domingo, 26 de febrero de 2017

Andrés Sánchez Pascual entrevista a Ernst Jünger (ABC, 23 de marzo de 1995)


«Morir con un libro en las manos es una bella muerte»

LA cálida voz de la señora Jünger llegaba a Barcelona por teléfono desde Wilflingen, remota aldea de la Alta Suabia; el tono era invitador:
-Los aguardamos, pues, el día 5 de marzo.
-De acuerdo. Allí estaremos. Sábado, 4 de marzo. Stuttgart. Cena en casa de Michael Klett, el amigo y editor de Jünger. Cuatro horas de distendida charla, con muchas anécdotas sobre el escritor.
Día 5, domingo. En ruta hacia Wilflingen. Hoy el cielo está despejado, pero aún hace frío; en Tubinga la hermosa fuente de la plaza del Ayuntamiento se halla todavía recubierta por las defensas de madera contra la nieve y el hielo. La planicie de la Alta Suabia es casi siempre ondulada; bosques y bosquecillos alternan con las superficies de sembrado.
Wilflingen es un anejo de una población cercana. Landenenslingen. Consta de unas pocas calles y unas cuantas casas; las construcciones recientes son pocas y las calles están limpias y, hoy, desiertas. Las casas, casi todas ellas domicilios unifamiliares, tienen en su parte trasera un huerto jardín. El edificio principal de la aldea es sin duda el castillo de los Stauflenberg. No son pocas las construcciones que llevan sobre el dintel de su puerta principal el escudo de armas de esa estirpe. Por ejemplo, ésta a la que nos encaminamos. Es un recio edificio de piedra, construido en 1728, y tiene cuatro alturas. El tejado, a cuatro aguas; la fachada principal, al oeste. De las siete ventanas del segundo piso, las dos del extremo izquierdo corresponden al cuarto de trabajo de Jünger. En esta casa vivieron durante dos siglos los guardabosques mayores de los Stauffenberg. Desde abril de 1951 la habita el escritor. En tiempos de adversidad le fue ofrecido aquí generoso refugio; primero, en julio de 1950, en el propio castillo, y luego, desde la citada fecha, en esta casa.
Abre la puerta la señora Jünger. Cordial, sonriente, vestida con sencilla elegancia. Nos invita a subir la escalera de madera, que, como me comentó hace años, ella baja y sube tantas veces al día. Junto al arranque de la escalera hay en la pared un gong; seguramente servirá, en esta casa de once habitaciones, para avisar las horas de la comida y para otras llamadas. Cuando entramos en la biblioteca que precede al estudio de Jünger, a través de la puerta abierta veo al escritor sentado a su mesa de trabajo. Tan pronto oye la voz de su esposa que dice «ya han llegado» se levanta de golpe con una agilidad de felino, y con pasos elásticos, pero reposados, viene a saludarnos. Un cálido apretón de manos, lleno de vitalidad; en su rostro veo unos ojos que sonríen. Están serenos, tranquilos. Jünger no concede entrevistas periodísticas en el sentido habitual, pero está siempre abierto a mantener un encuentro humano, un diálogo. Siente verdadera alergia por los «aparatos»; ninguno de ellos, ni magnetófono, ni vídeo ni ningún otro artilugio turbará las horas de conversación que vendrán. Aún de pie, me enseña los tres volúmenes de la edición del «Quijote» comentada por Vicente Gaos, que le regalaron hace años en Bilbao.
El proceso de la muda
Una voz sentados todos en cómodos butacones bajos, Jünger cruza las piernas y junta las manos en una actitud muy típica suya. Con los ojos bajos, parece adoptar en ese momento la postura del padre Lampros descrita por él en «Sobre los acantilados de mármol». Le transmito saludos de amigos y le comento la impresión que me ha causado Wilflingen. Le pregunto si se encuentra a gusto en esta aldea y, sin alzar los ojos, dice varias veces que sí. ¿Por qué? En ese momento levanta los ojos y me mira:
-Porque aquí nos conocemos todos. Yo conozco a todo el mundo y todo el mundo me conoce a mí. En los bautizos acompañamos a los vecinos a la iglesia, y en los entierros, al cementerio. Recuerde lo que dice Lutero en su «Catecismo»; «Buenos amigos, fieles vecinos».
(Efectivamente, Lutero en su «Catecismo», al explicar las peticiones del Padre Nuestro, dice que del «pan nuestro de cada día» forman parte también «los buenos amigos y los vecinos fieles». Es una frase que se usa como proverbio en Alemania.)
-También está, naturalmente, la proximidad de los bosques. Sobre todo desde 1933 no puedo prescindir de ellos.
Jünger vuelve a bajar los ojos. Le recuerdo que cuando en octubre de 1943 visitó él al pintor Braque en su estudio de Montsouris (Braque tenía entonces 61 años y Jünger 48) le preguntó por las experiencias que había tenido con el envejecer. Ahora a él le faltan tres semanas para cumplir los cien años; seguramente sabrá qué es eso. Jünger sonríe y mueve varias veces 1a cabeza; duda, y, por fin, señala un libro que está sobre 1a mesa: se titula «Siebzig verweht IV», y es su última obra, el tomo sexto de sus Diarios, aparecido la semana anterior; un grueso volumen de 500 páginas, que abarca los años 1986-1990.
-Pues… si uno permanece productivo, el envejecer es también una serie de cambios de piel. A mí me pasa en este caso lo que a las serpientes; mientras dura el proceso de la muda, que aquí seria la “producción» del libro, la vista se les enturbia a las serpientes. Pero una vez que se han desprendido de la piel, sus ojos se vuelven brillantes y su capacidad visual aumenta de modo extraordinario. En este momento yo me encuentro en esa situación.
Y suelta una de sus breves carcajadas, que serán frecuentes a lo largo de la conversación. Entretanto la mujer de Jünger ha traído café y bombones de chocolate. Es increíble la agilidad con que esta ya no tan joven señora se mueve por el piso de madera, sobre el que se ven numerosas alfombras. Trato de ayudarla, pero lo impide. El escritor, que no se ha servido azúcar en su taza, la toma con rapidez y bebe todo su contenido de un solo trago. Observo cómo va vestido hoy: de punta en blanco. Un impecable traje azul marino, una camisa clara a rayas y una hermosa corbata floreada, con un nudo perfecto. Bien rasurado. El momento del café se presta a hablar de Alemania. ¿Qué les pareció la caída del muro? Los dos responden a coro y enérgicamente que nunca dudaron de que alguna vez ocurriría y que su alegría fue inmensa.
-Yo -dice Jünger- siempre tuve la esperanza de que Alemania volvería a unificarse. Estaba completamente seguro de ello. De lo que ya no estaba tan seguro es de que pudiera vivirlo. Por ello me sorprendió la rotundidad con que el canciller Kohl, que estuvo en esta casa poco antes, me aseguró que el acontecimiento era inminente. La noche del 9 de noviembre de 1989 mi hijo Alexander me llamó desde Berlín y por el teléfono pude escuchar los gritos de júbilo de la muchedumbre. Mis dos nietos estaban tan fuera de sí de alegría que se subieron al muro y. como tantos otros jóvenes, se pusieron a bailar sobre él. Aquella noche nos quedamos ante el televisor hasta bien entrada la madrugada.
-¿Qué sentido le ve a ese acontecimiento?
-Naturalmente, no lo interpreto en el sentido de un despertar nacional, sino como parte de un nuevo encuentro entre el Este y el Oeste, como un deshielo de fronteras dentro de la evolución general hacia el Estado mundial. Deseemos que el mundo se vuelva más pacífico.
La eternidad del placer
-¿Y el futuro?
-Soy optimista. Nos hallamos en la edad de los titanes. Los dioses se han retirado, pero no han muerto, como dijo Nietzsche. Volverán. El Estado mundial, que ya es una realidad en tantas cosas, tendrá también su configuración política. Y espero que haya una gran paz.
-Esa frase de Nietzsche...
-La frase de Nietzsche «Dios ha muerto», como toda su filosofía, es propia de titanes. Vea usted un ejemplo. Nietzsche afirma que «el placer quiere eternidad». Pero en eso se equivoca. El orgasmo, por poner un caso, no quiere eternidad, sino intemporalidad; quiere que el tiempo quede suspendido, que no fluya. La eternidad del placer sólo la quieren los titanes.
-Pero usted inventó la «movilización total». 
Jünger se endereza en su asiento y su respuesta es firme:
-Yo no inventé la movilización total, sino que la descubrí, que es cosa completamente distinta. Ella estaba allí desde hacía tiempo. Y la describí. De esa fórmula mía, como de otras, se hizo por algunos un uso perverso. Pero es una de tantas cosas que tiene que soportar quien dice lo que ve. Entretanto hemos comprobado que países tanto democráticos como totalitarios han decretado en su momento la movilización total. Y siguen haciéndolo.
Un comentario sobre ciertas apariencias externas hace que Jünger se levante. Miro la erguida espalda del escritor que camina hacia su estudio y veo por encima de sus hombros, alineada sobre una estantería, su famosa colección de relojes de arena antiguos. ¿Los usará para sus lecturas y meditaciones? Regresa con una foto, que me regala y firma: «Ernst Jünger. 1920».
-Así era yo entonces.
El mismo de ahora. Sólo la cabellera se le ha vuelto completamente blanca. Y, naturalmente, el terso rostro de entonces se ha llenado de las arrugas del placer y del dolor. Le digo que dentro de unos días se publicará en España el tomo tercero de sus Diarios y que en mayo aparecerá la traducción de su tratado «Sobre el dolor». Estas cosas le llenan de alegría. Me pregunta con mucho interés por las críticas que tuvo en España su libro «La tijera». Jünger no es un hombre insensible, ni mucho menos. Las críticas fundadas las agradece, aunque pocas veces responde. En cambio las insidias, las calumnias, el odio lo irritan y provocan indignación en él.
-¿Por qué es usted un «hombre discutido»?
-Es un título que me cae bien. Siempre he tenido enemigos, incluso «perseguidores de oficio», por así decirlo. El que yo sea discutido no se debe a las cuestiones políticas, sino, a mi parecer, a mi relación con la muerte.
Se produce en medio de la conversación uno de esos silencios profundos, tan normales en las conversaciones alemanas, pero que a veces sorprenden a los meridionales no acostumbrados a ellos.
La señora Jünger nos sirve una segunda taza de café y el escritor vuelve a beber la suya con la misma presteza que antes. Al ser retirado el servicio de la mesa, vienen a ella los libros. La habitación en que nos encontramos tiene cubiertas todas las paredes de estanterías repletas de libros. Es su biblioteca más personal, la de uso más frecuente, situada junto a su cuarto de trabajo. Sobre la repisa de una de las dos ventanas de la habitación, numerosas fotografías de familiares y amigos. Pero toda la casa es una inmensa biblioteca. El Estado alemán, me explican, acaba de adquirir la totalidad del legado artístico-1iterario de Jünger. Todos sus manuscritos, miles de libros: casi cien mil cartas, también las obras de arte. Cuando el escritor falte, toda esta riqueza será trasladada al Archivo de la Literatura Alemana situado en Marbach am Neckar. La señora Jünger, que fue antes archivera en Marbach, aclara:
-Allí estarán todos juntos, de modo muy parecido a como ahora se encuentran aquí, en un edificio propio.
(Con dolor pienso en lo que ocurre en España con los legados de los grandes escritores.)
¿Vida sin literatura?
Pregunto al escritor por su relación con la lectura:
-No podría existir sin ella. Vivo en los libros casi más que en la realidad. Si no tengo algo mejor a mano, leo lo que encuentre, aunque no me guste. Tiene que haber en la lectura algo más que la mera incorporación de contenidos. En la antigua China la destrucción de un papel escrito se consideraba un-sacrilegio. En todo caso, aparte de las lecturas que realizo aquí en el cuarto de trabajo y en la biblioteca, no consigo dormirme sin haber leído antes un par de horas.
Pequeñas noticias de la vida cotidiana, recogidas al vuelo en el transcurso de la charla. ¿Lee Jünger periódicos? Sí, uno al día, pero me aclara: «En diagonal». ¿Sigue haciendo sus diarias caminatas por los bosques? Sí, de ellas vuelve reconfortado. Explica que ahora suele hacer «der kleine waldgang» (me sobresalto, pues esa expresión puede traducirse por «la pequeña emboscadura»), y me describe con detalle el itinerario: se sube por la pequeña cuesta del cementerio... En cuanto mejore un poco el tiempo empezará a cavar el jardín y a plantar en él legumbres y flores. ¿Sus dos tortugas, Theodolinde y Gigas? Están abajo. Pero no puede enseñármelas, porque aún no han despertado del letargo invernal. Seguramente lo harán pronto. Y a propósito de ellas vuelve a hablarme de los «fieles vecinos». Son unas tortugas muy amantes de la libertad y a veces se escapan, Pero siempre son traídas por los vecinos que las encuentran. Y hace un gesto muy expresivo con las manos, imitando la forma como los vecinos le presentan en la puerta las perdidas tortugas ¿Sigue bañándose a diario con agua fría? Sí. «Es que, si no, no consigo despertarme». ¿Fuma? Sí, uno o dos cigarrillos al día, pero siempre en el jardín; y si lo hace en la casa, con la ventana abierta. Se siente melancólico cuando se despierta por la mañana, pues duda mucho de que el día llegue a ser tan bello como la noche con sus sueños.
Es un poco remiso a concretar cuáles son sus lecturas habituales. Pero basta mirar los libros que tiene a mano, junto a su mesa de trabajo, para imaginarlas: Goethe, Dostoievski, Joseph Conrad, Nietzsche, las obras completas de León Bloy, los muchos tomos de las «Memorias» del duque de Saint-Simon, el cronista de la corte de Luis XIII, una preciosa edición de «Las mil y una noches», Heródoto, Plutarco, Casanova, La Biblia.
-¿Sigue leyendo a diario la Biblia?
-No, diariamente no. De vez en cuando.
Me atrevo a hacerle una pregunta tal vez impertinente.
-¿Qué le parece el Papa actual?
Reprime una sonrisa, duda:
-Creo que siempre es bueno que haya alguien que a ciertas cosas «diga no».
-¿Pero no es demasiado conservador?
-Bueno, al fin y al cabo yo también «me conservo». Así es que en ese sentido también yo soy un conservador...
El arte y la divinidad
Volviendo a las lecturas: los autores predilectos de Jünger son los memorialistas e historiadores de viejo estilo y también los grandes escritores de cartas.
-¿Cuál es, según usted, la misión del arte?
-Yo pienso que son dos: acercarnos a la divinidad y desterrar el miedo a la muerte.
Nuevamente se produce un silencio como el de antes. Desde las ventanas del estudio del escritor se divisan al otro lado de la calle los dos bellísimos y centenarios tilos que flanquean el portal de entrada al castillo de los Stauffenberg. Aparecen con frecuencia en los diarios de Jünger, sobre todo en los apuntes de primavera, cuando los árboles están llenos de pájaros que vuelan hasta sus ventanas cruzando la calle, y en los apuntes de otoño, cuando pierden sus hojas. El pintor René Magritte, que nunca llegó a ver esos tilos, dibujó exactamente uno de ellos. En junio de 1956 Magritte le escribía en una carta a Jünger: «Aquí en Bruselas están cortando los árboles de los paseos y de las avenidas y derribando muchas casas antiguas, que son sustituidas por construcciones horribles. Creo que el 'progreso' no ha llegado todavía a Wilflingen para "mejorarlo". ¡Qué suerte tiene usted!»
El tiempo va pasando agradablemente, sin dolor. Son muchos los sueños soñados, son miles las páginas escritas entre estas paredes; sin duda hay mucho «espíritu» remansado en esta casa, que Jünger habita desde hace 45 años. Tengo en la mano la foto que antes me regaló y como en ella aparece con la orden «Pour le Mérite- le pido que me la enseñe. Le fue concedida en 1918 por el último emperador alemán, pese a la oposición de Hindenburg. Jünger se levanta rápido como siempre, va al despacho y vuelve al instante con la condecoración. Coloca el estuche sobre la mesa, lo abre y me la muestra. Jünger es actualmente el único caballero vivo de esa Orden, fundada por Federico el Grande. La Orden es prusiana, no alemana. Prusia ya no existe, pero aún pervive en el último caballero de la Orden. Cuando él desaparezca, Prusia se habrá extinguido definitivamente.
-En su «Historia de la literatura alemana» afirma Klaus Günther Just que «Calle de dirección única» (1927), de W. Benjamín, «El corazón aventurero» (1928), de E. Jünger, y «Huellas» (1930), de E. Bloch, fueron las tres obras en prosa más importantes publicadas durante la República de Weimar. Y que convergen tanto en su forma (el fragmentismo) como en su contenido (la orientación al futuro).
Jünger calla, no hace comentarios.
Una bella muerte
-Antes habló de su relación con la muerte. ¿Cómo se muere ahora?
-Antiguamente el campesino, cuando le llegaba su hora, se metía en la cama, tomaba la Biblia, leía un poco en ella y expiraba. Hoy el morir ya no resulta tan barato, sino carísimo. Se pagan cantidades enormes por tener una mala muerte en los hospitales. No es que la gente tenga hoy más enfermedades, sino que se ha vuelto más miedosa. Morir con un libro en las manos es una bella muerte.
-¿Y si hiciera falta una ayuda para los dolores de la agonía?
-El empleo de la morfina me parece problemático; podría ser un obstáculo para la caminata por los aposentos sagrados del acercamiento durante el tránsito. Si fuera necesario, me parece mejor el opio. Huxley ensayó el LSD.
Ha llegado el momento de hacer la pregunta, pero no sé si atreverme. Casi tartamudeando, digo:
-¿Y después?
Largo silencio de Jünger.
-En mi libro «La tijera» he dicho ya lo suficiente sobre ello. Voy a contarle una curiosidad. Eurídice (Euridice es una niña con la que el escritor se cartea) me escribió hace algún tiempo desde Siena que, según ella, permaneceremos muertos la misma cantidad de tiempo que hayamos vivido. Un niño que muriese al nacer, volvería inmediatamente a la vida. Un niño de cinco años, a los cinco años. En cuanto a mí, me decía que sería castigado por haber vivido tanto, pero que regresaría en forma de flor o de mariposa.
Me cuenta que en el buen tiempo, con sol, le gusta lanzar pompas de jabón sobre el jardín, con un pequeño aparatito, como el que usan los niños.
-Son realmente el símbolo de la fugacidad. Pero son tan hermosas...
De la esperanza y el miedo
Jünger acaricia con los ojos la portada de la traducción española de «La tijera». Figura en ella un fragmento de «El jardín de las delicias», el tríptico de El Bosco que se halla en El Prado.
-Ese cuadro aún no lo ha visto usted. ¿Irá a contemplarlo alguna vez?
Los ojos del escritor chispean.
Salen a relucir, como era inevitable, los nazis. Jünger arremete contra ellos y se mofa de la increíble vanidad de Goebbels. Con inmensa gracia y entre carcajadas cuenta con una anécdota cómico-picante de la vida galante de aquel ministro de propaganda.
Ha llegado el momento de la despedida. Le pido que me escriba en un libro una máxima para la vida. Se pone serio, medita y por fin, decidido, toma su estilográfica de tinta azul y estampa en el volumen recién publicado de sus Diarios estas palabras: «Auf alie Fälle führt die Hoffnung weiter als die Furtcht» («En todos los casos la esperanza lleva más lejos que el miedo»). Me entrega el libro con gravedad, pero con una sonrisa. En ese momento siento una extraña tensión en mí y también, creo, en el propio Jünger. Aún queda una palabra por decir, una palabra sencilla, pero que yo no encuentro. Jünger se me adelanta, toma otro libro, la traducción castellana de «Radiaciones II», y escribe: «Mit herzlichem Dank. Für A. S. P.» («Con mi cordial agradecimiento. Para A. S. P.») Cuando me entrega el volumen, la tensión ha desaparecido.
Para el próximo día 29, fecha de su cumpleaños, Jünger ha organizado una pequeña fiesta en un pueblo cercano, Saulgau. Hace días que me invitó a ella y tiene la esperanza de que acuda. Dice sin miedo:
-Nos vemos, pues, ese día.
-Allí estaré.
Un último apretón de manos. Cuando bato la escalera, me doy cuenta de que Jünger acaba de hacer un primer uso práctico de la máxima que me ha escrito en el libro. He visitado a un hombre libre y que hace libres a los demás.
Andrés SÁNCHEZ PASCUAL
ABC Literario. 23 de marzo de 1995. pp. 16-19.

sábado, 25 de febrero de 2017

"Necedad occidental" de Czeslaw Milosz


Czeslaw Milosz, Erin y Devon Gilbert, Cracovia  2003.
Necedad occidental. Reconozco que he sufrido de este complejo polaco pero como he vivido durante muchos años en Francia y los Estados Unidos a menudo me rechinaban los dientes y tuve que aprender a controlarme.
Es posible realizar una valoración objetiva de este fenómeno, es decir, se puede uno meter en la piel de un hombre occidental y mirar las cosas a través de sus ojos. Entonces comprobamos que lo que llamamos necedad es el resultado de experiencias e intereses diferentes a los nuestros. Inglaterra creyó en 1938 que al entregar Checoslovaquia a los nazis para que la devoraran se garantizaba una paz duradera, y quizás esta ingenuidad fuera incomprensible si no se recuerda al mismo tiempo a los hermanos e hijos muertos en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Lo mismo ocurre con ese monumento que hay en cada ciudad francesa, incluso la más pequeña, con la lista de los caídos entre 1914 y 1918, a menudo la mayoría de la población masculina de la localidad, lo que explica el comportamiento de los franceses durante la Segunda Guerra Mundial y sus vacilaciones a la hora de tomar decisiones políticas. Incluso cuando Europa observaba pasiva las masacres de Bosnia y el fuego de los disparos diarios en Sarajevo, mi poema de protesta provocó en Francia unas cartas furiosas. Me acusaban de exhortar a la guerra y declaraban que ellos no querían morir como sus abuelos.
Sin embargo, la necedad occidental no es un invento nuestro, de los peores europeos, aunque su nombre debería ser diferente: imaginación estrecha. Porque los occidentales hacen que su imaginación sea más estrecha cuando dibujan una línea a través del centro de Europa, cuando dicen que no les interesa ocuparse de esos desconocidos que viven en el Este del continente. Había motivos para Yalta (había que pagar a un aliado), pero mediante este acuerdo se decidió algo más, se determinó qué países eran estériles y carecían de importancia para el desarrollo de Europa. Medio siglo más tarde no fue sólo Europa Occidental la que no hizo nada para prevenir las atrocidades de la guerra y la limpieza étnica en Bosnia. Lo mismo ocurrió con los Estados Unidos durante cuatro años, cuando se encontraban en la cima de su poderío: consideraron los países que formaban Yugoslavia fuera de la zona de sus intereses y no hicieron nada, aunque hubiera bastado amenazar con una intervención militar para salvar a miles de existencias humanas.
La imaginación estrecha se explica si se reconoce que el mundo es un sistema de vasos comunicantes y tampoco sabe salirse de aquello que conoce. Cuando me encontré en los Estados Unidos, recién acabada la guerra, no pude contarle a nadie qué había ocurrido en Polonia en los años 1939-1945. No me creían. Pensaban que, como es natural, la prensa escribe durante las guerras cosas terribles del enemigo, pero cuando los tambores de guerra se acallan todas aquellas brutalidades resultan ser sólo propaganda. ¿El Mal en estado puro? ¿De verdad quiere usted que creamos en la existencia del diablo?
Abecedario. Diccionario de una vida. Czeslaw Milosz, Turner, Madrid, 1997. pp 222-223

viernes, 24 de febrero de 2017

Documentos traspapelados. El poeta y el Partido (Comunista): “Reportaje a Neruda”. Pro Arte, Santiago de Chile, 1952. Entrevista-homenaje a Pablo Neruda. Sobre la estética del realismo socialista y la política de la Unión Soviética.


Pablo Neruda en Moscú con motivo del Premio Mundial de la Paz.
Aleksandr Fadaiev saluda a Delia de Neruda
REPORTAJE A NERUDA
ProArte. Edición Nº 160 — Santiago de Chile, viernes, 28 de noviembre de 1952 — pp. 1 y 6.
A mediados del pasado mes, concertamos este reportaje con Pablo Neruda, en su casa de Isla Negra. Se lo habíamos ofrecido a nuestros lectores, y aunque con bastante tardanza, cumplimos hoy el deseo de éstos y el nuestro al darlo, aunque muy por debajo de nuestros propósitos. No contendrá la observación del repórter acerca del poeta y de su ambiente, pues esta edición ha debido reducirse a las realidades materia les del momento.
En el refugio de Isla Negra, entre su escuadra fantasma de pequeños veleros traídos de todas las tiendas marinas del mundo; entre caracoles, viejos libros náuticos, mapas medievales, cajas de música, figurillas de Oriente, y ante la mirada perenne de María Celeste y Medusa, los mascarones de proa que Pablo y Delia Neruda dejan descollantes, durante sus ausencias, allí nos habló el poeta, como desprendido de ese mareo mágico que le rodea, sobre las cosas terrenales, mirando el mar sin verlo, atento sólo a la comunicación de su verdad: el realismo socialista.
Es nuestro propósito aquí, no interrumpir esa comunicación. Perdónesenos pues, la parquedad del diálogo, en lo que a nosotros respecta.
Para quien conozca a Neruda sus residencias —la del mar y la de la ciudad— son el reflejo de su genio. Hemos conocido otras capas de poetas, y; ¡ay! cómo les desmentían, cómo nos mostraban una materialidad mezquina, tan diferente de lo que ellos exteriorizaban.
Su casa de Isla Negra y todo lo que ella contiene es como un maravilloso cofre gigante, dentro del cual se suele dormir. La de Santiago, en la Avenida Lynch, es un cofre más grande y más repleto aun de cosas y de ideas de las cosas. El escritor británico O. S. Fraser, que en su interesante libro —modestamente titulado "News from South America", editado en Londres— dedica un capítulo a su pasada por Chile, lo hace casi exclusivamente para hablar del poeta y de su gente. Fraser dice allí, refiriéndose a la casa santiaguina del poeta: "Es la única casa de poeta en que yo haya estado, que es como un poema, una expresión completa y original de personalidad". Es en este ambiente donde Neruda nos ha llevado. Y no hay contradicción posible. Un hombre que ama así la vida, no puede sino combatir de modo implacable a las ideas y hombres que viven muertos en vida. Por eso es que este mensaje suyo que hoy entregamos Incluye propósitos, de él y nuestros.
Que quienes mezclan mal las cosas, se desprendan por un instante de su intolerancia para escucharlo.

— ¿Cómo se podría sintetizar la idea del realismo socialista en la literatura y el arte.

—Sobrepasando los cánones antiguos, el realismo socialista muestra la transformación del hombre en el periodo de nacimiento de la nueva sociedad. Es decir, no se reduce a retratar al hombre y al paisaje, sino que contribuye a la formación y a la construcción del porvenir. De esta manera, el arte de nuestra época llega a cumplir un rol fundamental, como una materia tan necesaria como el acero o el ladrillo de las nuevas construcciones. El libro y la pintura deben señalar la proximidad y la fecundidad de la época socialista que viene, y deben mostrar los fundamentos humanos sociales y naturales de la esperanza contemporánea. De esta manera, el escritor se convierte en creador de la historia, asumiendo, por primera vez, un papel directo en la construcción de una época.

— ¿En qué medida crees que tal tendencia ha existido o existe en la literatura?

—En general, tenemos una noble tradición en nuestra América, en especial en la novela. Esta novela tuvo la influencia de Tolstoi y de otros protagonistas de una gran época; pero si contamos estrictamente las inclinaciones de nuestro relato americano, hallamos el naturalismo satisfecho o el realismo pesimista. El naturalismo satisfecho es, en general, la visión de los terratenientes proyectada a los ambientes populares del campo americano. Y el realismo pesimista es la incursión de la burguesía de las ciudades para deformar el alma y el contenido de la literatura.

Novelas extraordinarias como "Huasipungo" o "El señor Presidente", son verdaderos agujeros cavados por la desesperación.
En mis conversaciones con los escritores soviéticos, me contaban ellos cómo en medio de la represión, después de la revolución de 1905 Gorki escribía "La Madre", monumento a la fe en el destino humano. No podemos pensar que las terribles condiciones de nuestro pueblo justifiquen las obras atroces. Es más bien la influencia de las capas retrógradas de la actual sociedad, que pide a los artistas un mundo sombrío y sangriento, para mostrar que el hombre no tiene salida ni solución.
Aparte de esto tenemos la influencia de novelistas como Faulkner, llenos de perversidad, o poetas como Eliot, falso místico reaccionario, que dispone de un cielo particular para la nobleza británica. Y no es por casualidad que estos dos escritores reciben el Premio Nobel, coronación y premio que da una sociedad agonizante a sus propios enterradores.

Si lee uno las revistas de nuestra América, del Uruguay o de Panamá, se ve la preocupación cosmopolita, el deseo de no dejar número sin mencionar al ideólogo nazi Heidegger, o al destructivo Sartre. Este es el reflejo del cosmopolitismo y de la desnacionalización de los actuales dirigentes de nuestra sociedad criolla. La capa superintelectual se aleja de nuestros problemas y de la lucha del pueblo con sus episodios conmovedores y su grandeza. Vemos revistas, como "Sur", de Buenos Aires, que consagran números enteros a espías internacionales y colonialistas, como Lawrence de Arabia, a traidores como Drieu La Rochelle, que se envenenó antes de ser ahorcado en los momentos de la liberación de París, y que ahora abre sus páginas a un joven poeta polaco, que ha cambiado su patria —donde tanto se ha sufrido y se ha construido— por los dólares del Departamento de Estado [Ver nota abajo]. La Revista "Sur" nunca se ha preocupado de Julius Fuchik, el héroe inmortal, que antes de ser asesinado por los nazis, escribió en su calabozo, en papeles de cigarrillos, su grandiosa profesión de fe "Memorias escritas bajo la horca", y que son, a la vez, que un gran libro de todas las épocas, un canto a la esperanza y una confirmación de fe en el destino.

—Sin embargo —decimos a Neruda— no es posible esperar un cambio radical de posición, en escritores y artistas que se han nutrido de un sistema como el que tú denuncias. ¿Qué estímulos propone este realismo?
—No podemos pensar en el cambio repentino, a través de una fórmula repetida de la expresión y del contenido de los actuales artistas y escritores —nos responde el poeta—. Este cambio debe desarrollarse por los propios medios personajes y siguiendo el desarrollo más profundo y más sincero. No sacaríamos nada con catalogar la exterioridad pasajera con nombres progresistas, si no tenemos el cambio mismo de la concepción, producido a través de una lucha personal.

No creo que forzosamente esté ligado a una actividad política este desarrollo; pero sí a un cambio de criterio, a un reavalúo de las distintas partes de la sociedad.

Si durante el período de agonía del feudalismo se hubieran condenado los artistas a continuar los trabajos de tapicería galante o de rondeles para las nobles damas, sin ver el despertar de la burguesía en las ciudades, y consecuentemente el progreso humano, habrían perdido estos artistas su derecho a existir, porque no habrían visto el amanecer de una nueva clase dirigente.
En el momento actual del mundo, las fuerzas de avance, de progreso y de creación, se sitúan en el proletariado. El despertar de estos millones de hombres, la resurrección del mundo colonial, los nuevos públicos increíblemente numerosos, tienen que transformar forzosamente todos los órdenes del arte. Ante este fenómeno, es enteramente fútil discutir sobre arte dirigido o arte libre. Se trata de arte vivo o arte muerto.
Hace sólo algunos meses conversaba yo en Ginebra con el director Ansermet. Él me decía las conclusiones de su nuevo libro, que pronto aparecerá. "La música ha muerto" —me decía—. "La hemos sepultado". Yo le respondí que la música no ha muerto en la Unión Soviética, esto creo que puede ser bien claro para todos, como lo fue para Ansermet. La música atravesó por una crisis, también en la Unión Soviética, tendió a hacerse jeroglífica, atonal, disonante, hermética, difícil y antipopular. Esto venia de la influencia cosmopolita de los maestros europeos, que están matando la música. El Partido Comunista de la URSS que naturalmente, al revés de lo que pasarla con el Partido Liberal o Radical de Chile, se preocupa de toda la vida de su pueblo, y también de la ciencia y de las artes, advirtió el peligro, y señaló la gravedad de la situación. En un país eminentemente musical, en que millones de hombres llenan las salas de concierto y que ahora es difícil conseguir entradas sin tomarlas con anticipación, las salas iban quedando semivacías, el pueblo se apartaba de la música.
Los grandes compositores a quienes he tenido el honor de conocer, como Prokofieff, Schostakovich, Khachaturian, entregan ahora la totalidad de su esfuerzo a una música ligada con la tradi­ción rusa y con el porvenir de la tierra soviética. Prokofieff acaba de recibir un nuevo Premio Stalin por su “Cantata de los Bosques”, que es considerada su obra más importante. Y así, el reconocimiento de una deuda hacia su pueblo y hacia el porvenir, en vez de ser, como se ha dicho, una esterilización de la materia artística, es, pre­cisamente, la puerta de la fecundidad.

* *
— ¿Debe considerarse, en general, que existe un abandono de la línea humanística de los gran­des creadores?

—En la literatura vemos desaparecer ante el público más letrado, nombres que, como los de Tolstoi, Balzac, Hugo, son los nombres titánicos de la creación artística. Estos nombres arrancan de la tradición humanística de siglos, y se unen a los de Dante, Bacon, Cervantes y Shakespeare, Ra­belais y Montaigne, es decir, a una línea directa de adelanto en el conocimiento. La influencia que estos hombres tuvieron sobre una época, en que la burguesía no tenía la continuidad del pensamiento, sirvió a todo el despertar de nuestra lite­ratura americana. Hoy se desea desviar esta línea humanística, y confundir los espíritus con movi­mientos de retraso, como el existencialismo o el abstraccionismo. Estas corrientes, en vez de dar salida a los conflictos humanos, llevan al labe­rinto de la negación o de la inutilidad.
Yo creo en el BIEN, y no creo que el MAL sea el terreno de la fecundidad artística —afirma enfáticamente Neruda—. Yo creo en las ideas des­preciadas por falsas corrientes actuales, que ya terminan su efímera vida, como la verdad y la belleza. Creo que el arte debe contener el bien, la verdad y la belleza. El cultivo del mal, en el sentido byronlano o baudelieriano, es la reacción individual de un artista ante la hostilidad completa de una sociedad. Pero, ¿cómo sentir esta hostilidad en un momento auroral del mundo? Un nuevo mundo está naciendo ante nuestros ojos, la Unión Soviética, transforma la naturaleza con las más vastas concepciones, para alcanzar la pros­peridad y la paz, quinientos millones en la China cambian sus modos de vida retrasados, y se ponen con entusiasmo infinito a cambiar el fondo y la forma de su país. He visto las imprentas más grandes del mundo en antiguos países feudales, como Polonia y Rumania; he visto detenerse el tráfico en las calles de Moscú, por los suscriptores de una nueva edición de las obras completas de Balzac; he visto a los obreros del Báltico pasar sus vacaciones en el Mar Negro en Rumania; en fin, todo nos dice que un concepto más racional, más elevado y más digno de la vida se ha esta­blecido con una firmeza indestructible. Los artis­tas no tienen derecho a cerrar los ojos, y sí, deben abrirlos.
—Quisiéramos —interrumpimos— que nos ha­blaras ahora, de lo que has afirmado, como la ne­cesidad de simplificar los medios de expresión, y que se observa cada vez de manera más notable en tu última poesía.
—Mi propia experiencia literaria, me indica, có­mo se transforma el estilo para adaptarlo a un nuevo público. Hace años, tuve que escribir un poema para leerlo ante ciento veinte mil perso­nas fue en el Brasil, cuando Prestes habló por primera vez al pueblo de Sao Paulo. Este poema, me enseñó mucho. Tenía que contener realismo, romanticismo revolucionario y absoluta simplicidad. Y además debía ser entendido por aquel inmenso número de personas, empleados, profe­sionales, artistas, obreros del puerto de Santos, y campesinos negros de las haciendas del café. Cada verso fue recibido con un alto murmullo por la masa, lo que me indicaba cómo llegaba a una inmensa mayoría de los que allí estaban. Estu­dié dentro de mí lo que no había producido: más tarde escribí “Los muertos en la Plaza”, y más tarde, este desarrollo hacia la simplicidad, me permitió abarcar casi todo el “Canto Gene­ral”. Pero creo que mi próximo libro será aún más sencillo.
Conversamos en seguida con Neruda acerca de la situación mundial, en relación con la paz y la guerra, cuyo diálogo terrible él ha debido escu­char en Europa durante estos dos últimos años. Sus referencias son una acusación sostenida contra la política Internacional oficial de nuestros días. Nos dice, entre otras cosas:
—El Senado norteamericano ha votado hace muy poco tiempo crédito para provocar insurrecciones en los países del socialismo, y para enviar misio­nes de espionaje y de sabotaje a estos países. El Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea de Chile. General Celedón, que regresó no hace mucho, ha declarado en “El Mercurio”:
"Estados Unidos se prepara en forma intensiva para la guerra".
En estas condiciones, es bien difícil, pero no im­posible, mantener o aumentar la amistad entre los pueblos. El fascismo norteamericano impide que salgan de sus fronteras, hombres universalmente amados, como Paul Robeson, o cierran sus puertas al que más gloria ha dado a los Estados Unidos, al gran comediante Carlos Chaplin. Es difícil para todo el mundo entrar a territorio nor­teamericano. Una inquisición, nueva forma de la Gestapo, se ha introducido en el cine, en los pe­riódicos y en las embajadas norteamericanas, los institutos norteamericanos de cultura en cada país, se dedican a la penetración en los medios inte­lectuales y estudiantiles, exportando sus ideas bélicas y sus conceptos brutales de dominación del mundo, encubriéndolos con falsas facilidades a nuestros jóvenes estudiantes. La embajada norte­americana distribuye en los colegios de Chile, pro­paganda contra la Unión Soviética; esta propa­ganda es exactamente la misma de Goebbels. A ningún joven progresista o que tenga en sus fa­milia algún pariente de ideas liberales, se le dis­pensa becas de las fundaciones norteamericanas
— ¿Observaste esa tensión de que habla cons­tantemente la prensa a través de la llamada corti­na de hierro?
—La cortina de hierro es una intención norteamericana para ocultar o disimular sus prepara­tivos de guerra. Ellos quieren impedirnos todo contacto con países nuevos, que han resuelto a su manera problemas que los afligían por edades. En este sentido, el bloqueo de Chile es casi com­pleto. No podemos comerciar ni con la China, ni vender cobre a Polonia, ni recibir libros de casi ninguna parte, mientras “Visión” y el "Reader & Digest", son violentamente descargados sobre nues­tro público para deformar y envenenar nuestra nacionalidad.
Hace poco, en la revista “Time” se publicó una gruesa calumnia en contra mía. No creo necesario desmentir, porque calumnias de este tipo se han hecho contra muchos chilenos, en esa misma re­vista. Citaré los casos del Presidente Aguirre Cerda y del Presidente señor Ibáñez. A esta revista no le gusta desmentir sus calumnias, que forman la parte principal de su texto. Yo recuerdo que en Moscú, habiéndome hecho una revista literaria una entrevista, hice saber que algunos de los concep­tos emitidos por el periodista, como expresados por mí, no estaban en mis declaraciones. Los colegas del periodista aquel, lo citaron y lo en­juiciaron, haciéndolo renunciar a su puesto, por permitirse alterar mis declaraciones. Eso es un ejemplo de moral periodística que la revista "Time” estaría muy lejos de seguir; por el contrario, allí se premiarla al tergiversador
Lo peor es que esta cortina norteamericana inunda el mundo occidental, y aísla cada vez más a los pueblos. Hay que recordar que la más expresión más alta del arte coreográfico soviético, la bailaría Ulanova, con toda su trouppe, fue expulsada de Italia después de dar “Romeo y Julieta”, como nunca más podrán verlo los italianos, y por órde­nes de la embajada norteamericana. Estos son crímenes contra la cultura, y éste es el camino de Hitler.
La última vez que escuche a Ehrenburg, en Berlín, él nos decía:
"Se acaba de formar un comité presidido por un antiguo embajador norteamericano en Moscú, para la liberación de Rusia. En los Estados Unidos se quiere liberar a los rusos de los rusos. Oficial­mente yo puedo asegurar que en la Unión Sovié­tica no permitiríamos ninguna institución que qui­siera liberar a Norteamérica de los norteamericanos”.
La política de guerra de los propietarios del salitre y del cobre de Chile, política de colonización, ha llegado a ofrecer síntomas de locura. No olvidemos que el señor Forrestal, Ministro de Guerra yankee después de proclamar la instalación de bases aéreas en la luna, para bombardear a la URSS, terminó por tirarse de una ventana.
Yo sostengo que es posible la convivencia entre los sistemas y los regímenes diferentes, en nuestro mundo actual, y que sólo es posible la compe­tencia pacifica de ellos. A este respecto, un mi­llonario yanki decía con franqueza a un amigo:
“No temamos a vuestros tanques, sino a vues­tras cacerolas”.
Nosotros no tenemos por qué temer ni a los tanques que aplastaron el nazismo ni a las cace­rolas en que se preparé comida para millones de hombres.
* *
La entrevista con el poeta del Canto General ha seguido un poco el orden desordenado de nues­tras preguntas. De repente se detiene, sonriente, frente al repórter con ademán de reproche, cuando la conversación se prolongaba ya demasiado rato sobre la situación mundial:
—Tú no harás que yo olvide mi gran interés por referirme a nuestra poesía.
—Es que lo de casa queda siempre para el final.
—Mi impresión es que la poesía sigue su curso venturoso en nuestro país. Las publicaciones que llegaban de Chile —a pesar de que no hay ninguna estrictamente literaria—, rara vez las abría sin encontrar un nuevo nombre. Las tendencias de la poesía chilena en los jóvenes poetas, son una franca inspiración hacia la claridad (a la vez, posiblemente, la mayor dificultad también que ven­cer), y una preocupación grande sobre Chile y las cosas del país, hacia lo que llamaríamos con título de almacén: "los frutos del país” Hay tam­bién una creciente tentativa de tomar parta en los problemas del pueblo, y aun cierta precipita­ción en ello. En un país tan extraordinariamente po­lítico como el nuestro, la poesía política es algo natural que no sólo nos viene de los clásicos como Quevedo y Lope, sino de poetas como Pezoa Véliz, Pedro Antonio González y Dublé Urrutia
Lo interesante en esta situación es el desarrollo de cada una de las personalidades poéticas, la maduración de sus cualidades, la misma lucha individual de cada uno de los jóvenes poetas por llegar a expresar el considerable reino que los poetas de este tiempo debemos conquistar, y el lenguaje más directo y más hermoso.
Hay, naturalmente, una cosa establecida: ha terminado el ciclo de la poesía oscurantista, o lo menos estamos en su momento crepuscular. Las tinieblas no tienen nada que ver, ni deben tener nada que ver con nuestra vida. No hay sitio tampoco para la "angustia”, en un mundo en que mayor número de hombres cada vez comparten la lucha, la liberación y la alegría. Las angustias metafísicas son bien pequeñas al lado de la terri­ble condición material de la gente. Sin embargo, si los poetas no pueden, por incapacidad, compar­tir los dolores y las luchas generales de todos los hombres, no tenemos guerra contra ellos. El mismo curso de la vida les irá mostrando el cami­no, si en realidad son poetas, es decir, si son gene­rosos. Habrá siempre el caso de los irreductibles devoradores de papel. Esos se empapelarán por dentro hasta morir sin humildad y sin heroísmo.
— ¿Qué opinión te merecen los artistas chile­nos que encontraste en el extranjero?
—También allí he encontrado ejemplos de la vitalidad juvenil de nuestra patria. Quiero seña­lar especialmente el extraordinario éxito del pin­tor Nemecio Antúnez que acaba de hacer una nueva exposición en Europa, esta vez en Oslo. Es un joven maestro que busca su camino, y que ha adquirido ya los medios de expresión y la orientación de nuestro tiempo. Venturelli ha hecho a China un regalo digno de nuestra patria. La única pintura que adorna el Comité Nacional de la Paz de China en un mural de nuestro gran pintor. Por otra parte, me ha asombrado la obra realista y espléndida da la joven pintora Carmen Cereceda.
— ¿Y Matta?
—Siento a Matta muy inquieto. Las ondas eléc­tricas del tiempo que viene no pueden dejar de llegar a un explorador tan inteligente.
La entrevista ha terminado en Isla Negra, el día 11 de Octubre. Nos es muy fácil recordar la fecha, porque el 11 es la víspera del 12 y el 12 es el llamado Día de la Raza. Pasó la noche con nosotros el arquitecto español Germán Rodríguez-Arias, amigo íntimo de Pablo y, además, el constructor de la encantada casa marina del poeta. Temprano, nos levantamos. Hormiguita y Germán Rodríguez dormían aún. Pablo nos con­dujo a una pequeña elevación del terreno cerca de la casa, donde ese día debía inaugurarse un mástil para la bandera nacional. Pepe, el chofer del station-wagon de Pablo, que acorta las a veces largas esperas en el auto, leyendo el “Canto Ge­neral", como si fuera un breviario, portaba solem­nemente la insignia chilena, mientras Pablo lle­vaba las “provisiones'’ para la ocasión: un cen­tenar de cohetes, petardos y otros detonantes
Se izó la bandera en lo alto del mástil, y enton­ces se celebró el Día del Descubrimiento con una salva interminable de petardos, que despertó a toda la pequeña colonia de Isla Negra.
Pero nuestro amigo Rodríguez-Arias no habla aún despertado. Entonces Neruda le espetó el siguiente discurso, con una voz que el otro pudo haberla escuchado aún dormido:
"El haber nacido en la península ibérica es una gran responsabilidad. ¡Tendrás que pagarlo!”.
Y desencadenó sobre su amigo tal estrépito de petardos, que ésta hubo de saltar al campo para unirse a tan sonoras celebraciones.
Así es Pablo Neruda inflexible contra la mentira compartida, combatiente ardoroso por los derechos humanos, y al mismo tiempo alegre y juguetón como un muchachito, cuando el humor le corre como una comezón por las arrugas de la risa
***
—Creemos que tus juicios de este reportaje co­rrerán de boca en boca —le decimos—. Habrá pros y contras, como debe ser cuando como ahora, la comprensión entre hombre y hombre se ve en­trabada por los prejuicios y las intolerancias.
—Sí, así debe ser —nos dice, despidiéndose con la mano sobre nuestro hombro—. Que siga esta conversación a través de "Pro Arte”, con todos los que se interesen por ella. Que me pregunten lo que quieran. Tengo un gran deseo de que hable­mos libremente de estas cosas.

Y aquí dejó Neruda iniciada esta conversación. Nuestras columnas están desde hoy esperando el debate.



[Nota del editor] Pablo Neruda hace aquí referencia al poeta polaco Czeslaw Milosz que, en 1951, pidió asilo en París tras servir como agregado cultural en las embajadas de la “Polonia soviética” de Estados Unidos y de Francia entre 1946 y ese mismo año. Milosz es el autor, entre otros libros, de La mente cautiva y Otra Europa, en donde hace referencia no sólo a su huida “del Este” y al clima totalitario que imperaba en Polonia durante esos años, sino a la relación que Milosz mantenía con Neruda (había traducido al polaco varios poemas del autor chileno) y al gran disgusto con que acogió estas declaraciones. Czeslaw Milosz vivió (él, su mujer y sus dos hijos) hasta una década más tarde, cuando fue contratado como profesor de Literatura Polaca en Berkeley (California) de 1961, de los magros ingresos que supusieron sus colaboraciones periódicas con la prensa polaca del exilio, sus traducciones y los ingresos que obtenía de unos libros que eran sistemáticamente boicoteados por la intelectualidad filo-comunista francesa.

Eugenio Trías sobre "El libro rojo" de Carl Gustav Jung


La aventura de Jung
Sorprendente e inclasificable, así es el «Libro Rojo» de Jung. Una obra que había permanecido inédita hasta ahora y cuyos secretos y misterios desvela Eugenio Trías
1. Es imprescindible que hable en nombre propio, en forma de memoria intelectual, o como fragmento de mi biografía filosófica. No deseo que se me sitúe nunca en la tesitura de elegir entre esos dos grandes fundadores del movimiento psicoanalítico moderno, el judío vienés Sigmund Freud y el suizo Carl Gustav Jung.
Del primero estoy siempre en deuda en razón del quinquenio intensivo en que viví una de las mejores experiencias de mi vida, la prosecución de esa aventura en forma de quéte que constituye la terapia psicoanalítica cuando es llevada a cabo con la convicción del tarkovskyano stalker (el acechador) en la trayectoria que conduce al esclarecimiento de la fuente de nuestros deseos (en la Zona), esos que se escriben en sueños y pesadillas, y cuya evidente latencia sexual está atestiguada por tantas experiencias histéricas, neuróticas o psicóticas.
Pero desde finales de los años ochenta me embarqué en otra importante aventura: el remonte, rio arriba, hasta las fuentes manantiales en que se abreva toda experiencia de lo sagrado. Con el deseo de esclarecer mis propias raíces religiosas, reconocidas como claves de mi propia tradición cultural, inicié un proceso de autocognición que cristalizó en mi libro más ambicioso, La edad del espíritu, en donde, en la forma de una historicidad sui géneris, ordené culturas y áreas religiosas en un sistema de siete categorías en tomo al gran núcleo de todas ellas, detectado por Rudolf Otto, en la línea de inspiración de Jung y el Circulo de Eranos, con el concepto de lo sagrado, das Heilige.
Mi deuda con el psicoanalista suizo es, desde entonces, extraordinaria. Fue a su brillante inspiración y a todas las grandes figuras que crecieron alrededor suyo a quienes debo muchos de los motivos inspiradores de esa indagación mía en el terreno de la filosofía de la religión.

2. La aventura de Jung es extraordinaria: su acercamiento al psicoanálisis freudiano, la dolorosa ruptura posterior, la complejidad del pleito en juego (energía psíquica, libido sexual; imaginación activa, eros creador).
Hoy quizás estamos en disposición de consumar un evento cultural inevitable, que tendría el carácter de una verdadera híerogamía. Me refiero a la reconciliación, vital para nuestra cultura, entre la erótica que invade sueños y vida cotidiana según Freud, bajo la supervisión trágica del Principio de Muerte; y la arquetípica impregnada de dynamis psíquica, desplegada en símbolos, que tiene en la imaginación activa y creadora, según Jung, su principal impulsor.
Jamás sería capaz de elegir entre uno y otro polo de atracción gravitatoria: los quiero a los dos: no puedo prescindir de ninguna de ambas tradiciones; ni de Otto Rank, Ferenczi, Emest Jones, Melanie Klein, Jacques Lacan: pero tampoco de los seguidores de Jung, que incidió en las ciencias de la literatura (Albert Begun), el Islam espiritual, con lbn Arabi y su «imaginación creadora» (Henry Corbin), el yoga, el chamanismo, la alquimia y sus tradiciones en la herrería (Mircea Eliade).
3. La aparición de esta importante publicación editada por Bernardo Nante en Siruela nos permite al fin acceder al núcleo sagrado de Jung y del movimiento que gestó. En este célebre Libro Rojo, al fin editado con el permiso de sus herederos, puede descubrirse el sustrato visionario de las epifanías oníricas que el propio Jung experimentó y pudo transcribir en imágenes de evocación medieval, en una escritura de códice antiguo que esta edición reproduce.
El argumento es iniciático, onírico, imposible de racionalizar. Habla desde el fondo de oscuridad en el que. cual perla extraviada, se esconde, como en el gran poema gnóstico, la luz que puede orientar(nos) hacia el encuentro y conocimiento del Sí mismo, o bien extraviar(nos) en esa quéte en los laberintos de la locura como le sucedió a Nietzsche.
Siempre hay, pues, una noche del alma y del sentido, una suspensión vacilante, un avanzar hacia la oscuridad, el célebre Oh Dark. Dark, dark del descensus ad inpheros de T. S. Eliot en Cuatro cuartetos, tomando como escenografía poética el underground londinense.
San Juan de la Cruz, el Maestro Eckhart. la gran mística oriental y occidental: todo fue visitado por este renovador de la espiritualidad que quiso dar base «científica)» a sus investigaciones, avaladas por la práctica psicoanalitica y por sus propias experiencias visionarias, que esta publicación explora de manera muy competente, bajo la firme batuta de Bernardo Nante, un gran conocedor de la aventura jungiana.
El gran mérito de Jung estriba en el sentido comprometido de su indagación. No se limita a teorizar; propone una buena praxis que contrarreste el nihilismo imperfecto diagnosticado por Nietzsche, hoy preponderante, y el cristianismo desangelado de nuestra cultura, o el mediocre agnosticismo o ateísmo que padecemos.
No se trata de creer en Dios; no fue eso lo que en verdad propuso Cristo, héroe sacrificial arquetípico, en la línea de los héroes solares descuartizados de manera ritual: Serapis, Osiris, Mitra, Acteón; o Enoch en la tradición profética de Israel.
Ese itinerario del héroe, que debe morir para poder resucitar, que es descuartizado (como Orfeo) para ser restituido bajo el manto protector del Sol (Apolo), invita a algo más fértil que creer en Dios. Lo que Cristo propone a sus seguidores, recuerda Jung, no es creer en dios sino ser Dios: deificarse.
Jung sugiere una reconciliación del Bien y del Mal. frente al inflexible dualismo gnóstico, que a su modo, con gran fuerza ética y moral, renueva Freud: Eros en combate a muerte con el Principio de Muerte. Ambos tienen razón. Debe asumirse el lado oscuro de cada cual; solo así cabe individualizarse, ser persona, premisa para llegar a ser Dios. Hay que reconciliarse con la propia sombra. Pero el compromiso de combate contra el mal es irrenunciable.
La condición mortal nos determina. Su asunción permite una vida reconciliada, integrada. Tal fue el propósito de Jung: haber vivido la más extraordinaria de las aventuras, la que corresponde a una divinización individualizada en cada persona. Pues no se trata de creer sino de ser. Y no hay Ángel en el cielo -recuerda Swedenborg en la gran novela de Honoré Balzac Serafita- que no haya sido hombre aquí en la Tierra.
4. Esta edición se halla guiada con mano maestra por Bernardo Nante: nos introduce en la evolución del pensamiento de Jung, hasta alcanzar en sus estudios de la alquimia medieval el equilibrio entre las dos tradiciones en tensión que tientan a su pensamiento: la herencia gnóstica de los primeros tiempos del cristianismo y la tradición mercurial del Corpus Hermeticum.
La grandeza del paradigma alquímico consiste en su asunción de la materia. Es en ese sustrato materno y matricial donde podemos descubrir, con el oro destilado, la piedra filosofal. La alquimia se sustenta en la herrería, en una aceptación de la vida que poseen las piedras y los metales. Se trata de que nazca el Niño áureo y solar del mismo fondo oscuro matricial.
Una concepción que se renueva en la filosofía romántica, especialmente en Schelling. Fue mérito de Jung y de sus seguidores rescatar del marco confesional el sustrato religioso sagrado, descubriendo en él una raíz de nuestra espiritualidad que jamás puede perderse, y que es inmune a la secularización. O mejor: que exige esta para su propia preservación.
Eugenio Trías
ABC Cultural. 7 de enero de 2012. pp 20-21.

"Larrea y los Baader-Meinhof" por Blanca Riestra


CORRÍA 1966, cuando el autor más secreto de la generación del 27, Juan Larrea, recibió una carta de una tal Gudrun Esslin. El poeta tenía ya setenta y un años y había perdido, mucho tiempo ha, la esperanza de publicar aquel conjunto de poemas, escritos entre París y Madrid en la década de los treinta, que para muchos sigue siendo la única muestra de verdadero surrealismo español.

Y entonces ocurrió el milagro: Esslin irrumpe en la calma del invierno argentino para proponer a Larrea la publicación de Versión Celeste en edición trilingüe. Studio Neu Literatur habla editado ya, en 1964, la obra creacionista de Gerardo Diego le anuncia y tiene asimismo intenciones de llevar a la imprenta otros textos do la lejana vanguardia española de entreguerras. Larrea, halagado, accede. Siguen un breve cruce de cartas y el envío de los manuscritos ordenados: la edición aparecerá el año siguiente.

Y de pronto, nada más. Silencio. Gudrun Esslin y el presunto traductor, Vesper Triangel, desaparecen. Por entonces, Vittorio Bodini entra en escena con otra propuesta en el mismo sentido y Larrea los olvida. En 1966, Versión Celeste verá la luz en Milán de la mano de Einaudi. El eje Bertín-Milán parece funcionar y, en 1969, los poemas de Larrea llegan a España, treinta años después, publicados por Seix Barral, con traducciones de Luis Felipe Vivanco, Gerardo Diego y Carlos Barral.
Pero ¿qué ha sido del Studio Neu Literatur? Nadie lo sabe. El episodio Esslin dormita en la sombra. Hasta que, en 1974, ojeando la revista Ufe, Larrea descubre a una rubia Gudrun Esslin -34 años, de profesión docente- entre la nómina de los terroristas más sangrientos del momento: el Grupo Baader-Meinhof, también conocido como Fracción del Ejército Rojo, que está siendo juzgado en Stuttgart.

En 1975, Esslin, aquella chica rubia, que solía vestir con minifalda y disputaba a Meinhof el amor de Andrea Baader, aparecerá colgada de la ventana de su celda con el cable de un grabador magnetofónico. Andreas Baader. Jean Carl Raspe y Ulrique María Meinhof se hablan suicidado en la cárcel, año y medio antes. («Carne, mi querida dinamita / escucha los instantes que llegan en sus asnos secretos» -escribió Larrea).
Hace más de un mes se inauguró en Berlín, entre grandes polémicas, una exposición, la primera, sobre aquella banda terrorista fatídica, empeñada en combatir «el sistema imperialista alemán» y que dejó tras de sí un reguero de secuestros y de muertes.
ABC Cultural. 12/3 /2005, p. 15

Atentado terrorista de la RAF del 21 de mayo de 1972.

jueves, 23 de febrero de 2017

Juan Perucho sobre la magia



Divagaciones
La magia

LO leí en un periódico y, aunque no me sorprendió demasiado, sí que me llamó la atención la cifra que restallaba en los grandes titulares. La noticia, respaldada por una estadística oficial del C.I.D. de Friedrichshafen, decía que en Alemania existen en la actualidad más de ciento cincuenta mil brujos y que en muchas regiones, concretamente en Luneburg, cerca del lago de Constanza, el sesenta y cinco por ciento de la población cree en los espíritus. Naturalmente, la imagen del brujo ha variado un poco con el tiempo y, según la citada información, estos singulares personajes van ahora correctamente vestidos con trajes de paño inglés y conducen elegantes "Mercedes”. Sus honorarios alcanzan, por término medio, los seiscientos marcos.

También en Italia hay brujos, y son particularmente famosos los de Castelmezzano, pueblo que es como la capital de la magia en las regiones del sur. En Perusa se practica el rito de “Sega vecchia”, cuyo tituló me recuerda, extraña y nebulosamente, una canción de mi niñez. Van y vienen las “macciara”, curando el mal de ojo y, hasta hace poco, porque el pobre se murió de un cáncer, fue reverenciado el mago “Giuseppe”, cuya celebridad le procuraba correspondencia con los emigrados de América. Hay asimismo magos y astrólogos en Francia, la del tradicional espíritu cartesiano, país donde están registradas más de cincuenta mil echadoras de cartas. En los Estados Unidos existen treinta mil astrólogos y veinte revistas dedicadas a esta especialidad oculta, una de las cuales tira quinientos mil ejemplares. Hay magia en España y Portugal, en todo el orbe civilizado, y no hablemos ya de esas comunidades, recientemente despertadas de su largo sueño, cuya mentalidad fue calificada por Lévy-Bruhl, no sé si con razón, de "primitiva".
Por otro lado, nunca como ahora había interesado la magia. Es frecuente, en determinados círculos cultivados, hablar de magia, y ya el surrealismo hace años nos familiarizó con un concepto mágico del arte y de la poesía. Vino entonces una ola de irrealidad y de irracionalidad que desveló poderes ocultos, agazapados en la sombra y en lo más profundo de la sangre. Esto no ha terminado. Hay un gusto muy actual por lo esotérico, lo misterioso y, tanto en la literatura como en el cine y en las artes plásticas, es muy fácil comprobarlo. En Francia, y para un público mayoritario, tres libros, en poco tiempo, han alcanzado un gran éxito editorial: “Le Miroir de la Magie”, de Kurt Seligmann; “Histoire de la Magie”, de Francois Ribadeau, y “Histoire en 1.000 images de la Magie”, de Maurice Bessy. Editoriales especializadas, como “Le terrain vague”, lanzan colecciones y revistas de temas fantásticos y sobrenaturales. En un plano mucho más intelectualizado y digno. “Planète” ha sabido aliar el cientifismo y la magia con gran sugestión y ha inventado un nuevo método de conocimiento: el “realismo fantástico”. “Planète”, sea dicho de paso, es una de las mejores revistas que, sin ayuda alguna de la publicidad, hoy se publican en el mundo.
¿Por qué, en nuestra era de viajes interplanetario, el hombre, a pesar de todo, se siente deslumbrado por la magia? Louis Pauwels, en el libro “Le matin des magíciens”, que escribió con la colaboración de Jacques Bergier, nos lo explica diciendo que magia y ciencia no son hoy tan dispares como parecen a primera vista. “La Física —escribe—, la biología y las matemáticas, en sus posiciones avanzadas, se identifican hoy en día con ciertos postulados del esoterismo, vuelven a encontrarse con ciertas visiones del cosmos y con relaciones de la energía y de la materia propiamente ancestrales. Las ciencias, en la actualidad, dialogan con los antiguos magos, alquimistas, taumaturgos. Una revolución se opera bajo nuestros ojos, y ésta es la boda inesperada de la razón, en la cúspide de sus conquistas, con la intuición espiritual”. En efecto, el racionalismo parece haber pasado de moda y nuestras convicciones científicas, que se forjaron en la escuela y que heredamos del positivismo del siglo XIX, caen por los suelos. Si hojeamos un manual de física moderna veremos que, contrariamente a lo que creíamos y habíamos creído todos, una proposición puede ser a la vez verdadera y falsa y una misma entidad puede ser a la vez continua y discontinua. Alguien, oyendo esto, puede morirse del susto.
Sin embargo, yo creo que si el hombre siente interés por la magia, aunque sea con una sonrisa irónica en los labios, es por una enorme sed de lo sobrenatural, por su pasión por lo desconocido y lo maravilloso. La ciencia moderna es extraordinaria, esta es la verdad, Pero la ciencia produjo, entre otras cosas, la bomba de Hiroshima, devastó grandes ciudades de Europa y laceró los campos empapándolos de sangre. Ha aportado, también, enormes beneficios, es cierto. Pero el hombre se vuelve de espaldas a todo ello y, en su intimidad, sin pensarlo más prefiere maravillarse con la estrella y el pájaro, con el ulular del viento, con el hechizo de unos ojos misteriosos, con el eco de una voz perdida. Nadie se lo podía explicar, y puede que esto sea, en el fondo, algo mágico. Como también es posible que este curioso fenómeno sea conocido por algunos con el antiguo y raro nombre de Poesía.
Juan PERUCHO
La Vanguardia Española 1963, diciembre 07, p. 11