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miércoles, 19 de septiembre de 2018

"La verdadera significación de Ludwig Klages" de Hermann Keyserling (Sur nº8, septiembre de 1933)

Keyserling en la casa de Ernesto Giménez Caballero (C/ Canarias 45) junto con Pío Baroja, Menéndez Pidal, Keyserling; Edith Sironi (mujer de Gecé) y Gecé. De pie; Rafael Alberti, Emilio García Gomez, Sainz Rodriguez, Pedro Salinas, Rivera Pastor, Bergamín, Americo Castro, Antonio Marichalar, Cesar Arconada y Ramiro Ledesma.

LA VERDADERA SIGNIFICACIÓN DE LUDWIG KLAGES

Es siempre difícil justipreciar la importancia de una personalidad viviente, porque esa importancia depende de los efectos perdurables que ejerce. Cada cual empieza por ser una mera expresión, entre tantas otras, de un espíritu unitario de época. Sólo mucho tiempo después de la muerte de Jesús se pudo ver con claridad que de las numerosas doctrinas, muy semejantes, que en su tiempo habían estado “de moda”, sólo la suya llevaba dentro de sí un alma inmortal. Aquí la cuestión de prioridad es lo que menos importa y estaría, por tanto, fuera de lugar. Sí importa, y mucho, cuando se trata de sacar la patente de invención de un nuevo modelo de pantalla para lámpara; pero quien decide sobre la importancia de los impulsos espirituales no es el ruido de las palabras, sino el sentido vivo y su capacidad de seguir germinando en las almas. ¿Cómo juzgar, pues, a ciencia cierta a un hombre que vive aún? Esto resulta particularmente difícil en Alemania por la propensión alemana, en cuanto se trata de discutir personalidades actuales, a entregarse en absoluto a ellas o a rechazarlas ciegamente. Caso típico, el de Hitler. Y si a un hombre destacado le toca vivir en un período crítico y revolucionario en que hasta el teorema de Pitágoras se carga de sentimientos partidistas, parece casi fuera de propósito querer emitir sobre él un juicio cuya validez esté por encima de todos los tiempos. Es lo que sucede también con Ludwig Klages. Él se siente a sí mismo como enemigo del espíritu de la época, como alma que sigue un camino separado del de los demás, como radicalmente solitario. De hecho, Klages es hoy tan “filósofo de moda” como lo fueron a su tiempo Spengler y el que esto escribe. En atención al lema de guerra al espíritu, están con Klages grandes agrupaciones nacionalsocialistas que, sin embargo, en su heroico y regocijado impulso hacia el futuro, debieron rechazarle con especial energía a causa de su culto romántico del alma. Le acompañan la mayor parte de los románticos alemanes, aunque, por lo demás, la doctrina de Klages contiene afirmaciones absolutamente personales. Sería, pues, posible que Klages significara una manifestación exclusivamente alemana de la época. Es evidente que ciertos pueblos —los españoles, los franceses, los orientales y, dentro de determinados límites, también los rusos—, que viven directamente los impulsos de la sangre y de la emotividad, no conocen conflicto alguno entre la sangre, el alma y el espíritu. Tal conflicto sólo es posible y sólo adquiere importancia allí donde una variedad humana está concentrada, con típica unilateralidad, en el espíritu, y corre por tanto el peligro de perder conciencia de sus conexiones con las otras capas de la naturaleza humana. A esto me he referido al juzgar a Klages como una “manifestación exclusivamente alemana de la época”. Juicio para el que me he sentido tanto más autorizado cuanto que las obras científicas de Klages, que sus admiradores ponen por las nubes, no justifican ninguna pretensión de valor supra-profesional. Las proposiciones de la grafología, consideradas en conjunto, sólo tienen importancia práctica e inmediata, por ejemplo para decidir la cuestión de si un administrador merece o no confianza. La ciencia de los caracteres, como tal, tiene un alcance muy poco mayor, pues el significado de un hombre nunca depende de su carácter empírico, sino exclusivamente de lo que crea con ese carácter. Todos los grandes hombres han sido, desde un punto de vista de maestrescuela, caracteres dudosos, y, sin la fuerza inusitada de sus “dudosos” resortes, ninguno habría hecho nada de extraordinario. Y si la fundamentación de una ciencia general de la expresión como rama de la biología general rebasa la frontera de los intereses especialistas, no deja sin embargo de ser, efectivamente, una mera rama de la biología, sin ningún contenido de porvenir filosófico universal.

Ahora bien: fuera de su capacidad de especialista y de sus títulos como representante del espíritu de la época, ¿es Klages importante y significativo? Desde luego, no lo es su concepción del mundo. El solo título de su obra capital —Der Geist als Widersacher der Seele (El espíritu como adversario del alma)— es expresión de una actitud tan prejuiciosa, tan falta de sinceridad ante el mundo, que ya está juzgando al autor desde el punto de vista ecuménico del espíritu y caracterizándolo en los mismos términos con que el Cristianismo de la época heroica concebía al hereje. El hereje se equivoca siempre esencialmente, aun en el caso de que su afirmación sea objetivamente acertada; y no porque su esencia radique en la visión o examen personal, que acaso puede ser el mejor, sino en el apartarse de la unidad de la vida espiritual. La humanidad no suele entender por “espíritu” lo que Klages designa con esa palabra (voluntad e intelecto entrelazados en el yo); lo más importante de la vida, la humanidad no lo ve en la vida elemental; para ella, alma no significa lo falto de espíritu ni lo extraño al espíritu. Y el mito de la Creación, en Klages, donde el resplandor del principio espiritual se nos presenta como la enigmática irrupción de una potencia acósmica y antivital, está en contradicción tan absoluta con la experiencia de todo profundo espíritu de humanidad, que sobre este aspecto de la “cuestión Klages” no vale la pena, a mi juicio, gastar una palabra más. La vida, en su origen, no es vidente, sino ciega; no es feliz, es horrorosa. Y no fue el espíritu — tal como todos, excepto Klages, entienden esta palabra — lo que trajo el mal a la tierra; el mal se hizo consciente sólo a partir del hágase la luz: luz que, por otra parte, es lo único capaz de señalar el camino que lleva a la Alegría. La actitud herética de Klages aparece también claramente en la inaudita falta de generosidad con que juzga a todos los espíritus que, para él, no forman parte de sus más amplios círculos; y se manifiesta asimismo en el modo de ser de sus verdaderos discípulos: no conozco casta más maligna y mordaz de la raza, siempre desagradable, de los discípulos.

Durante mucho tiempo, como queda dicho, dudé sobre si había que reconocerle a Klages mayor importancia. En ese estado de ánimo escribí ocasionalmente acerca de él, entre 1923 y 1929 —en Renacimiento y en Weg zar Vollendung (Camino de Perfección). Pero hoy que, al tener que exponer mis Meditaciones sudamericanas, he ganado conciencia de toda la estratificación y arquitectura interior de mi ser, debo confesar que mi comprensión de Klages había sido entonces parcial: tan cierto es que, en definitiva, cada cual comprende a los demás en la medida en que se conoce a sí mismo y sólo en cuanto que las cuerdas propias comienzan a resonar al ponerse a vibrar la cuerda ajena. Claro está que no me he de servir de los motivos expuestos en la introducción a estas observaciones, para afirmar que hoy veo a Klages con una exactitud supratemporal. Pero creo poder valorarlo hoy mejor que la mayoría de nuestros contemporáneos. Su posición dentro del mundo del espíritu, y también dentro de nuestra época, es, a mi entender, muy distinta de la que le reconocen sus amigos y sus enemigos. Constituye un fenómeno de más importancia que la que yo mismo le atribuía en otro tiempo. Por otra parte, Klages no es de ninguna manera lo que sus propios partidarios creen ver en él. No me propongo escribir, naturalmente, un estudio especializado sobre Klages. Pero quiero iluminar, en este fenómeno, aquellos aspectos que para mí tienen valor de símbolo.

No cabe duda: prescindiendo en absoluto de su sistema y de sus teorías generales cosmológicas y antropológicas, Klages es lo que él llama —con designación que él mismo ha creado— un “espíritu-manantial”. Arraiga, con conciencia inmediata, en ciertas capas de la realidad vital y anímica que la mayoría de los hombres de hoy son incapaces de sentir, y posee el don extraordinario y portentoso de reflejar esos estratos en el espíritu. Pues bien: Siempre ha de perdurar como detalle curioso de la historia del espíritu el hecho de que este espíritu-manantial haya sido, por sus intereses centrales, un grafólogo. Hablo expresamente de intereses, no de profesión u ocupación, pues cada uno debe sin duda ganarse el sustento como pueda. El interés de Klages se orienta, en efecto —si no las más veces, sí con máxima insistencia—, hacia lo pequeño y lo minucioso del análisis caracterológico. Este sentido de lo minúsculo es lo que echa a perder la mayor parte de los libros de Klages en que se expresa una visión del universo. A páginas admirablemente profundas siguen siempre largas discusiones sobre asuntos de tan reducido alcance, y desde un ángulo de visión tan especializado, que la lectura de los trabajos de Klages me produce la impresión de tener que tomar una lente de aumento para ver qué es lo que en realidad nos está diciendo. Discusiones de ese tipo son las que llenan las tres cuartas partes de la obra de Klages. Si ese trabajo de detalle toca a la esfera especial propia del análisis caracterológico, es de presumir que revele muchísimos conocimientos. Digo que es de presumir, pues estas cuestiones me interesan personalmente demasiado poco para que pueda tomarme ahora el derecho de juzgar. Aquí el caracterólogo Klages tiene perfecta razón: el interés es lo que decide la claridad del campo visual. En los casos en que —como por desgracia ocurre, y en gran medida, en el más extenso de sus libros— aplica el mismo espíritu de minucia a los problemas gnoseológicos y lógicos, es probable que haga también afirmaciones exactas, pero, vistas las cosas en conjunto, le aventajan a tal extremo los numerosos filósofos cuyo interés es primariamente gnoseológico y lógico, que tampoco puedo estimar en mucho ese aspecto de la obra de Klages.

Pero el sentido de Klages para lo pequeño y minúsculo, en oposición a la profundidad cósmica que ocasionalmente alcanza también él —en el terreno de la experiencia íntima y en el de la expresión—, no es por cierto un mero rasgo curioso: es la característica diferencial más importante de su fisonomía psíquica. Para contemplar una catedral nadie utiliza el microscopio. Klages nunca percibe de manera inmediata las grandes conexiones. A Klages pueden aplicarse los términos que él ha tomado de Melchior Palágyi para caracterizar —erróneamente— la esencia del espíritu; a saber, que se exterioriza en actos discontinuos. Y tales actos, en Klages, siempre atañen originariamente a lo singular y a lo pequeño. Esta propensión encuentra alimento propicio en el interés inmediato de Klages por el subsuelo de la vida, por la “vida de la gana”, tal como la he caracterizado en mis Meditaciones (aunque Klages nunca la busca en su ciega primitividad, sino amalgamada a una como conciencia de imágenes, nacida del espíritu): “vida de la gana” que siempre transcurre, es verdad, bajo forma de melodías limitadas y, por tanto, de procesos discontinuos. El procedimiento creador de Klages es, por esencia, aforístico. Si sus disposiciones naturales fueran ligeramente distintas, Klages habría podido ser, gracias a su poderosa capacidad de experiencia anímica, un notable poeta. Su grandeza ya estaría asegurada si fuera capaz de elevarse sobre su poder de creación específicamente aforística: como Nietzsche, que se nos da entero entre una frase y otra. Pero tal como es, este espíritu extraño a las musas, este espíritu de mezquino maestro de escuela — apoyándose, a las claras, en el prejuicio inconsciente de la superioridad de la filosofía sistemática y en el afán de hacerse valer como gran filósofo — construye, con elementos de origen profundamente vital, inertes edificios de leña seca.

Y esta índole espiritual propia de Klages no es sólo mezquina: es fundamentalmente destructora. De aquí su teoría del espíritu como adversario del alma. En Klages la reflexión corrompe incesantemente la intuición inmediata. Cada visión, cada experiencia le sirve de punto de arranque para sus consideraciones antivitales. Empleo este término con deliberado propósito, pues ¿qué más da que se nos ponga a glorificar con nostalgia romántica una vida primitiva de la que nos hemos alejado, si Klages desprecia radicalmente esta vida que los hombres de hoy estamos viviendo ahora, y no nos muestra ningún camino de mejoramiento o superación? Ni siquiera cree en la posibilidad de un futuro mejor. La crítica de Klages es siempre negativa; nunca constructiva, ni por lo menos benévola. Por eso no puede menos de corroer y corromper de continuo (mediante la reflexión) la fuerza y profundidad de sus propias vivencias. Es lo que explica —naturalmente— la vocación de Klages por la anatomía del carácter. Es lo que explica —probablemente— toda la importancia científica que hay que concederle. Pero es también lo que explica el pesimismo suicida de Klages. Más arriba he dicho que su teoría del espíritu era falsa. Se nos muestra maravillosamente aguda cuando se refiere al yo esclavizado por la voluntad, con el que Klages identifica el espíritu, ateniéndose en esto, con rigurosa lógica, a su punto de vista. Klages es enemigo de la voluntad, enemigo mortal del ético que fija límites a la vida. Pero esto ¿no significa declararse, ante todo, enemigo de sí mismo? I-a parte más considerable de su actividad se agota precisamente en una disciplina creadora de límites, como la que él mismo considera, en principio, “mala”. El maestrescuela Klages —y no hay en la actualidad profesor de filosofía más maestrescuela que él— es ético de cabo a rabo, en el sentido en que lo entiende Klages mismo. Así, la mayor parte de su obra exterioriza ese espíritu peculiar que, ciertamente, es en muchos respectos el adversario del alma.

Este plano profundo de la labor teorética de Klages explica la fascinación que sin duda alguna ejerce semejante espíritu. Su significación para la conciencia alemana es mucho mayor que la que pudiera explicarse —en forma meramente aproximativa— teniendo sólo en cuenta su obra científica y filosófica. Y esto nada tiene que ver tampoco con el posible derecho de prioridad que asiste a Klages con respecto a distintas fórmulas y modos de plantear problemas especiales, ni con su presunto papel de “pioneer” de la lucha empeñada en nombre del alma. El “volver a enlazar espíritu y alma” (así formulé yo mismo esta cuestión, mucho antes de oír por primera vez el nombre de Klages) constituye el problema fundamental de nuestra época: todos los pensadores se ocupan de él, de una u otra manera, y la solución de Klages — sumamente parcial y, por lo tanto, desesperada — no es la respuesta que los tiempos actuales puedan sentir como solución salvadora. Pero Klages actúa, como símbolo impresionante, sobre todos aquellos a quienes personalmente interesa esa misma cuestión: en Klages el alma y el espíritu aparecen desgajados entre sí como no lo están en ningún otro pensador. Y por otra parte, la desvalorización de toda vida moderna, implicada en su Weltanschauung, así como las miradas de desesperación que arroja cuando logra afirmarse en un impulso vital más poderoso, iluminado a veces por relámpagos de intuición visionaria y siempre roído, no obstante, por un intelecto extraordinario abandonado a sus propias fuerzas, suenan para los alemanes como un extraño memento fatídico en boca de un prototipo de pedante alemán.

Esto me lleva al más importante y más hondo de los problemas simbólicamente encarnados en el "caso Klages". Nicolás Berdiaieff, cuya Filosofía del espíritu libre es una de las obras más constructivas a que pueda acudir el impulso espiritual de la humanidad de post-guerra, escribe acerca de Nietzsche, en su Sentido de la creación[1] (pág. 89): “La crisis de la antropología humanística alcanzó su punto más alto en Federico Nietzsche, el más significativo de los fenómenos espirituales de la historia moderna. Nietzsche es la víctima expiatoria de los pecados de la época moderna: una víctima de la conciencia humanística. Después de Nietzsche, después de su obra y de su destino, el humanismo se ha hecho imposible; está superado para siempre. El Zaratustra es el más potente de los libros humanos desposeídos de la Gracia; es la obra de un hombre desamparado, abandonado a sí mismo. Y jamás hubo hombre que, abandonado a sus propias fuerzas, llegara a mayor altura. La crisis del humanismo debió conducir, como último resultado, a la idea del superhombre, a la superación del hombre y de lo humano.” Particípese o no de los supuestos religiosos de Berdiaieff, la verdad es que su visión de Nietzsche acierta en lo esencial. Todo el inmenso significado de Nietzsche radica en su ethos trágico. Aunque combatiera al Cristianismo, aunque gustara de explicar con bajas razones terrenales muchas excelsas realidades del espíritu, en cada palabra suya habla, sin embargo, una profunda espiritualidad inmanente. Luchó para que el hombre, cuyo espíritu adulto había hecho saltar las formas vitales primitivas, volviera a incorporarse a la totalidad del universo. No así su pretendido continuador, Klages. Klages es el espíritu más inespiritual que conozco. Cierto que él ha proseguido con éxito la crítica psicológica de Nietzsche, y hasta le ha sobrepujado a menudo en sagacidad y finura. Pero en lo negativo está, para Klages, la última palabra. No hay en él la menor huella de ethos creador; carece de todo sentido para lo espiritualmente valioso. Es que Klages ve en el ethos una equivocación, una manera de pecado. Por eso cree descubrir la única salud posible en la disolución absoluta, en el pathos del sumergirse en el devenir terrenal. Arrebatando violentamente al tiempo su dimensión de futuro —en la que, como es natural, vive originariamente no sólo la humanidad, sino la Vida misma—, nos muestra que lo único profundo y respetable es volver la vista al recuerdo, y no encuentra sino sarcasmos y desdenes para el esfuerzo dirigido hacia el futuro.

En mi Renacimiento (1926), consideré a Klages como un ctónico absoluto, como un representante moderno de la antigua religión natural, como una especie de Juliano el Apóstata rezagado; pero aun no veía yo con claridad cuál era el significado más profundo de esta moderna religión ctónica. Tal significado sólo pudo aparecérseme distintamente cuando, al elaborar mis Meditaciones sudamericanas, llegué a tener conciencia inmediata del factor ctónico en el hombre. Es, sin duda, lo que hay de más viejo y primitivo en los hombres. Pero el verdadero “llegar a ser hombre” comenzó sólo con el hágase la luz de la irrupción del espíritu. Y el sentido de todo vivir, e incluso el fin último del devenir cósmico, está para los hombres en la espiritualización, y sólo en ella. Así, pues, cada cual tiende involuntariamente, desde que se hizo la luz, a superar la pesadez terrena, a elevarse del “tener que...” de la gana a la libertad de la Divina Comedia. La humanidad comienza, por lo tanto, como una superación. Esto lo sabe todavía Nietzsche, por más que fustigue las más jóvenes manifestaciones históricas de la superación; las combate únicamente a fin de allanar el camino para una superación más pura y verdadera. Klages no lo sabe. De cuanto se ha escrito en el mundo, no conozco nada tan horrible, tan degradante, tan “blasfemo” —en el sentido más profundo del término— como lo que escribe Klages a propósito de todas las formas de superación, pero especialmente acerca de lo santo. Para Klages la instancia suprema está en el subsuelo impulsivo del hombre, en el mundo de la gana, que sin duda se exterioriza bajo formas particularmente odiosas o perversas en aquellos que se evaden de los lazos de la naturaleza. Como Klages no encuentra, para referirse al esfuerzo orientado hacia fines terrenales futuros, más que palabras de irrisión y sarcasmos, tampoco le inspiran otra cosa que sarcasmo y desdén aquellos que se esfuerzan espiritualmente. Con lo cual se opone a todos —absolutamente a todos— los espíritus hondamente metafísicos de la humanidad. Que Klages no lo hace, en el fondo, con mala intención, se echa de ver por el único ethos que en definitiva reconoce —y que es el que posee él mismo—: el del investigador. No hay por qué poner en duda la pureza de su anhelo de verdad. Pero no sé de nadie que haya comprendido menos que Klages qué significa amor espiritual y afán espiritual de auto-realización. Klages es, de veras, un ciego para el espíritu, como hay ciegos para los colores y ciegos para las almas.

Y con esto la figura de Ludwig Klages, con todas sus grandes dotes naturales, adquiere un pathos metafísico. Si viviéramos en una época condicionada por la religión, se le sentiría inmediatamente como un ángel caído. No, por cierto, como espíritu satánico: su ethos de investigador y su pedantería le cierran el camino que lleva a abismo tan hondo. Pero él no ser satánico no le hace parecer más espiritual, sino al contrario. Los bolcheviques son, como satanistas, profundamente espirituales: por eso ha de llegar, sin duda, el día en que la Rusia diabólica se cambie de pronto en una Rusia santa. El sentido ctónico de Klages es absolutamente antiespiritual. Y esta circunstancia aclara todo lo que hay de peculiar en el fenómeno Klages, refiriéndolo a una raíz última, cuya sola presencia basta para explicar sus condiciones especiales y la gran influencia que ejerce. Explica su inusitada perspicacia para explorar los dominios de la vitalidad y de la psique condicionada por la herencia. Explica su incapacidad de visión inmediata del conjunto. El crear en continuidad es la característica primaria y genuina de todo verdadero espíritu: en Klages todo adopta la idiosincrasia propia del sistema melódico discontinuo de la gana; el universo, al reflejarse en su espíritu, se disgrega por completo, lo que le permite a Klages, situarse ante el devenir cósmico con un pesimismo no igualado por nadie antes de él. Pesimismo que debe considerarse como una especie de alegría maligna, pues para Klages todo lo que de alguna manera signifique progreso o ascensión, es vacía ilusión. Asimismo debe odiar Klages —como ciego que es para el espíritu— al hombre superior, con lo cual se coloca en actitud paralela a las tendencias disolventes, antimetafísicas, de nuestra época, y les comunica una claridad intelectual que a ellas, por sí solas, les falta. Además, el antiespiritualismo de Klages da a su pasión por la tierra una grave nota fundamental, que vuelve a resonar en todos aquellos que se esfuerzan por restablecer el enlace con la sangre y la tierra, ya sea por impulso propio, ya sea desde las alturas del intelectualismo. Esa misma antiespiritualidad es lo único que explica cómo ha podido Klages proponer su monstruosa identificación del espíritu con el yo. Piénsese que toda religión espiritualista enseña, en efecto, que hay que dar muerte al Yo, fuente de desgracia; pero no lo hace porque el Yo sea espiritual, sino porque es obstáculo a la espiritualización. Quien vea esto con toda claridad, comprenderá también perfectamente la posición esencial de Klages... Pero todas estas lúgubres verdades explican a la vez, en último término, por qué conviene a la figura de Ludwig Klages, en ciertos momentos, el pathos de la auténtica belleza. Son los momentos en que se entrega líricamente al estado anímico de la “congoja de criatura”, de cuyo verdadero sentido — en cuanto último estadio del devenir humano antes de la irrupción del espíritu — Klages no tiene, por cierto, conciencia ninguna. Entonces el colérico maestro de escuela se transfigura, no sólo en un feroz guerrero solitario, sino, más aun, en la figura trágica de aquel primer hombre que por primera vez sintió conscientemente la inestabilidad de lo terreno en la imagen de una primera y avasalladora visión total en el recuerdo.
Conde Hermann Keyserling, Sur, 8, 7-26, sept. 1933.



[1] Tanto este libro de Berdiaieff, Sinn des Schaffens, como el anteriormente citado, Philosophie des freien Geistes, han sido publicados, traducción alemana, por J. C. B. Mohr, de Tubinga.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Conversación con Peter Sloterdijk (La Vanguardia, 18 de febrero de 1986)


Conversación con el autor de "Crítica de la razón cínica"
Nació en la República Federal de Alemania, en 1947. Entre otras obras, es autor de “Crítica de la razón cínica” (Suhrkamp, 1983), un “best-seller” filosófico, un libro clave en el pensamiento crítico de los años 80. En estas páginas, una entrevista minuciosa al joven filósofo alemán
Un cínico de los años 80
PETER Sloterdijk nació en el año 1947 en Karlsruhe, República Federal de Alemania. Estudió Romanística en Múnich. Su trabajo de licencia se titula “Strukturalismus als poetische Hermeneutik” (“El estructuralismo como hermenéutica poética”). Fue uno de los primeros intelectuales germano-occidentales que se ocupó del pensamiento de Michel Foucault, contribuyendo a su introducción en la RFA. Sloterdijk se doctoró en la Universidad de Hamburgo en el año 1976 con un trabajo titulado “Literatur und Lebenserfahrung”(“Literatura y experiencia vital”). Después de una larga estancia en Poona (India), escribió la “Kritik der zynischen Vernunft” (“La crítica de la razón cínica”, Editorial Suhrkamp, Fráncfort del Meno​, 1983), auténtico “boom” filosófico-literario en la República Federal de Alemania, en poco tiempo un libro inesquivable del pensamiento crítico de los ochenta, casi ritual, del que ya se han vendido más de 90.000 ejemplares. En torno a Sloterdijk se pregunta Jürgen Habermas en su reciente libro “Die neue Unübersichtlichkeit”: “Entre Heine y Heidegger. ¿Un renegado de la filosofía del sujeto?”.
En la “Crítica de la razón cínica” acomete Peter Sloterdijk una “deconstrucción” radical, en el más genuino sentido de los postestructuralistas franceses, del concepto de logos tal y como la historia de la filosofía occidental poscrística nos lo ha legado hasta hoy. Para ello, se vale el autor de Diógenes Laercio, cínico clásico que él intenta reflotar y amoldar a los ochenta: será su provocador “kínico”.
En la misma línea ensayística, a caballo de la filosofía y la literatura, publicó el autor en la primavera de 1985 el ensayo-novela “Der Zauberbaum. Die Entstehung der Psychoanalyse im Jahr 1785” (“El árbol mágico. El surgimiento del psicoanálisis en el año 1785”, Editorial Suhrkamp, Fráncfort del Meno, 1985), narración entrelazada de hechos históricos -“París inmediatamente después de la Revolución francesa”- y descripciones fantásticas. El mismo París revolucionario de 1789 se funde con el París del debate filosófico actual, en una fascinante transposición de planos espaciotemporales.
Sloterdijk reflexiona críticamente en tomo a las condiciones existenciales de las sociedades “west”-europeas altamente desarrolladas, gritando en favor de la “experienciabilidad” de la deshumanizada experiencia, proponiendo un logos “corporizable”, sensiblemente “experienciable”.
De Peter Sloterdijk está siendo o ya ha sido traducido su libro “La crítica de la razón cínica” a las siguientes lenguas: sueco, holandés, inglés, francés (aparecerá a finales del 86). Según ha informado la editorial Suhrkamp en Fráncfort, la editorial española Taurus está realizando gestiones para traducir esta obra al castellano.
Carlos Oliveira
Peter Sloterdijk: el desvanecimiento de los problemas reales
-“Crítica de la razón cínica” fue un gran ensayo que intentó ser estructurado sistemáticamente. En tu nuevo libro “El árbol mágico” te has pasado al estilo narrativo. ¿Crees que una filosofía de índole discursiva puede articular adecuadamente los problemas que tenemos planteados?
-La discursividad como tal no tiene por qué contradecirse con las cuestiones candentes del momento, pero la urgencia misma no comienza de una manera discursiva, sino como resultante de una cuestión que quema. Los auténticos problemas hablan primeramente el lenguaje de la urgencia.
-¿No constituye el hablar a partir de la experiencia una expresión que permanece por debajo de la reflexión, no alcanzando todavía el nivel del pensamiento filosófico?
-Pienso que no. Al contrario, la reflexión permanece por debajo del problema. Normalmente llegan a ser exitosos los ordenamientos discursivos si hacen soportable lo insoportable, y ponen, además, el dolor en un formato manejable, que haga posible un tratamiento del mismo en un plano de “arrangement” coloquial no doloroso. Pero éste ya no es el lenguaje de los problemas que queman, dado que el individuo ya creó tanta distancia a través de una medida analgésico-académica que ya no puede resolverse lo que inicialmente tendría que ser resuelto. He aquí el problema del estilo académico de teorización: olvida la pregunta a la que originariamente quería responder. Por eso creo yo en la energía expresiva de la literatura. Ella llega a crear un espacio intermedio entre la extrema abstracción académica y la mera expresividad inmediata, la cual sólo permanece pegada al cuerpo. La literatura, por tanto, intenta mantener la justicia entre ambos extremos. La literatura habla un lenguaje que puede registrar en sí el decurso de los problemas reales, disfrutando, además, del aligeramiento y la apertura de horizonte que el pensamiento teórico garantiza. Sin distanciamiento no hay comportamiento inteligente. Pero hay un tipo de distanciamiento que influye de manera entontecedora si la filosofía sólo intenta resolver sus propios problemas que como tales nadie tiene. La literatura defiende el terreno medio contra la estupidez de la inmediatez y contra la idiotez “cientígena[1], que surge a través de super-distanciamiento. Pienso que todo puede concordar solamente si viene hecho en su nivel correcto. No se puede, empero, aconsejar a la universidad que se lance a una filosofía literaria. Ciertamente eso sería una extravagancia.
-Como es de sobra conocido, Hegel acuñó la definición de la filosofía como la comprensión de su tiempo en ideas. Esta definición pivota sobre el supuesto de que sea posible una mirada al Todo. Actualmente, sin embargo, todo parece caer en singularidades y problemas individuales, los cuales, a pesar de la necesidad de responder a ellos, ya no son “mediables” (“vermittelbar”). ¿Conlleva esta mudanza del mundo vital la imposibilidad de elaborar una filosofía sistemática moderna?
-Esta alternativa no está correctamente planteada. Nos encontramos. por un lado, ante una enorme pérdida de crédito de las teorías globales y. por otro, ante un fantástico particularismo autoconsciente por parte de las mini-teorías y de los perspectivismos. Pero cuando se describe de esta forma la situación, a uno se le escapa lo más importante de la misma; ¡que se vea! A cada relativismo le pertenece el conocimiento de que, con un particularismo confesado, el Todo no es solucionaba. Aquí entra en juego el filosofar. Un filosofar motivado vitalmente surge a través de la autodefensa enérgica de una perspectiva que descubre las fronteras de sus posibilidades de generalización, es decir, su voluntad de poder, cayendo, en consecuencia, en la aventura de la confrontación con sus propias fronteras. El concepto del Todo es un concepto-frontera y contiene el desafío de superar una vez más una particularidad tan grande, la cual se considera a sí misma como el Todo.
Encasillamientos
-El pensamiento del Todo sería, por lo tanto, contra todas las tentativas “deconstructivas”, tan de moda actualmente, un estilo de objeción que liberaría los impulsos de poder en el contenidos.
-Cuando se contempla esto con exactitud acontece lo siguiente: el Todo siempre son los otros. El rechazo de las totalizaciones tiene estratégicamente la función de no querer subscribir ninguna teoría que no fuese co-formulada por él mismo, ilustra, en consecuencia, el fin de los encasillamientos en los que yo sólo puedo aparecer “cosificado” (“vergegenstandlicht”). Aquí veo yo el auténtico problema, el comportamiento en relación al Todo no deja de estar vigente a través de la nueva conciencia perspectivística. Más bien se ve puesto en vigor de una manera especial. La voluntad de poder y las grandes maquinarias totalizantes, que cuajaron como bloques de poder, nos observan constantemente. Ya dispusieron sus cohetes contra nosotros. Nosotros ya estamos, por lo tanto, totalizados: ya nos tomamos objeto de determinadas metas, incluso de metas de extinción de una voluntad de poder que tiene su punto medio en otra parte. Ciertamente la “locura del punto medio” (“Mittelpunkt Wahnsinn”) no podemos aplaudirla. Pero así solo se demuestra que la coacción a pensar el Todo se hizo válida actualmente de una forma irónica. Se señala la conciencia de las “perspectividades” casi monótonamente porque los potenciales totalizantes han devenido extremadamente grandes.
-La Modernidad se caracteriza, entre otros factores, por el estilo internacional de concebir las ciencias y la técnica. En la República Federal de Alemania existen los así llamados nuevos movimientos sociales (algo así como una herejía de las sociedad industrial), los cuales intentan constituir pequeñas parcelas “experienciales”. ¿No cree que favorecen éstos, a través de un proceso de privatización del mundo vital y “experiencial”, justamente la tendencia a la concentración de poder en el extremo opuesto?
- En los complejos administrativos y políticos siempre hubo tendencias aglomerativas, independientemente del hecho de ser ellas tendencias a la uniformización o a la regionalización. La liberalización estructural ha alcanzado siempre su culminación en los espacios en los que se impuso el gran capital, ya que éste, por decirlo así, es un proceso “politeístico”. Donde se intenta regirlo “monoteísticamente” -como en “Osteuropa”- ya no es un proceso capitalista auténtico, sino una parodia lamentable de la acumulación industrial. Ante la monopolización unidimensional del poder y el “saber-de-poder”, el capital posee, por medio de su orientación hacia el mercado, un segundo principio inteligente. Donde sólo manda el capital sólo hay corrupción, mientras que donde el capital y el trabajo ofrecen alternativas, nosotros tenemos la posibilidad de conjugar diferentes corrupciones unas contra otras. En este politeísmo de las inmoralidades se encubre lo que nosotros percibimos como libertad, ya que el mercado, es decir, el proceso espontáneo del capital, pone en juego una diversidad de egoísmos, concurrentes entre sí, lo que implica que cada inmoralismo se ve acotado, en cierto modo, por el inmoralismo del otro.
Diferenciación
-Marx, y por cierto también Hegel, era de la opinión de que el proceso capitalista es tan fuerte y poderoso que todas las alternativas precedentes de las formas de vida y de saber desaparecerían del mapa. Apenas es posible hoy negarlo, ¿no cree?
-Considero que el proceso capitalista en sí mismo no esconde ninguna contradicción total en relación con la existencia de formas de vida regional izadas, más diferenciadas y autoconscientes. Más bien posibilita la condición de una diferenciabilidad real, la cual es conjugable con la interpenetración planetaria. Hasta el momento tan sólo hemos aplicado generalizaciones en el mundo del pensamiento. El capital es, por decirlo de alguna manera, la generalización en el mundo de lo real. Lo especial ha de enfrentarse a fondo a la riqueza de esta nueva generalidad. El autoequívoco de la conciencia que sólo es “regionalística" estriba en no percatarse de que puede ganar en el hecho de participar en estos trasvases dirigidos por el capital. La grandiosa canción de alabanza al capitalismo, que, por cierto, procede de la pluma de Marx, ha de ser rememorado de vez en cuando como himno aún no cumplido. Pero ciertamente, se halla un momento de verdad (“ein Wahrheitsmoment”) al decir seres humanos individuales ante estos grandes procesos: “Chúpame el culo” (“Leckt mich am Arsch”). Este es el “kinismo[2] que yo he defendido, ya que el mismo nos recuerda que nosotros no quisiéramos llegar a ser fantasmas a través de un cosmopolitismo forzoso de este estilo. Si hay que ser cosmopolitas, pues sí, pero en cuerpo y alma, y no como fantasmas de un centro imperial, sino como sujeto “corporizado”, siendo participante y actor al mismo tiempo, del devenir planetario. Mientras las condiciones para ello no se den, es preferible negarse que “hacer-con” (“Mitmachen”). El “kinismo" es el cosmopolitismo de un individuo. El “kinismo” es una sublevación de la razón contra la razón misma. Ella se opone a la idiotez “cientígena” y a la “excarnación” que acompaña al proceso racional así como a la extinción mortal de las condiciones vitales a través de metas abstractas y por lo tanto no “corporizables”.
Coacciones
-¿No sería por tanto “kínico” el restablecer racional de lo que el “pensamiento abstractivo[3] destruye?
-Esto sería muy dialéctico y reduciría la aportación “kínica” a un mero proceso restablecedor.
-Posiblemente no sea casual que la ciencia se pudiese institucionalizar cuando las grandes ideologías se resquebrajaron, surgiendo el liberalismo de mercado. Eso ofreció un último resto de validez general, siendo el precio la formación de coacciones, resultantes de los mecanismos neutrales de control de comprobación científica de la realidad y de producción de la misma.
-Esto es ciertamente así. Pero yo diría que ello le corresponde a la autodiferenciación de aquel proceso, en el cual la ciencia era un componente esencial. Originariamente la ciencia culminó un enorme trabajo neutralizador al interior de la pugna entre los principales egoísmos existentes.
- En la idea de una paz alcanzable a través de la racionalidad científica en una sociedad abierta (Karl Popper) se encuentra seguramente su fuerza de atracción utópica, que podemos comprobar desde Descartes hasta Popper, ¿no le parece?
- En otras épocas los científicos supieron que la verdad se encuentra muy vinculada a la paz, es decir, que aquella va unida a la idea de una vida verdadera. Un nuevo problema se plantea en la segunda vuelta, cuando el pacificador mismo se percibe como opresor. Nosotros caminamos cara a una situación en la cual será posible percibir lo que pudo haber sido la energía pacificadora de la ciencia. Pero yo creo que esta energía pacificadora va a emigrar para la literatura, es decir, para una “coloquialidad”. en la cual la ciencia solamente va a tener una voz. La creación de paz a través de la ciencia funciona mientras los participantes sepan que es necesario una presumisión. Dado que nosotros vivimos actualmente en un fuerte proceso “de-realizador”, poco a poco cada vez más personas se percatan de la innecesidad de sacarse el sombrero ante las así llamadas verdades, ahorrándose el sufrimiento de someterse a las mismas. Pero de este no se libra nadie, pues solamente a través del mismo se puede relacionar a la subjetividad con la objetividad, puesto que un objeto no será tal si no se encontrase en el camino. De esta forma, creo yo, surge en el trato con el hecho innegable de estar en el camino, una especie de convención de paz con el objeto.
-Este proceso “de-realizador”, del que acaba de hablar, característico de la experiencia perceptiva en la modernidad, viene siendo expresado actualmente por muchos. ¿No surge de este modo una cierta “nostalgia de lo real” que se evidencia como totalmente amenazante? ¿Tendremos la obligación de construir objetos contra los que haya que dolorosamente chocar para que podamos convertir la realidad en algo todavía “experienciable”?
-Pienso que actualmente se produce una situación que de una forma primitiva quizá pudiésemos describir así: el sentimiento de la realidad se encuentra condicionado en mucha gente por la impresión de que ya no hay más problemas. Estos reciben a través de su carácter planetario, por tanto, altamente “mediado”, la apariencia de cosas que “tan sólo” se imaginaron. De las personas que actualmente viven y hablan de bombas, quizás una de cada millón vio una bomba o estuvo cerca de ella, por no decir un porcentaje todavía menor.
Imágenes
-¿Existen tan solo en el mundo de las imágenes?
-Si. en el mundo de las imágenes las tenemos siempre ante muestras ojos. Yo contemplo, sin embargo, a diario, muchas imágenes. El desvanecimiento de los problemas reales así como de su carácter amenazador origina en las capas primigenias del sentí miento de la realidad una cierta difusividad. dado que nosotras no hemos aprendido a percibir los problemas imaginados con una tal urgencia, ni a percibir existencialmente la energía ontológica de una imagen perteneciente a una cosa ausente, de la misma manera que yo percibo como amenaza in mediata una pistola que alguien me pone al pecho.
-“¿No sería esto lo que “in illo tempore” las religiones en cuanto instituciones sociales, escenificaron públicamente haciendo presente lo que no está físicamente presente como una pistola?
-Considero que unió lo que nosotros actualmente “exponenciamos" -y las religiones abastecieron una especie de propedéutica para ello- se encuadra dentro de un proceso que en la historia del ser tendría que ser comprendí do como de “superextendimiento” (“Subjektüberdehnung”) del sujeto. Los seres humanos, que son seres orientados hacia los pequeños espacios y hacia la “inmediatez”. se ven involucrados de repente en una experiencia casi mortífera de crecimiento del mundo, en la cual tienen la sensación de que lodo es una locura, de que esto ya no puede ser mundo Bajo impresionantes crisis aprendemos a comprender que el sujeto ha de desarrollar un realismo planetario. el cual constituye el último punto de apoyo de un concepto de realidad que tienda a la superación del irrealismo interior, que todos hoy en día “experienciamos”. Cuando se contempla de cerca, constatamos que nosotros ya no tenemos ningún problema en el sentido tradicional del término y hemos de acercarlos a nosotros a través de la imaginación, cuando no se vive en el frente, inmerso en ellos Dicha imaginación se cultiva actualmente casi nostálgicamente porque en ella se realiza una experiencia inmediata de violencia. En una sociedad socavada por sentimientos de irrealidad tienen estos frentes un significado importante, ontológicamente hablando. Un desalojo de ocupantes de casas recibe un valor señalador porque aquí se hace presente la violencia en el corazón de la realidad. Pero al día siguiente ya no se cree en ello porque uno recuerda que tan sólo se trataba de imágenes televisivas.
-En los últimos años perdieron su fuerza persuasiva las grandes utopías de progreso, emancipación. etcétera. En el lugar de la esperanza se sitúa actualmente la espera de la catástrofe y la confesionalidad del miedo.
- Decir que las utopías ya se diluyeron tan sólo formula una media verdad de una subcultura. Después de una larga estancia en los Estados Unidos, me he podido percatar de que el lamento en torno a la propia incapacidad de dejar florecer utopías es un discurso muy europeo. Todas las depresivas descripciones izquierdistas de América del Norte son falsas. Allí aún se encuentra una increíble fuerza proyectual, con todos los peligros y vaivenes entre “naividad” y cinismo, típicos de las fuerzas imperiales. Nuestro posmodemismo es posiblemente una mudanza formal de la esperanza, pues él es, a mi entender, la voluntad de tener todavía un futuro, cuando ya nada nos mueve hacia adelante es, a mi modo de ver, la expresión de la necesidad de desarrollar un arte de los pequeños pasos.
-En la “Critica de la razón cínica” decía que la bomba es la forma en la que toma cuerpo la representación espiritual destructiva de la historia europea...
-Si, pero de este modo todavía no es interpretado el fenómeno hasta el final, puesto que este espíritu, que al final se torna bomba, aún posee la capacidad de auto-diálogo. Con el primer lanzamiento de la bomba se comenzó a reconocer una determinada espiritualidad con forma de arma, entrándose en un proceso de autoamenaza masiva, pero también de autoexperiencia. Nosotros descubrimos un nuevo estilo de obligatoriedad. Para el puro poder, el cual es al mismo tiempo un “puro poder destruir”. Es menester procurar nuevas relaciones entre la “ratio” y el poder que vayan más allá de la autopuesta en peligro de la razón. Lo incierto en esto es el hecho de que ello tan sólo se puede volver plausible a través del peligro, no del conocimiento seguro a través del cual el sujeto vuelve a la tranquilidad.
- Este tipo de autopuesta en peligro y ganancia de conocimiento es algo muy coactivo, algo así como una mentalidad “accidentaria” que sólo llega a la reflexión cuando se encuentra amenazada.
-Sí, pero esto le pertenece al contexto anteriormente mencionado. a saber, que la atrofia de realidad se hace constatable como atrofia de amenaza, es decir, a través del surgimiento de un juego que todo lo penetra. Y cuando alguien posee la voluntad de realidad, casi tiene él la voluntad de ser amenazado, la voluntad de enemigo. y por tanto, todas las implicaciones paranoicas del concepto tradicional de realidad, que giraba alrededor del eje guerra-seriedad-enemistad. Él demuestra, de esta forma, que no está dispuesto a concederle al juego la misma densidad que al enemigo.
-A través de la experiencia de las catástrofes se le plantea un problema muy especial a la historia alemana (no faltaron las puestas en relación de los proyectos del idealismo alemán con el posibilitamiento de la política totalitaria). ¿Considera que al menos en la reflexión filosófica ya fue superado el trauma fascista?
-Yo no sé si un alemán o cualquier otro ser humano podrá alguna vez superar lo que aconteció en este genocidio. Son roturas de un tamaño tal que es menester dudar de que algún individuo pueda asimilar tal cosa. Quizás la única asimilación posible fuese -desde un momento histórico posterior -un “olvido dichoso”, sólo factible cuando las fuerzas que se articularon en Auschwitz fuesen extinguidas. Eso es, empero, inimaginable, ya que tengo la impresión de que estas fuerzas están creciendo. Pienso, además, que la pregunta en torno a si un alemán puede hacer frente filosóficamente a Auschwitz, tan sólo formula un aspecto de una cuestión más global; a saber, si el pensamiento le puede hacer frente de manera alguna al “dolor cósmico”. Las mayores formaciones sistemáticas fueron con seguridad, intentos de hombres muy heridos que intentaron pensar el “dolor cósmico”, que llevaban por dentro, a través de un impresionante esfuerzo de síntesis, postulando la posibilidad de cura teoréticamente. La crítica a los pensadores maestros es una crítica infantil, dado que se apoya en una sobrevaloración de los filósofos. De esta forma cree un niño en su pudre omnisciente como un crítico de los maestros pensadores cree en éstos. Los grandes sistemas tienen una relación, en el mejor de los casos, co-expresiva con el “dolor cósmico”; es decir, lo expresan como movimientos políticos. La tendencia primordial del ser humano a huir del dolor en la violencia o en la locura no surge a través de la filosofía. La casualidad espiritual que es postulada por los críticos de los pensadores maestros, a saber, que el pensamiento de la Totalidad produce los imperialismos, no existe. En unos, el dolor deviene política; en otros, crimen; en otros, filosofía. Aquí se dan, ciertamente, intereacciones, pero son simultaneidades, en absoluto casualidades.
-Pero... ¿Existe o no, y a pesar de ello, una filosofía alemana muy característica?
-Si. nosotros en Alemania hacemos filosofía de una forma que mantiene vivo el recuerdo en el origen religioso del pensamiento filosófico; esto es diferente de lo que aconteció en Inglaterra o en alguna otra parte del mundo, ya que en Inglaterra por ejemplo, surgió otra división del trabajo científico. En Alemania, sin embargo, fue imposible tal división por causa de fusiones personales. El idealismo alemán tuvo siempre un doble carácter religioso-filosófico. El “elan” metafísico del pensamiento alemán siempre mantuvo una dramática existencial, puesta en juego a través del origen religioso del mismo.
Carlos Oliveira y Florian Rötzer, La Vanguardia, 18 de febrero de 1986, pp. 36-37.



[1] El autor acuña en alemán el neologismo “szientogen”, habla de “szientogene Idiotie”, que le concibe como superlativo ridiculizador de “cientista”. He aqui la razón del atrevimiento del traductor.
[2] Neologismo que traduce el a su vez neologismo alemán “Kynismus”, variante conceptual del cinismo clásico, que Peter Sloterdijk explícita en su libro “Die Kritik der zynischen Vernunft”.
[3] En alemán existe la diferencia entre “pensamiento abstracto” (abstraktes Denken) y lo que yo propondría como pensamiento “abstractivo” (abstrahierender Denken). Esto último implica un juicio de valor negativo en relación con el hecho de la abstracción como tal. Considero que subsumir ambos acepciones bajo la primera variante conlleva no ser fiel al pensamiento del autor. He aquí la razón de este nuevo atrevimiento.

domingo, 26 de agosto de 2018

Frédéric de Towarnicki entrevista a Ernst Jünger (ABC, 7 de julio de 1990)


Ernst Jünger: «Alemania no amenazará más a nadie»
Por primera vez desde el derrumbamiento del imperio soviético y la caída del muro de Berlín. Ernst Jünger, uno de los pensadores y novelistas fundamentales para comprender la Alemania de nuestro siglo, aborda, en una larga entrevista de la que ABC Literario ha adquirido los derechos de publicación, el pasado de su patria, las relaciones que mantuvo con otros escritores de su tiempo y una de las cuestiones sustanciales del paisaje geopolítico con el que ha de inaugurarse la Europa del siglo XXI: la reunificación alemana.

Ha vivido usted en Alemania durante el Imperio, la República de Weimar, el III Reich, la II República... ¿Pensaba usted que el proceso de reunificación de Alemania iba a comenzar tan pronto?
-No... Ha sorprendido a todos... La noche en que mi hijo, que es médico, me llamó desde Berlín para decirme que el muro se desplomaba, tuve un momento de emoción. ¡Pensaba que no ocurriría semejante cosa antes de comenzar el tercer milenio!... Había de suceder de una u otra manera... Todas las actividades de unificación -a nivel de las naciones o de Europa- me satisfacen: son un paso más hacia el Estado mundial que, por otra parte, se ha consumado ya al nivel de la técnica y en el cual, según mi opinión, así como las naciones se reabsorberán, tomarán importancia las regiones... Pero aún no hemos llegado a eso...
En contra de lo que algunos piensan, no creo que Alemania reunificada sea una amenaza para las otras naciones. Alemania no amenazará más a nadie. ¡Ya hemos tenido bastante nacionalismo!... Y además se trata de una Alemana reducida, después de todo: sin Silesia. sin Pomerania... La RDA son dieciséis millones de habitantes que se van a añadir a sesenta: ¡una gran provincia! En mi país, ya lo sabe usted, hay personas que están más bien inquietas. Todos saben que la reunificación será una carga muy onerosa para la economía. Éstas son consideraciones de corto alcance.
Sueño de libertad
En nuestro país, por lo demás, la extrema derecha está en decadencia total. Por eso me asombró tanto en París ver en el cementerio Montparnasse una tumba cubierta por una montaña de flores tricolores. Era impresionante. Me explicaron que se trataba de la tumba de un ex dirigente del Frente Nacional. En mi país, en cualquier caso, varias asociaciones de extrema derecha (cuya influencia, por otra parte, es nula) han sido prohibidas.
-¿Y el otro lado? ¿Le han sorprendido las reacciones de los alemanes y de los responsables del Este?
-Ya sabe usted, la historia demuestra que los marxistas no dudan de aprovecharse de las cosas que los demás han tomado a su cargo. ¡Sobre todo cuando se plantean problemas alimentarios y de bienes de consumo! Pasa lo mismo del lado de Gorbachov... Pero para muchos, lo esencial es un sueño de libertad.
-En el plano cultural y literario, ¿no es una aportación con la que habrá que contar?
-De momento, creo yo que el Este aporta bastante poco. La mayor parte de los escritores se han visto obligados a decir lo que se les mandaba, ¡y nunca son los mejores los que hacen eso! La moralidad del que acepta esta sumisión siempre resulta sospechosa, y su creatividad no sobrepasa por lo general el piso bajo... ¡Pero me imagino que vamos a descubrir no poco en los cajones!...
Se habla de la experiencia que enriquece a los pueblos en la prueba. Es verdad. Pero la prueba no debe durar demasiado, ¡porque llega el momento en que son los abuelos los que hicieron la resistencia!... En cuanto a la situación de la URSS, no me asombra en absoluto... Spengler diagnosticaba ya, hace más de cincuenta años, en «La decadencia de Occidente», que Rusia se encontraba en el mismo estado que el imperio de Carlomagno... Podemos imaginar que la descomposición del imperio soviético, como contrapartida robustecerá a los rusos...
-En la línea de «El Problema de Aladino», su último libro («La Tijera»), que acaba de publicarse en Alemania este año, que es el de sus noventa y cinco..., se presenta como una última meditación sobre el destino de nuestra civilización.
Cultura uniforme
-En «El Problema de Aladino» me preguntaba yo sobre la competencia del hombre de la era de la técnica para comprender, para dirigir, la potencia titánica que ha puesto en acción; y también sobre la uniformidad de nuestra cultura, marcada por la desaparición de la trascendencia. Nuestra indiferencia creciente respecto a los antepasados y al culto a los muertos es significativa.
En la misma dirección que algunos de mis libros precedentes, de los cuales, sin embargo, me he distanciado algo, he intentado ir más adelante en las consideraciones que me interesan. Mi libro se divide en dos ámbitos: aquél en el que las tijeras de la Parca «cortan» -es decir, donde todo termina en la muerte- y el ámbito en el que las tijeras no «cortan»: la dimensión estática, el espacio del sueño, la región en la que un salto hacia lo trascendente abre un infinito. Doscientos ochenta y cuatro párrafos están jalonados de reflexiones sobre el arte, la ciencia. la técnica, la historia y el espacio-tiempo. Observo, por ejemplo, que la velocidad de la luz es, a ojos de la ciencia, la velocidad límite: ¡sin embargo, no alcanza la velocidad del pensamiento! El espíritu no tiene necesidad de ningún año luz para llegar a Sirio... Esta comparación explica, según yo, por qué se ha planteado tan tarde la cuestión de la velocidad de la luz. El libro indica también en qué sentido verá el siglo próximo, según creo yo, la aceptación de un lenguaje universal de la técnica en el cual se expresará el trabajador planetario en todas sus formas...
Creo, en efecto, que más allá de las grandes agitaciones que se han producido en nuestra historia desde la Primera Guerra Mundial (el hundimiento de las monarquías o de los Estados nacionales, las revoluciones o las guerras civiles), la única cosa que subsiste en el fondo y que domina en el último plano es la figura de lo que en 1932 llamé el trabajador planetario, que apunta, en realidad, hacia la movilización total de todo lo que existe...
En mi libro distingo por otra parte dos clases de revoluciones mundiales: las que han nacido, por ejemplo, con el marxismo y el nacionalsocialismo y las revoluciones terrestres, en las cuales, especialmente en la rebelión de la tierra, se ponen en juego poderosas fuerzas naturales e incluso cósmicas. Si las dos coinciden, la oleada puede hacerse gigantesca y transformarse en maremoto, en cataclismo. En esta escala, octubre de 1917 o el nacionalsocialismo pueden aparecer algún día como fenómenos de pequeña dimensión... Nietzsche decía que el peor error sería dudar de la voluntad de la Tierra... Y en esto, los Verdes van por el buen camino...
Experiencia de lo sagrado
-El trabajador planetario, determinado por el mundo de la técnica, le parece, pues, que es, en sus múltiples formas, la figura decisiva del hombre de los tiempos modernos. ¿Pero no es ésa una vida arraigada en una mitología personal?
-No es preciso comprender esta estructura sobre un plano sociológico o político, sino, ante todo, esencialmente mítico. El trabajador planetario no está todavía más que a medio camino entre el mundo antiguo de los dioses y el futuro de los titanes. Es una etapa de la voluntad de poder, una Figura que no se ha debilitado hasta ahora y que dominará, creo, el siglo XXI. Tengo razones para pensar que sólo después, en el siglo siguiente, el XXII, volverá a ser posible una edad de la trascendencia, una nueva relación con ella. En pocas palabras, una nueva experiencia de lo sagrado...
-Es cosa admitida que hay en determinadas obras, suyas -especialmente en «Sobre los acantilados de mármol»- toda clase de aspectos premonitorios.
-En cualquier caso, yo no había previsto que fuera a vivir la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial en París... verdad es que en una situación difícil. Me han preguntado a menudo: «¿Pero qué es lo que hacía usted en París durante la guerra?» Yo respondía: «Hacía lo que podía...»
Tampoco había previsto yo que fueran a invitarme en 1984 a participar en el homenaje ofrecido a las víctimas de las dos guerras, en compañía del presidente Mitterrand y del canciller Kohl, ni que fuera a recibir los honores de la guarnición de Verdún. Imagínese lo que sentí entonces...
Época ambigua
-¿Se puede saber lo que le dijo el presidente Mitterrand en el Elíseo?
-¡Ah!... ¡Me dijo, entre otras cosas, que en tiempos de Napoleón seguramente me habrían nombrado mariscal! Y puede que también en un siglo futuro. Dijo que vivimos en una época ambivalente, ambigua, en la que las cosas del pasado han perdido su valor, mientras que las nuevas no lo tienen todavía... Le respondí al presidente que pensaba, en efecto, que había aterrizado sobre nuestro planeta en circunstancias históricas desfavorables.
-Julien Gracq ha contado cómo descubrió, en 1942, en una biblioteca de estación la traducción de su novela «Sobre los acantilados de mármol», que acaba de aparecer en Francia, y del malestar que experimentó al darse cuenta que admiraba, en plena ocupación, el libro de un oficial alemán...
-Si... Lo recuerdo... Léautaud se lo dijo entonces a Florence Gould, y fue Jouhandeau quien me lo repitió...
-Su libro, que apareció en Alemania en 1939, narra la aniquilación de una civilización refinada bajo el embiste de un dictador bárbaro que llamaba usted el «Gran Forestal» y que encarna el odio a la cultura. Se vio entonces en él el retrato de Hitler. Su libro se ha considerado como un acto de resistencia contra el nacionalsocialismo, y le pudo costar caro.
-Documentos recientemente encontrados prueban, en efecto, que me libré de disgustos muy graves. No supe hasta entonces que la cosa hubiera llegado tan lejos y que hacia el final de la guerra, el mariscal Keitel y Martin Bormann se ocuparon tan especialmente de mi caso...
En 1939 corregí las pruebas de ese libro poniéndome mi uniforme de capitán. Mi hermano, Frederich Georg, me había dicho: «Van a prohibir el libro; vas a tener disgustos. En todas partes se dice que has dibujado el retrato de Hitler, de Goebbels y de algunos otros». Estaba yo en la línea Sigfrido cuando me enteré de que unos artículos publicados en Suiza y Estados Unidos presentaban mi libro como una crítica del régimen...
Libro premonitorio
-Posteriormente ha explicado usted que su intención no era señalar «directamente» ninguna actualidad política... Para usted, literatura y política son divergentes.
-Mi libro nació de un sueño y lo escribí en unas semanas, en nuestra tierra, la Baja Sajonia, e incluso en mi familia, muchas personas tienen visiones premonitorias: se ven muertos, accidentes, incendios... en mi libro tengo yo también la impresión de haber descrito incendios futuros. Y los peores combates... El libro parece también haber sido premonitorio en lo que se refiere a la atmósfera que precedió al atentado contra Hitler en julio de 1944, malogrado por una aristocracia que se había hecho demasiado débil para llevar a buen término un complot contra unos carniceros, pero lo suficientemente valerosa para salvar el honor...
En mi personaje del «Gran Forestal» quería yo entonces expresar la perversidad del mal hasta en sus raíces metafísicas, pintar el arquetipo de un dictador que puede surgir en todo tiempo. En esta profundidad, los trazos individuales se difuminan. La figura mítica correspondía a Hitler, pero podía también cuadrar con otros, con personajes de mayor envergadura, también demoníacos: con Stalin, entre otros.
Se puede decir hoy, por ejemplo, que no deja de tener algunos trazos comunes con un Jomeini, quien, según ciertas opiniones, encarna algo tan peligroso, pero más oscuro y aterrador: Jomeini era religioso, Hitler y Stalin no. En literatura, cuando se alcanza el centro, la circunferencia queda tocada por todas partes. Novalis escribió: «Lo que pasó en algún tiempo y en algún lugar, sólo eso es real...» De cualquier forma, ¡había algunas personas en el partido que sabían leer!...
Un puente de oro
-Muchos alemanes creyeron en Hitler en 1933 o fueron embaucados por él..., mientras que usted, que no era un hombre de la izquierda, se mantuvo desde el principio a distancia del nacionalsocialismo...
-Cuestión de gusto..., cuestión de estilo... Hitler era un personaje de saldo hacia quien, desde el comienzo, sentí desconfianza y aversión. La brutalidad, la vulgaridad y la ignorancia de los responsables del partido saltaban a la vista. Hitler sabía explotar para su propaganda todos los recurso de la técnica, y su impacto era inmenso cuando hablaba a las masas del Tratado de Versalles o cuando denunciaba las matanzas de los burgueses rusos por los bolcheviques, verdad que hacía correr un viento de pánico sobre toda la burguesía europea... Pero Hitler era un hombre anticuado..., «demodé», históricamente. Al lanzarse contra los judíos se separó de todo el mundo... En el porvenir, el Estado mundial no conocerá «razas»... No se había dado cuenta de que el caso Dreyfus había anunciado en cierto modo la victoria de las democracias sobre las fuerzas reaccionarias ...
-Muchos lectores se han sorprendido al descubrir en su diario que llamaba «Kniebolo» a Hitler.
-Esa clase de nombres surge generalmente de los sueños. La disposición de las consonantes compone una palabra fea y diabólica. Era lo que yo quería: Knie es rodilla en alemán, y Bolo, una especie de bola. Pero el análisis es posterior. Estas palabras surgen instintivamente, y las lenguas se formaron de esta, manera, sin duda. «Grangaznate», o también «Grangarganta», era Goebbels. A partir de 1933 había intentado ganarme para su propaganda, y en todas partes contaba que me había ofrecido un puente de oro.
-Durante su vida se ha librado usted de toda clase de peligros. En «Tormenta de acero» y en «Sobre los acantilados de mármol» evoca usted la existencia de una especie de escudo mágico que hace a veces invulnerable...
-Sí... A fuerza de escaparse se pregunta uno si será sólo el azar. A menudo me han dicho que he nacido bajo una buena estrella.
-¿Cuál es el mayor peligro del que piensa usted que se ha librado?
Creo que fue el día en que Hitler, de viaje, quiso verme en Leipzig, que estaba en su itinerario. ¡Por milagro, un cambio de programa lo impidió en el último minuto! Imagínese la continuación: ¡fotos que habrían dado la vuelta al mundo!... La ocasión única, para algunos, de derribarme un poco más después de la guerra... Recuerde a Heidegger...
-¿Se podría decir que. en cierto modo, la derrota de Alemania le salvó?
La verdad es que, después del atentado del conde Staufenberg, yo había pasado, sin saberlo, del rango de «sospechoso» y «derrotista» al de «individuo muy peligroso». Goebbels llegó a prohibir a la Prensa que citara mi nombre el día de mi cumpleaños.
Un documento del Tribunal de Justicia Popular, enviado a Martin Bormann y presentado a Hitler el 4 de diciembre de 1944, pieza que se ha encontrado recientemente, subrayaba mi derrotismo y mencionaba el «caso» de «Sobre los acantilados de mármol». Al leer esta carta comprendí por qué el mariscal Keitel y otros miembros del partido habían exigido entonces que presentara la dimisión del Ejército: era una maniobra para que me pudiera juzgar, no un Tribunal de guerra, sino el «Volksgericht», la autoridad política suprema del nacionalsocialismo... Pero Hitler -que tenía, sin duda, otras preocupaciones muy distintas- había dado la orden de abandonar (¿provisionalmente?) el caso...          
-Usted conoció bien a Heidegger. «El Trabajador» ejerció influencia sobre su pensamiento. ¿Cómo comprender su compromiso de 1933?
-Sólo he conocido a un hombre que me haya producido una impre­sión tan mágica como él: Picasso. Con Heidegger ocurría verdadera­mente algo. Nada comparable se ha intentado desde los griegos. Tomó partido en 1933 y pronto dio marcha atrás... No era más nazi ni antisemi­ta que usted o que yo... Me envió, cuando cumplí sesenta años, su carta sobre el nihilismo, que he co­locado en una vitrina al lado de una carta de Sade escrita en la Bastilla y del manuscrito de «La máquina infernal», que me regaló Jean Cocteau después de leer «Sobre los acantilados de mármol»...
-¿Ha seguido usted la polémica que se ha entablado a propósito de Heidegger?
-De bastante lejos. Es más fácil atacar a un hombre que tomarse el trabajo de comprender una situación. Para mí, la política era una tri­fulca, una reyerta, que observaba y experimentaba sobre el terreno en Berlín. En aquella época quizá ha­bría dado la bienvenida a una revo­lución nacional, incluso nacionalista, pero no, lo repito, con aquella gen­te. Heidegger, en Friburgo, no tenía ninguna experiencia directa de la vida política. Se puede incluso decir que en este aspecto era un inge­nuo. La polémica que se ha enta­blado no está a su nivel, con unas cuantas excepciones. Un libro de François Fédier que me han mandado de Francia dice cosas muy acertadas sobre este tema. Me parece además irrisoria esa saña por excavar en todo lo que un hombre ha podido escribir, decir o pensar a lo largo de su vida... ¿Quién es capaz de saber cómo interpretarán, dentro de cincuenta años, la entrevista que. tenemos en este momento?... Esa polémica demuestra en todo caso, desconocimiento del hombre e incomprensión de su pensamiento.
Cuando Heidegger murió, en mayo de 1976, fui a Messkirch con un pequeño ramillete de flores. Su mujer hizo abrir el féretro: el rostro de Heidegger era magnífico, muy presente. Deposité mi ramo en el ataúd y volvieron a cerrarlo. Su pensamiento se mantendrá en pie probablemente dentro de tres mil años.
- ¿Cuál es la cosa de su vida de la que se siente más orgulloso o que le ha dado más alegría?
-No lo repita usted: puede que haber visto en manuales de entomología ciertas mariposas y coleópteros que llevan mi nombre. Una admiradora de mi libro «Cazas sutiles» me llegó a regalar una corbata sobre la que están pintadas a mano dos de aquéllas.
-Así está usted seguro, en cualquier caso, de ser inmortal...
Jünger se ríe...
Frédéric de Towarnicki, ABC, 7 de julio de 1990, pp. 64-66