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lunes, 6 de marzo de 2023

Nathan Gardels y Marilyn Berlin Snell entrevistan a Iván Illich (ABC, 9 de julio de 1989)


Ivan Illich: «La vida moderna implica la muerte de la naturaleza»

Por su innovadora crítica de la sociedad industrial, que comenzó hace ya más de una década en sus libros Energy and Equity, Medical Nemesis y Toward a History of Needs, el filósofo Ivan Ilich está considerado uno de los pensadores que fundaron el movimiento ecológico. Par él la vida moderna implica la muerte de la naturaleza, y los actuales procesos de desintegración de la capa de ozono y de calentamiento de atmósfera son consecuencia de un crecimiento industrial que no puede entenderse corno progreso. A menudo se le llama «profeta de una era de límites». La entrevista se realizó en su casa, en las faldas de la Sierra Madre mexicana.

Por su radical crítica de la sociedad industria hace quince o veinte años se le considera uno de los pensadores que fundaron el movimiento del medio ambiente. Ahora, muchos de sus conceptos han pasado al vocabulario de las instituciones establecidas del industrialismo y el desarrollo. El Banco Mundial habla ahora de «desarrollo sostenible» e incorpora consideraciones ecológicas cuando patrocina proyectos de desarrollo económico. George Bush, Margaret Thatcher y Mijaíl Gorbachov se preocupan públicamente de la capa de ozono y prometen una «agenda con protección al medio ambiente». ¿Qué es lo que ha cambiado?

—Lo que ha cambiado es que nuestro sentido común ha comenzado a buscar un lenguaje para hablar de la sombra que arroja nuestro futuro.

La tesis central de buena parte de mis primeras obras era que la mayoría de las desgracias causadas por el hombre —desde el cáncer y la ignorancia de los pobres hasta el hacinamiento urbano, la escasez de viviendas y la contaminación del aire— son subproductos de las instituciones de la sociedad industrial, que en principio estaba destinada a proteger del medio ambiente al hombre común, mejorar su situación y aumentar su libertad. Al traspasar los límites que la naturaleza y la historia imponen al hombre, la sociedad industrial engendró enfermedad y sufrimiento... ¡en nombre de la eliminación de la enfermedad y el sufrimiento!

En esta crítica inicial, recordaba yo la advertencia de Homero sobre el juicio condenatorio de Némesis. Arrastrado por la pleonexia o codicia radical, Prometeo traspasó los límites de la condición humana. Lleno de hubris, o presunción desmesurada, arrebató fuego del cielo y, como consecuencia, atrajo sobre sí la condenación. Fue encadenado a una roca, un águila se cebaba en su hígado y despiadados dioses curadores le mantenían vivo sanándole el hígado todas las noches. El encuentro de Prometeo con Némesis es una memoria inmortal de lo inescapable que es el desquite cósmico.

Era común a todas las éticas preindustriales la idea de que la gama de actividades humanas estaba estrechamente circunscrita. La tecnología era un mesurado tributo a la necesidad, o el instrumento que había de facilitar cualquier acción que eligiera la humanidad. En tiempos más recientes, merced a nuestro desordenado intento de transformar la condición humana con la industrialización, nuestra cultura entera ha caído presa del rencor de los dioses. Ahora, el hombre común se ha hecho Prometeo, y Némesis se ha convertido en endémica; es el reflujo del progreso. Somos rehenes de una forma de vida que provoca la condenación.

El hombre no puede vivir sin sus coches que eructan CO2, ni los rociantes desodorantes de fluorocarbono que destruyen la biosfera. No puede pasarse sin su terapia radiactiva, sus plaguicidas o sus bolsas de plástico no biodegradable en el supermercado. Si ha de sobrevivir la especie, decía yo en mis primeras obras, sólo podrá hacerlo cuando aprenda a habérselas con Némesis. La destrucción de la capa de ozono, el calentamiento de la atmósfera terrestre, la irreversible y progresiva desaparición de variedades genéticas... todas estas cosas traen a la conciencia fas consecuencias de nuestras transgresiones prometeicas.

Ya no nos es tolerable pensar las bombas nucleares como armas; las conoce ahora como instrumentos de autoaniquilación. La capa de ozono en proceso de desintegración y la atmósfera que se caldea están haciendo que sea intolerable pensar en el crecimiento industrial como progreso; ahora se nos aparece como una agresión contra la condición humana. Quizá por primera vez podemos imaginarnos que, como dijo en cierta ocasión Samuel Beckett, «esta Tierra podría estar deshabitada».

—¿Cómo el «desarrollo» ha transformado nuestra relación con la naturaleza?

—El «desarrollo» es uno de esos términos modernos que expresan rebelión contra la «necesidad» que gobernaba todas las sociedades hasta el siglo XVIII. La noción de «desarrollo» promete una liberación del reino de la necesidad mediante la transformación de «lo común» en «recursos» que se utilizan para satisfacer las incontables «aspiraciones» del posesivo individuo. El «desarrollo» combina la fe en que la tecnología nos ha de liberar de todas las coerciones que han puesto límites a todas las civilizaciones del pasado con la certeza básica del siglo XX: la evolución. Interpretada por políticos optimistas, «evolución» se convierte en «progreso». Paralelo a la construcción de la idea del progreso industrial, se puso de moda otro concepto, que implicaba la aceptación del desarrollo por las «masas»: la participación. Puesto que el desarrollo reduce la coerción de la necesidad, la gente debe, por su propio bien, transformar sus deseos vagos, y a veces inconscientes, en «necesidades», que deben, entonces, ser satisfechas. La aparición universal de «necesidades» durante los últimos treinta años refleja así una redefinición de la condición humana y de lo que quiere decir «lo Bueno». Por ejemplo, en la ciudad de México de hoy la población siempre creciente necesita suministros de alimentos, porque cada vez menos personas, en números absolutos, pueden cultivar sus propios alimentos. Cada vez más personas de México necesitan transportes públicos o automóviles norteamericanos reciclados porque no les queda más remedio que desplazarse para trabajar en la economía de mercado. Se necesita suministrar más viviendas, con agua y electricidad, pidiendo prestado a los bancos estadounidenses, porque hay menos espacio adecuado para cabañas construidas por uno mismo, y porque la gente ha perdido la habilidad necesaria para echar un tejado.  

—De modo que en la base de la destrucción del medio ambiente y en el derroche de unos recursos finitos está un movimiento hacia el crecimiento económico estimulado por la transformación de la condición humana gobernada por la necesidad de un reino de «necesidades». Si así es, entonces el camino «después del desarrollo», según su punto de vista, ¿implicaría un regreso a la economía de subsistencia y a la restauración de lo común?

—Sí, exactamente. Mantenimiento sin desarrollo, o subsistencia, es sencillamente vivir dentro de los límites de las necesidades genuinamente básicas. Habitación, alimento, educación, comunidad e intimidad personal pueden todos ellos poseerse dentro de este esquema.

—La renuncia al crecimiento económico es difícil que pueda, en este momento, ganar mucho apoyo político. ¿Por qué no seguir el camino de la modernización ecológica? Si la energía es finita, ¿por qué no una tecnología de ahorro de recursos? Si los automóviles movidos por petróleo contaminan, ¿por qué no pasar al metanol? Si los kilómetros por pasajero son demasiados para desolarse a la oficina, ¿por qué no quedarse en casa y trabajar en el computador?

—La Revolución de la Información ha inyectado nueva vida en lo que de otra forma había sido agotamiento de la lógica de la industrialización. Estimula la esperanza en que, mediante sus instrumentos, el hombre pueda evadir los límites de su condición humana. Para hacer frente al futuro con libertad, se deben abandonar el optimismo y el pesimismo y depositar toda la esperanza en los seres humanos, no confiar en los instrumentos.

Yo, por ejemplo, veo señales de esperanza en la forma de vida de los campesinos que se mantienen en nivel de subsistencia o en la red de activistas que salvan árboles o que los plantan. Pero admito que soy aún incapaz de imaginar cómo, a menos que ocurra una catástrofe devastadora, puedan estos actos esperanzadores llegar a constituir una «política». Seguramente, cuando la venganza del cosmos se cristalice en la ruina de una antigua metrópoli cómo México —donde los fetos de los no nacidos se emponzoñan de plomo a través del aire que sus madres respiran—, sus ruinas quedarán, igual que Prometeo, como un testimonio de la maldición de Némesis. Entonces, quizá, la «política» abandone el desarrollismo y se implanten nuevas formas de organizar la vida. La ciudad de México está más allá de la catástrofe. Es una metáfora de todo lo que se ha torcido con el desarrollo. Esa antigua ciudad, fundada sobre un lago en el aire puro de un elevado valle de montaña, no tendrá aire ni agua limpios en el año 2000. Lo que me maravilla es que la ciudad sobreviva. ¿Por qué no se mueren allí de sed las personas? De la enorme cantidad de agua que se bombea sobre las montañas desde el campo, el 50 por 100 va a parar a menos del 3 por 100 de los hogares, 50 por 100 de los hogares obtienen menos del 3 por 100 del agua. Eso significa que ese 50 por 100 consigue sólo el agua suficiente para beber, cocinar y lavar, ¡y echar la bomba sólo una vez cada diecisiete deposiciones! El hecho es que la disolución de las heces en agua es totalmente imposible en México. Sin embargo, los cinco millones y medio de personas que no tienen lugar estable para defecar, se las arreglan de alguna forma para mantener bajo control incluso este aspecto de su vida. Así que México es también un símbolo de la estabilidad del equilibrio de las vecindades más allá die, la catástrofe. En un mundo como éste, veo surgir formas aterradoras pero eficaces de autogobierno que mantiene el Gobierno y las instituciones de desarrollo al margen de los asuntos diarios de  las personas.

— ¿De forma que de las ruinas del desarrollo surgen nuevas formas de vida?

—Algunos novelistas, como Doris Lessing en The Fifth Child, crean la sensación del mundo que emerge, de qué clase de relaciones son posibles entre las ruinas. Las obras de Lessing transmiten la imagen de los seres aterradores que tienen capacidad de supervivencia.

Es fascinante descubrir esta experiencia que comparte los ajenos en un México post-terremoto, preapocalipsis ecológico. Hay en ello algo que transciende a banda callejera, a trapero, a habitantes de basurero. Nuestra dificultad está en encontrar el lenguaje apto para hablar de esta alternativa porque, frente a la sabiduría oficial, las personas con necesidades básicas no satisfechas están sobreviviendo bajo nuevas formas de convivencia.

Quizá podamos pensar en ellas como la mayoría tecnofágica de la. última parte del siglo XX. Gentes que se alimentan de los desperdicios del desarrollo. Esta población comprende la mitad de los jóvenes del corazón de Chicago que han abandonado la escuela, así como dos tercios de los habitantes de ciudad de México cuyos excrementos no son tratados. Desde los desposeídos de Nueva York hasta los habitantes de la «ciudad de los muertos» de El Cairo, estos supervivientes son los arquitectos de nuestro «futuro» postmoderno.

—Ha esbozado usted un camino más allá del desarrollismo y fuera del debate dominante que ha planteado la Comisión de Brundtland. ¿Cuál es el próximo movimiento dentro de ese discurso?

—Para mí está claro que una ecología global, con énfasis en lo administrativo, se sigue lógicamente de la ética utilitaria de gestión que vertebra a la Comisión de Brundtland. Originalmente, el utilitarismo se concibió como un intento de proporcionar máximo de bien al mayor número de personas. Luego, en algún momento de los años setenta, llegó a significar el menor mal posible para el mayor número de personas. Esta metáfora médica ilustra sobre el próximo paso tras la Comisión Brundtland: no el mayor bien, ni el menor mal, sino la mayor gestión del mal para la especie.

—Es decir, enganchar la tierra a un pulmón artificial y administrarle drogas...

—Eso es. Después de la Comisión Brundtland, preveo la gestión de la supresión de lo común, no la restauración del medio ambiente común para poner límites culturalmente circunscritos y políticamente aprobados al crecimiento. En esta ectopia, veremos la gestión, con apoyo tecnológico, del hombre, desde el semen al gusano, incluidas las tasas de reproducción

—¿Aprobaría, pues, la emergencia de una visión ecológica del mundo que enfocara atención del hombre sobre la restauración del equilibrio natural? ¿Sería ése el nuevo ethos universal que daría unidad a este fragmentado planeta?

—Debe usted entender que el concepto de ecología está profundamente relacionado con el concepto de vida. La «vida» moderna implica la muerte de la Naturaleza. En un hilo continuo que se remonta hasta Anaxágoras (500-428 a. de C.) y sigue a través del siglo XVI, en Occidente era tema constante un concepto de la naturaleza orgánico y total. Dios era el modelo que daba forma al cosmos. Pero con la Revolución Científica llegó a dominar en el pensamiento un modelo mecanicista. Con objeto de la voluntad humana, la Naturaleza se transforma en materia muerta. Esta muerte de la Naturaleza, diría yo, fue el efecto de más largo alcance de aquel cambio radical en la visión humana del universo.

Pues bien, este carácter artificial de la «vida» se presenta con especial dramatismo en el discurso ecológico. El modelo que relaciona los seres vivientes y su hábitat —Dios—se ha disuelto en el concepto cibernético de un «ecosistema» que, a través de múltiples mecanismo de realimentación, puede regularse científicamente si la alimentación de datos la escogen adecuadamente hombres inteligentes. El hombre, agente de desequilibrio, proyecta sobre sí mismo la gran tarea de restaurar el equilibrio de la Naturaleza. El hombre ecológico protege la «vida» y defiende los recursos del agotamiento.

El tema autorregulado de la «vida» se convierte así en el modelo para oponerse a la destrucción industrial. Es una idea muy seductora y lo simplifica todo. En su intento de enfrentarse con Némesis, ¡el hombre amplía su presunción y pretende dirigir el cosmos! En el nombre de la Naturaleza, la ecología idoliza al hombre prometeico.

GARDELS y BERLIN, ABC, 9 de julio de 1989, pp. 82-83


Título original: THE SHADOW OUR FUTURE THROWS, ILLICH, IVAN, New Perspectives Quarterly, 1999, Vol. 16, Issue 2

miércoles, 22 de febrero de 2023

Entrevista a Francis Fukuyama (ABC, 12 de septiembre de 1990)

 


Francis Fukuyama: «En el futuro es posible una vuelta al fascismo»

El apóstol del fin de la historia habla del ocaso comunista

Para el apóstol del fin de la historia, Francis Fukuyama, «en el futuro es posible una vuelta al fascismo. Podemos verlo -añade- en los problemas que se están ocasionando con los emigrantes. Este fenómeno se está produciendo en EE.UU, Francia e incluso Japón... Ninguna sociedad liberal tiene una justificación moral para no dejar entrar a los emigrantes. Mientras tanto, serán inevitables las reacciones de rechazo en los países anfitriones

Washington. F. Hauter

-No es el primero en predecir el fin de, la historia. Pero ¿por qué repetirlo ahora?

-Yo no dije que la historia terminara hoy. Estoy de acuerdo, sin embargo, con las ideas de Kojève: él sostenía que la historia había concluido en 1776, en 1789 o en 1806. Es decir, si consideramos los principios fundamentales de la organización social, veremos que no hemos progresado verdaderamente desde las revoluciones francesa y americana. Y estamos asistiendo, ahora, en la escena política mundial, a la extinción de todas las alternativas al liberalismo.

-Entonces, el comunismo está acabado?

-Nunca se puede decir que algo está acabado del todo, que está enterrado para siempre. Jean-François Revel, contestando a mi artículo, dijo que él no descartaba una reacción de la retaguardia del comunismo que podría consumir a una generación entera y que, en términos humanos, podría costar muy cara. Yo eso no lo discuto. Sin embargo, me parece que es preciso buscar otras alternativas y reflexionar sobre los peligros potenciales que amenazan el liberalismo, y que no podemos prever en estos momentos.

El porvenir del marxismo

-En China el comunismo aún existe y parece armonizar bien con una visión confuciana de la realidad.

-Vamos a ver, el marxismo-leninismo, en tanto que sistema político coherente, está muerto en China. La esencia del marxismo es el centralismo económico, la colectivización de los medios de producción. En China esto no se ha respetado. Ni siquiera la reacción política tras Tiananmen ha cuestionado numerosas reformas económicas. Los dirigentes chinos, incluso los más reaccionarios, han visto que el sistema económico estalinista no funciona. Lo que sí me parece posible es el desarrollo de una fórmula asiática específica, que combine un cierto liberalismo económico y un cierto autoritarismo político. Esto está basado en unos modelos confucianos muy jerarquizados. Los chinos podrían tantear en esta dirección. No son los únicos en Asia.

-¿Tiene el comunismo algún porvenir en el Tercer Mundo?

-Todavía hay marxistas en la India, en Sudáfrica, en el seno del Congreso Nacional Africano de Nelson Mándela. Los marxistas del Tercer Mundo pueden argumentar que una economía estalinista puede ser un poderoso motor para el desarrollo en el punto de partida, porque la autoridad central es capaz de sacar con rapidez a los campesinos de las tierras, de concentrar capital, de montar industrias pesadas, etc. Éste era el atractivo principal del sistema económico marxista hace veinte, treinta o cuarenta años. Pero hoy cabe preguntarse a qué precio. Los que estudian los destrozos económicos y sociales perpetrados en virtud de este desarrollo forzado pueden plantearse algunas preguntas: ¿hay que reforzar este sistema, como lo hacen numerosos dictadores del Tercer Mundo?, ¿pagando el precio de gulags. de matanzas de campesinos, de estragos ecológicos. de aparatos policiales, de obreros que han perdido toda ética de trabajo y de la instauración de sistemas de precios incoherentes?

-¿Qué herencia nos queda de Marx?

-Desde un punto de vista intelectual, una determinada manera de enfocar la evolución social. Desde un punto de vista político, casi nada.

-¿Los ataques de Gorbachov a los principios estalinistas pueden desembocar en un liberalismo puro y duro?

-No puedo predecirlo. Es una posibilidad. Hace cinco años nadie hubiera apostado por un cambio, nadie hubiera podido prever que la Unión Soviética se liberalizaría un poco, manteniéndose, sin embargo, como una nación muy autoritaria y poderosa. ¿Cuál ha sido la revelación de estos últimos años? La URSS es un país mucho más moderno, más europeo de lo que esperábamos. Estuve en Moscú hace un mes y repetía a mis amigos soviéticos que les veía muy pesimistas acerca de las perspectivas de progreso democrático. Ellos me respondieron: «Nosotros vivimos aquí, nosotros comprendemos este país. Usted no».

-Pasemos revista las inquietudes de nuestras sociedades liberales. Los nacionalismos y los movimientos integristas religiosos...

-El nacionalismo no alcanzará el lugar de las grandes ideologías porque no es, por naturaleza, de índole universal. Con el fin del comunismo, nos lo hemos encontrado, por ejemplo, en los conflictos entre Hungría y Rumania. Esto afectará a los ciudadanos de ambos países, pero difícilmente al resto del mundo. Nadie ha inventado una doctrina nacionalista capaz de encontrar eco más allá de los grupos afectados. Pasa lo mismo que con el nacionalismo ruso. Disminuye, lejos de aumentar: Los propios rusos han decidido no asumir la misión imperial. Quieren sencillamente vivir en una Rusia más pequeña. En lo que se refiere a las batallas ideológicas, se sobreestima el poder de los nacionalismos. En cuanto al integrismo, su problema es que muy pocas de estas religiones fundamentalistas consiguen asegurar el progreso económico. Pienso que verdaderamente lo que determinará el futuro de estas doctrinas es el éxito económico. Los iraníes se han salvado de las consecuencias de su irracionalidad porque están asentados en el petróleo. Pueden, pues, valerse de tecnologías modernas como si ellos mismos fueran modernos. No lo son. Hay en ello una contradicción profunda. Fuera del mundo musulmán, este tipo de sociedad no ejerce ningún tipo de seducen. De hecho, la mayor parte de los países desarrollados la contemplan con un cierto horror.

La vuelta del fascismo

-Queda el fascismo...

-En el futuro es posible una vuelta al fascismo. Podemos verlo en todos los problemas que se están ocasionando con los emigrantes en muchos países, con este movimiento continuo de personas que se desplazan desde los países más pobres a los más ricos. Este fenómeno se está produciendo en Estados Unidos, Francia e incluso Japón y otros países de Asia. Ninguna sociedad liberal ha podido desarrollar una justificación práctica o moral para no dejar entrar a los emigrantes. Mientras tanto, serán inevitables las reacciones de rechazo en los países anfitriones. Por eso han surgido fenómenos como el de Jean-Marie Le Pen en Francia. Estos partidos de extrema derecha no amenazan, hoy por hoy, a los sistemas políticos alemán o norteamericano. Pero no haya que bajar la guardia.

-¿Qué le queda al Japón moderno del fascismo de la época imperial?

-Yo creo que la verdadera cuestión que debe plantearse Japón es si realmente cree en el principio liberal de la igualdad universal

-¿Tiene dudas?

-Bueno, los japoneses han aceptado las instituciones democráticas y de una manera muy explícita. Pero culturalmente, la idea de la especificidad japonesa está profundamente arraigada. El universalismo liberal, tan común en Francia ó en Estados Unidos, donde la gente activa apoya inmediatamente toda causa qué afecte a la justicia social, los derechos del hombre, etc., es muy difícil de entender en Japón. Porque este concepto no ha formado parte siempre de sus ideas.

-Y, aparte de este concepto, ¿qué es lo que puede aportar el Japón Moderno al liberalismo?

-La sociedad japonesa está estructurada más sobre una base corporativista que sobre un modelo liberal. Es decir, que los grupos ejercen una gran presión y una gran influencia sobre el individuo. Es posible que, en términos de eficacia económica, este sistema sea más efectivo qtíe la especie de anarquía individual a la que estamos habituados.

-¿Ése es el futuro?

-Es ya el porvenir en los Estados Unidos. Veamos las empresas japonesas que trabajan aquí. Intentan organizar y tratar a sus empleados de la manera en que lo hacen con los obreros japoneses en su país. Y los americanos se adaptan muy bien. Insisto: esta adaptación está condicionada por los éxitos económicos. Mientras tengan éxito, ejercerán un atractivo considerable.

-Definamos entonces las contribuciones de Japón.

-La primera es la creación de riqueza, y esto no es nada desdeñable. Piense en las riquezas encerradas en los diez primeros bancos mundiales: todas provienen de Japón. Contribuirán a transformar a Hungría y Polonia en economías de mercado. Otro tanto para la Unión Soviética. Es cosa notable.

-¿Modernizará el Japón la «ética protestante y el espíritu del capitalismo» de Max Weber?

-Sólo puede poner un ejemplo. Se refiere a la conciencia de grupo inherente a la cultura japonesa. En Estados Unidos se han acostumbrado a las confrontaciones generalizadas. La competición es universal entre los cuadros y los obreros, entre los empleados de una misma compañía. Cada uno vive con los ojos fijos en su interés egoísta, a corto plazo. Los japoneses motivan a los individuos de modo distinto. La gente no busca su beneficio a corto plazo. Tienen en cuenta el del grupo al que pertenecen. El resultado es un esfuerzo de otra amplitud.

-¿Una especie de micronacionalismo?

-Exactamente. A cierto nivel, es un nacionalismo puro y simple. Los japoneses trabajan mucho porque quieren imponer los productos japoneses en el mundo. Pero es también una lealtad a una empresa determinada, una relación de clientela entre personas de edad y más jóvenes. Es muy eficaz. No veo por qué no se podrían exportar algunas de estas ideas.

-¿Cree usted verdaderamente que seguiremos su ejemplo?

-Es posible. Es posible.

-Entonces, este debate sobre el fin del comunismo apenas tiene ya interés...

-Bueno, si se produjera una acción de retaguardia en China o en la Unión Soviética, habría que volver a hablar. Pero yo he adoptado un punto de vista más alejado de estas cuestiones. Intento imaginar el porvenir a veinticinco, cincuenta o cien años de distancia. Desde esta perspectiva, el fin del comunismo ya no es una cuestión que tenga interés.

ABC, 12 de septiembre de 1990, pp. 53-54

viernes, 12 de agosto de 2022

Tres artículos sobre Ucrania de Iury Lech en "La Vanguardia" ( "Ucrania: un no resuelto problema" -28 de septiembre de 1989; "Mitos en retirada" -19 de enero de 1990- y "El nacionalismo útil" -27 de marzo de 1990)

 


Ucrania: un no resuelto problema

LA reciente manifestación multitudinaria nacionalista contra la ocupación del Ejército Rojo realizada en la ciudad ucraniana de Lviw (Lvov en ruso) pone de nuevo en evidencia el absurdo histórico que todavía padecen las repúblicas soviéticas, exceptuando, claro está, a Rusia.

Es más que significativo que el acto no haya tenido lugar en la capital, Kiev, y sí en una ciudad con fuerte herencia religioso-patriótica —corre la broma de que allí hasta los agentes del K.G.B. hablan el ucraniano— en donde a finales de 1918 se conquistó por tercera vez en su historia la independencia de Ucrania, estableciéndose la República Nacional de Ucrania Occidental, privilegio que no duraría más de dos años.

Ucrania es una nación de esencia europea, con cincuenta millones de habitantes y casi un millón de kilómetros cuadrados de superficie, pero hasta el catastrófico accidente nuclear ocurrido en Chernóbil, fue prácticamente desconocida —o excluida ‘con premeditación— por la Europa ilustrada. Dos son las asignaturas pendientes que más sensibilizado tienen el pueblo ucraniano: su independencia del conjunto soviético y la libertad de excepción religiosa. Plantear la existencia de una Ucrania libre y soberana traerá consigo inevitablemente un reexamen de sus fronteras y en el supuesto caso de obtenerse, Rusia exigiría la cesión de aproximadamente nueve provincias y parte de territorios limítrofes, con lo que se quedaría sin salida al mar ni industria básica, y si a esto le agregamos las pretensiones polacas sobre las provincias occidentales, los ucranianos, ahora con una nación más grande que España y Portugal, se quedarían con un trozo de territorio reducido a la extensión de la isla de Cerdeña.

En el apartado religioso, el problema radica en poner de acuerdo a las dos mitades de Ucrania, esto es, la del este, o “rusificada”, donde la Iglesia ortodoxa es la regidora absoluta, con la del oeste, o “polonizada”, en la cual son mayoría los católicos “uniatos" adheridos al rito oriental, forzados durante la época estaliniana a integrarse a la Iglesia ortodoxa rusa, que vive en una situación de clandestinidad con menos de trescientos sacerdotes y conventos y monasterios secretos. Para los ucranianos, nación e iglesia significan lo mismo, por lo que esta escisión interna representa su talón de Aquiles al cual sus enemigos no han dejado de asaetear.

Durante la conmemoración en Lviw, el dirigente Viatcheslaw Chomovil del Grupo de Helsinki de Ucrania —la mayor parte de sus miembros más destacados ha perdido la vida en los “gulags" siberianos— no en vano manifestó que de seguirles en sus reivindicaciones Ucrania oriental “se acabará el imperio ruso". Hay que destacar que Chomovil, leninista convencido y que conoce a Marx y las leyes soviéticas mejor que sus inquisidores, fue prisionero en los campos de concentración por casi dos décadas, por el solo hecho de negarse a testificar en juicios ilegales y cerrados contra intelectuales ucranianos que pedían el reconocimiento de la soberanía de su país, y plasmar su impresionante testimonio en un libro que fue sacado de la Unión Soviética de contrabando, publicado en Canadá bajo el título de "Los documentos de Chomovil"

Las reivindicaciones de los ucranianos, así como de las demás repúblicas en cuestión, son un tema demasiado espinoso para la cúpula del PCUS, y su secretario general, Mijail Gorbachov, ya ha expresado en reiteradas ocasiones, invocando sospechosamente a la “perestroika” (lo cual tiene connotaciones de estar poniendo a punto la maquinaria del “terror preventivo”), que no tolerará el peligro de los nacionalismos ni aventuras independentistas.

No hay más que recordar los trágicos sucesos en Alma Ata o Tiblisi, lo cual supondría para Rusia, y no para la unidad del partido, al fin y al cabo la beneficiaría mayor de la URSS, una total e irremediable ruina económica. No hay que olvidar que las reformas incentivadas por Gorbachov están dirigidas a terminar con la corrupción dentro del sistema y no para acabar con el sistema comunista en sí. Un cambio en la política inmovilista soviética con respecto a los nacionalismos es más un loable deseo que una realidad aplicada a corto plazo con modificaciones trascendentes; sin una verdadera ayuda exterior todo intento separatista está destinado al peor de los fracasos. Ya Cioran llamó la atención sobre el mesianismo de los rusos y su aspiración a “salvar” al mundo, derivado de “una incertidumbre interior, agravada por el orgullo, por una voluntad de afirmar sus taras, de imponérselas a otros, de descargarse sobre ellos de un exceso sospechoso

En la actualidad, Ucrania tiene un estatus similar al de una colonia y se ve obligada a mantener un continuo y silencioso pulso con el poder central para evitar que sus raíces culturales sean extirpadas bajo el pretexto de ser cocinadas en la olla común de un trasnochado paneslavismo. La idiosincrasia ucraniana es diametralmente opuesta a la rusa, así como su lengua e historia, esta última distorsionada para no reconocer su derecho a la autonomía. ¿Está Ucrania, por lo tanto, privada de futuro?

En toda época de despotismo, la verdadera patria de los pueblos ha sabido transmitirse mediante su memoria colectiva. En el caso de la nación ucraniana, ésta sufre de una anestesia local sobre su sentimiento de pertenencia. Al igual que el caduceo de Mercurio, insignia del obispo católico ucraniano, que es una vara entrelazada con dos serpientes y un yelmo alado en la parte superior, Ucrania corre el riesgo, en su anhelo por expandirse hacia la identidad propia, de ser aprisionada en esa doble corriente de evolución e involución.

La Vanguardia, 28 de septiembre de 1989, p.5.

***

Mitos en retirada

Mientras devoramos imágenes dramáticas, restos del lenguaje y sonidos crepusculares, el decenio ha terminado dejándole bien claro al hombre que cualquier supuesta estabilidad de que goza puede desaparecer en el momento menos esperado. Estamos frente al doble rostro de Jano, esa deidad romana asociada al destino, el tiempo y la guerra, que mira hacia el pasado y el futuro, cuya dualidad hoy configura en una cara el repliegue de las ideologías, mientras que en la otra se refleja el progresivo interrogante de la autodeterminación. El primer debate se centra en la liquidación del dogma comunista y el polémico apéndice sobre la existencia o no de un comunismo real, sostenido inevitablemente por quienes en su hora apoyaron regímenes afines sin hacer tal distinción y que, aquejados de amnesia, todavía no tienen el valor de analizar y reconocer públicamente la falsedad que les llevó a decir, años atrás, que todos los exiliados y disidentes del Este no eran más que fascistas o burgueses contrarrevolucionarios; o su complicidad criminal al alentar la proliferación de semejante sistema en cualquier sociedad que se les pusiera a tiro. El ser humano nombra a las cosas para poder comprenderlas y de ahí que la especulación acerca de la faceta noble del comunismo es fútil debido a que, y empleando la retórica marxista, aquello que fue es lo que debía haber sido. Resulta azaroso desandar el camino que ha dado forma a una idea mesiánica y estéril sostenida únicamente en un incalculable sacrificio espiritual y material, una concepción del mundo redentorista cuyo utopismo no ha forjado más que el culto a Leviatán; aunque es verdad que el comunismo, además del ingrediente tiránico de los pueblos de Oriente, se alimentó de enfervorizadas teorías occidentales, hecho que parece suscitar en el mundo libre el deber moral de compensar económicamente a los países sometidos al delirio bolchevique y demuestra, una vez más, la astucia troyana asentada en el poder del Kremlin al traspasar su pesada responsabilidad, y por qué no, bomba de tiempo, a los liberales europeos siempre tan aficionados a un “mea culpa” oficioso.

Ahora que es irreversible el fin de las dictaduras, autarquías y tiranías, Europa asiste indolente a un nuevo despertar de un viejo Volksgeist, esa esencia cultural que a través de los siglos ha conformado un irreductible mosaico de pueblos y naciones. Sin ánimos clarividentes, este resurgir del separatismo trae a la memoria las circunstancias que condujeron a la I Guerra Mundial, considerada por algunos como una salida a los conflictos políticos internos y a una dificultad por dar un cauce conciliador a las actividades de las distintas organizaciones nacionalistas, en particular las de la multiétnica zona de los Balcanes.

Para poder entrar en el próximo siglo en paz, es indudable que debe haber un replanteamiento por parte de los estados contenedores y de las naciones contenidas del significado de la autodeterminación, cuya actual tendencia pasa más por la autoafirmación de principios, la necesidad de mostrarle al mundo el espíritu de lucha patriótico apoyado en la explotación de las reservas del sentir colectivo, olvidándose en el camino la fuerza simbólica de la independencia y mermando en consecuencia el inconsciente personal de cada habitante. Al debate sobre la autodeterminación habría que anteponerle el proceso de individualización, que reconcilia los conceptos de “patria” y de “matria”, elaborando la conciencia de cada individuo antes que someterle a una concienciación forzada.

No está de más recordar las desapasionadas palabras del pensador rumano Cioran al respecto: “¡Cuánto más trágico el problema nacional para los pueblos pequeños! No hay irrupción súbita en ellos, ni decadencia lenta. Sin apoyo en el porvenir ni en el pasado, se apoyan gravosamente sobre sí m ismos; de ello resulta una larga meditación estéril. Su nacionalismo, que suele ser tomado a broma, es más bien una máscara, gracias a la cual intentan ocultar su propio drama y olvidar en un furor de reivindicaciones, su ineptitud para insertarse en los acontecimientos; mentiras dolorosas, reacción exasperada frente al desprecio que creen merecer, una manera de escamotear la obsesión secreta por si mismos”. Comparar la problemática local con la soviética no sólo resulta una aseveración poco informada, sino que minimiza, como ya ocurrió gracias a la avaricia intelectual de cierta intelectualidad izquierdista, el verdadera dilema de las repúblicas de la URSS, en donde se ha perseguido a cualquier coste la desaparición de las diferencias nacionales. Con un considerable atraso hoy se comienza a reconocer la envergadura social y cultural del territorio soviético, del que comúnmente se suponía un bloque sin fisuras ni divergencias internas, gracias a una maquinaria propagandística antinatural que divulgó la mentirosa existencia de una dicotómica constitución que incluía el derecho a la secesión o de una invisible fuerza representativa republicana en la ONU.

La realidad acallada es mucho más compleja y patética, y las tensiones que hoy se revelan en el conjunto de la Unión Soviética no son más que consecuencia de la política intolerante del etnocentrismo ruso, con lo cual resulta retorcido por parte de Gorbachov decir que el PCUS representa una garantía a la solución de las reivindicaciones nacionalistas. No obstante, debería definirse si está a favor de los separatismos, como lo ha demostrado al oponerse a una reunificación alemana con el alegato de que se trata de dos estados distintos y desatar el nudo gordiano de los nacionalismos aún amarrado a la carroza bélica zarista.

Se da el triste contrasentido de que la URSS ha sido por antonomasia la principal productora y exportadora del terrorismo internacional que dirige su lucha a favor de la libertad de los pueblos oprimidos; otra paradoja poco conocida es que la propia Rusia debe su nombre ya que Rus fue el primitivo nombre de la actual Ucrania cuando hace un milenio configuraba el reino de Kiev.

Para que Europa pudiese surgir fue necesaria la devastación del Sacro Imperio Romano, y si la finalidad de la “perestroika” está en crear una casa común Europa no hay que postergar el desmantelamiento del imperio de la Santa Rusia, una ardua tarea muerto Sajarov, el último dinosaurio de la disidencia activa, y más cuando Moscú sabe que tiene a su disposición un aparato represivo intacto. Si en un pasado fueron Pedro el Grande y Catalina y más tarde el binomio Lenin-Stalin quienes sedujeron a Occidente, hoy Gorbachov y Raïssa despiertan pasiones iguales, por lo que habrá que estar preparados ante un eventual rapto de la hija de Agénor, pero esta vez no a lomo de un toro, sino en el del caballo de Troya. No en vano el escritor Gogol se preguntaba entre las melancólicas brumas de su atormentada alma eslava: “¿Hacia dónde vas tan de prisa, oh Rusia?”.

La Vanguardia, 19 de enero de 1990, p.17.

***

El nacionalismo útil

En alemán, la palabra ruso (“russe”) puede asociarse fonéticamente a hollín (“russ”), lo cual podría dar lugar, parafraseando a Georg Groddeck, a la siniestra metáfora que debe de impregnar el espíritu de todas las naciones no rusas de la Unión Soviética cansadas de un opresivo mesianismo y que no ven la hora en que podrán despedirse “ad aeternum” de una tutela jamás requerida: Rusia, el país del hollín, el país negro, el de la muerte. Poco a poco el mundo toma conciencia de que las ideologías totalitarias siempre han empleado la más noble de las fraseologías para luego poner en marcha los más bajos y perversos instintos de dominación; sin embargo, esto no representa suficiente descargo como para olvidarnos de que, en su momento, pocos se comprometieron en defender aquello que hoy es curiosamente credo de muchos conversos.

Cuando hace veinticinco años Ivan Dziuba, mítico activista en pro de los derechos humanos, lo que le ha llevado a ser diputado por Ucrania, lanzaba en “samizdat” un revolucionario manifiesto en respuesta a los masivos arrestos de intelectuales en su país titulado “¿Internacionalismo o rusificación?”, en el cual por primera vez en la URSS se hablaba de “glasnost” y que logró publicarse en el extranjero en forma de libro, en el bloque libre nadie pareció enterarse; cuando en la misma época Kruschev promovía la descolonización de África mientras en casa fusilaba a nacionalistas bálticos, bielorrusos o ucranianos por atreverse a hablar de independencia, a nadie se le ocurrió pensar que esto constituía una salvaje contradicción. Y podríamos seguir enumerando casos semejantes hasta conseguir todo un archivo dedicado a compilar los métodos terroristas empleados por Moscú para acabar durante estos últimos setenta años con cualquier atisbo de nacionalismo; pero no hará falta extendemos tanto, ya que ahora mismo Lituania será el test que nos dará la pista sobre la actitud comunista a seguir en el futuro con la cuestión independentista. Es probable que en este trance también se revele el desconocimiento histórico y la falta de sensibilidad de los países libres con respecto a las justas reivindicaciones de las naciones sometidas a la ambición rusa, que ha originado verdaderas cazas de brujas como, por ejemplo, la emprendida en los últimos tiempos por la KGB contra dirigentes nacionalistas en el exilio bajo la falsa acusación de ser autores de atroces crímenes de guerra.

Cuando se comprenda el explícito e incondicional apoyo exterior de los gobiernos democráticos a la independencia de cualquier república soviética —como se hizo con Luxemburgo, Barbados o Namibia—, sin artimañas dialécticas por miedo a un enfrentamiento diplomático con Moscú, habremos ganado una batalla más a favor de la justicia natural, la cual se antepone por imperativo a cualquier cláusula de materialismo histórico, de ficticias ataduras geográficas o de compromisos bilaterales. Desconocer o no querer reconocer estas reivindicaciones es negar el sufrimiento físico y moral causado por sinuosas doctrinas en nombre de una supuesta cohesión nacional. Si bien es verdad que en Occidente el concepto nacionalista despierta rápidamente recelos y amargos recuerdos, tampoco debe olvidarse la diferencia que existe entre el nacionalismo de un estado opresor y el de una nación oprimida, entre la idea nacional y fundamentalista con sus inefables consignas y símbolos patrios enmarcados para la posteridad y la soberanía que garantiza el desarrollo de unas culturas oprimidas por la imposición de valores ajenos a su idiosincrasia.

El gran problema en la URSS radica en el sentimiento de superioridad ruso, en su confusa manera de considerar propio lo ajeno y su relación de dominio con el resto de las naciones soviéticas no rusas; mientras estas últimas sienten que han sido explotadas, los rusos creen que sus “sacrificios” no han sido debidamente considerados. De ahí que pongan como condición previa a cualquier negociación sobre el tema de la secesión el pago de indemnizaciones a Rusia por los bienes cedidos, pretensión bastante fantasiosa, ya que si se hicieran cuentas veraces, serían los rusos quienes deberían hacerse cargo, como en el caso de Alemania después de la II Guerra Mundial, por los estragos económicos, culturales, ecológicos, lingüísticos, morales, etcétera, que han ocasionado en todas aquellas tierras en las que asentaron su atenazadora garra ideológica. Allí, los nacionalismos son imprescindibles para la evolución de voces plurales que impidan el crecimiento del sistema totalitario; así lo acaban de confirmar el triunfo de independentistas y reformistas en las elecciones de los representantes a los Soviets Supremos locales. El primer paso para consolidar esto sería retirar de circulación la vigente Constitución soviética, permitiendo que cada República se federe con sus propias identidades colectivas y variantes constitucionales. Para un ruso será muy difícil digerir semejante propuesta, ya que supondría aceptar que Lituania, Georgia, Moldavia o Azerbaiyán dejan de formar parte de su huerto privado y campo de maniobras experimental; supondría para ellos la quiebra de su principal fuente de orgullo, la de ser superpotencia mundial.

Más que impulsor de reformas, Gorbachov es un retardador del gesto bruto militar, ya que la expresión popular ha sido el verdadero motor de los cambios. No olvidemos que el líder soviético es simplemente una pieza más en este resbaladizo tablero, no el inventor del juego, y con su nueva parcela de poder —y aquí uno vuelve a preguntarse a qué han renunciado realmente los dirigentes comunistas— Gorbachov está a punto de pasar de la categoría de héroe como guerrero a la de héroe como emperador, de su papel de redentor sólo queda una difusa estela de humo, mientras el PCUS, después de haber aplastado el movimiento disidente, intenta ocupar el papel de fuerza opositora que critica a la sociedad soviética. La duda que debe de estar inquietando a muchos, sin duda, radica en si en la URSS se están preparando para una verdadera democratización o si se tiene planeado una renovación de los viejos valores para evitar la desintegración. Una cosa está clara: mientras siga existiendo un régimen imperial, ningún simulacro de proceso igualitario puede hacemos creer lo contrario.

La Vanguardia, 27 de marzo de 1990, p.19.

miércoles, 3 de agosto de 2022

"Ucrania, 1978" (ABC Dominical, noviembre-diciembre de 1978) por Guillermo DIAZ-PLAJA

 


KIEV, LA BIEN ARBOLADA

AUN cuando una presencia aborrascada de nubes de plomo amenaza ya los últimos días del verano moscovita, basta descender hacia Ucrania, para abrírsele una esperanza de luz.

Al romper el alba, el tren que me conduce a Kiev penetra un nuevo paisaje. Quedan atrás las manchas boscosas verde-húmedas de abetos y abedules, para ingresar en un panorama fértil y bien labrado. Pasamos de la fronda a la agricultura. Esta es la tierra negra, feraz, que empuja océanos de espigas, para este granero de todas las Rusias que es la tierra de Ucrania. Las dachas campesinas se levantan al borde de caminos bien trazados. El cielo es más claro, y un sol todavía febriscente abre girones de azul en el cielo anubarrado. Bate el viento las copas de los árboles. Nos acercamos al bucle inmenso del Dniéper, en cuyas dos orillas -separadas por un kilómetro de fuerza fluvial- se alza Kiev, cuna y primera capital de todas las Rusias, raíz originaria del alma eslava, como Bizancio es el origen de su espiritualidad religiosa, transmitida especialmente por la escritura cirílica, que inventaron los santos de la iglesia ortodoxa Cirilo y Metodio en el siglo X.

Cada vez que me asomo a este tema se remueve en mí el asombro ante la hazaña de este cristianismo oriental, fiel a sí mismo, primer traductor de los evangelios al griego y, finalmente, mantenedor intransigente del Credo de Nicea, en el quo dice que el Espíritu Santo procede del Padre por mediación del Hijo, mientras que los católicos proclaman que procede conjuntamente del Padre y del Hijo (filioque). He aquí, como una conjunción copulativa es capaz de desgarrar una creencia y dividir hasta hoy mismo los espíritus, a pesar de la presencia creciente de las ideas ecuménicas.

Rusia es, pues, desde su origen, fiel a la creencia ortodoxa y, desde la raíz meridional, precisamente en Kiev, inicia su singular andadura histórica.

En cualquier caso, yo guardo en mi corazón un inmenso respeto para esa Iglesia jerárquica y tenaz, que ha servido de bastión defensivo de Cristo ante las amenazas del Este asiático que, hoy mismo, bajo el poder ateo de los soviets, ha conseguido (gracias especialmente a la actitud de su Patriarca durante la invasión hitleriana) un consenso que la permite mantener seminarios que, como el de Zagorsk, es una muestra de continuidad cultural y religiosa que prosigue el culto y la espléndida liturgia bizantina en algunas iglesias. Y yo no he faltado, en este viaje -como en todos-, a la Catedral de la Transfiguración de Moscú, a la misa dominical oficiada por su Arzobispo, Monseñor Pimen, Patriarca de todas las Rusias, Patriarca de todas las Rusias, para embelesarme con la maravilla del oro y del incienso, con la solemne ceremonia, y con la prodigiosa armonía de los cantos litúrgicos del coro y de los fieles.

Partiendo de esta fidelidad milenaria, Kíev, adelantada en el tiempo-siglo X-, de la iglesia ortodoxa en Rusia, inicia su singular andadura histórica, que comienza por un itinerario que va de sur a norte: Kiev es la primera etapa; Moscú, la segunda; San Petersburgo, la tercera, como tres etapas de enlace de sus gentes con la tradición religiosa que procede la palabra de Pablo y de Juan Crisóstomo. Rusia es, pues, una emanación del cristianismo que impregna de ardores místicos el alma eslava, en esa bien llamada tercera Roma.

Así esta Ucrania de San Vladimir, padre de la patria, cuyo eco reverencial tenemos en la lavra o conjunto monástico que aparece en una montaña que se alza en el mismo corazón de Kiev, como un collar de cúpulas de oro, centrado por una torre bellísima con ecos del Bernini y de Brunelleschi.

Así la ciudad cabalga -como Roma- en una sucesión de colinas junto al Dniéper, en una situación que recuerda, de algún modo, la ubicación de Budapest sobre el Danubio. Sólo que esta es más rica de esplendor arborescente. Hasta dos mil hectáreas de parques y jardines exhiben orgullosamente los habitantes de la ciudad, que ofrece el ejemplo insólito de ciento veinte metros cuadrados de vegetación por cada habitante, llenando el setenta por ciento del recinto de la capital.

Kiev es, acaso, la ciudad más arbolada que yo he visto; la de más densa riqueza vegetal que preside capital alguna en Europa. Ya no son abetos y abedules. Son los grandes álamos, los inmensos castaños, las frescas acacias, las cuales tornean las grandes avenidas e informan los parques ondulados sobre las perspectivas en desnivel escenográfico y en un señorial trazado urbanístico de anchas avenidas flanqueadas por una arquitectura policroma.

Desde lo alto de esta hermosura vegetal el Dniéper inmenso, abraza una parte de la ciudad, antes de abandonarla camino del Mar Negro. Es un esplendor de fronda; un juego de esmeraldas que alegra el corazón y que, en estos días otoñales, alcanza un trémolo de oro.

Por la tarde, yo recomendarla el clásico paseo en uno de los barcos-mosca que recorren las orillas, para ver como las cúpulas de oro de la lavra, se enfrentan con el perfil limpísimo de la catedral de Santa Sofía.

La lavra, conjunto monástico desafectado de los servicios religiosos, adquiere una frialdad de museo, aun cuando la visita de las Catacumbas de los primeros cristianos ucranianos, no deja de sobrecoger el ánimo del visitante. El contorno arquitectónico está ceñido por un collar de cúpulas de oro centrado por una torre que es, como hemos dicho, como una síntesis del genio italiano del Renacimiento.

Descubrimos así, que el centro de la difusión que se instala entre Roma y Florencia, alcanza una fabulosa geografía que abarca no sólo los perfiles inmediatos de Liubliana, Viena, Praga o Múnich, sino que se encarama. Europa arriba, al círculo máximo, por obra del arquitecto Rastrelli (ya en el siglo XVIII), que se llama Varsovia, San Petersburgo y-acabamos de verlo- Kiev.

A esta luz de continuidad histórica intentaremos dibujar la línea de nuestras meditaciones.

5 de noviembre de 1979, ABC Dominical, pp. 5 y 7.

***



LA LUCHA POR LA LIBERTAD

PERO Kiev no es solamente el ejemplo de una fidelidad religiosa, que recibe de Bizancio y que proyectará sobre todas las Rustas, sino una cuña histórica que alumbrará una conciencia nacional, llamada Ucrania.

Los historiadores señalan el esquema cronológico a partir del momento en que San Vladimiro (980-1015) lleva el Cristianismo a Kiev y crea un primer recinto fortificado, en un gesto fundacional que continúa la figura del rey Jaroslav «el Sabio» (1019-1054), que, con una nueva línea amurallada de 16 metros de alto, eleva las iglesias de Santa Irene y de Santa Sofía -bellísima en su restauración actual- y dibuja ya un contorno nacional que hoy se extiende sobre una extensión de 600.000 kilómetros cuadrados y que alberga a una población de 45.000 000 de habitantes, constituyendo hoy una de las Repúblicas Soviéticas (la otra es Bielorrusia) que tiene el privilegio de tener representación en el hemiciclo de las Naciones Unidas, El motivo político, se dice, es como compensación honorífica a los sufrimientos padecidos durante la invasión hitleriana Pero los sufrimientos no fueron, desgraciadamente, patrimonio único de estos pueblos. Y así hay que buscar una explicación más convincente para entender la excepcional dignidad otorgada a estas dos repúblicas que viven a la sombra de la estrella soviética.

Por lo que se refiere a Ucrania, ya hemos señalado su dimensión geográfica, su importancia demográfica, así como su entidad histórica a partir de los siglos X y XI, en los que surgen sucesivamente, como hemos visto, el fundador religioso y la realidad cultural. Uno y otro son los fundadores materiales del núcleo originario de la ciudad de Kiev, situado en la más alta de sus colinas. Signo bien representativo de que se acercan jornadas dramáticas: luchas internas y ataques del exterior; feroces contiendas feudales y la creciente amenaza de mongoles, tártaros turcos y polacos, que harán de Ucrania una tierra de heroísmo y de sangre. Sólo la incorporación de este territorio a la Rusia de Pedro el Grande -1654- proporcionará al país una cierta seguridad, aunque no falten los elementos de desasosiego para las gentes humildes, sometidas a servidumbre -prácticamente a esclavitud- por parte de los propios terratenientes ucranianos, que muchas veces estaban enlazados con la aristocracia polaca y teutona.

Todos estos elementos se conjugan, en esta tierra abierta y generosa, que, al acicate de la opresión, no puede ofrecer otra cosa que la fidelidad a su lengua, a su religión, a su cultura. Pero el tiempo de los recobramientos nacionales está muy lejano, y no podrá apuntar hasta que, en el siglo XIX, la llama de los romanticismos prenda desde la raíz popular, de cada colectividad histórica.

Entre tanto el látigo de los zares azota el rostro de las gentes ucranianas, de natural pacífico y jovial, como se muestra en sus canciones y bailes populares; como lo hace pronosticar una naturaleza cuyo único defecto estriba en ser tan abierta, tan fácil al cuchillo del invasor. Fiel a ese destino, Ucrania se limita a ser una pieza más en la corona de oro de los zares, en cuyo derredor se asienta la sociedad aristocrática del país, instalándose en sus lujosos palacetes de Moscú.

En esta situación histórica se encuentra cuando se produce la Revolución de Octubre, que integra a Polonia Ucrania como una de las Repúblicas Socialistas que son el fruto del leninismo triunfante. Las consignas de la clase vencedora son de defensa de los valores culturales autóctonos y de autonomía de los poderes políticos específicamente ucranianos, habiendo fracasado, en cambio, el intento de un «soviet» ucraniano (1917) desgajado de Moscú, que se apresuró a aplastar el movimiento disidente (1920), incorporando el territorio ucraniano a la U.R.S.S., ya que el poder soviético decidió no ceder ni un ápice de los territorios incorporados por el insaciable imperialismo de la Rusia zarista. Y en esta política han permanecido impávidos.

En esta situación se produce la invasión hitleriana de 1941. Ucrania fue fiel a su vocación de tierra-victima. Sus llanuras -sin apenas obstáculos orográficos- se abrieron a la guerra-relámpago de las divisiones alemanas, y tras unos torpes intentos por parte de los invasores de aprovechar los sentimientos nacionalistas del país, Ucrania hubo de padecer una invasión terriblemente dura. Durante dos años -1941-1943- Kiev fue ocupado por las tropas alemanas. Doscientos mil patriotas ucranianos fueron pasados por las armas, como recuerda al caminante el sobrio y patético monumento que decora uno de los hermosos parques de la ciudad. En otro de los parques, otro monumento -al que dan guardia perpetua los muchachos uniformados de la juventud comunista, «Konsomol»-, recuerda a los demás sacrificados: a los que murieron en el campo de batalla.

Así selló Ucrania su fidelidad al mundo eslavo. Seis mil edificios destruidos fueron el balance de esos dos años trágicos. Ni siquiera el sonriente verdor de sus jardines ha logrado borrar el rastro de tanta tragedia.

12 de noviembre de 1979, ABC Dominical, pp. 35 y 77.

***


LA VOZ DE LOS POETAS

EL documento identidad de los pueblos es su lengua. Ucrania posee ese elemento de autenticidad, sostenido por cuarenta y cinco millones de habitantes. Y, naturalmente, por una legión de poetas, dramaturgos y novelistas.

He tenido el honor de ser recibido, con los amigos que me acompañan, por el pleno directivo de la Unión de Escritores Soviéticos de Ucrania -que posee un millar de miembros- y he visto el orgullo con que nos muestran sus realizaciones que patentizan el predominio casi total del ucraniano sobre el ruso -en los libros y en los periódicos, uno de los cuales Becebit (Mundo)- es un alarde de información cultural y literaria.

Esta literatura surge espontánea a lo largo de los siglos difíciles -de opresión polaca, mongola y rusa- en forma de cantores populares que, al son de la bandurria típica ucraniana, llamada coksbar, evocan el dolor y la alegría del pueblo humilde, al modo como lo hacen los payadores de la lengua argentina. El Martin Fierro de estas gentes se llamó Tarass Schevetchenko, en cuyo honor se levanta, en Kiev, un museo monográfico, que yo podría proponer como ejemplo. La circunstancia de que el gran poeta lírico fuera, también, un excelente pintor, favorece el atractivo de la institución, que ha podido reunir sus mejores muestras, válidas tanto como ejemplos notables del pos-romanticismo y del realismo, como insuperables documentos de época.

Pero es en el poeta, claro está, donde el análisis del alma ucraniana puede realizarse. Me he acercado, pues, a la poesía de Schevetchenko, partiendo de traducciones al español, debidas a la pluma de Rafael Estrela, uno de esos hombres a los que el viento de nuestra guerra civil llevó a estas tierras ucranianas y que, providencialmente, se ha convertido en el primer conductor del hispanismo en Ucrania.

Digamos que el poeta nació en 1814, de una familia de siervos. Su dueño apercibido de su talento le permitió dedicarse al dibujo y le costeó sus estudios, con idea de aprovecharse de su producción. Pero su rápida fama le llevó a que un grupo de patricios presididos por el mejor pintor ucraniano de todos los tiempos -Brulov-quien sorteó una de sus obras para reunir los doscientos rublos que el amo pedía para extender el documento de libertad que le permitió, por fin, ingresar en la Academia de Bellas Artes, de la que acabó siendo académico de honor.

Pero, paralelamente, Schevetchenko empezó a publicar poesías, que recogió en 1840, en un libro que publicó bajo el título de Kosbar el instrumento popular. En estas poesías late todo el dolor de los humildes -bajo el látigo de los terratenientes polacos, que dominaban el país-. Pero expresar este dolor no había de ser grato a la policía del Zar, quien lo desterró a una guarnición de la frontera del Cáucaso (1847) y después a la fortaleza de Orsk con orden estricta de que se le prohibiese escribir y pintar. En el museo que recuerda su obra pueden verse algunos bocetos dibujados a escondidas y el cuadernillo que ocultaba en las botas y en el que proseguía su lección de patriotismo. En 1850, obtuvo su libertad y, envejecido y triste, vivió en Nizhni Nóvgorod, Kos-Aral y San Petesburgo, escribiendo y pintando, en testimonio doble de amor a la tierra, a sus paisajes y a su historia, cantando las hazañas de los antiguos héroes ucranianos como Taras Fiodorovich, que se sublevó en 1630, o los gaidamaks o guerreros que, a lo largo del siglo XVIII, se rebelaron contra el poder polaco o creando historias sentimentales sobre el dolor del pueblo, como el de una muchacha humilde deshonrada por su amo, que sirvió después de tema a la famosa ópera de Mussorski La Kovantchina.

Así este Martín Fierro de la estepa ucraniana ha conquistado su categoría de héroe testimonial del dolor y de la gloria de su patria. Temas que se repiten a lo largo de la historia de este país, y que alcanzan una nueva cúspide con la figura de Ivan Frankó (1856-1916), una selección de cuya obra he podido leer al castellano gracias a la Editorial Progreso de Moscú. Considerado como el último clásico de la literatura ucraniana, que en sus relatos en prosa recoge el dolor de las gentes humildes con certero pincel de costumbrista, como en sus poemas, todo ello bajo un signo político de izquierda, que lo convierte en vocero de la Revolución de 1917. Todo ello sostenido por un amor continuo a la patria y a sus gentes, tal como él expresaba en su poema de 1880, traducido por A. Herraiz:

Tierra madre buena que todo lo engendras

dame generosa el vigor que encierras

para que en la lucha mejor me mantenga,

¡Dame, madre, la fuerza!

 

Dame el cálido afecto que ensancha el pecho

que la sangre limpia de sentimiento

colmado el corazón, ilimitadamente

de amor puro a las gentes.

 

Y dame también fuego que caldee palabras

poderío trueno que conmueva las almas,

Para defender la verdad con ardor

¡dame eterna pasión!


Desde nuestra ladera actual de críticos, tanto las realizaciones de T. Schevetchenko, como las de Ivan Frankó se nos antojan llenas de las limitaciones líricas de su época, de los prosaísmos inevitables. Es una retórica de lucha y de los condicionamientos de una estética sentimental al uso. Pero desde nuestra atalaya de observadores del pueblo, la voz de uno y otro se nos aparecen como documentos insuperables.

Guillermo DIAZ-PLAJA

3 de diciembre de 1979, ABC Dominical, pp. 27 y 29

viernes, 14 de septiembre de 2018

Entrevista a Francis Fukuyama (La Vanguardia, 2 de febrero de 1992)


Entrevista a Francis Fukuyama, autor de “El fin de la historia y el último hombre"
Sergio Vila-Sanjuan, Boston
Francis Fukuyama acaba de publicar en EE.UU. “The end of history and the last man” (“El fin de la historia y el último hombre”) sin riesgo de pasar inadvertido. Su libro, un intento ambicioso de desplegar una filosofía de la historia, reparte palos a derecha e izquierda y aventura conclusiones en terrenos tan variados como la economía, la sociología, las relaciones internacionales y el estudio del alma humana. El libro aparecerá en, España en mayo, publicado por Planeta.
-Usted defiende la tesis de que la historia de la humanidad tiene un sentido y una dirección.
-Sí. Creo que hay un movimiento en la historia de las sociedades hacia el establecimiento de democracias con libertades políticas y económicas, y que estas democracias representan el sistema en el que el ser humano se ve reconocido en su plena dignidad personal de forma más completa. En este sentido representan la culminación de la historia, ya que no podemos pensar un sistema político mejor. Eso no quiere decir que el hombre que viva en ellas se sienta completamente satisfecho ni que no experimente necesidades ni que estas sociedades no tengan problemas. Pero como modelo político para las necesidades humanas la democracia liberal no se puede superar.
-¿Qué significa para usted “democracia liberal”?
-Un régimen multipartidista con elecciones libres, donde se respeten las libertades de expresión, religión y asociación, así como el derecho a la propiedad privada.
-Se le acusa, entre otras cosas, de ser inmoderadamente optimista, y de fabricar una ideología que EE.UU. pueda aprovechar tras el fin de la guerra fría.
-Yo soy optimista a largo plazo, creo que hay ese movimiento general hacia la democracia liberal, pero a corto plazo soy pesimista, especialmente sobre Europa del Este y Rusia y su capacidad para atravesar con éxito las transformaciones que están llevando a cabo. En cuanto a lo segundo, yo no he fabricado ninguna ideología. La idea de democracia liberal es vieja, y la comparte la mayoría de la gente en el mundo desarrollado.
-Utiliza usted un concepto de Hegel, interpretado por Alexandre Kojève, según el cual la historia se había acabado tras las revoluciones francesa y americana, que hacían a todos los hombres iguales, al menos teóricamente. Entonces, ¿es que la historia se ha acabado dos veces?
-Bueno, Hegel (y Kojève) creían que la historia terminaba en 1806, cuando las ideas de la revolución francesa se extendían por Europa mediante las conquistas napoleónicas. Lo que ha ocurrido con el colapso del comunismo es que el principal competidor internacional de la democracia se ha extinguido como idea válida, junto con los fascismos y autoritarismos, han demostrado que no tenían legitimidad ni credibilidad.
-Pero, a cambio, los nacionalismos resurgen por todas partes.
-Hay una forma de nacionalismo muy hostil a la democracia, intolerante y en expansión, como el de los serbios. Pero también muchas naciones son nacionalistas sin que ello les impida ser demócratas. La separación de los países de la antigua URSS ha sido bastante pacífica, con relativamente pocos muertos por conflictos étnicos y nacionales: pienso que, en Rusia o Ucrania, el nacionalismo no es una fuerza tan importante como se cree. Con la excepción de Yugoslavia, los ejemplos de nacionalismo más peligrosos tienen lugar en zonas bastante apartadas de Occidente, como Pakistán.
-Si el nacionalismo es poco preocupante, ¿por qué es pesimista con respecto al Este europeo?
-Por los problemas económicos. Cuando España encaró su transición tenía una economía de mercado, una sociedad civil y un grado alto de desarrollo económico, lo cual no es el caso de estos países.
-La expansión del fundamentalismo islámico tampoco abona su tesis. En Argelia, por ejemplo, los integristas iban a acceder al poder democráticamente y sus adversarios han tenido que organizar un golpe de Estado para impedirlo, lo cual es una situación bastante contradictoria.
-Yo no pienso que el mundo islámico vaya a evolucionar pronto hacia la democracia liberal, y eso, efectivamente, va contra mi tesis, porque los integristas argelinos lo primero que hubieran hecho es suprimir las libertades personales. Pero el fundamentalismo es una reacción contra la presencia de elementos occidentales en ciertas sociedades. y se ha dado en los países que previamente habían estado más occidentalizados, como Irán.
Creo que cuando observamos este problema somos muy prisioneros de nuestro propio tiempo y nos olvidamos de que el fundamentalismo es sólo la tercera corriente importante que atraviesa el mundo islámico en este siglo. Primero estuvo el liberalismo, cuando un líder como Ataturk decidió suprimir el islamismo turco, y después vino el nacionalismo laico de Nasser o los sirios. Ambas corrientes fueron muy occidentalistas. Y el fundamentalismo es como un antivirus que reacciona contra cuerpos extraños, pero después puede bajar.
Por otra parte, algunos de los elementos más reaccionarios y antidemocráticos del mundo árabe se están perpetuando gracias al dinero del petróleo. Si ese dinero se acabara y se vieran forzados a confrontar sus contradicciones sin muletas se abriría una posibilidad de evolución democrática importante.
-En su libro usted apunta que las sociedades industriales del Este, como Japón o los “cuatro pequeños dragones" -Corea, Singapur, Taiwán, Hong Kong-, que ya cuentan con una tradición de autoritarismo, podrían potenciarlo en el futuro.
-Si, y eso me parece una amenaza mucho más peligrosa que la de los musulmanes. Porque no creo que el integrismo. a la larga, tenga mucho éxito, mientras que estas sociedades asiáticas sí son muy poderosas.
-El concepto de “thymos” -autoestima que necesita del reconocimiento ajeno-, que toma de Platón, parece el eje de su filosofía de la historia. ¿Puede ampliarlo?
-Es fácil de entender. Según Hegel. la lucha por el reconocimiento ajeno es la fuerza que mueve la historia. Todo el mundo quiere que los demás reconozcan lo que uno vale. Y esto está en la base de muchos fenómenos sociales, como la política o la religión. La democracia, en este sentido, significa una especie de “respeto universal” a la humanidad básica de todos los hombres. Implica vivir en una sociedad donde los derechos de cada persona son reconocidos por todos los demás. Nadie sufre de inseguridad cuando los demás no intentan dominarle.
-Usted insinúa que con la democracia expandida por todo el mundo no habría guerras. ¿No es eso mucho esperar?
-Bueno, basándonos en la experiencia podemos decir que, si esa hipótesis se diera, efectivamente no habría necesidad de guerra, porque los países pueden competir en muchos otros campos. De hecho, en los dos últimos siglos las democracias no han ido a la guerra entre sí, sino contra potencias no democráticas.
-La hipótesis de EE.UU. compitiendo con Japón y la Europa unida como superpotencias próximamente, ¿cómo afecta a su esquema?
-En primer lugar, no creo que Europa vaya a ser una superpotencia militar más allá de las diferencias políticas de sus países, teniendo en cuenta cómo ha reaccionado en la guerra del Golfo o con la guerra civil yugoslava. Si la Europa unida es proteccionista habrá problemas con el comercio con EE.UU. pero nada más. En cuanto a Japón, de momento parece muy reticente a emprender un sendero militarista.
-¿Seguirá EE.UU. ejerciendo como “policía del mundo'’?
-Creo que EE.UU. cumplirá sólo una parte de este papel, porque actualmente está atravesando una fase de debilidad económica y, además, el público americano está en contra de un protagonismo internacional excesivo. Creo que, en el futuro, EE.UU. se concentrará más en sus propios problemas domésticos, aunque sin volver al aislacionismo de los años 20 y 30.
-Si hubiera otra invasión de Kuwait, ¿cómo respondería EE.UU.?
-Si hubiera otra guerra del Golfo me temo que no desempeñaríamos el mismo papel. El Congreso se opondría.
-Su libro dedica varios capítulos a analizar la relación entre crecimiento económico y democracia, pero no acaba de quedar claro qué vínculos de necesidad ve entre los dos conceptos.
-Creo que el crecimiento económico no es ni necesario ni suficiente para que haya democracia, pero ayuda mucho a que se produzca. En la práctica, puede haber crecimiento sin democracia, y a la inversa. Pero lo normal es que el desarrollo económico amplíe las clases medias de la sociedad, favorezca la educación y provoque un estado de “expectativas crecientes" que habitualmente culminan en una transición democrática.
-En Iberoamérica, sin embargo, las transiciones democráticas han ido habitualmente por delante del desarrollo económico.
-Si, los países que liberalizaron su política en los 80 están tratando ahora de liberalizar su economía, como Argentina o México.
-Y cuando ha sucedido al revés ha planteado serios problemas de interpretación, como en el caso de Chile. ¿Como valorar que una dictadura sanguinaria haya conseguido generar un “boom” económico?
-No es el único caso. Ocurrió también en España o en Corea del Sur. Hay quien defiende que el autoritarismo. al no tener que enfrentarse a una oposición política, puede concentrarse, con más éxito y más contundencia, en cuestiones puramente económicas. A mi esta teoría no me vuelve loco. Creo que el autoritarismo no es necesario en este caso y que las democracias también pueden afrontar decisiones económicas muy duras. Es lo que ha ocurrido en Polonia, donde se ha optado por una economía de "shock” con pleno consenso social. Argentina es otro ejemplo.
-Patterson afirma que, mientras el modelo estadounidense triunfa en todo el mundo, en E.E.UU. la gente lo considera insuficiente.
-No estoy de acuerdo. El modelo democrático estadounidense puede estar desprestigiado entre intelectuales, que practican un relativismo muy fuerte, pero no para el pueblo.
-¿Cómo explica que sólo el 45 por ciento votara en las últimas presidenciales?
-En EE.UU. la participación siempre ha sido escasa, pero eso no implica que quienes no votan desaprueben el sistema. Ocurre, más bien, que en la política de mi país no hay grandes diferencias entre contrincantes. y en el fondo no importa demasiado votar por uno o por otro. Cuando la diferencia sí es importante, como ocurrió recientemente cuando David Duke se presentó para gobernador de Luisiana, la gente va a votar masivamente.
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El hombre que quiso acabar con la historia
En verano de 1989, Fukuyama publicó en la revista “The National Interest” un artículo que tuvo amplia resonancia. En “El fin de la historia” formulaba su tesis de que. al no existir ya alternativas políticas viables a la democracia liberal tras el derrumbe del comunismo, la historia, en sentido hegeliano, había acabado.
Para mí fue un misterio que el articulo creara tanta polémica -explica el escritor en el bar del hotel Copley Plaza de Boston-, Creo que llegó en un momento en que el mundo estaba atravesando por muchos cambios simultáneos: los sucesos de China, la caída del muro de Berlín... También pienso que fui mal interpretado: mucha gente creyó que yo afirmaba que ya no habría más guerras ni conflictos sociales y esa no era mi intención”.
Fukuyama, sin embargo, ocupaba el enclave adecuado para que su escrito encontrara audiencia. Doctor en Ciencias Políticas, ex director de Planificación del Departamento de Estado estadounidense, trabaja desde hace algunos años para la Rand Corporation, un “tanque de cerebros" creado por la aviación de EE.UU. para elaborar estudios de estrategia internacional. En Rand, el autor de “El fin de la historia”, ha preparado informes sobre la URSS y. recientemente, sobre el fundamentalismo musulmán para el Gobierno norteamericano.
Nacido en Chicago en 1952, de madre japonesa y padre americano de ascendencia japonesa. Fukuyama no habla el idioma de sus antecesores. Está casado y tiene dos hijos. Su principal mentor fue y sigue siendo el filósofo Allan Bloom, con quien Fukuyama estudió en la Universidad de Cornell. Autor de “El cierre de la mente americana" (un “best-seller" en los últimos cinco años). Bloom ha sido el más influyente teórico de la necesidad de reafirmar la tradición occidental en EE.UU., puesta en la picota por los partidarios del multiculturalismo.
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La profecía de López Rodó
En “El fin de la historia y el último hombre" Fukuyama saca a España a colación en varias ocasiones. En una de ellas cita la afirmación de López Rodó conforme “España estará lista para la democracia cuando la renta per cápita alcance los 2.000 dólares”. Y añade Fukuyama: “Probó ser completamente profético: en 1974, en vísperas de la muerte de Franco, la renta per cápita estaba en 2.446 dólares”.
En otro capítulo argumenta que el Opus Dei y sus tecnócratas laicos reflejaron “la nueva conciencia de la Iglesia española en los años 50, tras descubrir que no había conflicto entre cristianismo y democracia”, lo que en su opinión fue uno de los factores decisivos para socavar la legitimidad franquista, “último exponente del conservadurismo decimonónico europeo basado en el trono y el altar, el mismo que había sido derrotado por la revolución francesa". También destaca el “importante papel” del rey Juan Carlos y el “hecho destacable” de que las Cortes franquistas aprobaran “su propio suicidio”.
"La transición española es especialmente interesante -explicó Fukuyama a ‘La Vanguardia”- Muchos autores, en los años 60. consideraban que la tradición católica incapacitaba a España para una democracia estilo occidental, por contraste con los países protestantes europeos, y que lo mismo ocurría para muchos países iberoamericanos. Tras la muerte de Franco se probó que esto era una falacia y que España podía construir una democracia similar a la de cualquier otro país.
Por otra parte -añade- España presenta una perfecta ilustración de la correlación entre economía y política, y demuestra que el desarrollo económico puede ser muy favorable para la democratización de un país.” De los actuales nacionalismos catalán y vasco, Fukuyama dice que “el nacionalismo debe modernizarse, como hizo antes la religión, y desplazarse a la esfera privada".
La Vanguardia, 9 de febrero de 1992, pp. 55-56