martes, 30 de octubre de 2018

Arranque de la Nueva Ola/ "Movida" madrileña (II): "Madrid por el lado salvaje" de Oriol Llopis (Star, 1977, nº 28 y 30)


Madrid por el lado salvaje

Mis amigos dicen que no debería seguir predicando tan descaradamente las excelencias marchosas de  Madrid, ahora que estoy de vuelta en Barcelona... sabes, me consideran un poco como un “renegado”. Pero si tú sabes pasar de regionalismo y otras estupideces me disculparás. Por mi parte, procuro ser lo más imparcial posible. A mí me gusta el rollo que envuelve al Rock’n Roll, y si en Madrid se desarrolla mejor que otros sitios, pues para que quitarle méritos.
La cuestión es que durante un año he hurgado lo suficientemente profundo por la capital del reino, me he pasado lo suficiente y he hablado lo necesario como para poderte asegurar que las huestes de los “boy-scouts” o las oleadas de gurús prefabricados no han hecho estragos. El rollo que se llevan los castizos es, a grosso modo, menos mental, más físico, más “p’al cuerpo”. Más espontáneo, en suma. ¿Por qué? Esto es lo que hay que averiguar, esta y otras cuestiones son las que tienes —o intentan tener— su respuesta aquí, rememorando un pasado y un presente que se desarrolla en el marco ideal para las aventuras del siglo XX: la ciudad.
La personalidad, los rasgos, el carácter de una persona o una sociedad se crean y evolucionan por este extraño y voluble fenómeno que son las influencias. Y una ciudad, los cambios que se producen en ella, las innovaciones y las corrientes que paulatinamente va siguiendo no pueden mantenerse al margen de las mencionadas influencias. Detroit no sería como es si en su barriga no hubiesen instalado esas monstruosas factorías de automóviles que son la General Motors, Buick, Cadillac, etc.; la agresividad de esta ciudad tiene un porqué, su personalidad está influenciada por el hecho de que casi la totalidad de las personas cuya edad oscila entre los dieciséis y los veintidós años —comprobado— tienen que currar en las cadenas de montaje. ¿O.K.? Otro ejemplo podría ser Ámsterdam: puente de enlace entre la mercancía que proviene de Asia y el mercado Europeo, era de esperar que su ambiente se caracterice por una sensación de pasote gordo casi instituido... y así podríamos ir sacando a relucir muchos ejemplos. Vamos ahora a la ciudad de Madrid, y por lo tanto deberemos buscar las influencias que la han determinado.
Pero primero y antes que nada tengo que contarte los medios de que disponía para captar un poco el movimiento de la metrópolis, su historia y sus —tal vez— frustradas ambiciones. Yo no soy de allí, y la cronología de un madriles marchoso contada por un forastero puede hacer desconfiar a cualquiera (aunque, por otra parte, garantice la ausencia de chauvinismos); es muy posible, y desde luego, muy lógico, que no aceptes la crónica de unos acontecimientos que ocurrieron en el 65 si yo te he dicho que no estaba allí. De hecho, con mis propios ojos solo he vivido la temporada 76-77, y que de hecho ha sido precisamente lo que me ha impulsado a procurarme en exclusiva las confidencias de un hijo legítimo de la City, un castizo que ha vivido toda la historia por el lado salvaje, el marginado, el que plasma mejor como piensa y cómo evoluciona un chaval espabilado que intuye y se revuelve contra las presiones de la ciudad, la eternamente odiada y querida ciudad.
El tipo en cuestión, que prefiere mantener su nombre en el anonimato por razones obvias, y al que llamaremos —suena bien— el confidente enmascarado ha vivido la época de la violencia callejera suministraban gratuitamente las bandas de barrio, ha visto un evolución hacia épocas más idealistas pobladas de Kerouacs y Ginsbergs, ha sentido en su alma el resurgimiento del Rocanrol Way of Life y, finalmente, ha saboreado el dudoso placer de intuir que Junkie, el libro de W. Burroughs, empieza a ser la Biblia de algunos sectores oscuros.
La personalidad
Después de darle vueltas y más vueltas a la cosa, por mi parte he llegado a la conclusión de que los puntos básicos que han influido en la personalidad de Madrid, que la han ido delineando y coloreando son tres: el carácter de los castizos (desde luego, mucho más vacilón que el de un proletario barcelonés, por ejemplo), el asunto de la inmigración en masa de familias a la capital y, por último, el fenómeno que merece más atención por sus especiales características: la base americana establecida en Torrejón de Ardoz. Este último punto fue quizás el que influyó más decisivamente en el hecho de que Madrid tomara un cariz marcadamente rockero. Y esto es serio. Se pueden pasar épocas en que el adjetivo rockero sea más o menos aplicable, pero una ciudad, una persona rockera lo es para toda la vida. El rock no puede enrrollarte una temporada y dedicarte a la siguiente al ping-pong, se es rocker para toda la vida. Y en Madrid para esto, el barniz rockero —afortunadamente— permanece siempre, intocable por las corrientes metafísicas, intocable por el jazz-rock, intocable por la moda de los partidos políticos. (Aunque de hecho el rock sea también un partido político, el más importante).
Me he perdido un poco... estábamos hablando de las influencia recibidas por la ciudad. Por partes. En primer lugar, el temperamento que desde siempre ha caracterizado a los madrileños... los “pichis”, esos casi mitológicos y legendarios macarrillos castizos fueron los tatarabuelos de los colóquelas que pululan hoy por Madrid, y desde luego no podían haber tenido antecesores más ejemplares, más picaros y más aleccionadores en cuanto a la forma de enrrollarse. El vacile por espíritu deportivo, por “amor al arte” se viene practicando en la capital desde principios de siglo, nada menos. Y la sangre de los “pichis” corre hoy por las venas de los que montan tenderetes en el Rastro, arman broncas rocanroleras en los Colegios Mayores y organizan la Cascorro Factory. Y esto influye en el ritmo, la cadencia, el estilo con el que se hacen las cosas... 
Otro factor es el de la inmigración. Como centro de confluencia y meta de miles de familias provincianas, la ciudad se ha visto poblada por otra ciudad, como un mundo conteniendo en su interior otro mundo, el formado por extraños, andaluces (otro carácter que también se las trae), maños... además, el fenómeno de la inmigración afecta casi exclusivamente a la capital, con lo que la despoblación de la provincia es progresiva, y sucede exactamente lo mismo con los municipios de las provincias vecinas. La sucesión demográfica de la ciudad de Madrid está creando desde hace más de una década lo que se ha dado en llamar el desierto central, en contraposición al oasis madrileño.
La consecuencia de todo esto es que el estilo de vida que vamos a contar, el que nos interesa a ti y a mí, no ha sido diseñado y forjado exclusivamente por el madrileño nativo. La personalidad del ambiente no proviene de una sola dirección, no se ha desarrollado únicamente desde el interior, sino también desde el exterior.
Imagínate el caso de una familia que llega de Cáceres arrastrada por el padre, ansioso de empleo en la capital, y todas las connotaciones que ello implica: suegros, tías, la instalación en un bloque del extrarradio... y, sobre todo, los hijos: media docena de chavales gamberretes ávidos de las emociones fuertes que —no lo dudan— va a depararles la gran capital. Poco controlados, la escuela es poco visitada, cambiando pronto los libros por discos, las alpargatas por botines puntiagudos, la regla y el bolígrafo se transforman en algún peine de proporciones exageradas. Y estos chavales no se quedan al margen de la marcha ciudadana, sino que se sumergen en ella encantados, atraídos por el “rollo” del mismo modo que a sus padres les fascinarán los grandes almacenes o la anchura de las calles. Y así es como Madrid adquiere un colorido heterogéneo. compuesto de andaluces que fabrican pulseras en la calle, chicos que sus padres han enviado a estudiar a la capital, dibujantes de posters que esperan encontrar en la ciudad su gran oportunidad...
Este fenómeno me recuerda invariablemente, salvando las distancias, al que se produce en Nueva York. (Oigo gritos: "Rhhaaáááü! Sacrilegio! ¿Qué está diciendo este animal?"). Pero déjame continuar un poco, a ver si nos ponemos de acuerdo. Yo me estoy refiriendo al hecho de que N.Y., es una delirante macedonia de portorriqueños, negros, téjanos, chíchanos, californianos... cada uno aporta su granito de arena, algo de estilo “vacilón” característico de su tierra, y así es como se crea el sello de la ciudad, entre los extranjeros y los de casa. Del mismo modo, en Madrid sucede un fenómeno parecido: el gallego que conociste hace dos años en Ibiza está allí, el japonés que recogiste haciendo autostop en una carretera rural está allí, el valenciano loco del festival de Burgos también está allí... ellos contribuyen a elaborar la “marca” que define de algún modo la ciudad, y juegan un papel tan importante como los propios madrileños.
Y llegamos ya al tercer fenómeno que ha influido en el colorido de los madriles. La base americana. La instalación yanqui en Torrejón de Ardoz fue algo decisivo en la educación de la juventud de la capital... fue el puente ideal, el enlace perfecto entre la moda de América y la devoción con que aquí esperábamos todo lo que oliese a USA.
De Estados Unidos, vía Torrejón de Ardoz, llegaron los Blue Jeans, rebautizados como “téjanos”, acabaron con los pantalones de tela corriente, y llegaron las máquinas del millón, que destruyeron el imperio de los futbolines. llegaron los junke-box, más adelante los equipos de discoteca, las luces psicodélicas, los Bloody Mary... los yanquis, quizás sin saberlo, cerraban de un carpetazo una época para iniciar otra, más al día gracias a las “novedades” que traían de contrabando a la ciudad los fines de semana.
El ayer
Retrocediendo en el tiempo, los primeros datos marchosos empiezan a aparecer entre el 63 y el 65. En esta época no hay ni boîtes ni discotecas, mi filmotecas, ni nada. Prácticamente todo aquel que tiene entre quince y dieciocho años debe optar entre las actividades diocesanas de la parroquia de su barrio, apuntarse a las reuniones sabaderas de la Falange o la O.J.E. hacerse niño pijo declarado o.… ir a unas dudosas "salas de baile". Como es obvio que los buenos muchachitos que escogieron las primeras opciones que he mencionado no son, evidentemente, los que contribuyeron a la historia de un Madrid marchoso, vamos a olvidarnos cortésmente de ellos, dedicando toda la atención a los aficionados a los bailongos domingueros. Estos eran "La Paloma", "El Parral", "La Casa de Córdoba" y "Los Jóvenes". Unas salas de baile extremadamente perniciosas para la salud, tanto moral como física. Porque en estos antros, los que mandan son la banda del Rata, los Ojos Negros o Los Espigas. Viene del barrio de Vallecas, de Palomeras, las zonas más agresivas de Madrid... acudir a estos bailes con una mujer era un suicidio, desde luego. “Ten por seguro que te la levantaban”, me comenta el confidente enmascarado. Si uno de los Espigas se empeñaba en que tu amiguita bailase con él, ya podías despedirte de ella, porque no la volvías a ver en toda la tarde. Y no era cuestión de resistirse o cederla, o lo aceptabas por las buenas o te dejaban el cuerpo golfo.
Por esto no abundaba mucho la presencia femenina en estos antros, excepto en el "AZAR", que terminó llamándose "La Flor de Azahar", debido a que allí era el único sitio donde se atrevían a entrar las feúchas, los cardos del barrio, con la inútil esperanza de pescar entre los golfos algún novio con el que refugiarse en las últimas filas del cine vecino.
En estos locales se respira una tensión indescriptible. Uno tiene la sensación de que está sentado encima de una bomba de tiempo, sabes seguro que va a estallar, aunque no tienen ni idea de cuándo. Cualquier excusa —un empujón involuntario, un vaso que gotea sobre la impecable camisa floreada es válida para empezar el follón. Entonces es la desbandada general, ningún escondrijo te garantiza segundad... y menos con la certeza de que hoy ha venido la banda del Mescua, los del Bar Sol y Aire, y la técnica que emplean no te deja títere con cabeza: por la espalda, y botellazo en el coco...
¿Por qué este rollo de bronca agresiva? Amigo, la gente en aquella época no sabía nada del chocolate, sino que se castigaban el cuerpo con anfetaminas, con fármacos baratos —Totinales, Dormidinas— que se consiguen mediante historias raras contadas a los dependientes de las Farmacias. Y este ritual implicaba toda una historia: la selección de la farmacia, esperan que no hubiese ningún cliente en el interior, que el farmacéutico sea un bonachón despistado... sólo entraba uno en el establecimiento, desde luego. Los demás esperaban en la esquina. A veces sale bien, a veces hay que empezar de nuevo: “Me lo iba a dar pero ha salido el de las gafas y ha dicho que sin receta no, el muy c.…” Ahora te toca entrar a ti, no yo ya entré ayer, la imparable discusión hasta que al fin uno se decidía, y de nuevo la historia: “Para mi abuela, no hay forma de que duerma por las noches...”. Te podías pasar la tarde del sábado así. 
La cuestión es que las anfetas, digeridas con un par de cervezas, eran las estrellas principales de la fiesta. Por esto el aspecto de la sala era, en conjunto, el de una película a cámara rápida, los nervios a flor de piel, codazos, empujones, te pasa algo tío, a mi no, y a ti, vete con cuidado, macho, a ver si… Y a las nueve la escapada en masa por parte de los “civilizados”: la orden paterna era a las diez en casa, sino se acabó el salir... Pero los “malos” se quedaban, ellos no tenían que asistir a la cena dominical, y esto era un privilegio envidiable. De hecho, la valía de los padres se medía por la hora que te fijaban como tope para regresar a casa. Tus padres eran en caso de no ponerte límites de horario el modelo ideal que tus amigos mostraban a los suyos como ejemplo a seguir...
Además, empieza a ser imprescindible trasnochar si se quiere vivir el ambiente que hay en estos sitios nuevos que están abriendo. Estamos en 1965, tío, y Nika's y Caravell son las primeras salas en las que se aprecia una buena voluntad por ambiental el local, darle una personalidad propia. Son ya algo más que cuatro paredes y un tocadiscos destartalado, aquí hay ambiente!
***
Es entonces en el 65 cuando empiezan a aparecer los conjuntos “yeyés”... algo más que la simple orquestina de acompañamiento para bailar, porque los integrantes de esos conjuntos musicales eran jóvenes, como sus auditores, y se vestían como ellos... eran como ellos. Y en una revista que se llamaba “Mundo joven" aparecían fotos de ellos, contando lo que les gustaba y lo que no, en unas entrevistas deliciosamente idiotas. En Madrid se empezaban a forjar los primeros ídolos nacionales de la música “yeyé”, con sus respectivos seguidores, con sus fans minifalderas que les pedían autógrafos y-cómo no-sus correspondientes clubs de admiradores. Por aquella época los Gatos Negros exhibían sus hermosas y oxigenadas greñas rubias (Todos eran rubios, recuerdas?), y el rockero Michael Rivers, futuro Mike Ríos, futuro Miguel Ríos balanceaba sus caderas y el idioma en que cantaba sus rocks, pasando del inglés al español sin ningún tipo de prejuicios. Otros famosos eran Los Continentales, Los Estudiantes (Fernando Arbex incluido) y, sobre todo, Los Botines, que se llevaban la palma y los favores de las jovencitas, aprovechando la ventaja que les proporcionaba el tener un hermoso cantante de ojos románticos y melancólicos...Camilo Sesto. Porque por si no lo sabías, el bueno de Camilo también pasó por su correspondiente época de cantante-rockero-en grupo-revelación.
Actualmente Nika’s, enclavado en Avenida de las Américas esquina Cartagena, es un bar de barra americana.
Pero la gente piratilla, que le había cogido el gusto a este tipo de locales, pronto se trasladó a otros sitios que estaban abriendo sus puertas, nuevos locales que ofrecían emociones más fuertes. Se habla de los Rolling Stones, esos tipos que llevan el pelo más largo y más sucio que los Beatles, se habla en Londres, donde la gente se fuma los canutos tranquilamente en la calle, y es obligado darse un garbeo por las tardes por Picadilly, en la calle Corazón de María, donde entras y casi no ves un palmo a tu alrededor, porque aquello está cantidad de oscuro, y hay luces rojas, y aquello parece un infierno, y ponen la música a todo trapo y huele tela de mosqueante y... en Picadilly empezó a aparecer un nuevo personaje de la película el “dealer", el vendedor de rollo, que se hacía un recorrido determinado, pasando por la cervecería de la Pza. Santa Ana. Si no lo atrapabas a las seis de la tarde, allá debías esperarlo por la noche en Picadilly. A veces venía, a veces no...
De todas formas, la campanada la dieron un par de años más tarde La Linterna, hoy convertido en un mesón, y Stone‘s. La Linterna, junto al metro de Callao, fue el símbolo de uno de los momentos más significativos del Madrid salvaje, porque instauró el primer “recorrido”, el primer barrio propio de los freaks. Eran unas manzanas en que había todo lo necesario: los locales con música y cerveza donde mojar tu boca pastosa, los oscuros y acogedores callejones donde, con la emoción que provocaba la novedad del ritual, se hacían los primeros contactos con el negro de la Base que “tenía”, y además el folklore, el sentirse uno más entre otros como tú, el poder pensar joder, tío, esto parece el Dome de Ámsterdam, vaya vacilón se trae la gente... y ya los primeros atisbos de una cultura marginal en toda regla, una cultura que iba perfeccionándose lentamente, enriqueciéndose, tomando consciencia de sí misma. Maduraba. Porque la gente empezaba a sentir inquietudes, aunque no nos perjudicaba directamente la guerra del Vietnam era indecente, se descubría una nueva literatura, la de Kerouac... la gente se empollaba “En el camino" y el “Do it" de Jerry Rubín circula de mano en mano.
La cuestión es que La Linterna era la pasada más grande de Madrid. Tenía este delicioso anticonformismo, inocente informalismo que caracterizaba todo lo que planeábamos en aquella época., a algún loco se le había ocurrido llenar el local con ventiladores giratorios, supliendo las aspas por bombillas de colores. Y las tuberías de agua, los cables de electricidad y todo tipo de tubo conductor había sido dejado al descubierto, y pintado de colores chillones. Era el estallido del Pop, la primera moda pensada por y para la gente “informal”, esta moda que tan sutilmente panfletaria “Qui êtes-vous, Polly Magoo?”. Pero estábamos hablando de La Linterna. La gente lleva allí sus propios discos, especialmente alguna joya comprada de segunda mano a algún mecánico americano, de la Base inevitablemente, que se está deshaciendo de su discoteca... Y los discos adquiridos de esto modo son cosas inimaginables, estábamos acostumbrados a unas portadas convencionales, y de repente las portadas psicodélicas nos aturdían. Luego nos enteramos de que existía una cosa, llamada ácido, diferente a todo lo demás... este acontecimiento fue uno de los que marcó más a esta sociedad, este pequeño refugio que nos habíamos creado. En Madrid se tripa cantidad a finales de los sesenta. Y si la música de los Doors, te reducía de tamaño, o el delirio de Cream estrechaba las paredes de tu habitación, siempre te quedaba el recurso de perderte por los jardines de la Moncloa, tan oportunamente próximos, tan acogedores...
Porque la naturaleza, el contacto con el campo es algo que se descubre con la filosofía hippie, tan influenciada por el orientalismo. Se planean escapadas a Ibiza, esta lejana Ibiza de la que tanto hablan los que han estado allí, utópica, ideal. Pero por sus características de ciudad instalada en la meseta, para la gente de Madrid era mucho más difícil acercarse al rollo mediterráneo y balsámico que prometían las Islas Baleares. Para ellos fue algo aún mucho más mítico que para los freaks de la costa, pues para los madrileños era casi inalcanzable. Además, contrariamente a los pasados de Barcelona, ellos no tenían la posibilidad de huir hacia pueblecitos de la costa redimidos del mal trip, de la ciudad, no tenían un Cadaqués, ni Calella, ni, sobre todo, una Floresta soleada donde continuar la historia iniciada en invierno. Poco dinero significa poca autonomía, poca autonomía significa no poder llegar muy lejos... y los pueblos cercanos a la capital de España no son precisamente el sueño de todo freak naturalista que desee un rollo sano. Si realmente uno quería huir de la ciudad, la escapada suponía un mínimo de 300 kilómetros, toda una odisea de autostop y noches en la cuneta.
Por esta misma época se montan las primeras organizaciones. destinadas a contactar y traer los grupos extranjeros que hacen “música progresiva”. “M.M.”, ahora llamado tal vez con un exceso de pomposidad “New Concert Hall M.M.” consigue montar los primeros conciertos internacionales y subterráneos de la capital. Van actuando sucesivamente los primitivos y gloriosos Soft Machine, Kevin Ayers, Blodwyn Pig, Chicken Shack... grupos que de momento son de segunda fila, pero que prometen.
Éramos los primeros, joder, los pioneros, grita el confidente enmascarado mientras su vaso de cerveza se tambalea peligrosamente. Éramos los pioneros. Nos sentíamos un poco colonizadores, los colonos del rollo en la ciudad, en el país. Muchos ya habían soltado a sus padres el discurso explicando porque creían que era mejor abandonar los estudios, inscribirse tal vez en una academia de Bellas Artes... y algo en nuestro interior nos hacía sentir un poco héroes, un poco mártires. Las tiendas de discos, las librerías, eran de una pobreza absoluta, siempre faltaba lo que nosotros considerábamos primordial. Estábamos mamando desesperadamente dos estímulos que provenían del exterior, de la vieja y mitificada Europa, de la soleada y hippiosa América. Lo que nos interesaba era difícil de conseguir, pero de todas formas sentirnos “incomprendidos”, en el fondo, nos encantaba...
Aunque a finales de los sesenta siguen existiendo las bandas de buscabroncas, estos ya tienen sus propios locales de reunión. Porque al contrario que en un principio, ahora ya hay sitios para todos los gustos. Y los que se consideran marginados por una sociedad que, a su vez proclamaba a gritos la marginación de la que era objeto, éstos se agrupan en Stone‘s donde se revive la violencia y la agresividad de otros tiempos. Porque allí acuden portorriqueños por un lado y americanos de la Base por el otro. El cóctel, como te podrás imaginar, resulta explosivo. Y además de explosivo, es la paranoia. La policía empieza a querer controlar las historias... hay primeras detenciones por consumo, peligrosidad social, atentado a la salud pública... Por no mencionar otras bandas, de características muy especiales—aunque fácilmente reconocibles— que por esta época se dedican a entrar en los bares de piojosos, y haciéndose pasar por policías de paisano, se lían a provocar, pedir documentación y repartir leña a diestro y siniestro. Fue la primera gran época de paranoia ciudadana. Se empezó a ver claro que no se podía ir de inocente por el mundo...
La muerte de Jimi Hendrix y Janis Joplin, en 1970, marcaba la desaparición de dos grandes músicos, junto con algunas esperanzas. El desengaño era el sentimiento principal con que se inauguraban los setenta. La generación de Wright y Woodstock se marchitaba.
Hoy
A las utopías y los movimientos que van contra una corriente o una dirección convencional siempre les dan palos. Y a las personas de iguales características, no digamos. En San Francisco, si mal no recuerdo, se hizo-hace ya muchos años —cómo pasa el tiempo— un entierro simbólico del movimiento "hip", con ataúd y todo. En Madrid, y de hecho en todas las ciudades donde existiese un movimiento contracultural se hizo otro tanto, aunque con menos aparatosidad, pues cualquier manifestación artística, cualquier tipo de reunión se interpretaba inmediatamente como algo de matiz subversivo y disuelta a mamporros. Así, el idealismo filosófico fue borrándose lentamente de nuestra historia, fue languideciéndose en silencio sin poder hacer nada, el ejemplo que nos había dado el frustrado Mayo del 68 parisino era desalentador.
Mucha gente que conocíamos empezaba a “echar raíces”, y todo fue perdiendo su carisma “batallador”, ese espíritu de lucha sorda que al principio definía tan bien nuestro rollo.
No creas que con esta parrafada he pretendido crear la introducción para anunciar la muerte del madriles marchoso, ni mucho menos. Al contrario. Se planearon —y se intentan mantener— proyectos realmente interesantes, aunque el problema de la pasta siempre termina echando por tierra muchas ilusiones. El más ambicioso y prometedor ha sido el de acondicionar el Ateneo Politécnico para conciertos, exposiciones, actuaciones de grupos de teatro independientes... y, además, han tenido el detalle de brindar a los grupos de música un local donde ensayar. Naturalmente, los intereses de su aparición, y parece que el Ateneo va a ser el metro de Prosperidad, el Politécnico podía haber sido —de hecho aún puede serlo— una castiza Factory warholiana, pero...
De todas formas, dejémonos de historias tristes, tío, estaría bien terminar esta biografía (bastante confusa, no lo niego) del Madrid marchoso con la evocación de dos zonas donde aún hay acción a punta pala. Una, naturalmente, es el Rastro, especialmente los domingos por la mañana. La crema y nata de la “punkitud” madrileña se da cita allí, amén de algún que otro Jesús freak despistado. La producción de Comix marginales es delirante, Carajillo Vacilón, Mmm, Bazofia, y, sobre todo, las paridas que organiza la Cascorro Factory, que hay que reconocerlo, a pesar de estarse arruinando intenta mover a la gente. Si lo consigue o no es cosa tuya. Y sobre todo, el Rastro es revitalizador, porque te hecha en toda la cara que el rrrollo no está muerto, sigue vivito y coleando, planeando historias raras tales como "El Pollo Urbano” (cuya presentación en sociedad fue el delirio), armando broncas rocanroleras en el Colegio Maravillas, montando teatro callejero... El Rastro es, desde luego, el pulso de Madrid.
La otra zona de acción es más física, menos creativa que el Rastro. Pero muy vacilona. En un vagón de metro encontré un grafiti que aludía a la zona en cuestión de una forma definitiva. De hecho, la mencionada inscripción refería un problema salarial, pero lo que más me chocó fue el doble sentido que tenía la frase, pues al mismo tiempo. que el lío político, retrataba humorísticamente la marcha de pasote gordo que hay por allí. El grafiti chillaba:

"¿Quieres suicidarte? no uses una pistola:
Vete a Urrera y la muerte viene sola".
Porque Urrera es mortal, tío. Es el último recorrido del pasadete que queda en Madrid. Recuerdo que en Barcelona ha habido dos o tres recorridos que han pasado a los anales de la historia. Uno era el de la Pza. Real, otro fue el de la Plaza del Rey, y uno de los últimos fue el que, pasando de la Enagua a Araña, finalizaba con un canutillo en el Turo-Park. Otros tiempos...
Pero estábamos hablando de Urrera, de los bajos de Urrera. Allí hay una veintena de pubs con la música a un volumen muy aceptable, aunque desde luego no es un barrio recomendable para los amantes del jazz-rock ni para seguidores de gurús y derivados, pues es difícil doblar una esquina sin encontrarte con cuatro siluetas y una brasa que circula en sentido giratorio. En Urrera los sábados aún es la fiesta. El niño pijo de Serrano, el vacilón que está haciendo la mili en Madrid, el artista, el traficante, todo el mundo que compone la fauna de la City se reúne por allí.
Esto es, a grandes rasgos, la historia de Madrid por el lado salvaje. Las comparaciones son odiosas, pero si recurrimos a ellas nos daremos cuenta de que Madrid tiene una marcha mucho más fuerte, más pesada que otras ciudades. Su condición de callejón sin salida, de opresión sin solución posible, es quizás el factor condicionante que la han obligado a adoptar esta postura de agresividad en su comportamiento. Para unos esto será precisamente lo ideal, otros lo rehuirán mosqueados. No se puede recomendar una cosa a todo el mundo, porque no va a satisfacer a todo el mundo... Yo me he limitado a darte una serie de datos. Tú, con ellos puedes hacer lo que quieras. De nada.
Dedicado al “Malaguita”, compinche de tantas noches locas en Argüelles.
Oriol Llopis, Star, números 28 (pp. 4-6) y 30 (pp. 31-33). 1977.

José Carlos Llop entrevista a Cristóbal Serra (Babelia, 8 de febrero de 1997)


Cristóbal Serra: “El humor me ha permitido crear el absurdo

Ars quimérica abarca el universo que el escritor ha ido desvelando durante cuarenta años.

Ars quimérica es un libro paradójico y necesario. Paradójico porque su grosor -725 páginas compactas- ilumina y hace estallar desde dentro el secreto y mito de una obra, la de Cristóbal Serra, que destacaba, al menos hasta hoy, por su aparente brevedad. Necesario porque contiene toda la literatura de Serra, que es una de esas literaturas, tan escasas y desconocidas, de las que ninguna cultura que se precie de tal puede prescindir. Una literatura escrita desde la pasión eremítica y la rara lucidez del hombre sabio, rara, precisamente, por su sabiduría, en un país reacio a la misma. Cristóbal Serra ha edificado su laberinto particular a espaldas del mundo. Un laberinto donde la poesía desemboca en el pensamiento y éste en la revelación. Prosas surrealistas, viajes imaginarios, diarios, interpretaciones bíblicas, conversaciones con escritores muertos, tratados sobre el humor negro y otras quimeras prodigiosas forman un corpus sólido, coherente y único que ha sido trazado desde el silencio esencial de la soledad. La soledad del escritor frente al mundo y la soledad del mundo metida de hoz y coz en el escritor. Sin ruidos, sin ecos, sin concesiones tampoco.
Ars quimérica abarca el universo que Serra ha ido desvelando durante 40 años. No es difícil imaginar la figura de un geógrafo misterioso que traza sobre el papel las coordenadas de ese universo que sólo él conoce. Que sólo para él existe. ¿Acaso porque él mismo lo ha inventado? Si y no. Los mimbres con los que Serra ha trazado su universo particular estaban ahí sin que nadie los viera. Ha sido la mirada de Serra la que apoyándose en la Biblia y en Swift, en Quevedo, Gracián y Lao Tsé, en Michaux y en Blake, en Edward Lear y Chuangsé, en León Bloy y en los rollos de Qumram o las visiones de Ana Catalina de Emmerick, por citar sólo a algunos, ha proyectado su insólita topografía literaria. Atrás quedan la guerra civil que le espantó siendo niño, la enfermedad que lo retuvo entre las sábanas y la lectura de su adolescencia y la biblioteca flotante que envolvió esa mirada de ironía y precisión anglosajonas durante su primera juventud. Y al fondo de esas tres épocas, tan determinantes en la vida de un hombre como en el destino de un escritor, el mar Mediterráneo, una luz que es la linterna mágica que alumbra todas y cada una de sus páginas. Y un convencimiento inamovible a lo largo de todos estos años: “La imaginación es omnipotente y sostiene la realidad. La imaginación es el todo”.
La palabra de Serra es una palabra meditada, que se deja llevar por la imaginación, que ataca el racionalismo, pero al mismo tiempo domestica esa imaginación, la mete en casa -meditándola- como quien mete a un siamés. “La rutina hincha las velas de la imaginación. Piense en Lewis Carroll. Yo soy un hombre que se siente espoleado por la imaginación, que se deja arrastrar por ella y a través de ella crea su propio fairy land", nos dice Cristóbal Serra. Imaginación y humor son los dos pilares sobre los que edifica ese palacito plantado en la laguna del mundo. “Octavio Paz me calificó de hombre que sonríe. La sonrisa tiene que ver con actitudes más mundanas: jamás he sido hombre mundano. En mis libros hay risa, no sonrisa. El humor nunca se propone corregir o enseñar. En el humorista se mezclan el excéntrico, el payaso y el hombre triste. El humor me ha permitido el absurdo, me ha permitido crear una literatura absurdista (sic). En él pueden estar mezcladas toda clase de gravedades y escapa a toda ley matemática y, al hacerlo, escapa a toda ley literaria, dándote una gran libertad. El humor es un producto del dolor, que se transfigura en una especie de práctica alquímica. Cuando es bueno, siempre es poético, nada tiene que ver con lo satírico”. Tal vez porque lo satírico es hijo de la crueldad y ésta no escapa a ninguna ley literaria. Así Serra, escapando a esas leyes, ha creado un género muy particular donde se mezclan el aforismo, la reflexión, la autobiografía, el viaje quimérico y, acaso, el visionarismo. “Mi literatura no es una literatura de género. Para mí, los géneros no tienen fronteras definidas, sino que se interfieren, un fenómeno, por otro lado, característico de la modernidad literaria. Piense en el ocaso del verso a partir de Rimbaud. Ya no existen fronteras delimitadas entre prosa y poesía. El género no tiene en mí un carácter absoluto, de ahí la dificultad en clasificar mis libros. El mío es un libro de espacios trabajados, una literatura salteada y discontinua. Yo pertenezco a los fragmentarios como Montaigne o De Maistre. Una literatura que, como el periodismo, informa, pero a diferencia del periodismo posee una estética que, en mi caso, es la inventiva. No tengo nada en contra de la novela, sino del novelismo (sic), de la exigencia de que todo lo escrito tenga carácter narrativo. ¿Por qué? Yo hago lo que hicieron los evangelistas con Jesús, ese héroe discontinuo de los Evangelios.”
Todo en Serra puede tener trasfondo bíblico: desde el estilo hasta su interpretación de la historia. “En mi lectura del Apocalipsis hay una voluntad de ir al encuentro de la historia. ¿Por qué? Porque, a mí, la guerra civil me llevó no al conocimiento de la historia a través de los libros, sino a las preguntas sobre el curso irónico de la historia. Lo que me condujo, habiendo perdido su valor todas las ideologías del siglo, hasta un concepto profético de esa misma historia. León Felipe decía que en el mundo no se ha producido nada igual a la dinastía de los profetas bíblicos. Es cierto. El Apocalipsis es la llave con la que he desentrañado la historia, coincidiendo con Larrea en sus especulaciones sobre él mismo para descubrir la clave de la historia occidental: un ciclo de manifestaciones donde nuestro propio ciclo, el judeocristiano, queda iluminado por las palabras cinceladas en el Apocalipsis”.
Vivimos una era en la que todo lo que anunciaron los profetas se hace evidente en su babelización y en que por debajo de esa babelización sólo existe el mercantilismo: la economía se toma en sí mismo como fin y ya decía Blake que el dinero es la sangre del pobre”.
José Carlos Llop, Babelia, 8 febrero 1997, 276, p. 12.

domingo, 28 de octubre de 2018

Víctor-M. Amela entrevista a Joost S. Ritman (La Vanguardia, 18 de agosto de 2003)



Joost S. Ritman. Creador de la Biblioteca PhilosoficaHermetica
“Puedes destilar oro dentro de ti”

Tengo 62 años. Nací y vivo en Ámsterdam. Soy propietario de la compañía de líneas aéreas Helios. Estoy casado desde hace 45 años. Tenemos siete hijos y 15 nietos. Defiendo la libertad de creencias y religiones. Creo en Dios, soy cristiano protestante y rosacruz. He creado la mayor biblioteca del mundo de libros herméticos, y la dono.
SABER ANTIGUO Sí retrocedes en el tiempo al estudiar -por separado- la historia del arte, de la religión, de la filosofía y de la ciencia, descubres que hubo un pasado en el que todas esas disciplinas anduvieron fundidas en un solo magma común e indistinto.
Ese saber holístico primigenio se expresó en ciertos arquetipos simbólicos: magia, astrología, matemática sagrada, alquimia, cábala...: es la tradición del hermetismo, de la filosofía hermética, según he entendido de Ritman. Él lo ha convertido en su pasión personal, yendo a la caza de manuscritos del año mil (tiene un Evangelio de esa fecha, en griego), de grimorios medievales, incunables y piezas raras y valiosas. “Muchas obras se tradujeron del árabe al latín en España: España ha sido muy importante en la historia del hermetismo.
-¿Biblioteca hermética, dice?
-Sí: he reunido 5.000 obras herméticas de todas las épocas. 
-¿Qué es una obra hermética? 
-Todo texto o libro que encierra conocimientos de la tradición hermética.
-Bien, pero... ¿Qué tradición es esa?
-Tiene más de 4.000 años: arranca en el antiguo Egipto, fertiliza la filosofía griega, conecta con la magia mesopotámica, se expresa en los misticismos judío, cristiano y árabe, en la alquimia medieval y en textos del renacimiento, hasta irrigar aspectos de la masonería, la teosofía y los rosacruz.
-Muy eufónico, pero... ¿Qué clase de conocimientos transmite la tradición hermética?
-Los que tratan de la relación entre el Creador y la creación, desde el universo (macrocosmos) al ser humano (microcosmos).
-¿Una teología?
-Es germen de la filosofía, ciencia y religión... expresado en un lenguaje simbólico.
-Sigue sonándome esotérico, oscuro...
-... ¿hermético?
-Eso. ¿Nació ahí esa acepción de la palabra para designar algo que es críptico?
-Sí, porque al profano se le antoja que algo se esconde tras ese lenguaje simbólico...
-¿Y por qué no ser más directo y diáfano?
-Porque el símbolo instruye (por una vía no estrictamente racional). ¡Y porque lo valioso es lo que uno consigue por uno mismo!
-¿De dónde deriva el término “hermético"?
-De Hermes. Hermes es el nombre de una divinidad griega -el mensajero de los dioses-, transposición del dios egipcio Toth, que era el mensajero del conocimiento.
-¿Y cuál fue el primer texto hermético?
-Un bajorrelieve de las pirámides acerca de los misterios de Isis, Osiris y Horas, símbolo del alma, el espíritu y el ser humano.
-¿Cuál sería la biblia del hermetismo?
-El “Corpus Hermeticum”, escrito en Alejandría en el siglo I, último impulso de una civilización egipcia ya helenizada. Son 17 diálogos entre Poimandres (otra transposición de Toth-Hermes) y discípulos suyos.
-Ayúdeme a concretar: ¿Cuál sería el primer “mandamiento” del hermetismo?
-El conocimiento de uno mismo. Hay en cada uno una realidad divina que duerme, aletargada... Pero puede despertarse. Despertarla es acceder a la verdadera conciencia.
-Transmítame otro principio hermético.
-Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.
-Yo diría que he leído esa frase en Pascal.
-Sí, es verdad, atribuida al universo... ¿Ve? El saber hermético ha viajado a través de los milenios y aflora en muchos sabios...
-Prosigamos nuestro cursillo hermético...
-En Roma se habló de Hermes Trismegisto (“tres veces grande”), al que se atribuirá la “Tabla esmeraldina”, suma de máximas herméticas. Una: “Como es arriba, es abajo".
-Interprétemela.
-Expresa un principio de correspondencia entre todo lo creado, de modo que puede establecerse analogía entre lo macroscópico y lo microscópico, entre lo exterior (lo cósmico) y lo interior (lo humano).
-Una suerte de pensamiento poético...
-O “Dios es amor”: esa máxima aludía originariamente al sol, que nos regala su luz. y su calor y, así, nos da la vida. Por eso los egipcios establecieron con el sol su alianza.
-Pues es una frase también muy cristiana.
-Porque el cristianismo fermenta en ese crisol cosmopolita de judíos, griegos, egipcios, árabes... que era Alejandría a principios de nuestra era. Los judíos cristianos estaban en el centro de esas conexiones. Hay correlato entre los lenguajes hermético y cristiano.
-¿Algún otro ejemplo?
-En la alquimia se habla de la piedra filosofal... Pues bien, ciertos filósofos cristianos dirán que esa piedra es Jesucristo.
-¿La alquimia es parte del hermetismo?
-Sí, claro: establece analogías entre procesos matéricos y procesos espirituales. Así, el plomo corresponde a la animalidad del hombre, y el oro a su estadio más elevado, espiritual. Así, cada ser humano es un atanor para obrar y destilar dentro de sí ese oro interior.
-¿Todo es puro simbolismo?
-Pero basado en hondos conocimientos de los secretos de la naturaleza: ¡los alquimistas conocían los secretos del átomo, de su energía, que denominaban “fuego sagrado"!
-No usaban un lenguaje muy “científico"...
-Es más próximo a un lenguaje “místico", sí. La cábala judía, el sufismo islámico y la mística cristiana comparten ese lenguaje.
-¿Y a eso le llama usted "conocimiento"?
-¡Por supuesto! Como lo es la vía del arte. Para el hermetista hay tres puertas de conocimiento: la intelectual (vida visible / cuerpo), la emocional (vida interior / alma) y la espiritual (relación con el Creador / espíritu).
-Pero el conocimiento lo da la ciencia...
-“Ciencia" (que significa “conocimiento") es un tipo de conocimiento sólo empírico, desgajado de la tradición hermética. Así, los saberes alquímicos, desgajados y vistos con óptica sólo empírica, son ya química.
-¿Qué aplicación útil tiene toda esa tradición hermética en pleno siglo XXI?
-Enseña que el verdadero conocimiento brota del interior, y que exige un esfuerzo.
-¿Lo ha conseguido usted?
-Lo busco como rosacruz.
-¿Rosacruz? ¿Qué es eso?
-El rosacruz es un movimiento nacido en el siglo XVI que hace consciente toda esa arcana tradición hermética. Y yo abro mi rosa interior en el camino exterior de la cruz.
-¿Me aconseja seguir ese camino?
-Aparque su razón y bucee en su realidad interior hallará un microcosmos que conoce los secretos del macrocosmos. ¡Así será usted un verdadero astronauta del tercer milenio!
VÍCTOR-M. AMELA. La Vanguardia (La Contra), 18 de agosto de 2003, p. 40

sábado, 27 de octubre de 2018

Salvador Dalí: "El surrealismo soy yo" (ABC, 12 de mayo de 1984)


EL SURREALISMO SOY YO
A los seis años de edad quería ser cocinero. A los siete, anhelaba ser Napoleón, y desde entonces mis ambiciones se han acrecentado.
No soy un hombre violento. No soy dócil, hace muchos años rompí las ventanas de una galería porque habían interferido mi trabajo. Pero nada he hecho últimamente. La Prensa siempre habla de estas cosas.
Mi hermano murió antes de nacer yo, de manera que cuando esto sucedió, mis padres me dieron el nombre del hermano fallecido: Salvador. Toda mi niñez la viví en el terror de pensar que yo era mi hermano y que estaba muerto en realidad. Comencé a hacer cosas extravagantes para atraer la atención hacia mí, para demostrar que era yo mismo. Para corroborar que no era mi hermano muerto.
Creo que mi personalidad es más importante que mi talento. Mis excentricidades son actos concentrados y deliberados. No son bromas, sino lo que más cuenta en mi vida. Es posible que el mundo necesite otros veinte años para comprenderlo.
Esto que llaman excentricidades es algo más vital para mí que mi propio arte. En los años de mi adolescencia seguía viviendo con la personalidad de mi hermano muerto. Todos estos años he hecho locuras para exterminar la imagen de ese hermano y determinar mi propia personalidad. Por eso empecé a acariciar la idea de convertirme en un genio, y llegué a serlo sin dejar de ser un exhibicionista consumado. Todo esto representa la naturaleza trágica y constante de mi personalidad real.
La extravagante publicidad que he recibido de la Prensa me ha ayudado como artista. Cuando era joven, para ganar seguridad representaba el papel de genio. Cultivé una leyenda. Luego la Prensa la aceptó y después de un tiempo empecé a convencerme de que verdaderamente era un genio. Ahora estoy totalmente convencido. Mis relaciones con la Prensa han convertido la leyenda en realidad.
Era y sigo siendo imprescindible. Soy un hombre de extremos.
A menudo me preguntan si al decir a la gente que soy un genio no la intimido, si no dificulta nuestros contactos. Posiblemente así sea con algunas personas, pero con otras los simplifica. El contacto es más inmediato y violento. Pero hay muchos obstáculos. Las personas muy tímidas viven enfrentándose casi a los mismos extremos. También me preguntan en qué soy genio. Mi pintura es parte de ello. Pero más que nada, lo es mi intuición creativa. Soy muy perceptivo. Por ejemplo, una vez pinté la estructura molecular del ácido desoxirribonucleico y luego cuatro científicos obtuvieron el premio Nobel por descubrirlo.
Creo que tengo cosas en común no con los nuevos pintores, sino con los antiguos: Rafael, Vermeer, Velázquez. No me siento cerca de los que tienen mí misma profesión ni con los actores. Me siento más unido a los místicos, a los filósofos y a los teólogos.
Cuando Velázquez llegó a Italia y le preguntaron qué pensaba de Rafael, contestó: «No me agrada en absoluto.» Pero si estudiamos muy de cerca sus dos pinturas más famosas, «Las Meninas» y «La rendición de Breda». encontramos que repite el tema y la estructura general de «El matrimonio de las Vírgenes», de Rafael.
Actualmente, cuando nadie está de acuerdo con nada, especialmente con el caos estético reinante, todo coincide en un fenómeno singular: Velázquez. Todos consideran a Velázquez como el más vivo y moderno de los pintores.
Soy profundamente religioso y los valores más importantes de la vida son litúrgicos.
Creo en la violencia y me encantan todos los tipos de guerra, incluyendo una atómica que todo lo destruiría. Si se produjera, todos nos convertiríamos en ángeles y, de acuerdo con la teoría antigua, lo único que quedaría en la Tierra serían peces pequeños que se desarrollarían hasta convertirse en una raza humana distinta y superior.
El invento más importante del siglo es una máquina del pensamiento que yo mismo he inventado, una forma de cibernética, pero con el ojo humano.
Las ideas más importantes las he concebido en Nueva York. En California no se me ocurre nada. Europa ofrece condiciones sublimes para realizar estas ideas; pero en Nueva York se me ocurren ideas cada quince minutos. Nueva York está lleno de locos. No se trata de tipos paranoicos de primera clase, como yo; son tan sólo de segunda. Con todo, son gentes locas e interesantes que hacen que el lugar sea interesante para vivir.
En Nueva York sólo duermo. En España sólo trabajo. Allí desayuno a las nueve treinta. Luego fiesta hasta las diecisiete treinta. A esta hora empiezan los cocteles y las «cogitaciones». Esto me agrada enormemente. En Nueva York todo el mundo corre, mas no Dalí. Dalí duerme, duerme, duerme.
En la Costa Brava, en el pueblo de Port Lligat. duermo en una gigantesca cama matrimonial que tiene un gran dosel; en la cabecera pinté una escena de botes, en donde aparece mi esposa. Gala, sentada, ofreciéndome una corona. La Cosía Brava es hermosa y muchas personalidades notables han vivido ahí. El director de orquesta Artie Shaw estuvo en Aigua Blava; Robert Ruark vivió en Palamós, que está tachonado de percebes. También estuvieron Madeleine Carroll y su marido, Andrew Heiskell, presidente de la Junta de Vida.
Yo vivo y trabajo en mi casa blanca de cajones. que está a las orillas del mar y desde donde se domina el Mediterráneo. No hay árboles. No soporto lo verde. Mi paisaje carece de árboles. Tiene el aspecto de un esqueleto de asno en putrefacción. Es posible que con el tiempo ponga algunos olivos. Mi corinas en mi patio.
Nueva York no es verde. Inglaterra tiene muchos pastos, todo se toma verde repentinamente. Y observen te Gran Bretaña, su mundo se ha derrumbado.
Velázquez no pintó jamás con verdes. Rojo y azul, blanco y amarillo.
Pero desde mi patio el panorama no tiene color. Es gris y amarillo. Es monocromático. Sin árboles. En Nueva York tampoco los hay.
Soy un tipo paradójico, exhibicionista, excéntrico y concéntrico a te vez, exactamente un exhibicionista daliniano.
El surrealismo... soy yo. Soy el único surrealista perfecto y trabajo dentro de la gran tradición española. Los místicos españoles siempre fueron surrealistas; los franceses, ateos.
En los primeros años de la década del cuarenta me expulsaron del grupo «oficial» de surrealistas por ser excesivamente surrealista. Una de mis pinturas mostraba a Lenin con las posaderas de tres metros de largo sostenidas por una muleta. Esperaba que eso sacudiera e impresionara a mis colegas, pero ellos fingieron aburrimiento.
Después me obsesioné, al punto de delirio, con la personalidad de Hitler, a quien siempre intuí como mujer. Mi visión nada tenía que ver con la política; sin embargo, pronto me vi defendiendo mi posición ante una reunión de surrealistas franceses.
La reunión fue memorable. Pasé la mayor parte de la sesión puesto de hinojos, no suplicando contra mi expulsión, sino exhortándolos a comprender que mi obsesión por Hitler era puramente paranoica y apocalíptica.
Pero los surrealistas no me comprendieron. Y permitieron que siguiera existiendo alguien como yo, que pretendía ser un verdadero loco, viviente y organizado.
Mi obsesión persistió hasta la muerte del Führer. Oí la noticia cuando me estaba tomando la temperatura. Durante exactamente diecisiete minutos permanecí tendido, pensando, con el termómetro en la boca. Cuando me levanté mi temperatura estaba perfectamente bien. Tanto Hitler como el surrealismo se convirtieron en etapas muertas.
Entonces tuve la certeza de que yo era el salvador del arte moderno, el único capaz de sublimar, integrar y racionalizar todas las experiencias revolucionarias de los tiempos modernos, dentro de la gran tradición clásica del realismo y el misticismo, que es la misión suprema y gloriosa de España.
Salvador Dalí, ABC, 12 de mayo de 1984, pp.50-51.

viernes, 26 de octubre de 2018

Maria José Ragué entrevista a Franco Zefirelli (Triunfo, 16 de noviembre de 1974)


Zefirelli, de la Belleza a la Disciplina
EN la Appia Antica romana, en «la Casa Grande», entre estatuas de mármol y varios perros de raza, frente a una extensa pradera y una gran piscina, enmarcados por viejos árboles, sentados en mullidos sotos blancos y con un par de bellos efebos pululando a nuestro alrededor, Franco Zefirelli me pregunta si su película «Hermano Sol, hermana Luna» se ha estrenado ya en España…
De aspecto frío y maneras suaves, la belleza correcta y estática de Zefirelli y sus claros ojos acerados le dan ciertos aires de sensibilidad wagneriana... Cortés pero no efusivo, esteta sin apasionamientos, siempre correcto pero carente de extremas genialidades, su entusiasmo por la disciplina me hace identificarle con la raza aria de los años treinta...
En la publicidad sobre «Hermano Sol, hermana Luna», Zefirelli dice «no presentar a San Francisco de Asís como un santo, sino como un contestatario de buena familia que, como algunos jóvenes de hoy, trataba de cambiar constructivamente el mundo», pero, al parecer, su pretendido mensaje con esta película es el de demostrar a los jóvenes de hoy cuán necesaria es la disciplina. 
F. Z.—Con los cambios culturales de los últimos años la gente joven ha tenido la oportunidad de expresar su modo de sentir respecto a la sociedad que los rodea y de influir en el curso de la Historia, pero junto a importantes beneficios, esto ha acarreado pérdidas considerables. En este proceso de cambio, una generación casi entera de jóvenes han perdido el privilegio de aprender, porque al enfocar la vida con una actitud agresiva y revolucionaria han dejado de estudiar. El tiempo que transcurre entre los dieciséis y los veinticinco años debe ser aprovechado para estudiar, porque esta época de estudio condiciona el resto de la vida. Nos encontramos, pues, ante una generación que ha descubierto nuevos modos de vida, pero no se ha preparado de hecho para los próximos cincuenta años, y la culpa es nuestra, porque además de tratar de comprenderlos debíamos haberles ayudado imponiéndoles una disciplina. Nada es posible sin disciplina, y la última generación no la ha tenido.
J. R. —Yo no diría, sin embargo, que San Francisco de Asís es un ejemplo de disciplina...
F. Z. —Claro que sí, incluso se me ha censurado el que en Hermano Sol, hermana Luna haya retratado a un hombre de vida demasiado fácil. Era fácil porque él dio una respuesta fácil a sus problemas: «Dios existe y la vida terrena no importa». Pero tras esta respuesta hay mucha angustia y mucho sacrificio. San Francisco sacrificó todos los momentos de su vida, perdió el placer y la alegría de vivir para prepararse para la vida futura. Su vida no era fácil como la de los jóvenes de hoy, que simplemente se sientan al sol y disfrutan de la vida.
J. R. —¿No hay, pues, conexiones entre parte de la juventud de hoy y San Francisco de Asís?
F. Z. —Sí, pero mi intención en la película era mostrar cómo la vocación de pobreza y el abandono de las estructuras sociales implica mucho sacrificio y mucha disciplina; mostrar que no es tan fácil dejarse crecer el pelo, y que si los «hippies» se dejan crecer el pelo, viven en comunas y se dedican a la música, es porque están respaldados por una sociedad económicamente fuerte; pero cuando tengan más edad tendrán problemas y se darán cuenta de que debían haber tenido una mayor disciplina.
Zefirelli es un toscano con aficiones y sensibilidad inglesas, en cuyo «currículum» profesional —brillante, ciertamente— destaca su capacidad de polifacetismo en el mundo del espectáculo. 
J. R. —Si su aspecto corresponde a su inclinación por la disciplina, me pregunto si lo que ha hecho posible sus éxitos profesionales es también este sentido de la disciplina. ¿Por qué escogió su profesión?
F. Z. —No la escogí. Estaba metido en el mundo del espectáculo como escenógrafo teatral y se me presentó casualmente la posibilidad de actuar en una película con Anna Magnani. El actor que debía interpretar el papel se había peleado con la Magnani, era urgente sustituirle, y cuando la Magnani me vio dijo que yo daba el tipo, que probara; y me dieron el papel. Luego me interesé por la dirección, trabajé como ayudante de dirección, y luego me surgió la oportunidad para escenografiar y dirigir una ópera en la Scala. Luego he dirigido teatro, he hecho televisión... En mi vida profesional todo ha sucedido naturalmente, sin que yo tuviera que hacer ningún esfuerzo.
J. R.—Aunque todo haya sucedido naturalmente, la dirección y puesta en escena en la Scala de Milán de la ópera de Rossini, “Cenerembola”, señaló et éxito de la primera etapa de Zefirelli; su película "Romeo y Julieta", en mil novecientos sesenta y siete, fue el punto clave en su éxito cinematográfico. Su carrera se desarrolla entre Italia e Inglaterra, y se diría que su creación artística está igualmente influenciada por su región natal, la Toscana, que por la obra de Shakespeare.
F. Z. —La tradición inglesa es hoy aún muy importante en Florencia, y mi padre quiso que yo aprendiera inglés; luego, en la guerra, estuve viviendo durante un año con las tropas inglesas que liberaron nuestro país, y, finalmente, en mil novecientos cincuenta y nueve me llamaron desde el Covent Garden para que dirigiera «Lucia de Lammermoor», donde cantaba Joan Sutherland, que entonces era desconocida. Mis películas son siempre en inglés, y en realidad la obra de Shakespeare está muy ligada a la historia y la cultura del Renacimiento italiano. Yo he intentado siempre unir mi base cultural italiana al teatro y las técnicas teatrales inglesas, y me siento muy cómodo en ambas culturas. Ahora acabo de dirigir en Londres una obra de Eduardo di Filippo, interpretada por Laurence Olivier, que está teniendo un gran éxito. Creo que he tenido mucha suerte en mi vida profesional y que tengo que estar agradecido a Dios y a mi destino, pero las cosas no suceden por casualidad, hay que estar dispuesto y bien preparado para aprovechar las oportunidades que nos surgen. Si cuando —debido a un incidente casual— Visconti y la Magnani decidieron ofrecerme un papel importante en «L'onorevóle Angelina» (mil novecientos cuarenta y siete) yo me hubiera estado preparando para someterme con éxito a un «test» de interpretación, mi destino hubiera cambiado.
J. R. —¿Por qué no siguió su carrera como actor?
F. Z. —Porque no quería ser ni actor ni escenógrafo, quería dirigir.
J. R. —¿Cuáles son para usted los momentos decisivos en su carrera?
F. Z. —Mi encuentro con Visconti, mi debut en el Covent Garden, dirigiendo a Joan Sutherland, en el cincuenta y nueve; la dirección de Romeo y Julieta en el Old Vic, de Londres, en mil novecientos sesenta —mi primer contacto con Shakespeare, el momento en que los Burton quisieron que les dirigiera en La fierecilla domada y mi película Romeo y Julieta.
J. R. —¿Qué hace ahora?
F. Z. —Después de haber estrenado en casi todas partes mi última película, Hermano Sol, hermana Luna, estoy trabajando y, sobre todo, pensando mucho en el proyecto de realizar cinematográficamente El infierno, de Dante.
J. R. —Estética renacentista de nuevo...
F. Z. —Si. Es el aire que respiro desde que nací; en Florencia todo te envía mensajes de belleza y perfección y en todo el mundo se hallan las huellas de la cultura italiana, en el pueblo más recóndito de Luisiana hallarás una reproducción de Botticelli o Miguel Ángel, u oirás un aria de Verdi o Puccini. Esto me da una sensación de prestigio cultural y de aristocracia de la civilización.
J. R. —Pero, ¿hasta qué punto el aire como arte no debería crear nuevas realidades en lugar de reconstruir el pasado?
F. Z. —Creo que la obra de Shakespeare, aunque ambientada en una época, es universal en el tiempo y en el espacio y transmite un mensaje de belleza. Ahora bien, depende del propósito que uno tenga; si lo que se pretende es lanzar un argumento polémico o un mensaje político, en los que se denuncie los abusos de nuestra sociedad, la belleza es innecesaria. La mayoría de obras de arte de los últimos veinte años pretenden mostramos la fealdad que nos rodea, pero a mí personalmente me interesa más la belleza.
En mi última película de San Francisco de Asís he querido centrarme en la belleza de la Naturaleza. Creo que desde un punto de vista visual, es la película más bonita que he hecho, es tan bella que nos hace llorar y enamorarnos de la Creación. «La belleza del mundo que nos rodea es tal, que Dios, que lo creó, debe ser maravilloso», piensa Francisco de Asís y así se convierte en santo. Es la elevación por la belleza, que no está de acuerdo con esta moda de lo feo. Las «estar» de moda de los últimos años son también feas; fijémonos en Liza Tinelli, Barba Streisand, Dustin Hoffmann... y nos hablan de la fealdad de la vida. Ha habido en todo el arte de los últimos años un gusto morboso por la fealdad, pero creo que esta corriente estética está ya acabada.
J. R. — ¿No cree demasiado dogmático afirmar que Streisand es fea?
F. Z. —Creo que las cosas feas pueden ser maravillosas, y que a pesar de ser la mujer más fea del mundo proyecta una belleza interior que la hace tan bella como pudiera ser Greta Garbo, y que le permite poder prescindir de la belleza externa; pero es fea.
J. R. — ¿Su proyecto sobre El infierno, de Dante, no implica también fealdad?
F. Z. —Sí, y horror. Es un tema extremadamente moral. Dante era muy rígido y severo, y no tenía la menor indulgencia para los pecados de los hombres, para los cuales establece una serie detallada de castigos. No existe caridad humana en Dante; si exceptuamos algún tipo de amor o de pasión con los que se identifica, todas sus demás pasiones son estalinistas, como era la Iglesia de su tiempo. Tal vez por esto los rusos están muy interesados en este proyecto, por esta terrible disciplina en que todos los pecados son castigados. Es inimaginable el modo cómo en trescientos versos se describe el castigo a dos ladrones que se transforman en serpientes, o los versos que relatan la diversión de los diablos con los pecadores. La poesía es bella, pero está espantosamente llena de sadomasoquismo.
J. R. — ¿Cuál es, pues, la razón de esta película?
F. Z. —La situación del mundo actual, necesitado de escarmiento y disciplina. Hemos vivido treinta años con la satisfacción de haber salido de la guerra y tratamos por todos los medios de preservar la paz, pero este período se ha acabado. Hemos pasado años viviendo en una situación permanente de carnaval y de diversión, actuando como si todos fuésemos millonarios, suprimiendo las instituciones, la familia, la amistad, el sexo, destruyéndolo todo, creyéndonos poderosos para hacer cualquier cosa, y ahora nos damos cuenta de que no somos tan poderosos como creíamos. Tenemos que vivir de un modo más severo y más profundo, y en lugar de interesamos por cosas superficiales, como la riqueza, la elegancia, la belleza y la juventud, hallar raíces más profundas, volver a encontrar nuestra identidad en nuestra familia, en nuestra localidad; olvidamos de los aviones y las autopistas y quedarnos en casa leyendo, limpiando, acompañando a nuestro esposo o esposa y a nuestros hijos...
J. R. —Y de esta idea de la vida nació Hermano Sol, hermana Luna, y va a nacer El infierno, de Dante, porque tal vez un sentido aristocrático de la belleza se pueda fácilmente transformar en una moral disciplinaria...
Franco Zefirelli y uno de sus jóvenes amigos, al finalizar esta entrevista, un sábado de invierno por la tarde, me acompañaron hasta el centro de Roma en un bonito coche «sport». La Appia Antica era de una belleza gélida.

M. ª José Ragué Triunfo, 16 de noviembre de 1974, pp. 66-67.