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lunes, 14 de julio de 2025

"Fui conserje en un hotel; luego leí a Blake". Entrevista a Cristóbal Serra (El Mundo/El Día de Baleares. Lunes 30 de abril de 2001).


Cristóbal Serra, en el centro de la foto, solía comer en el palmesano y desaparecido celler Montenegro, en la calle del mismo nombre


 OPINIÓN. CONVERSACIONES EN EL ROMPEOLAS

PREMIO RAMON LLULL, 2000 EN LAS ILLES BALEARS // ESCRITOR, TRADUCTOR. NACIÓ EN PALMA, BEBE VINO BLANCO Y ANDA DESPACIO // «ESTÁN AGONIZANDO UNOS TIEMPOS EN LOS QUE PRACTICAMENTE HAN MUERTO TODOS LOS VALORES», AFIRMA

CRISTOBAL SERRA

“Fui conserje en un hotel; luego leí a Blake.”

Una entrevista de EMILIO ARNAO

PALMA.— Por teléfono he quedado con Cristóbal Serra, escritor, para comer en el Celler Montenegro, donde sé que él acostumbra a llenarse de arroz. Llego antes que él y pido aceitunas y Coca-Cola. Saco la grabadora y el cuaderno. Al momento baja por las escaleras del celler, como un trovador francés, Cristóbal, con gafas, amable, una camisa gris como el día, a punto de la tormenta. Compartimos mesa, una jarra de vino, «¿les pongo el arroz?» Después de la entrevista. «A ver, Arnao, qué quieres de mi». Botón rojo. Click. Estamos grabando. El celler está prácticamente vacío, sólo una pareja de extranjeros, que más que comer, se dan piquitos y hacen manitas. Enfrente de nuestra mesa, un joven solo come como un pequeño oso. Nosotros oímos los sorbidos de la sopa. Pero el restaurante, antiguo y socialista hoy es todo para nosotros. «Cristóbal quiero que me cuentes tu vida, tu literatura, el humanismo, tus gafas, en fin, Palma, esta ciudad tan distinta de cuando tu eras un muchachote borrascoso»

—¿Borrascoso? Mala información. Mi adolescencia en Palma está plagada de palomas y con el agua del mar, la del puerto, más limpia que cualquier cala de hoy en día. Viví en el puerto de Andraitx. Luego estudié Derecho en Madrid. Volví y me di cuenta que me gustaba más la literatura, las lenguas. Fui a Valencia y a Barcelona y me licencié en Historia, en lenguas, Francés e Inglés. Trabajé en Mallorca durante 25 años como profesor y también me dediqué a la traducción.

—Entonces su literatura llega mucho más tarde, no demasiado joven.

—Sobre los 30 me di cuenta que a mí lo que me gustaba era escribir, pensar y escribir, todo en prosa, pero siempre con los tonos líricos de lo poético. He creído fundamentalmente en lo lírico.

—La lírica, lo espiritual, un nuevo humanismo, ¿cree usted que deben afianzarse en este mundo de las tecnologías, la diosa ciencia, el neoliberalismo, este siglo que empezamos?

—Podrás comprender que yo tango una mirada sesgada. A diferencia de vosotros, tengo un concepto muy apocalíptico de la historia. Todo lo que está pasando se acomoda de manera tan real al final de unos tiempos, no al final del mundo, ojo, yo creo que están agonizando unos tiempos en los que prácticamente han muerto todos los valores, y no digamos los valores de la Cristiandad, la religión.

André Malraux dijo que “el siglo XXI será religioso o no será”. ¿Entonces?

—Yo creo que todavía mantenemos el concepto de religión heredado de las religiones judías y cristiana, es decir, el judeocristianismo. En este sentido, este conflicto tan marcado entre religión y ciencia es propio de mentalidades deliminatorias. Los conocimientos de la ciencia tampoco son absolutos, de la misma manera que, ni mucho menos, son absolutos los que siempre se han dado en el ámbito de la religión. Por tanto, para mí no existe conflicto. Entiendo que los valores del espíritu tendrán siempre que prevalecer, porque si hay algún sentido en el libro del apocalipsis es justamente cuando habla del triunfo del espíritu De modo que así es, yo doy gran importancia a un mundo que hable siempre de espiritualidad. humanismo, como queramos llamarlo.

—Volvamos a la literatura usted nació en el año 22. Ha visto e imagino que leído todo el siglo XX español. Hoy estamos en un punto donde hay demasiado autor y excesivas publicaciones. ¿En literatura española, se ha escrito se esté escribiendo bien?

—Escribir bien no lo dudo, pero no basta sólo escribir bien. Seguimos concediendo demasiado valor a la forma A mí me interesan las obras que formalmente correctas van un poco más allá, si quieres, que están más allá de la literatura. España, en su historia literaria, ha pecado, salvo notables excepciones, por ser excesivamente formalista, del mismo modo que la francesa. Sin embargo, en los autores franceses, y sobre todo en la literatura inglesa yo encuentro destellos, por ejemplo, dentro de la mística, que a mí me siguen inquietando cada vez que los leo. Sin embargo con los españoles, místicos incluidos, me aburro, porque están al amparo del estilo de una maraña complicada y oscura que no deja ver lo auténtico. Yo prefiero, en literatura, lo auténtico. Recuerdo una frase de Bergamín que decía: “En la literatura española te sirven el menú, pero nunca la carta”. Esta es la idea, hay poca variedad, estamos siempre en el menú. En España hay mucho menú y demasiadas novelas. Sin embargo, en poesía…

— Un poeta.

Claudio Rodríguez.

—¿Usted en un poema qué busca?

—En primer lugar que aparezca claro el contenido poético. La poesía tiene que ser oscura, sí, pero no un puro juego formal. Yo busco en el poema una impresión directa, un golpe, una revelación Esto me ha pasado con Laforgue, con Baudelaire, Rimbaud, pero también con Rubén Dario. Oliverio Girondo sin embargo, muchos de los célebres no me llegan y como no me llegan directamente pues no me interesan.

—De esos disparos directos ¿recuerda alguno en estos momentos?

—Sí, como no. Tiene que ser de Blake. Ya está «Ver un mundo en un grano de arena/un cielo en una flor silvestre/ tener el infinito en la palma de la mano y la eternidad, en una hora». Estos versos de Blake, junto con sus aforismos relampagueantes, me impresionan. En cuanto intuyo el relámpago en el misterio, es cuando encuentro al hombre sensible que quizá pueda haber en mí.

Cristóbal Serra, al que el año pasado le dieron el Premio Ramón Llull de les Illes Balears, traductor y autor de numerosísimos libros (toda su obra traducida al francés), cuando ha recitado esos versos de William Blake lo ha hecho en inglés. El inglés, idioma de agua y madera, en la voz de C.S. suena muy moderno, etéreo, de antes y ahora, como si se arrastrara por la arena una serpiente imposible. No tengo más preguntas. Nos hemos quedado solos en el celler, entre los toneles y las herramientas de labranza. Le digo que si comemos ya. «Si, claro, arroz de bacalao amb pellotes. Yo bebo vino blanco. Todos los viernes me siento en esta misma mesa. Espero que venga alguien. Hoy has venido tú. Estoy siendo sincero contigo Palma ha cambiado tanto. Me encuentro cómodo entre vosotros, los jóvenes. A mí, ya ves, me quedan estas comidas y algunos libros que escribir, todavía».

—Es usted un hombre sensible.

 —Bueno, eso lo dices tú, que no me conoces. Pero si, me gustaría que se me recordara como una persona que ha sido más sensible de lo que muchos jamás han pensado.

Con o sin sensibilidad entre William Blake y William Blake, las cuatro de la tarde, lo que sí ha llegado es el arroz amb pelletes y el vino blanco, sin aguja, sin una peluquería fija, el pelo de Cristóbal. Ha ocurrido con su voz de chicarrón para adentro, el mediodía, infinito o eterno, en una mano, en una hora. Entre risas y un cierto contubernio (terciamos en política y en acontecimientos de amor), llega una amiga que resulta ser de los dos.  Yo tomo café doble. Y Cristóbal, lírico y con gafas monárquicas, pide café doble también, porque los dos ya hemos puestos sobre la mesa los mismo naipes místicos, redondos y desaparecidos. Nos quejamos por romanticismo, porque las metáforas ya no son aquellos caballos blancos de un prado de nieve tardío. “Yo también fui profesor de literatura, Cristóbal”. “Y yo, mucho antes, conserje de un hotel, por las noches.  Iba para conserje, pero los turistas me rompían los cristales y lo dejé”. Carmen rubia, manos pequeñas, amiga y psicóloga, pide un carajillo de coñac y nos habla de la pintura de Menéndez Rojas. A Cristóbal Serra, aquí en Baleares, lo han hecho premio Ramón Llull, el año pasado pero según he adivinado en su ojos él prefiere su etapa de conserje cuando las aguas de Palma todavía estaban limpias como una costa. «Yo leía, bajo un cielo de palomas el verso de los poetas lakistas». Tal vez es místico y atlántico, sigue esperando todos los días a que le caiga, entre el bosque, el relámpago, vestido de azul, vivo, brutal, invisible, en el centro mismo de la carne.

El Mundo/El Día de Baleares. Lunes 30 de abril de 2001, p.7.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Entrevista a Leopoldo María Panero (El Mercurio, Santiago de Chile, 13 de agosto de 2004)

 


ENTREVISTA A LEOPOLDO MARÍA PANERO

Un poeta maldito del siglo XXI

Ha pasado por cárceles, pensiones sórdidas y manicomios, pero nada le ha impedido ser autor de una de las voces poéticas más interesantes de la literatura española actual.

Armando Roa Vial

Y el poema es el dios más siniestro que existe”, escribe Leopoldo María Panero (Madrid, 1948) en La ciencia del verso. Más allá de la antología de lugares comunes que rodean a su persona —la locura, la dipsomanía, la rebeldía blasfema—, Panero es de los pocos poetas de su generación que han construido no ya una obra, sino una literatura en sí misma, alimentada desde los afluentes del ensayo, la traducción y la prosa, como puntos de entrada a su voluminosa obra poética. Poeta culto y de culto, para muchos una reliquia póstuma del vidente, actualmente se encuentra recluido en el Sanatorio de las Hermanas de la Caridad, en la Gran Canaria.

Lo que comenzó con una gentil carta mecanografiada (y atiborrada de enmiendas y borrones), a raíz del envío de unos libros, se fue transformando en una sabrosa conversación telefónica semanal. La voz de Panero es áspera, cavernosa, y el tono enfático, aunque siempre cortés. El diálogo, matizado con poemas de Mallarmé, Zukofsky y John Clare, recitados de memoria por el poeta, es fluido, aunque Panero gusta de las pausas largas entre una y otra afirmación y en ocasiones realiza extensas digresiones antes de entrar a responder directamente las preguntas.

—Has afirmado que tu apuesta es la del palimpsesto.

—Y es que la literatura, desde siempre, ha sido un sistema de citas, una conversación interminable de diferentes autores y culturas... Probablemente, Ezra Pound ha sido el poeta más consciente de este fenómeno y, por eso, es para mí la figura poética más importante del siglo XX. Él, Joyce y Beckett. El mundo es un texto gigantesco; nosotros, sus comentaristas.

—En una entrevista a Babelia dijiste que sólo quedaba un libro por reescribir el Apocalipsis.

—Sí, en alguna oportunidad pensé que el Apocalipsis era el último libro, pero ahora he cambiado de parecer. Los libros se remiten unos a otros de manera infinita, como las palabras de un diccionario: entras a un término y ese término te remite a otro y a otro, en una secuencia sin fin. Así, cada poema es la entrada progresiva a un laberinto, donde aparecen infinidades de poemas hasta que olvidas el punto de partida.

—Al igual que en tu poema «De cómo Ezra Pound pasó a formar parte de los muertos».

—Claro, donde también el mundo es una fantasía paranoica y por eso necesitamos abjurar de nosotros mismos y hacer que los muertos salgan de sus sepulcros. Esa es la gran revolución de Rimbaud: yo soy otro. A mi manera quiero ser muchos otros, como un ventrílocuo, para no estar tan solo. Es lo que algunos han llamado “poemas babélicos”. Para mí es, además, una conversación con los difuntos, con mis mayores.

—Y, con ello, de paso borras la autoría.

—Y es que no hay autor, sólo poemas. Pero hoy, claro, la gente se preocupa más del poeta que del poema. La autoría no existe. Al revés de Musil, no es que seamos hombres sin cualidades, sino cualidades sin hombre.

—Y ya que hablamos de los otros, ¿cuáles han sido tus maestros tutelares?

—Mi gran pasión es la poesía norteamericana moderna, pero en la línea de Poe, que representa el ejercicio poético riguroso y esteticista. La línea más prosaica de Whitman, no me gusta. Y bueno, de Poe saltamos a Pound y Eliot. También soy devoto de la tradición inglesa a partir de John Donne y del simbolismo de Mallarmé. De la poesía alemana, me gusta mucho el expresionismo de Gottfried Benn.

—¿Y qué me dices de la poesía española e hispanoamericana?

—España es el barroco y la poesía mística. Actualmente no hay mucho, salvo Gimferrer, Colinas y algunas cosas de Rodríguez y Gil de Biedma. Y de Hispanoamérica, bueno, creo que es muy difícil escribir algo después de Borges.

—¿Sólo Borges?

—Borges lo hizo todo, o casi todo. Es un modelo de versatilidad y vigor intelectual. La literatura es una herramienta formidable contra el abuso y la ignorancia; hoy, más que nunca, creo que el arte de escribir es una disciplina rigurosa y monástica. Además, eso de la poesía como la versión no oficial de la filosofía me parece formidable.

—Y al igual que Borges, tus intereses no provienen exclusivamente de la literatura.

—Sí, como autodidacta, aunque cursé el bachillerato. Y es que las vertientes que sirven de estímulo para la fantasía son múltiples: me interesa muchísimo la filosofía, digamos desde Spinoza hasta el neopositivismo y la Escuela de Frankfurt; también la estética, las matemáticas y la historia de las religiones.

—Háblame de la locura y de tu encierro.

—Yo no sé qué pueda ser la locura. Tal vez una defensa para seguir soñando. O quizá el derecho a la fantasía. Es lo que llamo la pansignificación de locura. Pues la locura, como dice Blake, conduce a la sabiduría. De lo que sí estoy seguro es de que la psiquiatría es una farsa, un delirio. Mira a Freud y todo ese estigma sobre el inconsciente, cuando lo verdaderamente bestial es la conciencia y no al revés. Ya ves lo que sucede aquí en España y que es probablemente un reflejo del resto del mundo: estados policiales resguardando una monstruosa sociedad de masas que odia el pensamiento. Pero lo peor es la censura, la censura a la fantasía. Y la fantasía es el gran estilo. Mi encierro responde a eso.

—¿Ves una salida a todo esto?

—Generar un malestar general —como el mito de la huelga soreliana— hasta que la cosa reviente. Y esa debería ser hoy la función de la poesía. Pero los poetas, claro, están en otra cosa....

—¿En otra cosa?

—Recaudando impuestos.... Los poetas y escritores, con las excepciones del caso, hoy en día responden a modelos planetarizados de reproducción en serie.

—¿Para quiénes?

.—Para todos esos teóricos que imponen tal o cual canon estético y exigen a cambio su estipendio.

—Pero tú eres un insobornable.

—Sí, y por eso me llaman Pertur.

—¿Pertur?

—Sí, Pertur, Perturbado. (Panero recita: “La rosa, la rosa, la rosa/ que soy yo/ pues soy un hombre nacido de la rosa/ en esta tierra que no es mía”).

—¿Siempre un extranjero?

—Digamos un apátrida. Y es que España es un país de pesadilla.

—¿Qué hay del Panero vidente?

—Un vidente riguroso, de la escuela de Rimbaud, y no un vidente escandaloso y prosaico, como son muchos poetas tributarios de Whitman. El lenguaje es una herramienta fina, de precisión. No se puede abjurar de la realidad, por horrenda que sea, y por eso sigo creyendo en la referendalidad del poema. Aún quienes deconstruyen la realidad tienen que asumirla como punto de partida.

—Un poeta chileno, Juan Luis Martínez, decía: “Lo real es sólo la base, pero es la base

—Exacto. Aunque eso es tomado de Wallace Stevens. Escribimos para ser escuchados; no se trata de una reproducción tosca de la realidad, sino de que toda ficción, para iluminar o transfigurar una realidad, debe tener una cierta residencia en ella. Todo, en última instancia, tiene un germen mimético.

—¿Y qué me dices de la muerte: otra de tus grandes obsesiones?

—No, no soy yo quien debe hablar de la muerte. Déjale eso a mis poemas. Ahí está todo. Escribir es una partida de ajedrez contra la muerte; yo sólo pongo el tablero, pero los movimientos y las piezas le pertenecen a ella.

El Mercurio (Revista de libros), Santiago de Chile, 13 de agosto de 2004, p. 4.

martes, 26 de noviembre de 2019

"La crítica esférica ante la obra del visionario" por Luis Núñez Ladeveze (La Estafeta Literaria, 513, 20 de abril de 1973)


LA CRÍTICA ESFÉRICA ANTE LA OBRA DEL VISIONARIO

Por Luis NUÑEZ LADEVEZE



El intento de reducir la literatura a una expresión directa e inmediata en la que se traduce la estructura socioeconómica de la sociedad fracasó inevitablemente. La llamada crítica sociológica o se redujo a un muestrario simplista y sin oportunidades de reducciones economicistas o tuvo que hacer gala de un ingenio agudo y de una capacidad analítica monstruosa, como el propio esfuerzo de Lukács atestigua.

El fracaso de este tipo de crítica era lógico y los más intuitivos, sin que necesitaran ser expertos en la cuestión, lo vaticinaron de antemano. En el caso de Lukács, el crítico salió airoso de la prueba, pero a riesgo de ser infiel a sí mismo. Hizo de la crítica sociológica casi una ontología, y tuvo que desdecirse muchas veces durante el largo camino de su experiencia literaria. No obstante haber fraguado, sobre todo al final de su vida con la laboriosa maduración de la «Estética», un artilugio monumental en el que se pulieran las enormes arideces del sociologismo, Lukács quedó en demasiadas ocasiones prendido en su falso dogmatismo y, en otros muchas, si quedó libre de sus propias fronteras fue gracias a su estimativa y no a la dura ley del crítico.

Pero no se trata de convertir el artículo en un comentario a la obra de Lukács, aunque sin duda alguna ésta nos puede servir de punto de partida para lo que tenemos intención de subrayar. Es curioso, en efecto, constatar cómo el revolucionario pensador húngaro, sometido a la ortodoxia de su preceptiva más todavía que a la ortodoxia política, consiguió erigir un monumento de loa al clasicismo, a un clasicismo en el que el estilo propiamente revolucionario y el denominado realismo marxista brillan por su ausencia. En este punto el autor de Teoría de la novela permanece fiel a su estilo más juvenil de pensar, aquél en el que considera a la novela como una «búsqueda degradada» y que servirá de origen del pensamiento genetista de Goldmann, otro pensador dominado por la dialéctica y la tensión entre la ortodoxia y el espíritu, la disciplina y la inspiración. Recordemos el esfuerzo gigantesco que hace en sus ensayos sobre el realismo Lukács para convertir el legitimismo balzaciano en búsqueda revolucionaría malgré lui y el progresismo zoliano en caricatura literaria, no obstante, su contenido rebelde y antiburgués.

Para un lector suspicaz esta manipulación de extremos tan sencillamente contrapuestos y tergiversados basta para que comience a sospechar que las cosas son, en efecto, más complicadas y que el artilugio de la literatura no puede ser dominado con una mera transcripción de los planos afectivos e intelectuales en los planos estructurales y económicos. Hay algo más, sin duda. Pero ese algo más es también, para desgracia de la crítica sociológica, lo radicalmente distintivo. Donde el criterio de Lukács fallo con más estrépito es a la hora de aplicar la metodología que ha erigido en baluarte de su propio gusto. Porque cuando se manifiesta más impotente y más incapaz es a la hora de reducir o de maniatar el filón literario y caprichoso de la imaginación provocadora. Lukács emplearía aquí una frase irritante y sentenciadora: irracionalismo; pero ¿cómo, con coherencia, aplicar a la literatura el reproche de irracionalismo si en ningún momento se ha propuesto una coherencia racional? Racionalismo e irracionalismo puede ser que sean conceptos del pensamiento paralelos a los de realismo e irrealismo, categorías literarias. Pero en cualquier caso los esquemas han quedado desvirtuados. Ni siquiera en el plano del pensamiento todos los irracionalismos son reductibles, como no lo es Nietzsche a Donoso Cortés, mucho menos en el plano de la inspiración los irrealismos son reductibles como no lo es Lewis Carroll, autor de Alicia en el país de las maravillas y otras monstruosidades del estilo, a Collodi, autor de las Aventuras de Pinocho y otras análogas ingenuidades. Esta simplificación resultaba esquemática y sólo la fortaleza intelectual de Lukács podría realizar la magia prodigiosa de una composición de las diferencias, aunque, eso sí, a base de contradecirse en lo profundo y de obstinarse en ofrecer una coherencia superficial y engañosa, una urdimbre genérica y disciplinada.

Donde la dura disciplina del sociologista naufraga es, especialmente, a la hora de considerar la obra de un monstruo de la imaginación, extraño e irreductible, fantástico y pretencioso, individualista y ácido, caprichoso y corrosivo: el visionario. La fórmula, sin embargo, destacada por Goldmann y subrayada con fino instinto en su Para una sociología de la novela y en su prólogo a la Teoría de la novela, de Lukács, de considerar paradójicamente al relato como una «búsqueda degradada en una sociedad degradada», trata de aliviar las exclusividades lukacsianas de su extremado rigor. Para Goldmann, si el objetivismo francés cumple con su empeño literario es porque se inscribe de lleno en esta dimensión antitética que la novela de la hora occidental ha ido germinando a partir, sobre todo, de Sade: su conversión en búsqueda degradada. La novela contemporánea, viene a decirnos Goldmann con bastante olfato y gran intención, mucho más productiva y beneficiosa para el quehacer literario que la de su maestro húngaro, se ha convertido en una antítesis de la sociedad que la engendra. A partir de Lautréamont, a través del inhóspito viaje del surrealismo, recogiendo la obra de Sade, por un lado, y por otro, la de Barbusse y la del mismo Julles Valles, la literatura ha dado un giro con respecto a su origen, ha tratado de buscar lo que ya se presentía y presintió Lukács a propósito de la primera novela contemporánea, El Quijote, el negativo indisciplinado de la sociedad que la alimenta. En este camino. en este proceso de reivindicaciones, que Goldmann no utiliza para rescatar todo el panorama general de la novela, pero que por extensión podemos utilizar por nuestra cuenta para efectuar dicho rescate, por otro lado innecesario, la figura del visionario define un talante radical. En el proceso de una antítesis literaria, el visionario representa su culminación, su más elevado presentimiento William Blake sería, en este contexto, la figura arquetípica o, como gusta decirse ahora, recogiendo viejas figuras aristotélicas, el paradigma de la visión.

La visión es un anticipo radical de la antítesis, un mensaje al futuro envuelto en el aura del presentimiento; una sonda al pasado para recobrarlo en la punta de la voz: «¡Escuchad la voz del Bardo! —dice William Blake— El cual ve el Presente, el Pasado y el Porvenir; y sus oídos escucharon el Verbo Santo que discurría entre los troncos antiguos». 

Esta voz afilada y cruel, que huye de toda simetría, que rechaza toda pretensión, toda clasificación, toda rutina, que desborda cualquier planteamiento crítico, resulta, desde luego, indomable para una preceptiva sistemática, para cualquier empeño sistemático, cerrazón o circuito estético que, como el de Lukács, trate de devorar o deglutir el hecho mismo, insólito, pero no sagrado, de la poesía. Precisamente el visionario, en su profecía, rehúye cualquier sacralidad que no sea la contenida en su propia voz. El misticismo de la visión se repliega al cauce antinatural de la palabra es un misticismo contenido, reprimido, que se curva y tensa como la cuerda del arco para disparar su flecha hacia el futuro o para recoger la flecha disparada en el pasado.

El visionario segrega la cosa de su lugar natural. El crítico trata de dominar la visión y de devolverla a su lugar. He aquí cómo se produce un conflicto, una tensión incontenible entre dos momentos inalterables e igualmente ambiciosos del discurso: el momento liberador del visionario y el encarcelador del crítico.

¿Cuál es la norma que oprime al visionario? Por muchos caminos, sin duda, el vidente tropieza con las cosas, pero al hacerlo las traspasa, las transfigura, es decir, las concede una figura diversa de su norma obligada, las sitúa en un lugar inédito, al margen de la ley y del lugar.

¿Por qué caminos la visión puede tomar contacto con las cosas? Esta pregunta es inherente al hecho absoluto de la visión. Diríamos que la visión no es tanto un esfuerzo por conseguir un contacto pleno con la cosa, al margen de su situación y de su espacialidad una colocación absoluta de la cosa en la imagen que la predice Y este colocar, este situar la cosa fuera de su ubi histórico y. por tanto, relativo, relacional y aéreo, constituye el secreto instinto que dirige y califica la mirada visionaria

Hay, por tanto, una segregación y una colocación. El visionario segrega la cosa de su lugar natural y físico; más, sobre todo, de su lugar posicional e histórico. A partir de su mirada ardiente, el objeto pierde su geografía, sus propiedades y su opaca naturaleza interior. A partir de esta mirada, el objeto domina la temporalidad que le apresa, distingue los contornos y los funde, se vuelve traslúcido y fugaz.

En la visión se resuelve el compromiso de la palabra. Volcada hacia la significación, pero frenada en su vuelo hacia la materia, la palabra no consigue vencer la muralla inquebrantable del signo: se desdobla, se multiplica, se reproduce, pero queda presa en la malla que desenvuelve. Es su dura ley, su frágil naturaleza. La visión no se propone desenmascarar a la cosa, desvelarla de la superficie que la encubre: pero consigue un efecto no menos inquietante: descolocar el objeto, sustraerlo a la red de sus significaciones obligadas, imponerlo sobre la ley que lo presenta: destruye, por tanto, la significación al liberarlo de la cárcel significativa: construye una cadena significativa sólo dominada por la ambigüedad. A partir de ese momento, el objeto se libera en su imagen, que desprende del diseño fabricado, se hace libre, recolocado en la imagen, descolocado no sólo de su lugar natural, inaccesible, sino también de su lugar artificial, de su significación.

El universo de las visiones no tiene, por tanto, lugar: carece de sentido definido. Tratar de definir su sentido es una empresa estéril y contradictoria. Los poemas proféticos bíblicos, los versos apocalípticos, carecen de sentido. ¿Quién insultó al Apocalipsis? Fue Nietzsche, sin duda, en la Genealogía de la moral. Acaso porque le resultaba demasiado próximo a su método, a su estilo, a su dicción. No hay sentido en el Apocalipsis. La palabra se transparentó en la imagen que pretende revelarla. Pero no hay tampoco revelación si por revelación hay que entender la corporeización significativa del objeto ausente. La revelación es visión y todo intento de dotarla de un sentido carece de sentido. El objeto permanece colocado en la imagen La imagen construye sus significaciones, las acepta, las baraja, las manipula, no se enquista en ellas, las utiliza, las gasta, las usa.

La idea concreta de revelación o de profecía no las ha entendido el crítico circular como actividades genuinamente visionarias, sino como actividades metafísicas y absolutas por las cuales el vidente no sólo construía el signo futuro del objeto, sino también el objeto material en su signo. Un prejuicio semejante lleva a Nietzsche, visionario por excelencia y temperamentalmente dispuesto a comprender el significado liberador de la visión, a reprochar el Apocalipsis. Pero es preciso subvertir este criterio ontológico de la visión, para aceptar un criterio problemático: la visión descoloca al objeto de la arqueología significativa que lo alojo, lo desproblematiza: en ello consiste el instante negativo de la visión. Pero positivamente el visionario sitúa al objeto, liberado de sus significaciones, en la imagen que lo libera.

Esta desproblematización del objeto, esta desligación del mirar de cualquier mirada, no puede extrañarnos que resulte inabordable para cualquier critica que trate de configurar, como la lukacsiana, un círculo cerrado, es decir, para una crítica esférica o circular. La crítica cristiana, por ejemplo, la que trató de imponer Maritain, dejó, en ese sentido, un margen para el artista a fin de encontrar un privilegio en la estética. Pero la corrosión producida por la mirada del visionario alcanza también su propia obra y los artilugios que traten de redimirla Es la suya una mirada inclemente y cruel, justiciera y vengativa, que debe verter primero toda su eficacia demoledora en la propia obra. Es esa búsqueda degradada que pronunciaba Goldmann, consciente de que lo degradado no es sólo el encuentro y el lugar, sino también la búsqueda y su origen.

De esta manera la literatura visionaria incoa un momento liberador de su propio objeto, un momento negativo, antitético, que reduce todas las significaciones posibles al sin sentido de la ambigüedad Es la literatura puramente degradada. la palabra incoherente del loco que halla su máxima eficacia en el terreno de un mundo degradado por sus coherencias. La tensión entre lo incoherente sin sentido y la coherencia con sentido se resuelve en una trastocación de los términos que únicamente el visionario puede operar: sólo la incoherencia de la visión tiene sentido en un mundo cuya coherencia carece de sentido.

La Estafeta Literaria, 513, 20 de abril de 1973, pp. 6-8.

martes, 2 de octubre de 2018

"Prólogo" de Cristóbal Serra a "Poemas proféticos y prosas de William Blake" (1971)


PRÓLOGO
William Blake, el más espiritual de los artistas, poeta místico y pintor, contemporáneo de Walter Scott, nació el 28 de noviembre de 1757. Nacido bajo la tiniebla de un otoño londinense, había de ser “el más religioso de los grandes poetas ingleses”, si bien con una religiosidad poética hecha de luz y de sombra. Desde muchacho demostró poseer un temperamento fuertemente visual y alucinatorio. Su primer biógrafo, Gilchrist, nos lo presenta como un soñador impenitente, como un adolescente ávido de recorrer los aledaños de Londres. Este solitario errabundo, apenas mozo, era un alma de temple romántico que necesitaba de la visión del campo verdegueante y de la luz indecisa de los crepúsculos. Cuando más maduro, uno de sus paseos favoritos será llegarse hasta Blackheath. La vida edénica del campo enriquecerá su mente con imágenes idílicas que, junto a las imágenes violentas, caracterizarán su gran poesía. En Peckham Rye, cerca de Dulwich Hill, no tenía aún los diez años, cuando tuvo la primera visión. Paseándose deleitosamente, miró hacia el cielo, y vio un árbol colmado de angélicas alas fulgentes que, adornadas con lentejuelas, brillaban en cada rama como estrellas. De vuelta a los lares paternos, cuenta la visión gozada al padre, que está a punto de darle una paliza, de no interceder su madre. Si sacamos a relucir estas visiones alucinatorias es con el fin de que sirvan de ayuda para mejor comprender las vistas del mundo espiritual que le asediaron en Felpham donde vio una vez los “funerales de un hada”. En el jardín se le ofreció la visión de unos minúsculos seres que llevaban el cadáver de un hada sobre una hoja de rosa; y cantando la enterraron y se desvanecieron. Esta visión puede emparejarse también con las de sus últimos años, cuando el Poeta ve con ojos de niño tremebundas visiones. Un amigo de aquellas circunstancias, el poeta y astrólogo, John Varley, consigue que Blake le plasme algunas; y de aquellos dibujos han quedado como memorables el retrato del Constructor de las Pirámides y el Fantasma de una Pulga; monstruoso ser, mitad hombre, mitad bestia, que tiene en la mano una copa de sangre que se apresta a beber. Las visiones casi arcádicas de los primeros años se tornarán después torvas y cada vez más complejas.
Los relatos que nos han llegado de tales visiones hacen suponer que Blake era víctima de alucinaciones, pero él se ha cuidado de explicamos que sus visiones eran hijas de la “imaginación”, y que poseía una facultad común a cualquiera que se esfuerce en ejercitarla. Un fantasma, solía repetir, se ve con el ojo corporal arrebolado, pero una visión se ve con el ojo mental. Mona Wilson, que ha dedicado una biografía exhaustiva al poeta, observa que Blake concebía sus retratos visionarios antes del anochecer, y que frecuentemente los esbozaba de noche. Esto hace sospechar que tenía la experiencia normal de las imágenes hipnagógicas, cosas vistas en el dintel del sueño, figuras proyectadas como por una linterna mágica.
***
Segundo de los hijos de un modesto mercero, su padre, comprendiendo que el niño no es de condición corriente, le proporciona una educación, en cierto modo, esmerada. Blake se mueve así, desde su niñez, en una atmósfera de solícita educación. A la escasa edad de diez años, su padre le costea unas clases de dibujo en la escuela de Pars, en el Strand. Esta escuela de dibujo era la antesala de los artistas en ciernes que ingresaban luego en la Academia de Pintura y Escultura de St. Martin’s Lane. Allí dibujó los modelos clásicos que le propuso Pars; y de esta época quizá datan sus lecturas precoces —los Isabelinos, Shakespeare, Milton, Dante, la Biblia. El libro que más honda huella le dejó fue el Paraíso Perdido de Milton. El tema de la Caída, tema central de los Libros Proféticos, le es sugerido por el poema miltoniano, antes que por la Biblia.
A la edad de catorce años, entró de aprendiz en el taller del grabador Basire, abrazando la profesión que nunca abandonaría a lo largo de su vida. Por esa época empezó a escribir poesía y nacen los “Esbozos Poéticos”. Lee en este período a Burke, a Locke (Ensayo sobre el Entendimiento Humano), a Bacon y las Reflexiones sobre el arte de los Griegos de Winkelmann. Se sabe que Basire, noticioso de sus rencillas con los compañeros de taller, lo empleó para dibujar las tumbas de la abadía de Westminster, con lo cual pudo familiarizarse con el gótico, y de paso descubrir que el color cubría las esculturas monumentales de las iglesias de Londres; y quizá fuera éste el punto de partida de aquella “síntesis de las artes” que buscó afanosamente en Illuminated Printing, mezclando la pintura con la escritura poética.
Terminado su aprendizaje con Basire, Blake se inscribe a los veintiún años en la Real Academia. Allí muestra su desprecio por el óleo y sus preferencias por el grabado, la acuarela y el temple; le repugna dibujar lo real. Se niega a estudiar a Rubens y a Le Brun, concentrándose en los grabados italianos sacados de las otras de Rafael y Miguel Ángel. Y al conservador de la Academia Real, el suizo Mosser, que quiere apartarlo de aquellas obras, tildándolas de inacabadas, Blake le responde: “Estos cuadros de Rubens, que tiene por acabados, no se empezaron nunca; cómo pueden ser acabados”.
En 1780 llega a exponer sus obras en la Real Academia: una acuarela y dos dibujos. Dos años después, su hermano Robert, por quien sentía un gran afecto, murió víctima de una tuberculosis; y Blake, después de 1785, tuvo una visión en la cual Robert le enseñó un nuevo método de grabar y colorear al mismo tiempo él texto y las ilustraciones. Blake había de emplearlo en adelante y tenía que ser el medio eficiente y duradero de dar a conocer su genio al mundo.
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En 1782 Blake se casó con Catherine Boucher, sin contar con el beneplácito paterno. Se casa a los veinticinco años, y el joven matrimonio no volverá a pisar la casa del mercero. Lo que sabemos de este matrimonio nos permite afirmar que Blake encontró en su mujer, si no la compañera ideal, la compañera dulce y sumisa. Sin duda, Catherine constituyó una ayuda a su tarea creadora, y le salvó posiblemente de la locura, como hay quien ha sugerido. Catherine, por otra parte, no le podía ofrecer la plenitud vital, y Blake canalizó sus necesidades emocionales o físicas a través del mundo de la poesía. Parece ser que Blake tenía en poca estima a las mujeres; sin sentir hacia ellas animadversión, las consideraba seres inferiores, óptimos para los afectos familiares y conyugales, pero inaccesibles a los fuegos del amor auténtico. Saurat, llevado de unas noticias de Mona Wilson, pone de relieve que Catherine no podía dar satisfacción plena a la fogosa sensualidad del marido, pues, sobre ser educada en un estricto puritanismo, que la capacitaba más para la sumisión matrimonial que para el amor, era de natural enfermizo. Esto debe de haber exasperado abiertamente a Blake, que por temperamento y convicciones era reacio al ascetismo y a la austeridad. Saurat atribuye la falta de descendencia del matrimonio a la fe catara más o menos consciente de Blake, contraria a la perpetuación de la vida terrena; otros la suponen consecuencia de las crisis de Catherine provocadas por el temperamento violento y difícil del marido. La vida conyugal, como en fin toda la existencia de Blake, está sembrada de rarezas. Un día, por ejemplo, obligó a la mujer a que pidiera perdón de rodillas a su hermano Robert por una pulla que le había encajado. Uno de sus amigos, Thomas Butts, encontró un día a Blake y a Catherine completamente desnudos, en un pequeño pabellón del jardín de su casa de Poland Street, compenetrados con el papel de Adán y de Eva del Paraíso Perdido, poema del que recitaban entusiásticamente pasajes. Blake fue muy propenso a encarnar personajes históricos, proyectándolos durante un cierto tiempo. “Yo soy Sócrates, o Moisés, o uno de los Profetas”, solía decir en forma descabellada; y siempre su entusiasmo desbordante encontraba eco en su mujer. La anécdota del jardín muestra hasta qué grado la esposa era dócil a sus extravagancias. Pero Blake encontraba todavía insuficiente la docilidad de su esposa. Mona Wilson, en su Vida de W. Blake, nos informa que un día el poeta anunció a su mujer que, como partidario de la comunidad de mujeres, iba a pasar de la teoría a la práctica, y cometaria por tomar una concubina. La pobre Catherine se echó a llorar. Blake, ante la reacción de su mujer, desistió de su propósito, aunque no abdico de sus teorías sexuales. En un poema del Manuscrito Pickering, titulado “William Bond”, encontramos una alusión a este episodio tragicómico de su vida conyugal.
La audacia de Blake en materia sexual se limitó a escritos y manifestaciones. Crabb Robinson anota en su “Diario” que una vez Blake le hizo sensible que era partidario decidido de la comunidad de mujeres. En realidad, era un fiel seguidor de la doctrina de Boehme del Hombre Eterno Andrógino, y creía que el sexo pertenecía al mundo “caído” del tiempo y del espacio; soñaba por tanto con un retorno, que creía próximo, de una Edad de Oro, en la que el egoísmo, los celos y la lujuria dejarían de existir sobre la tierra. Y entretanto se desfogaba contra la represión de los instintos, y de los deseos naturales, madre de la hipocresía.
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A finales de 1788 escribe la primera parte de Canciones de Inocencia, que le acreditaron poéticamente ante su generación y ante la posteridad. Casi al mismo tiempo que las canciones da a luz el Libro de Thel, una extraña alegoría mística. Thel tiene mucho de ensueño angélico. A Thel sigue, en 1790, El Matrimonio del Cielo y del Infierno, curioso testimonio de la irreverencia blakiana Es una tentativa para profundizar los abismos del Mal. Las viejas palabras —Ángel, Demonio— cobran tintes nuevos.
En 1794 lanza Canciones de Experiencia, como complemento a las Canciones de Inocencia, escritura poética más lúcida que los Libros Proféticos: escrito más libre de misticismo y abstracción.
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Entre 1789 y 1792, hasta el estallido del Terror de Septiembre, fue un vehemente partidario de la Revolución francesa, como antes lo había sido de la americana. Su republicanismo era congénito; él mismo diría irónicamente: “la disposición de mi frente me hizo republicano”. Se tocaba con un gorro frigio en el momento en que Londres veía en los jacobinos franceses a sus peores enemigos. En los locales del librero y editor Johnson, para el que Blake trabajaba como ilustrador, se reunía con un grupo de republicanos avanzados. Entre estos hombres de un republicanismo militante, ciegos para lo espiritual, Blake era una “avis rara” que defendía acaloradamente el espíritu del Cristianismo por ellos repudiado. Blake siempre tuvo arranques de prudencia y sagacidad en los asuntos ordinarios. Por aquella época, Blake se establece en Lambeth y traba amistad con Thomas Butts, lazo amistoso que había de durar treinta años. Butts no compartía la opinión casi general de que Blake estaba loco y, además, era un admirador de su arte hasta el punto en que le comprará, sin discutir el precio, todo lo que el artista le ofrezca para librarse de la miseria. En Lambeth escribe los Libros Proféticos menores, desde las Visiones de las Hijas de Albión hasta el Canto de Los. Allí emprende asimismo la composición de Los Cuatro Zoas, titulada primeramente: “Vala o la Muerte y Juicio del Hombre Eterno”.
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El período de Felpham fue muy feliz. Gracias a la protección del poeta Hayley pudo vivir casi cuatro años en Sussex, en una casita desde donde divisaba el mar. Allí compuso Milton y Jerusalem, “bajo el dictado de los Espíritus”. En Sussex, Blake disputa con un soldado llamado Schofield que se había introducido en su jardín. El soldado, que sufrió una furiosa embestida del poeta, acude a la justicia y acusa a Blake de revolucionario y de haber proferido insultos contra el ejército y el rey. Blake salió absuelto del cargo, pero este accidente no lo olvidaría jamás, y acrecentó su odio contra la autoridad militar. El nombre de Schofield figura en sus últimos poemas, como un símbolo de la brutalidad. Pero ya el carácter de Blake había sufrido mudanza. De una posición política revolucionaria pasaría a una posición antidogmática en el orden religioso. Si en sus primeros libros proféticos abogó por unas condiciones externas de la vida en las cuales la “anarquía del amor” pudiese medrar, en los últimos poemas le vemos abogar por la pura anarquía del amor.
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El favorable retiro de Felpham cambióse en 1804 por la reclusión menos grata de Molton Street. Allí no podía embelesarse con el jardín, los árboles y el mar. En esta calle londinense, se instaló en un primer piso, en el cual permaneció casi diecisiete años. Los primeros libros que sacó a luz, estando en esta nueva casa, fueron dos libros ilustrados con grabados: Jerusalem y Milton. El primer poema, si podemos llamarlo poema, estaba en gran parte escrito en prosa, y en él raramente aparecía el verso. Jerusalem, de acuerdo con el propósito de Blake, no se parece ni de cerca a los Libros Proféticos de los primeros días. No se refieren en él guerras, penalidades, sufrimientos, lamentos de Orc, Rintrah, Urizen o Enitharmon, aunque esos nombres suenen de tarde en tarde.
El propósito claro de Jerusalem es llegar a un estilo tan concreto y perfecto como la misma visión, no empañado por las engañosas bellezas de la naturaleza ni los exornos enajenadores de la forma convencional. Milton, estilísticamente, sigue la línea de Jerusalem; hasta pudiera ser su continuación. Tan oscuro como su precedente, contiene, no obstante, el mismo fervor religioso, la misma elevación, y la misma finalidad sacra.
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En 1821, Blake se traslada a Fountain Court, en el Strand, donde vivió hasta su muerte, acaecida en 1827. En los últimos años, le rodeó un grupo de amigos y de admiradores jóvenes, que se gozaban con su charla, y a los que abría su alma efusiva y generosa. En torno a la figura de Blake, canosa con los años, se reunían para discutir libremente sobre arte, en una época de academias y de cánones. Para esos jóvenes inquietos, la casa de Blake era “La Casa del Intérprete”. Todavía, después de treinta años, pervivía la mística influencia del Poeta en todos los que le trataron y le amaron.
Un mediodía de agosto de 1827, el grupo de amigos escogidos —Richmond, Calvert, Tatham— asistieron al sepelio del Poeta en Bunhill Fields, lugar de descanso de ilustres inconformistas. El entierro de los grandes hombres suele ser precipitado, sórdido, desigual y una tumba anónima les espera. El de Blake fue el acontecimiento propio de quien había nacido y había sido bautizado en la iglesia de los rebeldes.
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La posteridad tiene en cuenta el genio de Blake pero, en su época, no tuvo el reconocimiento de la crítica ni la consideración del mundo. Es casi comprensible que le trataran mal sus contemporáneos, pues apenas podemos imaginar un momento o un esquema de las cosas en los cuales haya podido vivir o descansar sin un asomo de rebeldía. Todo lo que se daba por aceptado, en el terreno del arte, lo desechó; todo lo que se admitía como bueno en el orden poético lo anatematizó. Lo que era bueno para los otros hombres, y en realidad excelente dentro de su orden, era para él lo peor. Reynolds y Rubens eran embadurnadores y diantres. Por otra parte, en un siglo en que imperaba la Razón crítica, él estuvo poseído por un raro fervor y una rara creencia; entre cuerdos que no tenían inconveniente en refutarlo todo y en no dejar nada sin prueba, era un loco que creía una cosa por el mero hecho de que era imposible probarla. Vivió y trabajó fuera de las normas establecidas y esto le valió la incomprensión. Blake, como muchos incomprendidos, estaba dividido entre una desafiadora justificación de la oscuridad de su obra y la creencia de que ésta podía ser asimilada por inteligencias no corrompidas por el materialismo de la vida. Blake ilustra mejor que ningún otro artista las inquietudes mayores de la edad moderna. En primer lugar, la rebelión contra las realidades terrestres ficticias; después, la necesidad de superar con la Imaginación las trabas del pasado. Cuando se mira históricamente, la lucha de Blake es simple y clara. El tiempo ha convertido en fulgores las pretendidas oscuridades de la poesía blakiana. En medio de todas las contradicciones aparentes, de las incoherencias momentáneas, brilla su poesía con luz inusitada; y decir de él que fue un poeta-filósofo no es pecar de inexactos. Pues su filosofía tiene su piedra angular y sus cimientos. No está montada milagrosamente en el aire, como algunos lectores pudieran sentirse tentados a creer. Todo en el pensamiento de Blake es congruente. Tenía que atacar a los deístas y lo hizo; tenía que descubrir los estragos de la Razón y llevó a la perfección, infatigablemente, esta obra descubridora. A los lectores de talante especulativo no ha de serles muy difícil derivar un sistema filosófico que, si no siempre es preciso, resulta armonioso. Se alcanza pronto que este sistema rechaza toda teología ortodoxa o heterodoxa que afirma el primado del Bien tradicional sobre el Mal tradicional y la superioridad de la Razón sobre la Imaginación.
El Cristianismo de Blake era ciertamente herético, pero fundado en viejas premisas. Si identificaba a Cristo con la bondad, bacía de Jehová un símbolo nefasto de terror y tiranía. Y éste, no obstante, es el punto esencial de toda la poética de Blake. Para comprender su gran poesía y su anarquismo poético desde las primeras voces hasta los últimos gritos, hay que imaginar al “niño” hipersensible, ultrajado por las estructuras de las escuelas y de las iglesias, que leyó, ya mayor a los profetas del Viejo Testamento, y que descubrió en Jesús el modelo de su concepción del amor. Es, por otra parte, un hecho básico para comprender a “este mago blasfemo por ansias de lo santo” —que no persiguió jamás la gracia a través de la disciplina y el dogma. Si le atrajeron los Profetas fue porque expresaron el espíritu, no la letra de la Ley.
La ortodoxia surrealista relegó la obra blakiana y la del Bosco al oscurantismo religioso. En los Vasos Comunicantes, Bretón, contradiciendo su innegable proclividad a los entes misteriosos, recusó “los seres imaginarios engendrados por el terror religioso y salidos de la razón más o menos turbada de un Jerónimo Bosco o de un William Blake”.
Los motivos de esta condenación nos llevarían muy lejos, de tener que precisarlos. Bretón nunca pensó que hubiese contradicción entre su profesado materialismo y su actitud esencialmente antimaterialista. Cabe, pues, proclamar a Blake “surrealista a medias”, ya que sus visiones no son libérrimas, producto del ensueño sin asidero o de la asociación errática, sino que surgen de un sentimiento directo que encuentra cabida en una construcción básicamente lógica antes que alucinatoria.
Las fronteras entre poesía y prosa se ofrecen en Blake indecisas. Poeta en el sentido original de la palabra, crea una prosa poética firme y musculosa. Pudo dejarnos una prosa admirable porque la poesía en la que era diestro es un arte más preciso que la prosa y escribirla implica cualidades que son muy estimables para la “otra armonía”. Sabía Blake que la prosa no es sólo arquitectura sino ritmo. Llevado de su inclinación hermética, tiende n la expresión aforística. De ahí que tengamos que considerarle como a uno de los máximos exponentes de la escritura aforística. El aforismo poético, que en Heráclito y algunos románticos alemanes tuvo sus máximos cultivadores, se convierte con él en “aforismo relampagueante”.
Por otra parte, las cosas espontáneas y petulantes que Blake escribió en los márgenes de los libros que solicitaron su atención de lector, nos lo presentan como un hacedor inveterado de notas y apuntaciones. Desahogos de lector, constituyen una exposición sistemática de sus odios y de la intensidad de éstos. Nacieron para ser simplemente notas, es decir, para ser advertidas en su día. Agregadas a su obra profética y visionaria, nos dan una visión aún más acabada de su Genio que, si habló de una manera confusa y oscura, supo encontrar la frase lapidaria.
Cristóbal Serra.
William Blake, Poemas proféticos y prosas,
Barral Editores, Barcelona, 1971, pp. 7-18.

martes, 25 de septiembre de 2018

"Cristóbal Serra, un vagabundo de la quimera" de Luis M. Fernández Ripoll (Cuadernos Hispanoamericanos, junio de 1994)


Cristóbal Serra, un vagabundo de la quimera

Fue Octavio Paz[1] el primero en sugerir al lector la figura del ermitaño como la clave a través de la cual se puede descubrir el pensamiento y la obra de Cristóbal Serra. Y, como ocurre siempre, la mirada perspicaz del poeta mexicano acierta, ya que la literatura y la andanza vital de nuestro escritor están impregnadas del misterio de la soledad contemplativa y a la vez interrogante, propia de todo lo eremítico. Este atisbo del Paz crítico nos lleva a recordar que el ermitaño no es sólo una metáfora sino que además es un signo arquetípico del inconsciente colectivo; de ahí que lo encontremos fijado en ese laberinto maravilloso que es el Tarot, concretamente, bajo la carta novena[2]. Afirma Jung que dicho arcano representa:
...el sentido oculto preexistente en el caos de la vida[3].
Es por eso que el ermitaño se guía a través de la oscuridad con una linterna, como en el pasado hiciera Diógenes. Su caminar es lento pero firme, ya que se apoya siempre en un bastón, cayado que hermana la tierra y el cielo. La luz de la linterna para este ermitaño mallorquín no es otra que la de la imaginación, instrumento liberador o prometeico que le permite descubrir y atesorar un saber que el hombre utilitarista y amante de la acción que impera en nuestro siglo desconoce o, lo que es peor, desprecia. El ermitaño como símbolo encierra, además, otras imágenes que revelan el devenir de la escritura de Cristóbal Serra. Lo hallamos emparentado con el sabio, que, en este caso y sin duda alguna, se nos presenta a través de los ojos risueños e infantiles del filósofo taoísta[4], al mismo tiempo que nos encontramos ante Merlín, el Mago, aquel que posee el secreto de la palabra y el poder sobre las leyes de la naturaleza. Por esta razón, no nos extrañe que a nuestro autor sólo le interesen las rutas mágicas del conocimiento y, por último, estaría relacionado con otra de las máscaras fundamentales de este anciano peregrino del Tarot que sería la de Cronos, el señor del Tiempo. Esta última realidad, el Tiempo, es el eje que cruza toda su obra en la que se puede vislumbrar el paso de las edades como el tejido fantástico pero a la vez perfecto de una telaraña: arquitectura invisible que al concluirse revelará el significado de las huellas y de los signos que todos los seres dejan tras de sí. Se comprende, de esta forma, la relevancia que otorga el autor a la voz del profeta, ya que es tan sólo el hombre visionario quien puede aportarnos luz sobre las tinieblas del tiempo.
Sin embargo, el destino del ermitaño es contradictorio pues la profundidad de su palabra y su actitud vital es considerada por la mayoría de los mortales como excéntrica, al ser contemplado como un viajero perdido y estigmatizado por el signo de la locura, dada su negación del comportamiento gregario. De ahí que no nos sorprenda que su arcano complementario, el otro rostro del ermitaño, sea el del loco. Arquetipo no menos importante y esclarecedor de la narrativa de Cristóbal Serra para quien la locura es un bálsamo frente a la razón letal. Este enamorado y estudioso de William Blake, creemos que hace realidad sus palabras:
Si el loco persistiese en su locura, iría al encuentro de la sabiduría[5].
Para Serra la sonrisa, el desafío de lo irracional y la sabiduría del loco son las únicas armas válidas para escapar del orden establecido y del adocenamiento de unas estructuras sociales que han camuflado durante siglos sus injusticias y su vacío bajo los supuestos argumentos morales de la sensatez, el sentido común y lo pragmático. El precio de nuestra cordura lo pagaríamos con la expulsión definitiva de los paraísos de la emoción, de la libertad y del juego, paraísos que viven armónicamente en la infancia[6] y de los cuales se nos separa, con una brutal rapidez. Cristóbal Serra sigue los consejos de Erasmo[7], Swift, Cervantes, Quevedo, Carroll y otros muchos hechiceros de la imaginación, y se hace loco, niño o caballero andante que, en realidad, viene a ser lo mismo, para ser libre y poder viajar de forma invisible a través de los hombres y sobre todas aquellas regiones de la fantasía y de la luz que se nos ocultan con deliberación porque esconden la verdad del sueño humano.
Los vagabundos de la quimera

La vida es un viaje
Marcel Proust
La narrativa de Cristóbal Serra pertenece, por tanto, a esa vieja estirpe de soñadores y viajeros de lo quimérico. A lo largo de la literatura universal, si fijamos nuestra atención, se hace visible un hilo de Ariadna que ha sido desenredado con delicada sagacidad y enigmática sonrisa por una serie notable de conciencias que frente a los monstruos creados por la razón optaron por una búsqueda de la libertad —aunque la mayoría de las veces el encuentro se produzca, en realidad, con la incertidumbre— en nuevos continentes y tierras que nacen de la imaginación. Será, precisamente, a esta saga de descubridores de lo insólito y lo maravilloso a la que pertenece nuestro autor.
La literatura de viajes en la que, como hemos dicho, se inscribe la obra del escritor mallorquín que aquí analizamos —aunque en realidad abarcaría la totalidad de la misma— no es tan sólo el nombre de un género sino que engloba y ayuda a definir una estética y una ética muy precisas del quehacer literario. El escritor de viajes reales o fantásticos revela una psicología o sensibilidad que, a veces, por propia elección o accidentalmente, tiende a plasmar y a fijar una de las imágenes más ancestrales que el ser humano posee de sí mismo: la de la vida como viaje. Lo que supone abordar la existencia y la literatura desde tres posibles dimensiones esenciales que están estrechamente relacionadas entre sí, y que hemos clasificado como:
a)El viaje como búsqueda del origen.
b)El viaje como aventura.
c)El viaje como huida y exorcismo de la realidad. (Ésta puede ser también del tipo interior.)
Tres aspectos o simbologías del viaje que hallamos con más o menos fuerza a lo largo de toda su obra y que pasamos a tratar.
A) El viaje como búsqueda del origen
Uno de los planos de significación más inquietantes del «viaje» es el teleológico. El visualizar el transcurrir de la existencia como un viaje o el Viaje supone siempre un intento de revelar o conocer nuestro fin. Un fin o destino que de esta forma queda convertido en alfa y omega. Por esta razón, son muchas las cosmogonías y tradiciones sagradas que hablan y resumen el misterio del ser como viaje hacia Dios[8]. Metáfora que en el transcurso del tiempo se difunde y perfecciona en todas las literaturas religiosas y místicas, incluidas las cristianas. Recordemos al respecto la noción agustiniana del homo viator[9] o The Pilgrim's Progress de John Bunyan.
Para Jung[10] esta dimensión del símbolo del viaje está vinculada siempre a la figura de la madre como arquetipo del origen, y puede ser interpretado tanto como un intento de ruptura del cordón umbilical o como la necesidad de restaurarlo de nuevo. Así la génesis se intuye tomo un estado de perfección y retomo deseado. La impronta de la experiencia intrauterina se transforma en una imagen visionaria del viaje cósmico en el que parece estar cautiva la vida, metáfora que fue expresada con una belleza terrible por Stanley Kubrick en su enigmática película 2001: odisea en el espacio. Una simbología bastante similar ofrece el relato de Jonás —profeta que le fascina— para psicoanalistas y ocultistas[11]. Idea ésta del viaje prenatal hacia la luz que sirve a su vez de soporte a todas aquellas metafísicas que describen la muerte como un renacer. Estas connotaciones del viaje como símbolo del origen merecen ponerse de relieve, pues el propio autor parece entrever que una gran parte de su obra y determinadas experiencias biográficas han estado condicionadas por su relación con la madre[12]. Figura de la que sufre su ausencia en algunos momentos de su niñez. Lo que supondrá una vivencia fragmentada del calor y del afecto que encama la mujer como madre. Ello determina su necesidad de completar en su personalidad los aspectos intuitivos, vitales y femeninos de la conciencia. Será la literatura, como sucede en otros escritores —Baudelaire, Rilke, Hesse o Yourcenar[13]—, la encargada de cumplir esta función. Los libros y la literatura fantástica son para él un cauce por el que alcanza la sensibilidad, la serenidad, que tan difícil le resultará hallar en una sociedad de posguerra marcada por acentos militaristas, y también la propia voz de la imaginación que una madre encarna cuando relata a sus hijos los primeros cuentos. Aparece, de este modo, la literatura como un viaje prometedor a través del cual encontrará respuestas sucesivas a los distintos y cada vez más difíciles silencios que ensombrecerán a un país víctima del fanatismo y del autoritarismo. Si a ello sumamos las crisis comunes que se viven en la infancia y en la adolescencia, comprenderemos esa búsqueda, por su parte, de todas las fuerzas que encarnarían el principio ying, según la filosofía taoísta.
A partir de lo dicho, deducimos por qué Cristóbal Serra es un escritor telúrico o geocéntrico. La presencia de la tierra como origen, como madre, será una constante en sus Viajes a Cotiledonia, ese continente de ensoñaciones, reflejo de la fuerza vital del Mediterráneo. El albaricoque terrestre, nombre con el que bautiza a nuestro planeta y que resume en sí mismo la idea que estamos expresando, será siempre descrito mediante la luz, el mar, el fuego o el viento. Sobre este último elemento, leemos en el primer Viaje a Cotiledonia:
La aurora es amarilla allí, aunque no siempre. Algunos días, gris y caliginosa. A veces trae consigo vientos fuertes, vientos que lo violentan todo, y que, con sus estragos, descubren cóleras celestes. Son jueces severos los vientos allí: juzgan a los Cotiledones y les imponen penas implacables[14].
También es fácil comprobar cómo la geografía de Cotiledonia es eminentemente lunar y mágica pues en su seno hombres y mujeres viven bajo el signo de Cáncer. El autor visualiza Cotiledonia como un difícil matriarcado, trasunto de la propia sociedad mallorquina, que esconde misteriosas fuerzas, creadoras y benéficas pero, a un mismo tiempo, destructivas y sangrientas. Así contemplamos, por una parte, cómo en los esperpénticos duelos que entablan los furios entre chatos y gibosos, alumbra la luna como un árbitro terrible[15], pero, por otra, los oniritas son sus idólatras y reciben su maravillosa influencia:
A los oniritas les gusta que la luna les bañe la cara, el pecho y las plantas de sus pies. Dicen que eso último (bañarse de luna las plantas de los pies) les enfervoriza y quita fríos al espíritu. Hay onirita que cree que con ese modo alcanza el don de la poesía[16].
El viaje es, asimismo, para Serra, búsqueda de los orígenes, de las señas de identidad últimas que él detecta en los principios elementales y a la vez herméticos de la naturaleza, de su naturaleza insular que queda elevada en los Viajes a Cotiledonia y Diario de signos a la categoría de aforismo viviente.
B) El viaje como aventura
El segundo plano de significación del viaje en su obra entronca, de forma directa, con lo que se considera uno de los principales orígenes de la literatura: la fértil aventura. Una exploración de todo aquello que maravilla a los seres humanos. Un artículo de prensa nos recordaba que, para un escritor y viajero como Manuel Vicent, la novela, la literatura es fundamentalmente descubrimiento:
La novela es un descubrimiento, un viaje que iniciaron los griegos. Al volver a sus islas los marineros cretenses y aqueos, tan mentirosos como los cazadores, contaron toda clase de prodigios —sirenas, argonautas, vellocinos de oro, dioses de ojos de lechuza— y así nació Homero[17].
Si buscamos un marco literario para los Viajes a Cotiledonia, tendremos que remitirnos, precisamente, a esa estela luminosa, dibujada por Homero y que siguieron Luciano de Samosata, Virgilio, los soñadores de las sagas nórdicas, los extraños viajeros de las Mil y una noches, los contrariados héroes de las novelas bizantinas y los nobles caballeros de la Tabla Redonda, de los que acabará siendo su mejor y más digno representante: el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Un viajero que finge ser loco para materializar sus sueños. Precisamente, de esta misma intencionalidad se nutre la prosa y vida de Serra. Acerca de dicha visión sobre las hazañas de Don Quijote son reveladoras las tesis, bastante afines, que sostienen, por una parte, Gonzalo Torrente Ballester[18] y, por otra, Giovanni Papini acerca de la obra y vida de Miguel de Cervantes. Del zahorí italiano leemos en sus Descubrimientos espirituales lo siguiente:
Había sido y era esclavo de todo y de todos: por medio de Don Quijote, el generoso loco que recorre libremente los caminos de España, burlándose de las trabas del odioso sentido común y de los vínculos do la sociedad bien pensante, Cervantes puede finalmente ser él mismo, afirmar su independencia de juicio sobre las cosas del mundo, evadirse de las ataduras temporales con la ironía, con el escarnio, con la paradoja[19].
A partir del siglo XVIII la lista de los viajes imaginarios y personajes aventureros se hace cada vez más extensa. Inevitable y forzoso es nombrar a Robinson Crusoe[20], el náufrago racionalista, que intenta restaurar la civilización perdida, en una isla supuestamente desierta. Será de esa misma civilización de la que huirán románticos, simbolistas y modernistas a través de su obra y en ocasiones también con su propia vida que pueden acabar convirtiéndola bien en un viaje maldito o en uno liberador, estén éstos volcados hacia el interior de la conciencia o encaminados a paraísos lejanos y exóticos.
Blake, Stevenson, Scott, Shelley, Coleridge, Melville y Poe, casi todos los representantes tempranos o tardíos del romanticismo anglosajón serán lo que con más fuerza inquieten e inspiren la sensibilidad de Serra. Junto a ellos aprende a viajar como hiciera, en su día, el lector decimonónico[21] desde el vértigo que abren los anaqueles de una biblioteca y hacia el que nos empujan estos autores fascinados por el abismo y por las sombras, como lo es Poe en su «Dream-Land»:
By a route obscure and lonely,
Haunted by ill angels only,
Where an Eidolon, named NIGHT,
On a black throne reigns upright,
I have reached these lands hut newly from an ultimate dim Thule 
-From a wild weird clime that lieth, sublime,
Out of SPACE- out of TIME[22].
Como es del todo evidente para cualquier lector contemporáneo, esta tradición literaria que funde la aventura con la imaginación o con una realidad más o menos mágica[23] persiste hasta nuestros días. Recordemos algunos de esos nombres, que también han sido leídos y revisitados por el autor mallorquín, y que son los de: H. G. Wells, J. Conrad, Mark Twain, Pío Baroja, Michaux, Bradbury y, en especial, Borges. Porque el viaje como aventura cumple una función emblemática que es la que hace posible descubrir y concretar todos esos mundos extraños o quiméricos, pero también reales y que acaban sorprendiendo a los viajeros más intrépidos y curiosos.
Quizá sea ésta una de las lecciones que nos dan los pájaros peregrinos del poema sufí Mantic Uttair[24] que, lanzados a la búsqueda del Simurg (el rey perfecto o la sabiduría última) y cruzando todas las regiones de la conciencia. sabrán al final de su esforzada aventura que el anhelado Simurg habitaba en ellos.
Por tanto, es siempre la mirada del descubridor de lo maravilloso la que hace posible soñar y reinventar la vida que, en el caso que nos ocupa, adoptará las formas de la divertida raza de los cotiledones, las huellas de la naturaleza embrujada del puerto de Andratx, la patética odisea del profeta Jonás y la figura de ese viajero alucinado que es Péndulo.
C) El viaje como huida y exorcismo de la realidad
Llegados hasta aquí podemos constatar que el relato de aventuras y viajes que describe prodigiosos países y vidas, sean éstas imaginarias o reales pero de misteriosa fascinación, sacia una doble curiosidad que existe en el ser humano por alcanzar lo desconocido y al mismo tiempo recobrar aquel paraíso perdido del que, otrora, fue expulsado. Por eso, tabulará, vislumbrará planetas o tierras en las que se puedan ver reflejadas las utopías que animan nuestro inconsciente, tanto el colectivo como el individual[25]. Lo que condiciona que muchos de estos periplos posean una clara intencionalidad satírica, que pretende, a través ele imágenes grotescas y de visiones disparatadas, señalar las carencias de las sociedades y restaurar, al mismo tiempo, la armonía del mundo, que se estima truncada por la ignorancia y las limitaciones humanas.
Hemos preferido, por esta razón, hacer un grupo aparte con un número de autores, entre los que también se halla Serra, que se caracteriza por ser viajeros pero también testigos con una inteligente y sensible ironía de la que asoma, en algunas ocasiones, una sonrisa amarga e incluso malévola, un tanto proclive al humor negro. Un humor que ha merecido su atención y estudio, dando como fruto la magnífica Antología del humor negro español[26].
Si intentamos delimitar los antecedentes del viaje satírico, tenemos que apuntar hacia la literatura medieval y, en concreto, a aquellas obras burlescas de inspiración macabra como son las Danzas de la muerte o a las primeras obras renacentistas como la Nave de los locos. Piezas festivas con una clara intención moral y con las que es posible establecer una intertextualidad con otras posteriores como los Sueños de Quevedo y El Criticón de Baltasar Gracián. De este último libro es Serra uno de los grandes reivindicadores. Ve en su conceptismo las cualidades formales e intelectuales que definen para él el auténtico lenguaje literario que se transforma en juego y enigma que nos alumbra, valga la antítesis, a partir de su oscuridad. Coincide así Cristóbal Serra con José Luis Sampedro, quien opone[27] aquellas obras de arte que nos alumbran y, por tanto, poseen eternidad, frente a aquellas otras efímeras o superficiales que únicamente nos deslumbran de forma momentánea.
Siguiendo nuestra breve cronología de viajes de tipo satírico topamos, más allá de nuestras fronteras, durante los siglos XVII y XVIII, con dos figuras literarias de las que también son deudores los Viajes a Cotiledonia.
En Francia, hallamos a Cyrano de Bergerac, el gascón libertino, que jocosamente fustiga los prejuicios y atavismos en los que viven sus conciudadanos. Sus viajes al espacio, todavía hoy, siguen siendo un espejo deformante en el que se ve reflejada nuestra propia realidad. Y en el Siglo de las Luces aparece otro viajero de espacios no menos insólitos que los lunares: Gulliver. Un héroe de un sospechoso escepticismo vital, fruto del desencanto y la tristeza de aquellos que como Swift conocen, en profundidad, la comedia humana. En estos dos autores se detecta la semilla de la antiutopía, como la denomina Matthew Hodgart[28], y de la que brotarán las fábulas futuristas sobre nuestro siglo de la mano de escritores como Huxley, Orwell, Burgess y Bradbury. De este mismo sentimiento antiutópico, entendiendo por éste una visión esperpéntica y, a veces, humorística del desorden social y moral imperantes, se alimentan gran parte de las páginas del último Viaje a Cotiledonia como se refleja en el fragmento:
Doy mi paseo nocturno, sin que la luciérnaga me acompañe. Las caras que encuentro tiran a hoscas. Rostros tetricones, siniestros. Tales se me aparecen los nuevos cotiledones, que paradójicamente callan. Tendrán sus temores o quizá la abulia burguesa les mantiene mudos. Gentes descontentas de ser lo que son, pero sin más ansias que las diarias. Llevan años suspirando por libertades. Ahora, cuando pueden gozarlas, no las usan. (...)
El hecho más lacerante es el emparedado urbano. «Estar enfermo, padecer fiebre a solas, morir bajo el propio techo, sin que el vecino se entere. Esto es aterrador».
Ésta es la cantinela del semiciego callejero, mientras rasga el guitarrón, éste es el terrible anonimato de la muerte en la urbe principal de la nueva Cotiledonia. La causa de tal insensibilidad metropolitana cabe achacarse al adinerado bombardingo que, además, lleva venda en el ojo, para no ver ningún séquito de muerte[29].
Escritores finiseculares como Carroll, Lear o Butler alertados de los males que comienzan a amenazar a los hombres y rechazando de pleno la uniformidad empobrecedora de la cosmovisión positivista que se disemina por el mundo, hallarán en el relato de hadas y en las narraciones de humor disparatado, una vía a través de la cual conjugar de nuevo la aventura con la utopía y el sueño con la vida. Muchos de ellos, tal como señala Serra, deberían ser considerados como precursores del experimento surrealista, dados los juegos que desarrollaron entre el inconsciente y la palabra. Ni que decir tiene que estos autores han sido releídos, anotados cuidadosamente, e incluso también traducidos como ocurrió anteriormente con El cuento de un tonel de Swift[30], por nuestro autor y es, justamente, su estética verbal la que anima la pasión del escritor por el lenguaje como juego o chiste.
La herencia más importante que recibe de aquellos escritores victorianos y de otros que también han recibido su influencia como Ramón Gómez de la Serna, Henri Michaux o Elias Canetti[31] es la esperanza. Una esperanza que nace de la capacidad que tiene el ser humano para reír, sobre todo para reírse de sí mismo y de las propias palabras o lenguajes con los que intenta abarcar el universo. Ésta podría ser, a nuestro entender, la principal clave temática de su obra: la magia y la atracción que sobre el hombre y el creador ejerce la sonrisa enigmática de la esfinge o, lo que vendría a ser lo mismo, de la Mona Lisa.
Es esta misma sonrisa la que le revela que la grandeza del ser humano está en su misma flaqueza e insignificancia. Aparece el hombre, en los sueños de Serra, a la manera de Pirandello, como un actor con texto, escenario, público y autor equivocados. De ahí, también, su obsesión por los profetas, trasunto de la propia figura del escritor frente a su tiempo, por lo que éstos tienen de Quijotes divinos de los que se ríen los hombres, y hasta el mismo Dios. Sin embargo, continúan ebrios en la esperanza de la venida, al fin, de un Hombre y un Mundo mejores.

Luis M. Fernández Ripoll, Cuadernos Hispanoamericanos, 528,
Junio de 1994, pp. 115-123



[1] Paz, Octavio: Puertas al campo, Seix-Barral, Barcelona, 1966, p. 140.
[2] Conviene subrayar el valor mágico de este número que nos habla de la gestación y, por tanto, de la vida.
[3] Nichols, Sallie: Jung y el Tarot. Un viaje arquetípico, Kairós, Barcelona, 1989, p. 233.
[4] Después de la influencia que ejerce El Apocalipsis en su obra, será la filosofía taoísta la oirá gran fuente de la que bebe su pensamiento. Laotsé, como él mismo nos explica, es una pasión de juventud que culminará con la primera y mejor traducción al castellano del Tao Teh King (Palma de Mallorca, 1952):
«El fervor de Laotsé lo siento desde mi juventud. No ha sido flor de un día. Buena prueba es que ahora, después de un silencio instructivo de años, quiero dejar constancia de nuevo de mi fervor renovado.» (La Soledad Esencial, Conselleria d'Educació i Cultura del Govern Balear; Barcelona, 1987, pp. 68-69.)
[5] Cazamian, M. L: William Blake, antología poética traducida por C. Serra, Júcar, Madrid, 1984, p. 155.
[6] La infancia para Serra posee, como en otros escritores, una dimensión rousseauniana que se hace patente en una obra como Diario de Signos, donde leemos: «Déjate llevar por el niño invisible que llevas dentro y verás a qué niñadas te conduce. No dudes que soliviantarás a más de un viejo.» (Diario de Signos, Aucadena, Palma de Mallorca, 1980, p. 81.)
[7] Aunque para algunos estudiosos, como Papini, sea Erasmo una conciencia totalitaria, a pesar de lo que nos diga en su Elogio, carente del sentido alegre y humano que poseen los que aman la locura. Dice, a este respecto, el escritor italiano lo siguiente:
«Su libro, pese a su disfraz paradójico, es una reivindicación de la moderación, apología del justo medio, una defensa de la ataraxia infecunda.» (Descubrimientos Espirituales, Emecé Editores, Buenos Aires, 1953, p. 102.)
Sin embargo, nosotros lo traemos a colación porque muchas de sus páginas están animadas por la sonrisa de los orates que tiene, como veremos, muchas afinidades con la obra del autor de los Viajes a Cotiledonia.
[8] Casi todas las religiones orientales, especialmente, el hinduismo, el budismo y también la mística sufí nos hablan del alma como entidad descendida a la tierra para obtener la perfección o la salvación. La misma visión comparten el hermetismo egipcio, ¡a filosofía pitagórica y la totalidad del pensamiento platónico. Valga, como ejemplo, el siguiente pasaje del neoplatónico Plotino:
«El alma cayendo desde las alturas sufre cautividad, está cargada de trabas y emplea las energías de las sensaciones y los sentimientos. También se dice que está como enterrada o escondida en una cueva, pero, cuando se convierte a la inteligencia, entonces rompe sus trabas y sube a las alturas, recibiendo en primer lugar, de sus recuerdos, la capacidad de contemplar los seres reales...» (Head, J. y Cranston, S. L: La reencarnación en el pensamiento universal, Diana, México, 1976, p. 227.)
[9] Cfr. de San Agustín, La ciudad de Dios, B.A.C., Madrid, 1964.
[10] Chevalier, Jean: Diccionario de símbolos, Herder, Barcelona, J9S6, p. 1067.
[11] Nos dice también Chevalier que:
«Jonás, en el vientre de la ballena, es el germen de inmortalidad en el huevo, en la matriz cósmica. La salida de Jonás es la resurrección, el nuevo nacimiento, la restauración de un estado o de un ciclo de manifestación.» (Ibidem, p. 171.)
[12] En una entrevista realizada durante la redacción de este estudio, Serra nos manifestó que:
«En mí siempre ha existido una enorme necesidad de ternura y cariño. Tal vez porque, durante mi infancia, el ambiente vivido, por razones ajenas a mi madre, fuera antes patriarcal que matriarcal»(20-IV-1991, Palma de Mallorca.)
[13] Yourcenar manifestó en el libro de entrevistas Con los ojos abiertos concedidas a Malthieu Galey que —para ella— no supuso trauma alguno la desaparición de su madre, a los pocos dias de su nacimiento. Pero nos permitimos dudar ante un libro como Recordatorios, donde reconstruirá, paso a paso, la biografía de esa madre que no pudo conocer.
[14] Viaje a Cotiledonia, Tusquets, Barcelona, 1973, p. 11
[15] Ibídem, p. J9.
[16] Ibídem, p. 40.
[17] Pozo, Raúl del: *La literatura que no es viaje es teatro», en El Independiente, 8-VI-1991.
[18] Véase El Quijote como juego, Guadarrama, Madrid, 1975.
[19]  «La venganza de Cervantes», Emecé Editores, Buenos Aires, 1953, p. 112.
[20] Para cerciorarnos de la importancia del «robinsonismo» en la literatura universal, basta con seguir el rastro a los clásicos de la aventura como Julio Verne o Salgari, o bien detenemos en algunos escritores contemporáneos como Golding o Michel Tournier en su novela Viernes o los limbos del Pacífico. El que nos lea puede hallar más información sobre el tema en el estudio de Vázquez de Parga, Héroes de la aventura. Planeta, Barcelona, 1983.
[21] Queremos nombrar, únicamente, el valor que tuvieron los primeros libros de viajes, emprendidos por los románticos, y que determinaron la estética y la imaginación de las distintas generaciones de escritores que se han sucedido.
[22] Poe, E. A.: Poesías Completas, Rio Nuevo, Barcelona, 1984, p. 120.
[23] El realismo mágico que atraviesa tanto las corrientes narrativas de Hispanoamérica (Cortázar, Carpentier...) como las literaturas hispánicas (Cunqueiro, Mercé Rodoreda, Luis Mateo Diez...) vuelve, siempre, en sus temas a la aventura y a toda clase de viajes maravillosos en el tiempo y en el espacio.
[24] Udditi Attar, Farid: Mantic Uttair. El lenguaje de los pájaros, Visión, Barcelona, 1978.
[25] De las relaciones y consecuencias que nacen y se establecen entre utopía, cultura y sociedad nos ha hablado Jean Servier, quien afirma:
«Los utopistas —e incluyo en el término a todos los que soñaron con reformar la sociedad— no solamente expresaron el pensamiento de un grupo determinado, de una clase social, sino que jalonaron la historia de Occidente y señalaron momentos de crisis mal percibidos por sus contemporáneos, apenas discernidos luego por los historiadores.» (Historia de la utopía, Monte Ávila, Caracas, 1969, p. 228.)
[26] Tusquets, Barcelona, 1976.
[27] Entrevista radiofónica para R.N.E., emitida el 8 de junio de 1991.
[28] La Sátira, Guadarrama, Madrid, 1969.
[29] Retomo a Cotiledonia, Canals Editor, Palma de Mallorca, 1989, p. 12 y 15.
[30] Seix-Barral, Barcelona, 1979.
[31] Nos referimos, claro está, a los Caprichos de Ramón Gómez de la Sema, a En otros lugares de Michaux y a El testigo oidor de Elias Canetti.