jueves, 4 de octubre de 2018

Entrevista a Cristóbal Serra (N´Ali. La revista del municipi d´Andratx, julio-agosto de 2010)



Cristóbal Serra
Un andragense​, escritor excepcional.

Cristóbal Serra nació en Palma un 28 de septiembre de 1922. Andragense por parte de madre, vivió algunos años de su infancia y juventud tanto en el Puerto como en la villa de Andrach. El puerto de Andrach ha significado para don Cristóbal (mestre Tòfol, como yo le llamo, y estoy seguro que no le gusta), su verdadero paraíso, su rincón más querido, en el que pasó los mejores años de su vida, del cual se ha derivado toda su literatura, todo su pensamiento, todo su ser.
Cristóbal Serra ha escrito una veintena de libros y ha traducido muchos otros, convirtiéndose así en un escritor verdaderamente bueno, un escritor apreciado por los buenos críticos, aunque al margen del gran mercado editorial. Entre sus obras más importante se encuentran "Péndulo", "Viaje a Cotiledonia", "Diario de signos", "Augurio Hipocampo", "Nótulas", "Las líneas de mi vida", "El asno inverosímil", etc. Serra es un "rara avis" que ha ido creando una obra de una gran coherencia, breve pero intensa, de gran impacto poético y con grandes mensajes contenidos en pequeñas dosis.
Vive en Palma, totalmente solo, rodeado de miles y miles de libros, con el recuerdo nostálgico de su querido Puerto de Andrach; un recuerdo telúrico, poético y literario, que se hace más grande cada día, y que mezclado con su inabarcable erudición, le convierten en un ser indestructible, que va más allá de los límites de tiempo y de la modernidad.  
En Andrach es conocido como "Tòfol Bornada".

Por parte de madre es andragense​, ¿quiénes fueron sus antepasados? 
Mi abuelo materno, Mateo Simó Valent, se convirtió en director de La Isleta, y después fue inspector jefe de Transmediterránea. Mi abuela materna iba mucho por Barcelona, y ahí nació mi tía Juanita Simó Alemany. Mi madre, Francisca Simó Alemany, nació en Andrach.
Mi padre, Cristóbal Serra Carbonell, provenía de Muro y antes de Palma; era médico, formado en Zaragoza.
Mi abuelo se hizo una casa en el Puerto de Andrach (de camino a Sa Mola) en los alrededores de “Es Tancat” al final de Ses Bassetes. Los bisabuelos tenían una fábrica de jabón por aquella zona y como tenían mucho  terreno construyeron ahí la casa (de la familia Valent).
El “Miramar” era de un primo hermano de mi abuelo, que también era Valent; entonces era un café y había habitaciones a donde iban pintores catalanes, como [Josep] Ventosa. 
¿Qué familiares tiene ahora en Andrach?
Mis abuelos no tenían propiamente a gente de la que viva ahora. No conozco a casi nadie, tal vez un Simó del que no sé si tenía alguna relación (creo que era de Correos).Y por parte de mi abuela sólo había un hermano y que no tuvo hijos. De los muertos sí que había algunos, pero no lo puedo precisar.
La tía Juanita no se casó. No tengo una gran descendencia. Tengo sobrinos de mi hermano Mateu, Marta Serra Mir, casada con un tal Joan Porcel Bonet, de Voramar Teatre.
¿Qué recuerda de su infancia, durante los años 20, en el Puerto de Andrach?
Soy de 1922 y ya muy pronto fui al Puerto de Andrach. Tengo muchos recuerdos. Son recuerdos poéticos (pero no quiero ser pedante), el contacto con los pescadores... Ahí la vida se vivía muy bien. A mi abuelo y a mi tía las gustaba la pesca. Fue allí donde, realmente, tuve mi segundo nacimiento. El Puerto fue el hogar de mi infancia.
En Ses Bassetes, dónde vivíamos; bien, yo que entregaba a la contemplación y así conocí a muchos personajes (que aparecen en “Diario de signos”) aunque un poco “desfigurados”. Llevé una vida un poco al margen de los demás. Con 12 o 13 años me dedicaba a leer mucho. 
Recuerdo como fijaba mi atención en los cangrejos, que salían durante las noches de luna (llena) y se quedaban como hechizados por el influjo lunar. Era muy curioso.
A los 11 o 12 años jugaba al futbol. Con “El Porteño” jugábamos en “Sa Plana”, en Andrach, y en el Puerto, en S'Aluet (dónde está ahora el aparcamiento). A los 13 años me pusieron las gafas y dejé de ser un “héroe”.  
A ultimísimas horas de la tarde se encendían unas fogatas en el Puerto, para pasar la noche en vela y saludar al barco que iba hacia Barcelona, ya de noche. 
Recuerdo que durante la fiesta de la Virgen del Carmen, organizábamos competiciones de remo, y siempre los del puerto, los pescadores, nos ganaban. Eran gente muy bregada. 
Algunos personajes del Puerto era muy peculiares. Recuerdo a Miss Flower, a Barbara, que era una inglesa que tenía un barco que es llamaba “Jane”, que había quedado varado en el muelle del Puerto. Era un barco ya muy revenido; ella pintaba y siempre iba muy sucia. Yo estaba siempre con ella para aprender inglés. Barbara se dedicaba a pintar sus gatos, era muy gracioso. Vivía esta mujer dentro del barco, tenía una gaviota y a veces la llevaba encima de la cabeza, y una vez se fue con su peluca. Era una mujer muy mayor, la apodaban “sa canera” [la caseta del perro], una vez tuvo una riña con un chiquillo, y este chico le arrojó los gatos dentro de un bidón de alquitrán. Yo la cogí mucho cariño. Murió en el Puerto y está enterrada en Andrach. 
En mi libro “Augurio Hipocampo” aparecen más personajes de este tipo, de aquellos años en el Puerto de Andrach. 
Una persona que me influyó mucho entonces, que era sacerdote y que me daba clases de latín, fue Marcià Flexas (el vicario); la gente pensaba que yo de mayor sería sacerdote, porque siempre estaba con él y nos llevábamos muy bien. Don Marcià era muy buen latinista, no muy científico, pero muy bueno. Tolo Alemany (del Club de Vela) es pariente suyo. 
Recuerdo también que don Pedro Ferrer había estudiado con mi abuelo en Barcelona.
Cristóbal Serra y sus tres hermanos (Mateo, Pilar y Francisca) 
en Ses Bassetes en el Puerto de Andrach
¿Cómo era el Puerto en los años 20 y 30? 
Era un sitio, sin exagerar, idílico, estupendo para vivir y para crear, muy tranquilo y con un paisaje inigualable.  
Según don Marcià Flexas, el Puerto llevaba mucho pescado a la Ciudad. Había un depósito de pescado (Sa Lonja) que se conserva a medias. Estaba situada tras el “Miramar”, entrando por el Puerto. Había una especie de castillo o de torre, de la cual todavía queda algo. 
Habían alterado algunas cosas, pero el Puerto de Andrach tenía todavía su encanto.
En la Iglesia había unos santos pintados por mi madre (unos cuadros). Y había una señora que había ayudado a la “erección” de la iglesia.  
Todavía recuerdo algunos personajes más, como uno del mundo intelectual, don Pep Ensenyat, abogado, profesor en Sa Normal, y que había sido muy progresista. También una señora catalana muy famosa, con unas ideas muy personales y que tenía mucha ironía. Hacía ver que era muy catalanista y que tuvo algunos problemas con la Guardia Civil. Venía en verano y se dedicaba a nadar y a leer. Era de la familia de los Rebour, y la llamaban “Madame Pujola”.
Siempre ha tenido mucho cariño por el Puerto de Andrach
Era una delicia para los sentidos. Era algo primitivo... no había nada igual en toda la isla. Se veía la Dragonera. Las puestas de sol era extraordinarias. La mar era especial, y estaban cerca Sa Mola, la cala en Fonoll y la cala Llamp para ir a pescar. Yo me iba a pescar muchas obladas con un compañero, junto al Faro. 
Era un lugar perfecto para estar tranquilo y gozar de la naturaleza y del paisaje. 
También se fueron a vivir al pueblo de Andrach...
Esa fue también una época muy agradable. Tenía 20 años y vivía en la calle Via Roma, con mis abuelos y la tía Juanita.
Estudié Derecho en Barcelona y acabé la carrera en Madrid. Me acuerdo del trayecto Andrach-Palma, para el que había dos coches-correo, que tardaban en llegar una hora y media. Después me iba en barco desde Palma a Barcelona.
En Andrach no tenía muchos amigos. Aún así tuve relación con Jaume Escolà que me fabricó unos atriles de madera que usé durante mucho tiempo. Recuerdo a unos vecinos que vivían delante de casa, y que a última hora de la tarde se acercaban para pasar la velada. Aprendía francés. También conocí a Bartomeu Bosch, que estaba en el seminario. Le recuerdo con una muy alta estima. Es una muy buena persona. Vivía cerca de casa y nos veíamos a menudo. Le tengo en gran consideración. Es una gran persona, como muy poca gente. 
Don Cristóbal, ¿de dónde le viene el apodo de “Bornada”?
De bordear, de hacer con un barco un bordeo por la costa. En casa siempre hemos sido gente de la mar. Mi padre tenía dos hermanos capitanes y siempre hemos estado relacionados con este mundo. “Bor” no puede venir de “born”. “Es una bordeada”, se vanagloriaban de hace un buena bordeada.
¿Cuándo comenzó a sentirse atraído por la literatura? 
Siempre me ha dado por la escritura, y siempre digo lo mismo: siempre he tenido -a diferencia de otros- un recato que me distinguido. Con 30 años apareció mi primer libro, “Péndulo”. Supo de él Octavio Paz (por medio de Borges en Formentor), se lo compro y me llamó. Le conocí en el café Formentor de Palma. Desde entonces tuvimos una buena amistad y mantuvimos una correspondencia por carta.
Mi primer libro traducido fue el Tao Te King de Lao-Tse; tenía entonces 30 años, estaba en contacto con orientalistas y a mí, a diferencia de ellos, tenía interés por el Tao. Me mantuve firme en el Tao. Yo tengo mucho sentido del humor, pero en según qué temas hay que andar con cuidado. 
Eso me transformó como persona, tuve unas experiencias personales que no son las propias de la gente de aquí (he vivido una vida un poco secreta). Yo había acabado Derecho en Madrid, y la postguerra me llevó al existencialismo, el surrealismo, el dadaísmo; y “Péndulo” es lo más original que he escrito. No he seguido al modelo de nadie (Perfecto Cuadrado lo ha elogiado mucho). De “Péndulo” se ha hecho una traducción al italiano por parte de la amante o acompañante de Octavio Paz, una tal Bona de Pisis, que dejó su tarea de traducir a Valle-Inclán, para traducir mi libro, que lleva un prólogo de Octavio Paz mismo.

Señor Serra, usted es considerado un escritor “raro” entre los “raros”... 
Soy una rareza dentro de la literatura española y mallorquina. Todos mis libros son raros y especiales. El último libro –el “Álbum biofotográfico'”- hay una  caricatura de Román Piña, con una serie de epítetos atribuidos a mí, a lo largo de la publicación de todos mis libro. Aquí están: dador de nótulas, vanguardista cristiano, ermitaño, crepuscular, escritor de culto, braquilógico, agonista bajo máscaras, romancier malgré lui, salmón saltarín, abanderado de la brevedad, lacedemónico, micrólogo, raro, poeta enmascarado, asnomaníaco, taoísta de siempre, serpentino y sorprendente.
Soy una persona que vive en una sensación continua de misterio. 
¿De qué libros está más satisfecho? 
Tengo mucho cariño por “Péndulo” y por muy logrado el “Diario de signos” en donde hablo del Puerto de Andrach (es un diario muy particular). Este libro se ha traducido a varias lenguas: francés, italiano, serbio, alemán...
Sobre mi Obra, algunos críticos dicen que soy el escritor vivo más importante de España, lo dice José Ignacio Gracia Noriega en el “Álbum biofotográfico”. Ignacio Soldevila, en su “Historia de la novela” dice que “Serra es un genio, por tanto es muy bueno”.
En realidad soy alguien muy solitario, y he escrito siempre en soledad, sin ningún contacto con nadie y sin buscar nada más que ir haciendo, poco a poco, una obra. Libro a libro. Sin prisas ni pretensiones. 
También recuerdo que Camilo José Cela, que conocí en Palma, me decía que “tenía que aprender de mí”.
Tuvo una persona muy especial en su vida, Juaqui.
Sí, conocí a Juaqui con 30 años, trabajaba en la biblioteca de La Caixa. Joaquina Juncà murió el año 1998. Era una mujer muy atractiva, pintaba y cantaba. Fuimos amigos prácticamente durante 50 años. 
Cuando tuve que abandonar el Puerto de Andrach, me sentí durante mucho tiempo como alicaído, desdichado… lo pase muy mal y ella me sostuvo. No podría haber hecho algunas de mis traducciones sin su ayuda y compañía. 
Durante unos años trabajó de profesor. 
Trabajé unos 25 años como profesor, y me jubilé a los 65 años. 
Hice la carrera de Historia en Valencia, y allí mismo también estudié inglés y francés. La carrera se llamaba: Filosofía y Letras, Sección Historia, Subsección Culturas Modernas.
En Palma substituí a Francesc Moll, en el instituto Ramon Llull, y trabajé en otros colegios. En buena parte con los padres carmelitas, y 5 años en el Magisteri. Durante todos estos años siempre continuaba escribiendo, la docencia era una forma de ganarse la vida. 
Por otro lado he tenido otros oficios ocasionales: 2 años de portero de noche en el hotel Jaume I, 3 años en el periódico  “Baleares”, Y he traducido cartas comerciales (igual que Pessoa). He luchado mucho.  
¿Ha escrito alguna vez en catalán? 
Nunca. No sé lo suficiente. Y no tengo nada contra el catalán, pero no es la mejor lengua para mí, para escribir el tipo de prosa que he hecho. El castellano se me ha dado. He tenido una gran formación en castellano. Don Marcià Flexas me prestaba muchos libros y me influyó mucho. 
En algunos círculos de Mallorca se le tiene por “anticatalanista”.
Vino un señor y me hizo firmar un documento en favor de la enseñanza en castellano y ¡buena la hice!, era un manifiesto anticatalán. Y no fue un error, pero se me ha malinterpretado. 
Joan Guasp me telefoneó y me dijo: “¿Pero qué has hecho?”. Pero que a mí no me molesten, que yo no hecho nada a nadie. No volvería a hacerlo... pero la gente no es comprensiva. Creo que los que vinieron a casa eran gente de Rosa Díez. La gente, en general, es malévola. Yo nunca he apoyado a Franco y no he tenido nunca nada que ver con ningún partido político. Yo soy un “bilibú”. “No estoy atado a nada”. Escribo lo que siento. Sin pensar en los demás. Soy de unas creencias muy personales. Tengo mucho sentido del humor, pero también una angustia interior. Vivo -no como otros- por mí mismo. Nunca he tenido una mala palabra con nadie.  
¿Qué proyectos tiene al día de hoy? 
No tengo ganas de hacer muchas cosas. Estoy revisando algunas cositas. La “Biblioteca parva” tiene el símbolo del el Hipocampo, el caballito de mar, símbolo de la felicidad y el bienestar. 
Ya con casi 88 años he escrito mucho, he escrito incluso sobre asnos. Y después de eso no necesita hacer más. “El asno inverosímil” es el “número clausus”.
No tengo ganas de llegar a los 100 años. En cuanto a enfermedades tengo “alifafes”. Yo no miro al futuro, creo que vivimos en la eternidad; no hay diferencia entre el tiempo y la eternidad. El tiempo es un escollo que será destruido por el apocalipsis. “No hay donde agarrarse “.
Don Cristóbal, ¿qué lenguas conoce? 
Francés, inglés, italiano, algo de alemán, latín, griego un poco, más el catalán y el castellano. Tuve a una señora gallega que me hacía la casa, y con la ayuda de un diccionario aprendí portugués.
Aprender latín es un buen comienza. Ahora bien, no por saber latín se tiene que ser un buen escritor. Llorenç Riber escribía en un castellano flojito (y sabía latín aunque no debió ser un gran latinista). 
¿Qué le gusta hacer más allá de la literatura? 
Hago pocas cosas. Veo pasar el tiempo y me entretengo con cosas de casa, y veo que sigo viviendo; pero ya no me puedo dedicar a lo que me dedicaba hace tiempo. 
Escucho un poco de música, y veo un poco la televisión. Me gusta mucho la pintura y disfrutar mirando los cuadros en  los libros. En la televisión veo las noticies y los documentales locales. 
En música me interesa Mozart, Satie... Bach solo hasta cierto punto. Es un poco demasiado frío. De tan perfecto es frío, muy complicado.  
Me gusta la música menos complicada, me gusta mucho el canto gregoriano, que te eleva el espíritu
Me paseo muy poco. Me dedico a ahorrarme pasos.  
¿Le gustaría volver a ver el Puerto de Andrach, ahora tan distinto? 
Ya tengo una imagen para siempre. No quiero conocer un Puerto más prosaico del que conocí.  
El Puerto de Andrach, como ya he dicho, es el lugar de mi segundo nacimiento. Abandonadas las aguas del Puerto, me sentí muy desgraciado; pero bueno… es necesario conocer y experimentar la desdicha para después ser dichoso.

Rafel Oliver Grammatico,
N´Ali, La revista del municipi d´Andratx, 2º época, nº 114, julio-agosto de 2010 pp. 12-15.

Traducción de Don Cógito

miércoles, 3 de octubre de 2018

"Consignas convergentes" de Julián Marías (Índice, enero de 1959)


CONSIGNAS CONVERGENTES
Se está poniendo de moda, y por dos, o acaso tres, facciones opuestas —por lo menos en apariencia— el intento de «hacer el vacío» en España. Vientos de negativismo soplan desde diversos puntos del cuadrante. Se quiere hacer almoneda de la tradición próxima —que es condición de toda otra lejana y además, de la de más valor que hemos tenido en tres siglos— descalificando con varios pretextos a los hombres de la generación del 98, y de la siguiente. Unas veces son «impíos», otras son «burgueses», en ocasiones eran «demoledores», y no aceptaban España, sin prejuicio que al día siguiente se nos diga que eran «conformistas» y que se extasiaban ante un paisaje o un pueblo castellano, en vez de haberse dedicado a convertirlos en «comunas» estilo Mao. Un día se los increpa porque no les gustaba Balmes, al siguiente porque no entendían de arte, el tercero porque eran individualistas y minoritarios —aunque sus lectores sean legión, y los  de sus «multitudinarios» objetantes sean doscientos suscriptores de una pequeña revista o de una colección «exquisita»—. Casi siempre se prescinde, de entenderlos: probablemente no se conseguiría, pero además, no se trata de eso; de lo que realmente han pensado y escrito, lo que quieren decir sus obras, ¿qué más da? Porque lo que se busca es  «hacer el vacío», despoblar, devastar esta «espaciosa y triste España», a ver si, ya que no más espaciosa, resulta más triste. Se intenta anular una tradición justamente por lo que tiene de continuidad y, por lo tanto, de continuación: hay que descalificar también todo lo que viene, como herencia legitima, de esas dos generaciones ejemplares; dar por nulo lo inexistente, lo que se ha hecho —con tanto esfuerzo, a veces con algún heroísmo— en el pensamiento, en la literatura, en el arte de varios decenios. ¿Para qué? Para intentar persuadir a los mal informados de que dos o tres grupos de recién llegados —jóvenes o menos jóvenes, según los casos— van a empezar. Y como no están seguros de añadir mucho a lo existente, necesitan convencer a los demás de que no hay nada, de que empiezan de cero. Por eso el cero es su primer objetivo.
Se dispara desde opuestos flancos pero las miras son convergentes, los fuegos se cruzan en el mismo punto. Con tal precisión, que a veces se piensa en un ataque combinado. Al final se nos muestran, como otros tantos banderines, dos, tres listas de nombres, pero que se repiten una vez y otra, siempre los mismos en cada caso. Son poco más que nombres, con una realidad intelectual mínima, incluso con una realidad social efectiva —lectores, espectadores, discípulos, gentes impregnadas de su labor, en alguna medida deudoras y heredaras—muy escasa. Tampoco hay detrás una doctrina o un ejemplo. Ni hay siquiera —lo que sería lícito y útil— una crítica real, que pusiese a prueba, incluso aceradamente, el valor de todo lo que pretende tenerlo. Sólo hay consignas. Con distintas voces, se repiten, cosas que hemos leído en varias lenguas y en distintos países. A veces sirven al partidismo; otras al resentimiento ; de un modo o de otro, a la impotencia creadora, generadora de envidia. Porque lo que menos se perdona es la realidad.
Ortega, que tantas cosas anticipó, filió en cuatro líneas, allá en 1927, este tipo de actitudes. Contraponiendo a la «egregia labor» de los católicos alemanes la de otros grupos, decía de estos últimos: «Usan del catolicismo como de una maza. Se ve demasiado pronto que su afán no es el triunfo de la verdad, sino apetito de mando. La actitud que han tomado la han aprendido de los sindicatos, comunistas, etc. Porque hubo un tiempo en que como ahora a ciertos católicos les basta con declararse católicos para asumir todas los sabidurías, los socialistas extremos creían poseer en cifra todas las verdades y desdeñaban la ciencia burguesa. También entonces había una crítica literaria socialista donde volcaban toda su miseria mental y todo su rencor las almas menos bellas del tiempo».
Cuando se lee algo, conviene pararse un momento a pensar sí eso que se ha leído lo dice el que lo escribe o es una simple resonancia de «la voz de su amo».
J.[ulián] M.[arías], Índice, 146, enero de 1959, p. 5.

martes, 2 de octubre de 2018

"Prólogo" de Cristóbal Serra a "Poemas proféticos y prosas de William Blake" (1971)


PRÓLOGO
William Blake, el más espiritual de los artistas, poeta místico y pintor, contemporáneo de Walter Scott, nació el 28 de noviembre de 1757. Nacido bajo la tiniebla de un otoño londinense, había de ser “el más religioso de los grandes poetas ingleses”, si bien con una religiosidad poética hecha de luz y de sombra. Desde muchacho demostró poseer un temperamento fuertemente visual y alucinatorio. Su primer biógrafo, Gilchrist, nos lo presenta como un soñador impenitente, como un adolescente ávido de recorrer los aledaños de Londres. Este solitario errabundo, apenas mozo, era un alma de temple romántico que necesitaba de la visión del campo verdegueante y de la luz indecisa de los crepúsculos. Cuando más maduro, uno de sus paseos favoritos será llegarse hasta Blackheath. La vida edénica del campo enriquecerá su mente con imágenes idílicas que, junto a las imágenes violentas, caracterizarán su gran poesía. En Peckham Rye, cerca de Dulwich Hill, no tenía aún los diez años, cuando tuvo la primera visión. Paseándose deleitosamente, miró hacia el cielo, y vio un árbol colmado de angélicas alas fulgentes que, adornadas con lentejuelas, brillaban en cada rama como estrellas. De vuelta a los lares paternos, cuenta la visión gozada al padre, que está a punto de darle una paliza, de no interceder su madre. Si sacamos a relucir estas visiones alucinatorias es con el fin de que sirvan de ayuda para mejor comprender las vistas del mundo espiritual que le asediaron en Felpham donde vio una vez los “funerales de un hada”. En el jardín se le ofreció la visión de unos minúsculos seres que llevaban el cadáver de un hada sobre una hoja de rosa; y cantando la enterraron y se desvanecieron. Esta visión puede emparejarse también con las de sus últimos años, cuando el Poeta ve con ojos de niño tremebundas visiones. Un amigo de aquellas circunstancias, el poeta y astrólogo, John Varley, consigue que Blake le plasme algunas; y de aquellos dibujos han quedado como memorables el retrato del Constructor de las Pirámides y el Fantasma de una Pulga; monstruoso ser, mitad hombre, mitad bestia, que tiene en la mano una copa de sangre que se apresta a beber. Las visiones casi arcádicas de los primeros años se tornarán después torvas y cada vez más complejas.
Los relatos que nos han llegado de tales visiones hacen suponer que Blake era víctima de alucinaciones, pero él se ha cuidado de explicamos que sus visiones eran hijas de la “imaginación”, y que poseía una facultad común a cualquiera que se esfuerce en ejercitarla. Un fantasma, solía repetir, se ve con el ojo corporal arrebolado, pero una visión se ve con el ojo mental. Mona Wilson, que ha dedicado una biografía exhaustiva al poeta, observa que Blake concebía sus retratos visionarios antes del anochecer, y que frecuentemente los esbozaba de noche. Esto hace sospechar que tenía la experiencia normal de las imágenes hipnagógicas, cosas vistas en el dintel del sueño, figuras proyectadas como por una linterna mágica.
***
Segundo de los hijos de un modesto mercero, su padre, comprendiendo que el niño no es de condición corriente, le proporciona una educación, en cierto modo, esmerada. Blake se mueve así, desde su niñez, en una atmósfera de solícita educación. A la escasa edad de diez años, su padre le costea unas clases de dibujo en la escuela de Pars, en el Strand. Esta escuela de dibujo era la antesala de los artistas en ciernes que ingresaban luego en la Academia de Pintura y Escultura de St. Martin’s Lane. Allí dibujó los modelos clásicos que le propuso Pars; y de esta época quizá datan sus lecturas precoces —los Isabelinos, Shakespeare, Milton, Dante, la Biblia. El libro que más honda huella le dejó fue el Paraíso Perdido de Milton. El tema de la Caída, tema central de los Libros Proféticos, le es sugerido por el poema miltoniano, antes que por la Biblia.
A la edad de catorce años, entró de aprendiz en el taller del grabador Basire, abrazando la profesión que nunca abandonaría a lo largo de su vida. Por esa época empezó a escribir poesía y nacen los “Esbozos Poéticos”. Lee en este período a Burke, a Locke (Ensayo sobre el Entendimiento Humano), a Bacon y las Reflexiones sobre el arte de los Griegos de Winkelmann. Se sabe que Basire, noticioso de sus rencillas con los compañeros de taller, lo empleó para dibujar las tumbas de la abadía de Westminster, con lo cual pudo familiarizarse con el gótico, y de paso descubrir que el color cubría las esculturas monumentales de las iglesias de Londres; y quizá fuera éste el punto de partida de aquella “síntesis de las artes” que buscó afanosamente en Illuminated Printing, mezclando la pintura con la escritura poética.
Terminado su aprendizaje con Basire, Blake se inscribe a los veintiún años en la Real Academia. Allí muestra su desprecio por el óleo y sus preferencias por el grabado, la acuarela y el temple; le repugna dibujar lo real. Se niega a estudiar a Rubens y a Le Brun, concentrándose en los grabados italianos sacados de las otras de Rafael y Miguel Ángel. Y al conservador de la Academia Real, el suizo Mosser, que quiere apartarlo de aquellas obras, tildándolas de inacabadas, Blake le responde: “Estos cuadros de Rubens, que tiene por acabados, no se empezaron nunca; cómo pueden ser acabados”.
En 1780 llega a exponer sus obras en la Real Academia: una acuarela y dos dibujos. Dos años después, su hermano Robert, por quien sentía un gran afecto, murió víctima de una tuberculosis; y Blake, después de 1785, tuvo una visión en la cual Robert le enseñó un nuevo método de grabar y colorear al mismo tiempo él texto y las ilustraciones. Blake había de emplearlo en adelante y tenía que ser el medio eficiente y duradero de dar a conocer su genio al mundo.
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En 1782 Blake se casó con Catherine Boucher, sin contar con el beneplácito paterno. Se casa a los veinticinco años, y el joven matrimonio no volverá a pisar la casa del mercero. Lo que sabemos de este matrimonio nos permite afirmar que Blake encontró en su mujer, si no la compañera ideal, la compañera dulce y sumisa. Sin duda, Catherine constituyó una ayuda a su tarea creadora, y le salvó posiblemente de la locura, como hay quien ha sugerido. Catherine, por otra parte, no le podía ofrecer la plenitud vital, y Blake canalizó sus necesidades emocionales o físicas a través del mundo de la poesía. Parece ser que Blake tenía en poca estima a las mujeres; sin sentir hacia ellas animadversión, las consideraba seres inferiores, óptimos para los afectos familiares y conyugales, pero inaccesibles a los fuegos del amor auténtico. Saurat, llevado de unas noticias de Mona Wilson, pone de relieve que Catherine no podía dar satisfacción plena a la fogosa sensualidad del marido, pues, sobre ser educada en un estricto puritanismo, que la capacitaba más para la sumisión matrimonial que para el amor, era de natural enfermizo. Esto debe de haber exasperado abiertamente a Blake, que por temperamento y convicciones era reacio al ascetismo y a la austeridad. Saurat atribuye la falta de descendencia del matrimonio a la fe catara más o menos consciente de Blake, contraria a la perpetuación de la vida terrena; otros la suponen consecuencia de las crisis de Catherine provocadas por el temperamento violento y difícil del marido. La vida conyugal, como en fin toda la existencia de Blake, está sembrada de rarezas. Un día, por ejemplo, obligó a la mujer a que pidiera perdón de rodillas a su hermano Robert por una pulla que le había encajado. Uno de sus amigos, Thomas Butts, encontró un día a Blake y a Catherine completamente desnudos, en un pequeño pabellón del jardín de su casa de Poland Street, compenetrados con el papel de Adán y de Eva del Paraíso Perdido, poema del que recitaban entusiásticamente pasajes. Blake fue muy propenso a encarnar personajes históricos, proyectándolos durante un cierto tiempo. “Yo soy Sócrates, o Moisés, o uno de los Profetas”, solía decir en forma descabellada; y siempre su entusiasmo desbordante encontraba eco en su mujer. La anécdota del jardín muestra hasta qué grado la esposa era dócil a sus extravagancias. Pero Blake encontraba todavía insuficiente la docilidad de su esposa. Mona Wilson, en su Vida de W. Blake, nos informa que un día el poeta anunció a su mujer que, como partidario de la comunidad de mujeres, iba a pasar de la teoría a la práctica, y cometaria por tomar una concubina. La pobre Catherine se echó a llorar. Blake, ante la reacción de su mujer, desistió de su propósito, aunque no abdico de sus teorías sexuales. En un poema del Manuscrito Pickering, titulado “William Bond”, encontramos una alusión a este episodio tragicómico de su vida conyugal.
La audacia de Blake en materia sexual se limitó a escritos y manifestaciones. Crabb Robinson anota en su “Diario” que una vez Blake le hizo sensible que era partidario decidido de la comunidad de mujeres. En realidad, era un fiel seguidor de la doctrina de Boehme del Hombre Eterno Andrógino, y creía que el sexo pertenecía al mundo “caído” del tiempo y del espacio; soñaba por tanto con un retorno, que creía próximo, de una Edad de Oro, en la que el egoísmo, los celos y la lujuria dejarían de existir sobre la tierra. Y entretanto se desfogaba contra la represión de los instintos, y de los deseos naturales, madre de la hipocresía.
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A finales de 1788 escribe la primera parte de Canciones de Inocencia, que le acreditaron poéticamente ante su generación y ante la posteridad. Casi al mismo tiempo que las canciones da a luz el Libro de Thel, una extraña alegoría mística. Thel tiene mucho de ensueño angélico. A Thel sigue, en 1790, El Matrimonio del Cielo y del Infierno, curioso testimonio de la irreverencia blakiana Es una tentativa para profundizar los abismos del Mal. Las viejas palabras —Ángel, Demonio— cobran tintes nuevos.
En 1794 lanza Canciones de Experiencia, como complemento a las Canciones de Inocencia, escritura poética más lúcida que los Libros Proféticos: escrito más libre de misticismo y abstracción.
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Entre 1789 y 1792, hasta el estallido del Terror de Septiembre, fue un vehemente partidario de la Revolución francesa, como antes lo había sido de la americana. Su republicanismo era congénito; él mismo diría irónicamente: “la disposición de mi frente me hizo republicano”. Se tocaba con un gorro frigio en el momento en que Londres veía en los jacobinos franceses a sus peores enemigos. En los locales del librero y editor Johnson, para el que Blake trabajaba como ilustrador, se reunía con un grupo de republicanos avanzados. Entre estos hombres de un republicanismo militante, ciegos para lo espiritual, Blake era una “avis rara” que defendía acaloradamente el espíritu del Cristianismo por ellos repudiado. Blake siempre tuvo arranques de prudencia y sagacidad en los asuntos ordinarios. Por aquella época, Blake se establece en Lambeth y traba amistad con Thomas Butts, lazo amistoso que había de durar treinta años. Butts no compartía la opinión casi general de que Blake estaba loco y, además, era un admirador de su arte hasta el punto en que le comprará, sin discutir el precio, todo lo que el artista le ofrezca para librarse de la miseria. En Lambeth escribe los Libros Proféticos menores, desde las Visiones de las Hijas de Albión hasta el Canto de Los. Allí emprende asimismo la composición de Los Cuatro Zoas, titulada primeramente: “Vala o la Muerte y Juicio del Hombre Eterno”.
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El período de Felpham fue muy feliz. Gracias a la protección del poeta Hayley pudo vivir casi cuatro años en Sussex, en una casita desde donde divisaba el mar. Allí compuso Milton y Jerusalem, “bajo el dictado de los Espíritus”. En Sussex, Blake disputa con un soldado llamado Schofield que se había introducido en su jardín. El soldado, que sufrió una furiosa embestida del poeta, acude a la justicia y acusa a Blake de revolucionario y de haber proferido insultos contra el ejército y el rey. Blake salió absuelto del cargo, pero este accidente no lo olvidaría jamás, y acrecentó su odio contra la autoridad militar. El nombre de Schofield figura en sus últimos poemas, como un símbolo de la brutalidad. Pero ya el carácter de Blake había sufrido mudanza. De una posición política revolucionaria pasaría a una posición antidogmática en el orden religioso. Si en sus primeros libros proféticos abogó por unas condiciones externas de la vida en las cuales la “anarquía del amor” pudiese medrar, en los últimos poemas le vemos abogar por la pura anarquía del amor.
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El favorable retiro de Felpham cambióse en 1804 por la reclusión menos grata de Molton Street. Allí no podía embelesarse con el jardín, los árboles y el mar. En esta calle londinense, se instaló en un primer piso, en el cual permaneció casi diecisiete años. Los primeros libros que sacó a luz, estando en esta nueva casa, fueron dos libros ilustrados con grabados: Jerusalem y Milton. El primer poema, si podemos llamarlo poema, estaba en gran parte escrito en prosa, y en él raramente aparecía el verso. Jerusalem, de acuerdo con el propósito de Blake, no se parece ni de cerca a los Libros Proféticos de los primeros días. No se refieren en él guerras, penalidades, sufrimientos, lamentos de Orc, Rintrah, Urizen o Enitharmon, aunque esos nombres suenen de tarde en tarde.
El propósito claro de Jerusalem es llegar a un estilo tan concreto y perfecto como la misma visión, no empañado por las engañosas bellezas de la naturaleza ni los exornos enajenadores de la forma convencional. Milton, estilísticamente, sigue la línea de Jerusalem; hasta pudiera ser su continuación. Tan oscuro como su precedente, contiene, no obstante, el mismo fervor religioso, la misma elevación, y la misma finalidad sacra.
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En 1821, Blake se traslada a Fountain Court, en el Strand, donde vivió hasta su muerte, acaecida en 1827. En los últimos años, le rodeó un grupo de amigos y de admiradores jóvenes, que se gozaban con su charla, y a los que abría su alma efusiva y generosa. En torno a la figura de Blake, canosa con los años, se reunían para discutir libremente sobre arte, en una época de academias y de cánones. Para esos jóvenes inquietos, la casa de Blake era “La Casa del Intérprete”. Todavía, después de treinta años, pervivía la mística influencia del Poeta en todos los que le trataron y le amaron.
Un mediodía de agosto de 1827, el grupo de amigos escogidos —Richmond, Calvert, Tatham— asistieron al sepelio del Poeta en Bunhill Fields, lugar de descanso de ilustres inconformistas. El entierro de los grandes hombres suele ser precipitado, sórdido, desigual y una tumba anónima les espera. El de Blake fue el acontecimiento propio de quien había nacido y había sido bautizado en la iglesia de los rebeldes.
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La posteridad tiene en cuenta el genio de Blake pero, en su época, no tuvo el reconocimiento de la crítica ni la consideración del mundo. Es casi comprensible que le trataran mal sus contemporáneos, pues apenas podemos imaginar un momento o un esquema de las cosas en los cuales haya podido vivir o descansar sin un asomo de rebeldía. Todo lo que se daba por aceptado, en el terreno del arte, lo desechó; todo lo que se admitía como bueno en el orden poético lo anatematizó. Lo que era bueno para los otros hombres, y en realidad excelente dentro de su orden, era para él lo peor. Reynolds y Rubens eran embadurnadores y diantres. Por otra parte, en un siglo en que imperaba la Razón crítica, él estuvo poseído por un raro fervor y una rara creencia; entre cuerdos que no tenían inconveniente en refutarlo todo y en no dejar nada sin prueba, era un loco que creía una cosa por el mero hecho de que era imposible probarla. Vivió y trabajó fuera de las normas establecidas y esto le valió la incomprensión. Blake, como muchos incomprendidos, estaba dividido entre una desafiadora justificación de la oscuridad de su obra y la creencia de que ésta podía ser asimilada por inteligencias no corrompidas por el materialismo de la vida. Blake ilustra mejor que ningún otro artista las inquietudes mayores de la edad moderna. En primer lugar, la rebelión contra las realidades terrestres ficticias; después, la necesidad de superar con la Imaginación las trabas del pasado. Cuando se mira históricamente, la lucha de Blake es simple y clara. El tiempo ha convertido en fulgores las pretendidas oscuridades de la poesía blakiana. En medio de todas las contradicciones aparentes, de las incoherencias momentáneas, brilla su poesía con luz inusitada; y decir de él que fue un poeta-filósofo no es pecar de inexactos. Pues su filosofía tiene su piedra angular y sus cimientos. No está montada milagrosamente en el aire, como algunos lectores pudieran sentirse tentados a creer. Todo en el pensamiento de Blake es congruente. Tenía que atacar a los deístas y lo hizo; tenía que descubrir los estragos de la Razón y llevó a la perfección, infatigablemente, esta obra descubridora. A los lectores de talante especulativo no ha de serles muy difícil derivar un sistema filosófico que, si no siempre es preciso, resulta armonioso. Se alcanza pronto que este sistema rechaza toda teología ortodoxa o heterodoxa que afirma el primado del Bien tradicional sobre el Mal tradicional y la superioridad de la Razón sobre la Imaginación.
El Cristianismo de Blake era ciertamente herético, pero fundado en viejas premisas. Si identificaba a Cristo con la bondad, bacía de Jehová un símbolo nefasto de terror y tiranía. Y éste, no obstante, es el punto esencial de toda la poética de Blake. Para comprender su gran poesía y su anarquismo poético desde las primeras voces hasta los últimos gritos, hay que imaginar al “niño” hipersensible, ultrajado por las estructuras de las escuelas y de las iglesias, que leyó, ya mayor a los profetas del Viejo Testamento, y que descubrió en Jesús el modelo de su concepción del amor. Es, por otra parte, un hecho básico para comprender a “este mago blasfemo por ansias de lo santo” —que no persiguió jamás la gracia a través de la disciplina y el dogma. Si le atrajeron los Profetas fue porque expresaron el espíritu, no la letra de la Ley.
La ortodoxia surrealista relegó la obra blakiana y la del Bosco al oscurantismo religioso. En los Vasos Comunicantes, Bretón, contradiciendo su innegable proclividad a los entes misteriosos, recusó “los seres imaginarios engendrados por el terror religioso y salidos de la razón más o menos turbada de un Jerónimo Bosco o de un William Blake”.
Los motivos de esta condenación nos llevarían muy lejos, de tener que precisarlos. Bretón nunca pensó que hubiese contradicción entre su profesado materialismo y su actitud esencialmente antimaterialista. Cabe, pues, proclamar a Blake “surrealista a medias”, ya que sus visiones no son libérrimas, producto del ensueño sin asidero o de la asociación errática, sino que surgen de un sentimiento directo que encuentra cabida en una construcción básicamente lógica antes que alucinatoria.
Las fronteras entre poesía y prosa se ofrecen en Blake indecisas. Poeta en el sentido original de la palabra, crea una prosa poética firme y musculosa. Pudo dejarnos una prosa admirable porque la poesía en la que era diestro es un arte más preciso que la prosa y escribirla implica cualidades que son muy estimables para la “otra armonía”. Sabía Blake que la prosa no es sólo arquitectura sino ritmo. Llevado de su inclinación hermética, tiende n la expresión aforística. De ahí que tengamos que considerarle como a uno de los máximos exponentes de la escritura aforística. El aforismo poético, que en Heráclito y algunos románticos alemanes tuvo sus máximos cultivadores, se convierte con él en “aforismo relampagueante”.
Por otra parte, las cosas espontáneas y petulantes que Blake escribió en los márgenes de los libros que solicitaron su atención de lector, nos lo presentan como un hacedor inveterado de notas y apuntaciones. Desahogos de lector, constituyen una exposición sistemática de sus odios y de la intensidad de éstos. Nacieron para ser simplemente notas, es decir, para ser advertidas en su día. Agregadas a su obra profética y visionaria, nos dan una visión aún más acabada de su Genio que, si habló de una manera confusa y oscura, supo encontrar la frase lapidaria.
Cristóbal Serra.
William Blake, Poemas proféticos y prosas,
Barral Editores, Barcelona, 1971, pp. 7-18.

lunes, 1 de octubre de 2018

"El libro negro del comunismo" de Juan Pedro Quiñonero (Blanco y Negro, 23 de noviembre de 1997)


Construcción del canal Mar Báltico-Mar Blanco (1933). Foto Aleksander Rodchenko.
EL LIBRO NEGRO EL COMUNISMO
¿Quién se cobró más víctimas, Hitler o Stalin?

Veinte millones de muertos en la antigua URSS. Sesenta y cinco millones de muertos en China. Un millón de muertos en Vietnam. Dos millones de muertos en Corea. Dos millones de muertos en Camboya. Un millón de muertos en Europa del Este. Un millón setecientos mil muertos en África. Un millón y medio de muertos en Afganistán. Varias decenas de millares de muertos, víctimas de muy diversas ramificaciones del movimiento comunista internacional: un escalofrío recorre la objetiva estadística, tan sólo uno de los apartados de «El libro negro del comunismo. Crímenes, terror y represión» (Ed. Robert Laffont), que acaba de editarse en Francia y en cuya redacción han colaborado intelectuales independientes, especialistas de renombre en distintos aspectos de la historia mundial de este movimiento. A un paso del final del siglo comenzamos a contemplar en sus verdaderas proporciones un espantoso espectáculo ya conocido.
Durante vanos años de trabajo, Stephane Courtois, Nicolas Werth, Jean-Louis Panne, Andrzej Paczkowski, Karol Bartosek y Jean-Louis Margolin han intentado hacer un balance equilibrado y ecuánime de la herencia mundial del comunismo, más allá de toda polémica, intentando resumir nuestros conocimientos internacionales. De entrada, la suya ha sido una tarea de vasta compilación y resumen de una ingente bibliografía, enriquecida con los materiales inéditos que ha sido posible consultar en los archivos oficiales de la antigua URSS, parcialmente explorados, tras la descomposición dramática del primero de los grandes imperios comunistas con vocación universal.
El primer resultado puramente estadístico de esos trabajos no puede ser más escalofriante: Veinte millones de muertos en la antigua URSS. Sesenta y circo millones de muertos en China. Un millón de muertos en Vietnam. Dos millones de muertos en Corea. Dos millones de muertos en Camboya. Un millón de muertos en Europa del Este Un millón setecientos mil muertos en África. Un millón y medio de muertos en Afganistán. Varias decenas de millares de muertos, víctimas de muy diversas ramificaciones del movimiento comunista internacional.
Estalinismo. Directos y lejanos herederos de ese océano de muerte, crímenes y terror intentar justificar y explicar, como pueden, las raíces y proliferación de esa espantosa selva, recomendó a la denuncia del “estalinismo”, culpando a Stalin de todas las “desviaciones” y perversiones de un modelo que aspirada a imponer sus valores, por la fuerza y la violencia de las armas, a todos los pueblos de nuestro planeta Existe una bibliografía muy frondosa que sale al paso de esa simplificación interesada. «Le libre Noir» resume más de medio siglo de estudios reconstruyendo, con bastante precisión, los grandes rasgos que distinguen al modelo comunista ruso, exportado con éxito a China, parte de Europa, África y Asia. En contra de lo que continúan afirmando los herederos directos o lejanos del pasado comunista, contra toda evidencia. Stalin se “limitó” a continuar y ampliar los métodos policiales y terror político concebido, organizado y sistematizado por Lenin y Trotsky.
Inspirándose, directamente, en Robespierre y Saint-Just, Lenin creó la primera policía política y las primeras checas. Y es posible consultar y leer las cartas, correspondencia y consejos prácticos que Lenin daba a sus comisarios para detener. liquidar y exterminar a sus enemigos políticos, aportando una novedad capital a las artes del terror político: la publicidad de masas. En numerosas ocasiones, Lenin ordena por escrito, de modo muy enérgico, expeditivo y terminante. cómo es necesario ejecutar, con un tiro en la nuca o ahorcando a los enemigos políticos, y pide a sus verdugos materiales que se dé mucha publicidad “pedagógica” a esas ejecuciones masivas. 
El profeta armado. La hagiografía trotskista y el carácter odioso de la persecución estalinista contra la primera generación de trotskistas-internacionalistas, por otra parte, tampoco permite olvidar que Trotsky fue el primer “profeta armado” de la revolución comunista y tuvo una responsabilidad excepcional en las operaciones militares consagradas a liquidar a toda a oposición de izquierdas, comenzando por los sindicatos anarcosindicalistas, que las tropas comunistas, bajo el mando directo de Trotsky, precisamente, exterminaron a tiro de cañón, con una brutalidad bien conocida y excepcional.
Existe una bibliografía muy frondosa, igualmente, sobre los Procesos de Moscú, cuando los dirigentes soviéticos organizaron, por vez primera, la puesta en escena del crimen político, castigado con ejecuciones de masas. En Nuremberg, en la inmediata postguerra, los aliados victoriosos durante la Segunda Guerra Mundial juzgaron y condenaron sin apelación a los dirigentes nazis que no habían muerto o no se habían suicidado. En Moscú, años antes, la justicia estalinista dramatizó publicitariamente el exterminio de la oposición interna, liquidando a los dirigentes comunistas que habían optado por líneas políticas de muy diversa especie.
El terror. Es difícil precisar si los Procesos de Moscú fueron la “culminación” o el “principio” del terror específicamente estaliniano. Cuando Stalin decide montar publicitariamente el terror político, hacía mucho tiempo que los campesinos rusos habían sido eliminados masivamente, los tártaros habían sido deportados en masa, los judíos habían sido perseguidos hasta los campos de concentración soviéticos (muy anteriores a los campos de concentración nazis), toda disidencia política habla sido condenada a los pelotones de ejecución, el tiro en la nuca o la horca.
Queda una evidencia histórica, el “gulag”, el campo de concentración soviético, no fue un accidente ni una “perversión” del modelo comunista: Lenin, Trotsky y Stalin estaban moral y políticamente convencidos de que el campo de concentración era una solución válida en términos económicos e industriales. Los padres fundadores del modelo comunista soviético creían en la necesidad de imponer el terror político a través de la policía, liquidando y exterminando cualquier disidencia, y crearon los campos de concentración como un instrumento de colonización de Siberia y un recurso industrial y financiero útil y eficaz para salir de la “crisis” económica.
El «Libre Noir» resume y amplia el vastísimo campo de estudio que comento a aportar sus primeros materiales con las “Memorias” de Volin, décadas antes de que los libros de y sobre Souvarin, o el “Archipiélago Gulag” fuesen recibidos con dramática hostilidad por una parte nada desdeñable de la inteligentsta occidental. No asistimos, hoy, a la revelación de acontecimientos que desconociésemos desde hace medio siglo: si comenzamos a contemplar ese espantoso espectáculo en sus verdaderas proporciones planetarias.
Tras las experiencias de Lenin, Trotsky y Stalin, el modelo comunista chino, bajo el liderazgo imperial de Mao Tse Tung, posee su propia lógica, su aspiración fundacional a prolongar la herencia del 93 francés, el militarismo bonapartista y la eficacia implacable del terror específicamente leninista.
Los historiadores del PC chino y la gigantesca epopeya de la Larga Marcha recordarán que, en verdad, las raíces del terror maoísta también tienen una historia específicamente “local”. Mao poseía un talento propio en las artes del exterminio físico de sus rivales políticos.  La historia del PC chino está llena de trágicas historias de liquidaciones. «Le libre Noir» no siempre insiste en esa “especificidad” maoísta que asumió muy pronto la ambición totalitaria que había culminado, provisionalmente, con las grandes purgas estalinistas.
De "Los dibujos del Gulag" de Danzig Baldev
Camaradas chinos. No es casual que cuando el XX Congreso del PCUS y Kruschev intentaron abrir, tímidamente, el debate sobre los crímenes de Stalin, estallase o se ampliasen las grandes crisis chino-soviéticas. Los camaradas chinos eran calurosos partidarios de los métodos estalinistas, que Mao y su esposa utilizaron con una crueldad luciferina, aportando matices propios a la historia más implacable del terror político.
La historia política de la Revolución Cultural china quizá todavía no esté estudiada en toda su inquietante iniquidad criminal. Tenemos noticia del terror de masas, de las deportaciones indiscriminadas, de las torturas más crueles pero está mal estudiado, en Europa al menos, el aspecto puramente “industrial” y “publicitario” de aquella orquestación nacional e internacional del terrorismo de Estado.
Los sesenta y cinco millones de muertos del comunismo chino quizá reclamen de nuestra conciencia una reflexión y estudio más hondos La Prensa escrita, la radio y la tensión fueron utilizadas para multiplicar los efectos devastadores de las denuncias más criminales. La publicidad más odiosa fue empleada para atizar las pasiones y las venganzas más innobles La “comunicación audiovisual” sirvió como instrumento de manipulación y terror de masas. La diplomacia “cultural” fue usada para exportar, defender, justificar y manipular unos crímenes que también fueron la opresión horrible de una guerra civil ideológica entre varias facciones de la dirección del PC chino, ejerciendo el terrorismo ideológico y policial con eficacia internacional, sus métodos fueren glorificados corno un triunfo revolucionario por una parte significativa de las juventudes europeas.
Pol Pot. Muy pronto comenzó a conocerse la inmensidad criminal de los genocidios vietnamita y camboyano y buena parte de la Prensa occidental decidió optar por el escepticismo. ¡Era difícil creer en la gravedad de los crímenes de Pol Pot intentando exterminar a su propio pueblo! De hecho, Lenin, Trotsky, Stalin y Mao había conseguido una fabulosa victoria: el exterminio masivo de campesinos y judíos rusos era presentado en numerosos estudios de eminentes historiadores como una “purga”, como un “error”, una “necesidad cruel”. Fue necesario esperar muchas décadas, todavía, antes de que comenzase a emerger la evidencia fría y espantosa se trataba, en Moscú y en Pekín, del genocidio de pueblos enteros organizado por una minoría política sin escrúpulos, dispuesta o imponer su ley recurriendo a los ejércitos de ocupación y el arma capital de un parque de artillería nuclear estratégica.
El «Libre Noir» permite comenzar a estudiar, al mismo tiempo, las distintas facetas de terror comunista, su carácter “nacional”, su ambición internacional, su utilización masiva de la diplomacia como recurso de desestabilización generalizado. La Guerra Civil Española fue, en ese sentido, un “laboratorio” bien conocido. cuyas enseñanzas políticas, policiales y militares fueron muy útiles a los agentes comunistas en toda Europa del Este tras el debacle de la Segunda Guerra Mundial
En ese terreno reciamente hispánico el «Libre Noir» decepciona un poco. Los autores manejan la bibliografía bien conocida sobre los estragos de los agentes del Komintern en la España de la Guerra Civil. Y allí aparecen las matanzas de trotskistas y anarquistas en la Barcelona 1937 (el desuello físico de Andreu Nin, por citar un solo ejemplo) Sin embargo, se han olvidado documentos de primera importancia, como las “Memorias” de Enrique Lister donde se cuentan con mucho detalle y nombres propios los ensangrentados enfrentamientos entre dirigentes del PCE. 
Muchos de los protagonistas de la historia por escribir del PCE están todavía bien vivos, y el gran proyecto de la reconciliación nacional parece impedir que se abra y dé publicidad a unos procesos políticos y policiales que costaron muchas vidas humanas. Nadie parece desear que se conozca la verdad sobre esa ensangrentada página de la historia nacional Documentos como el «Libre Noir» harán cada día más urgente e imprescindible esa revisión previsiblemente traumática.
Camino de Auschwitz. Dicho esto, el «Libre Noir»  si permite comprender en toda su inmensidad el carácter planetario de nuestra tragedia más íntima, porque muchos de los mismos agentes estalinistas que traficaron con vidas y muertes humanas en España, continuaron ejerciendo su oficio de profesionales del terror en los campos de concentración nazis y en la Europa del Este. Está por escribir el comportamiento de los comunistas capaces de discernir entre los compañeros de viaje que era necesario salvar, y los enemigos de clase que era necesario exterminar camino de Auschwitz. Mucho mejor conocida es la historia de los agentes comunistas que provocaron el derrumbamiento totalitario de Europa del Este, que Washington había cedido a Moscú, precipitadamente, durante la etapa final de la Segunda Guerra Mundial.
Los biógrafos del General Patton y la historia de la diplomacia transatlántica han recordado en muchas ocasiones como Washington decidió entregar a su triste suerte a los países de Europa del Este “liberados” por las tropas soviéticas. Y muchos militares americanos se preguntaron por lo bien fundado de unas decisiones políticas que consistían en retrasar el avance aliado, para dejar a Europa del Este a los blindados controlados por los comisarios políticos soviéticos. Historia siniestra y feroz, todavía parcialmente explorada.
Misiones terroristas. El «Libre Noir» nos recuerda. sin embargo, que los agentes internacionales de Stalin tenían claras misiones terroristas: liquidación física de disidentes trotskistas, liquidación de líderes políticos que pudieran oponerse a la estrategia soviética, sabotaje de libertades básicas en nombre del terror político ejercido por los grupúsculos bolcheviques. Vasto horizonte ce crímenes y genocidios padecidos por los pueblos este-europeos, con un costo humano sencillamente devastador.
Sorprende, siempre, a cada instante, la dimensión universal del mismo proyecto totalitario la diplomacia leninista nace al mismo tiempo que el terrorismo de Estado, el pacto germano-soviético es contemporáneo del Gulag y de Auschwitz, la caída de Berlín y la instauración de regímenes comunistas al Este de Europa se forja a través de la presión militar soviética, la guerra imperial de Afganistán se inicia en el momento álgido de la batalla de los euromisiles, cuando Moscú había convertido los SS-20 soviéticos en un arma de chantaje diplomático contra toda Europa, y ejercía sin pudor la amenaza tutelar de un parque de artillería nuclear con ambición mundial.
Quizá se trate de uno de los hallazgos más positivos y estimulantes del «Libre Noir» el terror comunista no es una “desviación” de un modelo político original. Al contrario, es un cuerpo de doctrina racional y ambicioso, dispuesto a servirse de todos los recursos del Estado y el Imperio totalitarios para imponer su ley y su terror a pueblos enteros. La policía persigue, castiga y condena con la pena de muerte cualquier disidencia. Los ciudadanos son privados de libertad en nombre del Estado. El Terror es utilizado como recurso industrial generalizado: usa a los ciudadanos privados de toda libertad como mano de obra barata al servicio de la burocracia, que ha diseñado el campo de concentración como un recurso eficaz de colonización imperial de vastísimos espacios de tierras vírgenes. La diplomacia es concebida como un arma de presión y expansión sin límites ni fronteras. Moscú y Pekín comienzan a soñar con la implantación mundial de sus modelos comunistas El ejército y las armas nucleares fueron eficaces recursos de vio encía puesta al servido de la misma y única utopía totalitaria.
En Kronstadt, los sindicalistas fueron aniquilados por el ejército trotskista en nombre de la construcción del Estado. Los Procesos de Moscú confirmaron la vocación mundial del Gulag. Praga, Varsovia, Berlín, Budapest, la guerra imperial de Afganistán, ilustraron la concepción militar de la diplomacia comunista,  recurriendo a las tropas de ocupación para “liberar” nuevos territorios condenados a un estado de servidumbre imperial.  
Comunismo y nazismo. En ese terreno, el «Libre Noir» reabre un debate indispensable sobre las relaciones de fondo entre comunismo y nazismo. Ernst Nolte y François Furet han intercambiado, en ese terreno, dos libros y una extensa correspondencia que tiene la virtud de su ejemplaridad intelectual y el defecto de su carácter puramente “teórico”, sin caer, nunca, en el fango ensangrentado por la controversia.
El «Libre Noir» quizá nos ayude a continuar investigando esa horrible tragedia. Muchos de los dirigentes y responsables de los campos de concentración nazis recibían de sus superiores los “manuales de gestión” soviéticos. Hay una bibliografía muy pedagógica, en ese terreno muchos de los verdugos que ejercen su profesión de terroristas de Estado en los campos de concentración nazis recibían la formación “técnica” de los manuales redactados por los terroristas de Estado comunistas, con numerosos ejemplos y consejos prácticos de cómo dirigir, controlar, “hacer trabajar” y exterminar a grandes masas humanas, convertidas en carne de cañón para el Estado o los campos de exterminio.
Cien millones de muertos. La ilusión voluntarista de una perversidad nazi y un «error» comunista es cada día menos soportarte. La evidencia descubierta en los archivos soviéticos es que muchos dirigentes nazis se “inspiraron” en no pocos de los aspectos “técnicos” de los campos de trabajo y concentración comunistas para mejor dirigir y “explotar” (industrialmente) los campos de concentración y exterminio nazis. Globalmente. los campos de exterminio nazis se cobraron “sólo” veinticinco millones de muertos, mientras que los campos de exterminio comunistas sumaron entre ochenta y cinco y cien millones de cadáveres. Estadística que sorprende por sus proporciones de maldición bíblica: dos Estados, dos Imperios, devorando millones de víctimas inocentes, exterminando pueblos enteros, en nombre de la voracidad implacable de una minoría ideológica con vocación imperial y totalitaria.
El «Libre Noir» reabre y amplia, en ese terreno, un debate que apenas comenzamos a explorar en su lúgubre inmensidad. Los mejores, más eminentes y respetados especialistas en la historia cultural del fascismo y el comunismo, Ernst Nolte y François Furet han intercambiado argumentos de base, conscientes ambos, de que estaban abriendo uno de los debates más crueles y espantosos de la historia de nuestra cultura y civilización. La historia no ha terminado, ni mucho menos: apenas comenzamos a explorar las raíces e identidad de las semillas donde florecieron las utopías totalitarias, donde fueron inmolados sin piedad millones de seres humanos, sacrificados en el holocausto fúnebre de unas creencias milenaristas y criminales que aspiraban a confundirse con el destino del hombre en la Tierra.
Los "tontos útiles" de los Jemeres Rojos


Juan Pedro QUIÑONERO.
Blanco y Negro, 23 de noviembre de 1997, pp. 26-32