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jueves, 26 de septiembre de 2024

Entrevista de Antonio Fernández Molina a Juan-Eduardo Cirlot (Baleares, 5 Noviembre 1967 - Pág. 28)

 


JUAN-EDUARDO CIRLOT

CON SUS MISMAS PALABRAS

«Sólo los simples pueden creer que, para ser social, la literatura ha de tener tema social»

«Kafka es un escritor social inmenso»

En la calle Herzegovina, 33 de Barcelona, donde reside, visito al poeta y crítico de arte Juan-Eduardo Cirlot. Es la primera vez que me pongo delante de este hombre del que he leído cuantos libros han caído en mis manos. Le visito con la certeza de que voy a ver a un hombre distinto. Cada hombre es un hombre distinto pero este, además, lo es por naturaleza de sus preocupaciones. Cirlot parece como si viviendo en este mundo tuviera puesto sus ojos uno ante un paisaje del Egipto faraónico, otro ante un paisaje lunar. Entro por un pasillo y sale a recibirme a mitad de camino de despacho. Estoy ante un poeta. Y trato de descubrir en sus facciones, en su mirada, la correspondencia con sus versos. Y poco después sentado frente a frente contesta a mis preguntas.

—¿Los viajes, han supuesto para usted una experiencia aprovechable?

—Los viajes, en general, no me han servido. Pero algún viaje sí. En especial uno que realicé, hacia 1960, a Carcassonne, solo, como llamado por algo o alguien (que luego no encontré allí, en la ciudad murada). Al regreso, en el tren, me hice una profunda herida en la mano derecha. ¿Auto-castigo por haber querido penetrar o llegar a donde yo no debo?

—¿Cuándo empezó a escribir y que le movió a ello?

—Empecé a escribir en la guerra. Me movieron a ello dos razones, mejor dicho, dos causas: la necesidad de expresión construida (en imposibilidad de manifestarme en música, que estudiaba en 1936 y era entonces, creía, mi vocación) y el amor. Antes, de todos modos, había hecho ensayos, versos ocasionales, relatos de sueños. Escribí un Diario entre 1937 y la actualidad, que destruí, por fracciones en diversas épocas.

—¿Qué lugar cree que ocupa la literatura en la sociedad, y en su vida.

—La literatura, en la vida, ocupa el lugar del confesionario. En la sociedad el del sismógrafo. Sólo los simples, en todos los sentidos, pueden creer que, para ser social, la literatura ha de tener tema social. Kafka, profeta, es un escritor social inmenso. Y nadie más ausente de toda sociedad, de todo mundo.

—¿Cuál cree que debería ocupar?

—El que ocupa.

—¿Qué opinión le merece la literatura española contemporánea? ¿Cree que hay un avance respecto a la que se hacía treinta y cinco o cuarenta años atrás? ¿Qué lugar ocupa la literatura española actualmente respecto a la mundial y respecto a la hispanoamericana?

—Creo que la literatura española es más triste que la extranjera; menos valerosa metafísicamente. La actual todavía acentúa estas condiciones negativas. La fuga es hacia lo místico o hacia lo retorcido. Puede ser hacia lo hermético, como en mi caso.

—En caso de que se viera en la precisión de salvar cinco o seis libros únicamente, ¿cuáles elegiría? ¿Cuáles sentiría especialmente no salvar?

—De salvar los consabidos libres que “deben” ser salvados, elegiría un tratado de matemáticas muy completo, los Evangelios, el Zohar, los poemas de Edgar Poe y mi Diccionario de Símbolos.

—Además de en la literatura, ¿en qué otra cosa le gustaría destacar?

—Me gustaría destacar en la guerra. Es decir, en la guerra anterior a Hiroshima. Más que ser Horacio hubiera querido ser un jefe de legión, romano. Más que ser Dante, el rey San Luis en las cruzadas. Ya más cerca, me hubiera conformado con ser general de la Wehrmacht, con la cruz de hierro con brillantes y espadas, a pesar de la derrota alemana.

—¿Trabaja despacio o deprisa? ¿Cuál es su método?

—Escribo deprisa. Maduro muy despacio los libros, en especial los de poesía. Con frecuencia sin saber que esto sucede. A veces, los libros de prosa (ensayos, crítica, historia del arte) los proyecto años antes de hacerlos. Se van estratificando, casi diría petrificando antes de cristalizar.

—¿Piensa dejar de escribir algún día? ¿Por qué? ¿Cuándo?

—Pienso dejar de escribir antes de darme cuenta de que la muerte se acerca. Por dignidad.

—¿Le interesa la literatura de vanguardia?

—Sólo me interesa la literatura de vanguardia. Pero procuro insertarla en la tradición. O hacer que reaparezca lo tradicional en lo vanguardista.

—¿Cree que la literatura está en decadencia y que cederá el puesto a cualquier otro medio de expresión?

—La literatura no está en decadencia. Si es substituida por otro medio de expresión, ella no le habrá cedido su puesto. Ese puesto es único, central entre la plástica y la música, entre la ciencia y la pasión de vivir.

—¿Qué piensa de su propia obra? ¿Dónde la sitúa?

—Mi propia obra es sólo un “resto” de lo que creo hubiera podido hacer. No me identifico con mi cerebro. Mi alma es superior: hubiera querido disponer de más inteligencia, de más pureza, de más locura además. Por ejemplo, el Nerval de Aurelia es superior al de Las Quimeras. Mis obras se mueven al nivel de estas, no de aquélla. En presa, es importante (me figuro) con el Diccionario de Símbolos haber dado nueva vida a un género, los tratados, alfabetizados por lo común, de simbolismo, emblemática, etc., que cuenta con más de 3.000 títulos entre 1500 y 1750, y que luego se perdió, hasta que yo lo reencontré presionando por la necesidad de explicarme hechos -como el que antes cito de Carcassonne, o sueños (muy corrientes en mí, extraordinarios) o imágenes poéticas o pictóricas.

—¿Qué opinión le merece la literatura autobiográfica?

—Puede ser buena. No para mí. Por eso destruí el Diario. No hay que dar explicaciones.

—¿Cuál es el escritor de cualquier país y de cualquier época, que más le interesa?

—Me interesan: Novalis, Poe, Hölderlin, Chrétien de Troyes, Wolfram de Eschenbach, William Blake.

—¿Si no pudiera escribir, que haría?

—Escribiría aunque no pudiera.

Al despedirme de este poeta tengo la sensación de que he estado por algún tiempo al lado de un hombre que habita otros pensamientos y piensa otros lugares. Desciendo a la superficie y deambulo, un poco al azar, por las calles laterales hacia el centro de Barcelona.

ANTONIO MOLINA, Baleares, 5 Noviembre 1967 - Pág. 28.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

"Una obra poética y curiosa: El Diccionario de Símbolos". Entrevista de Antonio Molina a Juan Eduardo Cirlot (Antonio MOLINA, Baleares, 25 de mayo de 1969.)

 


JUAN EDUARDO CIRLOT

CON SUS MISMAS PALABRAS

UNA OBRA POETICA Y CURIOSA: EL DÍCCIONARIO DE SIMBOLOS

ENTRE la abundante labor literaria de Juan Eduardo Cirlot, destacado poeta y crítico de arte, sobresale especialmente su preocupación y su conocimiento de la simbología de la que hay constantes muestras en su obra, tanto en sus estudios y comentarios de pintura, como en su poesía, íntimamente publica con mucha frecuencia, una serie de libros que sitúan a su poesía dentro de la corriente universa] que desde hace siglos viene sustentando estas preocupaciones. La serie de 8 libros dedicados a Bronwyn (la que renace eternamente de las aguas) es un caso excepcional y sobresaliente en nuestra poesía.

Recientemente ha publicado en la Editorial Labor la segunda edición de su «Diccionario de Símbolos». Esta edición, revisada y ampliada, es el libro, de todos los publicados por el autor y de cualquiera de los géneros que ha tratado, que goza de sus preferencias. No es solo un libro de consulta sino que, además de un diccionario, es un libro de lectura, un libro de lectura apasionante como lo pueda ser una bella y poética, a la par que pavorosa, novela de ciencia-ficción. En este libro el poeta y el científico se dan la mano. El intuitivo y el erudito conviven, pero siempre guían el poeta y el intuitivo, pues es un libro al que precisamente la intuición es la que le da ese hálito de misterio, de poesía y de alucinación que trasmite su lectura, libro, también que hubiera sido imposible hacer, sin una larga dedicación y sin muy vastos conocimientos pero cobre todo, sin una decidida vocación y atracción hacia el tema.

El libro, además, está magníficamente ilustrado a lo que ha contribuido el extenso conocimiento, en el tiempo y en el espacio que su autor tiene, en et terreno de las artes plásticas.

Nos entrevistamos con el autor para que nos explique y aclare algo del cómo y el qué de este libro, nuevo en la bibliografía hispana, aparecido recientemente en la Editorial Labor, S. A. de Barcelona.

—¿Cómo surgió en ti la idea de hacer un diccionario de símbolos?

—La forma alfabetizada me pareció la más clara para el lector, pero desearía que mi libro no se considerase obra de consulta sino de lectura, y que se leyera como una novela desde el principio al final. Muchos símbolos tienen relaciones profundas entre sí, y no es posible llegar a comprender a fondo su sentido más que en el contexto general de la obra y dentro de la corriente de la simbología tradicional y científica.

—¿Tradicional y científica se diferencian?

—No. Se complementan. La simbología es, de un lado, una herencia recibida de las religiones antiguas a través de la cultura alejandrina (s. III D.J.) y de diversos centros de la Cristiandad occidental, Bizancio e Islam. De otro lado, es una propensión del pensamiento: pensar por imágenes, o ideación mítica. En este sentido, la simbología fue redescubierta desde finales del siglo pasado por esotéricos (Guenon, Enel), antropólogos (J. Frazer. Eliade, Schneider) y por los psicoanalistas (Freud y Jung, entre otros).

—¿Puedes señalar razones subjetivas para tu libro?

—Sin duda y varias. 1) Mis frecuentes sueños, más bellos y prometedores que angustiosos; 2) Mis poemas, que me ponen en contacto con un «idioma» que creo espontáneamente cargado de símbolos e imágenes; 3) El arte, en el que siempre me ha interesado más a trasfondo que el valor estético. Así hice mi libro «Significación de la pintura de Tapies» (1962) para esclarecer qué pueden significar las imágenes abstracto-informales de ese artista; 4) Mis años de amistad con el eminente antropólogo y simbólogo Dr. Marius Schneider, que residió en Barcelona en 1944-1952, y cuyas obras me afectaron intensamente.

—¿Has escrito obras simbológicas?

—Libros no todavía, pero si artículos, sobre Símbolos cósmicos: «El ojo en la mitología y su simbolismo», «Simbolismo de la esvástica», «Bronwyn». Recientemente di una conferencia sobre la aplicación del simbolismo a un argumento cinematográfico.

—¿Qué relación hay entre signo y símbolo?

—La diferencia es más de uso que de fondo, aunque el empleo repercute en la «forma» del hecho. El signo es utilitario; por ejemplo, los signos convencionales de las diversas técnicas, desde las matemáticas a la arquitectura o la señalización del tráfico. El símbolo es una vivencia, un medio de conocimiento, y presupone una concepción del mundo por la cual el universo se hace transparente: cada cosa es un símbolo, o sea, un puente hacia la trascendencia y el mundo del espíritu.

—¿Proyectas más libros sobre el tema?

—Desearía escribir tres libros más sobre símbolos. Uno sobre lenguaje, en el que trataría del pensamiento poético y su empleo del símbolo; otro sobre el simbolismo gráfico (no la Semiología, que se ocupa de los signos gráficos); y un tercero sobre simbolismo y expresión en música, desde el acorde a la polifonía.

—¿Has trabajado mucho tiempo en el Diccionario de Símbolos?

—Para la primera edición varias horas al día durante cuatro años (1954-1958), entre lecturas —necesarias para invocar el principio de autoridad, lo que es necesario en una ciencia sin arraigo en España— y luego, para la segunda, un tiempo equivalente pero no sistemáticamente aplicado entre 1958 y 1968; escribir un libro obliga a leer cuanto de importante se va conociendo en la materia. Máxime cuando ésta se halla en una zona que se aparta de ese conocer informe que nos llega sin advertirlo, cual sucede, por ejemplo, en arte actual, o en hechos sociopolíticos.

Según nos dice Cirlot, la finalidad de su libro es aclarar la «sintaxis simbólica» que se produce en el pensamiento humano, o en sus obras. Lo que significa el rojo, el cuatro, el águila, la espada, por oposición al verde, al círculo, al león, al puñal. Lo que significan las zonas del espacio, los números, los signos zodiacales, etc. Es un libro que interesará a los poetas, literatos en general, artistas e historiadores del arte. Y, naturalmente, a los psicólogos, psicoanalistas y simbólogos principalmente.

La primera edición se publicó en 1958 y la obra, fundamental en la bibliografía dedicada al tema se publicó traducida al inglés en 1962.

Antonio MOLINA, Baleares, 25 de mayo de 1969, p. 25.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Entrevista a Leopoldo Azancot (Pueblo Literario, 14 de mayo de 1978)


El crítico y el novelista
Leopoldo Azancot
A un año de la aparición de La novia judía, su primera y hasta ahora única novela, sigue siendo noticia: prohibida en Argentina por su indudable caga «subversiva», y excluida de las deliberaciones de los Premios de la Critica par la condición de tal de su autor, sus ediciones se suceden a pesar del desdén editorial, más interesado, a la que parece, en Palominos, Vizcaínos y Ginorellas. Pero éstos son impedimentos mandarinescos que no hacen sino añadir atractivos del libro y a la figura independiente de su autor.
Nacido en Sevilla a mediados de los años treinta y descendiente de judíos tangerinos convertidos al cristianismo, a fines del siglo pasado, Leopoldo Azancot constituye un caso insólito en la especie literaria española. Hombre tan culto como reservado, tan tímido como contundente, ha esperado a los cuarenta años para publicar una novela que venía incubándose desde quince años atrás. Y los resultados no han podido ser más positivos, de novia judía» ha sido edificada por algún critico como una de las mejores novelas escritas en castellano dormite el último siglo. Pero su éxito no se detiene en las apreciaciones de la crítica, ni cesa en el interés de los lectores.
Precisamente en estos momentos están en marcha la versión al inglés —en los USA—, al francés —por el mismo traductor de Aleixandre, para Gallimand— y al polaco, y al rodaje de uno película dirigida por Luis Revenga. Entre medias, le han sido otorgados el premio Reseña a la obra más renovadora del panorama cultural español de 1977 y el premio Zigurath como mejor novela publicada en lengua castellana durarte el mismo periodo.
«Como novelista, empecé a respirar a la muerte de Franco»
PREGUNTA. – Tu carrera como escritor de ficción surge precisamente con el fin formal del franquismo. Como supongo que este dato no obedecer a la simple curiosidad, ¿qué significado tiene para ti?
RESPUESTA. — La creación literaria o artística sólo es posible en el ámbito de la libertad. Y, por tanto, resulta incompatible con una dictadura. Se me argüirá que aun en el seno de la peor dictadura cabe preservar la libertad interior; pero a esto yo contestaría que la interioridad del hombre no es un comportamiento estanco y que dicha libertad interior resulta siempre precaria e insuficiente para realizar en plenitud una obra de vasto aliento, como una novela. En cuanto novelista, yo sólo he empezado a respirar a la muerte de Franco: sentí como si me quitaran una losa de encima, comprendí que en adelante escribir novelas me sería extremadamente fácil —de golpe, establecí el proyecto de las diez novelas que escribiré en los próximos diez años.
«El sionismo, un problema de supervivencia»
P.-Se ha afirmado que tu novela es doblemente heterodoxa; rescata una tradición cultural maldita y lo hace a través de textos proscritos o apócrifos que no son los sacralizados ¿Además de revancha frente a la España intolerante que cercenó aquel miembro de sí mismo que era la España judía, lo es también frente al mundo judío establecido, frente al sionismo?
R.—En el judaísmo no hay nada semejante a una Iglesia, con sus jerarquías y sus dogmas. La ortodoxia así nace de la tradición —una tradición que acepta los contradicciones en su seno— y del consenso —lo que la comunidad opina en un momento dado—, y, por consiguiente, las fronteras entre ortodoxia y heterodoxia son borrosas y cambiantes. 
Frente al sionismo mi postura es muy clara: para mí no se trata de una cuestión intelectual o ética, sino de un problema de supervivencia. Israel debe permanecer con las máximas garantías de seguridad. Cueste lo que cueste.
«La represión intelectual y la sexual van siempre unidas»
P.—Tus planteamientos eróticos en La novia judía, que reivindican la androginia como modelo límite de subversión, han escandalizado a diestra y siniestra. Además de reivindicar aquella España plurirracial, en la que erotismo y religión no eran términos excluyentes, ¿consideras que la represión de la inteligencia y del sexo van siempre de la mano?
R.—Yo debo de ser subversivo por naturaleza, pues nada de lo que digo en La novia judía —que indudablemente ha escandalizado a muchos, como me prueban conversaciones, ciertas críticas y una divertidísima correspondencia recibida por mí al respecto— me parece que apunte hacia la subversión. Me sirvo del tema de la androginia como hipótesis de trabajo, a partir de la cual estudiar de manera nueva el sexo, y como modelo que amplia nuestro horizonte vital.
Al margen de esto, pienso que la represión intelectual y la sexual van siempre unidas, quizá porque ambos ámbitos —el erótico y el de la inteligencia— configuran el reino de la libertad. ¿No has advertido que la gente enloquece cuando las coacciones exteriores, uno vez interiorizadas, le impiden ser libre sexualmente, ser fiel a la forma de su deseo? La dictadura militar argentina no se ha equivocado, por consiguiente, al prohibir mi novela.
P.—Indudablemente, tu nóvela aparece estrechamente vinculada a la visión del mundo que nos aporta la narrativa judía universal. ¿Cuáles serían, a tu juicio, los rasgos distintivos de esta narrativa específicamente judía y tu aportación y coincidencias?
R.—La novia judía tiene relación con la narrativa judía moderna, sólo en tanto en cuanto esa narrativa y mi novela dependen de modelos literarios judíos antiguos. Los profesores de Semíticas de la Universidad Complutense, con los que he tenido una reunión de estudio sobre La novia judía, me han hablado de 1a presencia en ésta de rasgos de te literatura rabínica y de las magamas medievales. ¡Ah! La escena del dibbuk, en la primera novela de Singer, quizá sea el origen de todo mi libro. Para terminar: yo creo que lo que determina mi inserción en la tradición judía es, más que las formas literarias, ciertos modos de pensar estrictamente hebraicos, que me son connaturales.
«La novela andaluza posterior a la guerra civil es superior a la poesía»
P.—Por otra parte, tu novela es susceptible de ser inscrita en el ámbito de la cultura andaluza, en una actualización del barroco a través de una escritura narrativa moderna y actual. Insistiendo en esta dirección, ¿qué característica señalarías tú como definitoria de la cultura andaluza?
R.—La novia judía no es una novela andaluza. Tampoco es una novela barroca —a no ser que demos validez a la para tal espuria dicotomía entre clásico y barroco; pienso que barroco es una categoría histórica sin vigencia en nuestro tiempo—. Yo, en cambio, me siento profundamente andaluz. Tal vez, porque en Andalucía pervive de alguna manera la herencia del judaísmo y del Islam —me considero, obvio es decirlo, incompatible con el llamado «espíritu tradicional español»—. Por lo que respecta a la cultura andaluza: lo que la diferencia de las restantes peninsulares es que en ella pervive el eco de otras muchas, antiquísimas, lo cual la confiere una libertad admirable.
P.—Tradicionalmente, la novela andaluza no ha estado a la altura de la poesía andaluza. Se ha llegado Incluso a afirmar —con esa proclividad tan nuestra para el dogma— que el género narrativo era incompatible con el carácter andaluz. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, los novelistas andaluces parecen más boyantes que los poetas.
R.—Efectivamente, en la actualidad la situación aparece invertida: la novela, andaluza posterior a la guerra civil es superior a la poesía escrita en el mismo periodo. Caballero Bonald y Grosso —el Grosso de Guarnición de silla y Florido mayo— no tienen parejos en el campo de la lírica, hoy por hoy. Me parece, sin embargo, que se está esbozando un renacimiento poético andaluz. Y no hay que olvidar que Caballero Bonald es tan buen poeta como novelista.
La poesía, un vicio solitario
P.—Aunque has publicado algún poema suelto, por lo visto todavía no ha llegado el momento oportuno para tu presentación como poeta. Adelantándome a los acontecimientos, me gustarla conocer tu concepción de la escritura poética, tus preferencias como lector, y pedirte un breve diagnóstico sobre la situación de la poesía española.
R.—Yo descubrí la poesía a los dieciocho años, gracias a Rilke, Y de inmediato empecé a escribir poemas. Tras veinte o treinta de éstos muy marcados por el autor de los Sonetos a Orfeo, encontré mi voz propia, y pronto tuve material para un libro. No hice nada para publicarlo, sin embargo, porque ya entonces me encontraba frente a un problema que aún no he resuelto: cómo escribir poesía épica (narrativa), moderna y personal. En este sentido, el paso más avanzado que di hasta ahora fue un poema largo que apareció en «Informaciones» hace tres años. Mi interés por Segalen —a quien, como sabes, he traducido— se debe a que, en buena parte y a su manera, él logró resolver el problema en cuestión.
La poesía que se hace hoy en España me parece excesivamente dependiente del pasado inmediato —esa generación del 27, que, a escala Intencional, no es tan grande como se nos quiere hacer creer—. En los mejores casos —Bousoño, Brines, Caballero Bonald—, se trata de una poesía muy bella, muy bien hecha, pero limitada. Siguen faltando aquí poetas, como Jouve o Char, como Trakl o Celan, como Biely o Blok, de los que esperar iluminaciones. De cara al futuro, yo destacaría a Gamoneda, un poeta insólito, en el que la pasión verbal, exasperada, hace estallar el espejo del mundo en mil pedazos, en mil imágenes sin precedentes.
«La literatura española carece de ideas»
Culto, inteligente, agudo, contundente. Casi dos décadas en el ejercido militante de la crítica avalan la autoridad de sus Juicios. Miembro de la Asociación Internacional de Críticos literarios y del Jurado de los Premios de la Crítica. Traductor de Segalen y editor de la poesía de Cirlot, su agudeza analítica —de la que son testigos semanales los lectores de este suplemento— y su conocimiento puntual de las literaturas extranjeras le sitúan en una posición privilegiada para la valoración rigurosa y sin chauvinismos de nuestra producción literaria. 
R.—A partir del siglo XVIII, la literatura española se ha caracterizado globalmente por su ausencia de ideas, y esto es lo que la diferencia de la europea, Durante casi cuatrocientos años, aquí se ha confundido literatura con retórica: se creía que hacer literatura era decir lo de siempre —ideas podridas y sin vida—, pero de diverso modo. El conformismo vital ha impedido, además, que el escritor se abocara a experiencias interiores de alguna entidad: ningún Nerval. Aquí —«suspirillos germánicos», todo lo más—, ha habido que esperar a la aparición de algunos poetas de nuestro siglo —Lorca, Cernuda, el último Juan Ramón, Juan Eduardo Cirlot—, para que la situación empezara a cambiar. En el momento actual existen las condiciones necesarias para que la homologación entre la literatura española y la literatura europea y norteamericana se produzca, para eliminar él secular atraso de la española; pero no nos engañemos, esto aún no se ha producido.
P.— En tu labor crítica se aprecia una continua atención a géneros habitualmente despreciados como subgéneros: la ciencia-ficción, la novela policíaca, la literatura fantástica…¿A qué se debe, en tu opinión, la poca fortuna de este tipo de literatura entre nosotros?
R.— La chusma ilustrada ha creído, tradicionalmente, que literatura es sinónimo de aburrimiento. De aquí, la condena de parcelas tan importantes de la literatura, como la fantástica, la SF, etc. En España, el problema se agrava, debido a que la desconfianza de la Iglesia frente a la imaginación ha sido heredada por todo tipo de reformistas y revolucionarios —entre los que siempre abundaron los curas á rebours ¿No te has dado cuenta de que aquí se oscila siempre, entre la convicción de que la literatura no sirve para nada y la idea de que la literatura sólo debe servir para una cosa —libertar al proletariado, por ejemplo—, que alguien, dogmáticamente, se encarga de detonar? El pueblo —los no «ilustrados»—, en cambio, siempre han tenido gusto por la literatura imaginativa; gusto que ha tenido que satisfacer con productos ínfimos —folletines pliegos de cordel, etc.— debido a que los escritores «cultos» no condescendían a apearse de su vaciedad aburrida. 
P.—Función de la literatura.
R.— Creo que son varios las funciones de la literatura. Ante todo hacer acceder a una trascendencia específicamente humana. Luego, sacar a la luz zonas ocultas de nuestra conciencia y revelar las infinitas virtualidades del hombre. Por último, dar acceso al mundo de lo imaginario, que es uno de los más importantes en el sistema de la libertad. 
«Los escritores como Cela y Torrente me enferman»
Hablamos de la literatura española de posguerra, y le pregunto por su juicio o interés como crítico y como autor, respecto a esta época literaria.
R. —El balance de la literatura dé éstos cuarenta últimos años es negativo si se toma como punto de referencia la producida en los cuarenta años precedentes. Para mí, lo más válido del periodo franquista es la obra y la figura de dos hombres: Juan Gil-Albert y Juan Eduardo Cirlot. Quiero señalar, no obstante, como algo positivo el hecho de que durante estos cuatro últimos decenios se sentaran las bases de una novelística; la novela española no ha existido con posterioridad al barroco, a pesar de la existencia de novelistas aislados tan notables como Galdós.
P.—Y extendiendo la revisión al conjunto de la historia literaria española, ¿Qué zonas o autores interesan más y por qué?
R. —Me interesa, sobre todo, la literatura de la Edad Media. También la renacentista y la barroca —aunque en ellas me siento con frecuencia incomodo: él «espíritu tradicional (reaccionario) español» me histeriza (Lope, Quevedo)—. Del XVIII y del XIX no acostumbro a leer nada. Del XX, Lorca, Cernuda, la prosa de Juan Ramón Jiménez, el teatro y las últimas novelas de Valle-Inclán, Gil-Albert, Cirlot y poco más. Los escritores como Cela y Torrente Ballester me enferman, y también los pseudovanguardistas de última hora.
P.—¿Cómo definirías la figura del intelectual? 
R. —Yo no sé quiénes son los intelectuales. ¿Acaso los novelistas, los poetas o los filósofos cuando hablan o escriben de algo que escapa del marco de su especialidad? ¿Los que han recibido un barniz universitario? ¿Los que han leído más de diez ensayos o alguna obra de... (bueno, omitamos el nombre).
«Me interesan los malditos, porque todavía no han sido pasto de tontos»
P.—Tu labor de critico denota cierto gusto por los malditos...
R. —Me intereso por los escritores que llamas malditos par dos razones: porque si no han logrado la notoriedad merecida es a causa de que sus respectivas obras se distancian de las «oficializadas» en el sentido de la profundidad; porque esas obras, al no haber sido aún pasto de tontos me permiten mantener con ellas una relación directa, más gratificadora. Yo, que admiraba mucho a Bataille, no puedo leerlo ahora sin que entre el texto y mis ojos se interpongan los rostros de algunos de sus turiferarios oficiales. ¡Una experiencia que no deseo a mi peor enemigo!
P.—¿Qué virtualidades encuentras en este tipo de autores? ¿Quiénes serían,  a tu juicio, los malditos españoles de ayer y hoy?
R. —Ningún escritor es maldito en sí: lo hace maldito la sociedad de su tiempo. Por lo común, es un escritor que va por caminos no frecuentados por el resto y que no sabe o no quiere facilitar al lector las indicaciones que le permitirían comprender de dónde viene y hacia dónde marcha. Un escritor maldito de hoy podría ser, por ejemplo, aquel que, reaccionario políticamente, abordara una indagación espiritual inédita. Nunca, en cambio, un marxista, un freudiano o un neodemócrata podría acceder a la condición de tal.
Para que exista un escritor maldito hace falta una cierta tolerancia de la sociedad, y desde 1492 —salvo en lapsos breves e insuficientes— aquí no la ha habido. Los malditos, pues, hay que buscarlos en el exilio: Delicado, Blanco White. Por otra parte, la presión de la Iglesia española era tan feroz, que polarizaba por completo las energías mentales de todos, aun después de haber perdido parcialmente aquélla su poder omnímodo, y no es con anticlericalismo, ni con clericalismo de signo invertido o no, con lo que se hace un escritor maldito.
«Taller de Cultura», una revista pluralista, antidogmática, exaltadora de la libertad 
Desde hace tres meses, Leopoldo Azancot trabaja intensamente en la preparación y lanzamiento de una revista cultural nueva, con un equipo en el que estoy como redactor-jefe, y Luis Suñen, como coordinador. Mi charla con Leopoldo Azancot se desarrolla en su despacho de director de Revista de Cultura. La sede de la revista se encuentra en un cómodo y silencioso edificio decimonónico, en el número 5 de la calle Jovellanos, frente al teatro de la Zarzuela. La entrevista se ve interrumpida, de vez en cuando, por las llamadas telefónicas, y, con menos frecuencia, por las consultas de su equipo. El número 1 y está a punto de salir a la calle, y la actividad que se detecta en la Redacción revela el nerviosismo del primer parto. Pero a la hora de hablar de la revista, Leopoldo prefiere que estén todos presentes y aporten su punto de vista quienes con él comparten responsabilidades. 
R.—Si queremos que la democracia se afiance, es preciso extenderla al campo de lo cultural. «Taller de Cultura», modestamente, aspira a ello. Será, por tanto, una revista pluralista, antidogmática, exaltadora de la libertad, no manipulada políticamente. Una revista que, sin renunciar a la necesaria jerarquización de los hechos culturales, no se sirva para realizar ésta de criterios extraculturales. Una revista abierta a la disensión civilizada, dominada por el espíritu crítico, sabedora de que no existen verdades absolutas —excepto, si se quiere, en el ámbito de lo estrictamente personal—. Una revista, en fin, donde la convivencia se rija por unas intangibles reglas de juego, donde no se dé cabida a totalitarismos, mentales o no, de ningún signo: el punto de confluencia y la plataforma de aquéllos para, quienes la democracia, el respeto del otro y de sus ideas no son meras palabras.
Durante la conversación surge el tema del PEN Club, tan contestado en el momento de su reconstitución, después de estar cuarenta años prohibido. Y con el tema, la noticia del próximo Congreso Internacional en Estocolmo, al que asistirá una delegación de la Junta directiva provisional del PEN español. Leopoldo es uno de los elegidos y debo tener ciertos ideas doras sobre la funcionalidad de este organismo y las tarcas más urgentes a desarrollar por el PEN respecto a nuestra cultura.
R.—Debido a su corta existencia. el PEN aún es prácticamente nada. Yo creo que puede servir para representar a los escritores españoles en el extranjero —durante los últimos cuarenta años hemos estado comunitariamente ausentes del mundo—, para vigilar el respeto a la libertad intelectual en el marco de la democracia, para establecer lazos de unión entre los escritores en el plano intelectual —para asegurarlos en otros planos resulta imprescindible la creación de un sindicato, o la potenciación de la Asociación ya existente, a más del apoyo parlamentario de los partidos. 
«Mi segunda novela será política»
¿Quién entre los lectores de La novia judía no se ha preguntado en alguna ocasión qué rumbo seguirá la segunda novela de Leopoldo Azancot? O sea, que volvemos al principio, a la novela, a la obra en curso de este autor.
R.—Mi segunda novela —que, de no ser por «Taller de Cultural», ya estaría terminada— será una novela política sobre loa primeros meses de la guerra civil. De corte realista atenderá a mostrar las motivaciones profundas de la derecha con respecto al Alzamiento, a explicar la crisis de algunos falangistas frente a la evolución política de aquellos momentos, a sacar a luz la diversidad de corrientes y opciones vitales existentes en un bloque —el derechista— que se tiende a considerar, equivocadamente, como monolítico. Yo quisiera acertar a mezclar en ella lo individual y lo colectivo, lo histórico y lo imaginarlo, lo objetivo y lo subjetivo. Yo quisiera, en fin, hacer más comprensible aquel periodo, romper la costra de malentendidos y tópicos que lo envuelve, revelar algunas de las razones desdeñadas o ignoradas de su insoportable dramatismo.
Ernesto Escapa, Pueblo Literario, 14 de mayo de 1978

viernes, 12 de octubre de 2018

[Poema de homenaje a Juan Eduardo Cirlot] J.-E. C de Manuel Segalá (Espadaña, nº9, 1944)


J.-E. C.

Vibras en el jardín del desvelo nocturno
enloqueciendo rosas casi deshabitadas
por un cielo sin rayos, máuseres o pistolas
que asesinen manzanas y reduzcan sonidos.

No tengo tu silencio ni tu sueño. No tengo
tu muerte derrotada por mar y acantilado,
ni tengo tus pupilas quemadas por auroras
ni tus manos desnudas de amistosos goniómetros.

Estás muriendo tú —amor y odio sin muerte—
convertido en desierto de osamentas fingidas
y en cráteres borrachos de miedos alocados
 que ignoran la caricia de una madera muda.

Las termitas del odio van cavando cavernas,
carcomiendo tu ser de barro sin paisajes
que se derrite en lunas de soledad hastiada
y en noches malheridas por guitarras sin fin.

Tres princesas egipcias buscan tu soledad,
tu soledad de muerto con crímenes perdidos,
soledad sin vuelos de pájaro desnudo,
tu sola soledad de solitaria virgen.

Estás encarcelado y te muerde la serpiente
 que, cobarde, no sabe de tus pulpos enormes
ni de verdes tentáculos persiguiendo tu sexo
hallado por caminos de miedo y de furor.

Tú sabes de horizontes con voz de tigre blanco
y de dulces mujeres que gritan con sus manos
adioses de paloma y ayes de gavilán
a tus verdes cabellos incendiados por soles.

Tú sabes y no sabes. Tú elevas tus miradas,
tus dardos y tus odios hacia un cielo nublado
por la sangre que mana de una herida no abierta
en la nuca del árbol de tu lengua desnuda.

Y tus dedos recorren la delgadez de un muslo
que finge ser un aire convertido en cilindro,
un aire de columnas invisibles y muertas
que construyen el templo de tu noche angustiada.

Y tus pómulos arden fiebres de arco tendido
con flechas que seccionan yugulares borrachas
y trepidan con pulso de paloma pantera
y desnudan sonrisas como mujeres fáciles.

Yo quisiera cantarte con perfil desvelado
y decir que en tu voz hay dientes de locura,
que tiembla como el sexo de cualquier hembra en celo
o como un gran misterio encerrado en tu boca.

Y hablarte de tu frente, de tu frente tan pálida,
de tu frente sin llantos que lloren frías máscaras,
de tu frente que sabe del batir de las alas
de una gaviota verde posada en tu cabeza.

¡Oh, tus sienes! Tus sienes de amapola y de luna,
tristes sienes que rugen amaneceres blancos;
sí, de ellas quiero hablarte cuando las multitudes
las tomen estandarte de sus furias coléricas.

Ahora no. Yo no quiero que detengan su pulso
ni que callen su voz. (Escucho muchas voces
que cuentan hasta mil trescientos treinta y ocho
y no saben que dos más dos más dos son seis).

No sé por qué permites que las hormigas corran
por el mar de tus ojos y los vayan royendo
con sus agudas pinzas y sus reflejos negros
cuando existen los árboles derramados en verde.

No, nunca tu cerebro estuvo atado y muerto
por aquellas tenazas que todos hemos visto.
No. Tu cerebro es dulce y es alto y es hermoso:
tan blanco como un nardo, tan gris como el cemento.

Cuántos senos y muslos tan dulcemente dulces
 han soñado tus manos siempre engarabitadas
en aquellas tus noches sin retorno posible, e
n aquellos tus días de llegada nublosa.

Tus manos cercenadas por cuchillos histéricos
aprisionan un pájaro entre papeles rotos
y desnudan cien vírgenes con sus dedos tan fríos,
cien vírgenes halladas en un mar de ceniza.

Una cuerda sujeta los dos polos magnéticos
que emanan maxilar y pubis enlazados
y runrunea músicas y alaridos negros
que destrozan tu tímpano de manzana madura.

Jota, E, Ce: no digas el secreto que asoma
en tu valle de lirios incendiados, ni cuentes
los parajes de niebla que hierven en tu pecho
y no conocen más que abetos apresados.

Manuel Segalá, Espadaña, nº9, 1944, pp. [20-22]

jueves, 27 de septiembre de 2018

"Bronwyn (Simbolismo de un argumento cinematográfico)" de Juan Eduardo Cirlot (Cuadernos Hispanamericanos, julio de 1970)



BRONWYN 
(Simbolismo de un argumento cinematográfico) 

Nota preliminar

En 1966 se estrenó en Barcelona la película cinematográfica «El señor de la guerra»,  dirigida por Franklin Schaffner, basada en el drama «The Lovers» de Leslie Stevens (Universal), protagonizada por Rosemary Forsyth y Charlton Heston, Guy Stockwell, etc. La obra ofrecía un verismo escrupuloso en la reconstrucción arqueológica del siglo XI y un argumento particularmente interesante, original, cargado de símbolos y evidentemente fundamentado en leyendas célticas. La acción acontecía en Brabante, donde los normandos hablan de proteger a la población celta contra los ataques frisios. La casa productora tenía conciencia de haber creado una obra que se apartaba de lo usual, pues en su prospecto de propaganda dice: «El señor de la guerra es una de las películas más singulares en la historia del cine. Tiene grandiosidad, un tema muy humano y acción vigorosa y rápida. Sin embargo, no se la puede clasificar como un drama de acción, porque esencialmente es la historia de un amor tan profundo... que crea un ambiente de misticismo rara vez visto en la pantalla» Misticismo heterodoxo, ciertamente, o, mejor, tradicional, relacionado con pervivencias de paganismo, con la ideología céltica y con la concepción del amor-pasión tal como cristalizó en la leyenda de «Tristán», comentada por Denis de Rougemont en «L'Amour et l'Occident». Las pervivencias del paganismo en el siglo XI no pueden extrañar, ya que han sido reconocidas por los historiadores. Desde Grecia a Escandinavia e Irlanda, en pleno periodo románico, se honraban las fuentes milagrosas, arroyos Y pozos. En 802, Carlomagno se quejaba de que en su tiempo se venerasen árboles, rocas Y fuentes y se interrogase a hechiceros y adivinos.  

La simple toma de contacto con el argumento de El señor de la guerra ya introducía en un mundo legendario. Esto no puede extrañar si recordamos que, según Mircea Eliade, el mito pasa a la leyenda y a los cuentos folklóricos, se profaniza e incluso puede resurgir en formas literarias y sus derivaciones: poemas, dramas, novelas o películas cinematográficas. Cabe que el autor del argumento, Leslie Stevens, crease tal floración de símbolos, inconscientemente, como consecuencia del clima de leyendas en que se inspiró; pero también es muy posible que construyera su obra con perfecta conciencia de cada elemento y de su significado. Sea como fuere, dio a su obra -y Schaffner transfirió al cine perfectamente ese carácter- el sentido de un mito. Hemos de recordar que el mito es una creación del alma, inconscientemente creadora, según Loeffler Delachaux, quien añade que mitos, cuentos y leyendas son el reflejo de nuestra vida psíquica. La antropóloga reconoce en el mito el «modelo» de lo verdadero, la realidad primordial, que luego los hechos de la existencia fenoménica repiten traduciéndolo a diversos niveles. En «Aspects du mythe», Eliade precisa que el cuento maravilloso «presenta la estructura de una aventura infinitamente grave y responsable; se reduce a un escenario iniciático (lugar sagrado = paisaje completo) y a unas determinadas pruebas», que terminan con la boda de los personajes simbólicos y/o con la muerte de uno de ellos o de los dos. El viaje al más allá, el encuentro de un príncipe con una doncella que puede aparecer en una situación de gran inferioridad (cenicienta) o inconsciente (la bella durmiente), son elementos casi constantes de este mito que, a su modo, «El señor de la guerra» -con otras implicaciones y simbolismos- desarrolla con perfecta coherencia, aunque con graves incógnitas finales. Gran acierto de Stevens fue situar la acción en el mundo céltico, pues el simbolismo es la forma de pensamiento más propia del alma celta. Según Langyel, el fin de ese simbolismo es «la integración de cada conocimiento en la dialéctica de lo sacro y el revestimiento de cada elemento de lo real (seres, cosas) de una cualidad cósmica que lo convierte "en otra cosa"». Vamos a analizar el simbolismo y la ideología de “The Lovers”.
Argumento de «El señor de la guerra»

Chrysagón de la Cruz, caballero normando, «señor de la guerra», es enviado por el duque de Brabante a una región al norte del país, que le concede en feudo, para que proteja a sus vasallos de las incursiones periódicas de los frisios. Chrysagón va acompañado de su hermano Draco, de su escudero Boors, de un halconero enano y de un grupo de hombres de armas. Recién llegado a la comarca que debe defender ya tiene que intervenir para rechazar una agresión frisia. Esta es dirigida por el rey de una tribu, que lleva consigo a su hijo, a pesar de ser un niño, y al que pierde en el tumulto de la pelea y en su huida.
Tras el combate, en el que Chrysagón recibe una herida en la espalda, el caballero se encuentra con un grupo de campesinos del lugar, dirigidos por su jefe Odins y por el hijo de este, Marc, que va armado con un hacha que ha arrebatado a un frisio. Chrysagón le reclama el arma, se aparta de ese grupo y avanza por un bosque de grandes árboles en el que se ve un lugar de ceremonias de culto druídico. Se presenta otro grupo de campesinos ante él, conducidos esta vez por un sacerdote que no ha vacilado en ceñirse a la cintura una rama con hojas verdes. Pasado el bosque, se ve una gran llanura pantanosa y al fondo una alta torre de piedra. El lugar impresiona desfavorablemente a Chrysagón, que procura disimularlo, pero Draco subraya que el duque le ha cedido unas tierras que nadie quería. Con todo, es un paisaje completo, con valle, bosque, río, zona costera y rocas. No hay ninguna montaña, pero la torre la sustituye como «lugar elevado». Es el paisaje del destino; en él sucederán hechos decisivos. Hay una atmósfera de misterio y de dramatismo inmanente.

Llegan ante la torre. Junto a ella hay restos de una iglesia de piedra y una cruz con relieves como las anglosajonas e irlandesas. Por la izquierda se extiende el mísero poblado primitivo. Detrás de la torre, a poca distancia, se halla el mar. Los frisios se adentraban en el territorio por la desembocadura del río. No hay hombres de armas en torno a la torre ni signos de vida. Abierta la puerta, Chrysagón, Draco, el escudero y el sacerdote ascienden por la escalera interior a los pisos altos de la torre, ancha como verdadero castillo. Entran en la habitación del alcaide -anterior gobernante de la comarca en nombre del duque de Brabante- y lo encuentran muerto. A su lado, muerta también, hay una joven desnuda. Sobre ella se ve una corona de flores blancas. Es una novia que, según la costumbre céltica, se cedió al señor del lugar en la primera noche de bodas. En la corona de flores hay una abeja, detalle que el escudero califica de «presagio de muerte». El espíritu supersticioso es común a todos aquellos hombres de mediados del siglo XI.

Chrysagón se muestra desagradablemente sorprendido ante todo lo acontecido; ordena que quemen los cadáveres y que limpien la torre profanada. Sube a la terraza guarnecida de almenas con el sacerdote y allá narra a éste que casi estuvo a punto de apoderarse del rey de los frisios, antiguo enemigo que muchos años atrás hizo prisionero a su padre y sólo lo devolvió contra el pago de tan gran rescate que los arruinó. Por eso lleva veinte años combatiendo sin cesar, para intentar recuperar sus antiguos dominios. Se advierte que es un hombre vigoroso, pero al borde de la crisis de su vida, cansado ya de su existencia, «maduro para la muerte» como diría Nietzsche. Chrysagón ignora que el niño frisio prisionero es hijo del rey frisio, pues el único que descubrió su emblema real es el halconero, que se apoderó del muchacho para convertirlo en su servidor. 

Al día siguiente de su llegada a la comarca, los normandos van de caza. Chrysagón lleva una lanza tridente. Llega a la orilla del rio, donde está teniendo lugar un incidente. Los perros de los cazadores se han arrojado sobre el grupo de cerdos que guarda una joven e incluso sobre ésta. Un hombre de armas, en vez de ayudarla, la empuja al agua a la vez que tira de su túnica de tosco tejido claro. Ella queda desnuda dentro del rio. Cuando el escudero se hace cargo de la situación y advierte la gran belleza de la joven, expulsa a todos del lugar y deja que Chrysagón se quede solo con la muchacha. A la pregunta de cómo se llama, ella le dice su nombre: Bronwyn. Ella invita a que salga del agua y ella lo hace a medias cruzándose los brazos sobre el pecho. En el agua flota una corona de flores blancas. Chrysagón le pregunta si es novia y Bronwyn responde que sí. Al ir a tocar la corona una abeja pica a Chrysagón. Este vacila y decide apartarse renunciando a la joven. Pero se ha producido el «encuentro» y Chrysagón lo ha experimentado como algo turbador y sacro aun mismo tiempo, como algo que firma parte del misterio del lugar. 

Bronwyn se ha vestido y va para el poblado, donde encuentra a su novio, que es Marc, hijo del jefe celta Odins, que ejerce también funciones sacerdotales. Bronwyn es hija adoptiva de éste y se ignora su origen. Marc le pregunta qué le sucede, pues ella llora, y al recibir su explicación la conmina a que se aparte del nuevo «señor del lugar». 

En la torre todos advierten días después que Chrysagón está profundamente alterado. Tiene fiebre. Le hacen bromas sobre su docilidad en permitir que Bronwyn se alejara sin ser su presa. El escudero piensa en la herida de la espalda y dice que debe curarla. Draco hace que Bronwyn pase a la torré como ocasional sirvienta. El escudero cura la herida de Chrysagón, cauterizándola con un puñal al rojo, mientras Bronwyn sostiene las manos del caballero. 

Pasan unos días. Chrysagón, Draco, Boors el escudero y el halconero van de caza, utilizando esta vez los halcones. Un incidente provoca una pelea de los dos hermanos y Draco huye a galope. Chrysagón parte en su busca, pero a quien encuentra es a Bronwyn, con una rama de muérdago atada al brazo y recogiendo hierbas medicinales. El normando descabalga y la asedia. La acusa de brujería por el hecho de que conozca las propiedades de las plantas, con el fin de asustarla y adquirir dominio sobre ella. Va a abrazarla por fuerza cuando, del enorme árbol junto al cual se hallan, brota con gran ruido de aleteo una bandada de aves, lo que asusta a Chrysagón como presagio maligno. Empieza a sentir que se halla fuera de su campo de acción habitual. Otra vez deja ir a la joven sin molestarla. 

Al día siguiente, ejerce justicia en la torre y dirime las querellas de los campesinos. Al terminar, se presentan Bronwyn, Marc y Odins, para pedir permiso si señor del lugar, pues los jóvenes van a casarse. Chrysagón lo otorga. Muestra desorientación primero y luego furia. Al parecer, la curación de la herida no ha terminado con su fiebre. Su hermano, interpretando que padece un trastorno debido a su pasión sexual por la joven, le aconseja que exija el mismo derecho que se concedió al alcaide (y que a él le pareció indigno), ya que Bronwyn va a casarse. El sacerdote se opone y dice que la Iglesia no aprueba ese derecho, pero al fin cede invocando la palabra clave de la tradición celta: fecundidad. 

Se celebra la boda de Marc y Bronwyn en el bosque, oficiando Odins. Hay un somero conato de orgia. Repentinamente, se presentan Chrysagón y los suyos para exigir el derecho. El jefe celta accede, mientras Marc es sujetado por sus amigos. A la noche, en procesión, llevan a Bronwyn a la torre. Su padre adoptivo va delante; advierte a Chrysagón que se la entrega pero sólo por aquella noche y que al amanecer irá a reclamarla. Quedan solos Bronwyn y Chrysagón. Ella se muestra atemorizada y él habla de renunciar, pero luego dice que la necesita. Ella le responde que también «está hechizada». Pasan juntos la noche y al amanecer ella se asoma a la ventana, envuelta en un cobertor de pieles, mientras comienza a brillar el sol. El padre exige la devolución de la joven. Chrysagón se niega y para justificarse ante Bronwyn le promete matrimonio -olvidando la distancia jerárquica y su deber- y le pone el anillo familiar, que su padre le entregó al morir junto con su espada. Cuando Draco ve esto prorrumpe en insultos contra la porqueriza Bronwyn. Chrysagón le obliga por fuerza a ponerse de rodillas ante ella, y se advierte que la tensión entre los hermanos, ya señalada desde que llegan ante la torre, se ha convertido en odio que será imposible dominar. 

Vuelve la noche. Chrysagón despierta y se ve solo en la cama. Sube a la terraza, donde brillan las lanzas alineadas en un soporte, y encuentra alii a Bronwyn, desnuda, contemplando las estrellas. La cubre con el cobertor de pieles, la abraza y hablan. Le promete que un día «la llevará a un lugar lejano que él conoce... ». Ruidos insólitos le hacen mirar hacia abajo y ve frisios que se han acercado en la oscuridad y están intentando soltar el puente levadizo que él hizo construir así como excavar un foso y llenarlo de agua. Combate con ellos. La lucha prosigue al día siguiente. Se ve que el pueblo se ha unido a los atacantes, a cuyo encuentro había ido Marc. El halconero también se ha unido a los enemigos. Draco lo mata de un flechazo. Los frisios atacan con fuego y convierten el foso en un mar de llamas. Pasan días y el asedio prosigue; finalmente, una gran estructura de madera, construida por los frisios, es apoyada contra la torre y por su escalera trepan los guerreros nórdicos para saltar a la terraza almenada. Draco, en vista de la difícil situación, ha salido en busca de ayuda. Consigue una balista y con sus disparos de piedras y fuego incendia las máquinas de asalto frisias. 

Al entrar en la torre, Chrysagón le saluda afectuosamente pero su hermano se burla de él. Ha contado al duque todo lo acontecido y éste, enfurecido par los errores de Chrysagón, que han puesto a su pueblo al lado de los frisios, le ha arrebatado la dignidad de señor del lugar, concediéndola a Draco. Pero los hombres de armas se niegan a prestarle juramento de obediencia mientras viva Chrysagón. Por ello, decide matarlo. Bronwyn se interpone. Chrysagón no quiere luchar, pero al fin se ve forzado a hacerlo y mata a Draco en defensa propia.

Los frisios han sido vencidos pero no destruidos. Se han retirado al bosque. Como el motivo principal de este ataque no ha sido, ciertamente, vengar a Marc, pero si recuperar al hijo del rey, de cuyo destino Marc les ha informado, están a la expectativa. Chrysagón, presa de sentimientos de culpabilidad, aunque tuvo que pagar rescate por su padre entrega al enemigo su hijo contra nada. Es el fundamento de la paz, pues el rey frisio reconoce la generosidad de Chrysagón. Pero éste es atacado traidoramente por Marc, que le hiere con una hoz. Presintiendo su próxima muerte, Chrysagón se despide de Bronwyn y la entrega al rey frisio (que le promete cuidar de ella -de nuevo hija adoptiva-) y luego dice a Boors, su escudero, que va a presentarse al duque de Brabante para pedirle perdone cuanto ha hecho. Por el camino muere. Los frisios ya no vuelven a atacar las comarcas brabantinas que han presenciado el sacrificio del «señor de la guerra». Nada se sabe ya del ulterior destino de Bronwyn. Va a lo desconocido como de lo desconocido vino. Su sola presencia bastó para dar a Chrysagón unas horas de felicidad que nunca conociera, pero también para causar su ruina y su muerte.

Análisis de los símbolos de «El Señor de la Guerra»
Para conocer el significado de los símbolos que van apareciendo en el argumento de Stevens no vamos a emprender una investigación probatoria de tales sentidos, ya que esto ha sido hecho por especialistas; nos atendremos al principio de autoridad y a la confianza que determinados criterios nos merecen. En vez de estudiar los símbolos a medida que aparecen en el argumento, lo que, por su yuxtaposición, crearla un confusionismo de difícil solución, hemos preferido agruparlos por «constelaciones» que se refieren a personajes o a hechos, tratando primeramente de los símbolos sustanciales para la «historia» de Chrysagón y Bronwyn y aludiendo luego a los secundarios. 
Comenzaremos por especificar que «el ambiente de misticismo rara vez visto...» nos conduce a un clima similar al descrito por Corbin (4), para quien los «hechos», los fenómenos terrestres, son «algo más que fenómenos, son hierofanías mazdeanas que nos revelan quiénes son los seres y cosas». Agrega que en este mundo hemos de llegar allá, es decir, a vivir el «otro». Esto y no otra cosa es el misticismo. En cuanto al fondo de creencias sobre el que se dibujan los personajes y hechos de El señor de la guerra, se centran sobre todo en el preeminente valor dado a la fecundidad-fertilidad, que, según Hubert (9), era la principal inspiradora de la religión de los celtas. La cesión de las novias al «señor del lugar» y las orgías, según Eliade (7), tenían la finalidad de estimular la fertilidad agraria. Podríamos agregar que la vida de las plantas y de la tierra no dejaba de implicar una «animación» de la propia muerte, como se verá, concibiéndose el mundo de los muertos como una suerte de «depósito» del que brota la vida, y al que se enriquece mediante sacrificios humanos, tal como explican las historias de las religiones. 
La condición de caballero de Chrysagón ya tiene valor simbólico, pues representa la sublimación del guerrero. Según Marx (16), la idea del caballero es céltica. Indica que Irlanda influyó en Gales, y Gales, por mediación de las cortes anglonormandas de Inglaterra, aportó la noción del caballero y del fatum del amor. Pero es fundamental que el «señor de la guerra» no aparezca solo, sino con un hermano. El mito de los dos hermanos (Dioscuros, sol levante y sol poniente, parte inmortal y parte mortal del hombre, espíritu e instintos) es conocido de todos los antropólogos y psicólogos (11). Schneider habla de «un hermano claro y otro oscuro» y señala que ambos hermanos, juntamente, forman un dios doble (Géminis), que es a la vez «el dios de la guerra y de la fecundidad, de la muerte y del renacer, de ahí la necesidad de los ritos sangrientos para crear y mantener la vida» (19). Agrega que ese dios es un símbolo de la naturaleza, que crea y mata. También dice que la crisis que determina esa antítesis fundamental al Géminis, al producirse apare ce como lucha y se expresa por el hecho de que «este combate se desarrolla entre hermanos» (19). Es interesante la connotación simbólica del «señor de la guerra» en tanto que tal, que lo asimila a Marte, quien, según Thevenot (21), «presidia lagos, fuentes y arroyos, entre los celtas», apareciendo también como protector de grupos sociales. 
Es importante el significado simbólico de los nombres de los dos hermanos de El señor de la guerra. Este se llama Chrysagón, del griego Chrysos (oro) y agonía (lucha), mientras que la asimilación de Draco a dragón apenas necesita comentarse. El oro, simbólicamente, es igual al color blanco. Savoret habla del «caballo blanco labrado en una roca en Berkshire Downs... A cierta distancia se halla la "colina del dragón" y, según leyendas locales, San Jorge (caballo blanco, luchador de oro) mató en esa colina al dragón al que está tradicionalmente asociado» (18). Advertimos así un segundo significado simbólico de la lucha Chrysagón-Draco, que refuerza el primario del Géminis, ya expuesto. Dragón simboliza la parte inferior del hombre (como el toro en la religión de Mithra) y también sequía, enfermedad, plaga o tiranía (20). De otro lado, el dragón es el guardián del tesoro (Bronwyn), el obstáculo para su posesión (1), y el caballero ha de vencerlo para lograr lo que anhela (15). Incluso en el «lugar lejano... », para coger los frutos del jardín paradisiaco, «el héroe ha de afrontar al monstruo guardián», según Eliade (7). Psicológicamente, se diría que el dragón es la «sombra» del caballero. A la vez el halconero enano es la «sombra» de Draco (11). 
Respecto al valor simbólico de los nombres en sí, mencionaremos ideas muy interesantes. Según Marx (16), el nombre puede constituir el origen de una leyenda o ésta concentrarse en el nombre. Vendryes dice que «el nombre precisa el objeto». Puede «evocar sentimientos e implica cierto juicio de valor». 
Vamos a referirnos ahora a los símbolos del lugar donde se producen los «hechos» de El señor de la guerra. Resulta casi increíble la literalidad de las convergencias de sentido. Sabemos que el «señor» llega con su naturaleza dual (Géminis) a unas tierras que le han sido concedidas en feudo y que estas son pantanosas. Apuntamos ya que el caballero parece hallarse en situación interior crítica, «maduro para la muerte». Dice Marius Schneider (19): «El hombre, desilusionado y dolorido, después de haberse enfrentado con el monte de la culpa, se halla ante dos caminos para continuar. Puede seguir la región pantanosa, que visitan los cazadores y que se extiende hasta el rio de la muerte o puede intentar trepar la sierra del deber, del dolor y del sacrificio». Chrysagón sigue ante todo el primer camino y cuando, tras ser herido por Marc, quiere seguir el segundo, muere. 
La comarca es un «paisaje completo», es decir, el paisaje cósmico. Przyluski dice: «El lugar sagrado se descompone en tres elementos principales: piedra, agua, árbol. La parte sugiere el todo... El lugar santo es el paisaje completo: monte (o torre), valle, lago, rio, bosque, mar, rocas, sentido como un todo... Fecundidad, fertilidad, nacimiento y muerte, muerte y renacimiento, estos procesos atestiguan la variedad y fuerza del dina mismo de que el lugar santo es la manifestación permanente». Y agrega esta tremenda afirmación: «En ese estadio, el lugar santo tiende a convertirse en una figura femenina. Luego, ella se convierte en diosa y adquiere una leyenda» (17). El pantano, específicamente, se refiere al predominio del principio femenino, por ser la síntesis de los dos elementos femeninos (tierra y agua). 
De otro lado, Vendryes (22) señala que, «en el mundo céltico (como en el misticismo sufí) el universo es concebido como compuesto de dos mundos, no superpuestos, sino confundidos: el de los hombres y el de las hadas, uno visible y otro invisible, salvo excepcionalmente» (22). Thevenot precisa (21) que «una corriente de agua, un lago, o la cima de un monte, era el lugar de residencia de una deidad o el de su aparición». Esta aparición es, en el plano más directo, un fenómeno, pero en el plano místico es una vibración producida por la brusca iluminación de este mundo por un factor que procede del otro. En la mística sufí se habla de la «tierra de las visiones», mundo en que tienen lugar los acontecimientos espirituales reales. Lugar donde el espíritu se «corporeiza». Existe así una «geografía visionaria» en la que todos los elementos son símbolos. Cuando un ser humano ve seres de este mundo bajo la luz de lo superior, ha entrado en el barzakh, en el intermundo, ha penetrado en el país llamado Hurkalya, o «tierra del alma», que es la visión del alma. Dice Corbin, de quien tomamos estas nociones (4), que «ver las cosas en Hurkalya es verlas como acontecimientos del alma». Así, los «hechos» que tienen lugar en el «paisaje completo» muestran ya la faz del más allá. De otro lado, se señala el peligro que para un ser vivo tiene este acontecimiento, pues, como indica Caillois (2), «sacro es aquello a lo que uno no se aproxima sin morir». Y es porque lo sacro es lo absoluto. Lo absoluto linda siempre con la muerte porque en el mundo fenoménico no puede darse lo absoluto. 
Precisemos que en el «paisaje completo» donde se cumple el destino de Chrysagón el bosque es el templo céltico (14) y recordemos que, en él, la torre sustituye a la montaña, siendo el lugar de la boda de la tierra y el cielo. Eliade dice: «La hierofanía (y hierogamia) es simbolizada por un axis mundi (montaña, pirámide, torre) en la que se verifica una ruptura de niveles» (7). Schneider confirma que la torre (o la montaña) es «el lugar en que se cruzan el cielo y la tierra» (19) siendo la escalera del interior de la torre una ratificación del axis mundi a la vez que un símbolo del culto de los antepasados (19).  
Hemos analizado hasta ahora los símbolos del «señor de la guerra» y de la comarca donde tienen lugar los hechos que consuman su destino. Vamos a ver ahora los valores simbólicos de los hechos primordiales y los de la doncella misteriosa que surge para darle una rápida felicidad y causar su muerte sacrificial. Bronwyn está desnuda en el agua cuando Chrysagón la conoce. Existen en ese episodio crucial cinco símbolos esenciales. Las aguas simbolizan «la suma universal de virtualidades... son el depósito de todas las posibilidades de la existencia» (7). Tienen un carácter a la vez virginal y materno (15). La inmersión en el agua simboliza, según Langyel, «el retomo a lo preformal, igual que la salida del agua repite el gesto cosmogónico de la creación formal y diferenciada» (12). Loeffler precisa que «el agua regenera, provoca una resurrección» (15), es decir, un despertar, un cambio de naturaleza, lo que verdaderamente sucede en el caso de Bronwyn, que habla vivido como oscura porqueriza hasta el instante y, repentinamente, parece iluminada por poderes nuevos. Rank halló, mediante un estudio estadístico, que la inmersión en el agua o el salvamento de ella son preponderantes en los mitos de héroes y semidioses. 
Bronwyn está desnuda en el agua. Prescindiendo de la belleza de su cuerpo, de su relativo efecto producido en el ánimo de un «señor de la guerra» (el carácter «místico» de los hechos resulta de lo evidentemente desproporcionado de sus consecuencias), según Corbin «desvestirse de la ropa material es anticipar el "cuerpo de luz" o de resurrección, pura incandescencia diáfana de las luces arcangélicas» (4). Vendryes se limita a señalar que «en las sociedades primitivas, la desnudez posee virtud mágica» (22) y Przyluski reitera exactamente lo mismo y agrega que «los velos, trajes, son pantallas que impiden la difusión del maná, de la potencia mágico-religiosa» (17). Por su parte, Loeffler alude al carácter trágico de la revelación al decir: «Venus Anadiornena, enteramente desnuda, representa el último momento de la vida, el instante de la inmersión en el agua-madre para un renacer» (51), dando aquí a la inmersión un sentido más radical y trascendente.  
Otro símbolo es la corona de flores blancas, que alude a la pureza de Bronwyn y a su calidad de novia (3), apuntando a la probabilidad de conflicto real, como efectivamente se produce. Finalmente queda el «encuentro» como símbolo. Loeffler dice que ella (la durmiente, la que vivía sin saber quién era) «se despierta a veces por el encuentro con él» (15), y alude incluso al lugar del encuentro en El señor de la guerra diciendo: «En los cuentos, con frecuencia, la princesa encuentra cerca de una fuente a su hada protectora (un aspecto superior de su propia personalidad) (3), o al príncipe encantador» (15). En el más alto nivel el encuentro es una hierofanla, una revelación de lo sacro (7). Jung, valorando un factor del encuentro, doce que «lo propio desconocido se aparece en una figura desconocida». Es el momento en que se revela el Ánima anunciadora del destino (10). Y Schneider explica mucho más concretamente el problema al decir: «Se alcanza el punto culminante (de una existencia) cuando una persona oye su propia melodía, es decir, la melodía de su propia alma, pero no cantada por ella misma, sino emitida por algo o por alguien "que esté fuera del cuerpo físico de esa persona". Nadie puede escapar al dictado imperioso de esa voz... Es la hora de la muerte» (19). Por eso Wagner puede llamar a la amada auténtica «mensajera de la muerte». 
Veamos ahora qué sucede con Bronwyn. Su carácter de «hija adoptiva» de origen ignorado permite hacer todas las suposiciones. El hecho de que, en el argumento, el hijo del rey frisio quede en poder de los celtas pudiera ser un indicio de que, años atrás, a Bronwyn le sucedió igual. Pero ¿hubieran llevado los frisios a una niña a la guerra? De otro lado, la «ascensión» de su situación es vertiginosa y tiende a lo sobrenatural, mejor que a la simple justificación de que un noble pase por alto su baja calidad social para desposarse con ella. El hecho de que toda mujer gozara de elevado prestigio espiritual entre los celtas (5) no bastaría para explicar nada. Se insinúan sus poderes ya en su relación con los animales: las abejas, mundo en el que la madre o la reina es la que hace prosperar a su pueblo (15); las aves que apartan a Chrysagón en un momento dado (11) y son símbolo de espíritus malignos (15); los cerdos que ella cuida y que desempeñan papel importante, con el jabalí, en la mitología céltica (15)y que son animales que se sacrifican a la Gran Diosa (18); y los halcones usados en la caza por Chrysagón, «símbolo de la victoria sobre los instintos con el consiguiente desgarramiento» (3). Es un caso latente de Potnia theron (señora de los animales). De otro lado, la poesía céltica abunda en testimonios de una creencia que expresarla cierta síntesis de panteísmo y transmigración. Jean Markale, en Les celtes (1969), transcribe estos versos del bardo Tuan mae Cardli: «Viví primero en la manada de los cerdos / heme aquí ahora en la bandada de los pájaros». A la vez, su conocimiento de las propiedades de las plantas la convierte en druidesa y lleva una rama de muérdago atada al brazo en su segundo encuentro carnal con Chrysagón. El muérdago (11) era empleado en ritos de fecundidad. La belleza de Bronwyn es una caja de Pandora para el caballero normando, todos los bienes y males provienen de ella. Pero ¿cómo se somete tan pasivamente?, ¿cómo no se reduce todo a un afán de posesión que él podía satisfacer con facilidad?, ¿por qué ella precipita la crisis entre los dos hermanos?, ¿por qué Chrysagón se casa con ella? Evidentemente, el «plano» realista de la historia no puede explicar nada de esto. Bronwyn resulta ser un personaje de ambigüedades sumas, a la vez que capaz de desarrollar progresivamente un gran poder de sugestión. Chrysagón la acusa de haberle hechizado. Como «hija adoptiva» cabe suponer que no fuera una simple campesina. Sea como fuere, se presenta con los rasgos que la mitología céltica atribuye a la ban shee (mujer hada), cuya aparición, en el libro de Grimal - convergencia con Schneider- es «presagio de muerte» (8). El hada es la conciencia humana en el cuarto estadio de la evolución, cuando adquiere los primeros poderes supranormales (15). El mismo autor, Loeffler, no deja de señalar que, con frecuencia, en leyendas y cuentos folklóricos, las hadas aparecen con la mayor ambigüedad, dotadas de altos poderes y trabajando en los menesteres más bajos (cenicienta, porqueriza). Es una «princesa» que se ignora -parcela del inconsciente que se une, para una acción fecunda y determinada, con la parcela correspondiente de la conciencia (príncipe)- siempre según Loeffler. Pero hay más, volviendo a la obra de Grimal, se afirma que la mujer-hada no es sino la antigua diosa decaída de los goidélicos, «seres que aparecen y desaparecen sin que se sepa de dónde vienen ni a dónde van» (8). Por tanto, Bronwyn, tras la inmersión en las aguas primordiales «recobra» su verdadera naturaleza (que Draco no puede ver, pero que Chrysagón reconoce de inmediato y por esto se somete a ella). El, a fin de cuentas, no es sino un componente del estamento feudal. Ella es una deidad, es la diosa que preside la caza y la guerra, es la personificación del lugar santo, asociada a las aves (17). Siendo Marte el consorte de la Gran Diosa, Chrysagón ha de casarse con Bronwyn. La relación de ésta con las aguas, aparte de las explicaciones dadas, leda también carácter de «ninfa», situación intermedia entre el hada y la gran diosa. Posee un significado que rebasa cuanto podemos comentar. Dice Jung estas enigmáticas palabras (10): «El anhelo de la ninfa de una revivificación y salvación tiene su contra partida en aquella sustancia real que está oculta en el mar y clama por su liberación». Afrodita, naciendo del mar, también esa «sustancia real», auténtico arcano ¿materia de la transmutación universal y fuente de todo el devenir cósmico? 
Si preferimos no elevar a Bronwyn al rango de deidad, hipótesis sentada sobre su acción y los contextos de ésta, cabe hacerla derivar al rango de «arcángel femenino» del sufismo. Spenta Armaiti rige la tierra, Haurvatat las aguas, Amertat las plantas. Bronwyn es la fravarti, la Daena de Chrysagón, su propia alma fuera de él, lo que nos retrotrae a cuanto dijimos sobre el «encuentro» a base de las afirmaciones de Marius Schneider sobre «oír la propia melodías emitida por un ser que está «fuera del propio cuerpo». Esto y no otra cosa es lo que crea en El señor de la guerra el «ambiente de misticismo rara vez visto» y esto es lo que crea en el «El señor de la guerra» el «ambiente de misticismo rara vez visto» y esto es lo que justifica que él se precipite, contra todo riesgo, en la autodestrucción inmolándose por su amor a Bronwyn. 
Hay una serie de símbolos secundarios en tomo a Chrysagón que esclarecen su situación: las máquinas de guerra incendiadas de los frisios podrían ser el «carro de fuego» del simbolismo, del cual dice Loeffler: «Cuando el carro de fuego lleva a un héroe es el emblema del cuerpo de este héroe, abrasado por la acción, consumiéndose al servicio del alma» (15). La caza es un símbolo tradicional de la persecución de objetos en el mundo fenoménico. Y él se aparta de la caza y entonces vuelve a encontrar a Bronwyn. La fiebre se relaciona con su herida y con el símbolo que Schneider llama «mar de llamas». En la lucha, Chrysagón pasa a través del fuego con que los frisios atacan la torre. «Atravesar el fuego es trascender la condición humana» (3). La herida es símbolo de culpa (Filoctetes, Amfortas). Chrysagón ha combatido –y matado seres humanos- durante veinte años para vengarse del aprisionamiento de su padre, para enriquecerse y porque es su profesión. Llega al pantano y al «lugar santo» en crisis moral. La «herida en la espalda» precisa más el sentido simbólico de la herida (aparte de que sea real), pues lo que sucede «en» o «a» la espalda no se ve, sucede en el inconsciente. El «mar de llamas», creado efectivamente porros frisios y los normandos cuando éstos vierten un líquido inflamable sobre las hogueras de los primeros situadas en el puente levadizo, correspondiendo a la fiebre (19) señala que la tensión llega a su nivel máximo. A la vez, todo ello simboliza el profundo estado pasional de Chrysagón, cuyos veinte años de guerra le han apartado de cualquier forma de amor, lo que él dice concretamente. 
Lengyel (13) afirma que «el amor es el que crea a la persona, pues reclamará su libertad y, para obtenerlo, destruirá las fronteras que lo ligan». Esto es, exactamente, lo que hace Chrysagón. Pero Schneider, al referir a la mística ese amor, dice: «Bajo la férrea ley del Géminis (oposición de Draco, lucha con él, muerte de Draco y posterior muerte de Chrysagón) se realiza el matrimonio místico del cielo y la tierra, en el cual la novia mata al novio para asegurar la vida a la progenitura (o al pueblo). La entrega del anillo alude a otro símbolo: el anillo no tiene comienzo ni fin, simboliza el encadenamiento de dos vidas. Parece como si Chrysagón presintiera su próximo fin la noche en que sube a la terraza de la torre, encuentra allí a Bronwyn y le habla de «un lugar lejano que conoce, al que la llevará». Ese lugar, en la mitología céltica (8) Mag mell (llanura de la alegría) y Tit non og (tierra de la juventud), «es el más allá, lugar donde nos envejece, los prados están siempre esmaltados de flores y acompañan a los guerreros mujeres de belleza maravillosa» (íd.). 
Y Chrysagón muere. Obsérvese una coincidencia (¿) más. Marc lo mata con una hoz. Przyluski (17) dice que el matador del baal (señor) se llama Mot (Muerte) y su arma es una hoz. Como la muerte y lo que la sigue «era para los celtas el reino de lo maravilloso», según Langyel (12), se comprende que Chrysagón sólo puede morir cuando ha cumplido su evolución. Jung precisa que esa evolución se cumple a través «de formas acuáticas, aéreas e igneas», lo que confirma el relato (10). La última prueba de la sublimación total operada en el espíritu de Chrysagón es su entrega del niño (símbolo del futuro, de las fuerzas formativas de carácter benéfico) (3), al referido frisio, pagando con un don el daño que éste le habla ocasionado en el pasado y que fue el impulso inicial de toda su vida y aventura. El olvido de la ofensa no deja de implicar cierta desvalorización de lo que sucediera a su padre, esto es, una superación del «culto a los antepasados» (3) que parece expresar que su situación espiritual está más allá de tales contingencias. Lo que para un espectador actual es un fin trágico (la muerte del protagonista) no lo era en su propio contexto. Los druidas «tenían una doctrina completa sobre la inmortalidad... El mundo de la muerte es un mundo de vida», dice Hubert (9). De otro lado, la pacificación de las tierras de Brabante se logra por su sacrificio. El alma de Chrysagón vela ya siempre allí. «La transferencia del alma a algo no es posible sino por medio de un sacrificio sangriento», tal cual sucede en todos los comienzos cosmogónicos (7). De otro lado, la muerte es el nacimiento del «yo celeste» (4) y Chrysagón en el momento de su muerte llegó, sin duda, al «lugar lejano» al que quena llevar a Bronwyn. Corbin dice: «Cada persona resucita (nace al más allá) asumiendo lo que, por su obra, ha tomado existencia en lo más secreto de él mismo». Por eso la tumba «significa el deseo de la persona, su deseo más íntimo», Bronwyn. 
Volviendo al simbolismo del puer, hijo del rey frisio, debe subrayarse su inmensa importancia, de la que dimana la trascendencia del acto de Chrysagón al devolverlo a su padre. En Paracélsica, Jung transcribe una importante idea del alquimista Michael Maier sobre este símbolo; dice: «El filius regis es para él (Maier), en realidad, la secreta sustancia de transformación que originariamente ha caído desde el sitio más alto a la más profunda y oscura materia y está oprimido esperando la salvación». El niño es, por tanto, la imagen de su propia alma, y su situación es análoga a la de Bronwyn. De ahí acaso, la doblé entrega a esos misteriosos «frisios» que tal vez ocultan un simbolismo racial, nórdico, apto para desdoblarse en otro más profundo: el de las virtualidades libres e infinitas del cosmos En cuanto a la «necesidad» de la muerte de Chrysagón, Jean Markale, en Les celtes (1969), insiste en que para los celtas -cuya ideología rige todo El señor de la guerra las aventuras que acaban mal materialmente expresan el adecuado fin espiritual y además asegura la tendencia céltica a las historias, leyendas y aventuras terminadas desastrosamente, desde el ataque de Brennus a Delfos a la muerte del rey Arturo. 
Ideología de «El señor de la guerra»
Obvio es que todos los símbolos que se han estudiado en las páginas precedentes remiten a las concepciones de las sociedades primitivas o a la mística del paganismo o del sufismo. Muy posiblemente, la ausencia de atmósfera cristiana en la obra refleja menos una voluntad de describir objetivamente el mundo del siglo XI en Brabante, por reminiscencias de religiosidad céltica que pudiera haber, que la mentalidad contemporánea de los autores del argumento y su plasmación. Queda planteada sea como fuere, una ideología en la que predominan dos principios: el femenino y el masculino, con distintos equivalentes poderes -de no prevalecer el femenino-, lo cual es lo más distinto que cabe de la religión iahvética o de su derivada. El concepto primitivo de la necesidad del «sacrificio sangriento» predomina en la obra. La idea de la muerte como resolución del dualismo y cumplimiento del «deseo más íntimo» es lo que proyecta la luz más radiante sobre el argumento. La obra demuestra que los seres humanos son más que lo que parecen ser y que los hechos son pruebas en las que se decide el destino. Todo ello es más esotérico que otra cosa y parece difícil que haya sido «construido» inconscientemente. 
No sería imposible buscar equivalencias de las principales situaciones y símbolos con figuras y elementos de la tradición cristiana, aunque seguramente facilitarla la tarea acudir a fuentes heterodoxas, como la Theosophia practica de Juan Gichtel (1696), seguidor de Bohme. Así, dicho autor, en la obra citada, habla con frecuencia del combate del alma con el dragón (a veces alude a la lucha de San Miguel con Satán en su aspecto draconífero) y dice que si el alma cumple con las condiciones que se exigen para su salvación «se promete a Sophia», imagen gnóstica de la mujer como símbolo de la salvación por el conocimiento, no muy lejana de la concepción con que Dante acaba por representar a Beatriz. Gichtel habla también de la necesidad de vencer el dualismo originario del bien y la cólera (Géminis, hermano claro y hermano oscuro=Chrysagón y Draco). Por tanto, el proceso de salvación en su esquema pasa por un combate contra el mal interior y señala como premio de la victoria la posesión de la «celeste Sophia»... «que estrecha a su prometido contra su corazón cuando se encuentran en la conjunción del amor». Incluso alude a que «esa luz no mora constantemente en el temperamento (sino que) la Virgen celeste se retira a su éter y prueba a su prometido para ver si le será fiel». En caso afirmativo, «el dragón de fuego pierde su reino y su trono y el amor se alza sobre la muerte del egoísmo... Sólo entonces se eleva en el alma el paraíso», es decir, sólo entonces llega el alma al «lugar lejano». 
En cuanto a la «ascensión» de Bronwyn desde su primera situación de «durmiente» hasta el final, cabe establecer paralelismos analógicos. Es la transición señalada por Jung con los nombres de Eva, Beatriz, Sofía y María, por el paganismo con los aspectos de mujer, hada, ninfa y deidad. En realidad, Bronwyn surge ya en el segundo estadio (paralelo al de Beatriz y hada) y su elevación se realiza a los otros dos (equivalentes en cierto modo a las nociones de Daena sufí y de la Shekina -aspecto femenino de Dios- del kabalismo hebraico. Todas estas analogías no tienen otra finalidad sino ratificar el carácter arquetípico del personaje y el dinamismo ascensional que lo domina, comunicándose irresistiblemente a Chrysagón e impulsándolo a «quemar las etapas» de su evolución hasta llegar a una rápida muerte que es el pago de sus culpas y el principio de su renacimiento o de su felicidad eterna junto a su «sophia» gichteliana. 
Respecto al aparecer y desaparecer y a la acción de Bronwyn, en la obra citada de Gichtel se lee un párrafo que puede servir de aclaración perfecta. «Y aunque ella (Sophia) descienda alguna vez a alegrar a su amante en la codicia tenebrosa (de los anhelos terrenos), a fin de que no se ensombrezca y desespere, no se queda mucho tiempo; ella se retira, tanto dentro del hombre interior como dentro de su principio interior. Por eso la paciencia y humildad son necesarias». O el final trágico.
Consecuencias
La comprobación analítica de que determinadas intuiciones experimentadas al contacto con la obra son verdaderas no va más allá de esto. El simbolismo sólo facilita conocimientos «relacionales», es decir, traducciones de unos órdenes fenoménicos a otros porque si se refiere a principios trascendentales éstos requieren, para ser utilizados y vividos, la creencia en su realidad. El simbolismo alude como hemos visto, a concepciones del universo, a místicas y religiones, a mitos, pero no se pronuncia en cuanto a la concreta apertura de estos mundos al que los intuye o estudia. Un ensayo como el precedente no da certidumbre sobre nada, salvo indicar que un argumento cinematográfico, como un cuento folklórico, puede desdoblarse en un estrato simbólico y aludir así a mitos y arquetipos que conciernen a la vida espiritual. Esto es poco, es el fondo. Porque no decide si esa vida espiritual es un ensueñe de sociedades pasadas y perdidas, reverberando en la brillante superficie de un relato actual, o una verdad eterna, que se deja ver por los intersticios de la opacidad profana. Después de asimilar Bronwyn a Daena hay que decidir si Daena es una suposición arbitraria, la intuición de una posibilidad posmundana, o una realidad absoluta. Si durante muchos siglos, los seres humanos han preferido el mito a la interpretación, el ensueño a la formulación racional de sus elementos, la creencia a un conocimiento que, seguramente, por esencia propia es imposible en tanto que tal, es por miedo a la decepción que tales conclusiones aportan. La virtud del relato, de la poesía, del mito es «mover el alma a creer», mientras que la explicación simbólica no puede sino dar a la razón comprobaciones «relacionales», como antes las calificábamos. Saber que el bosque es el templo para el celta acaso sea menos afectivo que sentir la belleza mágica del bosque, la misteriosidad de sus verdes claroscuros. La comunicación no intelectual de las imágenes: Bronwyn en las aguas cenagosas, Bronwyn con la corona de flores blancas en su boda, Bronwyn a la luz del amanecer tras la noche de entrega al Señor de la guerra, Bronwyn por el campo recogiendo hierbas, es más poderosa que la corroboración del sentido de estos actos o que la misma dilucidación -que no descarta una variable relatividad- de su naturaleza humana-sobre humana. Por ello, tal vez la mejor respuesta a un mensaje de naturaleza emocional sea también la de carácter emocional, como la música o la poesía. Explicar el simbolismo de algo no es probar la verdad en sí de las realidades aludidas por ese simbolismo. Con todo, hay que declarar que ésa tampoco es la finalidad de la simbología, sector del conocimiento que se limita -que se retiene que limitar- a valorar lo inferior por lo superior, lo contingente por lo acontecido en illum tempore, como diría Eliade. A partir de esta iluminación de una «historia» terrena con los fuegos del espíritu, sólo éste puede atreverse a decidir qué es, en verdad, lo que sucede. 
Se abre, pues, aquí la disyuntiva absoluta. O los símbolos aleccionan simplemente sobre unas estructuras mentales arcaicas y de otro modo relativamente permanentes, por el movimiento de sus arquetipos, o son la revelación -o la confirmación- de una creencia. O admitimos, sea con la ortodoxia sea con cualquier heterodoxia creyente (como la esotérica), que el trabajo del alma en una vida no se pierde y que es posible hallar en el más allá a la celeste Sophia de Gichtel, a la Daena de los sufís, a Bronwyn. O una vez agitado el multicolor espacio de los ensueños miramos el futuro del alma con el tenso desesperar no confesado del nihilista. 
Apéndice 1
Una explicación psicologista
Con los libros de Jung sucede que se mantienen en una especial ambigüedad, cuando no recaen netamente en la restricción psicologista. Es decir, las afirmaciones míticas, espiritualistas surgen como explicaciones de procesos mentales, de «situaciones críticas», etc., sin que se afirme nunca con claridad que lo que esos símbolos prometen es cierto objetivamente. Un ejemplo lo tenemos en su Paracélsica (10), que, de otro lado, en la historia transcrita, no deja de mostrar sorprendentes analogías con cuanto acontece en El señor de la guerra. Aludiendo a Paracelso, pero explicando esas aventuras de la «historia del alma» (alma cuya naturaleza tampoco aclara Jung, sin decantarse por una explicación sobrenatural o natural), dice: ... En su lugar escoge la figura legendaria de Melusina. Esta no es por cierto una irrealidad alegórica, o una mera metáfora, sino que tiene una particular realidad psíquica, en el sentido de un fenómeno por así decir fantasmal, que, de acuerdo con su modo, es por un lado una visión condicionada psíquicamente, pero, por otro, en virtud de la fuerza de realización imaginativa del alma, del llamado Ares (Marte) es una esencialidad distinta y objetal, como un sueño que transitoriamente se convierte en realidad. La figura de Melusina sirve de forma magnífica para estos fines. Los fenómenos anímicos pertenecen a aquellos «fenómenos límite»» que aparecen en situaciones psíquicas especiales Tales situaciones se caracterizan siempre por una irrupción más o menos súbita de una forma o situación vital que parece ser la condición o el fundamento imprescindible del curso individual de una vida. Cuando aparece una catástrofe de esa especie, no sólo se rompen los puentes que quedaron atrás, sino que parece no existir ningún camino hacia adelante. Se está ante una oscuridad sin esperanza e impenetrable, cuyo vacío abismal se llena de súbito por la visión o la presencia palpable de un ser extraño, pero que promete ayuda; del mismo modo que en una larga soledad, el silencio o la oscuridad se hacen visibles, audibles o palpables, y lo propio desconocido se nos aparece en una figura desconocida. La condición especial de los fenómenos del alma se encuentra también en la saga de la Melusina. Emmerich, conde de Poitiers, había adoptado al hijo de un pariente pobre, Ravmond. tas relaciones entre el padre adoptivo y el hijo eran armónicas. Una vez, cuando iban de caza, persiguiendo un jabalí, se separaron de su séquito y se perdieron en el bosque. Al caer la noche encendieron fuego para calentarse. De pronto, Emmerich es atacado por el jabalí perseguido; Raymond lo hiere con su espada; pero, por una desgraciada casualidad, rebota el acero y hiere mortalmente a Emmerich. Ravmond desconsolado y confuso monta a caballo y huye hacia lo desconocido. Después de un tiempo llega a una pradera donde hay una fuente. Allí encuentra tres mujeres hermosas. Una de ellas es Melusina, que con sabio consejo aparta de él su destino de deshonra y de exilio. «En el momento crítico surge el Anima anunciadora del destino. Sí, pero volvemos a preguntarnos, ¿qué trascendencia objetiva tiene esa Anima? Creemos que ninguna para la psicología y toda para la mística, ortodoxa o heterodoxa que ella utiliza para un adentramiento en la «historia del alma».
Apéndice 2
Simbolismo del nombre Bronwyn
Señala Jean Markale en Les Celtes (2969) que el nombre céltico Bron aparece también en las formas Bran y Bren. Respecto a Wen su pronunciación tiende a identificarlo con Win o Wyn. Indica que Bron puede significar cuervo, seno y altura (por el sistema ternario de significaciones propio del simbolismo y de muchas etimologías célticas), Wen significa blanco. Bronwyn sería equivalente, pues, a Blanco seno, Altura blanca o Cuervo blanco.
Según nuestro propio sistema de simbolismo fonético [Simbolismo fonético II, La Vanguardia, 17/09/1970], el significado más profundo de este nombre no deriva del sentido de sus dos componentes citados, sino del de cada letra. Es evidente, por lo demás, que éstas se unen en dos sílabas, siendo importante la «contraposición fónica» (Vendrves) que determinan: Bron-Wyn. La B, tanto en la Kabala como en otros sistemas simbológicos, corresponde a la idea de continente: cuerpo, casa, forma, materia; la R a la noción de rapto, impulso, acción y movimiento. La O es una vocal afirmativa, como la A (en contraposición a las negativas U, Ü, I, V, y a la de transición E). BRON sería, pues, una expresión afirmativa material terminada en un impulso a la disolución (N — aguas disolutivas, en contraposición a M = aguas fecundantes). Y WYN sería la unión de tres sonidos negativos, disolutivos, reafirmando el final de la primera sílaba del nombre. Este, pues, sería el nuncio del destino de Chrysagón: recibir una forma de realidad activa para ser impulsado por ella a la disolución (y al dominio de las virtualidades infinitas).

«Constelaciones» de símbolos

a)      Hechos Fecundidad Orgía
b)      Caballero Dragón Enano Hermanos Nombres Pelea hermanos Señor de la guerra
c)      Bosque Destino Escalera Paisaje completo Pantano Sacro Torre
d)      Aguas Corona de flores blancas Desnudez Encuentro Inmersión
e)      Arcángeles femeninos Diosa Druidesa-Muérdago Hada Hija adoptiva Mujer Ninfa Porqueriza Princesa Resumen
f)       Abeja Aves Cerdos Halcón
g)      Carro de fuego Caza Fiebre Fuego Guerra Herida Mar de llamas Tridente
h)      Amor Anillo Lugar lejano
i)       Hoz Muerte Niño Padre-hijo

Bibliografía

(1) Bayard, Jean-Pierre: Histoire des Légendes. París, PUF, 1961.
(2) Caillois, Roger: L'Homme el le Sacré. París, Gallimard, 1950
(3) Cirlot, J.-Eduardo: Diccionario de símbolos. Barcelona, Labor, 1969.
(4) Corbin, Henry: Terre céleste et corps de résurrection. Correa. Buchet/Chastel, 1960.
(5) Dillon y Chadwick: The Celtic Realms. Londres, Weidenfeld & Nicolson, 1967.
(6) Eliade, Mircea: Aspects du Mythe. París, Gallimard, 1963.
(7) Eliade, Mircea: Le Sacré et le profane. París, Gallimard, 1965.
(8) Grimai., P.: Mythologies des Montagnes, des Forêts et des Îles. París, Larousse, 1963 («Mythologic Celtique», por G. Roth).
(9) Hubert, Henri : Los Celtas desde la época de la Tène y la civilización céltica. Méjico, Uthea, 1957.uadernos Hispanoame
(10) Jung, Carl Gustav: Paracélsica. Buenos Aires, Sur, 1962.
(11) Jung, Carl Gustav: Símbolos de transformación. Buenos Aires, Paidós, 1962.
(12) Lengyel., Lancelot: Le Secret des Celtes. Les Hautes Plaines de Mane. R. Morel éditeur, 1969.
(13) Lengyel, Lancelot: «Le moment historique de la prise de conscience de l`amour-passion et le symbolisme dans les sources celtiques du mythe de «Tristán». Le Surréalisme même, núm. 2, París, 1955.
(14) Le Roux, François: Les Druides. París, 1961.
(15) Loeffler-Delachaux : Le Symbolisme des Contes de fées. París, L´Arche, 1949.
(16) Marx, Jean: Les Littératures celtiques. París, PUF, 1967.
(17) Przyluski, Jean: La Grande Déese París, Payot, 1950.
(18) Savoret, A.: De Quelques symboles druidiques. París, 1947.
(19) Schneider, Marius: El origen musical de los animales-símbolos en la mitología y escultura antiguas. Barcelona, CSIC, 1946.
(20) Schneider, Marius: La danza de espadas y la tarantela. Barcelona, CSIC, 1948.
(21) Thevenot, Emile: Histoire des Gaulois. París, PUF, 1966.
(22) Vendryes, J.: Choix d'études linguistiques et celtiques. París, Librairie C. Klincksieck, 1952. 

Juan Eduardo CIRLOT. Cuadernos Hispanoamericanos nº 247, julio de 1970, pp. 5-25.