martes, 9 de agosto de 2022

"Los consuelos prohibidos". Entrevista a Gabriel Albiac. Miguel Ángel Quintana Paz (Cuaderno gris, nº. 9, 2007, págs. 61-88)


El aire frío de Madrid crea una luz pulida, mucho más que transparente. Place caminar dentro de ella si uno no se cura de la gelidez y gusta, en cambio, de la transparencia.

He fijado una cita con Gabriel Albiac un madrileño sábado invernal de 2006, en su estudio, para platicar sobre su pensamiento político. Ya mientras acordábamos el encuentro me ha llamado la atención su cordialidad a trompicones, fresca, grata. Ahora conversamos largamente mientras por la ventana del techo abuhardillado columbro de vez en vez la azotea del Edificio España, que se va oscureciendo, disgregando por momentos: cae la tarde.

Al ir a iniciar la entrevista le comento a Albiac el plan de la misma. Me excuso por adelantado ya que había abordado con un cierto «academicismo» tal preparación. (Dado que Albiac es uno de los filósofos españoles más habituados a utilizar los medios de comunicación de masas, presupongo apresurado que él preferiría un formato de entrevista más ligero, menos académico y más «comunicacional».) Sensato, Albiac me garantiza que «el ser académico no es ningún defecto», y he de otorgarle toda la razón.

Durante la entrevista se le nota cómodo, le gusta ser entrevistado. A mí me gusta estar entrevistando a una de las mentes más tónicas del hodierno pensamiento español. Ganador del Premio Nacional de Literatura en 1988 por su ensayo La sinagoga vacía (Hiperión) —donde se las había con varias de las figuras más heterodoxas del judaísmo español—, es nota internacionalmente la especialización de Albiac en filósofos como Spinoza, Pascal y Maquiavelo. Desde 1988 es catedrático de la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente colabora en la cadena radiofónica COPE, en el diario de internet Libertad Digital y en el diario impreso La Razón, tras haber sido durante largo tiempo columnista del diario El Mundo, así como más brevemente de Diario 16 y El País. Nació Albiac en 1950 en Utiel (Valencia), y no sólo destacan entre sus ensayos obras del calado de Caja de muñecas (Destino 1995), Desde la incertidumbre (Plaza y Janés 2000) o su recentísimo Diccionario de adioses (Seix Barral 2005), sino que se ha adentrado en diversas ocasiones en el territorio de la novela (Ahora Rachel ha muerto, Alfaguara 1994; Últimas voluntades, Plaza y Janés 1998; Palacios de invierno, Seix Barral 2003).

Buen conocedor de la mejor etapa del rock and roll, nada le empece a Albiac para reconocerse aún hoy discípulo de ese peculiar marxista que fue Louis Althusser (dentro de cuyo equipo de trabajo realizó su tesis doctoral). Ahora bien, quien espere reencontrar en Albiac todos los manoseados tópicos de las izquierdas divagantes, extravagantes o fundamentalistas (por utilizar la afortunada taxonomía de su amigo Gustavo Bueno[1]) saldrá defraudado (y, a menudo, enrabietado: sólo hay que contemplar el malhumor que exhiben muchos de sus pasados contrincantes en la polémica). Quien desee recrearse durante un rato pensando saldrá, en cambio, vigorizado. Albiac, en suma, resulta tan acogedor como sólo sabe ser la lucidez, tan hospitalario en su estudio como minucioso en sus respuestas.

 

PREGUNTA Me gustaría que comenzásemos, si le parece a usted bien, haciendo una suerte de autobiografía intelectual. Pues una de las cosas que más llama la atención a cualquiera de los que le leemos, don Gabriel, es que se pueden encontrar ideas en apariencia muy disímiles escritas por usted (seguramente en circunstancias asaz disparejas) a lo largo de su ya ancha trayectoria como pensador. Tal vez una manera de poner en orden todo ese conjunto de nociones sea el ordenarlas diacrónicamente; pues, ello, como mínimo, nos habrá de permitir el contemplar la lógica socio-histórica de su sucesiva generación. Así pues vayamos, si me lo permite, a los cimientos de su desarrollo intelectual: ¿Cómo surgió en usted la vocación por la filosofía? ¿Qué le enganchó de los afanes filosóficos, y con qué expectativas arrostró usted la tarea del pensar?

RESPUESTA —. En realidad, mi propósito de dedicarme a la filosofía fue bien temprano. Hacia los dieciséis años —que era el momento en el cual en este país, en mi época, se empezaba a estudiar filosofía en el bachillerato— la filosofía me produjo una enorme fascinación. Lo he contado muchas veces: para mí solamente había dos opciones a aquella edad, y eran la filosofía o la matemática. En ambas disciplinas me entusiasmaba lo mismo: el principio de rigor; la idea de que se puede pensar de un modo riguroso en medio de un universo caracterizado por unos usos del lenguaje extraordinariamente blandos. ¿Por qué escogí la filosofía y no la matemática? No lo sé; probablemente porque en aquel momento pensé que realmente el principio fundante de la razón podría de algún modo buscarlo ahí. Quizás la única línea de continuidad que hay en toda mi vida intelectual es precisamente esa: la voluntad (que en cierta manera yo creo que es una apuesta ética) de no hacer jamás concesiones en el terreno del rigor, de buscar el rigor por encima de todo.

P. —. Esto suena un tanto wittgensteiniano, ¿no es cierto? E incluso me hace venir a las mientes aquella frase de Otto Weininger con que Ray Monk inicia su biografía de Wittgenstein[2]: «Ética y lógica son dos manifestaciones de una misma cosa: la obligación hacia uno mismo». Parece que a estos dos vieneses también les hubo embargado la convicción de que poseer un pensamiento lógicamente riguroso es, ante todo, una especie de imperativo ético, una suerte de obligación...

R. —. Una obligación absoluta, sin duda de ningún tipo. Pienso además que eso es lo que, al fin y al cabo, queda de todas las retóricas y todas las (a veces no muy claras) fantasías sobre la «función ética del intelectual».

P —. Y bien, ¿por dónde empezó usted entonces a practicar ese rigor?

R. —. Desde un primer momento a mí me fascinaba Platón. Supongo que a todos los que nos dedicamos a la filosofía nos ha pasado: esa cosa tan extraña (que después, además, con el paso de los años y a medida que le vas añadiendo conocimiento al asunto, te vas dando cuenta de que es aún más dura de entender), esa cosa tan extraña y tan sugestiva, decía, de que de algún modo toda la historia de la filosofía esté ya en Platón: ¡Toda! En cierta medida te das cuenta de que el trabajo de veinticinco siglos de filosofía ha consistido en ir haciendo pequeñas glosas al texto platónico, pequeñas notas a pie de página. Fíjese en que (se trata de un escrito que he utilizado en múltiples ocasiones) no creo que haya un texto donde se puedan plantear mejor las paradojas de la relación con lo político de la gente de mi edad (y son paradojas muy tajantes, a veces muy dramáticas en lo personal) que un texto platónico, precisamente: «La Carta Séptima». Al principio de ella, como recordará usted, Platón narra la paradoja de su juvenil deseo de dedicarse a la política, y el modo en que acabó revirtiendo a la filosofía: «Antaño, cuando yo era joven, sentí lo mismo que les pasa a otros muchos. Tenía la idea de dedicarme a la política tan pronto como fuera dueño de mis actos Pero llegado un determinado momento comprendí [...] que nada era reformable en aquel terreno» y que sólo un largo rodeo a través de la filosofía podría al menos hacernos entender por qué no era reformable.

P. —. Bien, esto prácticamente nos induciría a preguntarle ya por el final de su propio rodeo vital, don Gabriel; pero resistiré de momento la tentación y seguiré concentrándome en los episodios iniciales de su vocación filosófica. Entiendo, por lo que nos ha narrado, que usted en un principio sí que creyó (como creyó Platón, como creyeron tantos otros miembros de su generación) que el campo de la política era un campo al que podemos confiar nuestras mejores esperanzas...

R. —. No hay que olvidar que estamos hablando del año 1966. Yo era entonces una criatura de la dictadura; además una criatura, digamos, de los aspectos más conflictivos de la dictadura: nací en una familia de tradición netamente republicana; mi padre era un militar profesional de la República, condenado a muerte en el 39; mi familia materna también mantenía esa tradición... En suma, hacia la mitad de los años 60, para los que habíamos vivido la dictadura como un infierno realmente inmerecido (pues, ¿por qué diablos la gente de mi edad tuvo que heredar todo aquel horror y convertirse en depositarios de toda la memoria de una guerra civil que no nos correspondió a nosotros, pero que sin embargo tuvimos que interiorizar como parte de nuestra biografía?), para nosotros, decía, (o al menos, para mí) había dos factores que eran simultáneos: En lo político, un odio —yo diría que racional— contra la dictadura, y una apuesta de gente que por entonces era muy joven (monstruosamente joven) por la lucha a cualquier precio (y digo «a cualquier precio» pues hubo gente de mi edad que pagó muy caro aquello); y en el terreno intelectual lo que para mí no era sino el paralelo lógico de aquello: la lucha, la guerra a muerte contra las formas de embrutecimiento depositadas en el lenguaje. Repare usted en que por aquella época lo que yo, o más bien nosotros, podíamos llamar revolución se correspondía con nuestra vibrante necesidad de volar, de hacer saltar por los aires, una cotidianeidad invisible, sórdida —no, no se trataba ya de lo político diferenciado de la vida privada: era la sordidez interiorizada en cada acto...—. En fin, ni siquiera quiero hablar de esa época porque verdaderamente parecería que estoy haciendo una caricatura. La necesidad de volar aquello, en fin, era un principio de supervivencia: no se podía vivir así. Y tampoco se podía vivir repitiendo las majaderías del saber común. La liberación para mí estaba, pues, en ese doble plano: el plano de la intervención política (que en mi caso, como en el de prácticamente toda la gente de mi edad y de mi medio, se produjo muy pronto: hacia los diecisiete años, cuando llegamos a la universidad) y el plano de la apuesta contra la interiorización del orden dentro del lenguaje, dentro del discurso —y para mí eso era la filosofía—

P. ¿Qué clase de apuesta por la intervención política fue la que usted emprendió entonces? ¿Comunista?

R. —. Sí, comunista ya desde el primer momento. Entre otros motivos, porque no había otra opción. Tenga en cuenta que, cuando yo llego a la Universidad Complutense en 1967, apenas había leído a Marx. Sí que tenía un cierto dominio (con todas las limitaciones propias de un chaval de 17 años) de los clásicos: había leído a Platón, sentía una cierta fascinación por los intelectuales franceses del período de entreguerras (que es una cosa que luego en mí siempre ha permanecido) … pero sin embargo mi lectura de Marx era superficialísima. Y claro, llegar a la Complutense era llegar a una especie de «territorio liberado» dentro del franquismo (sé que son cosas que hoy suenan a increíbles). Venías de la calle, donde te encontrabas una sociedad que era una especie de monstruo anacrónico, de gran dinosaurio muerto de pie... y de pronto entrabas allí y te encontrabas con un lugar en el que se vivía, bueno, en algo que podríamos llamar un espacio semialucinatorio, como un delirio: todo en la Complutense te remitía a una visión de la revolución, de la destrucción del régimen, pero al mismo tiempo de experimentación de modos de vida cotidiana fuertemente alternativos. Debo decirle que con el paso de los años uno entiende que buena parte de aquello estaba hecho de mera alucinación, o de delirio: pero también ese delirio podía tener efectos de potenciación, de liberación personal y de apertura intelectual si sabías usarlo. Yo intenté saber usarlos. Cierto es que nunca llegué al límite de riesgo político al que llegaron buena parte de mis amigos; como contrapartida traté de reservarme (tal vez sólo por incapacidad de hacer otra cosa) para el trabajo teórico, intelectual.

En el 67 en España no había alternativas; la única oposición al franquismo eran las distintas variantes de los diferentes movimientos comunistas. El solo pensamiento alternativo frente a esa especie de Nada en que se vivía era el intento de recuperación, de relectura, de Marx. Yo en lo político desde el año 1967 me ligué al Sindicato Democrático de Estudiantes, que era la organización de base del movimiento comunista hasta el estado de excepción de 1969. Me movía en el área de lo que era en esos años el maoísmo (el cual, junto con el trotskismo, representaban entonces en la universidad española las dos corrientes hegemónicas). Entre 1967 y 1970 yo estaba muy distante, como todos los de mi edad, del Partido Comunista. Lo veíamos como un vejestorio, de una pobreza conceptual terrible. Sin embargo más tarde entré en el Partido, en 1970, sin que se hubiera modificado ni un átomo mi concepción acerca de la inanidad de su dirección política y de su concepción teórica. Recuerdo perfectamente habérselo dicho a mis correligionarios ya en el momento de entrada en el Partido: «Pienso que sois una banda de revisionistas impresentable», les dije, con la reconocible jerga de aquellos años, «...pero no hay otro sitio».

La mayor parte de mis amigos, con todo, sí que habían encontrado otro sitio: habían construido sus propias organizaciones. Y la verdad es que ello me resulta admirable. Aunque después con alguno de ellos haya tenido fuertes discrepancias y nos hayamos distanciado, eso no modifica el pasado; y la verdad es que entre los años 1967 o sobre todo 1969 (que es cuando se produce la reestructuración política de la extrema izquierda española) y el final del franquismo, el que cuatro chavales (de entre diecisiete y veintidós años), sin respaldo de ningún tipo, sin organizaciones previas algunas, lograsen estructurar redes operativas clandestinas... lo cierto es que resulta admirable. Sé que muchos de esos muchachos acabaron enloquecidos, de acuerdo: pero eso es inevitable, la clandestinidad enloquece (lo sabe cualquiera que trabaje en esas condiciones), y no hay que reprochárselo a nadie... sólo hay que reprocharle el que luego no sea capaz de readaptarse: el delirio tiene un límite.

Yo, sin embargo, no me sentía en condiciones de dar ese paso que dieron muchos de mi edad: proletarizarse, marcharse a las fábricas, entrar en la clandestinidad (hubo gente que permaneció en la clandestinidad hasta el final del franquismo, ¡más de ocho años!). Yo no tenía fuerza para eso. Desechada esa opción, quedaba el Partido Comunista, aunque no estuvieras de acuerdo con su línea... y yo no lo estaba. Pero no había otra elección: sólo habría quedado la escapatoria de abandonar el espacio de lo político y, francamente, en aquella época, abandonar el espacio de lo político me hubiera parecido indecente (ahora no, ahora es otra cosa distinta).

      P. —. Fue entonces cuando se trasladó usted a Francia...

R. —. Exacto, en 1972. Yo había publicado mi primer artículo teórico hacia 1970 ó 1971, no recuerdo ahora bien, y se lo había enviado a Louis Althusser, que era en aquel entonces el punto de referencia central del marxismo serio: de hecho, si se compara lo que era el marxismo europeo de antes y el de después de Althusser, es fácil comprobar cómo este autor marcó una diferencia abismal entre uno y otro. Es más, los mecanismos de desligamiento con respecto a esa tradición marxista que se produjeron entre los intelectuales franceses de mi generación pasan necesariamente a través de Althusser. Al fin y al cabo, por decirlo de un modo sencillísimo, Althusser fue el primero que planteó abiertamente que la manualística estaliniana había convertido los textos de Marx en unos textos de carácter catequético, y había eclesializado el pensamiento teórico. El intento de Althusser era pues, sencillamente, el de recuperar la literalidad del texto, tratando al texto como tal; tratar, en suma, a Marx como texto, y no como referente eclesial.

A raíz del artículo que yo le había enviado, Althusser me sugirió la posibilidad de trasladarme a París y colaborar allí con su gente (él estaba ya bastante enfermo, pero aun así seguía escribiendo), Comencé entonces a trabajar allí en mi tesis doctoral, que versaba sobre el barajamiento de diversos niveles de textualidad en El Capital de Marx. Aunque finalmente esa tesis se leyó con un título bastante más rimbombante y absurdo[3], creo que el subtítulo resultaba mucho más iluminador: «El Capital: Lectura y escritura». Siempre lo he dicho y lo diré siempre: yo a Althusser en el terreno intelectual (pero también en el político) se lo debo todo. Incluso hoy, cuando me he alejado de los postulados políticos de aquellos años. Althusser nos enseñó a todos algo absolutamente esencial: que hay que saber leer. Algo tan elemental como eso. Y que no se puede desplazar la lectura correcta de un texto por la superposición en él de elementos afectivos, que lo único a lo que nos conducen es a acabar formulando disparates. En suma, esta enseñanza althusseriana me sirvió para tres cosas. Primero, para no tener que pasar bajo la manualística ortodoxa estaliniana en la cual se apoyaban todos los partidos comunistas occidentales. Segundo, para saber considerar a la dirección de todos esos partidos comunistas occidentales como una banda de incompetentes (en aquella época yo pensaba que eran sólo incompetentes, hoy sé que eran algo bastante peor). Y tercero (algo importantísimo para toda la gente de mi generación, y eso se lo debemos a Althusser), no haber sentido jamás la menor afección hacia la Unión Soviética: siempre tuvimos claro, antes de ser comunistas y mientras éramos comunistas, que la URSS era el horror en estado puro, que no era más que lo que en la época llamábamos «un capitalismo de Estado con estructura política despótica».

Tuve esa suerte: en una época en que no era tan fácil desplazarse por Europa como ahora, y en que la gente de mi generación tuvo que hacerse con una formación teórico-política autodidacta —lo cual a menudo conllevó una serie de vicios muy difíciles de desarraigar a posteriori—, Althusser nos salvó a cuantos tuvimos la fortuna de trabajar con él de todos esos menoscabos. Es él quien nos orienta a mí y a una parte importante de los franceses de mi edad (o quizás algo mayores —yo fui la generación más joven que llegó a trabajar con Althusser—) hacia el siglo XVII, algo que nunca dejaremos de agradecerle. La idea de Althusser, al fin y al cabo, es que el riesgo de la sacralización del discurso de Marx, el riesgo de convertir su texto en un discurso salvífico (y, por lo tanto, peligrosísimo: pues un discurso salvífico en el campo político se puede convertir en lo que de hecho se había convertido Marx, en el estalinismo), ese riesgo proviene de su continuidad con el discurso del idealismo clásico alemán, que es un discurso esencialmente marcado por la teleología: y la teleología inevitablemente genera teología. Por ello Althusser desde muy pronto, desde los primeros años 60, estaba planteando la necesidad de retomar al momento en el cual la teleología todavía no había triunfado en el ámbito del pensamiento, el momento en el cual se dieron hipótesis, de corte materialista, de pensamiento no teleológico. Y ese momento es el siglo XVII: muy especialmente con Baruch Spinoza, pero del mismo modo (y por muy extraño que parezca) con Blaise Pascal. Creo que ese fue otro factor que conceptualmente nos salvó a todos, porque cualquiera que haya pasado a través de Spinoza es muy difícil que luego vaya a poder aceptar las «evidencias» de la teleología, del finalismo, del soteriologismo, de todas esas cosas.

P. —. Me gustaría que me ampliase un tanto el modo en que esos dos autores, Spinoza y Pascal, a los cuales había llegado usted de la mano de Althusser, acabaron incidiendo indeleblemente en su pensamiento.

R. —. De acuerdo. Lo primero que todos leíamos de Spinoza con Althusser era el Apéndice a la Parte Primera de su Ethica more geometrico demostrata: una crítica al finalismo. En ese texto, prodigioso, Spinoza explica (además, con una claridad meridiana) que todas las mistificaciones, todos los autoengaños en los cuales se hallan presos los hombres provienen de uno solo, que es el que genera todos los demás: la presuposición de la finalidad. Tal autoengaño es, por lo demás, comodísimo, pues se halla inserto en nuestro mismo lenguaje: el lenguaje ayuda a presuponerlo, es más, lo presupone él solo, pues basta con que dejemos el lenguaje funcionar por sí mismo para que vaya construyendo finalidades. Spinoza da a este respecto un ejemplo de gran sencillez, pero inatacable, y que demuestra cómo la estructura del lenguaje se articula por medio de conjunciones finales que, si uno las estudia con atención, repara inmediatamente en que no poseen un valor conjuntivo sino retórico, abiertamente retórico: el ejemplo de Spinoza es el de que «Se dice que los pájaros tienen alas para volar, los hombres tienen ojos para ver...»; pero, si uno lo medita, se da cuenta de que lo único que se puede decir es que los pájaros vuelan porque tienen alas, no que los pájaros tengan alas para volar.

En fin, ese Apéndice spinoziano —que hoy en día es muy fácil de analizar con los alumnos, que no les presenta ninguna conmoción— en los años 60 ejerció una función liberadora enorme. Pues precisamente nos venía a decir: ¡Cuidado! Cuando usted está diciendo que la Historia tiene una finalidad, cuando usted está diciendo que la actividad humana está orientada en función de un progreso, de una vía ascendente, de lo que sea (lo que Hegel llamaba das Prinzip der Entwicklung [el principio de desarrollo, o de evolución o de ascenso]), lo que usted en realidad está realizando es una retórica inconsciente; la cual, de facto, lo único que hace es proyectar su propio deseo bajo un disfraz de realidad. Empecemos, entonces, a tratar de distinguir la realidad con respecto al deseo, y eso nos permitirá tratar de entender por qué es justo ese deseo y no otro el que se forma en el imaginario humano». Todo eso era esencial, pues te libraba precisamente de toda aquella visión salvífica, de toda aquella especie de Providencia sin Dios que era el marxismo de los partidos comunistas.

P. —. Y, por lo demás, casa perfectamente con aquello que usted ha empezado describiéndome: aquel afán vocacional suyo por introducir rigor en nuestros lenguajes.

R. —. Efectivamente, y por ello Althusser me fascinó y nos fascinó cuando empezamos a leerlo, en el 68; yo en aquel momento sentía un desprecio absoluto hacia los pensadores marxistas del siglo XX. Me ayudó mucho en aquel contexto un artículo que sigo pensando que es soberbio: se trata de Matérialisme et révolution[4] , de Jean Paul Sartre, escrito hacia 1946; el cual es paralelo de uno de los ensayos más antiguos de El grado cero de la escritura, de Roland Barthes[5]. Ambos versan acerca de la interiorización en los pensadores marxistas oficiales franceses de todos los tópicos más difuntos de una especie de idealismo en grado plano, reconvertido en una nadería, y del cual era epítome privilegiado el que durante mucho tiempo ejerció de «ideólogo» estalinista del Partido Comunista Francés, Roger Garaudy (quien, por cierto, hoy es islamista). Era precisamente Garaudy el autor de varios pasajes en los que Barthes detecta ese «punto cero» al que había llegado la literatura francesa de posguerra; y fue precisamente Garaudy quien se encargó de expulsar de tal Partido a todos los discípulos de Althusser hacia el año 66 —si no logró expulsar al propio Althusser fue sólo porque el secretario general del Partido en esa época, Waldeck Rochet, se lo impidió personalmente--. (Resulta, por lo demás, fantástico este Garaudy: todo un paradigma del filósofo funcionario, del comisario político —y uno de los seres más indecentes de todo el siglo XX—.)

P. —.  Hablaba usted antes de que, justo cuando logramos comprender que el discurso teleológico no es más que una trampa del lenguaje (por cierto, esta idea de que haya ciertas «metáforas desorientadoras» presentes en el lenguaje no deja de recordarme de nuevo a Wittgenstein, pero dejemos esto de momento estar), justo cuando entendemos gracias a la filosofía (spinoziana, por ejemplo) que el finalismo no es más que una proyección con la que nos autoengañamos, confundiendo deseo y realidad, justo entonces también entendemos cuál es ese deseo que subyace a tal autoengaño. ¿A qué deseo se refiere?

R. —. Al deseo de supervivencia de la religión. La salvación es una categoría ligada a determinadas tradiciones religiosas. ¿Qué se trata de obtener mediante esa identificación con el lenguaje de las finalidades? Pues una especie de acogida en el seno materno, una especie de consuelo: el consuelo más fantástico. Pero lo primero que se tiene que entender cuando hacemos filosofía es que los consuelos están prohibidos. Spinoza lo dice mediante una fórmula que yo creo que es definitiva: Hay en la mente humana dos elementos que son los generadores esenciales de toda servidumbre; uno de ellos lo reconoce inmediatamente todo el mundo como tal, y es el miedo; pero el otro, que es tan poderoso y aún más terrible que el miedo (pues es menos identificable), es la esperanza. ¿Por qué miedo y esperanza son los dos elementos de toda servidumbre? Porque ambos son a la postre lo mismo: la proyección hacia el futuro para renunciar al presente. El miedo es la paralización de la acción que se produce ante la expectativa de que en el futuro sucederá algo terrible. La esperanza es exactamente lo mismo, pero supliendo el factor de lo terrible por el del beneficio: la esperanza es la renuncia al presente en función de un futuro que será fantástico. Naturalmente, cualquiera que hubiese estudiado la tradición del estalinismo sabe perfectamente que esa, la esperanza, fue la gran máquina de autoengaño de toda una generación de militantes comunistas (que, he de decirlo, llegó a reunir, en algunos momentos del siglo XX, a lo mejor tanto de la intelectualidad como de la ciudadanía europea). Sólo se explica aquel autoengaño monstruoso, y de monstruosas consecuencias, como una cesión del presente en manos de un futuro más o menos inescrutable, pero que uno llegaba a creerse que vendría dado por algo así como una orientación general de la Historia. Y esa es también la perspectiva de las grandes religiones, las religiones de salvación.

Las consecuencias de todo ello pueden ser terribles. Quien lo narra espléndidamente es Arthur Koestler en El cero y el infinito[6]. Recordemos que el narrador de esa obra, Rubashov, es el último superviviente de la vieja guardia de la revolución bolchevique; y que mientras es interrogado va reconstruyendo mentalmente la fotografía (ya eliminada, de ella sólo resta el polvillo negro que queda en toda pared cuando retiramos un cuadro que en ella ha estado mucho tiempo) del comité insurreccional de 1917. Al reconstruir esa imagen, Rubashov se da cuenta de que sólo quedan vivos dos antiguos miembros de todo aquel comité: uno es Stalin, y el otro es él. Y él ni siquiera puede justificarse frente a su depuración, porque él mismo ha sido un depurador. Hay un pasaje fascinante en la novela, cuando Rubashov aduce la idea que en la cabeza de esos personajes de la fotografía había más sabiduría que en todos los catedráticos de todas las universidades europeas juntas: «Todas nuestras ideas eran impecablemente correctas, y sin embargo todos nuestros resultados han sido monstruosos». Y bien, eso es la novela. Nos permite ver cómo una visión providencialista, finalista de la Historia, puede distorsionar la sabiduría hasta convertirla en pura atrocidad.

P. —. ¿No había, empero, cierta esperanza (en la política, en cambiar las cosas, en un mundo mejor) también en ustedes, los que luchaban contra Franco aun sin haberse creído las catequesis estalinistas?

R. —. Claro que la había. Pero llegado el momento, lo que hay que hacer es ser capaz de desmarcarse de ella Y Althusser nos sirvió más tarde a tal efecto. Me temo que un porcentaje muy alto de la militancia de aquella época no llegó nunca a ese punto y guardó siempre una especie de subsuelo salvífico, religioso, que naturalmente nunca era admitido abiertamente... pero que estaba ahí. Y yo creo que es ese subsuelo el que explica que, por ejemplo, ya en los años 80 ó 90 toda esa gente de mi generación (todos ellos de tradición materialista, explícitamente no religiosa) de pronto se sintiesen fascinados por cosas tan abiertamente primitivo-religiosas como la teología de la liberación o las tonterías esas de los zapatistas...

      P. —. ... O incluso el islamismo...

R. —. Bueno, ahí yo creo que lo que nos encontramos es ya otra patología. Pues ahí sí que se puede diagnosticar toda una crisis de identidad completa. Al fin y al cabo, en la tradición apocalíptica cristiana sí que podías, si eres comunista, reconocer un conjunto de valores coincidentes con los tuyos. En cambio, la fascinación por el islam, en gentes de una generación como la mía (que es la que propició la plena integración de las mujeres en la sociedad), sólo se explica como una quiebra terrible.

P. —. Hablando de la conexión del teleologismo con las grandes religiones del Libro, ello me recuerda al otro autor que antes mentó usted como fundamental adalid en contra de la concepción soteriológica de lo político: Blaise Pascal. Pues, al fin y al cabo, Pascal era un ardiente cristiano: ¿cómo puede, al mismo tiempo, sernos útil con miras a eliminar todo finalismo, toda Providencia, del ámbito de la política?

R. —. Hay que mirar a Pascal en el contexto, yo diría, del jansenismo en general. Althusser, fíjese, no le dedica ningún estudio específico, pero le hace continuas referencias en su obra (por ejemplo, en un texto muy interesante, su Philosophie et philosophie spontanée des savants[7]), pues no en vano él era un gran lector de Pascal: ahora sabemos, porque tenemos publicados parte de sus inéditos, que durante los dos o tres años que estuvo recluido en un campo de encierro para militares (durante la Segunda Guerra Mundial), el único texto académico que Althusser manejó fue el de la obra completa pascaliana, en la edición de La Pléiade. Pues bien, lo que ya Althusser subrayaba (y yo estimo que hoy deberíamos subrayar aún mucho más) es lo siguiente: Que aquella idea del jansenismo de trazar una barrera infranqueable entre la esfera de lo religioso y la esfera de lo mundano, naturalmente, coloca al cristiano en la posición de que su única verdad sea la de pasar del otro lado —y tender a ese momento último en que su alma se convierte en Dios—; pero eso tiene una contrapartida que en los jansenistas es igualmente sagrada: pues, si bien es absolutamente cierto que la razón no tiene nada que decir en el campo de la religión, es entonces exactamente igual de cierto que el discurso religioso no tiene nada que decir en el ámbito del análisis racional. De hecho, sería degradante, además, para lo religioso el ponerse a esa altura: pues el campo del conocimiento racional es un ámbito de juegos que se autocodifican, un campo de juegos autocodificados que no contienen realidad sino normas de regulación interna; y, por supuesto, si ante lo que estamos es ante un campo de juegos autocodificados, entonces ya desde el inicio la idea de una finalidad global de lo mundano desaparecerá por completo.

Tenemos ahora esta primavera un congreso en París justamente sobre Pascal y Spinoza (algo que desde hace años teníamos pendiente el grupo de aquellos que, tras trabajar con Althusser, acabamos estudiando a Spinoza: Balibar, Moreau sobre todo... gente clave para la renovación de los estudios spinozianos particularmente en los años 80 y 90); y puede ser divertido.

P. —. ¿Conocía Spinoza a Pascal?

R. —. No. Pero la problemática de ambos es la problemática del Barroco. Porque ¿qué es lo que descubre el Barroco (y ahí el papel de la Compañía de Jesús es esencial)? Lo que descubre el Barroco es que la subjetividad se puede tallar a la medida. No es que se pueda influir en ella: eso se ha sabido siempre. No; lo que el Barroco descubre (y nosotros consumamos: por eso yo siempre digo que nosotros somos el confín del Barroco) es que la subjetividad es una red de representaciones imaginarias, y que las representaciones imaginarias son artesanalmente regulables. Eso la Compañía no sólo lo descubre, sino que propone una aplicación magistral de ello: piense, de hecho, en toda la concepción arquitectónica de la Compañía; en la Roma barroca, por ejemplo, que es la Roma de la Compañía. La Roma barroca es toda ella un gran vía crucis en el cual el fiel va pasando continuamente a través de un espacio escénico sin salir un solo momento de escena; el fiel va pasando de iglesia en iglesia hasta llegar al Vaticano, y todas ellas se hallan en un ámbito de construcción, de representación de realidad.

La iglesia jesuita barroca está concebida precisamente con esa misma finalidad: con una fachada que teatraliza y, a continuación, con un espacio vacío en el cual la palabra repercute lo que la teatralización exige. Naturalmente eso, que primero aparece ligado a la idea misma de la propaganda fidei, a continuación se materializará en los propios usos estéticos del barroco: unos usos para los cuales es capital la certeza de que no importa la realidad de la obra estética, sino el efecto de realidad que la obra produce en quien la ve. Por eso yo, en el Diccionario de adioses, utilizo el ejemplo (que también suelo usar en clase) de la iglesia de Sant'lgnazio en Roma. ¿Por qué es esa iglesia (para mí mucho más que la del Gesù) el arquetipo de la estética jesuítica? —Y tengamos en cuenta que la iglesia de Sant'lgnazio tenía que ser el centro de la Roma jesuita, porque era efectivamente la iglesia del fundador...— Pues bien, cuando uno entra en Sant'lgnazio, al principio esta parece una iglesia como las demás, con su bóveda, sus columnas, su cúpula; uno va avanzando por su nave central y de pronto se da cuenta... ide que no hay cúpula! De que lo que hay es el artesonado imaginario del efecto visual producido por una cúpula. No importa la realidad del objeto; lo que importa es el efecto que esa realidad produce en el fiel. Por ello evidentemente la Compañía, a la hora de realizar ese trazado, utilizó al más grande matemático jesuita de aquellos tiempos —y uno de los más grandes matemáticos del siglo XVII—, Andrea Pozzo, con el fin de que pudiese crear precisamente tal certeza visual.

No es un azar en absoluto que Spinoza fuera óptico, ya lo creo que no. Porque de hecho la óptica es uno de los saberes que revolucionan el siglo XVII: es la comprensión de que el ojo no es un espejo de la realidad, sino que el ojo estructura sistemas de imágenes conforme a determinadas reglas de distorsión; y que esas reglas de distorsión pueden ser reguladas. De algún modo lo que Spinoza hace en su Ethica es transferir el hallazgo de los ópticos (él mismo trabajaba como óptico, pero además estaba en contacto con los principales ópticos de la época —con los Huygens, por ejemplo—), transferir todo eso al ámbito de la metafísica; y entender que al igual que el ojo es construido por los sistemas de imagen, del mismo modo la subjetividad es construida por sistemas de imagen trabados. Conocer cuál es la matemática, la geometría de esos sistemas de composición, permite al óptico no sólo hacer hipótesis razonables acerca de la realidad que estamos viendo sino también, y esto es esencial, entender el funcionamiento del propio ojo, con lo cual llegará a ser capaz de corregir lo corregible; pues bien, exactamente de igual modo, el conocimiento de los mecanismos que forjan las ilusiones imaginarias de la subjetividad no sólo nos va a permitir entender que lo que estamos diciendo es una distorsión de lo real, sino al mismo tiempo comprender cuáles son las causas que nos llevan a hacerlo así y, por lo tanto, poder de algún modo introducir elementos, si no eliminadores de la distorsión (porque ello sería absurdo), sí por lo menos correctores.

P. —. Ahora bien, dado que no existe (según esta perspectiva spinoziana, y corríjame si me equivoco) ningún modelo predefinido de lo que sería una «buena subjetividad», un prototipo al cual todos los sujetos nos tuviésemos que amoldar, ¿cuál ha de ser entonces el sentido de esa manipulación de las distorsiones?

R. —. La potenciación. El ejemplo que da Spinoza es el siguiente: estamos viendo el disco solar y lo vemos como un disco de unos veinte centímetros de diámetro; y eso lo ve exactamente igual la más ignorante portera del último poblacho de una sociedad primitiva y el más refinado astrónomo de la sociedad más avanzada. Lo que ven es lo mismo; ahora bien, aquel que conoce cuáles son los mecanismos que hacen que lo que no es un disco de veinte centímetros se vea como un disco de veinte centímetros, ese puede regular todo lo que le relaciona con tal hecho de modo más favorable, de una forma que le permita potenciarse más que aquel otro que, por el contrario, piensa que lo que está viendo es ese disco. Todo lo que efectuamos, pues, con la subjetividad no es en modo alguno reajustarla según algún modelo; eso sería completamente absurdo, porque no hay ningún modelo de subjetividad: la subjetividad es ese coágulo de elementos imaginarios que pueden o potenciar o despontenciar. Y la apuesta ética es la apuesta por la potencia que, dice Spinoza, es la apuesta por la alegría, por la laetitia. Todo lo cual resulta muy lucreciano; de hecho creo que Spinoza es el último avatar del epicureísmo...

P. —. Me gustaría retomar el hilo, don Gabriel, que habíamos dejado hace un rato: el de lo que provisionalmente llamamos su «autobiografía intelectual». Ese hilo nos había conducido ya hasta su estancia en París, junto a Althusser, en torno a 1972. ¿Cuánto tiempo permaneció usted en París y cuál fue su evolución intelectual y política posterior a aquella estancia?

R. —. En París permanecí de manera estable solamente un año. Al cabo de ese período, los archivos franquistas se dieron cuenta de que se habían equivocado al darme un pasaporte. Es de recordar aquí aquella cosa tan bonita que decía Agustín de Foxá de que el franquismo era una dictadura muy atenuada por la incompetencia. Yo ya debo mi existencia a esa tremenda incompetencia, pues aunque a mi padre lo condenaron a muerte en 1939 (fue uno de los primeros juicios militares de la posguerra), lo cierto es que por un cúmulo de azares y de incompetencia no fue fusilado, y al cabo de un año se le notificó que se había producido un fallo de trámite. Pues bien, mi segundo fruto de esa incompetencia franquista resulta de un curioso hecho: mi segundo apellido es muy raro, no me llamo «López» sino «Lópiz». Cuando a mí me fichó la policía, en enero del 68, debieron de redactar mal la ficha, y durante mucho tiempo debí de salvar mi pasaporte precisamente por ello. Pero no obstante, ya en 1972, cuando estaba en París, se debieron de dar cuenta del asunto y me notificaron que se habían retirado mis exenciones del servicio militar (tenía una lesión en el hombro) y que debía volver a España.

Siempre he pensado que cometí el peor error de mi vida volviendo, pero, en fin, mi padre era ya muy anciano y realmente yo era la única familia que a él le quedaba aquí. Tuve, en todo caso, mucha suerte al volver, dado que la gente de mi edad disfrutó en España de grandes ventajas académicamente hablando: en aquel entonces había muchos puestos de trabajo libres en la universidad (cosa que la gente de la edad de usted ha tenido ya más difícil; y los que acaban ahora su licenciatura tienen prácticamente imposible). Ello significó que para mí la vuelta a España fue prácticamente equivalente a mi entrada como becario de investigación en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense. Además, pude seguir manteniendo una fluida relación con el grupo de París (no sólo porque mi familia contase con una casa allí, sino también porque durante la dictadura París fue siempre la retaguardia de la oposición, o mejor dicho, del PCE).

Esa vinculación mía con París ha dado lugar a avatares de lo más pintorescos. Por ejemplo, en el libro de Antonio Damasio En busca de Spinoza[8], que usted estuvo hojeando antes en mi biblioteca, se hace una referencia a mi ensayo La sinagoga vacía... en su versión francesa[9], como si ese un original galo —es más, el traductor, algo despistado, ha añadido una nota que viene a «precisar» que «existe una traducción española de esta obra en...»—. O, por ejemplo, dentro del Reading que editaron en la Universidad de Minnesota sobre los trabajos acerca de Spinoza en el área del marxismo europeo, se incluye una parte de La sinagoga vacía... asimismo como obra francesa. Lo cual es divertido y, a decir verdad, me trae al fresco. Yo he sido siempre muy transversal en eso de las identidades, si le soy sincero. Además, lo que para mí es claro es que, sin esa relación mía con el mundo académico francés a partir del inicio de los 70, hubiera perdido como mínimo muchísimo más tiempo para formarme.

De modo que los últimos años de la dictadura los pasé como becario de investigación. La tesis la leí en 1975, unos meses antes de la muerte de Franco, lo cual en la Complutense era un tanto curioso: una tesis sobre El Capital de Marx, allí, con el añadido (sabido por todo el mundo) de que en realidad yo con quien la había preparado era con Althusser... pues la verdad, venía a resultar un tanto raro.

Seguí en el PCE hasta muy poco después de acabar la dictadura; creo que hasta el 76, no quisiera equivocarme. En todo caso se puede fijar la fecha con mucha claridad, pues coincidió con el momento en que se reunió el comité de Roma del PCE y se disolvió su estructura de células para pasar a una estructura más convencional. Abandoné entonces el PCE sin ningún conflicto; de hecho, recuerdo habérselo comentado abiertamente a quien fuera entonces mi responsable: «Mira, yo entré aquí como instrumento de lucha, pues para mí este era el único instrumento operativo de lucha en el que creía que se podía hacer algo; una vez desaparecida la estructura militante, en fin, ya no creo que tenga sentido mi permanencia» ...

P. —. ¿Cómo vivió usted el momento de la transición española desde la dictadura hasta la democracia? ¿Cómo la vio entonces y cómo la ve ahora?

R. —. Como una derrota absoluta. Además me parece que ya estamos mayorcitos como para que nadie siga jugando a ocultarse lo que sucedió entonces. Y lo que sucedió entonces fue que sencillamente todas las claves sucesorias esenciales del franquismo se completaron herméticamente. No me refiero con esas «claves sucesorias» a lo que Franco personalmente pensase: una vez desaparecido Franco, eso ya carece de importancia. A lo que me refiero es a lo que la lógica del franquismo exigía. Y esta exigía claramente la configuración, en primer lugar, de una monarquía ligada a la fijación de sucesión establecida por Franco y, en segundo lugar, exigía la normalización de esa monarquía dentro de las condiciones mínimas requeridas por Europa —pues era ya perfectamente claro entonces que la economía española era una economía moderna; es absurdo olvidar que la gran mutación en ese sentido, la gente aún lo recuerda, se produjo entre 1961 y 1973; de modo que no había más opción que integrarse en la Europa moderna—a La alternativa por la cual nosotros habíamos apostado (un acontecimiento revolucionario que remitiese a alguna forma de replanteamiento de una república más o menos radical o en el límite de una socialdemocracia), bueno, eso se fue al garete prácticamente durante los primeros meses de la transición. Yo a partir de ese instante opté por estar completamente al margen de la esfera de lo político. Y sé que ello puede sonar hoy un tanto irónico, el que yo desde entonces me mantenga fuera de lo político: pero es que lo que yo trato de hacer en el terreno de la teoría es precisamente una analítica de lo político, y una analítica de la desfundamentación de lo político en las sociedades contemporáneas. De hecho, creo que, de una forma u otra, otro de los elementos de continuidad en todo aquello que he escrito es también ése —dentro de las grandes variaciones que hay a lo largo de mi evolución intelectual—.

P. —. ¿A qué se refiere usted con la idea de «desfundamentación» (de lo político)?

R. —. A que lo político, que nace con la revolución de 1789, se configura (y creo que en mi último libro, Diccionario de adioses, este es uno de sus goznes teóricos esenciales) como sucedáneo de la religión. La política que surge en 1789 es una política ligada, por un lado, a la muerte de Dios y, por otro, a la eclesialización de lo humano-histórico en el lugar en que antes había estado lo religioso-trascendente. Tal cosa se comprueba, por supuesto, de un modo sencillísimo entre 1789y 1794, donde se percibe de manera clara la fuerte necesidad de los dirigentes revolucionarios (Robespierre, muy especialmente) de reconstruir modelos eclesiales: llegan incluso a proponer una «religión» de la razón, un calendario festivo que parangone el antiguo santoral católico, etcétera.

Ese planteamiento, empero, tiene un ciclo más largo que duraría, en realidad, desde 1789 hasta (por dar una fecha, con todo lo simplificadoras que estas suelen resultar) el año 1989. Es el ciclo de lo político como sucedáneo de lo religioso. Ahora bien, aunque en 1989 ese ciclo se cierra, toda la gente de mi generación que hubo pasado por la práctica de lo político desde finales de los años 60 tuvo claro, en realidad, ya a partir de mediados de los 70, que lo político se había convertido en una gran máquina de distorsión, una gran máquina de mistificación del conocimiento y de lo real. Yo eso creo haberlo captado desde muy pronto, si bien, naturalmente, mis primeros textos son muy confusos a ese respecto. Pero cada vez he ido comprendiendo mejor (y pura mí es esa hoy una noción de una nitidez absoluta) que la función de la filosofía reside en una cierta resistencia a lo político, en la medida en que lo político siempre necesita establecer sentidos, siempre necesita establecer consensos, siempre necesita establecer finalidades. Ahí reside la tarea de desfundamentación que la filosofía tiene encomendada. Por eso le comentaba yo a usted antes que no creo que se pueda encontrar un texto que describa mejor a nuestra generación que el viejo escrito epistolar de Platón, donde se explica precisamente tal cosa.

P. —. De alguna manera, pues, la fe religioso-eclesial en lo político, que tuvo cierta congruencia en algunos momentos de la Historia, habría perdido ya toda plausibilidad después de 1989; y, sin embargo, aún nos toca estar rodeados de muchísimos «creyentes» o «militantes» en tan peculiar iglesia...

R. —. Efectivamente. A mí me parece que desde mediados de los 70 ya prácticamente todos nosotros íbamos trabajando en el sentido de mostrar que aquella vieja fundamentación pseudorreligiosa de lo político había dejado de ser sostenible. Ahora bien, 1989 nos muestra, como en un experimento histórico, que todo aquello simplemente cae a plomo. Yo tuve la inmensa suerte de que en ese año el periódico El Mundo me enviase a Berlín durante el momento de la Caída del Muro. Había estado ya diez años antes en el Berlín Oriental y había recomido la Alemania del Este; también conocía Rumanía, si bien aquello era ya la variante monstruosa del régimen, claro. Ahora bien, dejando a un lado las variantes monstruosas, lo que de pronto percibías allí en el 89 era algo que, cuando había estado diez años antes, en 1979, ya sospechabas: que allí no había nada, que todo estaba flotando en el aire, que no había nada. Lo fascinante de la Caída del Muro, es decir, de la caída del Este, es que es una caída en el vacío: no es una voladura, sino que ocurre como en esas películas de dibujos animados en que un personaje va corriendo, se sale del barranco, sigue corriendo en el aire y de pronto se detiene, dirige su mirada a derecha e izquierda, mira luego abajo y cae: no hay nada.

P. —. Claro. Pero entonces, según su análisis, desde 1989 tendría que resultar mucho más fácil la tarea desfundamentadora de la filosofía frente a lo político, ¿no es cierto?

R. —. La verdad es que esa tarea nunca resulta sencilla. Porque cuando uno pierde una certidumbre, la tentación es la de tratar automáticamente de buscar otra, como sea. La tentación es culpabilizar, tratar de comprender aduciendo cosas como que «esto ha sido así porque ha habido tales responsables que con su maldad han hecho que todo esto fuera así» ... Yo no digo, naturalmente (sería absurdo negarlo), que Stalin no fuera malísimo, que Hitler no fuera malísimo. Pero no se puede explicar ni el estalinismo ni el nazismo en función de lo malos que eran Hitler o Stalin: no se puede, del mismo modo que sería necio intentar explicar las dinámicas propias del franquismo en función de la bondad o maldad del general Franco. Ahora bien, es cierto que cuando las cosas se caen hay dos posibilidades: o bien quedarte con los ojos abiertos y decir «¡Caray, qué trompazo que nos hemos dado!», o bien negar la realidad. Y eso ha pasado siempre. Y también hay que entender (o al menos yo lo entiendo) que gentes de determinada edad no puedan hacerlo: no se le puede pedir —o sólo se le puede pedir en casos muy excepcionales— a una persona de sesenta o setenta años que en un momento dado diga: «He arruinado mi vida». Aunque ha habido gente que lo ha hecho: y yo los conozco. Con todo y con eso, a cuantos teníamos menos de cuarenta años en el 89 sí que se les puede exigir.

¿Qué es doloroso? Claro que es doloroso. Sobre todo porque podríamos decir, con razón, que nunca fuimos cómplices de la Unión Soviética: y es que de hecho habíamos sido antisoviéticos desde mucho antes de llegar a 1989. Pero eso da, a la postre, igual. Pues incluso siendo antisoviéticos habíamos seguido manteniendo simbólicamente ese sistema de demarcación entre dos grandes universos en conflicto; y aunque uno personal, o incluso públicamente, hiciese gala de antisovietismo, todo aquello formaba parte de un modelo de reproducción que en último término beneficiaba la existencia de aquel modelo monstruoso.

Yo de todo eso, si bien ya lo sabía teóricamente, me di cuenta físicamente en el verano del año 1979, cuando estuve durante un mes estudiando alemán en Berlín Oriental. Al volver, escribí tratando de explicar algo que resultaba muy difícil de explicar (probablemente, de hecho, no lo logré; muchos me contestaron, en consecuencia, aduciendo que todo aquello era un disparate): traté de explicar que, al lado del control social que existía en el Berlín comunista en nada menos que un 1979, el control policial que yo había conocido durante los años de clandestinidad en el franquismo resultaba un juego de niños. Entre otras cosas, naturalmente, porque puede haber estructuras clandestinas en sociedades en las cuales se distingue entre lo público y lo privado —ya que lo clandestino se instala precisamente en esos elementos de intersticio entre ambos—; pero en sociedades en que no hay espacio privado, no hay lugar ni para la clandestinidad

P. —. Voy a serle sincero, don Gabriel: siento muchos deseos de preguntarle más acerca de este punto, para que siguiese usted profundizando en él. Pero la verdad es que me da la sensación de que nos hemos saltado en su relato un período histórico que no me gustaría que dejásemos de lado. Se trata del período del gobierno del PSOE en España entre 1982 y 1996. Recuerdo que la primera vez que le vi a usted en televisión, en un debate presentado por el periodista Luis Herrero, se refirió a esa época con una expresión no escasamente contundente: dijo usted que el «felipismo» era...

R. —. ...la forma superior del franquismo. Sí, aquello le costó a Luis Herrero la cancelación de su programa. Y para mí significó, vaya, mi «momento de gloria»: merecer el primer editorial del diario El País, que imploraba ¡que nunca más se permitiese a un sujeto como yo aparecer en televisión!

R —. Sí, creo recordar que incluso hubo un debate en el Congreso de los Diputados al respecto. En todo caso, ¿qué quería usted decir con esa frase?

R. —. Bien, para mí era algo bastante elemental, y además traté de argumentarlo en ese mismo programa, utilizando elementos textuales y de la práctica política de la época. Para empezar, hay que remitirse a lo obvio: el Partido Socialista no había existido prácticamente durante los años de la dictadura, y mucho menos durante los años finales de la misma, que eran los que yo viví. De modo que el PSOE es reinventado mediante una inyección de dinero (concretamente, de la socialdemocracia alemana, y probablemente también de Estados Unidos) sobre una base bien comprensible en la época: la experiencia portuguesa había enseñado que no se podía permitir bajo ningún concepto que se efectuase una transición a la democracia con el Partido Comunista como única fuerza política hegemónica. De modo que había que inventar otra opción como fuera. Y bien, la formación política de todas estas gentes de la primera generación del Partido Socialista Obrero Español era una formación política de tradición netamente franquista. Cuando uno contempla a todo ese grupo de personas, se detectan en ellos dos cosas que priman de forma palmaria: en primer lugar, una incultura faraónica, inconmensurable, una cosa de estas que le dejan a uno estupefacto; y, en segundo lugar, un sistema de categorías políticas que era directamente heredado de las ideas del proteccionismo, la asistencia social y el paternalismo franquista (con, naturalmente, las pequeñas correcciones retóricas al uso). Todos ellos se habían formado en el Frente de las Juventudes falangista, todos ellos habían llevado camisa azul en algún momento. Y la camisa azul se les traslucía constantemente. Recuerdo a un viejo republicano que me decía: «Vaya, a mí la verdad es que esto de González, no sé... en ocasiones le oigo por televisión, y si prescindo de la imagen o me pongo de espaldas, ¡me da la sensación de estar oyendo de nuevo a Solís![10]. Y no es sólo que, efectivamente, ambos hablasen igual, sino es que además decían lo mismo.

Esto hace emerger en el Partido Socialista de los años de González la hipótesis (que era, por lo demás, sumamente verosímil) de que si conseguían consolidar bien ese modelo, asentar esa traslación del control paternalista de la sociedad, podrían muy fácilmente articular algo que yo en aquel momento solía llamar «el PRI a la española» (recuerdo haber hecho alguna vez cierto chiste sobre si habría que llamarlo PRI Sociedad Anónima, pero eso ya son maldades.. Mas es cierto: ese era el modelo. Y cuando González en aquellos tiempos dice que necesitan un plazo, no sé si de cuarenta o de cincuenta años (algo, en todo caso, desmesurado), para completar su proyecto, lo está diciendo ciertamente en serio. Yo pienso que el PSOE de esos años ve la política desde una idea (aunque ellos nunca lo piensen explícitamente así, pero sin duda era el referente que funcionaba en sus cabezas) afín a la del Partido-Movimiento; algo que es mucho más que un simple partido político: pues éste y el Estado se funden, y lo hacen en un control completo de la sociedad.

Naturalmente, eso requiere dos dispositivos importantes: hablábamos antes del miedo y la esperanza a los que se refería Spinoza. Pues bien: con respecto a la esperanza, yo alguna vez cité (creo que también en aquel debate televisivo al que hemos aludido antes) el pasaje de Hitler en las conversaciones con Rauschning[11] acerca de la corrupción: «No se meta usted con la corrupción», venía a decir Hitler, «pues la corrupción es un elemento central de la consolidación del Partido como Estado. Yo siempre digo a los míos: enriqueceos... pues ése es el modo de que todos estemos en situación de dependencia los unos con respecto a los otros». Aquella famosa frase del ministro de economía socialista Carlos Solchaga sobre el enriquecimiento en España viene a ser un calco de esta sentencia hitleriana. Se trata de una corrupción que prometió —y que, ciertamente, generó— toda una nueva casta social.

P. —. Me parece ésta una idea muy sugerente: la corrupción no como una especie de sustracción desde el espacio público hacia el campo de lo privado, sino como un mecanismo más de control del propio espacio público.

R. —. Por supuesto: ya desde los clásicos del pensamiento político, la corrupción se ha considerado siempre como una erza constituyente, no lo olvidemos. De esa potencia constituyente proviene su importancia en el ámbito político. Recordemos, por ejemplo, cómo se realiza toda la revolución burguesa en Gran Bretaña por contraposición al modelo francés: se trata de la idea, sencillísima y por lo demás inteligentísima, de que, puesto que no tenemos fuerza para destruir el Ancien Régime... comprémonoslo. No tenemos suficiente fuerza pero sí suficiente dinero. Y lo que se efectúa es esa traslación (muy bien analizada, además, por los historiadores de ese momento de ascensión burguesa): «Hagamos por vía comercial lo que los franceses tuvieron que hacer cortando cabezas; nos va a salir más barato y, como podemos pagarlo, no va a haber ninguna dificultad». Efectivamente, los modelos de consolidación de las sociedades burguesas en Europa desde finales del siglo XVIII han sido siempre dos: la revolución como mitología constituyente, y la corrupción como erza constituyente.

Aquí, en la España del gobierno socialista de Felipe González, se genera eso mismo. Y ello permitirá, entre otras cosas, el control (muy importante, por lo demás) de aquellos aparatos del Estado franquista que habían quedado intactos tras la Transición. No es un azar que el centro de gravedad de la corrupción institucional durante los años de González fuera el Ministerio del Interior: que hubiera dos ministerios del Interior, el ministerio real y el ministerio sumergido, con dos presupuestos, el real y el sumergido. No era casual: el gobierno socialista entiende que hay un sector en el cual no se ha efectuado ningún tipo de modificación durante la transición; que eso no se puede, o no se quiere, volar; y que por lo tanto la única opción que queda es comprarlo. Cuando uno analiza lo que han sido las cuentas del Ministerio del Interior durante los años del exministro José Barrionuevo en particular, pero también del exministro José Luis Corcuera, es exactamente eso lo que se percibe. Y naturalmente ese centro de la corrupción funcional de las instituciones se prolonga después en el resto del Estado. Pues si uno va a establecer la identificación entre Partido y Estado, eso significa que el Partido no puede funcionar tan sólo con los presupuestos legalmente establecidos para un partido político, los cuales no dan ni para cañamones; lo que habrá que hacer es lograr que los negocios del Estado reviertan en las finanzas del Partido. Cierto que al final una parte de esos casos terminaron en los tribunales; pero, no nos vamos a engañar, lo que terminó en los tribunales fue una fracción mínima de lo que realmente significó el gran aparato de la corrupción.

Todo eso por un lado; pero, por otra parte, existía todavía un factor más que no se había resuelto desde los últimos años del franquismo, y era el del terrorismo en el País Vasco. Ahí el PSOE apostó por la peor opción de entre todas las posibles; una opción que cualquiera que no fuese imbécil tenía que entender que sólo serviría para producir el efecto contrario: el efecto de la consolidación del entorno de ETA. Se trataba de la opción del terrorismo de Estado, del GAL.

Los años del terrorismo de Estado y de la corrupción fueron, pues, una verdadera tragedia para este país. Como dijimos antes, el PSOE lo reconstruyeron una panda de parvenus que le quitaron su partidito a un grupo de viejecitos que vivían allá en Toulouse; bien, pero, pese a todo, ese partido seguía siendo visto por una parte de la ciudadanía española como un referente de orden moral. Lo terrible que produce el PSOE a los muy pocos años de su llegada al gobierno con Felipe González es la certeza en toda la sociedad de que moral y política se excluyen mutuamente; y que se excluyen de un modo frontal y absoluto. Esa especie de envenenamiento de la conciencia ciudadana, a la que se transmite la idea de que aquí lo que hay que hacer es «arramblar» con todo cuanto se pueda, pues todo lo demás no es sino un cuento chino, produce un efecto de desmoralización en la sociedad española que no se curará fácilmente. Es la conciencia de un enfangamiento atroz de lo político.

P. —. A pesar de esas secuelas (ciertamente terribles, por otra parte) que está usted mencionando, lo cierto es que, en todo caso, aquel proyecto fuerte, aquel proyecto de identificación absoluta entre el Estado y el Partido Socialista, al menos sí que quebraría más tarde, en 1996.

R. —. Sí, fue un proyecto que quebró. Y yo pienso que tuvimos cierto papel todos aquellos que ya en los años anteriores habíamos venido dando la batalla contra el asunto del GAL, y conseguimos que ello terminase en los tribunales, lo cual fue todo un acontecimiento. Recuerdo que, cuando empezamos con aquello (cuatro muertos de hambre que por aquel entonces éramos), jamás habríamos imaginado que pudiésemos llegar a tal punto. Fue importante eso, así como los dislates económicos que realizó el PSOE en los años 90, que jugaron un papel importante para que su propia clientela se desmoronase.

Naturalmente, ante lo que nos encontramos hoy, y que a mí me parece altamente preocupante, es ante lo que yo creo que es el intento de retomar aquel viejo proyecto del Partido-Estado, pero en circunstancias que no permiten ya que todo ello funcione por sí solo (ya no basta con mantener la inercia propia del régimen del general Franco). Hoy se intenta realizar lo mismo pero por una vía tremendamente pragmática y, a mi parecer, con costes muy altos, prácticamente suicidas. Pues ahora lo que resulta necesario es proceder a una voladura de todas las estructuras del Estado que sean necesarias para conseguir el efecto de la exclusión de toda aquella forma de perspectiva política que no sea la articulada dentro de aquella hipótesis de Movimiento, de Partido único, que creo que sigue siendo la gran tentación del PSOE. El cálculo, pues, que está haciendo el señor Rodríguez Zapatero es el cálculo más arriesgado que se ha realizado en España desde la transición, y sería el siguiente: En primer lugar, la identificación Partido-Estado solamente puede producirse garantizando una permanencia de ciclo largo como mayoría parlamentaria. Esa permanencia, a su vez, únicamente es viable sobre la base del barrido —o, al menos, el encierro en una zona marginal— del partido que puede aparecer como una alternativa: el partido de la oposición. Sólo hay un modo de efectuar esa marginación de manera estable: mediante la alianza estratégica (no meramente táctica) entre el PSOE y los partidos de carácter nacionalista; alianza que, en caso de consolidarse de manera estable, otorgaría efectivamente una mayoría cómoda.

Ahora bien, no hay que olvidar algo: y es que los partidos nacionalistas no son idiotas; nos podrá gustar o no lo que hacen, pero idiotas no son. Y los partidos nacionalistas han entendido que ésta es una ocasión histórica, única, que jamás antes han tenido ni volverán a tener después: la ocasión de un Estado que necesita, y que necesita de un modo aritmético, absoluto, su apoyo incondicional. Y naturalmente, en política, cuando uno se sabe imprescindible, se hace pagar al contado. Lo que el Partido Socialista parece no entender (o, si lo entiende, entonces resulta aún peor) es que ese pago al contado lo que implica es la desaparición o, al menos, la fuerte quiebra de la estructura nacional sobre la cual el Estado ha venido funcionando en España a lo largo de los dos últimos siglos. Y que, por cierto, una voladura de ese tipo no es simplemente un acontecimiento político, o no únicamente un acontecimiento moral, o histórico, sino también un acontecimiento económico, que entre otras cosas puede generar (o me sentiría tentado a decir que generará inevitablemente) la bancarrota del Estado, sin más.

P. —. Eso me recuerda que en su último libro, el Diccionario de adioses, uno de esos adioses va dedicado a España y a Europa. ¿De veras piensa usted que tanto España como la cultura europea están en nuestros días agonizando?

R. —. Sí, así lo creo. En mi libro citaba un texto, que a mí me gusta mucho, de Francesco Guicciardini, en el que se venía a decir que, bueno, todo es mortal, tanto las naciones como los individuos. Ahora bien, no nos dolamos por la nación cuando esta muere, pues a la nación no le va a doler. No obstante, los que tenemos la mala fortuna, la desdicha —prosigue Guicciardini— de que nos toque vivir en ese período, tenemos que saber que el Estado no se cae en el aire: el Estado se cae encima de nuestras cabezas. Y que, naturalmente, quienes saldremos hechos cisco de este hecho somos todos. Pues el Estado no es sólo un acontecimiento, insisto, político, moral, histórico; el Estado es también un acontecimiento económico. Y (volviendo al caso español sobre el que estábamos hablando), romper un Estado significará romper un mercado nacional. ¿Alguien se da cuenta de lo que significa eso para una economía moderna? ¿O de lo que significa romper un sistema de imposición de escala también nacional?

P. —. ¿Apostaría entonces usted por una preservación del Estado, pero sin una nación detrás de él que lo sustente?

R. —. No, simplemente no apostaría. En esto yo pienso que debemos ser muy cautos y no andar haciendo apuestas. El análisis (no la apuesta) en que nos encontramos en estos momentos es el de que tanto España como Europa (por razones distintas) atraviesan por un período extremadamente crítico: en lo que atañe a la primera, como ya hemos dicho, no existe la menor garantía de que la estructura de la nación, tal como la hemos conocido en los últimos dos siglos, vaya a mantenerse en la década que viene, y ello encerrará con seguridad altísimos costes de todo orden; en lo que atañe a Europa (y esta es una hipótesis con la que yo vengo jugando desde hace mucho tiempo), nuestro continente no sobrevivió a la crisis de 1914-1919, y ello se revela en la absoluta incapacidad que desde entonces ha tenido Europa para defenderse absolutamente de nada. Cuando uno piensa en la Segunda Guerra Mundial, uno tiene que entender que, en lo que respecta a la Europa continental, esa guerra acabó en menos de dos semanas: lo que tardan los tanques alemanes en llegar desde la frontera belga hasta el Atlántico. Lo que a partir de entonces prosigue hasta 1945 es la guerra entre Alemania y Gran Bretaña (con el posterior apoyo de Estados Unidos) y la ruptura del pacto germano-soviético; pero lo que llamamos Europa, en el sentido limitado del término, no movió un solo dedo para defenderse del nazismo: como, por lo demás, tampoco lo está moviendo en estos momentos para tratar deponer coto a una agresión militar extraordinariamente importante, que es la del ascenso del yihadismo, unida a la aparición de algo que en las sociedades modernas parecía impensable, el retorno a formas de guerra religiosa que creíamos extintas.

P. —. Algunos autores han postulado que la raíz de esa incapacidad de defendernos estaría en el nihilismo rampante que nos circunda.

R. —. En términos depuro análisis, las posibilidades de supervivencia de Europa son escasísimas. En primer lugar, hay que tener en cuenta que el gran desarrollo económico de Europa después de 1945 se efectúa sobre la base de la reducción, prácticamente al mínimo, de los costes de inversión militar. No es esta una cuestión menor: esos costes militares significan una parte importantísima de los presupuestos de un Estado moderno. Esa operación se pudo llevar a cabo en la medida en que Europa contaba con el paraguas militar —y, en el fondo, de todo orden— de Estados Unidos. Naturalmente, eso tiene una contrapartida: y es que Europa no tiene capacidad militar autónoma prácticamente para nada. En un momento, además, en que una de las tendencias (no sé si hegemónica, pero, en todo caso, muy importante) de la Europa de los últimos años es la de la fisura de la alianza con los Estados Unidos, ello deja a Europa en una situación cuando menos problemática. Lo he apuntado ya en alguna ocasión: el hecho de que Irán pueda tener misiles para bombardear con armamento nuclear Israel puede, evidentemente, preocupar a Israel; ahora bien, los israelíes hace ya años que se tomaron las molestias de hacerse con un paraguas antimisiles razonablemente sólido, mientras que Europa no. Y, desde luego, un misil que llegue desde Irán hasta Tel Aviv puede llegar exactamente igual hasta Sicilia y, con muy poco más de tecnología, a todo el Sur de Europa.

Europa no tiene, en estos momentos, prácticamente estructura militar. Y, sobre todo (y quizás también en función de ello), Europa lleva una serie de años tratando de negarse la realidad, de no ver lo que está pasando. Hace poco he leído un libro de Alan D. Dershowitz[12], profesor en Harvard, sobre el ascenso del yihadismo en el mundo. Y creo que tiene razón en lo principal: según él, la responsabilidad básica de ese ascenso es fundamentalmente europea; aparte de la complacencia en 1979 con la instauración del régimen de los ayatolás en Irán, habría otro factor significativo (que, curiosamente, ahora está muy de moda debido a razones cinematográficas anecdóticas), como es el atentado de Múnich en 1972 y la respuesta europea a éste. La tesis de Dershowitz es que, tras ese atentado, Europa prefiere una vez más, como siempre, rendirse antes de sufrir el riesgo de volverse a ver atacada. Y, efectivamente, es después de ese atentado cuando todos los países europeos empiezan a admitir delegaciones oficiales de la OLP en sus capitales, y empiezan a financiar económicamente a la OLP

En este tipo de asuntos ocurre siempre lo mismo: allá donde no hay una respuesta firme, lo que se está propiciando es el ascenso de elementos incontrolables. Europa pensó que podía blindarse respecto de esto y que, de algún modo, Israel pagaría la cuenta (o, al menos, por delegación, Estados Unidos). Y aún en el día de hoy es muy alto el porcentaje de europeos que se niegan a aceptar lo evidente: y es que el objetivo primero del yihadismo es ni más ni menos que Europa, entre otros motivos porque es en Europa donde existe la mayor concentración de población islámica fuera de los territorios islámicos tradicionales, árabes y asiáticos.

P. —. De algún modo volvemos entonces a aquello que usted señalaba al principio de nuestra conversación: lo que tendríamos aquí sería una prueba más de la carencia de ese rigor en el análisis de la realidad que usted consideraba como un imperativo ético.

      R. —. En efecto. Europa viene negándose la realidad desde 1919.

P. —. Y, por lo tanto, no sería preciso reclamar aquí ningún tipo de esperanza (algo así como «apostemos por defender Europa contra viento y marea»), sino que bastaría con pedir que, al menos, no nos engañemos sobre la realidad que tenemos ante nuestros ojos.

R. —. Cierto. Europa se está suicidando. Y nadie puede impedirle que se suicide. Tiene todo el derecho de hacerlo. Pero que no se diga que está haciendo otra cosa, que está «construyendo el futuro» o algo así. Simplemente, se está suicidando.

P. —. Si me lo permite, don Gabriel, voy a plantearle ahora una pequeña paradoja que se me ocurre tras todo lo que llevamos charlado. En una declaración suya de no hace mucho tiempo afirmaba usted que «el fin del Estado-nación no puede sino regocijarme»[13]. ¿No resulta esta frase un tanto contradictoria con lo que me ha ido exponiendo hasta ahora en esta entrevista?

R. —. Bueno, eso era una hipérbole. Por supuesto, a mí el Estado no me es simpático: a ningún ciudadano, a ningún individuo le puede ser simpático el Estado; entre otras razones, como dice Spinoza en su Tratado Político, porque el Estado es un individuo colectivo que concentra en sí tal cúmulo de potencia, que cualquier individuo que pudiera levantarse contra él acabaría siendo apisonado. Por ello, lo que caracteriza al Estado moderno es el intentar acotar zonas de autodefensa ciudadana frente a esa omnipotencia del Estado: sin ellas quedaríamos inermes. Por eso yo afirmo, naturalmente, que a mí el Estado me cae antipatiquísimo; ahora bien, sé perfectamente (como sabe Spinoza, y como sabe cualquiera que no sea imbécil) que entre los distintos Estados hay formas más habitables y otras menos habitables. Yo eso mismo lo he comentado varias veces con mis viejos amigos de tradición izquierdista que nunca han querido entenderlo: «Mira, entre Israel y los países colindantes hay para nosotros, para ti y para mí, una diferencia esencial», les he dicho, «y es que en cualquiera de los países colindantes nos hubieran fusilado antes de llegar a los 19 años, y en Israel no. Será una diferencia mínima; pero ya, en el punto en el que estamos, tendremos que ponemos a defender también esas diferencias mínimas».

Para mí en ese juego de la autodefensa ciudadana, de limitar la capacidad demoledora de las grandes máquinas de concentración de poder, se juega todo. La única zona de libertad que tenemos es ésa: en la que logremos limitar el poder. En un modelo como el islamista en el que, no ya el Estado en este caso, sino la Umma, la comunidad de los creyentes, es la potencia que se impone sobre cualquier tipo de contenido individual, desde luego la libertad se ve fuertemente menguada. Basta con leerse el Corán (hemos llegado a un momento que haría sumamente necesario que la gente se lo leyese): allí comprobaríamos que la pena impuesta por el Corán hacia los ateos es la de ejecución inmediata; hacia los monoteístas no islámicos, la pena reside en diversas formas de opresión.

P. —. ¿Cree usted que el terrorismo islámico estaría, como ha aventurado André Glucksmann [14], transido de nihilismo?

R. —. No. Ese me parece un grandísimo error de Glucksmann, aparte de que implica una utilización metafórica de los términos con la cual hay que tener mucho cuidado. El nihilismo clásico, es decir, aquel que en la política europea hace referencia a los nihilistas rusos, proviene de una tradición fuertemente intelectualista, que lo que plantea es justamente la voladura de todos los sistemas de certidumbre y de solidez. (Por cierto: yo no estoy defendiendo eso, pues ya sabemos a qué conduce: basta con leer Los diablos, de Dostoievski.)

Por el contrario, el yihadismo, o el islamismo en general, defienden exactamente lo contrario: el islamismo (e incluso podríamos decir que el islam mismo) abogan por un sistema teocrático, donde no hay espacio para nada que no sea la certidumbre, y la certidumbre más perfecta. Yes que, a diferencia de los otros libros de las religiones monoteístas, que aparecen como escritos por hombres que interpretan la palabra de Dios (y que por lo tanto requieren exégesis: una cosa maravillosa, pues es precisamente en ese campo de la exégesis donde uno puede buscar fisuras, campos de fuga, etcétera), con el Corán no ocurre eso: el Corán es un objeto que existe en el cielo, con anterioridad por lo tanto a su dictado, y que Dios luego dicta a una sola persona y en un solo ámbito temporal. Otros libros sagrados son esencialmente narrativos, y por consiguiente, en cuanto tales, juegan continuamente con la alegoría y con la metáfora; el Corán, en cambio, es fundamentalmente normativo, con lo que su punto de fuga posible es prácticamente igual a cero,

P. —. Don Gabriel, en cierto sentido me da la sensación de que en esta entrevista hemos ido trazando un recorrido que iría desde lo más particular (su propia evolución intelectual, sus maestros y su época de juventud) hasta asuntos cada vez más y más generales (la corrupción política, el terrorismo, el rol del Estado-nación, el islam). Para ir concluyendo, pues, me gustaría que me dijese usted algo sobre ese otro asunto general (tal vez, el más general de todos) que es la globalización hodierna. Y tal vez podríamos tomar pie para ello de las tesis del libro Imperio, de Toni Negri y Michael Hardt[15] . Según éstas, en nuestros días estaríamos viviendo una situación imperialista en la cual, sin embargo, la potencia imperial no resultaría identificable con ningún Estado-nación concreto.

R. —. Esa idea de Imperio me parece una noción extremadamente inteligente. Con excepción de las páginas finales del libro (que me parecen un tanto postizas: me refiero a esas páginas sobre Francisco de Asís, etcétera...), a mí Imperio me parece un muy buen libro. Y, sin embargo, creo que el segundo volumen, Multitud, en el que Hardt y Negri trataban de prolongar las tesis de Imperio añadiendo sus propias propuestas programáticas[16] , resulta mucho más deficiente.

En definitiva, lo que Imperio venía a decir es que la construcción de la economía en nuestros días (la economía del Imperio) no es equivalente a la de los modelos del imperialismo del que habló Lenin o a la del colonialismo clásico, con una potencia centralizada que expande su capital y hace revertir sus ganancias hacia el centro; sino que lo que caracteriza la estructura actual de la economía mundial es la «economía-mundo», en la que el Imperio no es localizable como espacio físico. Cuando apareció el libro de Negri y Hardt, yo insistí en que aquello era un mentís muy bien construido de los infantilismos existentes en los movimientos antiglobalización (si bien es justo en este sentido en el que la segunda parte, Multitud, me parece que deja mucho que desear).

Y es que proponer una antiglobalización en nuestros días me parece similar a aquello que defendían los luditas en el momento de la revolución industrial. Es ahí donde la crítica de Marx resulta impecable: rompiendo máquinas no va a ser como se solucione la situación de los obreros, pues ese anhelo de dar marcha atrás está abocado al fracaso; así sólo se puede ser ridículo y, a fin de cuentas, extremadamente malvado, pues si bien el desarrollo de la técnica puede estar creando actualmente problemas en un sector determinado del artesanado, a la postre eso es lo que nos va a posibilitar vivir en unas condiciones económicas, si no mejores, sí como mínimo menos malas. En lo que concierne a la globalización, resulta igualmente de una maldad impensable la obsesión por retomar a economías nacionales cerradas. Pues una lección histórica importante de los últimos tiempos es la siguiente: que ha sido sólo gracias a la mundialización de la economía como se les ha permitido a grandes zonas del mundo, que hasta hace poco estaban hundidas en el más craso subdesarrollo, experimentar un salto económico descomunal (pensemos especialmente en amplias zonas de Asia). La telemática y la universalización de los modelos informáticos han conseguido que, con muy pequeñas potencias, uno pueda penetrar en áreas de mercado que, hasta hace muy pocos años, estaban reservadas a países con unos recursos económicos monumentales.

Naturalmente, esto requiere, en primer lugar, de una gran capacidad de adaptación a los nuevos modos de producción (fundamentalmente inmateriales, como en el ejemplo de la innovación telemática); pero también precisa de un fortísimo cambio de mentalidad a la hora de situarse en la esfera de lo productivo. De hecho, uno de los motivos de la crispación loca (en el límite del delirio) de los países, no tanto islámicos, sino de los países islámicos árabes, durante los últimos veinte o quince años reside en este factor. Si uno toma en términos relativos las economías del Sureste asiático por comparación a las de países como Argelia o Egipto en aquellos tiempos, uno percibe entre ellas una distancia abismal: pero una distancia favorable a esos Estados árabes islámicos. Hoy esa relación se ha invertido —y lo ha hecho, incluso, con respecto a países asiáticos también musulmanes, como Indonesia, donde reside la mayor cantidad de población islámica—. De modo que la pregunta durante estos últimos años en todos los países árabes es: ¿Qué maldad deliberada, qué conspiración ha podido producir esto —que nuestras economías, ligadas a la producción nada menos que del petróleo, no hayan hecho nada más que hundirse desde mediados de los años 70, mientras que países que por aquel entonces estaban en un pozo, hoy se encuentren entre los más desarrollados del mundo—? Este planteamiento parece infantil, pero se puede encontrar frecuentemente justo en estos términos. Y la respuesta recurre por lo general a la noción de una conspiración «judeocristiana», apoyada fundamentalmente en Israel y Estados Unidos, que se ha propuesto con vehemencia mantener al mundo árabe en una situación de subdesarrollo, con un boicot constante y un rechazo sostenido.

P. —.  Esto me recuerda un comentario que hace poco tuve ocasión de escuchar al catedrático de Filología Árabe en la Universidad Autónoma de Madrid, Serafín Fanjul, el cual aseveraba que una de las palabras que más se repiten en los medios de comunicación árabes es precisamente esa: «Conspiración».

R. —. De hecho, hay varios sitios de internet donde se puede consultar ese mismo extremo: por ejemplo, en http://www.memri.org. Yes que en efecto no existe, si no, otra manera de vender esa idea a la gente.

P. —. Me parece que todo esto enlaza perfectamente con algo que no quería dejar sin preguntarle, pues le ha ocupado muchos esfuerzos. Se trata de su opinión sobre la cuestión judía. De hecho, usted piensa que no existe tal «cuestión judía», sino más bien una «cuestión judeófoba», ¿no es cierto?

R. —. A mí el judaísmo es un asunto que me ha interesado desde muy pronto. Entre mis primeros intereses (desde los quince o dieciséis años) estuvo Jean-Paul Sartre; y entre aquellos libros suyos que realmente me produjeron una revelación teórica se encuentra lo que, para mí, es una de sus obras maestras: las Réflexions sur la question juive, que, por cierto, hace poco se ha vuelto a traducir[17]. Y la tesis de Sartre es justamente ésa también: no hay cuestión judía, sino cuestión antisemita o judeófoba, como se la quiera llamar. Las fobias no son algo que surja injustificadamente: el antisemitismo clásico, el europeo (pues, evidentemente, en el caso islámico el asunto adquiere otros tintes), es algo que emerge vinculado a la formación de la modernidad europea, al modo mediante el cual se produce la identificación de lo europeo frente a aquello otro que, estando dentro de Europa, parece sin embargo como una amenaza hacia ella.

El mecanismo, al fin y al cabo, es clásico: Freud analiza maravillosamente estos mecanismos de identificación (no con respecto al antisemitismo, sino en general) en sus trabajos de entre 1914 y 1919, los más relacionados con la pulsión de muerte. Y es que la pulsión de identidad es lo mismo que la pulsión de muerte. La pulsión de identidad es aquello que yo me invento cuando algo en mí razona diciéndome lo que soy: pero esa identidad no es más que un «cuento chino». Tú no eres una identidad, sino un nudo de lenguas, un nudo de representaciones que se pueden desanudar en cualquier momento. Naturalmente, con respecto a esto hay dos posibilidades: La primera consiste en entender que ese desanudamiento, que esa no substancialidad del sujeto, que ese carácter no idéntico del mismo es precisamente el punto de quiebra en el cual se puede introducir la libertad; pues la libertad no es más que eso precisamente que me permite jugar con las diferentes ficciones de identidad en que se mueve mi yo —y saber que son ficciones—. Ahora bien, una segunda posibilidad resulta más problemática: se trata de sentir cierta crispación sobre la identidad. ¿En qué consistiría ésta? Residiría en haber admitido que algo en mi yo huye continuamente, y entonces alimentar el deseo (letal, por lo demás) de retornar a lo idéntico, a lo que era yo antes de que el yo fuese esta multiplicidad. Y eso sólo se puede hacer mediante un mecanismo que creo que Freud analiza majestuosamente, y que es el mecanismo de las fobias. Pues únicamente al construir una red de fobias sólidas, frente a las cuales sea preciso blindarme, puedo recuperar esa estabilidad total del yo: yo soy lo que no es ese otro.

Sarre analiza, pues, tal mecanismo con respecto a los judíos de una forma magistral en el texto que ya hemos aducido; y lo hace de una manera que resulta paralela a la de otra de sus grandes obras, que a mí me gusta muchísimo, Saint Genet, comédien et martyr[18], en el cual hace lo mismo exactamente en el plano individual: ¿De dónde viene la importancia de la obra de Jean Genet? Precisamente de esa necesidad de ir construyendo un paradigma negativo frente a la sociedad que aparece ante el individuo como una amenaza permanente.

Para mí, desde la primera vez que leí a Sartre me fue absolutamente clara la tesis que él mantenía: que en las sociedades actuales hemos comprendido hasta qué punto el antijudaísmo es la fobia básica que busca una identificación (búsqueda que es idéntica a la pulsión de muerte); y, por ello, que después de Auschwitz todos somos judíos... o bien todos somos un horror.

Por lo demás, en lo que concierne al conflicto israelo-palestino, hay que tener varias cosas claras: Palestina, si en la guerra de 1948 hubiesen vencido los países de la Liga Árabe, hubiese desaparecido. Pues en esa guerra estos países se levantan no sólo contra la existencia del Estado de Israel, sino también, simultáneamente, contra la existencia del Estado palestino previsto por la partición de las Naciones Unidas. Además, en lo que concierne a esa línea de confrontación, como comentábamos antes, hay para mi algo absolutamente patente: puede que sea sólo un pequeño matiz, pero ese pequeño matiz es que Israel es el único Estado garantista de la zona; el único Estado en el que quien desee pensar de un modo laico, sin más, puede existir. La defensa del único polo de sociedad garantista del Cercano Oriente me parece un elemento que debería haber sido esencial, y por su propio interés, para la Europa de la segunda mitad del siglo XX. Yesa Europa se encuentra ahora con que la situación que ella misma ha generado en el Cercano Oriente ha pasado a ser incontrolable. Lo que se ha producido hace unos días, por ejemplo, en las elecciones palestinas, donde ha vencido Hamás, ha sorprendido a otros, pero a mí no: era de una lógica inapelable; una vez que en el 2000 la OLP o Yasir Arafat más específicamente, se negó en redondo a acometer el acto de constitución nacional (que entre otras cosas hubiera implicado la formación de un ejército nacional y el desarme de los grupos irregulares; con todos los aspectos amargos que, en suma, supone siempre la construcción de un Estado-nación), entonces la única vía que quedaba abierta era ésta: pues, si no hay Estado-nación, lo que hay es Umma, es islam.

P. —. A modo de balance final de todo lo dicho, don Gabriel: ¿Qué tareas piensa usted que son los nodos cardinales que quedan por pensar ahora en lo político?

      R. —. Lo antipolítico.

      P. —. Lo antipolítico. Hoy como siempre.

R. —. Hoy más que nunca. A mí es lo que me preocupa. Desde que acabé el Diccionario de adioses no hago más que darle vueltas, tomar notas. Y todavía no le encuentro una línea expositiva clara. Pero es lo que he tratado siempre de ir haciendo en mis columnas, y aún más en los últimos tiempos. El ciudadano está acosado cada vez más por una dinámica invasiva de lo político como imposición de Estado. Y yo pienso que hoy la salvación del ciudadano pasa por saber acotar las líneas de defensa y las líneas de impenetrabilidad. Del mismo modo que las sociedades modernas se articularon sobre el muro establecido entre el espacio religioso y el espacio político, yo creo que hoy cada vez más debemos ir fundamentando cuáles son las líneas de demarcación que dejen espacio para algo que, por lo demás, el primero que lo formula es Louis Antoine Saint-Just, cuando afirma aquello tan bello de que la vida privada es el territorio sagrado del ciudadano, y que el Estado no debe ni rozarlo. Es éste un proyecto muy limitado: al contrario de aquello que podíamos pensar hace veinte o treinta años, cuando se trataba de establecer grandes modelos salvíficos, hoy el asunto es meramente defensivo. Pero esa defensa hoy en día es una cuestión de supervivencia.

      P. —. ¿Cabría llamar a tal defensa «liberal»?

R. —. No lo sé. Y, sobre todo, no me gustaría etiquetar. Para pensar, y más para hacerlo en un momento como el actual, en el que creo que nos hemos quedado flotando en el aire, hay que tratar de ir produciendo análisis concretos, y tal vez alguna vez le podamos dar un nombre a todo ello. Pero dejémoslo sin nombre de momento.


Miguel Ángel Quintana Paz, Cuaderno gris, nº. 9, 2007 8, págs. 61-88



[1] Gustavo Bueno: El mito de la izquierda. Barcelona: Ediciones B, 2003.

[2] Ray Monk: Wittgenstein: The Duty of a Genius. Londres: Vintage, 1991.

[3] Gabriel Albiac: La opción sobre el dominio del significante en El Capital de K Marx. Madrid: Facultad de filosofía y Letras, Universidad Complutense, 1976.

[4] Jean-Paul Sartre: Materialismo y revolución (traducción de Bernardo Guillén). Buenos Aires: Dédalo, 1960 [edición original: 1946].

[5] Roland Barthes: El grado cero de la escritura, seguido de Nuevos ensayos críticos (traducción de Nicolás Rosa). Madrid: Siglo XXI, 2005 (edición original: 1953).

[6] Arthur Koestler: El cero y el infinito (traducción de Eugenia Serrano Balanyà). Barcelona: Círculo de Lectores, 2001 [edición original: 1940].

[7] Louis Althusser: Curso de filosofía para científicos (traducción de Albert Roies). Barcelona: Laia, 1975 [edición original: 1967].

[8] Antonio Damasio: En busca de Spinoza (traducción de Joandomànec Ros). Barcelona: Crítica, 2005 [edición original: 2003].

[9] Gabriel Albiac: La synagogue vide: les sources marranes du spinozisme (traducción de Marie-Lucie Copete y Jean-Frédéric Schaub). París: Presses Universitaires de France, 1994.

[10] El ¿republicano? al cual cita Albiac alude a José Solís Ruiz (1913-1980), que participó en diversos gobiernos de Franco como secretario general del Movimiento (1957-1969), y como ministro de Trabajo entre 1975 y 1976. Ligado desde siempre al sindicalismo y a las «políticas sociales», su imagen política se asoció pronto con la de una figura presuntamente campechana y dialogante.

[11] Hermann Rauschning: Gesprãche mit Hitler. Zúrich-Nueva York: Europa Verlag, 1940.

[12] Alan M. Dershowitz, ¿Por qué aumenta el terrorismo? Para comprender la amenaza y responder al desaFo (traducción de Gabriel Rosón). Madrid: Encuentro, 2004.

[13]Gabriel Albiac, Encuentro digital, en el diario electrónico elmundo.es (25 julio 2001), http://www.elmundo.es/encuentms/invitados/2mI/07/67.

[14] André Glucksmann: Dostoievski en Manhattan (traducción de María Cordón). Taurus: Madrid, 2002 [edición original: 2002]; Occidente contra Occidente (traducción de Mónica Rubio). Taurus: Madrid, 2004 [edición original: 2003]; El discurso del odio (traducción de Mónica Rubio). Taurus: Madrid, 2005 [edición original: 2004).

[15] Antonio Negri y Michael Hardt: Imperio (traducción de Alcira Bixio). Barcelona: Paidós, 2002 [edición original: 2000].

[16] Antonio Negri y Michael Hardt: Multitud guerra y democracia en la era del imperio (traducción de Juan Antonio Bravo). Barcelona: Debate, 2004 [edición original: 2004].

[17] Jean-Paul Sartre: Reflexiones sobre la cuestión judía (traducción de Juana Salabcrt)- Barcelona: Seix Barral, 2005.

[18] Jean-Paul Sartre: San Genet, comediante mártir (traducción de Luis Echávarri). Buenos Aires: Losada, 1967.

miércoles, 3 de agosto de 2022

"Ucrania, 1978" (ABC Dominical, noviembre-diciembre de 1978) por Guillermo DIAZ-PLAJA

 


KIEV, LA BIEN ARBOLADA

AUN cuando una presencia aborrascada de nubes de plomo amenaza ya los últimos días del verano moscovita, basta descender hacia Ucrania, para abrírsele una esperanza de luz.

Al romper el alba, el tren que me conduce a Kiev penetra un nuevo paisaje. Quedan atrás las manchas boscosas verde-húmedas de abetos y abedules, para ingresar en un panorama fértil y bien labrado. Pasamos de la fronda a la agricultura. Esta es la tierra negra, feraz, que empuja océanos de espigas, para este granero de todas las Rusias que es la tierra de Ucrania. Las dachas campesinas se levantan al borde de caminos bien trazados. El cielo es más claro, y un sol todavía febriscente abre girones de azul en el cielo anubarrado. Bate el viento las copas de los árboles. Nos acercamos al bucle inmenso del Dniéper, en cuyas dos orillas -separadas por un kilómetro de fuerza fluvial- se alza Kiev, cuna y primera capital de todas las Rusias, raíz originaria del alma eslava, como Bizancio es el origen de su espiritualidad religiosa, transmitida especialmente por la escritura cirílica, que inventaron los santos de la iglesia ortodoxa Cirilo y Metodio en el siglo X.

Cada vez que me asomo a este tema se remueve en mí el asombro ante la hazaña de este cristianismo oriental, fiel a sí mismo, primer traductor de los evangelios al griego y, finalmente, mantenedor intransigente del Credo de Nicea, en el quo dice que el Espíritu Santo procede del Padre por mediación del Hijo, mientras que los católicos proclaman que procede conjuntamente del Padre y del Hijo (filioque). He aquí, como una conjunción copulativa es capaz de desgarrar una creencia y dividir hasta hoy mismo los espíritus, a pesar de la presencia creciente de las ideas ecuménicas.

Rusia es, pues, desde su origen, fiel a la creencia ortodoxa y, desde la raíz meridional, precisamente en Kiev, inicia su singular andadura histórica.

En cualquier caso, yo guardo en mi corazón un inmenso respeto para esa Iglesia jerárquica y tenaz, que ha servido de bastión defensivo de Cristo ante las amenazas del Este asiático que, hoy mismo, bajo el poder ateo de los soviets, ha conseguido (gracias especialmente a la actitud de su Patriarca durante la invasión hitleriana) un consenso que la permite mantener seminarios que, como el de Zagorsk, es una muestra de continuidad cultural y religiosa que prosigue el culto y la espléndida liturgia bizantina en algunas iglesias. Y yo no he faltado, en este viaje -como en todos-, a la Catedral de la Transfiguración de Moscú, a la misa dominical oficiada por su Arzobispo, Monseñor Pimen, Patriarca de todas las Rusias, Patriarca de todas las Rusias, para embelesarme con la maravilla del oro y del incienso, con la solemne ceremonia, y con la prodigiosa armonía de los cantos litúrgicos del coro y de los fieles.

Partiendo de esta fidelidad milenaria, Kíev, adelantada en el tiempo-siglo X-, de la iglesia ortodoxa en Rusia, inicia su singular andadura histórica, que comienza por un itinerario que va de sur a norte: Kiev es la primera etapa; Moscú, la segunda; San Petersburgo, la tercera, como tres etapas de enlace de sus gentes con la tradición religiosa que procede la palabra de Pablo y de Juan Crisóstomo. Rusia es, pues, una emanación del cristianismo que impregna de ardores místicos el alma eslava, en esa bien llamada tercera Roma.

Así esta Ucrania de San Vladimir, padre de la patria, cuyo eco reverencial tenemos en la lavra o conjunto monástico que aparece en una montaña que se alza en el mismo corazón de Kiev, como un collar de cúpulas de oro, centrado por una torre bellísima con ecos del Bernini y de Brunelleschi.

Así la ciudad cabalga -como Roma- en una sucesión de colinas junto al Dniéper, en una situación que recuerda, de algún modo, la ubicación de Budapest sobre el Danubio. Sólo que esta es más rica de esplendor arborescente. Hasta dos mil hectáreas de parques y jardines exhiben orgullosamente los habitantes de la ciudad, que ofrece el ejemplo insólito de ciento veinte metros cuadrados de vegetación por cada habitante, llenando el setenta por ciento del recinto de la capital.

Kiev es, acaso, la ciudad más arbolada que yo he visto; la de más densa riqueza vegetal que preside capital alguna en Europa. Ya no son abetos y abedules. Son los grandes álamos, los inmensos castaños, las frescas acacias, las cuales tornean las grandes avenidas e informan los parques ondulados sobre las perspectivas en desnivel escenográfico y en un señorial trazado urbanístico de anchas avenidas flanqueadas por una arquitectura policroma.

Desde lo alto de esta hermosura vegetal el Dniéper inmenso, abraza una parte de la ciudad, antes de abandonarla camino del Mar Negro. Es un esplendor de fronda; un juego de esmeraldas que alegra el corazón y que, en estos días otoñales, alcanza un trémolo de oro.

Por la tarde, yo recomendarla el clásico paseo en uno de los barcos-mosca que recorren las orillas, para ver como las cúpulas de oro de la lavra, se enfrentan con el perfil limpísimo de la catedral de Santa Sofía.

La lavra, conjunto monástico desafectado de los servicios religiosos, adquiere una frialdad de museo, aun cuando la visita de las Catacumbas de los primeros cristianos ucranianos, no deja de sobrecoger el ánimo del visitante. El contorno arquitectónico está ceñido por un collar de cúpulas de oro centrado por una torre que es, como hemos dicho, como una síntesis del genio italiano del Renacimiento.

Descubrimos así, que el centro de la difusión que se instala entre Roma y Florencia, alcanza una fabulosa geografía que abarca no sólo los perfiles inmediatos de Liubliana, Viena, Praga o Múnich, sino que se encarama. Europa arriba, al círculo máximo, por obra del arquitecto Rastrelli (ya en el siglo XVIII), que se llama Varsovia, San Petersburgo y-acabamos de verlo- Kiev.

A esta luz de continuidad histórica intentaremos dibujar la línea de nuestras meditaciones.

5 de noviembre de 1979, ABC Dominical, pp. 5 y 7.

***



LA LUCHA POR LA LIBERTAD

PERO Kiev no es solamente el ejemplo de una fidelidad religiosa, que recibe de Bizancio y que proyectará sobre todas las Rustas, sino una cuña histórica que alumbrará una conciencia nacional, llamada Ucrania.

Los historiadores señalan el esquema cronológico a partir del momento en que San Vladimiro (980-1015) lleva el Cristianismo a Kiev y crea un primer recinto fortificado, en un gesto fundacional que continúa la figura del rey Jaroslav «el Sabio» (1019-1054), que, con una nueva línea amurallada de 16 metros de alto, eleva las iglesias de Santa Irene y de Santa Sofía -bellísima en su restauración actual- y dibuja ya un contorno nacional que hoy se extiende sobre una extensión de 600.000 kilómetros cuadrados y que alberga a una población de 45.000 000 de habitantes, constituyendo hoy una de las Repúblicas Soviéticas (la otra es Bielorrusia) que tiene el privilegio de tener representación en el hemiciclo de las Naciones Unidas, El motivo político, se dice, es como compensación honorífica a los sufrimientos padecidos durante la invasión hitleriana Pero los sufrimientos no fueron, desgraciadamente, patrimonio único de estos pueblos. Y así hay que buscar una explicación más convincente para entender la excepcional dignidad otorgada a estas dos repúblicas que viven a la sombra de la estrella soviética.

Por lo que se refiere a Ucrania, ya hemos señalado su dimensión geográfica, su importancia demográfica, así como su entidad histórica a partir de los siglos X y XI, en los que surgen sucesivamente, como hemos visto, el fundador religioso y la realidad cultural. Uno y otro son los fundadores materiales del núcleo originario de la ciudad de Kiev, situado en la más alta de sus colinas. Signo bien representativo de que se acercan jornadas dramáticas: luchas internas y ataques del exterior; feroces contiendas feudales y la creciente amenaza de mongoles, tártaros turcos y polacos, que harán de Ucrania una tierra de heroísmo y de sangre. Sólo la incorporación de este territorio a la Rusia de Pedro el Grande -1654- proporcionará al país una cierta seguridad, aunque no falten los elementos de desasosiego para las gentes humildes, sometidas a servidumbre -prácticamente a esclavitud- por parte de los propios terratenientes ucranianos, que muchas veces estaban enlazados con la aristocracia polaca y teutona.

Todos estos elementos se conjugan, en esta tierra abierta y generosa, que, al acicate de la opresión, no puede ofrecer otra cosa que la fidelidad a su lengua, a su religión, a su cultura. Pero el tiempo de los recobramientos nacionales está muy lejano, y no podrá apuntar hasta que, en el siglo XIX, la llama de los romanticismos prenda desde la raíz popular, de cada colectividad histórica.

Entre tanto el látigo de los zares azota el rostro de las gentes ucranianas, de natural pacífico y jovial, como se muestra en sus canciones y bailes populares; como lo hace pronosticar una naturaleza cuyo único defecto estriba en ser tan abierta, tan fácil al cuchillo del invasor. Fiel a ese destino, Ucrania se limita a ser una pieza más en la corona de oro de los zares, en cuyo derredor se asienta la sociedad aristocrática del país, instalándose en sus lujosos palacetes de Moscú.

En esta situación histórica se encuentra cuando se produce la Revolución de Octubre, que integra a Polonia Ucrania como una de las Repúblicas Socialistas que son el fruto del leninismo triunfante. Las consignas de la clase vencedora son de defensa de los valores culturales autóctonos y de autonomía de los poderes políticos específicamente ucranianos, habiendo fracasado, en cambio, el intento de un «soviet» ucraniano (1917) desgajado de Moscú, que se apresuró a aplastar el movimiento disidente (1920), incorporando el territorio ucraniano a la U.R.S.S., ya que el poder soviético decidió no ceder ni un ápice de los territorios incorporados por el insaciable imperialismo de la Rusia zarista. Y en esta política han permanecido impávidos.

En esta situación se produce la invasión hitleriana de 1941. Ucrania fue fiel a su vocación de tierra-victima. Sus llanuras -sin apenas obstáculos orográficos- se abrieron a la guerra-relámpago de las divisiones alemanas, y tras unos torpes intentos por parte de los invasores de aprovechar los sentimientos nacionalistas del país, Ucrania hubo de padecer una invasión terriblemente dura. Durante dos años -1941-1943- Kiev fue ocupado por las tropas alemanas. Doscientos mil patriotas ucranianos fueron pasados por las armas, como recuerda al caminante el sobrio y patético monumento que decora uno de los hermosos parques de la ciudad. En otro de los parques, otro monumento -al que dan guardia perpetua los muchachos uniformados de la juventud comunista, «Konsomol»-, recuerda a los demás sacrificados: a los que murieron en el campo de batalla.

Así selló Ucrania su fidelidad al mundo eslavo. Seis mil edificios destruidos fueron el balance de esos dos años trágicos. Ni siquiera el sonriente verdor de sus jardines ha logrado borrar el rastro de tanta tragedia.

12 de noviembre de 1979, ABC Dominical, pp. 35 y 77.

***


LA VOZ DE LOS POETAS

EL documento identidad de los pueblos es su lengua. Ucrania posee ese elemento de autenticidad, sostenido por cuarenta y cinco millones de habitantes. Y, naturalmente, por una legión de poetas, dramaturgos y novelistas.

He tenido el honor de ser recibido, con los amigos que me acompañan, por el pleno directivo de la Unión de Escritores Soviéticos de Ucrania -que posee un millar de miembros- y he visto el orgullo con que nos muestran sus realizaciones que patentizan el predominio casi total del ucraniano sobre el ruso -en los libros y en los periódicos, uno de los cuales Becebit (Mundo)- es un alarde de información cultural y literaria.

Esta literatura surge espontánea a lo largo de los siglos difíciles -de opresión polaca, mongola y rusa- en forma de cantores populares que, al son de la bandurria típica ucraniana, llamada coksbar, evocan el dolor y la alegría del pueblo humilde, al modo como lo hacen los payadores de la lengua argentina. El Martin Fierro de estas gentes se llamó Tarass Schevetchenko, en cuyo honor se levanta, en Kiev, un museo monográfico, que yo podría proponer como ejemplo. La circunstancia de que el gran poeta lírico fuera, también, un excelente pintor, favorece el atractivo de la institución, que ha podido reunir sus mejores muestras, válidas tanto como ejemplos notables del pos-romanticismo y del realismo, como insuperables documentos de época.

Pero es en el poeta, claro está, donde el análisis del alma ucraniana puede realizarse. Me he acercado, pues, a la poesía de Schevetchenko, partiendo de traducciones al español, debidas a la pluma de Rafael Estrela, uno de esos hombres a los que el viento de nuestra guerra civil llevó a estas tierras ucranianas y que, providencialmente, se ha convertido en el primer conductor del hispanismo en Ucrania.

Digamos que el poeta nació en 1814, de una familia de siervos. Su dueño apercibido de su talento le permitió dedicarse al dibujo y le costeó sus estudios, con idea de aprovecharse de su producción. Pero su rápida fama le llevó a que un grupo de patricios presididos por el mejor pintor ucraniano de todos los tiempos -Brulov-quien sorteó una de sus obras para reunir los doscientos rublos que el amo pedía para extender el documento de libertad que le permitió, por fin, ingresar en la Academia de Bellas Artes, de la que acabó siendo académico de honor.

Pero, paralelamente, Schevetchenko empezó a publicar poesías, que recogió en 1840, en un libro que publicó bajo el título de Kosbar el instrumento popular. En estas poesías late todo el dolor de los humildes -bajo el látigo de los terratenientes polacos, que dominaban el país-. Pero expresar este dolor no había de ser grato a la policía del Zar, quien lo desterró a una guarnición de la frontera del Cáucaso (1847) y después a la fortaleza de Orsk con orden estricta de que se le prohibiese escribir y pintar. En el museo que recuerda su obra pueden verse algunos bocetos dibujados a escondidas y el cuadernillo que ocultaba en las botas y en el que proseguía su lección de patriotismo. En 1850, obtuvo su libertad y, envejecido y triste, vivió en Nizhni Nóvgorod, Kos-Aral y San Petesburgo, escribiendo y pintando, en testimonio doble de amor a la tierra, a sus paisajes y a su historia, cantando las hazañas de los antiguos héroes ucranianos como Taras Fiodorovich, que se sublevó en 1630, o los gaidamaks o guerreros que, a lo largo del siglo XVIII, se rebelaron contra el poder polaco o creando historias sentimentales sobre el dolor del pueblo, como el de una muchacha humilde deshonrada por su amo, que sirvió después de tema a la famosa ópera de Mussorski La Kovantchina.

Así este Martín Fierro de la estepa ucraniana ha conquistado su categoría de héroe testimonial del dolor y de la gloria de su patria. Temas que se repiten a lo largo de la historia de este país, y que alcanzan una nueva cúspide con la figura de Ivan Frankó (1856-1916), una selección de cuya obra he podido leer al castellano gracias a la Editorial Progreso de Moscú. Considerado como el último clásico de la literatura ucraniana, que en sus relatos en prosa recoge el dolor de las gentes humildes con certero pincel de costumbrista, como en sus poemas, todo ello bajo un signo político de izquierda, que lo convierte en vocero de la Revolución de 1917. Todo ello sostenido por un amor continuo a la patria y a sus gentes, tal como él expresaba en su poema de 1880, traducido por A. Herraiz:

Tierra madre buena que todo lo engendras

dame generosa el vigor que encierras

para que en la lucha mejor me mantenga,

¡Dame, madre, la fuerza!

 

Dame el cálido afecto que ensancha el pecho

que la sangre limpia de sentimiento

colmado el corazón, ilimitadamente

de amor puro a las gentes.

 

Y dame también fuego que caldee palabras

poderío trueno que conmueva las almas,

Para defender la verdad con ardor

¡dame eterna pasión!


Desde nuestra ladera actual de críticos, tanto las realizaciones de T. Schevetchenko, como las de Ivan Frankó se nos antojan llenas de las limitaciones líricas de su época, de los prosaísmos inevitables. Es una retórica de lucha y de los condicionamientos de una estética sentimental al uso. Pero desde nuestra atalaya de observadores del pueblo, la voz de uno y otro se nos aparecen como documentos insuperables.

Guillermo DIAZ-PLAJA

3 de diciembre de 1979, ABC Dominical, pp. 27 y 29

martes, 19 de abril de 2022

Entrevista a Leszek Kołakowski (Leviatán 4, Junio de 1981)

 


Alto, seco, anda apoyándose en un bastón y se toca con un sombrero negro de anchas alas. Nacido en Radom, en 1927, toda su parábola intelectual se inscribe bajo el signo de la herejía política y filosófica. Cabeza visible del revisionismo polaco, entró en conflicto con el establishment pseudo-liberal de Gomułka desde 1957. En 1956 los estudiantes fijaron a las puertas de la Universidad de Varsovia su manifiesto sobre el movimiento revisionista, como las tesis de Lutero en la iglesia de Wittenberg. Se formó en la escuela del empirismo lógico polaco, de Kotarbiński y Ajdukiewicz, y nunca fue filosóficamente ortodoxo. Schöngeist, un espíritu brillante y paradójico, prefirió siempre la forma breve del essai, afrontando las tensiones y las contradicciones de nuestra época sin ceder jamás a la tentación de reducirlas a uno de sus términos. Se halla igualmente cómodo con la temática existencialista y fenomenológica de Husserl y Heidegger que con las racionalistas de Popper, y su filosofía vive de la tensión permanente entre el pensamiento y la vida, en el rechazo constante de cualquier forma de saber absoluto. En 1968 deja Polonia y se instala en Inglaterra en 1970, después de un período de enseñanza en Berkeley y en Montreal. Hoy enseña filosofía teorética en el All Souls College de Oxford.

—Trata de plantear, como filósofo, las cuestiones fundamentales de nuestro tiempo. Considera no superadas las cuestiones clásicas de la filosofía. Se identifica con los valores socialistas, pero reconoce la pertinencia de cierta forma de espíritu conservador ante las aberraciones del espíritu revolucionario. ¿Se reconoce en este retrato de Jacques Dewitte?

KOŁAKOWSKI. —Existe alguna exageración. Por lo demás, como en todas las formulaciones elípticas, marcada por la afición a la paradoja. Con respecto al pensamiento filosófico, repetiría quizá la frase de Whitehead: «Toda la filosofía se resume en las notas a pie de página en Platón». Somos siempre prisioneros de las cuestiones formuladas por los griegos. Incluso si tratamos de encontrar un nuevo vocabulario, de refrescar de manera incesante nuestro modo de expresamos de acuerdo con los cambios de civilización; creo, sin embargo, que el corazón de la filosofía sigue estando constituido por algunas cuestiones permanentes que no envejecen.

—Usted nunca ha sido perfectamente ortodoxo en la filosofía, sino sólo en la práctica. ¿Qué buscaba un joven filósofo, crecido en la escuela de Kotarbiński y perteneciente a la filosofía analítica polaca, en el marxismo?

KOŁAKOWSKI. —En el marxismo siempre es difícil distinguir claramente las motivaciones políticas de las propiamente intelectuales y filosóficas. El marxismo no era una corriente importante en la tradición intelectual polaca. No obstante, mi generación encontró en él bastantes elementos atrayentes: creíamos que representaba la continuación del iluminismo, en contraste con la tradición conservadora que prevalecía en nuestra cultura. Mientras que, políticamente, después de la guerra y de los horrores de la ocupación nazi en Polonia, creímos que constituía la única fuerza capaz de contraponerse al fascismo y al nazismo. Además, pensábamos que era la única vía para crear una sociedad justa e igualitaria. Nuestros móviles, después de todo, no eran tan distintos de los que encontramos invariablemente entre los jóvenes de varias generaciones.

—Sin embargo, usted nunca se ha adherido plenamente a la filosofía del marxismo.

KOŁAKOWSKI. —En el tiempo en que fui miembro del partido, se me criticó muchas veces, tildándome de hereje. En los años 40 ya se dedicaron muchas reuniones políticas a mis herejías. Por lo demás, al igual que todos los de mi generación, crecidos en una tradición intelectual distinta, toleraba mal el increíble primitivismo del marxismo que enseñaban Pospelov y Alexandrov. Comparándolo con ellos Suslov, hoy, es un águila. La filosofía, como las ciencias sociales, habían desaparecido prácticamente. Sobre todo en la Unión Soviética, adonde nos enviaron para alcanzar las verdaderas fuentes del marxismo. Aun no siendo particularmente críticos, nos dábamos cuenta de este pavoroso vacío. Pero todavía encontrábamos algunas justificaciones. Pensábamos que debía ser el precio que había que pagar por defender el bastión del socialismo.

—Pero usted ya poseía anticuerpos. En los años 40 se integraba en la tradición critica del empirismo lógico polaco.

KOŁAKOWSKI. —Sólo durante cierto período. De estudiante me he formado en la escuela de lógica polaca de Tarski, Kotarbiński y Ajdukiewicz. Al cabo de tantos años, mirando las cosas retrospectivamente, nunca he encontrado totalmente satisfactoria esta tendencia. Siempre he estado tentado por cuestiones filosóficas tradicionales, que desde el punto de vista riguroso del empirismo lógico aparecen carentes de sentido, insolubles, falsamente planteadas. De todos modos, respeto siempre la tradición analítica como antídoto de la irresponsabilidad filosófica, del vaniloquio, como vínculo para formular los problemas en el modo más preciso posible y para controlar, con instrumentos lógicos, la especulación filosófica.

—Sólo en los confines occidentales del bloqueo comunista, la crítica democrática se ha transformado con frecuencia en revuelta. ¿No cree que la persistencia del pasado ha podido desempeñar un papel en ello? Entiendo por ello no solamente las tradiciones culturales, sino también las democráticas de estos países.

KOŁAKOWSKI. —No sólo en Polonia, sino también en Checoslovaquia y en Hungría, en los primeros decenios del siglo, ha habido una tradición democrática, aunque sea más frágil, de tipo europeo. Sin duda, estos elementos han contribuido, junto con las tradiciones culturales que también eran de tipo europeo, a la inquietud de estos países. Incluso aunque se tienda a olvidarle. Polonia nunca ha sido un país despótico. La falta de un poder central fuerte y sus instituciones parlamentarias, fundadas en el principio famoso de la unanimidad, contribuyeron a la caída del Estado polaco hacia finales del siglo XVIII. Las formas despóticas de gobierno se han importado del exterior.

Al principio, las minorías intelectuales han tenido un papel preponderante en la crítica democrática. ¿Cómo lo explica?

KOŁAKOWSKI. —En la posguerra, los movimientos de rebelión antitotalitaria empiezan por las minorías intelectuales y se difunden después en la publicación. Por el simple hecho de que empiezan siempre dentro del partido reclamando más democracia en el aparato. A todo esto ha contribuido no sólo la tradición católica, sino también la autonomía cultural que fue preservada por las minorías intelectuales.

—¿Quiere decir la tradición cultural europea?

KOŁAKOWSKI. —Desde que se inició el poder comunista en Polonia la población se sentía a disgusto, en una situación no natural. El país había sido arrancado por la fuerza de un ambiente histórico natural, imponiéndonos una forma de vida contraria a nuestra tradición. A pesar de todos los horrores de la guerra y de la ocupación, a pesar de la destrucción masiva de la intelligentzia polaca por parte de los nazis y después por los soviéticos, no se ha roto la continuidad cultural.

—¿Y la devastación del estalinismo?

KOŁAKOWSKI. —En Polonia, el estalinismo no ha adquirido formas extremadas y destructivas. De ahí que para los polacos haya sido relativamente fácil el desembarazarse mentalmente de sus presiones. En cambio, en Rusia ha sido bastante más difícil, donde purgas, matanzas y destrucción cultural han alcanzado una forma más consecuente e intransigente. Incluso en los años oscuros, del 50 al 53, han existido elementos de continuidad cultural en Polonia. El estalinismo nunca llegó al grado de consecuencia que alcanzó en Checoslovaquia. Sin embargo, el papel de las minorías intelectuales polacas hay que enjuiciarlo sobre el fondo de una resistencia pasiva de toda la población, que ha encamado sobre todo la Iglesia.

—Usted ha dado una voz a la crítica polaca de los años 50. Pero su crítica se ha expresado tan sólo en sentido negativo: como definición de lo que el socialismo no debe ser. ¿No era un límite de la cultura revisionista de la época?

KOŁAKOWSKI —Los revisionistas se rebelaban sobre todo contra el socialismo tal como era definido y practicado en los años del estalinismo. La forma negativa, crítica, por lo tanto, era natural. No poseíamos una clave de lo que el socialismo pudiera ser. Pero sabíamos perfectamente lo que el socialismo no es: el socialismo no es una sociedad donde hay más espías que enfermeros. No es un Estado que conoce la voluntad del pueblo antes, incluso, de preguntársela. No es un Estado al que le preocupa poco el ser odiado, con tal de que se le tema. Estas cosas las dije en una conferencia en 1956, cuyo texto fue fijado sobre la puerta de la Universidad de Varsovia.

—Carecían, sin embargo, de un proyecto.

KOŁAKOWSKI. —En un periodo que no duró mucho, pero que marcó una época, pensábamos que se podría cambiar el comunismo partiendo de sus propios principios. Pero no estaba claro qué es lo que pertenecía a los principios y qué, por el contrario, constituía las distorsiones o los accidentes históricos. No obstante, aparecía cada vez más claro que si el comunismo es lo que ha sido no sólo en su práctica sino también en su autodefinición, entonces la idea de un comunismo democrático es una contradicción en sus términos.

—Los movimientos de oposición en los países del Este siempre han oscilado, no sólo tácticamente, sino también por ambivalencias intrínsecas, entre la opción por la democracia representativa y la opción por la democracia directa, entre el revisionismo de derecha y el revisionismo de izquierda. ¿Esto no ha sido también una debilidad?

KOŁAKOWSKI. —Al querer delimitar una fenomenología política más precisa, hallamos orientaciones que se mantienen constantes en el tiempo. En este sentido, tenemos una preferencia por la democracia directa en Hungría, una tendencia a la democracia representativa en Checoslovaquia y otra tendencia a la creación de contrapoderes en Polonia. Estos movimientos, empero, no tenían ninguna visión comprensiva de nuestra sociedad, ni una verdadera cultura política alternativa. Pero, como ya he dicho, cuanto más claro se revelaba que era absurdo contraponer el leninismo al estalinismo, habida cuenta de que éste era la continuación de aquél, tanto más se revelaba incoherente la posición revisionista.

—Pero, ¿la eficacia del revisionismo no se debía, precisamente. al hecho de que se invocaba a los mismos estereotipos ideológicos del partido?

KOŁAKOWSKI. —Sin duda ésta era su fuerza, puesto que la cohesión del sistema depende de la cohesión del partido. Hasta el momento en que el partido tiene en este sistema, lo que la población sienta o diga cuenta poco. En cambio, la desintegración del partido causa la desintegración del sistema. El revisionismo podía ser eficaz mientras el cimiento ideológico continuara funcionando en el partido. Pero, más tarde, esta ideología ha ido haciéndose cada vez más irreal, hasta el punto de que nadie creía va en ella. En estas condiciones el revisionismo no podía desempeñar ya su papel. Cortaba sus propias raíces precisamente por el hecho de que había sido eficaz, contribuyendo a la erosión de la ideología oficial. Ahora bien, justo en la medida en que era eficaz en este sentido, se hacía por esto mismo inútil.

—Con rodo, el revisionismo no ha tenido nunca una conciencia clara de la democracia. Se ha limitado, fundamentalmente, a favorecer procesos de reforma económica.

KOŁAKOWSKI. —No es verdad, no se ha planteado únicamente la exigencia de un cambio de las formas de planificación y de introducción de mecanismos de mercado en una economía socialista. También los valores democráticos y culturales han desempeñado un papel considerable. En un principio, muchos creyeron que se podía democratizar el partido sin una reforma democrática de las instituciones. Pero el partido no podía quedar como un enclave de democracia en medio de una sociedad gobernada, en todo caso, de manera despótica.

—Pero, ¿si ya habían llegado a estas conclusiones, por qué permanecer en el partido?

KOŁAKOWSKI. —Fui expulsado en 1966. Pero ya hacía tiempo que seguía en el partido sabiendo que tenía muy poco que compartir con su ideología. Seguimos dentro porque sabíamos, mis amigos y yo, que en este sistema existen más posibilidades de expresarse y de participar en la vida política estando dentro del partido. Durante años hemos permanecido dentro como un cuerpo extraño.

—Es una fatalidad: a partir de Trotski, nos damos cuenta de la esencia del comunismo sólo cuando acabamos triturados por sus engranajes.

KOŁAKOWSKI. —No es un fenómeno peculiar del comunismo. Nos damos cuenta mucho mejor de la naturaleza de los movimientos y de las ideologías políticas cuanto más dentro estamos de ellas.

—En los años 50 usted escribió un libro sobre las siete herejías cristianas no conformistas. ¿De dónde venía ese interés por el pensamiento protestante?

KOŁAKOWSKI. —Se ha querido ver, entre líneas, en aquel libro, un paralelo entre el cristianismo no institucional y el marxismo no institucional, más allá de la validez intrínseca de la obra. Sin embargo, el libro no se escribió como una especie de alusión. Era un libro de historia que no pretendía ser un sustituto o una expresión oculta de pensamiento político. Es más, de aquellas páginas se desprendía un interés por la heterodoxia en general. Por otra parte, todos los organismos ideológicos poseen ciertos rasgos comunes. Hay fenómenos análogos que se repiten en todas las formaciones sociales con fuertes nexos ideológicos. Se da entonces, en todas partes, el fenómeno de la ortodoxia y de la heterodoxia, el papa y el antipapa. Las infinitas querelles acerca de la interpretación correcta de las escrituras canónicas, las inquisiciones, etc. Se trata, pues, de fenómenos paralelos, pero también de diferencias entre iglesias y partidos.

—Usted fue expulsado del partido en 1966, después de un discurso sobre el octubre polaco. ¿Qué es lo que dijo tan terrible como para precipitar el acontecimiento?

KOŁAKOWSKI. —Hablé de la insurrección de Varsovia del 56, diez años después, criticando con violencia los resultados de diez años de promesas no mantenidas, de decadencia cultural, social y económica. Pero me limité tan sólo a expresar un estado de ánimo muy extendido. Fue, únicamente, el último eslabón de una larga cadena de acusaciones. Anteriormente había sido interrogado por la Comisión de Control del Partido varias veces, y otras tantas fui acusado por aquella Comisión. El comienzo de aquellas acusaciones c interrogatorios fue el ataque que me dirigió Gomułka en 1957.

—¿Cuál era la base de la acusación?

KOŁAKOWSKI. —En la primavera del 57, Gomułka desencadenó la batalla contra el revisionismo, y se identificó como el jefe de aquel movimiento.

—Pero, ¿Gomułka no había llegado al poder gracias a la ola revisionista?

KOŁAKOWSKI. —En el otoño del 56 había gozado de un apoyo casi universal en Polonia. Se creía que personificaba la resistencia nacional contra el dominio soviético. Si alguno había creído —yo no me encontraba entre ellos— que Gomułka era un liberal que institucionalizaría las reformas democráticas, quienes así pensaban alimentaban tontas ilusiones. Disfrutamos de la máxima libertad en el 56. Pero no porque lo hubieran querido los dirigentes del partido, sino porque ya no controlaban la situación.

—¿Eso quiere decir que la llegada al poder de Gomułka ha supuesto el comienzo de un proceso de estabilización?

KOŁAKOWSKI. —Ha sido el principio de una marcha hacia atrás. Entre tanto, Gomułka ha empezado a reconstruir el aparato de poder. Esta operación no podía realizarse de un día para otro. Ha sido un proceso bastante largo, pero consecuente. Quedaba cierto margen de libertad, pero de un año a otro iba restringiéndose progresivamente. Sin embargo, Gomułka era muy consciente de lo que hacía. Tuve una conversación con él bastante larga en el 57, después de su ataque contra mí, que no dejaba la menor duda acerca de sus intenciones. Quería suprimir toda libertad de expresión, volver a asumir el control del partido en la cultura y en todos los campos de la vida social. Yo recibí una dura admonición.

—Acaso no le perdonaron nunca su ensayo sobre el antisemitismo. que ha afectado profundamente al establishment polaco.

KOŁAKOWSKI. —En aquella época sólo una fracción del partido trataba de servirse del antisemitismo como se utiliza, por lo demás, en otras circunstancias. De acuerdo con el mismo modelo. Había muchos dirigentes de origen hebreo en el partido, en los años precedentes al 56, a los cuales determinada fracción ha pretendido atribuirles las monstruosidades del estalinismo, mostrando a los hebreos como enemigos de Polonia. No era tanto un movimiento ideológica y políticamente definido cuanto un clima de opinión, o de prejuicio. Ahora bien, este tipo de antisemitismo no es comparable, en la intensidad, con lo que vendría luego, en el 67-68, cuando una fracción del partido ha creado verdaderamente una atmósfera de progrom. Se ha desencadenado una propaganda antisemita disfrazada de antisionismo. Pero los verdaderos objetivos no eran los hebreos sino el equipo del partido que tenía el poder. Se trataba, en fin, de la lucha de las fracciones en el interior del partido.

—Usted dejó Polonia hacia finales del 68 para dedicarse a la enseñanza en Berkeley, en los Estados Unidos. ¿Cómo ha vivido las dos contestaciones, en el Este y en el Oeste?

KOŁAKOWSKI. —La rebelión de los estudiantes en Polonia ha tenido muy poco en común con la de la nueva izquierda en Occidente. Los estudiantes polacos protestaban contra las autoridades comunistas en nombre de esas libertades e instituciones democráticas que eran objeto, precisamente, de los ataques de los estudiantes americanos, franceses o italianos.

—Sus escritos en la New Left (pienso en Los intelectuales contra el intelecto, La dictadura de la verdad, etc.), están impregnados de un sentimiento de cólera.

KOŁAKOWSKI. —De este movimiento me ha afectado su antiintelectualismo, la incapacidad de expresarse, de discutir, en las fronteras de la afasia. El culto de la violencia por la violencia. Incluso ha habido un fenómeno importante, digno de tomárselo en serio. Un síntoma de cierto malestar de la civilización, de un cul de sac. Las generaciones adultas se mostraban incapaces, en buena medida, de transmitir sus valores a los jóvenes.

—Usted que lleva diciendo, desde hace tiempo, que el marxismo ha dejado de interesarle. Hasta ha dedicado a este tema una obra monumental reciente, Mains Currents of Marxism. ¿Cómo se explica esta paradoja?

KOŁAKOWSKI. —He tratado de comprender cómo es posible que todos los temas humanísticos, prometidos del marxismo hayan terminado por llegar a una de las tiranías culturalmente más destructivas de nuestro siglo. Acabado este estudio, hace tres años, he alcanzado por fin un punto de saturación.

—Pero, ¿qué significa su afirmación de que todo lo que había de interesante en el marxismo ha sido absorbido por las ciencias humanas?

KOŁAKOWSKI. —Nunca he negado la contribución importante de la obra de Marx a la historia intelectual europea. Gracias a Marx nos hemos acostumbrado a pensar en la historia y en la cultura como conflictos sociales. Pero, para admitir esto, no hay necesidad de ser marxista. El marxismo, como sistema que pretende la coherencia y que busca una visión comprensiva del pasado y del porvenir, es una construcción ilusoria.

—Pero, ¿no existe una censura entre los términos ideológicos del joven Marx y los científicos del Marx de El Capital?

KOŁAKOWSKI—Marx era un filósofo alemán. Y el marxismo está subtenso por un único proyecto filosófico. Es un intento de síntesis de corrientes de pensamientos anteriores y contradictorios. Está centrado sobre el tema romántico de la unidad de la esencia y de la existencia, que se traduce en el de la unidad entre sociedad civil y política. Y sobre el tema prometeico de la autocreación del hombre a través del trabajo. Es decir, una conciliación forzada de temas tradicionales de la filosofía.

—O sea, que, ¿en una conferencia con la filosofía contemporánea, el marxismo queda disuelto?

KOŁAKOWSKI. —El marxismo no ha superado las cuestiones tradicionales de la filosofía, como por ejemplo la oposición existencia/libertad; no ha suministrado respuestas nuevas. Se da una vuelta del pensamiento contemporáneo a la tradición a través de la disolución del marxismo.

—En definitiva, no ha logrado la superación de la historia ni de la filosofía.

KOŁAKOWSKI. —Las dos tareas son imposibles.

—Pero, ¿en qué consiste la actualidad de los temas tradicionales de la filosofía?

KOŁAKOWSKI. —E1 marxismo no pretendía resolver los problemas tradicionales de la filosofía, sino anularlos. Creía que el verdadero sentido de estas cuestiones eran los conflictos sociales. Su pasión era desenmascarar el sentido auténtico, oculto, tras el sentido aparente. Pero yo estoy convencido de que la vida misma de la filosofía está animada por algunas cuestiones eternas. Aunque éstas cambien el modo de expresarse en función de las vicisitudes de la civilización, el espíritu humano jamás puede desembarazarse de la cuestión de si existe o no un sentido de la existencia del hombre; si el universo como totalidad posee o no un sentido oculto; si todo lo que es transitorio, mortal, corruptible, puede ser comprendido con referencia a lo que es inmutable y eterno.

—Usted ha dicho que Lenin y Stalin derivan de Marx; que minimizar este vínculo equivaldría a instituir una especie de distinción entre nazismo y hitlerismo. Y ha escrito un artículo de política-ficción en el New York Times respecto a este tema. ¿No le parece un poco exagerado?

KOŁAKOWSKI. —No hay que tomar demasiado en serio el artículo. Era una blague, un feuilleton. Con alusiones a la política americana más que a la historia de las ideologías. Todo depende, en cualquier caso, del sentido en que se habla de continuidad. Yo no he dicho nunca que hubiese una especie de inevitabilidad infernal que hubiera de llevar necesariamente de Marx al Gulag. Son exageraciones de nouveaux philosophes. Sin embargo, el leninismo, sin ser la única interpretación posible del marxismo, era, de todos modos, una interpretación legitima y no carente, por supuesto, de un fundamento doctrinal. Tampoco puede decirse que se tratase de una evolución que nadie era capaz de prever. Ya en la época de Marx, hubo quien dio prueba de clairoyance. Los anarquistas, por ejemplo. Y, más tarde, Kautsky, Rosa Luxemburgo, etc.

—En sus ensayos se advierte una insistencia sobre el tema de la responsabilidad individual en la historia. ¿Esto significa, para usted, que los valores van siempre por delante del progreso histórico?

KOŁAKOWSKI. —No cabe derivar las normas del comportamiento moral de cualquier teoría del proceso histórico. Este es un principio que he conservado de mi maestro Kotarbiński. Ninguno de nosotros es propiedad de la historia, de la providencia o de una ideología. Esta manera, por lo demás, humanamente comprensible, de remitir la responsabilidad de nuestros actos a fuerzas ajenas c impersonales, a las supuestas necesidades de nuestra biología o a razones ideológicas o religiosas; esta actitud, insisto, ha producido muchos estragos. A este respecto no he dicho nada original. Me he limitado a subrayar un tema tradicional. Kafka lo ha hecho mejor que yo. Los hombres no son dioses —escribía— y la historia se hace con los errores y el heroísmo de todos los momentos insignificantes. Cuando se arroja una piedra en un río se forman círculos. La mayoría de los hombres, por el contrario, viven sin la conciencia de una responsabilidad y esto es el núcleo de la miseria.

—Usted ha escrito que el racionalismo es la edad adulta, un desafío a todo valor y a toda verdad, la renuncia a toda ortodoxia. Y ha definido su filosofía como una filosofía de la permanente condición incompleta del mundo. Pero ha afirmado, al mismo tiempo, que todo relativismo histórico se destruye a sí mismo en la medida en que destruye la posibilidad de argumentos no puramente históricos en su apoyo. ¿No hay una contradicción entre estas posiciones?

KOŁAKOWSKI. —No lo creo. Quizá renunciara al término racionalismo porque contiene demasiados significados diversos. No acepto el racionalismo si esto significa renunciar a tener opiniones, creencias, si éstas no están sostenidas por razones análogas o idénticas a las que actúan en la ciencia. En este sentido, el racionalismo es cientificismo, una posición totalmente arbitraria basada en presupuestos o prejuicios que no acepto. Lo acepto, en cambio, como regla del escepticismo; invito a buscar siempre las razones de cada posición, instrumento merced al cual podemos decir en un momento dado que ya no existen razones, es decir, que hay una opción, una elección arbitraria, que conocemos pero ni más ni menos arbitraria que la opción opuesta.

—Sus ensayos suelen tener un carácter incompleto. Nos ofrecen más bien esquisses que resultados exhaustivos. ¿Por qué esta condición incompleta de la forma?

KOŁAKOWSKI. —Siempre he tenido una preferencia por el ensayo breve y, en general, estoy menos interesado por la filosofía en el sentido tradicional. Prefiero una filosofía que se hace al margen y bajo la forma de un comentario, de glosas sobre temas históricos.

—Usted no ha desdeñado nunca los temas marginales. Pienso en su ensayo sobre La epistemología del striptease, en los monólogos, en la conferencia sobre el diablo, en las pequeñas comedias y en los cuentos bíblicos.

KOŁAKOWSKI. —En la cultura se dan fenómenos marginales que, sin embargo, permiten ver mejor lo que es importante. Además, siempre me he interesado por las posiciones extremistas, marcadas por la afición a la paradoja, sin que haya necesariamente de compartirlas. Siento cierta simpatía por el que se esfuerza en extraer todas las consecuencias de su posición inicial y se aproxima necesariamente al absurdo. Un esprit de suite llevado hasta el extremo produce, indefectiblemente, fenómenos interesantes por su extremismo. Porque, en estas posiciones, se puede seguir el camino del pensamiento que no busca el compromiso.

—En política, su relativismo filosófico llega aúna concepción pragmática y reformista. Se ha dicho que usted ha dado un fundamento ontológico al reformismo. ¿Comparte esta valoración?

KOŁAKOWSKI. —En sentido propio, el reformismo no es una doctrina. No dice nada sobre los contenidos de una acción reformadora. Es sólo una actitud que cobra sentido en contraposición con ideas utópicas, con un modelo de perfección futura. Mi referente es la tradición socialista, pero no creo que ésta haya formulado soluciones definitivas para nuestra época. Ni tampoco quiere decir que esta opción, demasiado genérica, implique una solución concreta. Todo depende de las circunstancias. Por ofrecer un ejemplo vulgar, no está demostrado que el mejor modo de afrontar los problemas de nuestra economía sea la vía de las nacionalizaciones. Estas no pasan de ser una técnica que puede ser eficaz en determinadas condiciones, pero no en otras. No son una clave metafísica. Conviene siempre distinguir con gran sentido entre las ideas muy generales y la tradición socialista.

—Entre los principios fundamentales del socialismo, el principio de libertad y el de igualdad, ¿no existe tal vez una contradicción insoslayable?

KOŁAKOWSKI. —Todas las ideas socialistas admiten cierto número de valores que se limitan recíprocamente. Es inevitable. Cuando se pretende aplicar uno de estos valores de manera absolutamente consecuente, el resultado es que no sólo el uno destruye al otro, sino que se autodestruye.

—¿En qué sentido? ¿Puede explicarse mejor?

KOŁAKOWSKI. —La igualdad, por ejemplo, entendida de modo absolutamente consecuente, es una idea autodestructiva, más por razones empíricas que teóricas. La igualdad perfecta en la distribución de los bienes, por limitarnos únicamente a este aspecto, no sólo es económicamente desastrosa, sino que es posible sólo en condiciones de despotismo. Y el despotismo es, por definición, no igualitario, porque priva a la mayoría de la población de bienes tan importantes como el acceso a la información y a la participación en el poder. El igualitarismo total desemboca forzosamente en una sociedad no igualitaria. Cabe decir lo mismo respecto de la idea de libertad, y siempre por razones empíricas más que teóricas. La libertad total, en el sentido en que la prevén los extremistas del anarquismo, responde a una idea de una sociedad donde la última decisión de todo reside en la fuerza. Si concibiésemos en nuestra imaginación la posibilidad de semejante sociedad, la traducción inmediata de ello sería la ley del más fuerte.

—Así pues, ¿no cabe ninguna solución?

KOŁAKOWSKI. — Este conflicto de valores puede resolverse tan sólo mediante compromisos más o menos insatisfactorios. No existe ninguna solución perfecta y última. Del mismo modo, existe también un conflicto entre otros valores que pertenecían igualmente a la tradición socialista: la necesidad de seguridad y la de expresión individual. No podemos tener al mismo tiempo la seguridad en la vida y en la creatividad. El lado seductor del totalitarismo consiste en prometemos la seguridad, al precio de renunciar por ello a toda creatividad y a toda expresión individual, loque se transforma en fuente de inseguridad.

—Entonces, ¿lo que justifica una actitud pragmática en política es la insolubilidad de estas contradicciones?

KOŁAKOWSKI. —Yo no usaría el término pragmático, porque una vez más podría entrañar confusiones; puede tener más significados, no necesariamente compatibles entre sí. Yo hablaría de pragmatismo sólo en antítesis a la expectativa de una solución definitiva, pero no en el sentido de una actitud que renuncia a valores generales.

—En su filosofía se aprecia una nueva atención al mito y a la transcendencia. ¿En qué sentido entiende estos términos, cargados de connotaciones metafísicas?

KOŁAKOWSKI. —Hace doce años escribí un opúsculo, La presencia del mito, donde trataba de destacar la presencia inalienable, eterna, de cierto estrato mitológico en la cultura. Pensaba en el mito no tanto en el sentido de fabulación, narración, sino como todo tipo de ideas o arquetipos no empíricos que forman el sistema de referencia gracias al cual las realidades empíricas o los hechos están dotados de sentido. El concepto mismo de la verdad le pertenece. Todas las formas de la vida y de nuestra conciencia que nos sirven para atribuir un sentido suplementario a los hechos, a los acontecimientos, un sentido que se nos escapa desde planteamientos empíricos. Todo lo que deriva de esta esfera que yo he llamado, tal vez con el riesgo de que pueda prestarse a equívocos, de la conciencia mítica.

—Me parece entender que los propios valores pertenecen a la esfera de la trascendencia y del mito.

KOŁAKOWSKI. —Digamos a la esfera de la tradición, que es la fuente de todo lo que tiene sentido para nosotros. De otro modo, caemos en un relativismo histórico que excluye cualquier referencia a una racionalidad que transciende la contingencia. Ahora bien, la tradición no es una totalidad compacta, monolítica, sino muy al contrario un campo abierto. El punto de partida de muchas vías.

—Usted ha sido definido como un ateo inconsecuente, porque subraya la realidad de los valores religiosos en la vida humana y deplora el ateísmo beligerante.

KOŁAKOWSKI. —Me he convencido de que la autodefinición del hombre como ser religioso no sólo es un elemento permanente de la cultura, sino de que la cultura no podría sobrevivir sin este tipo de autodefinición. La religión no es sólo una esfera aparte, que por combinación subsiste a través de toda la historia de la civilización, sino que es la raíz misma de la vida espiritual, incluso en su transfiguración secularizada. Las ideologías de nuestro siglo han presentado al hombre como un Prometeo, una fuerza que se autocrea, para despertarse transformando, como el Samsa de Kafka, en una grosera cucaracha negra. No es posible abolir la transcendencia, como quisiera el sueño prometeico. Queda siempre una dimensión incondicionada, transcendente del actuar y del querer humanos, la posición originaria de un sentido que es ya presupuesto de todo lo que se puede decir y emprender.

—Es raro encontrar a un filósofo que se halle tan cómodo con Kierkegaard y con Heidegger, que con Bridgman y Popper. ¿Su negativa a considerar como errores, sin sentido, la especulación metafísica o los problemas de valor, procede de esta duplicidad filosófica?

KOŁAKOWSKI. —Yo diría que sí. Aunque no sea un lógico, un filósofo de la ciencia, atribuyo gran importancia a la tradición analítica. Pero creo además que los hombres no pueden desembarazarse de las llamadas cuestiones metafísicas, a pesar de que en ellas se encuentren innumerables aspectos probablemente insolubles. En la cultura existen fuerzas opuestas que se encuentran forzosamente en conflicto, pero cada una es necesaria. Esto es válido también para la filosofía. Atribuyo gran importancia a la tradición escéptica, que —en filosofía— es una especie de fuerza destructiva. Pero también en el extremo opuesto existe una tradición filosófica que busca necesariamente los fundamentos últimos del pensamiento. Una especie de fondo indestructible sobre el cual todos los conocimientos humanos pueden construirse y que nos garantizarían una certidumbre. De Descartes a Husserl.

—En su ensayo sobre la Búsqueda de la certidumbre, usted dice que esta aspiración a la certidumbre, a la verdad última, proviene de una actitud religiosa.

KOŁAKOWSKI. —Hay quien busca la certidumbre última, y hay el escéptico. El escepticismo consecuente roza un inmovilismo cognoscitivo. La búsqueda de la certidumbre última se aproxima, finalmente, a la ilusión de haber encontrado el fundamento incontrolable. Se trata de dos actitudes extremadas, cada una de las cuales, repito, es necesaria a la cultura. Pero no se puede hacer una síntesis. Yo tengo una actitud un poco esquizofrénica al respecto. Porque al admitir esto se dice que nos encontramos, al mismo tiempo, ante dos extremos irreconciliables.

—En definitiva, la búsqueda de la certidumbre es una búsqueda en el fondo legitima, porque nuestra cultura seria poca cosa si se la dejara enteramente en las manos de los escépticos. ¿No?

KOŁAKOWSKI. —Las respuestas no son sino deseos y promesas; pero esto no constituye certidumbre ninguna, decía Kafka. Contra la necesidad de ideología de nuestro tiempo, hay que oponer la necesidad de respuestas últimas y definitivas. Es ésta una perpetua tentación a la que no nos es posible sustraemos enteramente. Todo lo que entra en el campo de la comunicación humana es inevitablemente incierto, siempre objetable, frágil, provisional y mortal. Y, sin embargo, no es probable que se renuncie a la búsqueda de la certidumbre, y es lícito dudar de que interrumpirla fuera algo deseable.

Mario BACCIANINI

Mondoperaio Traducción: J. A. Matesánz

Leviatán revista de pensamiento socialista. - II Época, n. 4 (Junio, 1981), p. 97-105