocurre con demasiada frecuencia, sino porque con Nietzsche no se puede demostrar nada: sus escritos no aportan soluciones, sino interrogaciones, quizá más importantes para el hombre que cual­quier promesa de redención. Aquí no pretendemos, ni mucho menos, someter la obra de Nietzsche a una crítica de urgencia, su obra adquiere valor como tal obra, como diagnóstico de una época y como caso psicológico, situada en un contexto preciso y en un puesto relevante de la historia de la filosofía. En el dis­curso de los nuevos predicadores de la vida eterna y del paraíso en la tierra, de los intelectuales de la «hipermodernidad», de la «desregulación» de la moral» y de la muerte del «hombre abs­tracto»; sin embargo, su nombre ocupa el mismo lugar que el de la divinidad en el de los falsos profetas. Por fin se ha con­ seguido que la mención de Nietzsche se haga susceptible de sospechas, despertando la impresión de que quien cita a Nietzsche pretende engañar y seducir, pues Nietzsche es el gran seductor, y sus argumentaciones se adaptan a cualquier molde y a cualquier finalidad. Como no compartimos del todo esta opinión, abogamos por un regreso de Nietzsche a sus cauces filosóficos, y ofrecemos resistencia a las nuevas utopías, poniendo nuestras esperanzas en un renacimiento de la filoso­fía como recuerdo de la esencia del ser humano y como la dis­ciplina ideal para ejercitar una fantasía moral que se enfrente a lo «impensable», que defienda la «conditio humana» en todas sus dimensiones.
José Rafael Hernández Arias. Nietzsche y las nuevas utopías. Valdemar. Madrid. 2002. pp 183-190.


[1] The Age of spiritual Machines, New York, 1999, p. 147.
[2] Mit Maschinen anstelle Von Menschen. Liebe und Sex in der Pop-Musik, Die Geschopfe des Prometheus, ibídem, pp. 107-1 13.
[3] Ute Berrrand (ed.), lnformationmuster Mensch. Zur Verschmelzung von Informations und Biotechnologie, Bonn, Dortmund, 1992.
[4] N° 2279, p. 22.
[5] En: Postmodern War: the New Politics of Conflicts, London, 1997, p. 210.
[6] Der Mensch ist sein eigenes Experiment, en: Die Zeit, N° 33, 2001, p. 31.En el artículo de Jongen, un pequeño manifiesto que exige la claudicación de la ética humanista ante la nueva teología política cibernética («Dios es un cibernético»), no puede faltar la continua referencia a Nietzsche. Para Jongen es precisamente ahora cuando la doctrina nietzscheana del «superhombre» puede desarrollar todo su potencial profético: la «virtualización» del ser humano.

Entrevista a Cristóbal Serra en "La Vanguardia", en 1994



"España quiere volverse pragmática, cuando siempre ha sido quijotesca y alucinada"

Entrevista a Cristóbal Sena, escritor

CRISTINA ROS Servicio especial. Palma de Mallorca
Cristóbal Serra (Palma, 1922) es un autor de culto que sin pertenecer a ninguna tribu literaria ni entender de mercadotecnias, ha logrado para su obra, subterránea y excéntrica, el prestigio y el reconocimiento de la crítica. Ahora acaba de publicar "Augurio Hipocampo" (Olañeta Editores), heterónimo del escritor, personaje que participa de la ficción, sin dejar de ser de carne y hueso. Como en anteriores obras suyas, existe una "tendencia a la autobiografía" y el protagonista es "autodidacta, lector pantagruélico como pocos, víctima del amor, asnólogo, reaccionario ante los vientos agonizantes de éste siglo, y le encanta el latín, salvo el amén".
— ¿Son Péndulo, Jonás y Augurio tres heterónimos suyos?
— Existen evidentes semejanzas entre los personajes Augurio y Péndulo. Ahora bien, Péndulo es más atormentado y la atmósfera del libro es más kafkiana. El mundo se enfrenta al protagonista anonadándolo y, así, entre enfermo y dolido, Péndulo se encuentra crucificado a la cruz de su esqueleto. En cambio, Augurio Hipocampo ofrece un género de tormento interior mucho más reconciliado con la vida, con las frustraciones y flaquezas físicas del otro, pero estas no le superan. El lugar del Mediterráneo, el Port d'Andratx, en que vive Augurio logra compensarle.
— ¿Y "La noche oscura de Jonás"?
— Me di cuenta de que el episodio de la profecía de Jonás tenía tanto de monograma del personaje como de burlería, mostrándome el lado ridículo de los portadores de oráculos divinos. Un libro cruel, de feroz ironía, que no perdonaba al profeta a secas y hacía de él el blanco de las iras mundanas de todos los tiempos.
—Así, en los tres libros se engloban las características con las que Octavio Paz le definió a usted: "Lo separan del mundo la melancolía, la timidez y el humor".
—Paz es un hombre tremendamente lúcido y acertó al definirme. Cuando le conocí, era agregado cultural en París y estaba en Mallorca para defender la candidatura de Borges en el premio Formentor. Quiso conocerme y prologar mi libro "Péndulo". Paz puede comprender porque es un hombre extraordinariamente inteligente y, -al ser poeta, ha llegado a tener una visión muy clara de muchas cosas de este mundo. Lo que me aparta de él es que es mucho más mundano que yo. Está más reconciliado con el mundo, no está airado por dentro. Yo no estoy reconciliado con el mundo y mi interior está atormentado e insatisfecho.
— ¿Contra qué se rebela?
—Contra la idea del progreso escrito en mayúscula. El conocimiento racional tiene un límite y se ha perdido ese sentido del límite que tenía el pueblo mediterráneo y las viejas culturas. De ahí que vivimos toda una serie de equívocas afirmaciones del puro humanismo. Se han entronizado en demasía la ciencia, la razón y el progreso. La ciencia es luciferina. Esto lo vio muy claro Blake y por ello, en Inglaterra, le acusaron de alucinado. Inglaterra, la madre del empirismo, la civilización más pragmática. Una cultura vendida a la materia. Es la civilización más opuesta a la nuestra. España quiere ahora volverse pragmática cuando siempre ha sido quijotesca y alucinada.
— ¿Por qué teme a la razón?
—Es muy peligrosa porque desconecta al hombre del misterio. Los individuos pueden y deben razonar pero no dejarse poseer por la razón. Heráclito ya dijo que la opinión es una enfermedad. Ahora vivimos un estado de opiniones que es algo totalmente superficial. Son necesarias, para la filosofía, la mística y la poesía, como ocurría con Heráclito o Lao Tsé. La civilización ha llegado a tal punto de mercantilismo, de falta de ideologías y valores, que hacen evidente su babelización.
—Augurio Hipocampo y usted desvían su pensamiento de buena parte de la tradición occidental.
—La filosofía occidental, al ser producto de la razón, es manca. Los orientales son místicos, poéticos y, al mismo tiempo, tienen humor. Si hay conceptos que se consideran como cachivaches del trastero, es porque el hombre se ha desconectado demasiado de su herencia mágica, se ha deshumanizado, politizado e hipnotizado por una propaganda metódica,- que lo tiene borracho de humanismo o de malhumanismo. Hay como malhumorismo.
—Ambos, Cristóbal Serra y Augurio, cultivan una nueva ciencia asnológica.
—Augusto Hipocampo sabe que el asno es el más emblemático de los animales mediterráneos. Cristóforo, si los hay. Es curioso que aparezca en las primeras líneas de la Creación: "Se crearon los animales y los asnos". Paseó al Nazareno en su apoteosis por las calles dé Jerusalén, y la civilización agraria, a la que creemos desgraciadamente superada, no se explica sin él.
— ¿Puede ser el asno sujeto de conocimiento?
—Lo es. En la novela de Víctor Hugo "El hombre que ríe" se encuentran frases más bien propias de un onólatra: "El asno, cuadrúpedo soñador, a ratos levanta sus orejas de modo inquietante, cuando los filósofos dicen necedades...".
— ¿Se complace usted con la greguería y el aforismo?
—Estoy en íntima comunión con ellos. Y me encantan los "greguerizadores" y los aforistas. No comparto la opinión negativa de Borges sobre el greguerismo de Ramón Gómez de la Serna. Borges se empeña en que escriba en forma consecutiva, cuando Ramón lo que busca es el "puro hallazgo".
—En "Granos de polen" usted afirmó: "Me gusta escribir con lápiz y con látigo".
—Y es cierto. El látigo refleja mi airamiento interior. La libertad es mi enseña. Y la micrología. Y el humorismo que no es deliberado. El chiste, en cambio, me resulta enfadoso, cuando el chistoso es una máquina lanza-chistes, pues casi siempre encubre a una persona incapaz para el humor.

PERFIL
"El que se aferra a la fama suele morir infame", escribió en su "Diario de Signos" Cristóbal Serra, de pensamiento disidente, verbo inapelable, pasmosa erudición y escritura aforística, que a sus 72 años sigue escribiendo a contracorriente. En su biografía deja constancia de su descubrimiento precoz del diccionario, de su esfuerzo por dominar el latín, de su interés por la lengua francesa y la inglesa, de su inmunidad a toda épica y de su descubrimiento decisivo del libro del Tao y del libro de Job. Se resaltan, como imprescindible definición del personaje, sus lecturas para descubrir "quiénes saben" (Pascal, Montaigne, Goethe, Hugo). A fondo, Granada y Gracián, y un inacabable etcétera que culmina en su declarada admiración por Gómez de la Serna y por Quevedo.

Sus traducciones reflejan sus gustos: Michaux ("Ecuador", "Bárbaro en Asia"), Melville ("Las encantadas"), Swift ("El cuento de un tonel"), Edward Lear ("Disparatario"), Lao-Tse y Guangse, Max Jacob ("Espejo de astrología") o Blake ("Poemas próféticos y prosas"). Amigo de Juan Larrea, heterodoxo y apocalíptico, su "Guía del Apocalipsis" (1980) le emparenta con Claudel y Milosz. En Tusquets ha publicado "Viaje a Cotiledonia" (1973), "Péndulo y. otros papeles" (1975) y "Antología del humor negro español" (1976). También ha publicado "Diario de signos" (Aucadena, 1980), "La noche oscura de Jonás" (Aloe, 1984),"Con un solo ojo" (Arxipiélag, 1986) y "Retorno a Cotiledonia" (1989).

1 Noviembre 1994 La Vanguardia. p 31

lunes, 27 de febrero de 2017

"Introducción" a "Populismos. Una defensa de lo indefendible" de Chantal Delsol


Chantal Delsol
Introducción
El término «populismo» es, en primer lugar, un insulto: hoy en día hace mención a aquellos partidos o movimien­tos políticos que se considera que están compuestos por gente idiota, imbécil o incluso tarada. De tal modo que si detrás de ellos hubiera un programa o unas ideas (y de todo esto vamos a hablar aquí), serían por tanto unas ideas idiotas, o un programa idiota. Hablamos de idiota en su doble acepción: moderna (un espíritu estúpido) y antigua (un espíritu engreído por sus propias particularidades). En la comprensión del fenómeno populista, una y otra acepción dialogan y se superponen de una manera carac­terística.
Se nos hace un poco raro, la verdad, definir una co­rriente política por su imbecilidad, sobretodo en demo­cracia, donde en principio reinan el pluralismo y la tole­rancia entre las diversas opiniones. En la designación de «populismo» hay, por tanto, un cierto rechazo de la democracia. Ese es el tema de este libro: ¿por qué motivo se ponen en cuestión nuestras democracias, en esta ocasión? ¿Qué tienen tan grave los movimientos acusados de popu­lismo como para tener que excluirlos de la tolerancia co­mún, tan cara a la democracia?
Resulta obvio el interés de intentar comprender un fenó­meno así de curioso. En el presente se tiene la costumbre de designar con el término de «populistas» a todo tipo de movimientos o partidos distintos, por el único motivo de que nos desagradan. Pero hay que sabe por qué desa­gradan tanto, y entonces es cuando nos damos cuenta de que esos movimientos tienen todos unas características comunes. El populismo tiene una historia coincide con la de la democracia moderna, de la cual representa a la vez el remordimiento, el insulto y la nostalgia, en una alquimia contradictoria y misteriosa.
De una manera general, será difícil atribuir una defi­nición al populismo, ya que se trata de un insulto, antes que un sustantivo. Para la gente civilizada que se supone que somos designa en primer lugar lo execrable. Dicho de otra manera: antes de definir las características hay que asumir su mala reputación. Ese paso nos permitirá apren­der mucho sobre nuestra época.
El populismo contemporáneo nos será mucho más fácil de comprender si partimos de la demagogia antigua y del vocabulario griego relativo a la idiocia.
En su sentido antiguo y etimológico, un idiota era un particular, es decir, alguien que pertenece a un grupo pequeño y ve el mundo a partir de su propia mirada, careciendo de objetividad y desconfiando de lo universal. El ciudadano se caracteriza por su universalidad, su capaci­dad de contemplar la sociedad desde el punto de vista de lo común, y no desde un punto de vista personal. Es decir, su capacidad de dejar a un lado el prisma propio. La democracia está fundada sobre la idea de que todos, gracias al sentido común ya la educación, podemos acceder a ese punto de vista universal, que es el que forma al ciudadano. Pero ya en las antiguas democracias, la élite recelaba del pueblo y a veces incluso lo a usaba, a todo el pueblo entero o a una parte al menos, de faltar a lo universal, de estar demasiado pendientes de sus propias pasiones e intereses particulares en detrimento de lo común. El que llamamos demagogo atiza esas pasiones en el pueblo. El adulador del pueblo opone el bienestar al bien, la facilidad a la reali­dad, el presente al porvenir, las emociones e intereses pri­marios a los intereses sociales, elecciones que son siempre éticas. El medio popular, ¿está más dominado por sus pa­siones particulares que la élite? Esa idea oligárquica sigue viva, tenazmente, en el seno mismo de la democracia.
El populismo recurre a la demagogia, pero de un modo totalmente distinto, como veremos.

Hace un siglo el populismo no era un insulto, sino un término que designaba a un partido o a un grupo político específico, en Estados Unidos o en Rusia. La palabra tomó su acepción peyorativa a principios del siglo XXI. Entre los dos sentidos se produjo un cambio importante: el mo­vimiento emancipador de la Ilustración perdió en gran parte el apoyo popular. Y esa pérdida se vio como una traición. Lenin ya había sufrido una decepción de este tipo, al darse cuenta de que el pueblo ruso quería algo distinto a hacer la revolución, cosa que le condujo a utili­zar el terror. Hoy en día asistimos a ese mismo fenómeno: la izquierda tiene la sensación, bastante justa, de haber perdido al pueblo.
¿Y cómo lo ha perdido? El elemento propiamente po­pular no se adhiere ya a las convicciones de la izquierda, de ahí el populismo, una palabra despectiva que respon­de a la traición del pueblo a sus defensores.
Igual que el pueblo ruso se oponía a Lenin porque se aferraba a su tierra, a su religión y a sus tradiciones, el elemento popular europeo se opone hoy en día a la ideología moderna a la cual se adhiere la opinión dominante, considerando que la globalización va demasiado lejos, que la liberalización de las costumbres va demasiado le­jos, que el cosmopolitismo va demasiado lejos, Se convier­te por tanto en el adversario número uno, el wanted de la época contemporánea, en razón de su peligrosa irreduc­tibilidad a la visión elitista de la emancipación de la Ilus­tración.
Lo opuesto a la emancipación de la Ilustración es el arraigo en lo panicular (tradiciones, ritos, creencias, gru­pos restringidos). La clase popular tiene la sensación de que la elite ha llevado demasiado lejos la emancipación, desde todos los puntos de vista y en el sentido de una indiferencia hacia los principios y las costumbres de los grupos restringidos. Por eso se irrita y por eso se convierte en un adversario para la élite. La elite no responde mediante argumentos, sino con desconsideración: describe al parti­cular como un rematado idiota, con el fin de camuflar su estatus de enemigo ideológico. Dice que no entiende nada, pero solo para no tener que argumentar contra su opinión inoportuna.

Dicho de otro modo, una parte del elemento popular defiende el arraigo, en oposición a la emancipación posmoderna. Y la élite, descontenta con semejante traición, interpreta esa defensa del arraigo como simple egoísmo. Por ejemplo: si la gente sencilla anuncia que prefiere conservar sus tradiciones propias, en lugar de que se le imponga las de una cultura extranjera (enviar a sus hijos a escuela donde sus compañeros hablen francés), se deduce que son egoístas y xenófobos. O en otras palabras, que son idiotes, particulares incapaces de elevarse a lo universal, y por lo tanto malos ciudadanos, a la vez imbéciles (no comprenden el universalismo cosmopolita) y unos cabrones (no aman a lo demás). En realidad no son ni una por lo general: sencillamente, estiman que la emancipa­ción que abole las fronteras ha ido demasiado lejos, ya que todos tenemos necesidad de fronteras y de diferencias, y de basarnos en particularidades.
Sobre esa asimilación voluntaria reposa el populismo de hoy en día. El particularismo era en los antiguos una insuficiencia cultural; ahora se ha convertido en un cues­tionamiento ideológico. Y como los partidarios de la emancipación de la Ilustración consideran que su pensamiento representa el bien absoluto y no soporta ningún debate, ven a los contradictores como unos tarados y unos viciosos.
Así es como el populismo del siglo XIX en Rusia, en América, visto objetivamente como una corriente política entre otras, se ha convertido hoy en día en un insulto. Así es como lo «popular» se ha convertido en adversario.

Estas observaciones nos conducirán a precisar aquí la oposición entre el pensamiento del arraigo y el pensa­miento de la emancipación. La necesidad que tienen las sociedades humanas de conseguir un equilibrio, siempre frágil, entre esos dos polos, nos indica hasta qué punto los «populismos» remiten a exigencias fundacionales, y no solamente a los caprichos de unos tontos o a unos deseos cínicos. Es posible que los populismos de hoy en día no hagan más que sacar a la superficie, aunque de manera simplista e inocente, las terribles lagunas de la posmoder­nidad.
Y finalmente llegaremos él intentar comprender por qué, sin que la realidad cambie, la izquierda es popular y la derecha populista. Y de qué forma se explica ese menosprecio, a través de un campo léxico impresionante: el del ensimismamiento, la frustración y la tontería.
La obsesión contemporánea por el populismo denota el aspecto más pernicioso del pensamiento contemporá­neo. El menosprecio de clase es tan odioso, a su mane­ra, como el menosprecio de raza, y sin embargo en Europa, mientras esto último es un crimen declarado, lo primero es un deporte nacional.

Chantal Delsol. Populismo. Una defensa de lo indefendible. Madrid 2015. pp 11-16.