martes, 21 de enero de 2025

Juan Cantavella entrevista a José Jiménez Lozano (Diario palentino, 12 de junio de 1999)


JIMÉNEZ LOZANO /Narrador

«Creo que no hago buenas migas con los que tienen el poder»

EN cada libro del narrador y periodista José Jiménez Lozano es una piedra que arroja al tranquilo estanque de nuestros conformismos y rutinas, así que la publicación de Las señoras conlleva, como tantas veces, una carga de profundidad.

La resistencia cultural es encarnada en esta ocasión por dos ancianas terribles que lo ponen todo en cuestión. Son capaces de sorprender y de provocar, de actuar de forma contraria a lo que se espera de ellas y de dirigir sus acciones a unos fines osados que no imaginan sus interlocutores.

Llegó ya maduro a la narrativa, pero ha recuperado los años entregados a otras actividades. José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930) es autor de una docena de novelas y recopilaciones de relatos, entre las que destacan Historia de un otoño (1971), El grano de maíz rojo (1988, premio de la Crítica), La boda de Angela (1993), Las sandalias de plata (1996), Ronda de noche (1998) . Estos últimos han sido publicados por Seix Barral, que es la editora de Las señoras. También es autor de ensayos y de poemarios. En 1988 recibió el Premio Castilla y León de las letras por el conjunto de su obra y en 1992 el Premio Nacional de las Letras Españolas.

¿Cómo ha dado con unas ancianas tan curiosas, a las que ha convertido en protagonistas de Las señoras?

Como ocurre casi siempre por pura casualidad. A veces te encuentras los personajes cara a cara, pero lo más frecuente es que determinados trazos te lleven a formar un individuo completo. Lo que no puedo decir cuando doy con ellos.

¿Son los protagonistas los que determinan la fuerza de una novela?

Tiene una importancia decisiva. Si no se encuentran unas personas en cuyo interior pueda vivir el novelista, difícilmente pude haber novela. Pero eso es algo que depende de cada relato. La historia no es menos importante: también se construye y también te la encuentras.

Pero, ¿sabría decirme que influencia ejerce cada uno de estos elementos en el conjunto?

Es que no lo sé. La historia, por ejemplo, puede ser importante o una banalidad. En todo caso está vivida por hombres y la narrativa está siempre traspasada por los hombres. De ellos habría que deducir que éstos son lo fundamental. Por ejemplo, en «a montaña mágica» de Thomas Mann, el personaje del holandés aparece muy poco tiempo, pero hay que ver qué fuerza tiene.

¿Cómo va armando todo el conjunto en su cabeza?

Un poco inconscientemente. Convives algún tiempo con ellos, porque es como si los llevaras encima, y de esa manera un día te pones a escribir o los dejas porque van perdiendo su fuerza. No lo sabes, pero hay resortes psicológicos que llevan a que, mientras tú vas viviendo, esas incitaciones van creciendo dentro de tí. Yo no construyo el argumento de una forma predeterminada, sino que prefiero que salga él solo. Lo imaginas, va tomando fuerza y después lo escribes. A mí me gusta en ese momento dejarlo dormir para ver más adelante si todo cuaja.

¿Por qué las protagonistas de Las señoras son tan resistentes al poder?

Por convencimiento y por educación. Son críticas con las situaciones establecidas como todo aquel que piensa.

Cómo usted, por ejemplo.

Sí, claro. Un poder que trata de imponerse o es despótico, pues no está bien. Creo que no hago buenas migas con los que tienen el poder.

¿No cree que la masa siempre desprecia a los resistentes?

Sí, se coloca con los triunfadores, con los que ganan. Esa es la experiencia histórica de siglos. Un pueblo puede ser crítico, pero el pensamiento unificador le convierte en masa.

¿Cómo se puede luchar para no dejarse llevar por lo fácil?

Es difícil, porque eso es lo cómodo, pero si llegas a adquirir una cierta experiencia de constancia o una naturaleza que te haga sentir una aversión casi biológica al borreguismo, a lo que piensa todo el mundo, entonces todo va mejor.

¿Quizás desde la escuela?

Sí. Antiguamente había un instrumento de mucha utilidad, que eran los «exempla», los ejemplos que se proponían a la admiración de los escolares. Se les proponían grandes figuras, como Napoleón o Shakespeare: es importante que uno aspire a situarse a su nivel porque siempre habrá tiempo de rebajar esas exigencias. Lo importante es que uno quiera estar a la altura de los mejores. En cambio, si no admiran a su propio maestro, mal vamos.

Tal vez los maestros se hallen poco motivados para transmitir ilusión o afán de emulación.

Puede ser, porque ciertos planes frustran a cualquiera. Pero un maestro que ama la escuela siempre echará el resto, porque no puede hacer menos. Si amas la profesión, te hartas, pero terminas volviendo a desempeñar tu papel.

Cultura solo hay una

La lucha de la minoría contra la masa, ¿también se da en el terreno de la cultura?

Claro. Cultura no hay más que una, aunque ahora se habla de cultura del bar o del arado. La cultura simboliza lo real: a la realidad le quitamos su carácter plano y le elevamos a otro nivel. También se puede establecer una cultura de carácter formal, pero eso se queda en terreno seco.

Parece que es la que más abunda.

Lo que más, porque es siempre lo más fácil. El intelectual es una creación de la ilustración y con el paso de los años su figura ha hecho una gran carrera. El intelectual ha sustituido al clérigo y al bufón. Tiene la pretensión de dirigir las conciencias de los demás. Son especialistas en pontificar, en establecer la ortodoxia. Eso siempre ha ocurrido, pero quizás no era tan obligatorio: es que ahora hay que pensar siempre lo correcto.

Es difícil salirse del discurso impuesto.

Pero es bueno montar un contradiscurso que se oponga a lo que está de moda. Hay quien no necesita ni pensar, porque se coloca en la fija y nada más. Y desde esta posición se pontifica. Antes no se llegaba a todo el mundo, pero hoy con los medios de comunicación resulta más fácil. Sin embargo, hay gente que no pasa por el discurso único. Gente de los niveles bajos, por ejemplo, que prescinde de esto y no les hace ninguna mella lo que es actualidad.

A propósito de la guerra de los Balcanes han aparecido muchos intelectuales dando doctrina.

Pero ninguno de ellos tiene la exclusiva de la inteligencia ni de los principios étnicos. Yo no sé por qué tienen que hablar de tales cuestiones, cuando no tienen mayores conocimientos que los demás. Para opinar con esa facilidad deberían poseer una familiaridad con la lengua, con la historia. Saben más esos corresponsales de prensa que llevan años en la misma zona.

Juan Cantavella Diario palentino,  12 de junio de 1999, p. 51.


Trinidad de León-Sotelo entrevista a José Jiménez Lozano (ABC, 10 de febrero de 1995)

 


Jiménez Lozano: «La memoria que nos va quedando es la del ordenador»

El autor vallisoletano publica su novela «Teorema de Pitágoras»

«El apellido de católico es como para enterrar a un escritor. Pero nunca he discutido por este asunto, porque si no te ponen una etiqueta te ponen otra. Allá los que lo hagan, que ya están en edad de otras cosas», dice Jiménez Lozano.

«Teorema de Pitágoras» podría ser la oración fúnebre por una cultura que se muere, si no fuera porque su autor no sucumbe ante la catástrofe. Elige alzar la actitud y la palabra de sus personajes como un muro de contención frente a la hecatombe. La violencia urbana, el tráfico de órganos humanos, la pesadilla nazi, la crueldad y la muerte vinculan la novela a una dolorosa realidad, pero hay seres dispuestos a luchar contra «el hondón de la tiniebla».

-¿Es su libro una denuncia?

-No. Las denuncias se hacen en otro orden de cosas. La literatura tiene una función. Ahora bien, que algo quede denunciado a través de ella es una cuestión diferente.

-¿Es un desahogo?

-Hay una historia que se va contando y en la que los personajes hablan sin que el escritor invada su terreno. Al menos intento intervenir lo menos posible. Esta novela tendría ochenta páginas más, pero las suprimí porque mi voz se oía demasiado.

Tendencia a lo esencial

El hecho de exponer sin edulcorantes la realidad de la sociedad actual la explica con un razonamiento simple: -Basta abrir la ventana para verla.» En el maremágnum de una pantalla de televisión que igual muestra el horror de Ruanda que un partido de fútbol, en la pesadilla que relatan los periódicos o que nos asalta en cualquier parte confiesa haber encontrado a la doctora y a la serie de mujeres que viven en las páginas de «Teorema de Pitágoras». Si se le pregunta si esos personajes, si el argumento nace de su tendencia a lo esencial, responde con un ojalá que muestra su deseo de que esa inclinación que se le supone sea cierta y no duda en manifestar que «sí alguien al leer se siente tentado de asomarse a la ventana los que ya lo están se sentirán más acompañados».

El papel de testigo que el escritor asume en su obra lo conduce hasta Auschwitz, aquel espanto que llevó, recuerda, a Adorno a decir que ya no se podría hacer poesía. Es consciente Jiménez Lozano de que ahora existen otros rostros del mismo mal y que si ponemos idénticos condicionamientos sucederán las mismas cosas. En la novela, uno de los personajes que pertenece al género de los «invencibles» a la hora de la esperanza y el compromiso dice: «Si no nos quitan la alegría, no nos quitan nada». Al conversar con el autor se liega a la conclusión de que intenta mantener esta creencia, porque en su oficio de escritor hace suyas la fe y la responsabilidad.

Narrativa y reflexión

-¿Tiene su novela un punto de ensayo? Abundan los razonamientos, los porqués...

-La retórica no es la del ensayo. Hay efectivamente una voz que puede hacer razonar al lector, pero también se da la reflexión en «Los hermanos Karamazov». La libertad de pensamiento consiste en escribir lo que se piensa y como se pueda.

-Hablando de estilo, se dice que usted aborda uno nuevo, que da un cierto giro.

-Puede que haya más ruptura de tiempos y espacios, pero al escribir no he pensado en eso.

-Está claro que ha pensado en el cuarto mundo, en los marginados dentro de la prosperidad y en tos que contemplan África con ojos de turistas ricos. ¿Hay gente que se niega a ver la realidad?

-No queremos enfrentamos a ella. Vivimos la cultura del olvido, la civilización del olvido. Se pretende que el hombre no sea el enigma que es para si mismo y para los demás y quieren explicarlo psicológicamente, antropológicamente, sociológicamente. Al rey Lear lo tendrían en una residencia de ancianos y cuando se pusiera molesto le darían unas pastillas y de este modo todo quedaría explicado y tranquilizado. Se quiere que olvidemos quiénes somos. Siglos de literatura nos han enseñado que el hombre es un enigma capaz de cosas infinitamente grandes o de bajezas también infinitas. La memoria que nos va quedando es la del ordenador, algo que da información, pero que no cuenta historias. Y no hay que olvidar que el hombre comenzó contándolas y no me vale que me digan que eso es curiosidad. Shakespeare, Dostoiewsky, hacen dramones, sí, pero con pensamiento.

-Usted habla de un mundo que huele a pudrición, estiércol, látigo y sangre, no obstante hay un cierto canto a la esperanza, a los que permanezcan invencibles.

-Si nos ponemos metafísicos debo decir que soy más bien pesimista, pero he de reconocer que. aunque en el mundo hay cosas terribles, en algunos aspectos ha mejorado. Sin mujeres como las de mi libro estaríamos en un corral de vacas, todo sería más brutal.

Agustiniano

-¿Es usted camusiano?

-No mucho. Con respecto al hombre soy más bien pesimista y. por otra parte, tos escritores moralistas no me hacen gracia. Es cierto que salvo a las víctimas, pero tampoco condeno a los verdugos.

-Se diría que se mueve entre el optimismo y el pesimismo.

-Es cierto. Lo que sí soy es muy agustiniano en lo de creer que el ser humano lleva dentro un nido de víboras, aunque a la vez puede ser extraordinario. Si el hombre logró salir de Auschwitz también saldrá de los males actuales.

-Lo han calificado de escritor católico. ¿No es ésta una forma de recortar los valores de un autor?

-Sí, y con ese apellido, más. Es como para enterrarlo a uno. Pero nunca he discutido por este asunto, porque si no te ponen una etiqueta te ponen otra. Allá los que lo hagan, que ya están en edad de otras cosas.

-Usted es periodista, escribe como tal y dirige «El Norte de Castilla». ¿Qué opina del periodismo actual?

El periodista como servidor

-Sucede que lo que se entendía por periódico está desapareciendo para convertirse en lo que se llama medio de comunicación. Antes, un redactor jefe decidía -podía equivocarse o ser sectario- lo que se publicaba y cómo, pero servía a sus lectores. Ahora, el periódico tiende a ser un medio a través del cual diversos poderes hacen llegar sus intereses a los ciudadanos. Se trata de una pura mediación. Creamos perplejidad y se hace una cultura de lo opinable cuando hay cosas que no lo son. De los periodistas admiro a los corresponsales, que son los que ponen toda la carne en el asador. El periodista es un servidor en el mejor sentido y las poses de demiurgos son idiotas en sí mismas.

Jiménez Lozano reside en Alcazarén, un pueblo a pocos kilómetros de Valladolid. No quiere hacer «literatura» sobre la paz. la tranquilidad o el sosiego que eso reporta. «Me gustaría vivir en París», dice. Y en cuanto a que el escritor es un creador le parece una pretensión de abuso: «Con repercutir la belleza del mundo ya serias Shakespeare.» Lector infatigable y escritor constante. entre sus obras figuran Sara de Ur, Duelo en la casa grande, Un cristiano en rebeldía y Guía espiritual de Castilla.

Madrid. Trinidad de León-Sotelo, ABC, 10 de febrero de 1995, p. 53.


Juan Toledo entrevista a José Jiménez Lozano (ABC, 24 de octubre de 1976)

 


JIMÉNEZ LOZANO GRITA CONTRA LOS DESASTRES DE LA MUERTE

Al margen de los corrillos literarios, al margen de las sociedades de intereses, José Jiménez Lozano es casi un «fenómeno raro» dentro de la literatura española. En la soledad de su pueblo castellano, al que no quiere renunciar, ha ido creando, junto a una importante obra histórica, todo un mundo novelístico lleno de personalidad y fuerza.

Después de tres intensas novelas —Historia de un otoño, El sambenito, La salamandra—. llega ahora a los escaparates un libro de cuentos que sólo puede ser definido como «vertiginoso». Libro impresionante, al margen de todas las modas.

En su casa —casi más ermita o cenobio que casa vividera— dialogamos con él sobre su última obra:

—¿Qué es El santo de mayo?

—Después de tres novelas largas. El santo de mayo es un libro de narraciones cortas, que he escogido entre las escritas a lo largo de algunos años. Naturalmente he buscado para ese conjunto algún nexo común, y me parece que esas narraciones pueden situarse como a tres niveles: 1) Narraciones que son trasunto de la vida española, bocetos o caprichos en torno a la vida de los españoles. 2) Memoria de la España histórica que subyace ahí, en la entraña de nuestra propia vida. 3) Recuerdos, nostalgias, obsesiones, fantasías, agonías religiosas en el sentido radical y último de la palabra. En ocasiones, como es lógico, todo esto se entremezcla.

—¿Por qué la brevedad de los relatos?

—La respuesta más obvia es la de porque han resultado así. Creo, sinceramente. que esa brevedad me ha sido impuesta por la misma temática, pero, además, me gusta la economía de m dios. Tengo preferencia por lo esencial, la simplicidad, las cuatro líneas maestras. Me causan horror el barroquismo y la verborrea, la diarrea literaria.

—¿No hay una presencia insistente de la muerte en todo el libro?

—Sí, la muerte atraviesa todo el libro. En cierto sentido, el libro es una especie de cahier de doléances por los desastres que causa la muerte. Pero, que yo sepa, la gente sigue muriéndose —aun cuando en esta sociedad tecnológica reconocer esto resulte tan escandí como referirse al sexo en la sociedad victoriana— y sigue hallándose en una situación existencial límite ante la muerte. Por lo demás, un muy determinado sentimiento ante la muerte y lo tremendo son un componente del vivir hispánico, que está ahí. No se puede cerrar los ojos. No creo, sin embargo, que el libro sea una meditatio mortis ni que en él haya la mínima morbosidad, macabridad o complacencia al respecto.

—¿Hay en el libro historias reales?

—Hay uno o dos relatos en los que reflejo historias reales. Las otras historias están creadas de una pieza, lo que no quiere decir, naturalmente, que no sean verdad. Ante la realidad me he comportado como un notario o amanuense muy frío. Por eso creo que, algunas de estas historias son tan feroces. Yo no quisiera que fueran así, y «Hoy incluso muy inconforme con lo que allí sucede y dicen o hacen sus protagonistas, pero tenía que contarlo. Mi deber era contarlo.

—Las narraciones en tomo a la vida de las gentes humildes del campo son singularmente vivas.

—Si. creo que esas gentes son así: así sus vidas, así sus historias, así su lenguaje. Esas gentes, por ejemplo, no dicen tantos tacos como alguna literatura les ha hecho decir, ni suelen conocer palabras esotéricas, encantadoras o sabrosas para nombrar a plantas o anímales, o su faenar, ni hablan con precisión sintáctica o deliciosos anacronismos y giros llenos de color. Su lenguaje como su vida, está aplastado, es muy limitado y gris. Pero esas mismas gentes tienen experiencias radicales que se revelan en pocas y sencillas palabras, en gestos nimios. Hubiera sentido vergüenza en contar todo esto con bonitas retóricas o el ahogarlo con suntuosas ristras de tacos.

Juan Toledo, ABC, 24 de octubre de 1976, p. 52.

lunes, 20 de enero de 2025

Entrevista de Alfonso Armada a José Jiménez Lozano "Tiramos hacia el neardenthal, como la cabra tira al monte" (ABC, 13 de diciembre de 2002)

 


JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO

Escritor y Premio Cervantes

«Tiramos hacia el neandenthal, como la cabra tira al monte»

«Eremita de la literatura, castellano viejo puro, excelso prosista», el hombre que mejor retrató espiritualmente Castilla se desnuda»

«Tras la lluvia,/ en el jardín de arena, / un guijarro negro relucía / como el ojo del mundo. / Y quizás lo era». El poemita, casi haikú, se titula «Guijarro» brilla con luz propia en medio de Elegías menores, que José Jiménez Lozano dio a una imprenta valenciana este mismo año. Nacido en el villorrio abulense de Langa hace 72 años, «el solitario de Alcazarén» (otro pueblo a la orilla del mundo, pero esta vez en Valladolid, donde vive desde hace algunas eternidades) tiene un jardín con hierba y guijarros, sombra y tapia, pero sobre todo libros que alumbran como candiles en las noches frías de Castilla y un fuego que nunca es demasiado humano. Autor de cometas como Sara de Ur, o la impagable Guía espiritual de Castilla, a Pepe, como quiere que le llamen los que franquean la cancela de su casa sin temor a los arrumacos del perrazo Otto ni al librepensamiento de su dueño, hay que saber escucharle las paradojas claras y tolerarle el humo de los cigarrillos que encadena como si además de su escritura incansable (novelas, dietarios, ensayos, poemas) añadiera señales para los que ni leen ni quieren escuchar. Se ríe con facilidad, y cuando se enfada con los desgarraduras de la especie leda por la melancolía: «Tiramos más bien hacia el neandertal, como la cabra tira al monte». Le gusta prodigarse en la conversación, el artículo y el libro, pero para la entrevista hay que atraerle como a un buey, haciéndose el interlocutor buey también, y si tiene la suerte de frecuentar el toma y daca de la amistad, cuyo interés no se mide en maravedíes, miel sobre hojuelas. Así, gracias al correo electrónico, que a José Jiménez Lozano le sirve sin maravillarse más de la cuenta ni hacerse el desdeñoso posando de señor antiguo, se salvan incluso las versitas que van de Alcazarén a Nueva York como si un niño saltara una tapia y un arco iris pasara por encima de los páramos, la marea negra y todo el océano azul y tenebroso y sus perplejidades.

—¿Escribe Jiménez Lozano para los pájaros, para los hombres de hoy o para el porvenir?

—Se supone que se escribe para un grupo de lectores que, por las razones que sean, diríamos que están en la misma longitud de onda, tienen similares preocupaciones, curiosidades, sentires, melancolías, etcétera. Luego es otro asunto que se encuentre ese lector, y al fin y al cabo el mismo que el que el escritor encuentre su libro. Son cosas tan regidas por el azar o por toda una serie de circunstancias que a veces pueden resultar enigmáticas. Al fin y al cabo como encontramos un amigo, un amor. Se escribe para los muertos, dice Kierkegaard, en un determinado momento, pero no es caso ahora de glosar esta afirmación que parece así a primera vista desconcertante, pero parece que él tuvo a veces la idea de que escribía para lectores del pasado, porque el mundo en que vivía no iba a interesarse por lo que decía. Y una cosa así es más obvia quizás ahora mismo, en el digamos cambio o derrumbe cultural de este momento. Pero, aun así, se escribe para los propios lectores, las cuatro personas que no conoce el mundo, que diría Ezra Pound.

—Los periódicos le han acompañado en su encarnadura de escritor. ¿Cree que siguen sirviendo para estimular el espíritu comunitario y la conciencia del hombre, como quería Whitman, o bajan desbocados por la degradación que dicta la televisión? Ferlosio dice que no hay nada como un periódico para empezar el día y cabrearse con el mundo. ¿Participa de la misma eucaristía?

—El periódico es un invento ilustrado que quería extender el conocimiento de la realidad a la mayor parte posible de las gentes. Y Hegel pensaba que para el hombre racional era una especie de oración matinal que traía la buena nueva de los logros históricos del espíritu universal. Y ciertamente, digamos que hay como una corta edad de la inocencia del periodismo y de la publicidad, pero enseguida se vio que aquel invento podía servir para la lucha política y económica, y todo se estropeó bastante. Y luego se ha estropeado mucho más cuando efectivamente las técnicas de tutilimundi o circo donde se ven cosas de mucho morbo y atractivo que son las de la televisión. Ni se sabe cómo han pervivido pareciéndose todavía algo a aquella idea ilustrada. Quizás lo único que podía hacerlos ganar la batalla es negarse a esas imitaciones, y volviendo a aquella seriedad ilustrada, ya que no pueden hacerlo a su inocencia. Por lo demás yo no espero mucho del mundo, y en realidad los periódicos no me producen mucha sensación con lo que cuentan de él, y no suelo empezar el día con ellos.

—De Fray Luis a Jonás, de santa Teresa a Simone Weil, de Pascal a Spinoza. Con ellos se sienta a pensar en las mañanas y tardes de Alcazarén. ¿Qué tienen estos compañeros de viaje que le siguen a lo largo de los días y los años?

—No exactamente. Esos señores y señoras y otros por el estilo son muy viejos amigos, y se charla con ellos. Es lo que nos enseñaron que había que hacer.

—¿Qué trae en el zurrón su libro más reciente en el que habla de Jonás?     

—Se trata de una fábula cuyo protagonista es esta fascinante figura bíblica. Se trata de que los lectores vivan con Jonás como yo he vivido un tiempo y que les cuente cosas. Jonás creo que no llevaba equipaje, sólo un bastón, pero todo un bastón, y con él se paseó por Nínive, quiso venirse hasta Tarsis, y anduvo por el mundo del mar y su transmundo.

—¿Piensa a medida que escribe o escribe para poder pensar?

—No sé si entiendo bien la pregunta. Si se escribe un ensayo o un artículo, se trata ciertamente de un proceso racional y se controla racionalmente, y hay que pensar lo que se escribe. Si se escribe un relato se ve y se oye y el control racional queda más bien limitado -lo que no es poco-. No hablar uno mismo, que el cristal que se interpone entre lo que se narra y luego se leerá, y lo que se escribe sea lo más delgado posible, y, si es de aire, mejor.

—¿Este ser humano de ahora no tiene candil o es que la historia ni enseña ni alumbra?

—En realidad tenemos candiles y hasta luminosas hogueras, pero somos como somos, no sólo no nos regimos por la razón que diría Spinoza, sino que tiramos más bien hacia el neandertal, como la cabra tira al monte. Es un deslizadero más fácil que subir desde el neandertal, un camino que, por iluminado que esté, es cuesta arriba.

—¿Sigue siendo España un enigma histórico o hemos de echar el cierre a la funesta manía de interrogarnos sobre la identidad de una península demasiado abarrotada de historia?

—Sí, es realmente singular lo que ocurre con España, parece un ente de ficción siempre in faciendo. Quinientos años lleva ahí está España como comunidad socio-política y cultural, pero por lo visto está mal hecha, y cada cual tiene su proyecto como si fuera el del chalet, lo que resultaría divertido y chusco si se tratase de esquemas en el papel, y en este país de arbitristas ha habido muchas gentes fantasiosas que los han producido verdaderamente pintorescos, pero nunca trataron de llevarlos a la práctica. Eran ingeniosas y maravillosas propuestas, pero es que ahora, por lo de las posibilidades de la tecnología, se propone llevarlos a la práctica y a cuenta de todos. Parece algo exagerado, y hasta siniestro, teniendo en cuenta que algunos de esos esquemitas ya se experimentaron y mejor no recordarlo. El asunto es tan trágico y tan cómico que éste es el único país del mundo en el que hasta su mero símbolo, la bandera, causa traumas existenciales a muchos españoles, según se dice, y desde luego años enteros ha habido en que no se podía decir España. ¿Y les suena España a algo serio a las jóvenes generaciones? La verdad es que se ha hecho todo para hacer este mismo nombre despreciable. Me temo que lo vamos a pagar amargamente.

—Atentados terroristas contra Nueva York, vientos de guerra en el Golfo, siembra de cadáveres en Palestina... ¿Es la marea negra de la Costa de la Muerte una metáfora de algo además de su literalidad espantosa?

—No me gustan nada las metáforas y no sólo en poesía, y tampoco las explicaciones que no pasan por la mínima prueba de falsabilidad, y mucho menos las ideológicas y los catecismos omnicomprensivos. He nacido ya muy tarde como para creer en los humanitarismos o idealismos baratos sobre la historia de los hombres, que tan siniestros se han revelado, y no soy un politólogo que se supone que podría contestarle con un serio y fino análisis de toda esa situación. Hay también en este caso demasiados arbitristas que saben lo que hay que hacer; no voy a añadir una receta más. Sólo se me ocurre recordar que, en tiempos de los dos terribles y despreciables totalitarismos del siglo XX, que añadamos entre paréntesis han dejado tantas mañas en las democracias avanzadas, tantos pensares y sentires siniestros en todos nosotros y la famosa redentora modernidad, creo que fue Ionesco el que dijo aquello de que la historia se presentaba bajo la forma de dos vestidos con uniforme a la hora del lechero -algo que por cierto también le dijo a Mandelstam un comisario al prevenirle de las consecuencias de algunos de sus versos-, pero ahora parece haber cambiado aquella forma de su presencia y se encarna en colosales brutalidades. Como si, acostumbrados como estamos a la barbarie informativa, a la basura y los desechos, y a la presencia diaria de la violencia, se nos hubiera embotado el alma y necesitáramos algo más fuerte.

—Parece probado que ni la alta cultura ni las bellas artes nos vacunan contra el mal. Usted sigue escribiendo poemas breves como oraciones o haikús. ¿Son una forma de entendimiento o de consuelo?

—Yo no estoy tan seguro de que la alta cultura y la belleza no significan nada frente a la maldad. Desde luego no estamos en tiempos de las grandes sensibilidades y exquisiteces medievales de los tiempos más oscuros en los que el verdugo no se atrevía a atormentar en la cámara de tortura con una virgencita gótica por delante, y la echaba un paño negro a la cabeza. Pero lo cierto es que el arte y la cultura profunda nos hacen mucho más ineptos para la barbarie. «¡Éstos a la cocina!», decía Durruti de los intelectuales anarquistas. Permítame esta «boutade». Este es un tema mayor de nuestro tiempo en el que nos llena de vergüenza la actitud de la «intelligentsia», que decían los camaradas. Sería para hablar largo y es muy deprimente. Aunque claro está que, antes de seguir hablando con una simple decencia de cultura, hay que ventilarlo.

—Se habla mucho de la memoria, tanto para denostarla como para convertirla en efigie, aforismo y llave de marear. ¿Cree que hemos enterrado en falso los fantasmas de la guerra civil o le da terror empezar a remover viejos cementerios y fosas comunes olvidadas?

—Hay cosas que ni deberían nombrarse, por pura civilidad siquiera.

—¿Y qué hablaría con don Quijote y Sancho si asomaran una tarde a la tapia de su jardín de Alcazarén?

—Lo que se terciara.

***

«El crimen y el horror no significan nada»

—Su siglo ha sido el XX, con su gran cosecha de atrocidades y hallazgos maravillosos. Asoma la patita el siglo XXI y parece una pata vieja. ¿No tenemos cura o cuando Macbeth dice la vida no es más que un cuento narrado por un idiota, que nada significa, habla en realidad en nombre de los asesinos y los poderosos, no de los que padecen la historia, los humildes que no tienen voz para la imprenta y para los anales?

—La historia es como siempre, sólo que con un par de realidades altamente importantes que son el sustrato de Auschwitz y el Gulag: tecnología sofisticada y burocracia eficaz, como dice muy lúcidamente el señor Zygmunt Bauman en un estudio sobre el Holocausto. Y lo terrible es que a alguien pueda ocurrírsele echar mano de ellas para sus fines y con los pretextos que sean, que siempre serán los de hacernos más felices. Esto es algo más que un cuento contado por un idiota, y sí significa, aunque precisamente lo moderno es afirmar que no significa nada precisamente, lo que es todavía más desasosegante: el crimen y el horror no significan nada.

ALFONSO ARMADA, ABC, 13 de diciembre de 2002, pp. 52-55.

Forografía: HERAS


domingo, 19 de enero de 2025

"Sobre el artista románico" de José Jiménez Lozano ("De Madrid al Camino. Boletín Informativo de la Asociación de Amigos de los Caminos de Santiago de Madrid", Número Especial Junio de 2008)

 


SOBRE EL ARTISTA ROMÁNICO

Muchas cosas ha habido siempre en el camino y luego en la llegada de un peregrino a Santiago: maravillas artísticas, tierras y gentes diversas, aventuras tristes y gozosas, paisajes admirables, historias como las que nos ha contado Chaucer de las peregrinaciones a Santo Tomas de Canterbury y aun mucho más universales e inquietantes de farsantes como la de Juan de Esperaindeo, que es una de tantas encarnaciones del Judío Errante, aquí transmutado en peregrino a Santiago para expiar su culpa y rezar también por quien le socorriera, o le encomendase una ofrenda al Apóstol Santiago en su nombre.

 Año tras año, hasta que cae en manos inquisitoriales, Antonio Ruiz o Rodríguez, vecino de Medina del Campo y luego de Ávila, y a quien probablemente entrenó en su papel un peregrino francés a Compostela, de nombre Pierre, embauca a las buenas gentes, que le encuentran cada vez más joven y a las que contesta que eso le sucede porque acababa de bañarse en el Jordán. «Soy Juan de Espera en Dios», les dice a los señores inquisidores que le detienen en setiembre de 1546, y es realmente joven pues tiene entonces como veinte años, aunque él dice venir de los tiempos mismos de la crucifixión de Cristo, abusando así la buena fe de las gentes en la leyenda del Judío errante.

Y, si hago mención de esta figura de farsante, es por la genialidad que supone el percatarse de que la esencia o sustancia del peregrinaje a Compostela y de la laceración y frustración de los que no pueden ir pero quisieran, era una esperanza en Dios para una juventud que no pasa, y, por eso con ella fabrica su nombre mismo. De manera que tal historia me ha parecido interesante que figure aquí, a la cabeza de una reflexión sobre esta odisea cristiana de vuelta a casa, que son las peregrinaciones compostelanas, alimentadas desde luego en esa su esperanza en el libro de piedra o de pintura del románico de manera privilegiada, y de tal manera que hasta los modos del creer cristiano en el tiempo llegan a estar conformados por ese artista románico, cuya singularidad es realmente paradigmática hasta en el ámbito de la más absoluta libertad. Y éste es el asunto en el que quisiera poner los ojos en su compañía de ustedes esta noche.

El artista en su obra

Hay una carta de Thomas S. Eliot al poeta griego Giorgios Seferis, en la que se dice que cada vez nos resulta más difícil hacer poesía, porque cada vez somos más conscientes de que la estamos haciendo. Es decir, que la conciencia del poeta o del narrador, y lo mismo ocurre con la del arquitecto, el pintor o el escultor, se ha convertido en una autoconciencia demiúrgica, de creadores de otros mundos que el mundo. Pero el artista de otro tiempo no tuvo nunca, ni por asomo, esta conciencia demiúrgica, ni tampoco la otra inevitable conciencia sacerdotal, o de pertenencia a la casta sagrada de lo que en nuestro tiempo se llama la cultura. El artista lo era, y la cultura estaba allí, sin conciencia alguna de serlo y de estarlo, como el pez en el agua, y la rosa florece porque florece, según el verso de Angelus Silesius. El pintor o el escultor tenían una conciencia de oficio, de menestrales; al igual que el escritor tenía conciencia de cronista o de componedor de fábulas o versos. Nada más.

 El asunto cambió luego bastante, ciertamente, en el Renacimiento con su culto a las letras y las artes antiguas, e hizo príncipes de quienes las practicaban, invistiéndoles con el nombre de artistas, pero el asunto sólo hasta muy tarde cuajó del todo, y nos encontramos, por ejemplo, a Diego de Velázquez viviendo en el Palacio Real, en el pabellón de los barberos y otros menestrales, y, aunque, le vemos en su cuadro de Las Meninas, con la señera en el pecho del hábito de Santiago, un criado de Corte continuó siendo.

Y ello era honra, porque el pintar bastaba. Así que al aproximarnos ahora a un tiempo de la historia de Occidente, tan otra respecto a nosotros, exige no solamente desposeernos de nuestras categorías mentales, y mirar por aquellos ojos de fuera y de dentro de las gentes de aquellos siglos, sino desposeernos también del lastre acumulado en interpretaciones de ellos teñidas de nuestra subjetividad o del espíritu del ahora o Zeitgeist, que obliga a hermenéuticas tan improbables o bovarísticas, como que la imaginería románica anticlerical o de explícitas alusiones sexuales sería la obra del pueblo, que se supone la haría al amparo de la noche, y luego se presentaría a cobrar por la mañana; o como las otras afirmaciones del formalismo artístico ruso de que a partir del Renacimiento ya no se pintarían ascensiones de Cristo o de la Virgen al Cielo, porque ya nadie había visto ni creía en esas cosas. Y excúsenme que cite algo así tan pintoresco y de tono menor, porque otras citas más brillantes y pretenciosas no nos permitirían sin más pasar sobre ellas, como aquí hacemos, con una simple y benevolente sonrisa.

 Como resulta una evidencia, el tiempo del románico es un tiempo teológico, es decir, un tiempo en el que la naturaleza, el hombre, y la historia, son vistos con ojos teológicos, y teológica es la simbolización de toda la realidad; esto es, la cultura entera. Lo que quiere decir que, por lo tanto, también la arquitectura, la pintura y la escultura. La institución eclesiástica, es, por lo demás, la que de modo más entitativo echa mano de la expresión artística, por la sencilla razón de que sus miembros poseen un nivel cultural mayor y más refinado, y es ella la que acude a las gentes del oficio para que construyan, pinten o esculpan, según las normas de arte o de menestralía, y la expresión artística de cada cual, toda una serie de paradigmas teológicos, que por lo demás son los mismos que los de la cultura y la fe religiosa mismas de esas gentes del oficio. Y subrayemos ya la importancia de este asunto de teología y hombre de oficio, y de Iglesia patrono y hombre de oficio que trabaja para ella, porque aquí hay toda una cuestión central acerca de si, en realidad, ha habido arte religioso en Occidente.

 El hecho sólidamente establecido, y que sigue ahí, ante nuestros ojos, es que el románico es la expresión de una cultura teológica, y que la expresión del tiempo, desde el lenguaje a la expresión artística, es simbólica para cualquier realidad; lo que, para nosotros, que hemos perdido incluso la dimensión simbólica del lenguaje, puede resultar problemático para entender las cosas. Honorius Augustodunensis escribía, por ejemplo: Las iglesias se orientan al Este por donde el sol nace, porque en él es venerado el Sol de Justicia, y en el Este está dispuesto el Paraíso, nuestra casa...Las transparentes ventanas que alejan la tempestad y dejan penetrar la luz son los doctores que resisten la tormenta de las herejías y desparraman la luz de las enseñanzas de la Iglesia. El cristal de las ventanas a través del cual pasan los rayos de luz es el pensamiento de los doctores, que ven misteriosamente las cosas divinas como a través de un cristal...Las columnas que sostienen la casa son los obispos sobre los que se apoya la estructura de la Iglesia, merced a la rectitud de su vida. Las vigas que mantienen unida la construcción son los príncipes de este mundo que proporcionan a la Iglesia su protección. Las tejas de la cubierta, al impedir el paso de la humedad a la casa, son soldados que protegen la Iglesia de paganos y enemigos...Las pinturas son como el ejemplo de los justos...(y)se realizan por tres razones: en primer lugar para que sean leídas por los laicos, en segundo lugar para que el edificio se adorne con dicha decoración, y en tercer lugar como un recuerdo de nuestros predecesores en la vida... El pavimento que los pies hollan es el pueblo, gracias a cuyo trabajo la Iglesia se mantiene. Las criptas construidas bajo el suelo son los que cultivan la vida interior...La puerta es un obstáculo para los enemigos, y que se muestra abierta a la entrada de los amigos de Cristo...El cementerio es el seno de la Iglesia, ya que, así como Cristo dio la vida a los muertos de este mundo en el útero del bautismo, así, después de la muerte, les devuelve la vida eterna. Y el claustro sería, en fin, según esta topografía simbólica, figura del Edén, y su pozo símbolo de vida en razón del agua que hay en él, y la comunicación que establece entre las zonas inferiores de la tierra con el aire y el cielo, y de la tiniebla con la luz. La bóveda, de circunferencia perfecta, es un trasunto de la celeste bóveda, cualquier noche estrellada, que da vueltas en torno a la Estrella Polar, o quicio del Universo, que es figura de Cristo; y el claustro, símbolo de la Jerusalén celeste.

El arte que habla a su manera

 La escritura de Honorius Augustodunensis es, ciertamente, algo tardía; y fuerza sin duda la simbólica según la retórica del tiempo, pero se atiene a la idea y al sentimiento centrales de una topografía teológica que estaba en la base de la construcción, y que, por lo tanto, habitaba y presidía, o de la que brotaba, la decisión artística. Pero, en arte, las formas lo son todo, y son ellas las que dan el sentido, de manera que es la obra artística la que dice integra en ella artísticamente toda aquella topografía simbólica, y la teología que hay detrás, pero al modo artístico, que ya resulta mucho más polisémico que el especulativo. La luz, las sombras, los volúmenes, las dimensiones, la elección de la piedra, y su rugosidad o lisura, los adornos o su ausencia, la pintura o la desnudez de ella, son los que compondrán al fin una estancia de oración y de alegría; y de manifestación de la fe de los que allí acuden. Y me interesa subrayar a este respecto, y en referencia a la cuestión de si hay arte religioso en Occidente como les decía, esta precisión de Honorius Augustodunensis acerca de que las pinturas están hechas para que sean leídas por los fieles, adornen o decoren el edificio, y guarden memoria de los que vivieron.

Es decir, en primer lugar se espera que las pinturas sean leídas. Habitualmente suele subrayarse la función catequética de la pintura y escultura para un pueblo en su mayor parte iletrado, y sin duda es así, pero quizás debiéramos matizar que más bien que una instrucción era una manifestación de lo que ya se sabía por la predicación y la celebración de las fiestas litúrgicas, e incluso las piezas teatrales, porque obviamente poco podían entender de lo que veían —a veces algo ciertamente muy complejo—, si así no fuese. Realmente se hubieran encontrado en el caso en el que, ahora mismo, algunos redactores de fichas artísticas describen lo que ven: Joven con alas inclinado ante una joven, en la imposibilidad absoluta de explicarse tal cosa. Si aquellas gentes entendían lo que veían en tímpanos, capiteles, canecillos o metopas, hay que concluir que podrían ser analfabetos, pero no de una bastante sofisticada cultura teológica, llena, por lo demás de conceptos abstractos y expresiones alegóricas o simbólicas, o en otro caso la función catequética o docente no hubiera tenido sentido ninguno, como podría atestiguarnos cualquier profesor de enseñanzas medias, y no tan medias, incluso si no se dirige a analfabetos.

 En una página de Los ojos del icono, me pregunté por la perpleja situación de un arqueólogo de algunos miles de años después de la desaparición del cristianismo histórico como cultura relevante, ante el hallazgo en unas viejas ruinas de un Pantocrátor, y en otras de una tabla o imagen gótica del Crucificado. El icono del Pantocrátor le mostraría a alguien que es poderoso y sabio, ya que se sienta como en un trono y tiene por escabel al horizonte cósmico, y un libro en las manos, pero por esto mismo no es un dios mitológico, ya que el libro le une a la historia de los hombres. Pero lo que no le resultaría tan fácil sería concluir, sin más mediaciones, que uno y otro icono, son un mismo ser divino-humano, omnipotente y humillado, Señor del cosmos y de la historia, y sufriente siervo y víctima de los poderes de esa historia. ¿Y cómo no se desconcertaría, luego, ante el hecho de que un Pantocrátor estuviese siempre tallado en piedra o pintado en un muro con colores planos y agresivos, mientras el icono del sufriente, pintado o fabricado en madera mayoritariamente, ofreciera líneas totalmente humanizadas y colores cálidos, expresando el dolor, si tal arqueólogo llegara a adivinar que se trataba de la misma persona divino-humana?

Piedra y madera como cauce de expresión teológica

 Pero esta dicotomía de materiales la decidió el artista románico, realizando a la vez una elección técnica en función de la expresión que a la materia pedía, y la piedra y el muro con su poder fundante fueron elegidos para la expresión de la teología del Pantocrátor y toda la teología románica de la gloria, en general, exactamente como en la humilde disponibilidad de la madera se expresa la teología del sufriente. Para decirlo como Plotino, podemos afirmar que el artista adaptó su ojo a lo que tenía que esculpir o pintar, que tal decía el filósofo que era el acto de la comprensión, y eligió la materia y el modo de mostrar, como únicas posibilidades de hacerlo. De manera que toda esa estética del material y de las formas, decisión del artista era, y aparece colgada como de unos hilos invisibles al igual que el autómata jugador de ajedrez del que habla Walter Benjamin, un autómata construido de tal manera, que resultaba capaz de replicar a cada jugada de un ajedrecista con otra jugada contraria que le aseguraba ganar la partida. Un muñeco trajeado a la turca, en la boca una pipa de narguile, se sentaba a un tablero colocado sobre una gran mesa. Un sistema de espejos despertaba la ilusión de que esta mesa era transparente por todos sus lados. En realidad, se sentaba dentro un enano jorobado que era un maestro en el juego del ajedrez, y que guiaba mediante hilos la mano del muñeco. Este enano, aclara Benjamin, era la teología que, como es sabido, es hoy pequeña y fea, y no debe dejarse ver en modo alguno. Pero en los tiempos románicos era una hermosa princesa, y los artistas la desposaban; no era que estuvieran a su servicio. Expresaban la teología artísticamente, y, por lo tanto, lo que ella quería expresar, pero la técnica y la estética de esa expresión, la forma, en suma, que salía de la inteligencia, la sensibilidad y la habilidad de las manos era la que decidía lo que artísticamente no podía ser dicho de otro modo, la que decía verdaderamente.

 Y sabemos, muy bien que, cuando los destinatarios de ese arte teológico, no tenían ninguna información de este tipo, y se estaba en su plena evangelización, y no era suficiente la ruptura con el canon griego, hieratizándolo y rigidizándolo, para darles a entender, a esos destinatarios, que lo que veían allí no era el puro trasunto figurado del mundo, sino digamos el transmundo, se echó mano resueltamente de figuras monstruosas para Cristo y la Virgen María, como, por poner un ejemplo, ocurre de modo bastante sistemático, por lo que podemos deducir de su insistente presencia, y de los textos, en el románico de los países nórdicos, de una muy tardía evangelización. Y el artista es también el que decide como han de hacerse las cosas.

 Pero sabemos, igualmente, que aquellas gentes románicas, como de su madre nos cuenta el poeta François Villón, iban la iglesia, además de al culto, a ver

Un paraíso pintado, en el que hay arpas y laúdes,

y un infierno, en el que hierven los condenados.

El uno me da miedo, el otro alegría y júbilo.

 

 Esto es, a ver belleza y a escuchar historias, porque era éste un tiempo en el que, como vemos, las gentes se apasionaban por historias realmente totales y decisivas, en las que toda la carne se ponía en el asador, y para siempre, mientras disfrutaban con la belleza o se horrorizaban de la fealdad. Se alegraban y se inquietaban ante lo que veían en tímpanos, capiteles, canecillos o pinturas al fresco, que todos ellos, pero especialmente estas últimas, adornaban la iglesia, también como mera y viva decoración, que siempre alegra el corazón del hombre, y de la que sabemos que el hombre antiguo no quería separarse ni aún en la tumba. O sobre todo en ella.

 Estamos muy lejos de la tensión que aparecerá en el Renacimiento, inevitablemente, entre Iglesia patrón y artista-realizador. Y no, desde luego, en razón de ese constructo abstracto que habla de Edad Media como tiempo teocéntrico y Renacimiento como tiempo antropocéntrico, sino por la irrupción de la Reforma Protestante en el plano de lo teológico, y la irrupción en el plano cultural de una mayor autoconciencia o elefantiasis del yo del artista Nada de esto ocurre en los tiempos románicos.

 En ellos, el artista, con su conciencia de oficio, vive y produce su obra como pez en el agua, y entre vida, obra y teología que es la cultura que se respira, no hay cesura de ninguna clase. Lo que no quiere, decir sin embargo, que no haya diferencia entre el plano de lo religioso y el de la vida y el arte; el artista es un hombre civil y del mundo, y el arte que produce es teológico y para mostrar teología, pero no es tan obvio que sea, por eso mismo, un arte religioso. Y no lo es. Es un asunto importante, como decía. En Occidente no hay iconos sagrados.

 Entre la imagen y la palabra

 Cuando hablamos de iconos, no hablamos exactamente de arte, sino de cosas divinas o sagradas, según una teología al borde del monofisismo por lo menos, asunción de lo carnal por lo divino y su transformación en divina condición. El icono representa lo divino, y participa de algún modo de ese resplandor divinal, tiene una dimensión sagrada y sacramental, y lo divino asumiría y transformaría, también de alguna manera, la realidad material de la finísima película de pintura que está sobre la tabla, y, al ser tocado y besado, produciría algo así como una descarga de energía de santidad. Y, para matizar todo esto, en la propia Iglesia Oriental llega a hacerse necesario enfatizar con toda claridad que el icono no es una materialidad sagrada, o un locus sagrado en el que resida lo divinal, manteniéndose, por esto mismo, la no utilización de imágenes de bulto —estatuas o bajorrelieves— que implican un cierto espesor de la materia, y subrayando que la delgadísima lámina de pintura, el mínimum de materia, es una señal o signo. Todo icono, escribe Paul Evdokimov, está en función del icono del Salvador —llamado akeropoieta, o no hecho de mano o por mano de hombres— o de la Santa Faz, que unos ángeles tienen en un velo y lo revelan a los hombres. No es exactamente el retrato de Jesús, es el icono de su presencia. Y, así las cosas, todo lo que sea adorno psíquico, gesto dramático, afectación o agitación, queda radicalmente suprimido; y, asimismo, el aspecto anecdótico está reducido a lo estrictamente necesario de una llamada, pues es su significación metahistórica la que está representada. Todo lo cual supone, obviamente, una marginalidad total, e incluso una transgresión, de las normas de la representación pictórica, de su estética y su técnica, porque este pintar es un asunto teológico y religioso en sí mismo. Y Jean Hani señala tres procedimientos técnicos obligados: todo lo que se pinta en el primer plano debe manera paralela a la tabla, con lo que queda suprimida toda la profundidad; la perspectiva debe estar invertida y el punto de fuga no está en el fondo del cuadro, sino en quien mira, y las figuras se agrandan a medida que se alejan de esta mirada, las escenas están delante de los edificios en los que suceden; y se da también una perspectiva radial en la que las figuras o escenas se despliegan en todos los sentidos respecto a una escena central, sin tener que ver nada con el espacio y el tiempo en que transcurren. La fuente de la luz del cuadro es totalmente suprimida, y todo el icono debe estar traspasado por la luz divina difundida por el pan de oro del fondo, y los finos rayos de inocopia que el pintor pone en las ropas y en los rostros de los personajes, y el icono se vuelve transparente

 Las distintas partes del rostro deben conformarse de cierto modo según un simbólica: las orejas deben estar ahuecadas para mostrar que están a la escucha de Dios; los ojos en forma de almendra y no cerrados en las comisuras se agrandan, y significan que mirada exterior y mirada interior coinciden; los labios son finos rehuyendo toda sensualidad; el cuello fuerte alude al poder, y la nariz se alarga como símbolo de la vida que en ella fue insuflada a Adán; y los rostros oscuros, en fin, con los destellos de la inocopia triunfan de todo naturalismo. Y digamos también que la confección de la pintura en todo su proceso implica toda una ascesis de ayuno y purificaciones en quien pinta, que de ordinario es un monje. Es decir, pintar es una práctica religiosa.

 Esta clase de arte cristiano fue normado ya en el Concilio de Nicea de 787, y confirmado en el Concilio de Constantinopla de 879, y estas decisiones fueron firmadas por el Legado Papal, Pablo, obispo de Ancona. El texto dice que la composición de las imágenes religiosas no queda a la iniciativa de los artistas, sino que resulta de los principios establecidos por la Iglesia católica y la tradición religiosa; de manera que el arte, la técnica de ejecución pertenece al pintor, pero el orden y la disposición pertenece a los Padres.

 Pero todo esto no tiene nada que ver con el arte occidental cristiano. El Papa Gregorio I (+604) escribe algo que sitúa muy pronto todos estos asuntos en esa diferencia, al afirmar que la acción y la presencia divinas no están en las pinturas, sino en la Palabra de Dios y en los sacramentos, y que las pinturas no son sacramentos ni epifanías divinas, sino obra de mano de hombres. Y los Concilios occidentales de Frankfurt, en 794, y de París, en 852, dicen incluso con cierta sans façon que esas imágenes no tienen ninguna relación de pertenencia con sus prototipos, y que, ciertamente, Cristo no nos salvó por la pintura. Todo lo cual quiere decir, para expresarlo con cierta plasticidad, que en Occidente, no hay arte religioso, sino arte de contenidos o temas teológicos, pero de ejecución naturalista, que no es lo mismo.

 De un modo que podríamos llamar curioso, pero que en realidad es trágico, la mente moderna que aparece sumida en la retórica de la laicidad, se siente perpleja y desconcertada, pongamos por caso, ante la pintura de una escena de caza o de una simple encantadora liebrecilla, y no digamos nada una escena amorosa, en una pintura antigua en lugar sagrado o dentro de una pintura de tema religioso, y sentencia enseguida que se trataría de asuntos laicos, y, por supuesto, de mucha modernidad. Y sonreímos, pero ya no podemos sonreír tan despreocupadamente cuando por ejemplo don José Ortega y Gasset hablando de Velázquez, por ejemplo, afirma que dio todo un vuelco a la pintura, abandonando los temas mitológicos, y religiosos, y obligándose a pintar escenas cotidianas, porque el arte era ensueño, delirio, fábula convención, ornamento de gracias formales, dice. ¿El románico, pongamos por caso, es todo, o siquiera algo de eso?, le preguntaríamos, pero lo que nos afirma es que Velázquez se pregunta si no será posible con este mundo, con esta vida tal cual es hacer arte; y que cuando pinta su cuadro Cristo de visita en casa de María y Marta, lo que allí vemos es una cocina, y en ella una vieja y una moza se afanan en la preparación de un yantar. En el aposento, no aparecen ni Cristo, ni María ni Marta, insisto, pero allí en lo alto del muro, hay colgado un cuadro y es en ese cuadro interior donde la figura de Jesús y de las dos santas mujeres logra una irreal presencia. De esta forma se declara Velázquez irresponsable de pintar, lo que, a su juicio, no se puede pintar. La ingeniosidad de la solución nos manifiesta hasta qué punto está resuelto desde mozo a no aceptar la tradición artística para la cual la pintura es el arte de representar inverosimilitudes. Y también podríamos preguntar: ¿El románico, por ejemplo?

 ¿Es el Pantocrátor otra cosa, o el pintor o escultor nos muestran ahí, otra cosa que un ser tan poderoso que tiene el mundo por escabel de sus pies, sólo una hermosísima forma de enfatizar ese poder?

 El artista que espera en Dios

 Y traigo a colación todo esto, porque parece pura ceguera o voluntad de no ver que, desde luego, el arte hasta nuestro tiempo es imitación de lo real, y está hecho con este mundo y con esta vida, y de tal manera, que produce verdaderamente una presencia real, como diría George Steiner, que precisamente es lo que prueba que es arte, y que pintor y escultor no hacen sino hablarnos de la realidad y contarnos historias humanas, como son las bíblicas, digamos de pasada, o antropomorfizando incluso la mitología o hasta conceptos abstractos teológicos como la Inmaculada Concepción de la Virgen María, que es el colmo barroco, ciertamente. Y el románico, que es un arte teológico, nos cuenta igualmente historias humanas, o nos muestra los hermosísimos escorzos de la vida de la naturaleza; y, cuando nos pinta inverosimilitudes, como pongamos por caso ojos en las alas de los ángeles, o jóvenes con alas para significar, según los asirios y luego los escritores bíblicos lo rápidos mensajeros que son, lo hacen porque el inmenso poeta que escribe el Apocalipsis así lo cuenta, no porque fuera surrealismo avant la lettre como he oído yo mismo en alguna tribuna cultural. Cosa laica la poesía, que se sepa; pero ¿es que tiene algún sentido preguntar estas cosas ante el arte o la poesía? Porque no parece que haya un arte de poética religiosa o leyes mosaicas de la novela, como hay, según hemos visto, una estética religiosa que es una contra-estética. Y el arte románico sin duda que se separa del canon griego, porque trata de subrayar que lo que dice, digamos que es transmundano o no pertenece a la inmanencia, pero lo hace de un modo naturalista, y es también Gregorio I el que a este respecto subraya que el hombre no tiene que ser liberado de su naturaleza, sino del pecado.

 El artista románico pinta y esculpe por su cuenta, según habilidad y arte, y nadie le dice cómo debe hacer, sino solamente qué ha de pintar o esculpir. Lo que liga al artista con la Iglesia es una mera relación económica de quien cobra lo que ha pintado o esculpido con quien paga lo que ha encargado. El artista no tiene conciencia demiúrgico alguna, como dije, ama a los hombres y al mundo tales como son, o desespera de ellos tales y como son, pero no los olvidará ni los destruirá. Éste es asunto del hombre moderno, y por lo tanto del artista, el ánimo de hacer un mundo otro, o el de reducir este mundo y su hermosura a geometrías y conjunto de manchas de colores, a expresiones mínimas, o expresar una visión de desespero y destrucción mediante el recurso a los desechos. Y, al decir esto no emito ningún juicio de valor sobre tales asuntos, porque está muy claro que nos movemos en otro concepto del arte y del artista, en el que, sin ir más allá, éste es fuente de aquél.

 Johannes Bühler hacía notar, hace ya muchos años, que la arquitectura románica se reduce a un conjunto de muros que se alzan de un modo que impone por sus enormes masas, pero también por lo severo y sereno de sus formas, y que sus interiores son de lo más diverso, desde el cielo raso con que se cubren las iglesias alemanas, lleno de colores brillantes, a las bóvedas en forma de cuna o artesa de las iglesias francesas; y respecto a las pinturas escribe algo importante: Las obras plásticas y las gigantescas pinturas murales, para las que brindan sitio abundante los enormes lienzos de pared, no poseen aún una vida propia gobernada por las leyes de su arte; las primeras no tienen apenas otra función que la de servir de ornamento, y las segundas, por muy monumental que sea la impresión que hoy causan en nosotros las pocas que se han conservado, no se proponen tampoco más finalidad que la de decorar y servir de ilustración a la historia sagrada. Por tanto, los artistas de esa época, al igual que sus sabios, se limitan a ilustrar lo transmitido por la tradición. A esto hay que añadir que la pintura se presta para comunicar los contenidos de las cosas al igual que los libros; por eso, y porque estaba en condiciones de prestar excelentes servicios a la arquitectura interior románica, vemos que, hasta fines del siglo XII aproximadamente, la pintura afirma exteriormente su predominio sobre las demás artes plásticas.

 Podríamos decir, finalmente, que luego fueron sofisticándose las cosas, pero este arte románico, que es un arte teológico por su mensaje, no es un arte religioso o sacral ni in faciendo, ni luego contemplado o formando parte del todo oracional, sino pintura de hombre para la mostración de la fe, la alegría y la memoria de los muertos de que hablaba Honorius Augustodunensis, y sus explicaciones simbólicas son reglas de lectura teológica y a las veces retórica, pero no de construcción artística religiosa, al contrario de como vimos que sucede con el icono. Estamos en Occidente, y lo realmente extraño es que a nuestro mundo ese arte románico, obra de mano de hombre, esto es, algo naturalmente laico le parezca religioso, y, como dijeron los señores surrealistas, putrefacto y que habría que destruir, como esos mismos señores surrealistas y otros caballeros enterradores de la historia de los padres invitaron a hacer, por cierto.

 Pero siempre habrá ojos que busquen hermosura, y corazones «esperaindeo», y que encontrarán en el románico la alabanza de la vida y de la juventud, que no pasa, expresadas en él con una seguridad y una fuerza muy especiales. La peregrinación siempre es a las fuentes, o una odisea de la vuelta a casa. También en el más serio de los aspectos de una conciencia europea ahora mismo, que parece ya cansada o exhausta. El artista románico ayudó a levantarla, y aún puede ser atendido y escuchado, y no en el menor lugar en el camino de Compostela y su llegada allí, una de las grandes piedras angulares sobre las que Europa se hizo.

José Jiménez Lozano, De Madrid al Camino. Boletín Informativo de la Asociación de Amigos de los Caminos de Santiago de Madrid, Número Especial Junio de 2008, pp. 31-34.

Actas del Seminario José Antonio Cimadevila Covelo de estudios jacobeos «Asociación XX aniversario» Madrid, 27 de noviembre de 2007