lunes, 31 de mayo de 2021

Virgilio Piñera, “Witold Gombrowicz: Ferdydurke” (Realidad. Revista de ideas, vol. 1, nº 3, mayo-junio de 1947)




Witold Gombrowicz: Ferdydurke, Editorial Argos, Buenos Aires, 1947.

Después de la asombrosa aventura del pensamiento en nuestros días, después de las metas alcanzadas en los dominios del arte y de la ciencia, después de la novela-río, de la novela-catarata, del poema-estanque; después del aquarium proustiano, de la “muerte propia” de Rilke, de la peripecia superrealista, del humanismo de Gide, del mundo burocrático de Kafka, del monólogo interior, de la lucha de clases, de la raza aria, del jesuitismo, del antisemitismo y del diletantismo hacía falta una especie de revisión desde abajo del modo de ser psíquico, espiritual y cultural del hombre de esta época. Amenazadas como están de anquilosamiento estas actitudes, pensamientos y géneros por una exhaustiva afinación y problematización hacía falta un “examen de conciencia”, un “análisis espectral” que, descubriendo su mecanismo interno, pusiera de manifiesto sus excesos y sus contradicciones. Todo esto se propone y cumple Ferdydurke, y su medio de expresión es la sátira. Resulta curioso que el mejor instrumento para llevar a cabo esta clase de radiografía de una crisis histórica lo sea el de la sátira. Recordemos el Quijote: Ferdydurke no es menos una tremenda sátira que el libro de Cervantes. Y es que la sátira resulta el género didascálico-moral por excelencia: recubriéndose de humor y locura, de grotesco y absurdo administra fuertes golpes aquí y allá Por otra parte, este libro es una suerte de autobiografía. Su autor se vio ante una encrucijada: o seguía en el “juego que se estaba jugando” o lo denunciaba. Prefirió lo segundo y así se ha producido este “poema orgullosamente práctico”. Gombrowicz pudo comprobar en carne propia que lo que se estimaba del hombre como maduro era en realidad asaz inmaduro, que este mismo hombre se había dejado dominar por la Cultura y convertídose en instrumento de la misma, que amén de nuestra inmadurez natural nos cargábamos con otra artificial producto de nuestra simulación, que creíamos ilusoriamente crear la Forma y que sin embargo éramos constantemente creados por ella, que en el puro dominio del arte nos dejábamos dominar por el problema de la altura, del nivel olvidando el motivo real que nos forzaba a expresarnos, en suma, que estábamos metidos peligrosamente en el demonio del automatismo.

¿Qué pasa en Ferdydurke? Se narran allí las aventuras de Pepe, “héroe” de la novela, que arribado a la treintena sin haber superado su inmadurez, es sorprendido una mañana en trance de escribir un libro por “T. Pimko, profesor y culto filólogo de Cracovia”. Éste lo ridiculiza, saca a relucir su inmadurez y acaba por infantilizarlo. Dichas aventuras se suceden en eres escenarios bien delimitados: escuela del director Piorkowsky, casa de los Juventones, e incidentes finales con ciertos parientes de la nobleza rural. Todo ello da ocasión al autor de poner en juego distintos mitos: de la colegiala, del peón, de la tía, del maestro, del poeta, del arte, de la belleza, etc., etc., pues Gombrowicz mismo nos aclara en el prefacio a esta edición española que “los personajes de Ferdydurke no tienen ideales ni dioses, sino mitos inmaduros”. El hombre no siente ni actúa según su íntima naturaleza sino que el exterior lo moldea y lo mueve a su antojo; de aquí los eternos mitos que vienen conformando a la humanidad desde su nacimiento. Aquí se podría introducir esa pregunta de la psicología: “¿Lloramos porque estamos tristes o estamos tristes porque lloramos?”.

Pero ¿cómo pone en juego Gombrowicz estas leyes psicológicas, estos desvíos de la personalidad, esta “forma” que constantemente cabalga sobre el hombre? No sería aclarar nada si dijésemos sólo que por manejo del grotesco y del absurdo. El supremo acierto de Gombrowicz ha sido el de emplear para una humanidad que se presenta como uno mueca y hasta como un rictus, un lenguaje —comprendiendo en éste desde la simple imagen hasta la metáfora sutil— que “opera” como caricatura, mueca y rictus. Se sale de la lectura de Ferdydurke con la sensación del pinchazo y con la cara retorcida. Este libro es una vara de medir y al final queda uno enterado de que también hace muecas. ¡No sólo el resto de los hombres como creemos con práctica ingenuidad, sino que también nosotros mismos! Claro que un libro que nos obliga a declarar la máscara o “facha” que cubre nuestro rostro tiene que ser de una violencia terrible; aquí se opera en frío, sin paliativos, pero las consecuencias nunca serán mortales puesto que se propone, o al menos intenta, sacar a luz el íntimo mecanismo de la humanidad, su real y verdadero modo de manifestarse.

En cuanto a su nivel artístico en sí, sólo abonaremos esto en su favor: como el Quijote, como el Lazarillo de Tormes, como el Tristan Shandy, como Gargantúa o Jacques le Fataliste, como los Viajes de Gulliver, como Roi Ubu y tantos otros, Ferdydurke se deja leer y penetrar sin que sus tesis sofoquen el libre juego de la imaginación, sin que la poesía quedo ahogada por la dialéctica. Gombrowicz mantiene milagrosamente esa difícil interacción entre insania y cordura, entre realidad y sueño que es el plano inefable en que se mueve y desempeña el espíritu del hombre. Finalmente, Ferdydurke produjo “escándalo” en Polonia; pero escándalo de la naturaleza de ese que hace un pueblo cuando ve en peligro su propia integridad. ¿Lo producirá parejamente en Hispanoamérica?

La traducción fue hecha directamente del polaco por el propio autor y vigilada por un grupo de traductores compuesto de más de veinticinco personas.

Virgilio Pinera. Realidad. Revista de ideas, vol. 1, nº 3 (mayo-junio de 1947) pp. 469-471.

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