miércoles, 7 de junio de 2017

Llucía Ramis entrevista a Cristóbal Serra (Institut d’estudis baleárics, junio de 2014)


"Nos mezclamos con la luz de un crepúsculo y nada más." 
Entrevista a Cristóbal Serra
Llucia Ramis
En 2004, la revista Quimera dedicó un monográfico a Cristóbal Serra. Entonces él tenía 82 años y nos entrevistamos por primera vez. Fui a su piso en la avenida Argentina, del que apenas salía, y me recordó que nació en una Mallorca sin conservatorio desde la que no se podía ir a Madrid en avión. No le gustaba el calor, y comentó que aquel verano aún era soportable. Exclamaba: “Mos africanitzam!”. Volvimos a entrevistarnos en 2011, otra vez en su casa, de la que ya no salía nunca, para el programa Això no és Islàndia. Volvimos a reírnos mucho. A nadie le sorprendió que muriera al final de otro verano, un año después, y sin embargo su muerte nos pilló desprevenidos.
Éste es un intento por conjugar ambas entrevistas, la quimérica y la de la isla. Porque, además de su risa, lo que más se echa en falta es su voz: esa manera tan propia y única de ver y contar las cosas, de explicar el mundo, que también es Mallorca.
—Usted ha escrito que las obras magistrales se encuentran más en la poesía que en la novela.
—Considero que hay muy pocas novelas perfectas. No es que haya leído muchísimas, pero sí bastantes. En cambio, algunos libros de poemas, unos más conocidos que otros —las Geórgicas de Virgilio son menos conocidas que la Eneida— me han parecido perfectos. Son obras que sólo pueden haber nacido del genio mediterráneo y del Mediterráneo. Hay que incluir también una serie de poemas que pertenecen a la modernidad, como Una temporada en el infierno de Rimbaud, o los libros de Blake. Las canciones de inocencia y El matrimonio del Cielo y el Infierno siempre me han parecido los poemas más perfectos, a los que habría que añadir algún otro. Por ejemplo, toda la obra de François Villon, para mí lo más logrado de la literatura francesa. En cambio, siempre encuentro en las novelas algún defectillo, un lunar o lunares. El Quijote me interesa muchísimo, pero no me interesa en cambio lo que Macedonio Fernández llama “los cuentos tontos del Quijote”. Me ocurre lo mismo con el Pickwick: siempre he tenido que salvar los cuentos para poder leer el Pickwick. Y así con muchas obras, como algunas de Dostoievski, que me resultan demasiado largas, un poco pesadas. Oscar Wilde decía que “los buenos novelistas son más raros que los buenos hijos”.
—¿Por eso trabaja en un género tan breve como el aforismo?
—Yo diferencio el aforismo de la máxima, porque la máxima es un género que se elabora y tiene un cuño característico más cercano al moralismo que el aforismo. Este último, en cambio, no tiene un asidero, es algo más desligado, está un poco más allá de todo; no diré más allá del bien y del mal porque esto no tiene por qué decirse. El aforismo tiene alas, es de carácter poético, es aéreo y no puede ser pomposo, siempre lleva implícito un “si es, no es” cómico. Estas características lo diferencian de la máxima, algo que no cree el Diccionario de la Real Academia Española, que los confunde. Para mí es fácilmente discernible una cosa de la otra. La cuna de este género vuelve a ser el Mediterráneo, donde hallamos a Heráclito, que se distingue de los simplemente presocráticos por ser el padre del aforismo.
—¿El aforismo es propio de los hombres solitarios?
—Hombre, pues a mí me parece que sí. Yo entiendo por “sabios solitarios” aquellos que han hecho de la soledad más interior una experiencia. Creo que los chinos son los verdaderos sabios solitarios, como Lao-Tsé o Chuang-Tsé, lo mismo que Heráclito. Toda la filosofía que llega después a Grecia ya no tiene estas características. Creo que el aforismo está ligado a estos autores que mencionaba y también a algunos místicos, como el alemán Angelus Silesius, que tiene aforismos extraordinarios, o San Juan de la Cruz.
—Ha mencionado a Lao-Tsé y Chuang-Tsé. ¿De dónde viene su interés por el pensamiento oriental?
—Como cuento en Las líneas de mi vida, la filosofía oriental empezó a interesarme a los treinta años. Bueno, en realidad ya me había interesado antes, pero no mucho, porque sólo había leído la filosofía de los literatos, como Schopenhauer o Montaigne. En cualquier caso, sentía un rechazo hacia los que eran muy sistemáticos porque no soy un hombre de los más lógicos, sino de los más ilógicos. No sé por qué, en el círculo del pintor William Cook conocí a una escultora muy amiga de la familia, Violeta Dreschfeld. Era una persona muy seria y me dejó una serie de libros orientales. Yo le dije: “Me interesa más Lao-Tsé que Buda”, así que ella me prestó más libros suyos; desde entonces empecé a interesarme por estos temas. Pero al mismo tiempo, interiormente, siempre he tenido la sensación de que en la filosofía oriental iba a encontrar unos libros afines a lo que yo más o menos pensaba o necesitaba.
—No le gusta discutir.
—Ahora mismo no tengo muy buena memoria, pero creo que fue en un libro de Schopenhauer donde leí que esto de la discusión es muy propio de la gente que se dedica a hacerlo vanamente en el café y opta por el blanco o el negro. Si uno dice blanco, el otro dice negro, siempre es igual y no hay más.
—Entonces, ¿huye de un pensamiento dialéctico?
—El único dialéctico que tolero es aquel dialéctico al que no tolera la mayoría de la gente: San Pablo (risas).
—Usted ha mantenido contacto con otro aforista español: Carlos Edmundo de Ory.
—Sí, me he escrito bastante con él. Creo que es uno de los más dotados para el aforismo. Bueno, después de Bergamín o, en ocasiones, Antonio Machado. Ory ha escrito muchísimos aforismos y yo creo que hay que huir de la plétora.
—Él comparó a Péndulo (de Péndulo y otros papeles) con Plume de Michaux, con su propio Kikirikí-Mangé, y con K de Kafka. ¿Son todos personajes en busca de la felicidad?
—Hombre, el personaje Péndulo no es muy feliz, más bien es un infeliz. No diré desdichado porque eso es más fuerte. Pero sí. Péndulo busca la felicidad aunque no la encuentra. A mí me pasa una cosa muy curiosa con la felicidad y la infelicidad: los surrealistas consideraban que esto de perseguir la felicidad era una cosa muy burguesa. Yo creo que es una tendencia innata. Lo que pasa es que algunos, cuando la consiguen, se aferran a ella de tal manera que se convierten en unos seres a los que simplemente llamamos “aburguesados”. Mira, pronto publicaré un librito donde cuento que se me dieron una serie de comunicaciones y así descubrí que soy un poco médium. Uno de los que se me presentó por vía telepática y me escribió muchísimas páginas que luego ya he olvidado fue Papini. El último libro que escribió se titulaba La felicidad del infeliz (La felicitàdell’infelice). Yo no estaba muy seguro de que me estuviera comunicando con Papini. Estaba como relajado y él utilizaba mi mano para escribir, y como veía que no era mi letra pero que se parecía mucho a la de Papini, que ya había visto escrita antes, pensé: es él. Bueno, en una de éstas me dijo: “A mí me pasa lo mismo que a usted; ambos tenemos la experiencia de la felicidad del infeliz”. Me quedé un poco aturdido.
—También tuvo esas “comunicaciones” con Juan Larrea.
—Sí, Juan Larrea se me presentó uno de esos días de septiembre en los que uno aún está amodorrado, porque el verano mallorquín amodorra. Yo tenía el pulso casi inerte, no debía saber muy bien qué escribir. De pronto vi que mi pluma se movía sin que yo hiciera nada voluntariamente. Entonces apareció el nombre de Larrea, unos dibujos, y se dio a cabo una comunicación que casi llegó a ser destemplada, cosa rarísima. Aquel hombre seguía siendo el mismo, con sus obsesiones. Y claro, como tenía sus obsesiones, yo decía: es Larrea, naturalmente. Y bien, a lo mejor le hice alguna pregunta inconveniente —porque los de acá con respecto a los de allá, a veces hacemos preguntas inconvenientes—, como las que le debí de hacer a Quevedo, con lo que se produjo una tempestad contra mí.
—¿Perdón?
—También tuve una comunicación con Quevedo y debí de hacerle una pregunta indiscreta. Él es un personaje de un genio terrible. ¡Hombre! Por los escritos y por lo que sabemos de él, tiene muy mal genio. Y respecto a mí… empezó a cubrirme de improperios.
—Cuando Juan Larrea hablaba del Apocalipsis, León Felipe le decía: “Juan, tú estás loco, pero yo te sigo”.
—Suele pasar cuando alguien se refiere a los estados místicos. Los libros no tienen un carácter completamente místico, no puedes mantenerte siempre sobre la cuerda floja del misticismo. Es necesario apelar a verdades naturales, como hizo Lao-Tsé, por ejemplo. Porque Lao-Tsé era un místico. Lo que pasa es que, a pesar de ser chino, tenía sentido del humor. Somos místicos a trechos, un místico total es un insoportable. Yo creo que siempre es algo fugaz: buena prueba de ello son las ráfagas de poesía extraña que tuvo San Juan de la Cruz. Si lees su prosa, llega un momento en el que sencillamente dices: “Basta, basta”. La prosa de San Juan de la Cruz es de una densidad que abruma. Y tampoco aporta tanta luz. Yo creo que es muy difícil conseguir la luz plena. Se habla de iluminación, se habla de esto y de lo otro, pero son sólo palabras, después de todo.
Conocí a un místico al que yo llamaba “el místico de Manacor”, un tío que había sido militar pero que no participó en la Guerra Civil. Cuando terminé la carrera de Derecho, coincidí con este señor, que estaba en la misma pensión en la que nos alojábamos muchos mallorquines, y él se presentaba como un gran místico que conocía el brahmanismo y que tal y que cual. ¡Imagínate tú un militar que conoce el brahmanismo! Y además decía estar iluminado. Yo entonces leía El libro de Job y él me decía: “¡Pero si Job ha perdido la iluminación!”, y yo le contestaba: “Hombre, claro que la ha perdido”. A mí no me parecía que el militar estuviera iluminado, pero él se creía mucho más que Job. Un día me confesó: “Esto de la iluminación no es nada, yo lo que persigo es la liberación”. Es decir, que según las doctrinas brahmánicas, la liberación es todavía más difícil, la salvación de los cristianos es poca cosa.
Todo esto constituye un lenguaje que a nosotros, los mortales que vivimos en esta condición temporal, si no tenemos una experiencia muy diáfana, se nos antoja un poco inhumano. Yo creo en el claroscuro y lo único que podemos considerar es que nos mezclamos con la luz de un crepúsculo y nada más. Por esto, casi sin darme cuenta, soy un poco relativista. También creo en el azar. Léon Bloy, al que he traducido, cree en lo absoluto y dice que todos los que creen en el azar son unos cretinos. ¡Hombre! Tampoco me siento un cretino por creer en el azar. Usted puede creer en todo lo absoluto, pero no me diga que porque yo creo en el azar soy un cretino (risas). Los que somos del Mediterráneo no podemos ser de otra manera, no sé. Esto es una cosa casi ancestral.
—La ironía es constante en todas sus obras. Usted ironiza hasta con la Biblia.
—No es que no me tome la Biblia en serio, lo que pasa es que lo hago de una manera muy distinta a la de un testigo de Jehová o a la de algunos amigos míos. Me tomo El libro de Jonás como Coleridge, que en sus diarios ponía: “Esto es un monodrama y una burlería”. Bueno, pues, ¿por qué es una burlería?, me pregunto yo. León Felipe, en Ganarás la luz, dice que Jonás es un “poeta payaso” y tiene razón. Yo pensé: “Esta payasería triste de Jonás a veces se parece un poco a la mía”.
El personaje me interesó y escribí la historia. La empecé en verano porque había una cosa en Jonás que me afectó muchísimo. Yo de niño vivía en el Puerto de Andratx. Entonces no estaba asfaltado, era un pueblo de pescadores, un puerto delicioso. Pero cuando se producían los huracanes de polvo de agosto, cuando aparecía el xaloc -que es el siroco-, teníamos que cerrar todas las puertas porque aquello era… Se caldeaba de una forma tremenda, había nubes de polvo por todas partes… Yo tenía la sensación de que Jonás había padecido esto mismo, puesto que el siroco también aparece en el poema de Jonás, en el “viento solano”, que dicen. Esto me creó una imagen. Y luego, cosas raras mías, me dio por darle una mujer. Porque yo me decía: si no tiene esposa, el librito no tiene sentido.
—Pero, ¡menuda mujer! Cuando Jonás se va, ella se alegra.
—Claro, claro. Hay algunas que a veces se alegran. ¡Pobre Jonás! Jonás tiene una experiencia amorosa un poco amarga. Las mujeres no creen en la profecía. Lo digo en el epílogo: no se toman en serio a los profetas y, claro, ella lo trata de profetilla de tres al cuarto. A veces las mujeres tratan así a los hombres, ésta es la historia que yo escribí. Para las personas muy serias… Mira, hay personas que tienen fe y personas que se creen ungidas por la fe. Yo, con las que tienen fe, muy bien; pero las personas ungidas por la fe, éstas son demasiado respetables y consideran que estos escritos son irreverentes, pero no es que lo sean; al menos no es lo que me propongo. A mí que me expliquen la historia a su modo, que yo haré lo propio.
—Usted apunta que la ironía de Jonás está presente desde las primeras páginas, “pero más se acusa a medida que se acerca al final de sus días”. Enrique Vila-Matas ha dicho que la ironía es la tragedia vista desde la distancia. ¿Cree que todos formamos parte de este artificio?
—Yo creo que sin esa distancia respecto a los hechos de nuestra vida no puede existir la ironía. De la misma manera que tus familiares no te toman muy en serio porque la vida familiar crea un distanciamiento. Pasa lo mismo con los monaguillos en las iglesias: no es que sean unos irreverentes, pero como tienen un trato constante con la vida sacramental y ven continuamente tanta liturgia y tanta cosa y tanta ceremonia, se acaban convirtiendo en unos anticeremoniáticos. Vamos a reculones. Nos distanciamos de la experiencia y de ahí viene la ironía. Lo que pasa es que si uno se entrega a ella y ésta está dominada por el cinismo puede convertirse en una mala cosa. Yo creo que la mía no está impregnada de cinismo. En algunos sí lo está, y entonces sucede como lo que decía Kierkegaard: que la ironía puede destruir como se destruye el hígado de las ocas de Estrasburgo. Porque se hincha.
—Ha traducido a Michaux, a Melville, a Jonathan Swift, Lear, Confucio… ¿Qué busca un traductor? ¿Busca otra manera de escribir?
—Bueno, un traductor es sencillamente como una persona que se sube a un burro o a un caballo, y tienes que ir trotando de una manera distinta a la del escritor. Algunos creen que se debe traducir literalmente, pero no es así. Tienes que estar un poco loco. Yo hice una traducción de Lear y una señora de la editorial Plural, de México, dijo que era un desastre. ¡Y no era un desastre! Porque si la cosa era absurda, yo tenía que hacerla aún más absurda. Ella se molestó mucho porque puse la palabra “chicorrotico”. No le gustaba. ¿Y por qué no voy a poner chicorrotico? Los editores consideraron que en mi traducción no había nada que tuviera que ver con el texto original. Y dije: entonces lo he hecho muy bien. Un traductor es un autor, ni siquiera un coautor. Es un autor.
—La figura de Buda se ha comparado muchas veces con la de Jesucristo.
—Yo he escrito muchas veces que todo esto del budismo es un poco funerario, en el sentido de que tiene una tristeza especial. No le encuentro humor. Y en cambio, encuentro humor en el Nuevo Testamento. Nietzsche no lo encontró, pero yo sí. Constantemente Jesús va diciendo unas cosas terribles a sus enemigos. Tenía expresiones violentas.
—De hecho, usted escribió un libro sobre Jesucristo basándose en las Visiones de Anna Katharina Emmerick, y otro sobre Jonás. Unido a las traducciones de Léon Bloy y William Blake, ¿qué superioridad tiene la literatura profética sobre la que no lo es?
—Bueno, son procedimientos de los que no se han sacado todas las consecuencias que creo que podrían sacarse. Yo lo hice con el Libro de Jonás, un profeta que quedó descontento. Me gustan los profetas breves, como Oseas, profetas menores. Perdona, pero son los que más atacan a las mujeres (risas).
—¿Y tiene algo que ver que le gusten con que ataquen a las mujeres?
—Hombre, ¡no! (risas)
—¿Los profetas aciertan?
—Hombre, yo creo que sí. Cuando hablan de las mujeres, se ve que las mujeres no estaban muy conformes con ellos, ni ellos lo estaban con las mujeres.
—Tradujo el Espejo de Astrología de Max Jacob, y debo confesarle que soy Tauro. ¿Qué dice Max Jacob sobre las mujeres Tauro?
—¡Ya lo sabes! Una editora, que ahora no diré quién es, tenía que publicar este libro. Era Tauro, y cuando vio lo que decía Max Jacob sobre las mujeres Tauro, dijo que no. Las Tauro tienen mala fama. Si tú lees el libro aquel de Chaucer, ves que las mujeres que aparecen allí tienen… en fin... son… en una palabra: tienen una conducta que para cierta gente es reprobable moralmente.
—Una conducta alegre.
—Sí, sí. Más que alegre. Viene de antigua tradición. Se ve que las mujeres Tauro, junto con las Escorpio, son las que están más dotadas para el sexo.
—Octavio Paz dijo que usted sabe sonreír y que eso le aparta de los hombres modernos.
—Bueno, yo creo que es una frase un poco eufemística. ¿Qué pasa con los hombres modernos? ¿Es que Paz cree que se caracterizan por tomarse más a pecho los grandes problemas? Me parece que quiere decir que no me tomo nada como si fuera una tragedia, como si yo fuera un hombre alejado de Dios o algo así. No me tomo en serio la muerte de Dios. Me imagino que debe ir por ahí. En el libro Augurio Hipocampo me he planteado qué es lo que caracterizaba a Jesús. Porque lo de Jesús, ¿era mordacidad?, ¿era ironía? Yo creo que sí. Leyendo los Evangelios y luego mirando un cuadro de Rouault —que siempre me han impresionado mucho— vi sencillamente que el pintor había captado una mueca irónica en los labios de Jesús. Y esta mueca irónica aparece realmente en los Evangelios, porque me parece que Jesús va lanzando, si no pullas, sí ironías. Creo que es ironía, y no sonrisa. Me parece que con esta frase, Paz atenuó un poco la cosa. Paz, lo mismo que Breton, no tenía sentido del humor. En una carta que me mandó, me dijo que leyera la Antología del humor negro. ¡Hombre! Como si no la hubiera leído ya.
—Creo que en esa misma carta apunta que “el humor es la venganza del espíritu contra el amor”.
—¿Y a ti no te parece un poco solemne? Eso indica que no se ha percatado de lo que significa la esencia del humor. Breton hace una antología del humor negro y descarta a los españoles. ¡Pero si alguna cosa tienen los españoles es humor! ¡O mal humor, como diría Unamuno! Porque “malhumorismo” ha habido mucho. No humor malo, sino “malhumorismo”, todo junto. Si coges El Lazarillo, y no digamos El Quijote… por todas partes hay mal humor. ¡Y cómo no va a haberlo en una tierra como la nuestra, con una historia como la nuestra! Es que España es un país que ha segregado mal humor. Y después resulta que te ponen a Picasso y a Dalí. ¡Hombre, porque estaban de moda! Pero Dalí era un poco como los andaluces, que enseguida hacía el chiste.
—¿Y cómo es el humor mallorquín?
—El humor mallorquín es sencillamente disparatado y es el que se encuentra en Ses Rondaies. No es sólo un humor popular, sino que es propio de la idiosincrasia de la isla. Naturalmente, está pasado por el matiz de la sacristía, quién lo duda, porque quien hizo las rondaies fue Antoni Maria Alcover. Pero, al mismo tiempo, indica que el mallorquín es un pueblo de desbaratats, un pueblo de disparatados. En el fondo practican el nonsense. Las canciones mallorquinas son a menudo disparatadas. Yo recuerdo una… Bueno, cuando era pequeño siempre me quejaba de los oídos y mi abuela me cantaba esta canción que habla de Sant Vicent Ferrer, no sé si la has oído alguna vez: “Sant Vicent Ferrer/ treia aigua amb un paner/ i no en vessava cap gota, / tres monges dins una bota/ que pareixien avellanes, / tres ninetes catalanes/ que ballaven dins un plat”. Y yo, encantado. Esto son nonsenses.
Para mí, lo mejor de la literatura española es el disparate. Por eso me gusta El Quijote, que es un gran disparate, o El licenciado Vidriera. Lo disparatado en la literatura española es lo mejor. Tal vez algunos dirán que otra vertiente es la mejor, pero para mí es ésta.
—¿Conoció a Juan Perucho?
—Perucho era demasiado serio para ser disparatado. Le tengo una gran estima, fue una persona estupenda, pero es un hombre que pudo ejercer de juez, y yo no hubiera podido ejercer de juez. ¡Y eso que terminé Derecho! En la carrera tuve mucha suerte, porque encontré unos profesores que debían de ser tontos y creyeron que había aprendido algo, y que servía para eso, pero no. Había un profesor de Derecho Civil que decía cosas divertidas y yo a lo mejor repetí lo que estaba en sus apuntes, me tuvo una especial estima y me aprobó dándome unas notas extraordinarias. Este señor me hacía mucha gracia porque decía: “Miren, todas estas instituciones son tan inútiles como las tetillas en el hombre”. Es la verdad, ¡tanta ley! Perucho era demasiado serio. Y fuera de España… Lewis Carroll era más serio que Edward Lear, pero Lear me gustó porque era el disparate puro, el desbarat total, como algunas rondaies mallorquines. Las rondaies me gustan porque tienen un lenguaje dadá.
—¿Se considera dadaísta?
—Bueno, en Viaje a Cotiledonia lo soy un poco, porque invento palabras. Un día, revisando unos textos dadaístas —que tengo muchos— encontré una palabra que era nada menos que “ruc”. ¡Un ase, un asno! Un ruc, ruc, ruc. Y ahí ponía “ruc”, en el poema. Porque rucio, en mallorquín, es ruc. Es dadá puro.
—Hablemos del asno.
—Para mí el asno es el todo. Como para la Biblia. Dicen que es porque lo insertó San Jerónimo y que no está en el texto hebreo. Puede ser, pero no es que lo insertara, yo creo que puso al asno en las primeras líneas de la Biblia, en latín. De hecho pone que Dios creó “iumenta et reptilia et bestias terrae”. Lo especificó, pues es un animal profético. Una vez tuve la paciencia de leerme la Biblia subrayando todas las veces que aparecía el asno, y me salió ciento cincuenta veces. Después resultó que no había hecho muy bien el cálculo, porque encontré el libro—Para los momentos de ocio— de un inglés que se llamaba Don Lemmon y era un tipo raro. Éste también había hecho el cálculo, y me parece que el asno en la Biblia le había salido ciento ochenta veces. Bueno, yo soy un mal matemático.
Aunque, ciento cincuenta, ciento ochenta, es más o menos lo mismo.
—Pero, ¿quiere decir que hay gente que se entretiene contando cuántas veces aparece el asno en la Biblia?
—Por lo menos, Don Lemmon y yo (risas).
—El maxilar del asno es el primer arma que utiliza el ser humano, lo que le convierte precisamente en hombre.
—Sí, eso sucede en el Neolítico, porque antes, cuando hacía mucho frío, en el Paleolítico, no había asnos. Tenemos dibujos de caballos porque los caballos sí son resistentes, lo cuento en El asno inverosímil. El asno necesita el calor. ¿Y dónde se ha criado como si fuera su medio natural? Pues en los lugares calurosos de África, y no digamos también en España. Somos un país elegido por los asnos, qué duda cabe. Lo interesante es que, a medida que yo he ido estudiando el asno, aparecían datos que me arrojaban muchísima luz sobre la Biblia, sobre todo el pueblo hebreo, sobre los cristianos. Me di cuenta de que está siempre muy asociado a todo esto. Es un animal asociado a la cruz, sobre el lomo tiene la llamada cruxnigra. En cambio, no es un animal relacionado con los musulmanes porque los musulmanes, precisamente, no creen que Cristo muriera crucificado. Es curioso; ellos le tienen manía. Es un animal crucífero. Además, la paciencia característica del asno también liga con esa cruz que cargamos todos.
—¿Y por qué razón un animal tan útil, tan servil…?
—Bueno, somos nosotros quienes lo hemos convertido en servil. Hemos reducido a la servidumbre a todos los animales.
—¿Pero por qué está tan maltratado?
—Precisamente yo he estudiado sobre su malditismo. En El asno inverosímil trato de seguir “las sombras del asno sobre la tierra en pretéritas edades”. Y entonces nos encontramos con el pueblo judío y con la Biblia, donde hay una cantidad extraordinaria de datos asnales, asininos, asinarios… lo que tú quieras. Pues bien, hay toda una fábula que empieza con el misterio del asno. En un momento dado, pongo (y lee): “Quizá éste sea el capítulo más revelador de cuantos aquí se vienen tratando, pues pretende demostrar que en el antiguo mundo mediterráneo no hay animal que esté tan ligado como el asno al curso de la vida histórica. El asno, por geórgico, será consagrado a Ceres, a Vesta, a Dionisos. En Egipto quedará para siempre vinculado al maléfico Set. En Israel, no digamos: está tan entretejida la crónica del pueblo hebrero con el asno que son indisociables, hasta el punto de que el antisemitismo, que data de la vieja Roma, achacó al pueblo hebreo la idolatría asnal”.
El historiador Tácito, por ejemplo, también atribuyó a los hebreos la adoración del asno porque fue un asno quien encontró agua en el desierto para el pueblo hebreo, que estaba sediento, y no fue, en cambio, la vara de Moisés. Por eso dice que los hebreos rendían culto al asno. Parece ser que había una adoración asnal entre los hebreos que luego fue atribuida a los cristianos. Como los cristianos eran considerados judíos por los paganos de Roma, pasaron igualmente por adoradores del asno y hasta se les puso un mote: “onocritas”. Y Tertuliano, que en el Siglo II escribió la apología contra gentiles en defensa de los cristianos, se muestra airado por esta acusación de adoración asnal que les han colgado. Dice que los cristianos no adoran la cabeza del jumento. En mi libro aparecen toda una serie de datos, entre los que se encuentran cosas como el famoso “crucificado del Palatino”. Yo lo tengo enmarcado y en él aparece un asno crucificado, lo que indica que… (busca entre las páginas de El asno inverosímil para dar con las palabras exactas, mientras comenta: “Lo peor de ser un ilógico es que no puedes guiarte por la lógica…”). Bueno, no importa: el crucifijo de Palatino es sencillamente una mofa contra los cristianos. En él aparece un asno crucificado de espaldas. Luego te lo enseño.
—Con esas orejas y esos rebuznos… el asno es un poco desproporcionado, ¿no?
—Con el cristianismo, los santos padres se ensañan con el animal. La Patrística está llena de misterios contra los asnos porque parece ser que les causaba horror el tamaño descomunal de lo que era sólo un don de la naturaleza de los asnos. En tiempos de Roma, Heliogábalo exaltó su rebuzno, en cambio a los Santos Padres les parecía un “horrísono ardor amoroso”. Y después de los tiempos de Roma, el asno está asociado a la brujería. Yo también lo estudio con la melancolía porque naturalmente el asno es un animal muy melancólico, y luego ya llega la cosa popular.
En fin, el pueblo siempre lo ha escarnecido. La gente docta se ha metido siempre con el asno y algunos lo han atacado porque dicen que está asociado a la alquimia. Y es que, en realidad, el asno es pura materia. Y la materia es un escándalo en el hombre. Para los que están muy espiritualizados, o los que pretenden que el hombre sea enteramente espíritu, la materia es un escándalo. Pero tenemos que pechar con ella, y el asno representa esta brutalidad de la memoria.
Además es un animal saturnino, paciente, lento, tardo, reflexivo… Yo lo estudio en relación con todas estas cosas: la melancolía, la alquimia, la brujería. Descubrí su relación con la Biblia por un libro de Mirabeau. Él estaba recluido en la Torre de Vincennes, me parece, cuando la Revolución. Se le ocurrió coger una Biblia dentro de la cárcel y fue subrayando todos los lugares donde la Biblia es evidentemente erótica. Y claro, habla mucho del asno y de las prácticas de ciertas mujeres hebreas que están sancionadas por la Ley del Deuteronomio. Es muy curioso.
—¿Se considera, como el asno, paciente y constante a la hora de escribir?
—Si me he dedicado a la enseñanza es sencillamente porque soy un hombre paciente. Tienes que aguantar las burradas de muchos alumnos. Yo tuve que aguantar muchísimas, en una época determinada, sobre todo en el instituto, donde daba francés. Sustituía a don Francesc de B. Moll, y así él tenía más tiempo para dedicarse a lo suyo y a mí me restaba tiempo para lo mío. Los alumnos eran muy malos y yo era demasiado bueno. Y por demasiado bueno, siempre me hacían alguna burrada.
—¿“Burrada” en el sentido asnal?
—No, en este caso utilizaremos otro término: “Se ponían borricales”.
—Sus obras “casi completas”…
—Tú lo has dicho, casi, porque luego he seguido publicando. Les he hecho una mala jugada a los editores. Ellos quisieron poner “obras completas” y yo les dije que no lo pusieran porque no eran completas… pero bueno.
—Usted tiene una obra extensísima…
—¡Ah! Menos mal que dices “extensísima”, porque hay varios tíos que dicen que no he escrito casi nada. ¡Pero si he escrito incluso de asnos!
—Esas obras casi completas llevan el título de Ars Quimérica, en honor a Ramon Llull.
—Yo estoy más en la línea de Ramon Llull que en la de los demás autores que han escrito en mallorquín. Si la literatura mallorquina tiene a alguien universal es él, a pesar de que algunos lo consideren catalán. Yo no lo considero ni catalán ni mallorquín, lo veo como uno de tantos judíos conversos. El apellido Llull es completamente hebreo. Aquí se mantuvo así, pero en la rama de Cataluña era Amat. En Mallorca, Llull se palatalizó; es una palabra hebrea que significa “escalera de caracol”. De aquí su natural comprensión por todo lo cabalístico, por la alquimia, por tantos aspectos, diríamos, un poco herméticos o esotéricos. Ramon Llull es el único mallorquín y el único catalán que podemos adscribir al surrealismo. Se anticipa a la modernidad. En esto estoy de acuerdo con los surrealistas, que lo consideraban uno de los suyos.
A mí lo que más me interesa es su literatura. Y lo que menos, todo lo que se ha derivado de su filosofía. La lengua catalana tiene en Ramon Llull a un escritor genial, y me parece que la literatura mallorquina en general no ha ido por este camino. En ninguna época: ni ahora ni antes. En este sentido, Llull queda como una figura solitaria. Resulta curioso que, por más que se haya hecho en su nombre, casi siempre ha sido para ir en contra de su interés. La Escuela Luliana, los lulianos… todos estos no han conseguido popularizar a Ramon Llull. Pero tampoco han conseguido popularizarlo en el tinglado de las letras catalanas. No ha habido forma, porque Llull no es popular, está clarísimo. Lo mencionan mucho, pero lo leen poco.
Por lo demás, su vida es interesantísima, como es natural con sus luces y sus sombras. Es un personaje muy controvertido dentro de la isla: aquí hubo Inquisición y los dominicos estaban en su contra. Los que le apoyaban estaban más a favor del Llull filosófico y tuvieron la enemistad de los tomistas y los dominicos o “dominicanes”, como les llamaban ellos. Además, lo pusieron en el “Índice” y sus obras estuvieron allí hasta el Concilio de Trento. En el “Índice”, el famoso inquisidor Eymerich escribió una serie de cosas que dan que pensar, porque en un momento dado le dice: “Tú, que no sabes latín”. ¿Y cómo puede ser que no supiera latín, si muchas de las obras de Ramon Llull aparecen en esta lengua? ¿Será que se las han adjudicado? También le dice: “Tú, hijo de mercader catalán”. O sea, que Llull no es aquél que nos decían que pertenecía a la nobleza, sino que su padre formaba parte del estamento mercantil. Después tuvo un enemigo que le dijo: “Tú, que no has servido para el agio mercantil”. Y quizá porque no servía para eso se dedicó a sus elucubraciones. Realmente no debía ser un hombre muy práctico. Ramon Llull, como muchos de nosotros, debía ser muy musarañero, ¿o no?
—Aun así, ha habido varios intentos para canonizarlo.
—Llegó un momento en el que Llull se desentendió de la familia y, como diríamos en el lenguaje jurídico, su mujer pasó a ser la administradora de los bienes, y él quedó… no recuerdo cómo se dice… Estudié Derecho y no recuerdo la palabra exacta. Con lo cual, todo se conjuga: “No serviste para el agio mercantil”. Estas vidas de Ramon Llull que todos conocemos son vidas en las que se quiere diseñar una existencia que sirva para hacer un santo, pero luego resulta que no llegó ni a beato. Nunca consiguieron su beatificación, ni mucho menos la canonización. De hecho, se llegó a quitar su nombre de los cepillos de las iglesias, y también las imágenes y cuadros en lo que él aparecía. El responsable de esto fue el obispo Guerra, que le dio mucha guerra.
La beatificación de Llull se intentó hasta el último de los Austrias, y me parece que ahora también lo han intentado algunos pocos, sin éxito. Y es que, en la curia de Roma, Llull se gana la opinión de ser un hombre barbado, un homo barbatus, un barbón de mucho cuidado. Tenía ideas revolucionarias. Resultaba un desaforado, y hasta él mismo se hacía llamar lo foll. Por lo visto, existió un tal Martín Serra, un predicador al que no he leído nunca, que escribió unos poemas muy raros en su contra. Uno de ellos se titula Es Balindrango. Por lo visto, Ramon Llull era un poco como los hippies y vestía de una manera un poco desaliñada. En lugar de ropas normales debía de llevar un balindrango, y por eso el poema se llama así.
—¿Y usted se considera desaforado?
—Yo, con mis años, he perdido mucho fuelle. Cuando era más joven, a lo mejor era capaz de vestirme de cualquier manera, pero ahora sería incapaz de hacerlo; tengo un sentido muy acusado del ridículo. Antes no lo tenía tanto.
—Jonathan Swift viajó a Liliput, Balnibarbi, Laputa…
—¡A Laputa! ¡Jo jo jo!
—En los años 60, usted viajó a Cotiledonia, donde regresaría en el 89.
—Sin el albaricoque, yo no hubiera creado Cotiledonia. Mi padre era médico, y su hermano, farmacéutico. Yo era muy mal matemático, pero mi tío sabía llevar muy bien las cuentas, y yo iba a que me diera clases, a ver si me convertía en matemático. Y mi tío me dijo: “Home, però si tu ets un albercoc. Ets un cotilèdon!”. Y se me quedó lo del cotiledón, y dije, ya está. Existe una tradición en Cataluña, y en todos los países, por la cual alguien que está un poco así, y además es un poco lelo, es un cotiledón. Cuando “regresé” a Cotiledonia, estaba de peor humor. Cada vez me gusta menos. Lo han complicado demasiado. Está desatracada de lo que yo considero una especie de tradición en el mundo.
—¿Cuál es esta tradición?
—Tengo una concepción parecida a algunos de los que han hecho una crítica de la sociedad y tienen un sentido más tradicional que progresista. Yo no soy progresista, ya lo sabes.
—Cotiledonia, ¿es Mallorca o es el mundo?
—En ciertos aspectos es Mallorca, pero es el mundo al mismo tiempo.
—Porque para usted Mallorca es el mundo.
—Sí, sí. He salido poco porque siempre he estado trabado por una serie de circunstancias y porque, físicamente, no lo parece pero he tenido de todo. No he salido de Mallorca, no me he exclaustrado. Éste es mi claustro materno. Mis lecturas me han permitido salir, pero tal vez he leído más de la cuenta, más libros de lo que tocaría.
—Hábleme un poco de las “líneas de su vida”.
—Bueno, dicen de mí que no me confieso mucho. No es que tenga muchas cosas inconfesables, y si las tuviera, no las contaría, porque no quiero que los demás hurguen en mi vida. Yo siempre digo lo mismo: no me gusta pozar en aguas turbias. Y menos sacar agua que no sea cristalina.
Cuando me publicaron Augurio Hipocampo en francés, el traductor del libro lo vendió a Internet, a la editorial digital Olympo, y allí me exigieron que escribiera una nota sobre mi persona. Lo hice directamente en francés y entonces dije cosas que nunca antes había escrito. Al poco tuve noticia de que esa página iba a desaparecer en breve, así que pagué no sé si cinco o seis euros, y compré mi propio libro en la edición para Internet. En ella se incluye el texto que escribí sobre mí mismo. Te lo voy a leer (y traduce): “Nací en Palma de Mallorca, que hicieron grande los romanos, los moros, los judíos, los cristianos y en nuestros días los turistas. Mi destino me impuso vivir aquí más de medio siglo. Esta ciudad rodeada de murallas ha sido para mí una ciudad amurallada. Toda mi juventud y una parte del otoño de mi vida me he sentido ahogado, y he reclamado oxígeno para escapar a la indiferencia general hacia la literatura y el espíritu. Durante largos años de mutismo en este ambiente provincial petrificado, he soñado sin imágenes y sin palabras, y he llevado una vida un poco al margen. De cara a la sociedad, me vi obligado a pagar un pesado tributo: la enseñanza. Esta manera de subsistir me sumergió en la rutina pedagógica, una de las peores que existen. De ella proviene en parte la angustia que reflejan mis primeros libros, y que no me ha abandonado. Alrededor de mí flora un aura neurótica. Venturosamente, y aunque se ha manifestado en algunos miembros de mi familia, en mi caso no se ha convertido en auténtica locura”.
Esto lo digo porque tenía un tío que hacía las meditaciones de la muerte. Y cuando era pequeño, mis tías me decían: “Sube, sube y verás; tienes que ser bueno, como tu tío”. Y yo le veía haciendo esas meditaciones de la muerte. ¡A ver si no va a ser un poco neurótico!
—A mí me lo parece.
—¡Está bien, está bien! Sigo: “Yo he hecho lecturas de todos los órdenes, algunas para distraerme y otras para descubrir a aquellos que quizá saben: Blake, Lao-Tsé, Chuang-Tsé. He leído la Biblia y he recopilado, casi, casi, a los humoristas de todas las épocas. Creo hasta tal extremo en el humor que no concibo una religión desprovista de esta elipsis”. ¿Ves como sí que me pinto, aquí? Luego dicen que nunca hablo de mí. “Esta creencia encierra el nonsense, el sinsentido, que toujourstombe juste, y he hecho mía la expresión española ‘absurdo como un templo’. En cierta manera, soy un autodidacta. Como muchos de los mortales, he jugado nada menos que a perderme toda mi vida”.
—¿Por qué?
—Suelen decírmelo. En la revista El Ciervo pusieron que siempre bordeo el infierno, entonces yo digo: “Soy un orillero del infierno”. Siempre he jugado un poco a perderme. (Sigue leyendo): “En lo más íntimo de su ser, todo hombre abrirá un puro deseo de perdición eterna sin darse cuenta. Por esta razón, a mí me ha gustado tanto el juego de la literatura. Una confesión melancólica: yo no he tenido tiempo de convertir a la literatura en un oficio, pero he consagrado muchos momentos a amarla. Me gusta el lenguaje por encima de todo, y venero a quienes por la palabra han sido graves o divertidos, y desconfío de toda literatura contemporánea que haya roto totalmente con el pasado”. Esto es lo que escribí. ¿Se corresponde a lo que me has preguntado?
—Sí. También ha escrito que “si llegas a viejo y no estás aleccionado, mereces a todas luces la condenación”. Antes de preguntarle si se ha salvado… ¿se considera viejo?
—Hombre, yo de espíritu no soy viejo. Pero luego me miro al espejo y recuerdo lo que decía mi padre, médico: “Esto es una enfermedad”. Se refería al hecho de ser joven dentro de la vejez. A lo mejor tenía razón, vete a saber. Por el espíritu me siento igual que siempre, aunque un amigo psiquiatra asegura que me he aplacado mucho, y que antes era un desorbitado y ahora estoy más dentro de la órbita.
—¿Y está aleccionado?
—Yo creo que sí, al menos un poco. Estoy instruido. Una de las cosas que me dijo Papini es que él se había salvado. En vez de salvado me gusta más a salvo, es más comprimido.

Estudis Baleárics (ieb) 104. La Sociedad del Asno Bermejo.
Homenatge a Cristóbal Serra (1922-2012).
Institut d’estudis baleárics, junio de 2014, pp. 153-168.

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