sábado, 29 de septiembre de 2007

Leyendo el último libro de Cesar Alonso de Los Rios



"El Congreso de Intelectuales de 1984 montado por el Partido Socialista, y en el poder, habría sido una gran ocasión para la recuperación crítica de la memoria histórica, si se hubiera dedicado a reflexionar sobre el hecho de que la misma generación de intelectuales que apoyó el Régimen de Franco, y algunos de cuyos miembros más eminentes se encontraban allí, en los años cincuenta y sesentas, los movimientos de contestación a aquel.
No es posible encontrar un precedente semejante en algún otro país. Este es un hecho político y cultural único, insólito. Sin embargo o ha sido soslayado de forma sistematica o ha sido minimizado."


Un ejemplo: un articulo de Haro Tecgler


"Dies Irae" publicado en Informaciones, Madrid, 20 de noviembre de 1944.

La voz de bronce de las campanas de San Lorenzo, el laurel de fama de la corona fúnebre, la piedra gris del Monasterio, los crespones de luto en todos los balcones del Escorial, los dos mil cirios ardiendo en el túmulo gigantesco coronado por el águila de Imperio que se eleva en la Basílica, lloran en esta mañana, con esa tremenda expresión que a veces tienen las cosas sin ánimo, la muerte del Capitán de España.
Hasta el sol y el paisaje han cubierto su inmutable indiferencia con el velo gris de la lluvia y la niebla, y cae sobre la ciudad —lacrima coeli— una llovizna fina y gris.
El instituto, el subconsciente, nos ha repetido sus frases, sus profecías, sus oraciones; y no ha sido voz de ultratumba la suya; ha sido voz palpitante de vida, de la vida y el afán de todos estos magníficos camaradas de la Vieja Guardia, del Frente de Juventudes, de la Sección Femenina... La doctrina del Fundador vive en ellos como en aquellos tiempos, y si el cuerpo de José Antonio está muerto bajo la lápida, su espíritu tiene calor de vida en la de todos los camaradas de la Falange.
Se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de destino y enderezador de historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo.
Y así, en este día de dolor —Dies Irae— a las once —once campanadas densas de todos los relojes han sido heraldos de vuelo de su presencia—, la corona del laurel portada por manos heroicas de viejos camaradas ha llegado a la Basílica, y, entre la doble fila de seminaristas —cirios encendidos en sus manos— ha pasado al Patio de los Reyes y ha entrado en el crucero. Ha sido depositada sobre la lápida de mármol donde grabado está el nombre de José Antonio y la palma de honor y martirio. Había dolor en todos los semblantes. Mientras el coro entonaba el Christus Vinci y los registros del órgano cantaban la elegía del héroe muerto, a nosotros nos parecía oír la clara palabra de José Antonio elevarse de allí donde el mármol vela su cuerpo.
Una alegría tenemos; la de ver que a José Antonio sucede un hombre tan firme y sereno como el que lleva a España por los senderos que él marcó.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Leyendo a Jean-Baptiste Botul


"Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere"
el celibato forma parte de la esencia misma de la filosofía

domingo, 23 de septiembre de 2007

Los papeles de Don Adolfo Suarez

"Y yo no opino, como muchos, que el pueblo español estaba pidiendo a gritos libertad. En absoluto. El ansia de libertad lo sentían sólo aquellas personas para las que su ausencia era como la falta de aire para respirar. Pero el pueblo español, en general, ya tenía unas cotas de libertad que consideraba más o menos aceptables... Se pusieron detrás de mí y se volcaron en el referéndum del 76, porque yo los alejaba del peligro de una confrontación a la muerte de Franco. No me apoyaban por ilusiones y anhelos de libertades, sino por miedo a esa confrontación; porque yo los apartaba de los cuernos de ese toro..."


(Entrevista inedita publicada hoy en ABC realizada por Josefina Martínez del Álamo en julio de 1980)

sábado, 22 de septiembre de 2007

No fue noticia (por ejemplo en TV3)

(Pinchar en la foto para abrir enlace)

lunes, 17 de septiembre de 2007

Un articulo de Cayetana Alvarez de Toledo en El Mundo


Por Cayetana Alvarez de Toledo, (EL MUNDO, 14/09/07)

El viernes pasado, en un hotel de San Sebastián, un puñado de intelectuales y políticos de izquierdas presentaba ante la prensa el partido que venían de fundar. Su portavoz, una mujer menuda, lúcida y valiente, resumía de manera emotiva su objetivo principal: «Defenderemos la bandera de España, por la que ha sido asesinada tanta gente».
Unas horas antes, a pocos kilómetros, otra mujer, también pequeña de estatura, de firmes convicciones liberales y un heroísmo concreto y eficaz, se había puesto manos a la obra: desafiando los insultos y las amenazas de muerte, izaba la bandera nacional en la fachada del Ayuntamiento de Lizartza.
Dos escenas, dos preguntas: ¿qué ha llevado a personas como Rosa Díez, Fernando Savater o Mikel Buesa a escindirse sentimental y orgánicamente del Partido Socialista para montar un nuevo partido? En la encrucijada en la que nos hallamos, cuando lo que toca es aunar esfuerzos para defender la cohesión de España y la libertad de sus ciudadanos, ¿cómo se explica que Rosa Díez y Regina Otaola no luchen de la mano?
En el ajetreo de la rentrée, con Zapatero entregado en cuerpo («a las ocho desayuno y a las ocho y media salgo a correr») y alma («si no hubiera intentado el proceso de paz sería un presidente sin entrañas») a engañar a los españoles respecto a sus aficiones, decisiones e intenciones, ha pasado inadvertido el alcance del golpe que ha sufrido el Partido Socialista con la salida de Rosa Díez.
En efecto, la escisión constitucionalista del PSOE es la prueba más humillante y dolorosa de la traición de Zapatero a sus votantes. Al marcharse de un partido en el que ha militado durante 30 años, Rosa Díez ha dicho dos cosas que hasta ahora nadie en la izquierda se había atrevido a reconocer en público: primero, que ya no se fía de Zapatero, ni cuando desempolva, oportunista, la palabra «España», ni cuando proclama, táctico, su «firmeza» contra ETA; y, segundo, que este PSOE, el que González rehizo y Zapatero ha deshecho, ya no tiene remedio.
Los únicos que podían regenerar al Partido Socialista desde dentro han renunciado a hacerlo. Hoy el PSOE es una opción política peor, menos coherente, menos decente que ayer. Le quedan la ramplonería de Pepiño, los tejemanejes de Rubalcaba y la demagogia de Chacón. Es decir, un inmenso vacío ideológico, político y humano. Esta traición del PSOE a sí mismo, o al menos a la idea de España, deja al PP como única alternativa. No sólo para los liberales de verdad, sino también para quienes se sitúan en ese limbo, quizá contradictorio, pero muy poblado, que Rosa Díez ha bautizado como la «izquierda liberal». Lo curioso, por volver a la segunda pregunta, es que algunos todavía no lo quieran reconocer.
Desde que Díez, Savater y compañía anunciaron su decisión de fundar un nuevo partido político bajo las siglas UPD, se ha generado un intenso debate en torno a cuál de los dos grandes partidos nacionales se verá más perjudicado. La polémica no tiene mucho sentido y, a estas alturas, tampoco gran interés. La decisión está tomada y sólo el tiempo dirá hasta qué punto fue un acierto o un error. Bastante más útil a efectos de entender (y remediar) la deriva centrífuga de España es analizar los motivos por los que personas lúcidas y honestas procedentes de la izquierda, que dicen estar dispuestas a enarbolar la bandera de la libertad frente al nacionalismo, no lo hacen hasta sus últimas consecuencias. Esto es, apoyando al partido que lleva años luchando bajo esa misma bandera y es el único capaz de lograr que algún día ondee física y metafóricamente en todos los municipios de España.
No creo que sea por vanidad o afán de protagonismo, como insinúan los críticos del nuevo partido. Pero los argumentos de sus promotores tampoco resultan convincentes: decir, como ha hecho Rosa Díez, que el PP «no se atreve» a comportarse como un partido nacional es sencillamente ridículo. En cuanto a la justificación de Savater para no apoyar al PP -que en sus despachos mandan las truculentas, homófobas y antiliberales sotanas-, estoy con Jon Juaristi en que revela poco conocimiento o bastante mala fe. ¿De verdad lo que separa a Savater de María San Gil y Mariano Rajoy son los obispos? No serán monseñores Uriarte y Setién. Ni tampoco Cañizares, quien, al menos en la cuestión de la lucha contra el terrorismo, ha demostrado tener las ideas más claras y el juicio menos voluble que aquéllos que apoyaron los primeros coqueteos dialécticos de Zapatero con los etarras.
No son argumentos objetivos, sino reflejos instintivos, los que todavía impiden a muchos españoles preocupados por España apoyar al PP. Prejuicios, recelos y aversiones que están ligados a nuestra historia colectiva y nuestras historias individuales. El fondo de la cuestión no está en un análisis racional, sino en lo que podríamos llamar el bloqueo biográfico que sufre buena parte de la izquierda española.
«Yo dejé de ser de izquierdas hace 20 años. Pero tuvieron que pasar otros 15 para que pudiera votar al PP». La confesión del intelectual catalán José García Domínguez resume el problema mejor que cualquier disquisición académica. Estamos ante una cuestión ontológica: ser de izquierdas es una cuestión de piel, irracional, atávica, existencial. Quienes lucharon contra el franquismo, quienes pueden adornar sus biografías con regates a los grises y una estancia más o menos prolongada en la cárcel, quienes se ganaron el derecho a albergar un sentimiento de superioridad moral y atesoran el recuerdo sepia de Suresnes, siguen, de un modo u otro, cautivos de su biografía. No consiguen desprenderse de sus prejuicios. El rechazo a la derecha se mantiene vivo, como una corriente subterránea que riega a toda la izquierda y brota con mejor o peor intención según las hipotecas y las sensibilidades de cada biografía.
Ahí tenemos a un Juan Luis Cebrián que compensa sus escarceos con la dictadura con uno de los ataques más explícitos jamás proferidos contra la legitimidad democrática del PP: «Es como si Franco se hubiera presentado a las elecciones y las hubiera ganado». Ahí está Zapatero, el autoproclamado «rojo», el nieto redentor, que en privado califica al PP de «derecha golpista y reaccionaria» y en público se dedica a remover fosas y pactar contra España para mantenerse en el poder. Y, desgraciadamente, ahí están también algunos de los promotores de partidos como Ciutadans de Catalunya o ahora UPD, que al simultanear un discurso prácticamente idéntico al del PP con un rechazo explícito a ese mismo partido acaban reforzando el tópico del que llevan viviendo los nacionalismos desde hace 30 años: «Es que los del PP son unos fachas».
El lunes pasado, en estas mismas páginas, Rosa Díez decía que su partido servirá para «dejar sin efecto el discurso socialista que ha cuestionado la legitimidad democrática del PP» porque «romperá la estrategia del PSOE de hacer un cordón sanitario» alrededor del principal partido de la oposición. En la práctica, ya veremos. En la teoría, es exactamente al revés. No ha pasado una semana y ya hemos visto cómo algunos de sus impulsores recurren a los mismos obtusos latiguillos anti-PP acuñados por las lumbreras de Ferraz.
La izquierda española, tanto la que representan Zapatero y su círculo de estrategas sin principios como la que sí tiene una idea de España y de la libertad, sigue anclada en el pasado. Desprovista de argumentos por el triunfo aplastante del capitalismo y la consolidación de una derecha liberal en España, se aferra a la Historia: su contribución a la lucha por las libertades durante la dictadura sirve para justificar su oposición al único partido que hoy defiende esas mismas libertades.
Por eso, volviendo al gran reto de los próximos años, que es cómo fomentar la unidad institucional de España y la libertad de sus ciudadanos, la primera tarea es lograr que todos aquéllos que comparten estos objetivos básicos superen sus prejuicios y se sumen al gran proyecto colectivo que hoy encabeza el Partido Popular. La regeneración de la democracia española es posible, pero nunca podrá conseguirse mientras una parte sustancial de la izquierda no interiorice que la derecha representa hoy los valores de libertad, igualdad y solidaridad amenazados por un nacionalismo radicalizado a la sombra de Zapatero, que devora a los ilusos y a los moderados, como demuestran la última Diada y la espantada de Josu Jon Imaz.
Frente a los escrúpulos políticos, ideológicos o incluso estéticos, les propongo un ejercicio: cojan ustedes el programa electoral del PP, bien el de 2004, bien el que pronto se va a presentar; revisen, una a una, todas sus propuestas; y al acabar apunten en un papel todas aquéllas con las que no estén de acuerdo. Apuesto doble a sencillo a que la lista será muy breve. La defensa de los valores constitucionales, la apuesta por la derrota definitiva del terrorismo sin contrapartidas políticas, la bajada de impuestos, el apoyo a las familias, la firmeza ante la inmigración ilegal, la apuesta por una educación de calidad libre de dogmatismos, clericales y anticlericales… El ideario del PP refleja mejor que ningún otro lo que sienten, piensan y quieren la inmensa mayoría de los españoles.
Lo que falta en España no son partidos políticos, sino una izquierda libre de prejuicios. No es imposible. En Europa, ante los grandes retos nacionales, destacadas figuras de la izquierda están superando sus viejos recelos para unir fuerzas con la derecha. El ejemplo más evidente es el de Francia, donde la fuga de cerebros socialistas hacia las filas de Sarkozy refleja una voluntad generosa y real de servir a su país. En Alemania, Merkel encabeza una Gran Coalición. Y en el Reino Unido, Gordon Brown ha emprendido una campaña de captación de dirigentes y militantes conservadores bajo un lema inteligente e integrador: Todo el talento.
Todo el talento. De eso se trata: de sumar y no de restar, de agrupar fuerzas para abordar los grandes retos que tiene España, empezando por la conquista definitiva de la libertad. Esa es la potentísima bandera que el Partido Popular enarboló con determinación y coraje hace ya mucho tiempo y que mantiene levantada, aun en las circunstancias más difíciles, cuando cae la noche y las luces se apagan en Lizartza.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Y no sólo en Euskadi

SPOON RIVER, EUSKADI
¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes,
y por qué hemos matado tan estúpidamente?
Nuestros padres mintieron: eso es todo.
Jon Juaristi

domingo, 2 de septiembre de 2007

Fumaroli, desertización cultural y educación para el servilismo





Marc Fumaroli ha descrito como nadie un inquietante proceso nihilista: el Estado, tomado por una oligarquía demagógica, instalada en sus ministerios de cultura, destruye la cultura, convirtiéndola en mero entretenimiento desalmado, socavando los fundamentos de la educación cívica a través de la orquestación de fiestas publicitarias. A su modo de ver, el modelo francés de ministerios de la cultura, al servicio de las burocracias ideológicas, es una inquietante amenaza contra los fundamentos últimos de la libertad individual. Diálogo en su despacho del Collège de France.
[ .. ]

-El cambio político, en Francia, las promesas de ruptura de Nicolas Sarkozy contra veintitantos años de arcaísmo e inmovilismo, de izquierda (Mitterrand) y derecha (Chirac), ¿permitirán combatir si no derogar el Estado cultural que usted denuncia?

-Romper, me parece difícil, ya que el presidente Sarkozy ha sido elegido en tanto que jefe del partido y familias políticas herederas del general De Gaulle. Y las familias políticas herederas del general De Gaulle consideran como un tesoro precioso, un título de gloria, la creación en 1959 del ministro de asuntos culturales, confiado a un hombre a quien el general De Gaulle calificaba de “amigo genial”, André Malraux. Al comienzo de su campaña, Nicolas Sarkozy hizo saber, en varias ocasiones, que él prefería transformar el actual ministerio de la cultura en lo que ya era antes, en 1957, una subsecretaría de Estado, dentro del ministerio de la educación. Parece más que probable que, durante el breve periodo de la formación de su primer gobierno, el presidente de la República sufrió enormes presiones para no reducir el pretendido “resplandor” de tal ministerio: se le hizo comprender que no era oporturno prescindir de tal “joya de la familia”.

EL ESTADO, CONTRA LA CULTURA

-Sin embargo, nadie, ni siquiera las familias políticas socialistas, se atreven a defender el intervencionismo del Estado en el terreno de la alta cultura.

-No se si esta o aquella familia política es intervencionista. Si me parece evidente que si hubiese sido elegido presidenta la señora Ségolène Royal, ella hubiese dejado intacto el ministerio de la cultura. Se trata de una fijación, una suerte de vaca sagrada, ante la que nadie se atreve a blasfemar.

-Es usted muy radical, criticando los vicios y lacras del Estado demagogo.

-Hay cosas buenas en la acción cultural del Estado. Todo lo bueno data del siglo XIX y la primera mitad del XX, cuando esa acción no estuvo desarrollada por ningún ministerio, si no por una secretaría de Estado con objetivos perfectamente armónicos y bien definidos, que nadie si no es el Estado puede ejercer: la conservación del patrimonio nacional; la subvención de teatros, óperas, salas de conciertos, de calidad ejemplar; el patronazgo de las mejores escuelas de músicos, actores, bailarines, etc. Brevemente, el Estado debe ejercer tareas ejemplares, tareas conservadoras. Por el contrario, no es tarea del Estado dictar modas supuestamente culturales; no corresponde al Estado financiar ningún tipo de presumidas “vanguardias” artísticas; no corresponde al Estado intervenir en el gusto o los caprichos de los ciudadanos, en su vida privada. Mi gran reserva hacia el antiguo ministerio de asuntos culturales, en su día, más tarde transformado en ministerio de la cultura, no es la continuación de la tradicional administración de las cuestiones que en otro tiempo regentaba una secretaría de Estado. Mi reserva se dirige contra lo que más tarde se ha llamado la “democratización cultural”, el “desarrollo cultural”, la “animación cultural”, una multiplicación infinita de actividades que permiten al Estado jugar lo mismo a la vanguardia artística que a la gestión del ocio que a la promoción de una forma de arte (en detrimento de otras). Tareas que debieran encontrar su legitimación en el público y no en el dictado de unos funcionarios pretendidamente cultos.

COMPRA VENTA DE ALMAS MUERTAS

-Durante la última campaña presidencial fue muy llamativa la importancia que tuvo el debate cultural sobre los valores, la educación, la herencia de mayo de 1968. ¿De donde viene esa angustia profunda?

-Detrás de los debates sobre el papel del Estado, en sus relaciones con la cultura; detrás de los efectos perversos de la acción publicitaria del ministerio de la cultura, es posible percibir sus efectos nocivos, de inmenso calado, en otro ministerio mucho más serio, el ministerio de la educación nacional. Es mucho menos glamour hablar de maestros, de profesores, de clases, de enseñanza primaria, de alumnos con malas notas, que hablar de artistas, de pintores, de poetas, de dramaturgos, de actores, de cine, de música, que son cosas pretendidamente más brillantes. Y, evidentemente, si se concede al ministerio de la cultura la responsabilidad sobre todas las cosas del espíritu y la vida espiritual, el espíritu y las cosas del espíritu se quedarán rápidamente reducidas al espectáculo, al show-business, a las lentejuelas, a las estrellas de la música pop, del cine o el espectáculo. Al mismo tiempo, en la Francia profunda, los franceses saben bien que todo aquello que hacía respetar a Francia, en otro tiempo, era su alta cultura. En el Antiguo régimen, Francia tuvo una aristocracia ilustrada. Durante el siglo XIX, Francia tuvo una burguesía muy brillante e ilustrada. La influencia de Francia, a lo largo de los siglos, no era la influencia de sus ejércitos o su economía. Francia era influyente a través de su espíritu, su lengua, su cultura. Francia no se hizo respetar a través de ningún imperio difunto, si no a través de su lengua, sus ideas, su cultura.

-Ni la cultura ni la vida del espíritu son prioridades, para nadie.

-No. Se prefiere la publicidad, el espectáculo, el show-business. Se nos habla de productividad, de guerra económica, etc. Y, en el terreno de la pretendida cultura, se intenta amueblar nuestro ocio, con espectáculos diversos. En la Francia profunda, los franceses sienten con cierta angustia que todo aquello que, en otro tiempo, hacia brillar el nombre su patria, en el mundo, está corriendo el riesgo de desaparecer, víctima de una tragedia: ya que la educación, el sistema educativo, no da hoy los frutos que dio durante los siglos precedentes. La agitación de toda especie que se pretende cultural solo es una suerte de maquillaje, o máscara, con la que se intenta ocultar la angustia que produce el vacío de una educación, y un sistema educativo, del que estuvimos orgullosos, desde el siglo XVII. Sistema educativo que hoy da signos de debilidad inquietantes. Una de las grandes tareas políticas de nuestro tiempo es restaurar el sistema educativo nacional, para devolverle su antigua calidad. Y pienso que el presidente de la República es consciente, acometiendo, rápido, la reforma de la universidad.

EDUCACIÓN PARA EL SERVILISMO Y LA ESCLAVITUD

-Las reformas pueden ser eficaces. Pero también pueden precipitar problemas de nuevo cuño.

-Hay que ir al fondo del problema. Si nos contentamos con reformar el sistema actual, para dar más importancia a disciplinas técnicas, o económicas; si se olvida que la verdadera educación, sea cual sea la especialidad o el oficio futuro, es una gran formación básica en el terreno de las humanidades, solo se agravará la crisis de fondo. No se puede olvidar que las grandes personalidades, de la ciencia, la economía, la política, en cualquier especialidad, fueron grandes, de entrada, porque tenían el horizonte general que les dieron las humanidades clásicas. La fuerza de Francia, en su día, lo que nos hacía interesantes para otros pueblos, era que nuestros grandes escritores fueron siempre grandes educadores. Montaigne consagra uno de sus ensayos más largos a la educación. Rousseau consagra un libro entero a la educación. Todo el teatro de Moliere enseña la vida del hombre en sociedad. Nuestra literatura romántica no pretende cambiar el mundo, revolucionar la sociedad o subvertir el lenguaje, si no que intenta educar. Toda nuestra gran literatura, como los clásicos griegos y latinos, intenta enseñarnos algo sobre nuestras relaciones con los otros, como enseñanza básica, previa a la enseñanza de ningún saber o disciplina.

-De la educación clásica hemos caído en el espectáculo audiovisual.

-La gran tarea, en Francia, y quizá en Europa, es saber que la educación, antes que nada, tiene por misión transmitir los elementos de una sabiduría, un arte o una manera de vivir. Y enseñanza pasa antes que nada por el estudio de textos literarios, textos de poesía, textos teatrales. El estudio de obras maestras de la pintura. En definitiva, la primera de las enseñanzas pasa por la enseñanza de la historia de la literatura y la historia del arte, la historia de la filosofía. Si todo eso que es esencial, todo eso que hoy se tiene tendencia a considerar como un lujo, todo eso pasa a un lugar secundario, estaremos comenzando a planificar la mediocridad, el servilismo, la esclavitud, se planifica la “estatura” misma del hombre y la humanidad, reduciéndolos. Políticamente, esa lenta eliminación de las humanidades prepara, como decía Tocqueville, a la imposición de tiranías “suaves”.

DESTRUCCIÓN DEL ALMA Y EL ESPÍRITU

-Si lo entiendo bien, la crisis francesa, quizá la crisis europea, va mucho más allá de este o aquel peregrino mes de mayo de 1968. Y habría que remontarse mucho más atrás en el tiempo, a vuestro querido Chateaubriand, no sé si hasta la misma Madame de Sevigné.

-No, no, madame de Sevigné no tenía el sentido de la decadencia. Chateaubriand, quizá, por momentos. En verdad, la crisis estalla en todo su esplendor entre las dos grandes guerras de 1914-19 y 1940-45. Y fue Ortega, en España, quién hizo uno de los primeros y más brillantes análisis de la crisis que intento exponerle. Cuando Ortega habla de la “revuelta de las masas” comenzamos a percibir la degradación de la cultura a la que nosotros hemos asistido. Allí donde antes se intentaba formar hombres libres, individuos capaces de razonar, libremente, nosotros comenzamos a descubrir el imperio sonámbulo y anónimo de las masas, sin discernimiento ni razón. Se trata de una evolución totalitaria, amenazante para la evolución del individuo libre y soberano. Cuando yo contemplo el triste espectáculo de unos funcionarios organizando espectáculos que serían insoportables organizados por empresas privadas, cuando yo contemplo como se transforma el gran proyecto de Malraux, de dar la educación y la cultura a todos, degenerado en una suerte de club de vacaciones organizadas, financiado por el Estado, confieso temer que se trata de una gravísima degradación.

-Quizá se trate de un problema universal. Allan Bloom ya denunciaba el proceso de “destrucción del alma y espíritu”, a través de los programas educativos de algunas universidades norteamericanas.

-Bloom denunciaba el mismo proceso de destrucción de las universidades, aunque en EE.UU. el proceso toma otra forma. Ya que, allí, el Estado no se mezcla para nada en las cosas de la cultura. Bloom constató, efectivamente, que las universidades norteamericanas, que tienen un peso económico muy considerable, eran permeables a la sustitución de la verdadera educación por una especie de show-business de sustitución: el entertainement sustituyendo al studium en el espacio mismo del studium.

DEL TERROR AL SHOW BUSINESS

-En ese terreno de la sustitución del estudio y la cultura por el entretenimiento de masas, ¿dónde percibe más amenazante el proceso de destrucción de la cultura, en Europa o en los EE.UU.?

-Los americanos creo que salen mejor parados, ligeramente. Aunque recurriendo a métodos ligeramente hipócritas, que es muy difícil intentar aplicar en Europa. En los EE.UU. no hablan de cultura, en general. Establecen una diferencia entre “high” y “low culture”. Admiten perfectamente esa diferencia entre “high” y “low” cultura. Ellos admiten la existencia de universidades de elite y universidades al alcance de todo el mundo. Se admite la existencia de grandes colegios y universidades donde se estudia el griego, el latín, el sánscrito, el hebreo. Y colegios y universidades donde solo se aprende a utilizar Internet. Las jerarquías son perfectamente aceptadas, a cambio de una cierta apariencia de igualdad.

-La Francia revolucionaria soñó con un calendario que debía abolir el calendario cristiano, sustituyendo las fiestas tradicionales por fiestas públicas con un nuevo calendario. Desde hace años, el Estado demagogo también está suplantando el calendario de la era cristiana por los nuevos calendarios del entretenimiento de Estado. La noche de San Juan se sustituye por la Fiesta de la Música, etc. ¿Se trata de un problema de fechas o de algo más grave?

-Se trata de algo más grave. A pesar de todo, la Revolución francesa, incluido el Terror, estuvo hecha por hombres más o menos ilustrados, y eso quizá nos evitó cosas peores, tipo Stalin o Pol Pot. Robespierre o Danton, en definitiva, eran hombres cultos, grandes letrados. Tuvimos dos años de locura, el Terror. Incluso la Fiesta del Ser Supremo comporta un cierto bagaje cultural, para entenderla en su justa medida, es imprescindible conocer el Contrato social de Rousseau. Y luego siguió un siglo XIX brillantísimo. En nuestro tiempo, el show business, el entretenimiento de Estado, está muy lejos de cualquier debate de ideas. Hemos caído en una pura y simple ocupación del ocio, amueblar la nada.

-El arte reducido al entertainement, el entretenimiento, es el triunfo del Demonio y la nadería endemoniada.

-Yo prefiero no utilizar esa terminología. Pero, efectivamente, hay algo de demoníaco en todo ese proceso, una suerte de nihilismo mesiánico, misionario.

-¿Tiene usted una idea, una fórmula, para combatir ese proceso de destrucción del hombre? Jünger decía que la gran tarea del hombre del siglo XXI sería la repoblación espiritual del mundo, ¿qué consejo daría usted a los hombres públicos, para salvar lo que todavía pudiera salvarse de lo que en otro tiempo se hubiese llamado la vida del espíritu?

-La urgencia del hombre público es la economía, la competencia internacional, etc. Lo que digo para Francia vale para España, que tiene una gran tradición literaria, teológica, artística, poética, novelesca: ahí está el alma de España. Bien está que el cuerpo se porte bien. Pero me gustaría pensar que el futuro de un pueblo, el futuro de una gran nación, no se encuentra forzosamente en el intestino. En España, en Francia, en Alemania, en Italia, lo sensato sería esperar que su futuro se encuentra en su corazón, en su alma, en su cerebro. Para detener el proceso de una masificación embrutecedora es más urgente que nunca una nueva educación humanista para nuestros jóvenes modernos. Los medios de comunicación y transmisión de las imágenes y la información se apoderan en nuestro tiempo del alma de los niños antes mismo que haya comenzado la educación verdadera. Se trata, en bastante medida, de un problema trágico. Los niños de nuestro tiempo son “des educados” antes mismo de haber sido educados.
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Escolio de Nicolás Gómez Davila
"-La propaganda cultural de los últimos decenios (escolar, periodística, etc.) no ha educado al público, meramente ha logrado, como tanto misionero, que los indígenas celebren sus ceremonias clandestinamente."