domingo, 19 de enero de 2025

"Sobre el artista románico" de José Jiménez Lozano ("De Madrid al Camino. Boletín Informativo de la Asociación de Amigos de los Caminos de Santiago de Madrid", Número Especial Junio de 2008)

 


SOBRE EL ARTISTA ROMÁNICO

Muchas cosas ha habido siempre en el camino y luego en la llegada de un peregrino a Santiago: maravillas artísticas, tierras y gentes diversas, aventuras tristes y gozosas, paisajes admirables, historias como las que nos ha contado Chaucer de las peregrinaciones a Santo Tomas de Canterbury y aun mucho más universales e inquietantes de farsantes como la de Juan de Esperaindeo, que es una de tantas encarnaciones del Judío Errante, aquí transmutado en peregrino a Santiago para expiar su culpa y rezar también por quien le socorriera, o le encomendase una ofrenda al Apóstol Santiago en su nombre.

 Año tras año, hasta que cae en manos inquisitoriales, Antonio Ruiz o Rodríguez, vecino de Medina del Campo y luego de Ávila, y a quien probablemente entrenó en su papel un peregrino francés a Compostela, de nombre Pierre, embauca a las buenas gentes, que le encuentran cada vez más joven y a las que contesta que eso le sucede porque acababa de bañarse en el Jordán. «Soy Juan de Espera en Dios», les dice a los señores inquisidores que le detienen en setiembre de 1546, y es realmente joven pues tiene entonces como veinte años, aunque él dice venir de los tiempos mismos de la crucifixión de Cristo, abusando así la buena fe de las gentes en la leyenda del Judío errante.

Y, si hago mención de esta figura de farsante, es por la genialidad que supone el percatarse de que la esencia o sustancia del peregrinaje a Compostela y de la laceración y frustración de los que no pueden ir pero quisieran, era una esperanza en Dios para una juventud que no pasa, y, por eso con ella fabrica su nombre mismo. De manera que tal historia me ha parecido interesante que figure aquí, a la cabeza de una reflexión sobre esta odisea cristiana de vuelta a casa, que son las peregrinaciones compostelanas, alimentadas desde luego en esa su esperanza en el libro de piedra o de pintura del románico de manera privilegiada, y de tal manera que hasta los modos del creer cristiano en el tiempo llegan a estar conformados por ese artista románico, cuya singularidad es realmente paradigmática hasta en el ámbito de la más absoluta libertad. Y éste es el asunto en el que quisiera poner los ojos en su compañía de ustedes esta noche.

El artista en su obra

Hay una carta de Thomas S. Eliot al poeta griego Giorgios Seferis, en la que se dice que cada vez nos resulta más difícil hacer poesía, porque cada vez somos más conscientes de que la estamos haciendo. Es decir, que la conciencia del poeta o del narrador, y lo mismo ocurre con la del arquitecto, el pintor o el escultor, se ha convertido en una autoconciencia demiúrgica, de creadores de otros mundos que el mundo. Pero el artista de otro tiempo no tuvo nunca, ni por asomo, esta conciencia demiúrgica, ni tampoco la otra inevitable conciencia sacerdotal, o de pertenencia a la casta sagrada de lo que en nuestro tiempo se llama la cultura. El artista lo era, y la cultura estaba allí, sin conciencia alguna de serlo y de estarlo, como el pez en el agua, y la rosa florece porque florece, según el verso de Angelus Silesius. El pintor o el escultor tenían una conciencia de oficio, de menestrales; al igual que el escritor tenía conciencia de cronista o de componedor de fábulas o versos. Nada más.

 El asunto cambió luego bastante, ciertamente, en el Renacimiento con su culto a las letras y las artes antiguas, e hizo príncipes de quienes las practicaban, invistiéndoles con el nombre de artistas, pero el asunto sólo hasta muy tarde cuajó del todo, y nos encontramos, por ejemplo, a Diego de Velázquez viviendo en el Palacio Real, en el pabellón de los barberos y otros menestrales, y, aunque, le vemos en su cuadro de Las Meninas, con la señera en el pecho del hábito de Santiago, un criado de Corte continuó siendo.

Y ello era honra, porque el pintar bastaba. Así que al aproximarnos ahora a un tiempo de la historia de Occidente, tan otra respecto a nosotros, exige no solamente desposeernos de nuestras categorías mentales, y mirar por aquellos ojos de fuera y de dentro de las gentes de aquellos siglos, sino desposeernos también del lastre acumulado en interpretaciones de ellos teñidas de nuestra subjetividad o del espíritu del ahora o Zeitgeist, que obliga a hermenéuticas tan improbables o bovarísticas, como que la imaginería románica anticlerical o de explícitas alusiones sexuales sería la obra del pueblo, que se supone la haría al amparo de la noche, y luego se presentaría a cobrar por la mañana; o como las otras afirmaciones del formalismo artístico ruso de que a partir del Renacimiento ya no se pintarían ascensiones de Cristo o de la Virgen al Cielo, porque ya nadie había visto ni creía en esas cosas. Y excúsenme que cite algo así tan pintoresco y de tono menor, porque otras citas más brillantes y pretenciosas no nos permitirían sin más pasar sobre ellas, como aquí hacemos, con una simple y benevolente sonrisa.

 Como resulta una evidencia, el tiempo del románico es un tiempo teológico, es decir, un tiempo en el que la naturaleza, el hombre, y la historia, son vistos con ojos teológicos, y teológica es la simbolización de toda la realidad; esto es, la cultura entera. Lo que quiere decir que, por lo tanto, también la arquitectura, la pintura y la escultura. La institución eclesiástica, es, por lo demás, la que de modo más entitativo echa mano de la expresión artística, por la sencilla razón de que sus miembros poseen un nivel cultural mayor y más refinado, y es ella la que acude a las gentes del oficio para que construyan, pinten o esculpan, según las normas de arte o de menestralía, y la expresión artística de cada cual, toda una serie de paradigmas teológicos, que por lo demás son los mismos que los de la cultura y la fe religiosa mismas de esas gentes del oficio. Y subrayemos ya la importancia de este asunto de teología y hombre de oficio, y de Iglesia patrono y hombre de oficio que trabaja para ella, porque aquí hay toda una cuestión central acerca de si, en realidad, ha habido arte religioso en Occidente.

 El hecho sólidamente establecido, y que sigue ahí, ante nuestros ojos, es que el románico es la expresión de una cultura teológica, y que la expresión del tiempo, desde el lenguaje a la expresión artística, es simbólica para cualquier realidad; lo que, para nosotros, que hemos perdido incluso la dimensión simbólica del lenguaje, puede resultar problemático para entender las cosas. Honorius Augustodunensis escribía, por ejemplo: Las iglesias se orientan al Este por donde el sol nace, porque en él es venerado el Sol de Justicia, y en el Este está dispuesto el Paraíso, nuestra casa...Las transparentes ventanas que alejan la tempestad y dejan penetrar la luz son los doctores que resisten la tormenta de las herejías y desparraman la luz de las enseñanzas de la Iglesia. El cristal de las ventanas a través del cual pasan los rayos de luz es el pensamiento de los doctores, que ven misteriosamente las cosas divinas como a través de un cristal...Las columnas que sostienen la casa son los obispos sobre los que se apoya la estructura de la Iglesia, merced a la rectitud de su vida. Las vigas que mantienen unida la construcción son los príncipes de este mundo que proporcionan a la Iglesia su protección. Las tejas de la cubierta, al impedir el paso de la humedad a la casa, son soldados que protegen la Iglesia de paganos y enemigos...Las pinturas son como el ejemplo de los justos...(y)se realizan por tres razones: en primer lugar para que sean leídas por los laicos, en segundo lugar para que el edificio se adorne con dicha decoración, y en tercer lugar como un recuerdo de nuestros predecesores en la vida... El pavimento que los pies hollan es el pueblo, gracias a cuyo trabajo la Iglesia se mantiene. Las criptas construidas bajo el suelo son los que cultivan la vida interior...La puerta es un obstáculo para los enemigos, y que se muestra abierta a la entrada de los amigos de Cristo...El cementerio es el seno de la Iglesia, ya que, así como Cristo dio la vida a los muertos de este mundo en el útero del bautismo, así, después de la muerte, les devuelve la vida eterna. Y el claustro sería, en fin, según esta topografía simbólica, figura del Edén, y su pozo símbolo de vida en razón del agua que hay en él, y la comunicación que establece entre las zonas inferiores de la tierra con el aire y el cielo, y de la tiniebla con la luz. La bóveda, de circunferencia perfecta, es un trasunto de la celeste bóveda, cualquier noche estrellada, que da vueltas en torno a la Estrella Polar, o quicio del Universo, que es figura de Cristo; y el claustro, símbolo de la Jerusalén celeste.

El arte que habla a su manera

 La escritura de Honorius Augustodunensis es, ciertamente, algo tardía; y fuerza sin duda la simbólica según la retórica del tiempo, pero se atiene a la idea y al sentimiento centrales de una topografía teológica que estaba en la base de la construcción, y que, por lo tanto, habitaba y presidía, o de la que brotaba, la decisión artística. Pero, en arte, las formas lo son todo, y son ellas las que dan el sentido, de manera que es la obra artística la que dice integra en ella artísticamente toda aquella topografía simbólica, y la teología que hay detrás, pero al modo artístico, que ya resulta mucho más polisémico que el especulativo. La luz, las sombras, los volúmenes, las dimensiones, la elección de la piedra, y su rugosidad o lisura, los adornos o su ausencia, la pintura o la desnudez de ella, son los que compondrán al fin una estancia de oración y de alegría; y de manifestación de la fe de los que allí acuden. Y me interesa subrayar a este respecto, y en referencia a la cuestión de si hay arte religioso en Occidente como les decía, esta precisión de Honorius Augustodunensis acerca de que las pinturas están hechas para que sean leídas por los fieles, adornen o decoren el edificio, y guarden memoria de los que vivieron.

Es decir, en primer lugar se espera que las pinturas sean leídas. Habitualmente suele subrayarse la función catequética de la pintura y escultura para un pueblo en su mayor parte iletrado, y sin duda es así, pero quizás debiéramos matizar que más bien que una instrucción era una manifestación de lo que ya se sabía por la predicación y la celebración de las fiestas litúrgicas, e incluso las piezas teatrales, porque obviamente poco podían entender de lo que veían —a veces algo ciertamente muy complejo—, si así no fuese. Realmente se hubieran encontrado en el caso en el que, ahora mismo, algunos redactores de fichas artísticas describen lo que ven: Joven con alas inclinado ante una joven, en la imposibilidad absoluta de explicarse tal cosa. Si aquellas gentes entendían lo que veían en tímpanos, capiteles, canecillos o metopas, hay que concluir que podrían ser analfabetos, pero no de una bastante sofisticada cultura teológica, llena, por lo demás de conceptos abstractos y expresiones alegóricas o simbólicas, o en otro caso la función catequética o docente no hubiera tenido sentido ninguno, como podría atestiguarnos cualquier profesor de enseñanzas medias, y no tan medias, incluso si no se dirige a analfabetos.

 En una página de Los ojos del icono, me pregunté por la perpleja situación de un arqueólogo de algunos miles de años después de la desaparición del cristianismo histórico como cultura relevante, ante el hallazgo en unas viejas ruinas de un Pantocrátor, y en otras de una tabla o imagen gótica del Crucificado. El icono del Pantocrátor le mostraría a alguien que es poderoso y sabio, ya que se sienta como en un trono y tiene por escabel al horizonte cósmico, y un libro en las manos, pero por esto mismo no es un dios mitológico, ya que el libro le une a la historia de los hombres. Pero lo que no le resultaría tan fácil sería concluir, sin más mediaciones, que uno y otro icono, son un mismo ser divino-humano, omnipotente y humillado, Señor del cosmos y de la historia, y sufriente siervo y víctima de los poderes de esa historia. ¿Y cómo no se desconcertaría, luego, ante el hecho de que un Pantocrátor estuviese siempre tallado en piedra o pintado en un muro con colores planos y agresivos, mientras el icono del sufriente, pintado o fabricado en madera mayoritariamente, ofreciera líneas totalmente humanizadas y colores cálidos, expresando el dolor, si tal arqueólogo llegara a adivinar que se trataba de la misma persona divino-humana?

Piedra y madera como cauce de expresión teológica

 Pero esta dicotomía de materiales la decidió el artista románico, realizando a la vez una elección técnica en función de la expresión que a la materia pedía, y la piedra y el muro con su poder fundante fueron elegidos para la expresión de la teología del Pantocrátor y toda la teología románica de la gloria, en general, exactamente como en la humilde disponibilidad de la madera se expresa la teología del sufriente. Para decirlo como Plotino, podemos afirmar que el artista adaptó su ojo a lo que tenía que esculpir o pintar, que tal decía el filósofo que era el acto de la comprensión, y eligió la materia y el modo de mostrar, como únicas posibilidades de hacerlo. De manera que toda esa estética del material y de las formas, decisión del artista era, y aparece colgada como de unos hilos invisibles al igual que el autómata jugador de ajedrez del que habla Walter Benjamin, un autómata construido de tal manera, que resultaba capaz de replicar a cada jugada de un ajedrecista con otra jugada contraria que le aseguraba ganar la partida. Un muñeco trajeado a la turca, en la boca una pipa de narguile, se sentaba a un tablero colocado sobre una gran mesa. Un sistema de espejos despertaba la ilusión de que esta mesa era transparente por todos sus lados. En realidad, se sentaba dentro un enano jorobado que era un maestro en el juego del ajedrez, y que guiaba mediante hilos la mano del muñeco. Este enano, aclara Benjamin, era la teología que, como es sabido, es hoy pequeña y fea, y no debe dejarse ver en modo alguno. Pero en los tiempos románicos era una hermosa princesa, y los artistas la desposaban; no era que estuvieran a su servicio. Expresaban la teología artísticamente, y, por lo tanto, lo que ella quería expresar, pero la técnica y la estética de esa expresión, la forma, en suma, que salía de la inteligencia, la sensibilidad y la habilidad de las manos era la que decidía lo que artísticamente no podía ser dicho de otro modo, la que decía verdaderamente.

 Y sabemos, muy bien que, cuando los destinatarios de ese arte teológico, no tenían ninguna información de este tipo, y se estaba en su plena evangelización, y no era suficiente la ruptura con el canon griego, hieratizándolo y rigidizándolo, para darles a entender, a esos destinatarios, que lo que veían allí no era el puro trasunto figurado del mundo, sino digamos el transmundo, se echó mano resueltamente de figuras monstruosas para Cristo y la Virgen María, como, por poner un ejemplo, ocurre de modo bastante sistemático, por lo que podemos deducir de su insistente presencia, y de los textos, en el románico de los países nórdicos, de una muy tardía evangelización. Y el artista es también el que decide como han de hacerse las cosas.

 Pero sabemos, igualmente, que aquellas gentes románicas, como de su madre nos cuenta el poeta François Villón, iban la iglesia, además de al culto, a ver

Un paraíso pintado, en el que hay arpas y laúdes,

y un infierno, en el que hierven los condenados.

El uno me da miedo, el otro alegría y júbilo.

 

 Esto es, a ver belleza y a escuchar historias, porque era éste un tiempo en el que, como vemos, las gentes se apasionaban por historias realmente totales y decisivas, en las que toda la carne se ponía en el asador, y para siempre, mientras disfrutaban con la belleza o se horrorizaban de la fealdad. Se alegraban y se inquietaban ante lo que veían en tímpanos, capiteles, canecillos o pinturas al fresco, que todos ellos, pero especialmente estas últimas, adornaban la iglesia, también como mera y viva decoración, que siempre alegra el corazón del hombre, y de la que sabemos que el hombre antiguo no quería separarse ni aún en la tumba. O sobre todo en ella.

 Estamos muy lejos de la tensión que aparecerá en el Renacimiento, inevitablemente, entre Iglesia patrón y artista-realizador. Y no, desde luego, en razón de ese constructo abstracto que habla de Edad Media como tiempo teocéntrico y Renacimiento como tiempo antropocéntrico, sino por la irrupción de la Reforma Protestante en el plano de lo teológico, y la irrupción en el plano cultural de una mayor autoconciencia o elefantiasis del yo del artista Nada de esto ocurre en los tiempos románicos.

 En ellos, el artista, con su conciencia de oficio, vive y produce su obra como pez en el agua, y entre vida, obra y teología que es la cultura que se respira, no hay cesura de ninguna clase. Lo que no quiere, decir sin embargo, que no haya diferencia entre el plano de lo religioso y el de la vida y el arte; el artista es un hombre civil y del mundo, y el arte que produce es teológico y para mostrar teología, pero no es tan obvio que sea, por eso mismo, un arte religioso. Y no lo es. Es un asunto importante, como decía. En Occidente no hay iconos sagrados.

 Entre la imagen y la palabra

 Cuando hablamos de iconos, no hablamos exactamente de arte, sino de cosas divinas o sagradas, según una teología al borde del monofisismo por lo menos, asunción de lo carnal por lo divino y su transformación en divina condición. El icono representa lo divino, y participa de algún modo de ese resplandor divinal, tiene una dimensión sagrada y sacramental, y lo divino asumiría y transformaría, también de alguna manera, la realidad material de la finísima película de pintura que está sobre la tabla, y, al ser tocado y besado, produciría algo así como una descarga de energía de santidad. Y, para matizar todo esto, en la propia Iglesia Oriental llega a hacerse necesario enfatizar con toda claridad que el icono no es una materialidad sagrada, o un locus sagrado en el que resida lo divinal, manteniéndose, por esto mismo, la no utilización de imágenes de bulto —estatuas o bajorrelieves— que implican un cierto espesor de la materia, y subrayando que la delgadísima lámina de pintura, el mínimum de materia, es una señal o signo. Todo icono, escribe Paul Evdokimov, está en función del icono del Salvador —llamado akeropoieta, o no hecho de mano o por mano de hombres— o de la Santa Faz, que unos ángeles tienen en un velo y lo revelan a los hombres. No es exactamente el retrato de Jesús, es el icono de su presencia. Y, así las cosas, todo lo que sea adorno psíquico, gesto dramático, afectación o agitación, queda radicalmente suprimido; y, asimismo, el aspecto anecdótico está reducido a lo estrictamente necesario de una llamada, pues es su significación metahistórica la que está representada. Todo lo cual supone, obviamente, una marginalidad total, e incluso una transgresión, de las normas de la representación pictórica, de su estética y su técnica, porque este pintar es un asunto teológico y religioso en sí mismo. Y Jean Hani señala tres procedimientos técnicos obligados: todo lo que se pinta en el primer plano debe manera paralela a la tabla, con lo que queda suprimida toda la profundidad; la perspectiva debe estar invertida y el punto de fuga no está en el fondo del cuadro, sino en quien mira, y las figuras se agrandan a medida que se alejan de esta mirada, las escenas están delante de los edificios en los que suceden; y se da también una perspectiva radial en la que las figuras o escenas se despliegan en todos los sentidos respecto a una escena central, sin tener que ver nada con el espacio y el tiempo en que transcurren. La fuente de la luz del cuadro es totalmente suprimida, y todo el icono debe estar traspasado por la luz divina difundida por el pan de oro del fondo, y los finos rayos de inocopia que el pintor pone en las ropas y en los rostros de los personajes, y el icono se vuelve transparente

 Las distintas partes del rostro deben conformarse de cierto modo según un simbólica: las orejas deben estar ahuecadas para mostrar que están a la escucha de Dios; los ojos en forma de almendra y no cerrados en las comisuras se agrandan, y significan que mirada exterior y mirada interior coinciden; los labios son finos rehuyendo toda sensualidad; el cuello fuerte alude al poder, y la nariz se alarga como símbolo de la vida que en ella fue insuflada a Adán; y los rostros oscuros, en fin, con los destellos de la inocopia triunfan de todo naturalismo. Y digamos también que la confección de la pintura en todo su proceso implica toda una ascesis de ayuno y purificaciones en quien pinta, que de ordinario es un monje. Es decir, pintar es una práctica religiosa.

 Esta clase de arte cristiano fue normado ya en el Concilio de Nicea de 787, y confirmado en el Concilio de Constantinopla de 879, y estas decisiones fueron firmadas por el Legado Papal, Pablo, obispo de Ancona. El texto dice que la composición de las imágenes religiosas no queda a la iniciativa de los artistas, sino que resulta de los principios establecidos por la Iglesia católica y la tradición religiosa; de manera que el arte, la técnica de ejecución pertenece al pintor, pero el orden y la disposición pertenece a los Padres.

 Pero todo esto no tiene nada que ver con el arte occidental cristiano. El Papa Gregorio I (+604) escribe algo que sitúa muy pronto todos estos asuntos en esa diferencia, al afirmar que la acción y la presencia divinas no están en las pinturas, sino en la Palabra de Dios y en los sacramentos, y que las pinturas no son sacramentos ni epifanías divinas, sino obra de mano de hombres. Y los Concilios occidentales de Frankfurt, en 794, y de París, en 852, dicen incluso con cierta sans façon que esas imágenes no tienen ninguna relación de pertenencia con sus prototipos, y que, ciertamente, Cristo no nos salvó por la pintura. Todo lo cual quiere decir, para expresarlo con cierta plasticidad, que en Occidente, no hay arte religioso, sino arte de contenidos o temas teológicos, pero de ejecución naturalista, que no es lo mismo.

 De un modo que podríamos llamar curioso, pero que en realidad es trágico, la mente moderna que aparece sumida en la retórica de la laicidad, se siente perpleja y desconcertada, pongamos por caso, ante la pintura de una escena de caza o de una simple encantadora liebrecilla, y no digamos nada una escena amorosa, en una pintura antigua en lugar sagrado o dentro de una pintura de tema religioso, y sentencia enseguida que se trataría de asuntos laicos, y, por supuesto, de mucha modernidad. Y sonreímos, pero ya no podemos sonreír tan despreocupadamente cuando por ejemplo don José Ortega y Gasset hablando de Velázquez, por ejemplo, afirma que dio todo un vuelco a la pintura, abandonando los temas mitológicos, y religiosos, y obligándose a pintar escenas cotidianas, porque el arte era ensueño, delirio, fábula convención, ornamento de gracias formales, dice. ¿El románico, pongamos por caso, es todo, o siquiera algo de eso?, le preguntaríamos, pero lo que nos afirma es que Velázquez se pregunta si no será posible con este mundo, con esta vida tal cual es hacer arte; y que cuando pinta su cuadro Cristo de visita en casa de María y Marta, lo que allí vemos es una cocina, y en ella una vieja y una moza se afanan en la preparación de un yantar. En el aposento, no aparecen ni Cristo, ni María ni Marta, insisto, pero allí en lo alto del muro, hay colgado un cuadro y es en ese cuadro interior donde la figura de Jesús y de las dos santas mujeres logra una irreal presencia. De esta forma se declara Velázquez irresponsable de pintar, lo que, a su juicio, no se puede pintar. La ingeniosidad de la solución nos manifiesta hasta qué punto está resuelto desde mozo a no aceptar la tradición artística para la cual la pintura es el arte de representar inverosimilitudes. Y también podríamos preguntar: ¿El románico, por ejemplo?

 ¿Es el Pantocrátor otra cosa, o el pintor o escultor nos muestran ahí, otra cosa que un ser tan poderoso que tiene el mundo por escabel de sus pies, sólo una hermosísima forma de enfatizar ese poder?

 El artista que espera en Dios

 Y traigo a colación todo esto, porque parece pura ceguera o voluntad de no ver que, desde luego, el arte hasta nuestro tiempo es imitación de lo real, y está hecho con este mundo y con esta vida, y de tal manera, que produce verdaderamente una presencia real, como diría George Steiner, que precisamente es lo que prueba que es arte, y que pintor y escultor no hacen sino hablarnos de la realidad y contarnos historias humanas, como son las bíblicas, digamos de pasada, o antropomorfizando incluso la mitología o hasta conceptos abstractos teológicos como la Inmaculada Concepción de la Virgen María, que es el colmo barroco, ciertamente. Y el románico, que es un arte teológico, nos cuenta igualmente historias humanas, o nos muestra los hermosísimos escorzos de la vida de la naturaleza; y, cuando nos pinta inverosimilitudes, como pongamos por caso ojos en las alas de los ángeles, o jóvenes con alas para significar, según los asirios y luego los escritores bíblicos lo rápidos mensajeros que son, lo hacen porque el inmenso poeta que escribe el Apocalipsis así lo cuenta, no porque fuera surrealismo avant la lettre como he oído yo mismo en alguna tribuna cultural. Cosa laica la poesía, que se sepa; pero ¿es que tiene algún sentido preguntar estas cosas ante el arte o la poesía? Porque no parece que haya un arte de poética religiosa o leyes mosaicas de la novela, como hay, según hemos visto, una estética religiosa que es una contra-estética. Y el arte románico sin duda que se separa del canon griego, porque trata de subrayar que lo que dice, digamos que es transmundano o no pertenece a la inmanencia, pero lo hace de un modo naturalista, y es también Gregorio I el que a este respecto subraya que el hombre no tiene que ser liberado de su naturaleza, sino del pecado.

 El artista románico pinta y esculpe por su cuenta, según habilidad y arte, y nadie le dice cómo debe hacer, sino solamente qué ha de pintar o esculpir. Lo que liga al artista con la Iglesia es una mera relación económica de quien cobra lo que ha pintado o esculpido con quien paga lo que ha encargado. El artista no tiene conciencia demiúrgico alguna, como dije, ama a los hombres y al mundo tales como son, o desespera de ellos tales y como son, pero no los olvidará ni los destruirá. Éste es asunto del hombre moderno, y por lo tanto del artista, el ánimo de hacer un mundo otro, o el de reducir este mundo y su hermosura a geometrías y conjunto de manchas de colores, a expresiones mínimas, o expresar una visión de desespero y destrucción mediante el recurso a los desechos. Y, al decir esto no emito ningún juicio de valor sobre tales asuntos, porque está muy claro que nos movemos en otro concepto del arte y del artista, en el que, sin ir más allá, éste es fuente de aquél.

 Johannes Bühler hacía notar, hace ya muchos años, que la arquitectura románica se reduce a un conjunto de muros que se alzan de un modo que impone por sus enormes masas, pero también por lo severo y sereno de sus formas, y que sus interiores son de lo más diverso, desde el cielo raso con que se cubren las iglesias alemanas, lleno de colores brillantes, a las bóvedas en forma de cuna o artesa de las iglesias francesas; y respecto a las pinturas escribe algo importante: Las obras plásticas y las gigantescas pinturas murales, para las que brindan sitio abundante los enormes lienzos de pared, no poseen aún una vida propia gobernada por las leyes de su arte; las primeras no tienen apenas otra función que la de servir de ornamento, y las segundas, por muy monumental que sea la impresión que hoy causan en nosotros las pocas que se han conservado, no se proponen tampoco más finalidad que la de decorar y servir de ilustración a la historia sagrada. Por tanto, los artistas de esa época, al igual que sus sabios, se limitan a ilustrar lo transmitido por la tradición. A esto hay que añadir que la pintura se presta para comunicar los contenidos de las cosas al igual que los libros; por eso, y porque estaba en condiciones de prestar excelentes servicios a la arquitectura interior románica, vemos que, hasta fines del siglo XII aproximadamente, la pintura afirma exteriormente su predominio sobre las demás artes plásticas.

 Podríamos decir, finalmente, que luego fueron sofisticándose las cosas, pero este arte románico, que es un arte teológico por su mensaje, no es un arte religioso o sacral ni in faciendo, ni luego contemplado o formando parte del todo oracional, sino pintura de hombre para la mostración de la fe, la alegría y la memoria de los muertos de que hablaba Honorius Augustodunensis, y sus explicaciones simbólicas son reglas de lectura teológica y a las veces retórica, pero no de construcción artística religiosa, al contrario de como vimos que sucede con el icono. Estamos en Occidente, y lo realmente extraño es que a nuestro mundo ese arte románico, obra de mano de hombre, esto es, algo naturalmente laico le parezca religioso, y, como dijeron los señores surrealistas, putrefacto y que habría que destruir, como esos mismos señores surrealistas y otros caballeros enterradores de la historia de los padres invitaron a hacer, por cierto.

 Pero siempre habrá ojos que busquen hermosura, y corazones «esperaindeo», y que encontrarán en el románico la alabanza de la vida y de la juventud, que no pasa, expresadas en él con una seguridad y una fuerza muy especiales. La peregrinación siempre es a las fuentes, o una odisea de la vuelta a casa. También en el más serio de los aspectos de una conciencia europea ahora mismo, que parece ya cansada o exhausta. El artista románico ayudó a levantarla, y aún puede ser atendido y escuchado, y no en el menor lugar en el camino de Compostela y su llegada allí, una de las grandes piedras angulares sobre las que Europa se hizo.

José Jiménez Lozano, De Madrid al Camino. Boletín Informativo de la Asociación de Amigos de los Caminos de Santiago de Madrid, Número Especial Junio de 2008, pp. 31-34.

Actas del Seminario José Antonio Cimadevila Covelo de estudios jacobeos «Asociación XX aniversario» Madrid, 27 de noviembre de 2007

Jesús García Calero entrevista a José Jiménez Lozano (ABC, 20 de abril de 2003)

 Jiménez Lozano, durante una conferencia en Santiago en 1999

«Estamos educando en la igualdad de la ignorancia, con pastillitas dogmáticas»

Este miércoles José Jiménez Lozano recibe el premio Cervantes de manos de Su Majestad el Rey. El escritor también abrirá la lectura continuada del Quijote en Madrid

—¿Cuál es el tema central del discurso que leerá el miércoles?

—Cervantes desde luego.

—¿Qué aspecto de Cervantes piensa defender?

—Voy a recrear lo que Cervantes significa entre los grandes de la cultura occidental, simplemente; y las que son sus lecciones de escritura y de lengua, la singular manera con la que mira a los hombres y al mundo, hecha de lucidez, ironía y misericordia.

—Decía Eliot que abril es el más cruel mes porque mezcla la memoria y el deseo. ¿Cómo está viviendo usted este abril, que mezcla los honores del Cervantes en lo personal con un escenario bélico como el que hemos vivido?

—En la vida siempre está mezclado el dolor con la alegría, y siempre hay a nuestro lado quien sufre cuando nosotros no sufrimos, o a la inversa. Y pocos momentos en el atroz siglo XX en los que río se hayan dado sufrimientos inmensos de guerra o de lo que se ha llamado paz, y ha sido la paz del aplastamiento de los seres humanos del modo más horrible. Lo único que nosotros podemos hacer es seguir con nuestra vida y nuestro trabajo como el policía de El huevo y la serpiente, de Ingmar Bergman, en medio del caos de la República de Weimar. Y echar una mano al prójimo, al que se tiene cerca. Es al que podemos ayudar, como terfemós obligación.

—¿Con qué pensamientos está vadeando la riada de contestación de nuestra sociedad y ciertos fenómenos de intolerancia que se han desatado en nuestras calles?

—La tolerancia siempre es algo que tenemos a cero, al levantarnos cada mañana. Es literalmente soportar lo que nos diferencia o nos opone al otro para que él tolere nuestra propia diferencia, porque lo que nos diferencia o nos opone es siempre menos que nuestra común humanidad. Y la tolerancia es un mínimum en una sociedad civilizada. La violencia siempre es la barbarie. La protesta es un acto de la conciencia, tranquilo y serio, y no tiene nada que ver con la intolerancia ni con la violencia, ni con la barbarie, lógicamente. Es una apelación de conciencia a conciencia en un plano individual o colectivo, civil y civilizadísimo. Otra cosa son las revueltas, los ensayos de revolución etc. Asuntos políticos muy conocidos, por lo demás.

—En momentos de movilizaciones tan perentorias como las de carácter bélico o las partidarias, ¿para qué cree que pueda servir la cultura?

—La cultura distancia al hombre del neandertal, le hace más difícil retornar ahí. Esto parece indudable. Steiner se muestra apesadumbrado y desconcertado ante el hecho de que algunos kapos de campos de concentración nazis escucharan a Bach; pero, si hubieran desposado la piedad de los cantos de Bach, ¿hubieran podido ser kapos? Muy difícilmente. Otra cosa es que les gustara o admiraran los puros sonidos consonados, pero esto no es ya Bach, puede ser cualquier cosa, podría sonar para dar un espacio musical a la tortura. Y hay aqui una meditación importante para las teorías tan modernas de la no significatividad del lenguaje, negación de la verdad y de la belleza, el desprecio o el olvido del rostro de los hombres, del escorzo de los animales y de toda la hermosura de la naturaleza en el arte actual. Sería para hablar largo y con demasiadas melancolías, y bastante inquietud, pero seguramente no es ahora el momento.

—¿Qué valor concede al arraigo en la literatura, en la labor de cualquier artista?

—La literatura es uno de los componentes de la cultura, y ésta es para todo hombre. El artista no es una excepción.

—¿Con qué confundimos el arraigo cuando lo convertimos en doctrina?

—Supongo que con la palabra arraigo usted se refiere a convicciones. Parece claro que nuestras convicciones son cernidas y sometidas cada día a contraste y crítica. O no serán convicciones, serán cerrazones.

—¿Qué limitación le pone a una cultura arraigada?

—Ninguna. Nunca estará lo suficientemente enraizada la cultura, tomada en sentido serio, claro está, porque tendrá que pasar por muchas tempestades, por todas las noches que este mundo tiene.

—¿Qué queda en nuestro espíritu de hoy de nuestro pasado islámico, o del hebreo?

—En el plano cultural, comenzando por la lengua española, y concluyendo por ciertos aspectos de nuestra antropología o existencialidad, queda bastante. Pero lo que no sé es si va a quedar tanto del cristianismo, o del judeo-cristianismo como se dice. Y, para tomar la cosa con un cierto humor, repetiré lo que mi amiga Julia Escobar suele recordarme que decía Flaubert acerca de le evolución de la humanidad occidental: paganismo, cristianismo, estupidismo.

—¿Qué deberíamos reivindicar de toda esa herencia hoy precisamente los españoles?

—No hay que reivindicar nada; reivindicar ya es instrumentalizar.

—¿Qué es lo que le atrae de la literatura de los místicos que otros autores no le conceden?

—Esta cuestión de la mística en relación conmigo no acabo de entenderla. Yo no he escrito ni media línea acerca de la mística en sí misma. Pero tampoco es que me atraiga ni me deje de atraer. Aldous Huxley ya explayó muy bien, por si hiciera falta, el fundante lugar que tiene en la historia y en la cultura, y los irremediables pasos que da un mundo hacia la oscuridad y la barbarie sin la presencia de los místicos. Y, naturalmente, este asunto no es una cuestión de que se conceda o no se conceda; lo que es, es; y allá luego cada cual.

—¿Qué es lo que no debe ser un escritor o un artista?

—Todo lo que no debe ser cualquier mortal. No creo que haya una ética específica para esos señores.

—Dicen que España está aprendiendo a gestionar sus recursos culturales: el idioma, los índices de lectura, el éxito del cine y de algunos literatos patrios allende las fronteras. Pero, ¿qué echa de menos en la presencia o en la vivencia de la cultura —en un sentido amplio— de nuestra sociedad?

—De estas cosas que usted me dice ni entiendo ni pienso entender. Una sociedad con una cultura seria no tiene tantos apañados ni problemas. Se vive en el seno de esa cultura sin sentirlo, como no sentimos especialmente un brazo hasta que comienza a dolernos, sencillamente porque algo va mal. Todo esto de lo que habla me parece que se refiere, más bien, a eso que se llama la cultura como un constructo más de los muchos constructos o fabricaciones de apariencias, o decididamente fraudes, de nuestro momento histórico.

—Usted detesta lo gregario. ¿Cree que estamos educando espíritus críticos, o libres, mejores que nuestros abuelos?

—¡Claro que detesto lo gregario! ¡No quiero ser oveja ni ovejo ni carnero, ni un imbécil feliz manejado por algún listo, y carne de matadero! Se está educando según el sistema del Chigaliev de los Demonios de Dostoievski, en la igualdad de la ignorancia, alimentados con pastillitas dogmáticas. Nuestros abuelos recibieron una educación inconmensurablemente más libre y seria que la que se da hoy. No encuentro ni una brizna de sentido crítico —¿en qué podría basarse, si no se sabe nada?— ni de libertad. Los griegos se sentían libres porque estaban sujetos a leyes divinas y humanas, y consideraban bárbaros a quienes no tenían esas leyes. No parece que haya otra forma de ser libres; así que no hay más que mirar en derredor y sacar las consecuencias. Tampoco hay otra forma de tener conciencia crítica que estudiar, me parece.

—Permítame preguntar por lo cercano, tal vez lo importante: ¿Qué le ha llamado la atención estos días en su jardín o en su casa, alguna luz, algún canto, alguna flor, cierta lectura, tal vez un color en las nubes?

—Casi cada año, en cuanto las lilas brotan me pregunto si se helarán. En esta Castilla con primaveras tan frías y en un mes tan hermoso y traicionero como abril, se está siempre en vilo. Y no sólo por las lilas.

—De sus lecturas de Cervantes, ¿cuál es el recuerdo que más satisfacción le otorga? ¿Algún personaje, alguna situación, algún pensamiento apoyado en un diálogo o en un pasaje...?

—Hay muchos personajes que me son muy queridos o que me fascinan por sí mismos, o por el enigma de sus vidas, y sobre todo las mujeres; pongamos la Costaneica, Feliciana de la Voz, o aquella muchacha, sin nombre, que aparece en medio de un bosque, en el Per siles, hablando de celos, y se va. Y un etcétera muy largo.

—En un país de 60.000 títulos anuales, ¿qué le exige a un escritor para que le llame la atención por sus palabras?

—Hay especialistas en esto de lo que hay que hacer para llamar la atención. Y casi siempre aconsejan hacer y decir tantas tonterías como en campaña electoral los políticos, pongamos por caso. Seguramente porque, como dice un eslógano comercial: Nunca hay que despreciar la estupidez del cliente. Pero se supone que un escritor no debería regirse por tal eslógano, y tiene algún respeto con su lector, como sin duda hay políticos que lo tienen con sus electores, y comerciantes con sus clientes. Se supone que un escritor busca lectores, y llegarlos a los adentros. Se supone.

Jesús García Calero; ABC, 20 de abril de 2003, pp. 64-65.

sábado, 18 de enero de 2025

"El triunfo de la imaginación" de José María Castroviejo (Baleares, 28 de febrero de 1963)

 


El triunfo de la imaginación

HACE unos años que se puso de moda, de torpísima moda, el arremeter contra la imaginación, esa gran facultad del alma, que es tal vez el mayor regalo que Dios ha podido hacer a la criatura humana. Toda la literatura denominada despectivamente imaginativa, fue puesta, no en cuarentena, sino en confinamiento, que aspiraba a ser definitivo. Aunque nada, como se sabe, es en esta vida definitivo. Pero sucede que, y precisamente ahora, la gente, la pobre gente de hoy, empieza a darse cuenta de que el mito del progreso indefinido de nuestros abuelos, amenaza no solo con estallarle entre las manos y dejarle por tanto sin manos, sino también en dejarla sin alma y resulta que aún hay quien no se resigna a perder de todo el alma. Víctor Hugo, aquel mago decimonónico, que en el fondo abominaba de muchos mitos de su gran siglo, dejó escrita una hermosa verdad, que dice: “Un hada está escondida en todo cuanto ves”. Por ello no ha mucho que en Kiel supieron reunirse más de trescientos amigos, y estudiosos de toda Europa, de los cuentos de hadas para oír entre otras cosas, a una maravillosa señora que encantó al auditorio, relatando con bella memoria y voz, ciento cincuenta hermosísimos cuentos de hadas. Parece iniciarse una feliz alborada, en la que el mundo harto de bombas atómicas, de monstruos de tontos que se daban y degenerados de toda laya, vuelve hacia un limpio estilo, que es el ala blanca de la feliz imaginación, para reivindicar la gracia que tanta falta nos hacía. Gracia sin la cual no se hubieran producido ni la Odisea ni el Quijote, por citar solamente dos obras egregias en las que, por cierto, se demuestra que imaginación no significa necesariamente pugna con el realismo. William Blake ha dicho aquello tan profundo de la “La imaginación es el hombre”, y Lord Dunsany el gran recreador irlandés, el gran imaginativo, nos supo ofrecer la bellísima enseñanza de que “Maravillarse en el hombre es santidad”, mientras, Julien Green, por su parte, acaba de insistir sobre “La necesidad de imponer el sueño y la alucinación a la realidad, como al tuviese contacto con lo eterno”. Traigo esto a capítulo porque Álvaro Cunqueiro, el gran imaginativo, el gran fabulador, que en tantos aspectos puede emparejarse con Jorge Luis Borges, nos acaba de ofrecer el regalo de otro hermosísimo libro Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas, que primeramente vio la luz en lengua gallega, y que Editorial Argos presenta ahora en castellano, en edición, por cierto, primorosa.

¿Quién no se ha maravillado con las tribulaciones, naufragios y aventuras de aquel maravilloso Sinbad el marino, que recorrió “todos los mares que el sol alumbra”? El relató que de sus siete viajes hace la gentil Scheherezade al sultán Shahriar otras tantas noches, es uno de los mayores encantos de esa linterna mágica que se llama precisamente Las mil y una noches, Álvaro Cunqueiro, nuestro gran recreador de mitos, no podía permanecer indiferente a la tentación que representan la gnómica y la fantasía del fabuloso marino de Bagdad. Si “Mythos”, siguiendo a Mircea Eliade, es también narración, he aquí a Sinbad encantándonos a través de la estupenda prosa cunqueiriana, como supo encantar definitivamente a través de la dulce voz de Scheherezade al sultán cruel e implacable.

Por las islas de Las Cotovias —¡qué bello pretexto!— que el pequeño y fiel Sari negaba, sale otra vez al gran mar el viejo Sinbad, maduro y sereno como un patriarca, constelado de experiencias y saberes, de casos y de cosas, en el hermosísimo relato que hoy nos brinda, como el mejor regalo, Álvaro Cunqueiro. Una nostalgia de ronseles, de caracolas fabulosas llenas, de rompientes, de trozos de cable, de continentes tostados, de canela e ilusión, que es como un maravilloso atlas mágico desenrollado y goteante del mar. Páginas, ¡ay!, cortas para nuestra ansiedad. ¡Ahí y tierras inexistentes, que nos tiran, con la marea, del corazón, como “Reino Doncel”, más allá de Trapobana, porque “hay tierras que solo son memoria”.

Sari, Abdalá el ciego, “vigía y dedo pulgar de Sinbad”, Monsaide, el Cangrejo, Venadita, la de la memoria de sed... Todos los muñecos que rodean a Sinbad, en conversas o reposos, en viajes o naufragios, quedan ya prendidos en nuestro recuerdo por la magia evocadora del autor de Merlín y Familia que vuelve a ofrecernos el don de un claro y acuñador castellano perfecto. Tan perfecto como la inmensa melancolía final, cuando Sinbad, ciego es guiado por la fiel mano del otro ciego Abdalá.

El corazón del viejo piloto, ya entre nieblas late todavía con el recuerdo alucinante de la plata o el oro del mar, de las estrellas que se funden sumisas y exactas en un solo grito, de las galernas y los naufragios en un alba de desolaciones, de las arenas emocionadas que brillan, de la tentación indescriptible del límite y de las descubiertas…

Pero los que lo quieren, quieren la paz para el viejo marino: por eso el también anciano Monsaide no deja que Arfee el Moro, cuente a Sinbad la nueva de la nave “Venadilla”, que acaba de mojar quilla en la alegría verde de la mar.

—¡Qué tenga paz!

—Tienes razón. ¡Qué tenga!

La paz nos llega también, salado presente al espíritu aglobado de nuestros días y nuestras noches, con todas las páginas ejemplares del libro, que nos recuerdan al oído de la perfección de los versos de Mallarmé, de vuelta de todo intelectualismo retórico, tantas veces citados y nunca suficientemente repetidos:

La chair est triste, hélas! et j'ai lu tous les livres.

Fuir ! là-bas fuir! Je sens que des oiseaux sont ivres

D'être parmi l'écume inconnue et les cieux!

 

(Copyright PYRESA. Prohibida su reproducción)  

José María CASTROVIEJO, Baleares,  28 de febrero de 1963, p. 16.

jueves, 16 de enero de 2025

Carlos Blanco entrevista a José Jiménez Lozano (El Día de Valladolid, 23 de abril de 2003)

 


¿Cuánto tiempo hace que no se patea una obra de teatro en Madrid?

■ El escritor recibe hoy en Alcalá de Henares de manos del Rey el premio literario hispánico más importante.

■ Nació en Langa (Ávila) en 1930, es licenciado en Derecho, Filosofía y Letras y graduado en Periodismo.

■ Es el Cervantes número 26 desde que fuera concedido en 1976 al vallisoletano Jorge Guillén.

-Jiménez Lozano comenzó a publicar tarde y no sé si también a escribir tarde de tanto que había leído. Comparaba lo que había leído y lo que había escrito y tenía sus prevenciones.

-Bueno, eso es inevitable. Yo no creo en los escritores analfabetos. Tampoco creo en los escritores hechos de la nada. La genialidad pues a lo mejor existe, pero creo que se nutre primero de los demás y de lo que ha habido detrás de él. Un autor es la cultura que ha recibido, sus estudios, sus lecturas. lo es su vida, sus amigos, sus enemigos, las culturas de fuera que ha visto, las de otros tiempos que le han llegado por los libros... El substrato del yo del autor tiene que tener oído, vista... Tiene que ser fiel, aunque eso cuesta un poco, porque uno tiende a ponerse en medio.

-Por uno de sus libros de relatos, El grano de maíz rojo, recibió el Premio Nacional de la Crítica. Entonces dijo que se había sentido más impresionado por las opiniones que hicieron de este libro los alumnos de un instituto que las del jurado que le concedió aquel premio.

-El jurado de un premio se supone, naturalmente, que son hombres de literatura y que tienden a ver la literatura de alguna manera profesional, mientras que el escritor no piensa, o no debería pensar en esas cosas. Sólo en decir para llegar, a quien sea, a alguien. Entonces, la gente que no tiene por delante un esquema pues no mete las cosas en un esquema. Los que no tienen una sabiduría de la técnica literaria tampoco piensan en ello. Entonces nos dicen si huele a tierra mojada, si les llega al corazón, si han visto a los personajes. Y eso, al fin y al cabo, es lo que importa.

-El viaje de Jonás, es una de sus novelas inspiradas en historias bíblicas. Jonás viajó en el vientre de una ballena y usted fábula sobre ello convirtiéndolo en un libro, una novela de aventuras.

-Desde luego. El viaje de Jonás tiene más aventuras que el de Simbad el marino, no cabe duda. Es una fábula en la que Jonás sería un hombre de su tiempo pero también un hombre de hoy. Hay algunos anacronismos, evidentemente, pero son guiños irónicos... es una fábula, un cuento, sí.

-Jonás, como si fuera un personaje de Julio Verne, hace un viaje submarino de muchas leguas.

-Sí, es una historia bíblica transfigurada. Aquí Jonás tiene una mujer de la que no se habla para nada en la Biblia, y hay sus cosas entre ellos y hasta unos cuantos guiños a la modernidad. Incluso lo de la ballena, pues está la ironía de si eso era o no una máquina.

-Una ballena que podría ser un submarino. También la Biblia está llena de aventureros como Jonás, de héroes como David, de máscaras, de mitos... Como en las películas de ciencia ficción.

-Pues como son los hombres, claro. Los hombres siempre han querido conocer lo desconocido y hacer lo imposible. San Agustín decía que confiaría en los hombres muy poco, pero que confiaría mientras tuvieran miedo a la muerte y amor a lo desconocido. Cuando uno no tiene apetito de nada es que está más muerto que vivo. Y no hay aventuras, claro.

-Siente una gran admiración por la obra de Américo Castro. Ha profundizado en la idea de la España como solar de las tres culturas, ahí está la Guía espiritual de Castilla o Judíos, moriscos y conversos. ¿Tiene ya respuesta para esa pregunta que le sugiere el interior de la ermita mozárabe de San Baudelio, en Soria? ¿Qué hace una palmera en un sitio de clima tan riguroso?

-No, no hay respuesta. Es difícil encontrar una respuesta en sentido científico y riguroso. Lo que puede haber son barruntos, hay una poliglesia, es decir, una iglesia metida dentro de otra... hay tanta materialidad oriental que evidentemente hay que pensar en eso a veces... Piensa uno hasta en las iglesitas etíopes ¿no? Pero, naturalmente, tampoco mi misión es la del historiador del arte y tener que buscar los hilos o los engranajes que conectan unas cosas con otras sino algo así como hacer reflexiones o guiños y bueno

- Que sirven en todo caso para entender España y su historia de una manera diferente a como nos la han contado.

- Sí, sin duda ninguna. Al menos no de la manera tan plana como se ha venido enseñando. Hoy día, es verdad, ya nadie niega la presencia de esas dos etnias o gentes de distinta Ley entre nosotros, la importancia decisiva de su cultura... hoy ya nadie lo niega, que luego cada cual lo vea como le parezca. Lo que puede hacerse es tratar de mostrar los parentescos ¿no?

-Usted en sus obras y desde mucho tiempo atrás habla de la necesidad de encontrar una actitud de tolerancia, de comprensión sincera hacia el otro. Con esas convicciones no es difícil imaginar qué es lo que piensa de los nacionalismos.

-Mira, la tolerancia es una cosa elemental para que exista una sociedad mínimamente civilizada, no es una cosa que haya que conquistar, es que si no hay tolerancia no hay sociedad. Los individuos y los grupos somos distintos y puesto que tenemos algo en común, que es la humanidad pues, en nombre esa humanidad, yo te voy a aguantar a ti para que tú me aguantes a mí… de modo que esto es la base de una sociedad mínimamente civilizada. La libertad es un paso mucho más allá. Esa diferencia de individuos y grupos se convierte en riqueza y se convierte en construcción en común, precisamente los nacionalismos... bueno, pues es como colocarse en el centro del mundo... y esto unido a cuestiones religiosas, otras veces sin ellas pues ha dado muchos quebraderos de cabeza y yo creo que nos los va a dar mucho más

-Jiménez Lozano, ciudadano de España, y por lo tanto europeo.

-Claro, normal. Yo soy incapaz de pensar en castellano o en leonés o en abulense. No soy capaz, me siento español y por lo tanto europeo se diga lo que se diga, los españoles hemos hecho Europa como el que más, hemos tenido universidad, municipios, latín y gallinas… como los demás europeos por lo tanto no tenemos que entrar ni que salir de Europa... pero siento mi cultura y mi cultura es la misma que la de los alemanes y la de los ingleses y que los franceses... con pequeñísimas diferencias. Claro, ya plantarme yo una cultura castellana o una actitud espiritual diferente a León ya sería el colmo. Ahora, otra cosa es la reivindicación política de una organización comunidad de tipo político, eso yo no sé quién tendrá razón... sus razones habrá de un lado o de otro me he puesto a pensar en una cosa o en otra...

-También Américo Castro se interrogaba por las causas de la violencia fratricida en España... Desde luego no parece que el acuerdo o el sentido común nos caracterice como pueblo.

-No, no...Que haya discusiones públicas en una democracia va de suyo, es lo normal. Lo raro es que no las haya ¿no? Y que las haya agrias a mí eso me parece que es normal. Lo malo es cuando adquieren un matiz político ideológico y nos recuerdan cosas e incluso se invocan cosas... eso me parece que nadie tiene derecho a hacerlo. Ahora lo otro, cada uno defiende lo que creé justo o lo que es suyo y por eso no hay que crisparse.

-Pero el consenso, el acuerdo, no tiene ahora buena prensa. No está de moda.

-Bueno, te diría que sí y que no. Yo creo que vivimos uno de los tiempos más conformistas que ha habido, a la gente le parece casi todo bien. ¿Cuánto hace que no se patea una obra de teatro en Madrid...? ¿no sé? muchísimos años y uno pues está viendo la televisión media hora y veo cinco personas que dicen lo contrario y las cinco son aplaudidas... Uno no sabe si es por cortesía o porque le da igual una cosa que otra. La democracia es un consenso evidentemente... Es un consenso inicial, un consenso primordial que da sentido a la convivencia, en cuanto al consenso entre los individuos no veo por qué tiene que tener ni buena ni mala prensa, es una cosa que se conquista mediante la razón y yo no creo que haya ninguna otra posibilidad de conquistarlo... es algo que si queremos llegar a algún sitio deberemos de practicar. Es lo que hace la insignia de los cuáqueros ¿no?

-¿Qué hacen los cuáqueros?

-Pues ponen dos borricos atados con dos montones de heno a cada lado y uno tira por un lado y el otro por otro y ven que no pueden, entonces, después de varios intentos hacen como que piensan y lleva el heno primero a uno y luego al otro borrico... pues quizás todo el consenso sea eso.  

-Nunca, ni siquiera ahora que es Premio Cervantes, ha estado obsesionado con la difusión de su obra. Siempre ha hecho la distinción entre tener público y tener lectores. Que evidentemente no es lo mismo, aunque haya quien lo confunda.

-Eso es así por muchos o pocos libros que se vendan. Un lector es alguien que necesita un libro. El público es alguien que puede leer un libro, pero le da igual uno que otro. Pero todos tenemos nuestros amigos y nuestra longitud de onda en el mundo del espíritu, por lo tanto algunos libros no tienen que entrar en ciertas casas, y al revés. El lector siempre tiene ese vínculo entre lo que lee y su mundo. Y así se eligen los libros. Lo otro es un poco saltar y leer con la mejor intención y hasta puede encontrarse de repente con algo que le llegue al alma. Pero es distinto. No hay esa relación. Antes no ocurría ni con el vestido, ahora la producción en masa también lo ha liquidado un poco. Antes la gente quería y buscaba su chaqueta. Los antiguos decían que una moda como debe ser tenía que tener cincuenta años. Y estaba muy bien. Para los toros desde luego eso no es mala mecida

-Deben de ser las noches muy largas en este pueblecito de Alcazarén.

-No creas, no son tan largas. Bueno algo más que en la ciudad sí. Yo estoy aquí pero no por una acción horaciana de huir del mundo. El mundo se lleva dentro. Conocí a un hombre, buena persona, que se fue a vivir de ermitaño haciéndose una cabaña junto a una carretera general y un motel, o sea que era curioso aquello (risas). Para ser ermitaño se necesitan muchos kilos de vida dentro. Muchos.

Carlos Blanco, Miércoles 23/04/03 El Día de Valladolid, p.2-3.

Fotografía Jesús Luque.


Luis García entrevista a José Jiménez Lozano (Luis García, Diario de Ávila [El Argonauta], 23 de febrero 2003, pp. IV.)

La literatura abulense volvió a lo más alto del panorama internacional con la concesión del Premio Cervantes a José Jiménez Lozano, un morañego profundo y prolífico que reivindica la práctica de tolerancia y la dignidad como medios para conservar la esperanza en el hombre

***

JOSÉ Jiménez Lozano, autor abulense de 72 años, alcanzó la gloria literaria al conseguir el Cervantes 2002 (contra todo pronóstico), uno de los premios más respetados y que más polémicas ha servido en los últimos años. El Cervantes, que distingue la trayectoria literaria de un autor cuya obra esté escrita en lengua castellana, fue instituido en 1976 por el Ministerio de Cultura y entregado en su primera convocatoria a Jorge Guillén. Jiménez lozano, autor de una extensa obra literaria que combina por igual el ensayo con la poesía o la novela, formó parte de una destacada generación de periodistas junto a nombres como Francisco Umbral o Cesar Antonio de los Ríos, y fue Director del Norte de Castilla hasta su jubilación.

Ahora, mientras saborea el éxito del 'Nobel' de las Letras en Castellano, a Jiménez Lozano le llega la noticia de que la Fundación Jorge Guillén ha emprendido la tarea de publicar sus obras completas, lo que hará más accesible la amplia y variada actividad creativa de un autor que ha cultivado todos los géneros literarios y cuya valía como escritor ha sido reconocida con varios galardones de ámbito nacional.

Premio Cervantes 2002.... ¿Lo esperaba?

Pienso que estas cosas no se esperan, ni deben esperarse. Como si no existiesen. Escribir no es una acumulación de méritos, y un premio es gratuito, no un concurso de méritos. Es un honor que se le hace a alguien, debe agradecerlo sencillamente, y tratar de no defraudar lo que significa. Esto es todo.

Porque no cabe duda que ha sido una auténtica sorpresa....

Seguramente, y hasta cierto punto es bastante lógico. No parece que tuviera yo pedigrí extendido en la forma acostumbrada, y con los sellos correspondientes. Pero ya le digo que todo esto es como si no existiera, para mí.

¿No resulta especialmente gratificante sustituir en el puesto a Álvaro Mutis?

No sé si es gratificante el adjetivo más exacto. Es, déjeme repetírselo, todo un honor estar ahí, entre todos esos hombres de letras de tan especial significación. Soy perfectamente consciente.

En palabras de Luis Alberto de Cuenca, Jiménez Lozano es “un escritor castellano viejo...” ¿Cómo se define usted?

No sé muy bien lo que quiere decir esto de castellano viejo. Para Larra era algo horrible; pero para Laín Entralgo, que también dijo algo parecido de mí, y seguramente para Luis Alberto de Cuenca evoca un cierto modo de ser y unas virtudes antiguas asignadas al castellano, y que, más o menos, apuntan a un cierto senequismo. Y yo no me encuentro especialmente senequista, pero se entiende muy bien lo que quieren sugerir tan amablemente. Aunque quizás también quieran aludir a una cierta utilización de la lengua. ¡Ojalá tengan razón! Nada podría satisfacerme más. Por mi parte, sólo le recordaré que en la definición no debe entrar lo definido, y, mucho menos, el definidor. Pascal decía que la civilidad no toleraba hablar de sí mismos; y me parece que está en lo cierto, desde luego.

¿Se considera antes escritor o periodista?

No hay un antes ni un después, lo uno es una profesión, lo otro una elección. Escribir es algo gratuito, hacer periodismo es cumplir con la obligación profesional. Como sería estar en el despacho o en la gasolinera, si el escritor fuera notario o estuviera empleado en una estación de gasolina, como lo estuvo Faulkner.

Ha cultivado la poesía (Elegías menores...), la novela (Los lobeznos, El viaje de Jonás...), las memorias (La luz de una candela…) y el ensayo (Fray Luis de León, Pecado, poder y sociedad en la historia...). ¿En qué género se ha encontrado más a gusto?

No es cuestión de encontrarse a gusto. Si uno se propone contar una historia, tendrá que narrar; si hacer un estudio o desarrollar unas ideas, tendrá que escribir un ensayo o un artículo, y la poesía se presenta como un fulgor, se cae de las manos como decía el maestro fray Luis de León; así que no se decide hacer esto o lo otro. No se escoge, y no resulta ni más fácil ni más difícil hacer lo uno o lo otro; o sale o no sale. Si no sale, se deja, y en paz.

¿Cómo es su relación con la lengua española?

Seguramente como la de usted y la de todos los hombres con respecto a su propia lengua. Pero el lenguaje tiene dos dimensiones, por decirlo así, la una meramente comunicativa, o de lenguaje ahí a la mano, y la otra simbólica, adámica, que trata de nombrar la realidad en todas sus sonoridades interiores. El lenguaje de los afectos, de las esperanzas y las alegrías, o de las confidencias, no es el mismo que el lenguaje instrumental o comunicativo, y se supone, por principio, que el lenguaje literario no es meramente comunicativo.

Un hombre en la raya (por citar un ejemplo) fue calificada por algunos críticos como de “extraordinaria novela, breve pero intensa”. ¿A qué cree que es debido el que no haya conseguido ser un autor de masas?

No creo que mi escritura contenga, ni remotamente, ninguno de los ingredientes normales para atraer a las masas lectoras. Sería bastante necio, si pretendiera ser un autor para esas masas. No tengo nada contra los que lo son; simplemente no es lo mío.

En Teorema de Pitágoras (Seix Barral) ya avanzaba muchos de los problemas de la actualidad (xenofobia, violencia, drogas...). ¿Cree como entonces, cuando la publicó, que aún hay sitio para la esperanza?

¿Cómo no va a haber sitio para la esperanza? Este mundo tiene sus noches, siempre las tuvo, y siempre salió de ellas. Con heridas, desde luego; pero salió, ho importante es querer salir, pero, desde luego, no saldrá mientras no haya un ethos social, un ámbito cultural en el que al hombre sólo se le considere en su propia dignidad y gloria de ser hombre, y me permita serlo a mí, porque sin el otro diferente yo no podré serlo. Y esto no es una cuestión ética fundante, elemental, la convicción no ya sólo intelectual, sino como cosida a los sentimientos y a la carne de que es tan valioso lo que a otro hombre me une porque los dos somos hombres, que as diferencias, por difíciles de aceptar que pueden ser, no tienen la mínima importancia. Él me soporta a mí y yo a él en nuestras diferencias. Esto es la tolerancia, un mínimo de civilidad.

Participó activamente en la puesta en marcha del proyecto Las Edades del Hombre. ¿Qué valoración general hace de su aportación?

Mi aportación fue al proyecto de un amigo, José Velicia, que murió ya. Nunca quisimos otra cosa que mostrar cosas hermosas, Si se logró, ya no hay nada que decir.

¿Qué está escribiendo actualmente José Jiménez Lozano?

Estoy re-escribiendo. Es decir dando otra vuelta a cosas que dormían, mientras poco a poco va avanzando otra narración.

Luis García, Diario de Ávila [El Argonauta], 23 de febrero 2003, pp. IV.

Fotografía de Eduardo Margaretto