domingo, 19 de enero de 2025

Jesús García Calero entrevista a José Jiménez Lozano (ABC, 20 de abril de 2003)

 Jiménez Lozano, durante una conferencia en Santiago en 1999

«Estamos educando en la igualdad de la ignorancia, con pastillitas dogmáticas»

Este miércoles José Jiménez Lozano recibe el premio Cervantes de manos de Su Majestad el Rey. El escritor también abrirá la lectura continuada del Quijote en Madrid

—¿Cuál es el tema central del discurso que leerá el miércoles?

—Cervantes desde luego.

—¿Qué aspecto de Cervantes piensa defender?

—Voy a recrear lo que Cervantes significa entre los grandes de la cultura occidental, simplemente; y las que son sus lecciones de escritura y de lengua, la singular manera con la que mira a los hombres y al mundo, hecha de lucidez, ironía y misericordia.

—Decía Eliot que abril es el más cruel mes porque mezcla la memoria y el deseo. ¿Cómo está viviendo usted este abril, que mezcla los honores del Cervantes en lo personal con un escenario bélico como el que hemos vivido?

—En la vida siempre está mezclado el dolor con la alegría, y siempre hay a nuestro lado quien sufre cuando nosotros no sufrimos, o a la inversa. Y pocos momentos en el atroz siglo XX en los que río se hayan dado sufrimientos inmensos de guerra o de lo que se ha llamado paz, y ha sido la paz del aplastamiento de los seres humanos del modo más horrible. Lo único que nosotros podemos hacer es seguir con nuestra vida y nuestro trabajo como el policía de El huevo y la serpiente, de Ingmar Bergman, en medio del caos de la República de Weimar. Y echar una mano al prójimo, al que se tiene cerca. Es al que podemos ayudar, como terfemós obligación.

—¿Con qué pensamientos está vadeando la riada de contestación de nuestra sociedad y ciertos fenómenos de intolerancia que se han desatado en nuestras calles?

—La tolerancia siempre es algo que tenemos a cero, al levantarnos cada mañana. Es literalmente soportar lo que nos diferencia o nos opone al otro para que él tolere nuestra propia diferencia, porque lo que nos diferencia o nos opone es siempre menos que nuestra común humanidad. Y la tolerancia es un mínimum en una sociedad civilizada. La violencia siempre es la barbarie. La protesta es un acto de la conciencia, tranquilo y serio, y no tiene nada que ver con la intolerancia ni con la violencia, ni con la barbarie, lógicamente. Es una apelación de conciencia a conciencia en un plano individual o colectivo, civil y civilizadísimo. Otra cosa son las revueltas, los ensayos de revolución etc. Asuntos políticos muy conocidos, por lo demás.

—En momentos de movilizaciones tan perentorias como las de carácter bélico o las partidarias, ¿para qué cree que pueda servir la cultura?

—La cultura distancia al hombre del neandertal, le hace más difícil retornar ahí. Esto parece indudable. Steiner se muestra apesadumbrado y desconcertado ante el hecho de que algunos kapos de campos de concentración nazis escucharan a Bach; pero, si hubieran desposado la piedad de los cantos de Bach, ¿hubieran podido ser kapos? Muy difícilmente. Otra cosa es que les gustara o admiraran los puros sonidos consonados, pero esto no es ya Bach, puede ser cualquier cosa, podría sonar para dar un espacio musical a la tortura. Y hay aqui una meditación importante para las teorías tan modernas de la no significatividad del lenguaje, negación de la verdad y de la belleza, el desprecio o el olvido del rostro de los hombres, del escorzo de los animales y de toda la hermosura de la naturaleza en el arte actual. Sería para hablar largo y con demasiadas melancolías, y bastante inquietud, pero seguramente no es ahora el momento.

—¿Qué valor concede al arraigo en la literatura, en la labor de cualquier artista?

—La literatura es uno de los componentes de la cultura, y ésta es para todo hombre. El artista no es una excepción.

—¿Con qué confundimos el arraigo cuando lo convertimos en doctrina?

—Supongo que con la palabra arraigo usted se refiere a convicciones. Parece claro que nuestras convicciones son cernidas y sometidas cada día a contraste y crítica. O no serán convicciones, serán cerrazones.

—¿Qué limitación le pone a una cultura arraigada?

—Ninguna. Nunca estará lo suficientemente enraizada la cultura, tomada en sentido serio, claro está, porque tendrá que pasar por muchas tempestades, por todas las noches que este mundo tiene.

—¿Qué queda en nuestro espíritu de hoy de nuestro pasado islámico, o del hebreo?

—En el plano cultural, comenzando por la lengua española, y concluyendo por ciertos aspectos de nuestra antropología o existencialidad, queda bastante. Pero lo que no sé es si va a quedar tanto del cristianismo, o del judeo-cristianismo como se dice. Y, para tomar la cosa con un cierto humor, repetiré lo que mi amiga Julia Escobar suele recordarme que decía Flaubert acerca de le evolución de la humanidad occidental: paganismo, cristianismo, estupidismo.

—¿Qué deberíamos reivindicar de toda esa herencia hoy precisamente los españoles?

—No hay que reivindicar nada; reivindicar ya es instrumentalizar.

—¿Qué es lo que le atrae de la literatura de los místicos que otros autores no le conceden?

—Esta cuestión de la mística en relación conmigo no acabo de entenderla. Yo no he escrito ni media línea acerca de la mística en sí misma. Pero tampoco es que me atraiga ni me deje de atraer. Aldous Huxley ya explayó muy bien, por si hiciera falta, el fundante lugar que tiene en la historia y en la cultura, y los irremediables pasos que da un mundo hacia la oscuridad y la barbarie sin la presencia de los místicos. Y, naturalmente, este asunto no es una cuestión de que se conceda o no se conceda; lo que es, es; y allá luego cada cual.

—¿Qué es lo que no debe ser un escritor o un artista?

—Todo lo que no debe ser cualquier mortal. No creo que haya una ética específica para esos señores.

—Dicen que España está aprendiendo a gestionar sus recursos culturales: el idioma, los índices de lectura, el éxito del cine y de algunos literatos patrios allende las fronteras. Pero, ¿qué echa de menos en la presencia o en la vivencia de la cultura —en un sentido amplio— de nuestra sociedad?

—De estas cosas que usted me dice ni entiendo ni pienso entender. Una sociedad con una cultura seria no tiene tantos apañados ni problemas. Se vive en el seno de esa cultura sin sentirlo, como no sentimos especialmente un brazo hasta que comienza a dolernos, sencillamente porque algo va mal. Todo esto de lo que habla me parece que se refiere, más bien, a eso que se llama la cultura como un constructo más de los muchos constructos o fabricaciones de apariencias, o decididamente fraudes, de nuestro momento histórico.

—Usted detesta lo gregario. ¿Cree que estamos educando espíritus críticos, o libres, mejores que nuestros abuelos?

—¡Claro que detesto lo gregario! ¡No quiero ser oveja ni ovejo ni carnero, ni un imbécil feliz manejado por algún listo, y carne de matadero! Se está educando según el sistema del Chigaliev de los Demonios de Dostoievski, en la igualdad de la ignorancia, alimentados con pastillitas dogmáticas. Nuestros abuelos recibieron una educación inconmensurablemente más libre y seria que la que se da hoy. No encuentro ni una brizna de sentido crítico —¿en qué podría basarse, si no se sabe nada?— ni de libertad. Los griegos se sentían libres porque estaban sujetos a leyes divinas y humanas, y consideraban bárbaros a quienes no tenían esas leyes. No parece que haya otra forma de ser libres; así que no hay más que mirar en derredor y sacar las consecuencias. Tampoco hay otra forma de tener conciencia crítica que estudiar, me parece.

—Permítame preguntar por lo cercano, tal vez lo importante: ¿Qué le ha llamado la atención estos días en su jardín o en su casa, alguna luz, algún canto, alguna flor, cierta lectura, tal vez un color en las nubes?

—Casi cada año, en cuanto las lilas brotan me pregunto si se helarán. En esta Castilla con primaveras tan frías y en un mes tan hermoso y traicionero como abril, se está siempre en vilo. Y no sólo por las lilas.

—De sus lecturas de Cervantes, ¿cuál es el recuerdo que más satisfacción le otorga? ¿Algún personaje, alguna situación, algún pensamiento apoyado en un diálogo o en un pasaje...?

—Hay muchos personajes que me son muy queridos o que me fascinan por sí mismos, o por el enigma de sus vidas, y sobre todo las mujeres; pongamos la Costaneica, Feliciana de la Voz, o aquella muchacha, sin nombre, que aparece en medio de un bosque, en el Per siles, hablando de celos, y se va. Y un etcétera muy largo.

—En un país de 60.000 títulos anuales, ¿qué le exige a un escritor para que le llame la atención por sus palabras?

—Hay especialistas en esto de lo que hay que hacer para llamar la atención. Y casi siempre aconsejan hacer y decir tantas tonterías como en campaña electoral los políticos, pongamos por caso. Seguramente porque, como dice un eslógano comercial: Nunca hay que despreciar la estupidez del cliente. Pero se supone que un escritor no debería regirse por tal eslógano, y tiene algún respeto con su lector, como sin duda hay políticos que lo tienen con sus electores, y comerciantes con sus clientes. Se supone que un escritor busca lectores, y llegarlos a los adentros. Se supone.

Jesús García Calero; ABC, 20 de abril de 2003, pp. 64-65.

sábado, 18 de enero de 2025

"El triunfo de la imaginación" de José María Castroviejo (Baleares, 28 de febrero de 1963)

 


El triunfo de la imaginación

HACE unos años que se puso de moda, de torpísima moda, el arremeter contra la imaginación, esa gran facultad del alma, que es tal vez el mayor regalo que Dios ha podido hacer a la criatura humana. Toda la literatura denominada despectivamente imaginativa, fue puesta, no en cuarentena, sino en confinamiento, que aspiraba a ser definitivo. Aunque nada, como se sabe, es en esta vida definitivo. Pero sucede que, y precisamente ahora, la gente, la pobre gente de hoy, empieza a darse cuenta de que el mito del progreso indefinido de nuestros abuelos, amenaza no solo con estallarle entre las manos y dejarle por tanto sin manos, sino también en dejarla sin alma y resulta que aún hay quien no se resigna a perder de todo el alma. Víctor Hugo, aquel mago decimonónico, que en el fondo abominaba de muchos mitos de su gran siglo, dejó escrita una hermosa verdad, que dice: “Un hada está escondida en todo cuanto ves”. Por ello no ha mucho que en Kiel supieron reunirse más de trescientos amigos, y estudiosos de toda Europa, de los cuentos de hadas para oír entre otras cosas, a una maravillosa señora que encantó al auditorio, relatando con bella memoria y voz, ciento cincuenta hermosísimos cuentos de hadas. Parece iniciarse una feliz alborada, en la que el mundo harto de bombas atómicas, de monstruos de tontos que se daban y degenerados de toda laya, vuelve hacia un limpio estilo, que es el ala blanca de la feliz imaginación, para reivindicar la gracia que tanta falta nos hacía. Gracia sin la cual no se hubieran producido ni la Odisea ni el Quijote, por citar solamente dos obras egregias en las que, por cierto, se demuestra que imaginación no significa necesariamente pugna con el realismo. William Blake ha dicho aquello tan profundo de la “La imaginación es el hombre”, y Lord Dunsany el gran recreador irlandés, el gran imaginativo, nos supo ofrecer la bellísima enseñanza de que “Maravillarse en el hombre es santidad”, mientras, Julien Green, por su parte, acaba de insistir sobre “La necesidad de imponer el sueño y la alucinación a la realidad, como al tuviese contacto con lo eterno”. Traigo esto a capítulo porque Álvaro Cunqueiro, el gran imaginativo, el gran fabulador, que en tantos aspectos puede emparejarse con Jorge Luis Borges, nos acaba de ofrecer el regalo de otro hermosísimo libro Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas, que primeramente vio la luz en lengua gallega, y que Editorial Argos presenta ahora en castellano, en edición, por cierto, primorosa.

¿Quién no se ha maravillado con las tribulaciones, naufragios y aventuras de aquel maravilloso Sinbad el marino, que recorrió “todos los mares que el sol alumbra”? El relató que de sus siete viajes hace la gentil Scheherezade al sultán Shahriar otras tantas noches, es uno de los mayores encantos de esa linterna mágica que se llama precisamente Las mil y una noches, Álvaro Cunqueiro, nuestro gran recreador de mitos, no podía permanecer indiferente a la tentación que representan la gnómica y la fantasía del fabuloso marino de Bagdad. Si “Mythos”, siguiendo a Mircea Eliade, es también narración, he aquí a Sinbad encantándonos a través de la estupenda prosa cunqueiriana, como supo encantar definitivamente a través de la dulce voz de Scheherezade al sultán cruel e implacable.

Por las islas de Las Cotovias —¡qué bello pretexto!— que el pequeño y fiel Sari negaba, sale otra vez al gran mar el viejo Sinbad, maduro y sereno como un patriarca, constelado de experiencias y saberes, de casos y de cosas, en el hermosísimo relato que hoy nos brinda, como el mejor regalo, Álvaro Cunqueiro. Una nostalgia de ronseles, de caracolas fabulosas llenas, de rompientes, de trozos de cable, de continentes tostados, de canela e ilusión, que es como un maravilloso atlas mágico desenrollado y goteante del mar. Páginas, ¡ay!, cortas para nuestra ansiedad. ¡Ahí y tierras inexistentes, que nos tiran, con la marea, del corazón, como “Reino Doncel”, más allá de Trapobana, porque “hay tierras que solo son memoria”.

Sari, Abdalá el ciego, “vigía y dedo pulgar de Sinbad”, Monsaide, el Cangrejo, Venadita, la de la memoria de sed... Todos los muñecos que rodean a Sinbad, en conversas o reposos, en viajes o naufragios, quedan ya prendidos en nuestro recuerdo por la magia evocadora del autor de Merlín y Familia que vuelve a ofrecernos el don de un claro y acuñador castellano perfecto. Tan perfecto como la inmensa melancolía final, cuando Sinbad, ciego es guiado por la fiel mano del otro ciego Abdalá.

El corazón del viejo piloto, ya entre nieblas late todavía con el recuerdo alucinante de la plata o el oro del mar, de las estrellas que se funden sumisas y exactas en un solo grito, de las galernas y los naufragios en un alba de desolaciones, de las arenas emocionadas que brillan, de la tentación indescriptible del límite y de las descubiertas…

Pero los que lo quieren, quieren la paz para el viejo marino: por eso el también anciano Monsaide no deja que Arfee el Moro, cuente a Sinbad la nueva de la nave “Venadilla”, que acaba de mojar quilla en la alegría verde de la mar.

—¡Qué tenga paz!

—Tienes razón. ¡Qué tenga!

La paz nos llega también, salado presente al espíritu aglobado de nuestros días y nuestras noches, con todas las páginas ejemplares del libro, que nos recuerdan al oído de la perfección de los versos de Mallarmé, de vuelta de todo intelectualismo retórico, tantas veces citados y nunca suficientemente repetidos:

La chair est triste, hélas! et j'ai lu tous les livres.

Fuir ! là-bas fuir! Je sens que des oiseaux sont ivres

D'être parmi l'écume inconnue et les cieux!

 

(Copyright PYRESA. Prohibida su reproducción)  

José María CASTROVIEJO, Baleares,  28 de febrero de 1963, p. 16.

jueves, 16 de enero de 2025

Carlos Blanco entrevista a José Jiménez Lozano (El Día de Valladolid, 23 de abril de 2003)

 


¿Cuánto tiempo hace que no se patea una obra de teatro en Madrid?

■ El escritor recibe hoy en Alcalá de Henares de manos del Rey el premio literario hispánico más importante.

■ Nació en Langa (Ávila) en 1930, es licenciado en Derecho, Filosofía y Letras y graduado en Periodismo.

■ Es el Cervantes número 26 desde que fuera concedido en 1976 al vallisoletano Jorge Guillén.

-Jiménez Lozano comenzó a publicar tarde y no sé si también a escribir tarde de tanto que había leído. Comparaba lo que había leído y lo que había escrito y tenía sus prevenciones.

-Bueno, eso es inevitable. Yo no creo en los escritores analfabetos. Tampoco creo en los escritores hechos de la nada. La genialidad pues a lo mejor existe, pero creo que se nutre primero de los demás y de lo que ha habido detrás de él. Un autor es la cultura que ha recibido, sus estudios, sus lecturas. lo es su vida, sus amigos, sus enemigos, las culturas de fuera que ha visto, las de otros tiempos que le han llegado por los libros... El substrato del yo del autor tiene que tener oído, vista... Tiene que ser fiel, aunque eso cuesta un poco, porque uno tiende a ponerse en medio.

-Por uno de sus libros de relatos, El grano de maíz rojo, recibió el Premio Nacional de la Crítica. Entonces dijo que se había sentido más impresionado por las opiniones que hicieron de este libro los alumnos de un instituto que las del jurado que le concedió aquel premio.

-El jurado de un premio se supone, naturalmente, que son hombres de literatura y que tienden a ver la literatura de alguna manera profesional, mientras que el escritor no piensa, o no debería pensar en esas cosas. Sólo en decir para llegar, a quien sea, a alguien. Entonces, la gente que no tiene por delante un esquema pues no mete las cosas en un esquema. Los que no tienen una sabiduría de la técnica literaria tampoco piensan en ello. Entonces nos dicen si huele a tierra mojada, si les llega al corazón, si han visto a los personajes. Y eso, al fin y al cabo, es lo que importa.

-El viaje de Jonás, es una de sus novelas inspiradas en historias bíblicas. Jonás viajó en el vientre de una ballena y usted fábula sobre ello convirtiéndolo en un libro, una novela de aventuras.

-Desde luego. El viaje de Jonás tiene más aventuras que el de Simbad el marino, no cabe duda. Es una fábula en la que Jonás sería un hombre de su tiempo pero también un hombre de hoy. Hay algunos anacronismos, evidentemente, pero son guiños irónicos... es una fábula, un cuento, sí.

-Jonás, como si fuera un personaje de Julio Verne, hace un viaje submarino de muchas leguas.

-Sí, es una historia bíblica transfigurada. Aquí Jonás tiene una mujer de la que no se habla para nada en la Biblia, y hay sus cosas entre ellos y hasta unos cuantos guiños a la modernidad. Incluso lo de la ballena, pues está la ironía de si eso era o no una máquina.

-Una ballena que podría ser un submarino. También la Biblia está llena de aventureros como Jonás, de héroes como David, de máscaras, de mitos... Como en las películas de ciencia ficción.

-Pues como son los hombres, claro. Los hombres siempre han querido conocer lo desconocido y hacer lo imposible. San Agustín decía que confiaría en los hombres muy poco, pero que confiaría mientras tuvieran miedo a la muerte y amor a lo desconocido. Cuando uno no tiene apetito de nada es que está más muerto que vivo. Y no hay aventuras, claro.

-Siente una gran admiración por la obra de Américo Castro. Ha profundizado en la idea de la España como solar de las tres culturas, ahí está la Guía espiritual de Castilla o Judíos, moriscos y conversos. ¿Tiene ya respuesta para esa pregunta que le sugiere el interior de la ermita mozárabe de San Baudelio, en Soria? ¿Qué hace una palmera en un sitio de clima tan riguroso?

-No, no hay respuesta. Es difícil encontrar una respuesta en sentido científico y riguroso. Lo que puede haber son barruntos, hay una poliglesia, es decir, una iglesia metida dentro de otra... hay tanta materialidad oriental que evidentemente hay que pensar en eso a veces... Piensa uno hasta en las iglesitas etíopes ¿no? Pero, naturalmente, tampoco mi misión es la del historiador del arte y tener que buscar los hilos o los engranajes que conectan unas cosas con otras sino algo así como hacer reflexiones o guiños y bueno

- Que sirven en todo caso para entender España y su historia de una manera diferente a como nos la han contado.

- Sí, sin duda ninguna. Al menos no de la manera tan plana como se ha venido enseñando. Hoy día, es verdad, ya nadie niega la presencia de esas dos etnias o gentes de distinta Ley entre nosotros, la importancia decisiva de su cultura... hoy ya nadie lo niega, que luego cada cual lo vea como le parezca. Lo que puede hacerse es tratar de mostrar los parentescos ¿no?

-Usted en sus obras y desde mucho tiempo atrás habla de la necesidad de encontrar una actitud de tolerancia, de comprensión sincera hacia el otro. Con esas convicciones no es difícil imaginar qué es lo que piensa de los nacionalismos.

-Mira, la tolerancia es una cosa elemental para que exista una sociedad mínimamente civilizada, no es una cosa que haya que conquistar, es que si no hay tolerancia no hay sociedad. Los individuos y los grupos somos distintos y puesto que tenemos algo en común, que es la humanidad pues, en nombre esa humanidad, yo te voy a aguantar a ti para que tú me aguantes a mí… de modo que esto es la base de una sociedad mínimamente civilizada. La libertad es un paso mucho más allá. Esa diferencia de individuos y grupos se convierte en riqueza y se convierte en construcción en común, precisamente los nacionalismos... bueno, pues es como colocarse en el centro del mundo... y esto unido a cuestiones religiosas, otras veces sin ellas pues ha dado muchos quebraderos de cabeza y yo creo que nos los va a dar mucho más

-Jiménez Lozano, ciudadano de España, y por lo tanto europeo.

-Claro, normal. Yo soy incapaz de pensar en castellano o en leonés o en abulense. No soy capaz, me siento español y por lo tanto europeo se diga lo que se diga, los españoles hemos hecho Europa como el que más, hemos tenido universidad, municipios, latín y gallinas… como los demás europeos por lo tanto no tenemos que entrar ni que salir de Europa... pero siento mi cultura y mi cultura es la misma que la de los alemanes y la de los ingleses y que los franceses... con pequeñísimas diferencias. Claro, ya plantarme yo una cultura castellana o una actitud espiritual diferente a León ya sería el colmo. Ahora, otra cosa es la reivindicación política de una organización comunidad de tipo político, eso yo no sé quién tendrá razón... sus razones habrá de un lado o de otro me he puesto a pensar en una cosa o en otra...

-También Américo Castro se interrogaba por las causas de la violencia fratricida en España... Desde luego no parece que el acuerdo o el sentido común nos caracterice como pueblo.

-No, no...Que haya discusiones públicas en una democracia va de suyo, es lo normal. Lo raro es que no las haya ¿no? Y que las haya agrias a mí eso me parece que es normal. Lo malo es cuando adquieren un matiz político ideológico y nos recuerdan cosas e incluso se invocan cosas... eso me parece que nadie tiene derecho a hacerlo. Ahora lo otro, cada uno defiende lo que creé justo o lo que es suyo y por eso no hay que crisparse.

-Pero el consenso, el acuerdo, no tiene ahora buena prensa. No está de moda.

-Bueno, te diría que sí y que no. Yo creo que vivimos uno de los tiempos más conformistas que ha habido, a la gente le parece casi todo bien. ¿Cuánto hace que no se patea una obra de teatro en Madrid...? ¿no sé? muchísimos años y uno pues está viendo la televisión media hora y veo cinco personas que dicen lo contrario y las cinco son aplaudidas... Uno no sabe si es por cortesía o porque le da igual una cosa que otra. La democracia es un consenso evidentemente... Es un consenso inicial, un consenso primordial que da sentido a la convivencia, en cuanto al consenso entre los individuos no veo por qué tiene que tener ni buena ni mala prensa, es una cosa que se conquista mediante la razón y yo no creo que haya ninguna otra posibilidad de conquistarlo... es algo que si queremos llegar a algún sitio deberemos de practicar. Es lo que hace la insignia de los cuáqueros ¿no?

-¿Qué hacen los cuáqueros?

-Pues ponen dos borricos atados con dos montones de heno a cada lado y uno tira por un lado y el otro por otro y ven que no pueden, entonces, después de varios intentos hacen como que piensan y lleva el heno primero a uno y luego al otro borrico... pues quizás todo el consenso sea eso.  

-Nunca, ni siquiera ahora que es Premio Cervantes, ha estado obsesionado con la difusión de su obra. Siempre ha hecho la distinción entre tener público y tener lectores. Que evidentemente no es lo mismo, aunque haya quien lo confunda.

-Eso es así por muchos o pocos libros que se vendan. Un lector es alguien que necesita un libro. El público es alguien que puede leer un libro, pero le da igual uno que otro. Pero todos tenemos nuestros amigos y nuestra longitud de onda en el mundo del espíritu, por lo tanto algunos libros no tienen que entrar en ciertas casas, y al revés. El lector siempre tiene ese vínculo entre lo que lee y su mundo. Y así se eligen los libros. Lo otro es un poco saltar y leer con la mejor intención y hasta puede encontrarse de repente con algo que le llegue al alma. Pero es distinto. No hay esa relación. Antes no ocurría ni con el vestido, ahora la producción en masa también lo ha liquidado un poco. Antes la gente quería y buscaba su chaqueta. Los antiguos decían que una moda como debe ser tenía que tener cincuenta años. Y estaba muy bien. Para los toros desde luego eso no es mala mecida

-Deben de ser las noches muy largas en este pueblecito de Alcazarén.

-No creas, no son tan largas. Bueno algo más que en la ciudad sí. Yo estoy aquí pero no por una acción horaciana de huir del mundo. El mundo se lleva dentro. Conocí a un hombre, buena persona, que se fue a vivir de ermitaño haciéndose una cabaña junto a una carretera general y un motel, o sea que era curioso aquello (risas). Para ser ermitaño se necesitan muchos kilos de vida dentro. Muchos.

Carlos Blanco, Miércoles 23/04/03 El Día de Valladolid, p.2-3.

Fotografía Jesús Luque.


Luis García entrevista a José Jiménez Lozano (Luis García, Diario de Ávila [El Argonauta], 23 de febrero 2003, pp. IV.)

La literatura abulense volvió a lo más alto del panorama internacional con la concesión del Premio Cervantes a José Jiménez Lozano, un morañego profundo y prolífico que reivindica la práctica de tolerancia y la dignidad como medios para conservar la esperanza en el hombre

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JOSÉ Jiménez Lozano, autor abulense de 72 años, alcanzó la gloria literaria al conseguir el Cervantes 2002 (contra todo pronóstico), uno de los premios más respetados y que más polémicas ha servido en los últimos años. El Cervantes, que distingue la trayectoria literaria de un autor cuya obra esté escrita en lengua castellana, fue instituido en 1976 por el Ministerio de Cultura y entregado en su primera convocatoria a Jorge Guillén. Jiménez lozano, autor de una extensa obra literaria que combina por igual el ensayo con la poesía o la novela, formó parte de una destacada generación de periodistas junto a nombres como Francisco Umbral o Cesar Antonio de los Ríos, y fue Director del Norte de Castilla hasta su jubilación.

Ahora, mientras saborea el éxito del 'Nobel' de las Letras en Castellano, a Jiménez Lozano le llega la noticia de que la Fundación Jorge Guillén ha emprendido la tarea de publicar sus obras completas, lo que hará más accesible la amplia y variada actividad creativa de un autor que ha cultivado todos los géneros literarios y cuya valía como escritor ha sido reconocida con varios galardones de ámbito nacional.

Premio Cervantes 2002.... ¿Lo esperaba?

Pienso que estas cosas no se esperan, ni deben esperarse. Como si no existiesen. Escribir no es una acumulación de méritos, y un premio es gratuito, no un concurso de méritos. Es un honor que se le hace a alguien, debe agradecerlo sencillamente, y tratar de no defraudar lo que significa. Esto es todo.

Porque no cabe duda que ha sido una auténtica sorpresa....

Seguramente, y hasta cierto punto es bastante lógico. No parece que tuviera yo pedigrí extendido en la forma acostumbrada, y con los sellos correspondientes. Pero ya le digo que todo esto es como si no existiera, para mí.

¿No resulta especialmente gratificante sustituir en el puesto a Álvaro Mutis?

No sé si es gratificante el adjetivo más exacto. Es, déjeme repetírselo, todo un honor estar ahí, entre todos esos hombres de letras de tan especial significación. Soy perfectamente consciente.

En palabras de Luis Alberto de Cuenca, Jiménez Lozano es “un escritor castellano viejo...” ¿Cómo se define usted?

No sé muy bien lo que quiere decir esto de castellano viejo. Para Larra era algo horrible; pero para Laín Entralgo, que también dijo algo parecido de mí, y seguramente para Luis Alberto de Cuenca evoca un cierto modo de ser y unas virtudes antiguas asignadas al castellano, y que, más o menos, apuntan a un cierto senequismo. Y yo no me encuentro especialmente senequista, pero se entiende muy bien lo que quieren sugerir tan amablemente. Aunque quizás también quieran aludir a una cierta utilización de la lengua. ¡Ojalá tengan razón! Nada podría satisfacerme más. Por mi parte, sólo le recordaré que en la definición no debe entrar lo definido, y, mucho menos, el definidor. Pascal decía que la civilidad no toleraba hablar de sí mismos; y me parece que está en lo cierto, desde luego.

¿Se considera antes escritor o periodista?

No hay un antes ni un después, lo uno es una profesión, lo otro una elección. Escribir es algo gratuito, hacer periodismo es cumplir con la obligación profesional. Como sería estar en el despacho o en la gasolinera, si el escritor fuera notario o estuviera empleado en una estación de gasolina, como lo estuvo Faulkner.

Ha cultivado la poesía (Elegías menores...), la novela (Los lobeznos, El viaje de Jonás...), las memorias (La luz de una candela…) y el ensayo (Fray Luis de León, Pecado, poder y sociedad en la historia...). ¿En qué género se ha encontrado más a gusto?

No es cuestión de encontrarse a gusto. Si uno se propone contar una historia, tendrá que narrar; si hacer un estudio o desarrollar unas ideas, tendrá que escribir un ensayo o un artículo, y la poesía se presenta como un fulgor, se cae de las manos como decía el maestro fray Luis de León; así que no se decide hacer esto o lo otro. No se escoge, y no resulta ni más fácil ni más difícil hacer lo uno o lo otro; o sale o no sale. Si no sale, se deja, y en paz.

¿Cómo es su relación con la lengua española?

Seguramente como la de usted y la de todos los hombres con respecto a su propia lengua. Pero el lenguaje tiene dos dimensiones, por decirlo así, la una meramente comunicativa, o de lenguaje ahí a la mano, y la otra simbólica, adámica, que trata de nombrar la realidad en todas sus sonoridades interiores. El lenguaje de los afectos, de las esperanzas y las alegrías, o de las confidencias, no es el mismo que el lenguaje instrumental o comunicativo, y se supone, por principio, que el lenguaje literario no es meramente comunicativo.

Un hombre en la raya (por citar un ejemplo) fue calificada por algunos críticos como de “extraordinaria novela, breve pero intensa”. ¿A qué cree que es debido el que no haya conseguido ser un autor de masas?

No creo que mi escritura contenga, ni remotamente, ninguno de los ingredientes normales para atraer a las masas lectoras. Sería bastante necio, si pretendiera ser un autor para esas masas. No tengo nada contra los que lo son; simplemente no es lo mío.

En Teorema de Pitágoras (Seix Barral) ya avanzaba muchos de los problemas de la actualidad (xenofobia, violencia, drogas...). ¿Cree como entonces, cuando la publicó, que aún hay sitio para la esperanza?

¿Cómo no va a haber sitio para la esperanza? Este mundo tiene sus noches, siempre las tuvo, y siempre salió de ellas. Con heridas, desde luego; pero salió, ho importante es querer salir, pero, desde luego, no saldrá mientras no haya un ethos social, un ámbito cultural en el que al hombre sólo se le considere en su propia dignidad y gloria de ser hombre, y me permita serlo a mí, porque sin el otro diferente yo no podré serlo. Y esto no es una cuestión ética fundante, elemental, la convicción no ya sólo intelectual, sino como cosida a los sentimientos y a la carne de que es tan valioso lo que a otro hombre me une porque los dos somos hombres, que as diferencias, por difíciles de aceptar que pueden ser, no tienen la mínima importancia. Él me soporta a mí y yo a él en nuestras diferencias. Esto es la tolerancia, un mínimo de civilidad.

Participó activamente en la puesta en marcha del proyecto Las Edades del Hombre. ¿Qué valoración general hace de su aportación?

Mi aportación fue al proyecto de un amigo, José Velicia, que murió ya. Nunca quisimos otra cosa que mostrar cosas hermosas, Si se logró, ya no hay nada que decir.

¿Qué está escribiendo actualmente José Jiménez Lozano?

Estoy re-escribiendo. Es decir dando otra vuelta a cosas que dormían, mientras poco a poco va avanzando otra narración.

Luis García, Diario de Ávila [El Argonauta], 23 de febrero 2003, pp. IV.

Fotografía de Eduardo Margaretto

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Entrevista a Chantal Delsol (El Mundo, 14 diciembre 2024, pp. 2-3.)

 

Gorka Loinaz. Araba Press

LUCES PARA LA CONSTITUCIÓN

Chantal Delsol: “En medio siglo la catedral de Notre-Dame podría ser una mezquita”

Filósofa e historiadora, referente del conservadurismo francés, analiza en este entrevista la realidad europea

Pregunta. ¿En Occidente estamos viviendo una revolución moral? El auge de la ideología de género, la corrección política, los discursos postcoloniales, el ataque a la propiedad privada y a la idea de familia, el repliegue de la fe cristiana...

Respuesta. Se puede decir en primer lugar, que llevamos varias décadas viviendo la transición de la modernidad a la posmodernidad: el fin del ideal de progreso y de las grandes utopías ideológicas, y una brusca caída en el mundo real, un mundo donde cada progreso parcial debe ser arrancado con el riesgo de retroceder. Un mundo donde el derecho ya no reemplaza a la fuerza sino que sólo intenta (siempre provisionalmente) limitarla, por mencionar solo estos dos ejemplos. Desde un punto de vista moral, el colapso de la cristiandad a mediados del siglo XX dio paso inicialmente a una especie de nihilismo moral del «todo está permitido»: luego, como siempre ocurre, una nueva moral vino a reemplazar a la religión desaparecida para ocupar su lugar. Hoy nos encontramos en un momento de triunfo de un nuevo moralismo puritano que actúa como una nueva religión.

P. ¿Esta posmodernidad a la que se refiere ha abrazado el epicureísmo, la búsqueda del placer sin dolor ni esfuerzo? Usted habla de una destrucción nihilista de los referentes.

R. El nihilismo nunca dura más que un momento. No es viable, los seres humanos necesitan referentes. Fue el momento post Mayo del 68, muy breve, durante el cual nuestros intelectuales hacían peticiones para defender la pedofilia o el incesto, por ejemplo. La destrucción de los referentes anteriores no da lugar al vacío de principios, sino a una nueva reorganización moral. Las nuevas morales que aparecen hoy son de dos tipos. Una es una nueva versión de la moral evangélica, sin la trascendencia de la compasión. La otra retoma todas las sabidurías mundiales -estoicismo, epicureísmo- de las que se pueden encontrar expresiones tanto en China como en nuestra antigüedad.

P. En este contexto, ¿cómo explica usted el auge y hegemonía del llamado wokismo -la izquierda boba- y de la corrección política como un nuevo autoritarismo?

R. El llamado wokismo es un heredero del marxismo, que se inscribe, como el marxismo, en los paradigmas herederos de la modernidad política (Maquiavelo, Hobbes): el mundo social está fundado en la dominación (hasta Maquiavelo y Hobbes, el mundo social occidental heredado de Aristóteles se basaba en el entendimiento jerárquico). Ahora en el wokismo las referencias de la dominación son la raza, mientras que en el marxismo era la clase social. El wokismo. que es posmoderno, ya no cree en un mañana prometedor (mientras que el marxismo, moderno, sí lo creía). El wokismo suma conquistas y luchas día a día. en lugar de esperar el «Gran Día» de la Revolución Social. Está, como el marxismo, en un estado de guerra permanente.

P. Habla de colapso de la cristiandad, ¿también del cristianismo?

R. La cristiandad se destruyó a sí misma, por su rechazo radical a la modernidad. Fue una lucha de dos siglos, violenta y mortal. La modernidad ha prevalecido, eso es todo. La cristiandad es la civilización erigida y dominada por el cristianismo. Se puede decir que hay cristiandad cuando son los obispos quienes deciden la moral de la sociedad, lo que está permitido y prohibido. La Cristiandad es cuando el cristianismo gobierna las costumbres de toda la sociedad. Pero el cristianismo es una religión que no está en absoluto en vías de desaparición, sino que más bien se está desarrollando en el mundo. Desde el momento en que el cristianismo se convierte en una religión sin poder, debe transformarse psicológica y mentalmente. Debe aprender a no marcar más el tono, a no imponerse, a ser minoritario. Un duro aprendizaje. Es un cambio de situación. Las virtudes y necesidades de lo que era mayoritario no son en absoluto las de lo que es minoritario.

P. ¿La tecnología se ha convertido en una religión secular? Los gurús de Silicon Valley van a entrar por primera vez en la Administración de EE. UU. de la mano de Trump.

R. Yo no diría eso respecto a la tecnología. Quizá el posthumanismo pueda convertirse en una especie de utopía técnica que sirva como ideal, pero eso es solo una parte de la tecnología. No podemos satisfacer todas nuestras aspiraciones a través de la tecnología, porque somos seres espirituales. En el siglo XIX, algunos creyeron que la ciencia haría obsoletas a las religiones. Pero fue un error de comprensión. La ciencia y la tecnología responden al «cómo», no al «por qué». La Inteligencia Artificial no puede dar sentido a la vida. Aquellos que pueden estar tentados a hacer de la tecnología una especie de religión no están exentos de las cuestiones y angustias existenciales.

P. El debate sobre la prevalencia de la igualdad sobre la libertad, o viceversa. vuelve por la guerra cultural entre derecha e izquierda.

R. Aquí radica la diferencia entre la derecha, que prioriza la libertad, y la izquierda, que prioriza la igualdad. En lo que a mí respecta, priorizo la libertad, definida como «la posibilidad de elegir uno mismo aquello de lo que será responsable». Sin embargo, tengo varias reservas. En primer lugar. no podemos elegir todas nuestras responsabilidades: soy responsable de las consecuencias de las tonterías de mis antepasados, de mis padres exigentes o de ese vecino enfermo que llama a mi puerta. Además, sé que la igualdad también es esencial, como expresión de la igualdad en dignidad. Finalmente, sé que cada una de ellas, libertad e igualdad, deben tener sus límites: de lo contrario se convierten en caos o dictadura, en cualquier caso, en una pesadilla. Si prefiero, ante todo la libertad, aunque eso signifique perder en igualdad, es porque considero que la existencia es ante todo una aventura más que un momento. No es viable, los seres humanos necesitan referentes.

P. ¿El ecologismo se puede considerar una religión posmoderna?

R. Sí, en efecto. La desgracia es que el discurso ecológico, científico, que describe una realidad y es necesario para la protección de nuestro futuro, ha caído en un torbellino de arengas sobreexcitadas y apocalípticas. Y el planeta es finalmente objeto de una veneración que no tiene nada que envidiar a los antiguos panteísmos. Hasta hay gente que abraza los árboles. El planeta está tan sacralizado que una parte de la juventud querría sacrificar a la humanidad para «salvarlo». Esta aparición de una forma de panteísmo no es extraordinaria: es la religión más simple y desarrollada en los tiempos antiguos, antes de los monoteísmos y jumo a ellos. Se encuentra panteísmo entre los antiguos antes del judeo-cristianismo y entre los asiáticos en todas las épocas. No existe una sociedad atea. Cuando el monoteísmo se desvanece, es reemplazado por otra religión: se produce una ideología religiosa, o una religión, a partir del problema del momento. En el siglo XIX, el comunismo (religión secular) a partir del problema social; hoy, un panteísmo a partir del problema ecológico.

P. En Francia sectores de la derecha hablan del «gran reemplazo». ¿Está usted de acuerdo con esta tesis? El ataque de Hamas del 7 de octubre ha desencadenado una ola antisemita en las calles de Europa y la institucionalización por parte de la izquierda radical del discurso islamista.

R. La expresión «gran reemplazo» tiene una connotación de extrema derecha: significa que los inmigrantes van a reemplazar literalmente a los habitantes nativos, debido a su número y demografía, y que en consecuencia habría que adoptar políticas de rechazo. Mi punto de vista es diferente. Primero, creo que somos responsables de las políticas (irresponsables) de nuestros antepasados, que colonizaron y luego atrajeron a estas poblaciones por razones económicas. Ahora están aquí, y también vienen porque les hemos enseñado nuestro idioma. Deberíamos haber hecho esfuerzos inmensos para integrarlos; me refiero a esfuerzos humanos y no solo al envío de dinero por helicóptero... Ahora fracasamos en integrarlos porque la ideología de la inclusión prohíbe toda integración. Además, estamos cayendo demográficamente mientras ellos aumentan, por razones culturales y religiosas. Finalmente, mientras estas cuestiones se resuelven cuando la cultura de los inmigrantes es cercana (como sucedió con los italianos en Francia o los ucranianos hoy en Polonia), pero las masas de musulmanes, con mujeres esclavizadas, son casi imposibles de asimilar, incluso si quisiéramos. Y como usted dice, la separación ideológica crece cada vez más entre nuestras sociedades y una parle de estos musulmanes. que sueñan con instaurar un califato. Se ve claramente: se pueden hacer esfuerzos por deportar a los presuntos terroristas, pero es prácticamente imposible encontrar respuestas políticas para todos ellos. No sería sorprendente que, en menos de un siglo, Notre-Dame se transformará en una mezquita, y nuestros bisnietos, cuando estén educados y hablen idiomas, emigren a América, donde continuarán inventando patentes y escribiendo libros (ahora prohibidos aquí) a orillas del Ohio o del Orinoco... Añoraremos, como decía Rimbaud, «la Europa de los viejos parapetos», que es nuestro Vaterland. El Kinderland es América, una cultura occidental que la inmensidad del océano impedirá que se sumerja en el islam. En este lema mi modelo es Agustín de Hipona: ¿qué íbamos a imaginar? ¿Que éramos eternos? Tonterías...

P. Una de las reacciones a la globalización es un repliegue en lo local, el regreso a la identidad más atávica

R. En cualquier caso, defiendo el principio de subsidiariedad. Creo que nada se hace bien sino al nivel donde la gente entiende y está cerca. El nivel local tiene una importancia capital. Y es esencial que las decisiones educativas, comerciales y culturales se tomen a nivel nacional. Hoy todo se hace al revés. En Francia, el Estado hace todo lo posible por quitar a los municipios su escaso presupuesto y sus pobres prerrogativas, que son tan portadoras de solidaridad y energía propia. Y en Europa. Bruselas hace todo lo posible por quitar a los Estados sus propias iniciativas. Esta es la razón de las revueltas que tenemos ante nuestros ojos, y de los regímenes iliberales: cuando los pueblos están acostumbrados desde hace mucho tiempo a la democracia, no se los puede volver impotentes sin enfurecerlos.

P. La victoria de Trump ha sido recibida con preocupación en Europa. ¿Comparte ese sentimiento?

R. En lo que respecta a Trump, estoy a la expectativa. Es capaz de implementar reformas sensatas que nadie se atreve a hacer, porque está lo suficientemente loco como para romper lo que a veces debe romperse. Por otro lado, es peligroso. El episodio del Capitolio no es tranquilizador. Hemos llegado a tal grado de perversión y estupidez con la izquierda woke, que el simple sentido común de la gente de la calle no puede sino prevalecer. Ante la locura ideológica, solo queda una buena ducha fría. Pero las cosas no se resuelven solo así. Sí, la libertad y la democracia se están escindiendo porque nos damos cuenta de que el voto democrático puede significar la voluntad de poner límites a ciertas libertades, tales como la globalización comercial o las libertades sociales. Esta es más bien la respuesta a las democracias posmodernas que habían creído que la libertad consiste en hacer cualquier cosa. Trump sólo prospera sobre el extremismo libertario y la negación de la realidad de sus adversarios. Esto no significa, claro, que no vaya a ser peligroso.

P. Trump es el icono de lo que se ha llamado populismo.

R. Defendí al húngaro Orban hasta el momento en que tomó partido por la Rusia de Putin. No defiendo al partido PiS en Polonia, al que encuentro completamente excesivo. Tampoco defiendo al RN (le Pen) en Francia: económicamente es un partido socialista, totalmente irrazonable y que nos hará avanzar aún más hacia la ruina (¡No puedo entender que ahora haya que trabajar más!). Apenas veo un «populismo» que me convenga, aunque entiendo sus motivaciones. Defiendo una Europa federal pero en el sentido alemán o suizo (los franceses traducen «federal» por «centralizado»). Cada país debería decidir sobre sus diplomas, sus normas, sus compras, sus vacunas, etc. con mui tiples acuerdos bilaterales por todas partes y que Europa solo se ocupe de lo que es efectivamente común: la inmigración en las fronteras, la defensa, la política exterior. Se dirá que no todos tenemos el mismo enemigo: aquellos que tienen como amiga a Rusia o China deberían salir de Europa. Es absurdo que Gran Bretaña haya tenido que salir de Europa para escapar de la normatividad excesiva, cuando tiene el mismo enemigo que nosotros...

F. ¿Cuál es su balance del mandato de Macron? ¿Ve a Le Pen con opciones de alcanzar la presidencia?

R. Macron es un petimetre, un chico con un gran cerebro y ninguna madurez personal, que sabe hablar y aparecer en un escenario de teatro, y eso es todo. Es típico de Francia, que ama tanto la forma y la apariencia, haberse dejado engañar por este personaje. Se irá entre escupitajos. Respecto a Le Pen, matemáticamente, por supuesto que es posible que llegue al Elíseo. Pero cuando vemos cuán bien funciona el «frente republicano». Muchos franceses serían capaces de tirarse a las vías del tren con notorios antisemitas con tal de evitar que llegara el «Diablo».

Iñaki Ellakuria, El Mundo, 14 diciembre 2024, pp. 2-3.

[Se han corregido algunas erratas]

viernes, 13 de diciembre de 2024

"El ángel y la máquina" por Thomas Merton ("Season" nº5, junio de 1967)


Nota del editor: Thomas Merton había sido amigo de William Everson, también conocido como Hermano Antoninus, el poeta dominico que colaboraba en la imprenta fina de la Casa de Estudios Dominicos en Berkeley. El hermano Antoninus visitó Getsemaní, donde dio un recital aquí, y en Louisville en los años sesenta. A través de esta amistad,  Everson le pidió a Merton que escribiera un artículo para el trimestral Season. El artículo apareció en el número 5, en el verano de 1967, tras el cual dejó de publicarse. William Shannon fue el primero en redescubrirlo y la envió a The Merton Seasonal con la esperanza de que pudiera aparecer en estas páginas, junto con un comentario propio sobre la vida contemplativa y la sociedad tecnológica. El mensaje es tan conmovedor hoy como cuando fue escrito por primera vez. [Enlace al texto original]

Los ángeles son nuestros hermanos y compañeros en un mundo de libertad y gracia. Como nosotros, ellos son salvados por Cristo Señor, y Rey de los Ángeles. Con Cristo, su Rey, son enviados con su mandato. Vienen a nosotros como mensajeros invisibles de su divina voluntad. Como misteriosos protectores y amigos en el orden espiritual. Su presencia que nos rodea, inimaginable, tierna, solícita y poderosa, terrible como dulce. Es cada vez más olvidada mientras que el horizonte personal de nuestra visión espiritual se encoge y se cierra sobre nosotros mismos.

La tan anunciada “muerte de Dios”, esa “ausencia” que es una de las características más significativas de nuestro mundo moderno, se debe sin duda en gran parte a nuestra incapacidad para escuchar las voces de los mensajeros celestiales. Hemos olvidado cómo confiar en estos extraños y, debido a nuestra desconfianza, hemos negado su existencia. La desconfianza hacia el Señor comienza, por tanto, con la desconfianza hacia sus mensajeros. Y qué fácil es desconfiar de aquellos invisibles que hablan más con silencios repentinos y significativos que con declaraciones claras y probatorias.

Porque los ángeles no “prueban” nada. Ni siquiera a sí mismos. Se borran por completo en sus mensajes. Sin embargo, es por su poder silencioso, por la claridad omnicomprensiva de sus mensajes por lo que los conocemos. Dios habla a nosotros en y a través de ellos, y al hacerlo también nos habla de su identidad, revelándonos, por medio de ellos, cosas extrañas y personalidades sagradas que dan testimonio de él en su total ocultamiento.

El ángel es un signo de exclamación que enfatiza una palabra divina, y es mediante esa exclamación como se capta la palabra. Pero los hombres empezaron por eliminar el signo de exclamación -demasiado dramático y mítico- y cuando el tono angelical y personal fue despojado de la palabra, la palabra misma perdió su pleno carácter de revelación y dejó de ser personalmente convincente. Entonces el hombre consideró necesario demostrar que la palabra era verdaderamente de Dios, y el razonamiento humano intentó tomar el lugar del tono y timbre de la voz personal que una vez habló con convicción angelical.

Después de todo, ¿no vienen los ángeles a nosotros desde lejos, desde el “allá afuera” para subrayar el hecho inexplicable de que quien los envió desde lejos ya está presente en nosotros? ¿No deben sus signos de exclamación hacernos conscientes simplemente de que lo que Dios nos dice sobre su voluntad es simplemente su propia visión y su propio amor obrando dentro de nosotros?

En última instancia, los ángeles nos están diciendo, por su presencia personal y repentina, que hay alguien más grande que ellos aquí, y que son enviados para informarnos que estamos arraigados en la misma Luz de la cual fueron enviados. Sin embargo, si no hubieran sido enviados, nuestros ojos nunca se abrirían. Nuestros corazones nunca saltarían de su pequeña limitación a la gran libertad de una respuesta perfecta y total. Pero si somos las “únicas personas” en el mundo creado, entonces inmediatamente el mundo de la personalidad, de la libertad, de la gracia, de la alegría se vuelve estrecho. Sus luces se apagan y las contraventanas se cierran. En palabras de Wordsworth. “Las sombras de la prisión comienzan a cerrarse”. La “visibilidad” del mundo espiritual se vuelve opaca y nuestro propio corazón se congela y se cierra a nosotros. Dios permanece tan sólo como una abstracción todopoderosa e infinitamente lejana cuando los ángeles ya no nos hablan de Él. Y cuando Él se vuelve abstracto, “muere”. Pero su “muerte”, lamentablemente, se produce en nosotros. Ya no sabemos quiénes somos, habiéndole perdido a Él.

Nos encontramos con los ángeles, los mensajeros de la ayuda divina, en las fronteras de nuestra propia libertad y de nuestra propio poder. Nos tocan cuando alcanzamos nuestros límites naturales. Por eso nos parecen “terribles” (Ein jeder Engel ist schrecklich, dijo Rilke) no sólo porque son mayores que nosotros. No sólo porque pertenecen a la creencia en el mundo “totalmente Otro”, sino porque no solemos encontrarnos con ellos excepto cuando nosotros mismos nos quedamos sin fuerzas, sin resistencia, o sin entendimiento. O sin nuestra capacidad de esperar y de creer. El ángel aparece cuando nosotros mismos somos reducidos al centro de nuestra necesidad más profunda. Precisamente porque el ángel viene como el consolador y nos dice “no temas” (Lucas 1:13) y “Tú oración ha sido escuchada” (Lucas id. cf., Daniel 7:23), el hombre prefiere cada vez más no verse reducido al extremo en el que necesita la ayuda angélica, una respuesta. En lugar de temer y luego que le digan que no tema más, preferiría evitar el miedo. Nuestra poca fe preferiría vivir sin una ayuda tan poderosa, ya que proviene del mundo invisible que está totalmente más allá de la observación y el control. En otras palabras, preferiríamos apañárnosla sin demandas hacia nuestra fe. Preferiríamos que no nos recordaran nuestra pobreza. Y además, los ángeles parecen complicar las cosas. Al parecer, en el mundo moderno de los viajes espaciales, los ángeles ya no gobiernan el sistema planetario. Entonces, quizás, pensemos que tampoco tengan nada que ver con nosotros. Nos hemos apoderado de sus planetas. ¡somos más ricos que ellos!

La civilización tecnológica es, tal y como es ahora, una civilización sin ángeles. Es una civilización en que hemos substituido al ángel por la máquina. Es decir, que hemos colocado a la máquina en el lugar donde solia estar el ángel: en el límite de nuestras propias fuerzas, en la frontera de nuestra capacidad natural. Pero ahora podemos ver nuestros límites sin miedo y sin necesidad de ayudantes invisibles. La máquina es completamente visible. Y aunque el mundo de las máquinas es en sí mismo una especie de tremendum misterioso (los ordenadores cada vez más y más se vuelven capaces de realizar en un instante operaciones mentales que el hombre nunca podría esperar realizar), ahora las máquinas son “nuestros” ángeles. Nosotros las hicimos, no ellas a sí mismas. Están, creemos, enteramente en nuestro propio poder. Se convierten, entonces, en extensiones de nuestra propia inteligencia, de nuestra propia fuerza. No tenemos que caminar hasta el borde de un vacío infinito para sentir el roce de sus impredecibles alas sobre nosotros a la luz de las estrellas. Forman parte de nuestro propio mundo cerrado y confortable. Se interponen entre nosotros y la naturaleza. Forman una especie de “habitación” en la que estamos aislados del resto de la creación material. Tanto más de los seres espirituales. Ellas crean un nuevo clima para nosotros. Incluso suprimen el día y la noche. Hacen el cielos innecesarios. Crean para nosotros un nuevo “tiempo” y un nuevo “espacio”. De hecho, han construido para nosotros un mundo mental completamente nuevo. También tienen una especie de vida propia. Viven de los espíritus de los hombres que ceden cada vez más y más a la máquina. Las hemos entregado cada vez más de lo humano y lo natural. Así el hombre habita rodeado de ángeles de cromo y acero. Seguro en el mundo de la técnica que lo rodea, el hombre se recrea según su propio placer. O eso cree y espera. Aquí los ángeles invisibles no puede alcanzarlo. ¿O sí pueden? ¿Existen otras inteligencias angelicales que construyan en secreto el brillante y prestigioso reino del poder mecánico que rodea al hombre, y que se lo quiten en secreto de sus manos mientras que él piensa que es su dueño? ¿Quién puede decirlo? No nos paramos a pensar en ello porque nos falta tiempo.

El “tiempo” creado para nosotros por las máquinas, nos “ahorra tiempo”. Es un tiempo de nuevas dimensiones, una nueva medida espiritual en la que, curiosamente, todo queda sin aliento y el pensamiento se encuentra extrañamente distraído y confuso.

(Obsérvese que cuando uno vive en soledad dedicado a Dios, hay un cambio completo en la dimensión temporal de la vida. En primer lugar, la vida solitaria en el bosque es liberada del “tiempo de la máquina” y restaurada al tiempo natural. El amanecer, el mediodía y el atardecer regulan su trabajo y su día, y el invierno significa más horas de oscuridad, meditación y silencio. Con la llegada del invierno, la mente adquiere una nueva tranquilidad, una expectativa de advenimiento de un tono maravilloso y profundo, imperturbable a demasiadas cosas. Al pensamiento activo. Luego viene una dimensión temporal aún mayor: la del tiempo angelical, medida no por la expectativa del sol naciente ni por la planificación del trabajo práctico, sino por una sensación de barbecho, de letargo de vigilia, de pérdida y desorientación de uno, cuyas manos y corazón están vacíos, esperando sólo lo que nunca podrá ser planificado. En el tiempo de la máquina, todo está planificado, determinado. Cada instante tiene su propio afán. En el tiempo natural hay una lenta y armoniosa sucesión de lo cósmico y lo terrestre. Acontecimientos a los que la propia naturaleza del hombre tiene sus antiguas respuestas. En el tiempo angelical no hay planes, porque los planes son imposibles.

¡Ese es el tiempo en el que el hombre es totalmente libre; un tiempo de vacío, ausencia y felicidad! “Inútil” al mismo tiempo que “feriado”; en un estado de fiesta incomprensible, y “preparado” para la aproximación de cualquier “palabra” que puediera venir. En esos momentos no hay diferencia entre horas y minutos, ni minutos y horas.)

Al extender los horizontes del poder físico del hombre, la máquina ha cerrado completamente el horizonte de lo no-deliberado y de la “feriación”. Y, sin embargo, deja al hombre lleno de bullicio y acción en presencia de un vacío moral. Ya no puede comprenderse a sí mismo ni enfrentarse a lo sobrenatural que está más allá de lo concebible. Al prometerle poder ilimitado, las máquinas han permitido que el hombre se entregue tanto a ellas que, cuando de repente se encuentra sin su apoyo, se encuentra mucho más indefenso, mucho más limitado que antes.

Se puede construir un edificio sin ventanas, climatizarlo e iluminarlo artificialmente, pero cuando se corta la energía eléctrica, ya no se puede filtrar ni siquiera la luz del día a través de la niebla de la ciudad o del aire de la calle. Estáis aprisionados en una oscuridad sofocante. Ésa fue la “señal” angelical que golpeó al este de los Estados Unidos en el otoño de 1965 cuando no sólo una sección de una ciudad, no sólo una ciudad, sino cincuenta grandes ciudades y cientos de pueblos quedaron repentinamente privados de energía eléctrica. Los ascensores de los edificios de ochenta plantas se detuvieron, totalmente a oscuras en los huecos donde no había abertura en cientos de metros. Los pasajeros prisioneros tuvieron que ser rescatados a través de agujeros practicados en los pozos con taladros neumáticos. Las delicadas operaciones cardíacas en hospitales a oscuras (algunos de los cuales, curiosamente, no tenían energía auxiliar) debían completarse a la luz de linternas y con todo tipo de medios alternativos para reemplazar a la energía eléctrica. ¡Entonces, de repente, los ángeles tuvieron de nuevo mucho que hacer! ¿Será esto quizás una advertencia angelical y misericordiosa a la poderosa sociedad que ha decidido vivir completamente sin ayuda angelical, ya que, de todos modos, se ha olvidado de la existencia de los ángeles?

¿Debemos esperar desastres aún mayores y más aterradores en los próximos años? Y si vienen esos desastres, ¿podremos interpretarlos? Ciertamente, hubo cientos de personas en el apagón de Nueva York que pensaron que era una “señal”, un recordatorio de algo peor que pronto podría suceder. Muchos respondieron con gran caridad, paciencia y ayuda. Y al darse cuenta de que esto era algo misterioso y extraordinario, sacó a relucir la profunda bondad que había en ellos. Pero junto con esta vaga conciencia vino una profunda sensación de impotencia, de desorientación en una sociedad que se había vuelto radicalmente absurda. (Un alto funcionario de la compañía eléctrica, cuando se le pidió que explicara el apagón, pronunció una frase que era completamente ininteligible, y de pronto todos se dieron cuenta de que detrás del aparente “orden” y armonía del mundo tecnológico había una vasta irreflexión, fuera de ciertos límites restringidos accesibles a una mente propia de un administrador.)

Seguramente los ángeles no envidian a nuestras máquinas, ni están excluidos por completo de un mundo en el que las máquinas complementan nuestros poderes físicos y mentales. Si en realidad el mundo tecnológico carece de ángeles, es por nuestra propia elección, no, después de todo, por la naturaleza misma de la tecnología. Que hizo que se utilizara maquinaria primitiva en la construcción de catedrales que, por su extraordinaria escultura y arquitectura, nos presentaban una cosmología visible y simbólica repleta de ángeles. ¿Serán parte de nuestro mundo moderno de máquinas? Obviamente, tendríamos que ver a los ángeles de manera diferente. Buscaríamos una nueva comprensión de ellos. Interpretaríamos su acción en nuestras vidas, tal vez según las líneas sugeridas por los arquetipos de la psicología profunda junguiana. Los ángeles son ante todo personas, pero su personalidad no debe concebirse en términos de materia individualizada. Menos aún debemos considerarlos como fuerzas suprafísicas que irrumpen en el mundo de la física terrestre. Como asteroides del espacio exterior. Si ahora tenemos barcos espaciales, entonces tal vez ya no sea necesario imaginar a los ángeles como hermanos mayores de las estrellas. Sin embargo, hoy no son menos reales ni menos personales, no están menos interesados ​​en nosotros y no los necesitamos menos. Después de todo, en la Edad Media no queríamos ángeles simplemente como médicos e ingenieros. Todavía quedan límites cuando nos enfrentamos al vacío desde el cual no es imaginable ningún rescate mecánico. Y esas fronteras nunca serán abolidas.

En estas fronteras, como siempre, nos esperan los ángeles. Si la sociedad tecnológica parece excluir a los ángeles, es porque busca hacernos olvidar esas otras fronteras (¡especialmente la muerte!). Y eso tampoco es culpa de la inocente máquina. Es nuestra propia elección. En nuestra locura hemos tratado de convencernos de que nuestra maquinaria es suficiente para todas nuestras necesidades y que no hay nada que la ciencia no pueda hacer por nosotros. Aquí está nuestro trágico error. Es nuestra ansiedad por hacer que nuestro mundo mecánico sea completamente autosuficiente y autónomo, lo que lo hace espiritualmente inhabitable para nosotros. Más que nunca necesitamos a los ángeles, no para reemplazar nuestras máquinas sino para enseñarnos a vivir con ellas. Porque los ángeles vienen a nosotros para enseñarnos a inclinarnos a descansar, a olvidar cuidados inútiles, a relajarnos en silencio, “soltarnos”, abandonarnos no a una diversión consciente sino en una fe olvidadiza en nosotros mismos. Necesitamos que los ángeles nos recuerden que podemos arreglárnoslas sin tantos bienes y satisfacciones superfluas que, en lugar de aligerar nuestra existencia, la abruman. ¡Que vuelvan a nuestro mundo y lo liberen de su enorme aburrimiento, de su fatiga metafísica! El teólogo ruso P. Evdokimov afirma, con notable perspicacia que el demonio actúa sobre el hombre como “una voluntad que le es ajena, que le atrae hacia sí mismo sin proporcionarle ningún encuentro”. Sin duda, esto describe la situación real del hombre tecnológico.

No importa cómo imaginemos el mundo espiritual en el que vivimos (incluso si imaginamos que ha dejado de existir por completo). Sigue existiendo. Las fronteras de nuestro ser permanecen, la muerte permanece, el vacío permanece. Y cuando estamos al borde de él, estamos obligados a encontrarnos con ángeles: si no buenos (en un encuentro genuino), al menos malos (en las máscaras de la Nada). Ese es el problema. Y eso nos muestra la necesidad que tenemos de repensar toda nuestra posición antes de que se nos acabe el tiempo.

Una observación más: hay muchos moderados que están dispuestos a aceptar un mundo de “interioridad” y espiritualidad inmanente, pero no un mundo de religión marcado por la fe y la dependencia de un Dios trascendente y personal. En el mundo de la mera interioridad, el pensamiento del ángel puede convertirse en una ilusión y una tentación. Los ángeles mismos nos advierten contra la complacencia en nuestras relaciones espirituales con ellos (Apocalipsis 19:10). Nos recuerdan siempre que es a Dios a quien debemos adorar y servir. Nos enseñan cómo servirle. Buscan atraernos a su liturgia y hacer que todo nuestro mundo, con las máquinas y todo, forme parte de su gran comunidad de alabanza.

Seguramente, si vamos a reconstruir el orden temporal mediante la dedicación de nuestra propia libertad y nuestra Ciencia a la verdad y al amor, necesitamos que nuestros ángeles buenos nos ayuden y nos guíen. ¿Quién sabe? Tal vez nuestra tecnología misma requiera de guardianes angelicales que estén listos para venir si se lo permitimos. No debemos de temer que reaviven obsesiones que murieron con la Edad Media. No nos corresponde a nosotros imaginarlos, explicarlos, escribirlos corporalmente en los detalles de nuestros planos. Nos corresponde a nosotros confiar en ellos, sabiendo que más que nunca son invisibles para nosotros, desconocidos para nosotros, pero muy poderosos, muy propicios y siempre cercanos.

Reedición: Merton Seasonal 22 (primavera 1997)