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viernes, 15 de febrero de 2008

Los ojos del icono

Hay libros cuya descatalogación retrata a todo un país o a toda una industria editorial... libros como Los ojos del icono, obra de José Jimenez Lozano editada en 1988 por la entonces Caja de ahorros de Salamanca. Y decimos que "retrata", no sólo porque Jose Jimenez Lozano, haya sido Premio Castilla y León de las Letras (1988), Premio Nacional de las Letras Españolas (1992) y Premio Cervantes (2002) o por porque en este libro esté en el origen de una de las aventuras culturales más ricas de las últimas decadas (Las edades del hombre), sino simplemente por ser uno de los mejores libros de estética que se han editado en España. Los ojos del icono es -no exageramos- una obra fuera de lo común, que, partiendo de "esa agnóstica neutralidad del cristal y el aluminio" de nuestra época posmoderna, empieza una búsqueda de la salvación -estética al menos- a través de las imágenes -iconos- que nos presenta el libro. Así, a lo largo de libro se nos presentan cuadros de Mathias Grünnewald, Malévich, Paul Klee, Massacio, Frank Halls, Vermeer, Crananch, Brueghel, Cezánne, Holbein, Durero y Velazquez; autores como Pascal, Spinoza, Teresa de Ávila, Dostoievski, Nietzsche, Hegel o Bernardo de Clarabal. Un autentico festín de imágenes, frecos, iconos unidos a un texto -si se nos apura- fundamental, sólo comparable -Rafael Conte dixit- a "el del célebre Las voces del silencio" de André Malraux.

"...pura expresión de mi amor a la pintura, mi fascinación por ella, y su implicación en la historia y en la vida humana"

PD: aún cuando el libro no haya vuelto a ser reeditado desde 1988, existe una -muy reciente- traducción checa .

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Hoy es Navidad

(Pinchar -y después ampliar- sobre el icono para verlo en toda su magnitud y belleza)

¿Por qué no podemos dejar de llamarnos cristianos?

“El cristianismo ha sido la mayor revolución que la Humanidad haya realizado jamás; tan grande, tan incluyente y tan profunda, tan rica en consecuencias, tan inesperada e irresistible en su concreción, que no sorprende que haya aparecido o pueda aún aparecer como un milagro, una revelación desde lo alto, una intervención directa de Dios en las cosas humanas, que de Él han recibido leyes y orientaciones completamente nuevas. Ninguna revolución, ni ninguno de los grandes descubrimientos que han marcado un hito en la historia humana admiten comparación con el cristianismo, y frente a él resultan particulares y limitados. Ninguna revolución, incluyendo las que hizo Grecia en la poesía, en el arte, en la filosofía, en la libertad política, y Roma en el Derecho; por no hablar de las más remotas de la escritura, de la matemática, de la ciencia astronómica, de la Medicina y de todo lo que debemos a Oriente y a Egipto; y las revoluciones y los descubrimientos que siguieron en los tiempos modernos, puesto que no fueron particulares y limitados como sus precedentes antiguos, sino que afectaron a todo el hombre, al alma misma del hombre, no pueden pensarse sin la revolución cristiana, en relación de dependencia respecto a ella, a la que corresponde la primacía, porque el impulso originario fue y sigue siendo el suyo. (…) La razón de esto es que la revolución cristiana actuó en el centro del alma, en la conciencia moral y, al destacar lo íntimo y lo propio de dicha conciencia, casi pareció que le proporcionaba una nueva virtud, una nueva cualidad espiritual, de la que hasta entonces carecía la Humanidad. Los hombres, los genios, los héroes que hubo antes del cristianismo realizaron acciones magníficas, obras bellísimas, y nos transmitieron un espléndido tesoro de formas, de pensamientos y de experiencias; pero en todos ellos se echa de menos ese acento propio que nos une y hermana, y que sólo el cristianismo supo dar a la vida humana”