jueves, 23 de febrero de 2017

En la Biblioteca Nacional (entrevista de Juan Manuel de Prada a Luis Alberto de Cuenca en 1997)


Visita nocturna a la Biblioteca Nacional
ENCERRADOS EN EL PARAÍSO
Vista desde lejos, la Biblioteca Nacional parece el templo de una religión dormida, un cementerio donde dormitan los dinosaurios de la letra impresa. Hemos acudido allí, en mitad de la noche, bajo la advocación de San Ramón Gómez de la Serna, que hace más de setenta años tuvo la idea feliz y disparatada de visitar el Museo del Prado a horas también intempestivas, para comprobar si la luz vacilante de un quinqué añadía una nueva percepción al Arte. Al vestíbulo de la Biblioteca Nacional sale a recibimos la estatua de don Marcelino Menéndez Pelayo; al bajarse del pedestal, hemos creído oír cómo se quejaba su esqueleto, demasiado habituado a la vida sedentaria. El propio don Marcelino, legañoso y entorpecido por el reúma, nos ha indicado el camino hasta el despacho de su sucesor, Luis Alberto de Cuenca, a través de una escalinata con balaústres en la que nuestros pasos resuenan con ecos de intriga gótica.

LUIS Alberto de Cuenca nos recibe con una sonrisa de niño zangolotino, como si lo hubiésemos pillado en mitad de una travesura. Tiene una gran cabeza sin aristas, una cabeza de busto romano, como un jarrón precariamente dispuesto sobre la repisita de los hombros, uno quisiera abrir ese jarrón, donde conviven promiscuamente poesía y erudición, y saquear todos los saberes que almacena, desde Homero a Buck Rogers, desde Gilgamés a Roberto Alcázar. Luis Alberto de Cuenca tiene la piel quizá demasiado pálida, como alimentada con rayos de luna, que es la horchata de los espíritus sensibles. Ha tenido una semana ajetreadísima, tras el montaje de la exposición «Tebeos los primeros 100 años», pero aún conserva esa cortesía exhausta de quienes han hecho del sacrificio una forma de naturalidad. Luis Alberto de Cuenca ordena apagar las luces y enciende una vela con candelero, para añadir tenebrismo a la expedición que enseguida vamos a comenzar.
Clasificación por «tallaje»
«Síganme, por favor», nos dice, con ademanes protocolarios. Una cohorte de vigilantes, como espectros de uniforme, exploran a nuestro paso cada rincón o recodo, nos franquean puertas inhóspitas, nos guían por escaleras de chapa que retumban como una torre Eiffel a punto de zozobrar. La llama de la vela deposita en nuestras facciones un resplandor rojizo.
-La Biblioteca Nacional -nos alecciona su director- es una máquina que hay que mantener engrasada y que no te permite demasiadas alegrías personales Mi misión aquí consiste, sobre todo, en un servicio de mantenimiento que garantice la labor del investigador. No de cualquier investigador, desde luego, porque esta es una biblioteca de último recurso a la que sólo debe acudirse cuando las demás han fallado.
Nos hemos detenido en una planta que custodia volúmenes del siglo XVIII, las estanterías se repiten de trecho en trecho, con esa tena-edad que tanto las aproxima a las pesadlas y a los laberintos, y los anaqueles se comban, bajo el peso del polvo y de los siglos. Acude a mi memoria ese poema que Luis Alberto de Cuenca recoge en «Por fuertes y fronteras».
Qué sería de mí vosotros,
tiranos y, a la vez, embajadores
de la imaginación.
verdugos del deseo
y, al mismo tiempo, mensajeros suyos,
libros llenos de cosas deplorables
y de cosas sublimes,
a los que odiar
o por los que morir.

Pensaba yo que los libros se clasificaban por materias, de manera que «Dios» tuviese adjudicada una signatura aparte de, pongo por caso, «la jardinería», de ahí que me sobresalte encontrar, al lado de una «Vida de San Juan Baptista», un «Arte del sombrerero», en el que se prodigan consejos muy provechosos sobre fieltros y otras telas resistentes.
-Históricamente, los libros se han clasificado siempre por su «tallaje», aunque procurando respetar la cronología. Lo primero que hacemos, cuando entran en la biblioteca, es tallarlos, como a los reclutas que ingresan en la “mili”. Colocando juntos los libros de igual medida, se facilita su conservación y almacenaje.
Y al escuchar la voz del director, los anaqueles se ponen firmes, en disposición de revista, y los lomos de los libros se abultan con una respiración contenida, aun a sabiendas de que la cifra me va a marear, pregunto
-¿Y cuántos volúmenes alberga este edifico?
-Unos cuatro millones aproximadamente, contando con cartelera revistas, videos y demás. Cuatro millones a los que habría que sumar los siete que se guardan en un módulo de Alcalá de Henares Al año, ingresan quinientas mil piezas, de las que cincuenta y cinco mil tienen el formato de libro.
-A este paso, pronto habrán invadido los pasitos, las escaleras, los despachos. La Biblioteca será una casa tomada...
-Igualito que en el cuento de Cortázar. Y lo que es peor, los ingresos crecen de manera geométrica, en los últimos veinte años, para que se haga una idea, han entrado más libros que en el resto de la Historia. Hace veinte años, la Biblioteca contaba con dos millones de piezas; hoy esa cifra asciende a once. El edifico do Recoletos se halla al 90 por dentó de ocupación, y el de Alcalá de Henares, al 73. Aunque las reformas que se están desarrollando en este edificio crearán un nuevo espacio para los depósitos, es improrrogable la construcción de un nuevo módulo en Alcalá. Para el año 99, los libros nos desbordarán.
Siento, de repente, un vago horror metafísico, y casi creo escuchar el crecimiento subterráneo y voraz del papel, su invasión lenta pero irreversible, como una marea que todo lo anega
-Si no le ponemos freno, la Biblioteca Nacional se convertirá en un monstruo incontrolable -continúa Luis Alberto de Cuenca, con una voz mitigada por el fatalismo o la resonación- Urge una reforma estricta de la ley do depósito legal que limite el número de publicaciones susceptibles de ser almacenadas y que, al mismo tiempo, cubra el vacía jurídico que ha generado la expansión del fenómeno informático
Los libros nos escuchan desde las estanterías, simétricos y confabulados en el hermetismo. Si algún bibliómano me está leyendo, comprenderá que yo quisiera llevarme algún botín de aquel santuario prohibido. Luis Alberto de Cuenca, quizá intuyendo mis pretensiones, me sobresaltó.
-En esta Biblioteca me siento como el dragón de las viajas mitologías que custodiaba el tesoro Un dragón pacifico al que -espero- nadie tenga planeado aniquilar.
Y la llama de la vela subraya su sonrisa bondadosa. Recordé a Sigfrido, a San Jorge, a Jasón y tantos otros, expertos en trocear y hacer lonchas con los dragoncitos, pero espanté mis pensamientos delictivos.
-¿Y cuáles son sus proyectos más inmediatos?
-En primer lugar, completar la labor de informatización que inició Juan Pablo Fusi, poniendo a disposición del usuario el catálogo completo de la Biblioteca, Con suerte, estará dispuesto en año y medio o dos años. Otra labor importante es la digitalización del fondo antiguo, para la que cuento con indicios muy serios de apoyo privado; cualquier persona desde su casa, podrá tener, a través de su ordenador, no sólo la referencia de nuestros libros, sino que podrá ver a través de la pantalla de su ordenador los textos íntegros. Éste será un proceso lento, pero irreversible: en el próximo sexenio, ya contaremos con algunas parcelas de nuestro fondo digitalizadas. También aspiro a mejorar la conservación de libros y grabados, la organización de las distintas secciones y el aprovechamiento de los espacios.
Hemos dejado atrás los almacenes abarrotados de libros, y nos dirigimos hacia la sala de lectura. De vez en cuando, surge a nuestro paso un ordenador que nos sobresalta con su parpadeo nervioso, como un centinela reacio al sueño.
-Otro aspecto importante de su cargo, sobre todo en su proyección exterior, es la organización de exposiciones, como ésta recién inaugurada que conmemora el centenario del tebeo.
-Sí, sí, por supuesto. La Biblioteca Nacional también es un lugar de cita cultural, aunque no en el grado que lo es un museo, cuya misión es la exposición continua de sus tesoros. El servicio bibliotecario es más individualizado, pero eso no impide que, de vez en cuando, mostremos al público los tesoros que están ocultos. Después de estos «100 años de tebeos» tenemos preparada una exposición sobre el grabado alemán en los siglos XV y XVI, a cargo de Conchita Huidobro (la Nacional tiene una de las mejores colecciones de Durero), y otra que se llamará «Ex Roma Lux», bajo la comisaria de Miguel Ángel Elvira y Marta Carrasco, que mostrará reconstrucciones arquitectónicas de monumentos romanos, según grabados de los siglos XV, XVI y XVII.
La iniciativa privada
-¿Y cómo se financian estas exposiciones? ¿Con cargo al presupuesto?
-Así ha sido tradicionalmente, pero mi empeño actual es poder sufragarlas mediante patrocinadores privados. De hecho, creo que la iniciativa privada debe actuar de puente entre las instituciones y el interés de los ciudadanos
Hemos llegado a la sala general de lectura: los pasos quedan amortiguados por la moqueta, pero nuestras voces -algo recias y desentonadas ya, con los estragos del hambre y la vigilia- rebotan en el techo, como pelotazos disparados al frontón del cielo. La luz de la veta, de repente, se ha hecho inservible: los fluorescentes iluminan los pupitres vacíos, las sillas de escai granate, que parecen acongojadas y mustias sin un culo que las moldee.
-¿Y se ha llevado alguna gran decepción, en los meses que lleva al frente de la Biblioteca?
-¿Decepción? No, qué va. La gran revolución pendiente de la informatización ya fue iniciada por mis predecesores en el cargo, sobre todo por Fusi. Gestionar un organismo público produce decepciones cotidianas, pero no más que las que pueda causar otro trabajo Siempre me ha gustado conducirme por una estética de lo positivo. Es cierto que estoy trabajando como nunca (en realidad, no había trabajado nunca, puesto que la investigación, en mi caso, era un placer, un «hobby»): llego agotado a casa y duermo como un bendito, pero el cansancio también puede resultar gratificante, si se acompasa de unos resultados.
-¿No se le plantean conflictos entre su vocación y su trabajo?
-Qué va, qué va. He descubierto placeres insospechados, como la existencia del fin de semana, que hasta ahora constituía una tragedia para mí, porque no sabía con qué llenarlo. Desde que soy bibliotecario, he redescubierto la familia, y también el gusto por un poema o un artículo bien hechos. Al tipo de escritor que yo represento no le importa alternar estas dos facetas: pienso en Calimaco de Cirene o Apolonio de Rodas, que regían la biblioteca de Alejandría y escribían como los ángeles, o en el caso más cercano de Horace Walpole, un «bon vivat» que supo conciliar literatura, bibliofilia y política. Yo no soy un escritor de dedicación exclusiva: la literatura forma parte de mi vida, no «constituye» mi vida.
Arte colectivo
Luis Alberto de Cuenca introduce una pausa, que emplea frotándose las comisuras de los ojos. La noche lo ha ido dejando algo descompuesto: con el cansancio, la barba le crece más desvergonzadamente y lo camufla de facineroso.
-Hasta ahora era un privilegiado, pues me ganaba el sustento con aquello mismo que me complacía. Ahora puede decirse que desempeño un servicio a la comunidad, algo que siempre he procurado contagiar a mi literatura. Me interesa la literatura con aliento colectivo (la lírica popular, la épica), más que la literatura con nombre y apellidos. En política soy liberal; en literatura, colectivista. Como Borges, creo que sería para lodos un honor firmar nuestras obras con el nombre de Homero.
Ambos hemos adquirido ojeras, y también ese tono de piel macilento que adoptan los muertos prematuros. A nuestras espaldas, un busto de Cervantes ha dejado caer los párpados con un estrépito de persiana metálica.
-Supongo que cuando habla de colectivismo, no estará reivindicando el mensaje ideológico.
-No, no, por favor John Millius, el autor del guión de «Apocalypse Now», desautorizó esta película, porque pensó que Coppola (que era un intelectual) hacía utilizado su guión para hacer un alegato contra algo. Un arte colectivo es el que encama los anhelos y fantasías de un pueblo. Por eso me interesa la literatura de siguen como Arturo Pérez-Reverte, que representa eso que los alemanes llaman «Volkgeist», el espíritu popular. Con el romanticismo, el escritor deja de ser un modelo social, para convertirse en un «revolté», un maldito; pero ya es hora de que el escritor vuelva a enmascararse detrás de un colectivo.
La voz se le remansa en los labios, con una gravedad que no sé si nace del aplomo o de la somnolencia.
La mente y el caos
-La literatura del siglo XXI será una literatura con aspiraciones de ritmo, orden y claridad -prosigue-. Cierto pedagogo escandinavo dijo que lo que no eres capaz de formular con claridad es porque no lo has pensado claramente. Disponemos de una mente para clarificar el mundo, no para añadirle caos a través de un pensamiento oscuro.
Dejamos atrás los ficheros marjales, que muy pronto la informática hará inútiles, como hojas de un otoño que ya pasó. La sala de raros y curiosos, más recoleta y desvencijada que la que acabamos de abandonar, ostenta atriles en los pupitres para sujetar los códices. El usuario de la Biblioteca Nacional tiene algo de minituarista paciente.
-Hablaba usted de una literatura como cifra y metáfora del universo. Bordes decía que se imaginaba el paraíso como una vasta biblioteca.
-Yo más bien dría que como la biblioteca es una representación del mundo, contiene a un mismo tiempo el infierno y el paraíso. Como buen aristotélico, siempre he creído en la fusión de elementos antagónicos. Heráclito decía que «bien y mal son uno», y tenía razón. Ahora bien, esa estética del bien que yo cultivo es lo que me permite subsumir el mal y extraer de él lo que tiene de positivo.
Si el hombre nace predestinado para un oficio, habremos de convenir que Luis Alberto de Cuenca llevaba inscrita en los genes su tarea esencial; es un niño que todavía, a los cuarenta y seis años, disfruta con el juguete recién estrenado de la literatura.- Es un hombre capaz, al hacer recenso de un verano feliz, de entremezclar a Jan Potocki con la fe en el disparate, a William Beckford con la amistad que no muere, a Villamediana con el «bourbon».
Literatura comestible
-¿No te parece a usted que esa distinción que algunos plantean entre literatura y vida es ficticia?
-En mi caso nunca se ha dado esa oposición: yo más bien creo que enriquecemos la vida a través de la literatura. Entiendo la cultura como in principio subsidiario que nos ayuda a soportar las dificultades de la vida Como Fernando Savater, reivindico los libros como camino de acercamiento al placer. La literatura es la Gran Evasión. Detesto a los escritores que distinguen entre arte importante (el típico ladrillo) y poco importante. Para mí la literatura es algo comestible y nutritivo que se hace carne.
Y le recito dos versos de su poema «What you will» dedicado a la mujer amada, que me parece especialmente memorable y ejemplificador de lo que discutimos: «Sabes como la crema, como el azúcar./como un desayuno de Sherlock Holmes».
-Usted, creo yo, entiende la cultura como una forma de júbilo. Pero ahora se nos enseña a verla como una forma de imposición.
-Y eso es un error que me preocupa muchísimo. Habría que crear unos planes de estudio y formar un profesorado que imbuya a los alumnos el entusiasmo que produce acercarse a un libro, o traducir un pasaje del latín. Y, por supuesto, habría que erradicar el concepto de lectura obligatoria, que me parece monstruoso. La cultura es algo así como un atlas en blanco, que uno debe colorear. Los educadores tendrían que enseñar a colorear ese atlas: transmitir unas coordenadas espaciales y temporales que permitan a las nuevas generaciones entender el mundo en el que viven. ¿Qué somos los hombres, cuando ignoramos nuestra propia historia?
A él le ha correspondido, siquiera por unos años, archivar la memoria de los hombres y preservarla de la carcoma, y también de esa otra carcoma más nociva aún, que es el olvido. Cuando concluye nuestro peregrinaje, por los ventanales de la Biblioteca entra de rondón una luna que nos reboza el rostro con su luz y nos lo deja embadurnado de sueño. Como ladrones furtivos, desandamos el camino hasta el vestíbulo, atronado por los ronquidos que profiere la estatua de don Marcelino Menéndez Pelayo, unos ronquidos de piedra que ametrallan el silencio y retumban en la escalinata y conmueven los cimientos del edificio. Cuando salimos al paseo de Recoletos, después de un recorrido sonámbulo y casi irreal, nos sacude una ráfaga de viento que extingue la llama de la vela y nos refresca de llovizna. Luis Alberto de Cuenca no quiere volver la cabeza atrás, para evitarse el espectáculo tumultuoso de los libros que, una vez reconquistada su soledad, descienden de los anaqueles, bajan en tropel hasta los sótanos y organizan allí una asamblea babélica, discutiendo la estrategia que les permitirán derrotar a los hombres y gobernarse por sí mismos. Yo reprimo un escalofrío y me escabullo en la madrugada, sin despedirme.
José Manuel de Padra
SALVESE EN CASO DE INCENDIO
EN los últimos meses, la Biblioteca ha sufrido un par de alarmas de incendio que, a la postre, se han quedado en fuego de borrajas. Una de ellas fue promovida por un vecino que, al contemplar los humos que exhala la calefacción de la Biblioteca, avisó a los bomberos. La otra, causada por una avería en un aparato de aire acondicionado, se manifestó con unas llamitas aparentes, aunque inofensivas, en su fachada. Las llamitas fueron sofocadas por un guardia municipal aguerrido que pasaba por allí. En los mentideros de la Biblioteca se comenta jocosamente que su director guarda una botella de sifón con capacidad suficiente para sofocar un incendio tan concienzudo como el que afligió al monasterio de «El nombre de la rosa», pero esto ya forma parte de la leyenda.
Luis Alberto de Cuenca confía ciegamente en los sistemas de protección contra incendios que aseguran los fondos de la Biblioteca, pero uno no puede resistir la tentación de imaginárselo, cual fray Guillermo de Baskerville redivivo, sorteando el fuego para rescatar algunas de sus piezas favoritas. La selección que propone incluiría los códices de «Lanzarote del Lago» y la «Gran Conquista de Ultramar» (no en vano las lecturas de caballerías le han sorbido el seso), y algunos manuscritos valiosísimos, como el «Libro de los gorriones», de Gustavo Adolfo Bécquer; el «Cántico espiritual con sus comentarios», de San Juan de la Cruz; la «Providencia de Dios», de Quevedo; las «Fábulas», de Iriarte. «El Aleph» de Borges; o «El pañuelo de la dama errante», de Jardiel Poncela, que fue novio o amante de una niñera suya, de la que Luis Alberto de Cuenca guarda gratísimo recuerdo.
«Pero, más allá de su valor intrínseco -añade-, creo que sería capaz de chamuscarme el pellejo por el códice del “Cantar de Mío Cid”, pues creo que en ese poema reside el espíritu de este pueblo». No contento con escuchar de sus labios una selección apresurada, le solicito que me muestre estas joyas de su particular corona, y Luis Alberto de Cuenca, tambaleándose de puro sueño, me conduce hasta las trastiendas del edificio. En una habitación aledaña a la sala de raros, amueblada con la biblioteca de Godoy, ordena disponer sobre un escritorio ese equipaje urgente que se llevara consigo, si la barbarie o el fuego se apropiasen de la memoria de los hombres. Contemplamos en respetuoso silencio la caligrafía minuciosa y desvaída de Bécquer, el trazo casi churrigueresco de Quevedo, el oro y el cinabrio que iluminan las páginas de la «Gran Conquista de Ultramar», la letra escurridiza y como invertebrada de Borges, el manuscrito entreverado de tachaduras de Jardiel: cada vez que una palabra le disgustaba, la tachaba concienzudamente y encerraba en un recuadro de tinta, superstición de la que no podía prescindir para seguir escribiendo.
Me he atrevido a acariciar estas joyas, por fetichismo o sigilosa profanación, y he sentido discurrir por debajo de la piel ese mismo «temblor inútil y hermoso» que Luis Alberto de Cuenca debió de sentir al escribir este responso lleno de fervor a los libros: «No salvan/ a nadie, ni nos quitan atávicas zozobras,/ pero nos comunican un placer que mi perro/ con ser bastante menos desdichado, no siente./ Dos millones de años después, tan sólo eso/ ha valido la pena».
ABC Literario. 24 de enero de 1997. pp 16-19.

martes, 21 de febrero de 2017

"Para qué aprendía Sócrates una aria con la flauta antes de morir" de Victoria Cirlot


Para que aprendía Sócrates un aria con la flauta antes de morir[1]

Al Estudiante de la Rosa de la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona, hace ya muchos años
Es de agradecer que existan todavía iniciativas como ésta: debatir sobre el estado de la Universidad, en un momento en que de aquel viejo pacto entre estudiantes y profesores para formar la comunidad universitaria sólo se conservan débiles huellas, desfigurado a fuerza de mezclas, e inversiones. Se me ha pedido que lo haga desde la tradición y reconozco que es ésta una lente con la que veo bien.
Parece que nos encontramos en un momento de crisis y la primera pregunta que me viene a la cabeza es si ésta tiene que ver con aquélla, la de hace cuarenta años, la del mayo del 68. Elijo como testigo de lo que sucedió entonces a Claude Lévi-Strauss que con su mirada etnográfica recorría la Sorbona para 20 años más tarde sostener: “el mayo del 68 me repugnó. /…/Porque no acepto que se corten árboles para hacer barricadas (los árboles son la vida y se deben respetar), que se transforme en basureros lugares públicos que son el bien y la responsabilidad de todos, que se cubran los edificios universitarios, u otros, de pintadas. Ni que el trabajo intelectual y la gestión de los centros se vean paralizados por la logomaquia.” (Conversaciones con Didier Éribon, De près et de loin, París 1988).

Si Lévi-Strauss tiene razón y lo que ocurrió entonces fue un error, el resultado de una gigantesca confusión sobre la que se dispuso las bases para una nueva realidad, nada puede extrañarnos lo que está ocurriendo, que no es sino el efecto de aquello con ingredientes añadidos que aún lo empeoran más. Pero no voy a seguir por ahí, porque carezco de la competencia necesaria para hacer una disección del estado actual del cuerpo universitario, para trazar la constelación de factores que hacen que sea lo que es ahora y vaya hacia donde va. Sólo puedo hablar desde mi experiencia como profesora de literatura medieval durante veinticinco años, en las relaciones con el alumnado, moldeado por las orientaciones y las modas, ideas y tendencias dirigidas desde el poder político y la sociedad.
Hablaré de lo que a mi modo de ver constituye el vicio capital, agrandado como con una lupa en los últimos años, y contra el que hay que combatir en una psicomaquia sin fin. Diría que el vicio capital consiste en la búsqueda del fin inmediato, de la utilidad concreta, de la aplicación práctica. Como si sólo existiera una pregunta y esa fuera “¿para qué me sirve?”. Dos obsesiones, absolutamente perniciosas, que derivan del “vicio utilitarista”:

1.      La obsesión por la contemporaneidad
Parece como si dentro de esta idea de las cosas, solo aquello que es contemporáneo, "pudiera servir para algo", porque nos "afecta", mientras que todo lo que pertenece al pasado, como ya nada tiene que ver con nosotros, carece de toda utilidad, Esta es una idea que se transparente en los programas escolares actuales y que alcanza a la Universidad. Se trata de un prejuicio completamente antagónico con lo que tradicionalmente se ha entendido que debía ser estudiado, que justamente era el pasado.
Son muchas las razones que pueden aducirse a favor de la absoluta necesidad del estudio del pasado frente al estudio del presente, y entre ellas podríamos aludir al esfuerzo que supone superar las barreras de la alteridad, pues justamente el objeto de estudio tiene que ser aquello que en principio, nada nos afecta ni tiene que ver con nosotros. Espero aclarar esto que en principio se presenta como una paradoja. Lo reservo para el final. Me permito introducir ahora una reflexión de Élemire Zolla acerca de las asignaturas suprimidas en los bachilleratos y en los estudios universitarios: “El mismo y torvo énfasis ha resonado cada vez que se socavaba un aspecto de la inerme cultura antigua; primero, la teología y la lógica, después, la retórica y, por último, la moral han sido expulsadas de las escuelas, se ha renegado de ellas en cuanto materia de aprendizaje. Hace poco se ha echado abajo el bastión que mantenía el edificio a medio derrumbar: el latín. ¿Cuándo les llegará el turno a la filosofía, la literatura y la historia, en aquellos lugares del mundo en que aún sobrevivan?”.
Porque finalmente y claramente en contra de la obsesión por lo contemporáneo, como dice el mismo Zolla “están más vivos los muertos que aquellos por los que circula la sangre de ellos, ilusos que pueden inventar fácilmente lo que es pura reviviscencia y  crear discursos que conmueven con la apariencia de la novedad, en la medida en que está olvidada la voz arcaica que ya los pronunció en la antigüedad"

2.      La obsesión por comprenderlo todo

Ésta es una exigencia cada vez más extendida entre el alumnado. Ellos quieren entenderlo todo. Creo también que no hay nada más ajeno al camino del conocimiento que esa pretensión. Recuerdo al Serenus Zeitblom del Doctor Faustus que justamente cifraba en la incomprensión el principio pedagógico fundamental: “Interrumpo un momento mi narración únicamente para hacer notar que el conferenciante hablaba de cosas, asuntos y valores estéticos que hasta entonces no habían entrado en el ámbito de nuestros conocimientos y que ahora veíamos surgir de modo impreciso en el horizonte, al conjuro siempre de su vacilante palabra. No estábamos en situación de comprobar lo que decía, como no fuera a la luz de sus propias interpretaciones pianísticas, y escuchábamos todas aquellas explicaciones con la oscura y agitada fantasía del niño que presta oído a legendarias historias incomprensibles, mientras su espíritu blandamente impresionable, se siente, como en sueño y por intuición, enriquecido y estimulado.” Para más adelante decir: “Muchos se resistirán a creerlo, pero ésta es la forma más intensa, la forma superior, y quizá la más fructífera, de la enseñanza. La enseñanza anticipativa, pasando por encima de vastas zonas de ignorancia. Mi experiencia pedagógica me dice que éste es el método que la juventud prefiere y, por otra parte, el espacio que deja uno vacío tras de sí, se llena por sí mismo con el tiempo.”
La juventud de entonces, la de la época en que Thomas Mann escribía su novela, nada que ver con la de ahora. La exigencia de comprensión total, no es sino efecto de la terrible práctica utilitarista. Porque naturalmente si no lo entienden todo, no les “va a servir”. Porque la necesidad de encontrar una utilidad está en contra del conocimiento como camino y búsqueda. Y por eso el único camino que se llega a percibir encuentra su fin al final de la clase.
…
Al principio he aludido al mayo del 68. Pero en París diez años después del mayo del 68 todos los profesores del Collège, entre ellos Michel Foucault o Georges Duby, entraban por una puerta y los estudiantes entrábamos por otra. La democratización de la Universidad no supuso una tan radical abolición de las jerarquías como se ha vivido en otros lugares (como por ejemplo, en nuestro país). Cuando hablo de jerarquía, quiero decir simplemente orden y cuando hablo de orden, me refiero a algo tan simple como que cada cual ocupe su lugar.
También aludía al principio al “viejo pacto”, que no era otro sino reconocer que el profesor es el que sabe y el alumno el que aprende. Una consideración puntual: dentro de la actual tendencia de acabar con las clases magistrales para dar paso a los seminarios con lo que se pretende que el alumnado participe de un modo más activo, se puede correr el peligro de intensificar aún más si cabe la disolución jerárquica. Durante años, los profesores hemos asistido al silencio sepulcral del alumnado, ante el que nos hemos desesperado porque no era sino síntoma de desinterés, frustración, o resistencia a aceptar una ignorancia que para nada tenía que ser motivo de vergüenza. Pero su participación en el seminario no puede deslizarse a una inversión tan aguda como la de pretender ocupar el lugar del profesor. Es sólo una cuestión de orden. Porque no se pueden cortar árboles para hacer barricadas, porque no se adquiere conocimiento para aplicarlo en lo que sea a la mañana siguiente. Porque son los profesores los que enseñan y los alumnos los que aprenden. Pero ¿qué es lo que hay que enseñar?
En su libro sobre Qué es la tradición, al que antes ya me he referido, Elémire Zolla cita al filósofo estadounidense Jonathan Edwards, que criticaba “toda moral que se reclamase del interés no ya personal, sino colectivo, o, mejor, humano y humanitario.” Continúa Zolla: “Multiplíquese el yo, si cabe, hasta abarcar una nación o la humanidad entera, que ello no elevará la moral”, y ahora viene lo importante: “sólo la benevolencia hacia el ser, movida por la admiración de su belleza o armonía, es el fundamento de una acción totalmente desinteresada y moral.” Podríamos decir lo mismo para el conocimiento. Al igual que sucede con la moral, sólo la ausencia de utilidad conduce el verdadero conocimiento, el que debe de ser objeto de enseñanza en la Universidad. La gratuidad, que tan bien conocían los místicos expresada en la célebre expresión del ohne warum, el “sin porqué”, hasta Sócrates. Como contaba Italo Calvino en Perché leggere i classici:
“Que nadie piense que leer a los clásicos sirve para algo. La sola razón que se puede aducir es que leer a los clásicos es mejor que no leerlos. Y si alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran (que no es un clásico, al menos por ahora, sino un pensador contemporáneo que se empieza a traducir en Italia): “Mientras se le estaba preparando la cicuta, Sócrates aprendía una aria con la flauta. ‘De qué te sirve?’, le preguntaron. ‘Para saber esta aria antes de morir’”.
Eso es lo primero que tendríamos que explicarles a los estudiantes el primer día de entrada en la Universidad. Que lo que aprendan es sólo para aprenderlo y que sólo hay un por qué: porque es mejor aprenderlo que no aprenderlo.
Victoria Cirlot, profesora de Literatura Medieval y Comparada. UPF

[1] Intervención en el ciclo de debates Liquidación por derribo: leer, escribir y pensar en la Universidad, organizado por La Central en Barcelona durante abril de 2008. Páginas centrales. pp 1-4.

lunes, 20 de febrero de 2017

"El discreto encanto del nihilismo" de Czeslaw Milosz

Primero
PRIMERO, una parte de la aristocracia cultivando la literatura y el arte, elegante, liberada de las supersticiones más bastas. E Iglesias llenas de gente piadosa, del olor de su incienso y de sus oraciones. Llegarían a una mentalidad común. Tardarían ciento cincuenta años.
Opio para el pueblo
La religión, opio para el pueblo. Prometía una recompensa en la vida postrera a quienes padecían dolor, humillación, enfermedad y servidumbre. Y ahora estamos presenciando una transformación. Verdadero opio para el pueblo es creer que no hay nada después de la muerte, el enorme consuelo de pensar que no se nos va a juzgar por nuestras traiciones, codicias, cobardías y asesinatos.
Religión y política
Es comprensible que algunos prefieran la religión a cualquier otra cosa, sobre todo quienes tienen un bagaje nacionalista (Bosnia, Irlanda del Norte). Hay muchas pruebas que demuestran que los hombres se envuelven en objetivos sublimes, en la pureza y en la nobleza de un pretencioso ámbito espiritual para fingirse ignorantes de lo que sus manos hacen.
Religiones
Todas las grandes religiones -cristianismo, budismo, judaísmo, Islam- contemplan que el hombre será juzgado después de morir y muestran visible predilección por la imagen de un enfrentamiento entre el Acusador y el Defensor. A veces hay una balanza en la que sopesar los pecados y las buenas acciones. En el budismo tibetano el juez es el Maestro de la Muerte y para dar su veredicto se ayuda de guijarros: los negros que pone en la balanza el Acusador y los blancos que pone el Defensor. Todas las religiones reconocen que nuestros actos no mueren; en el budismo, esto recibe el nombre de karma.
Después de culminar todo
Considerándose profeta del nihilismo europeo, Nietzsche se refería con orgullo a «nosotros los nihilistas» y definía lo que sería «la forma más evidente de nihilismo». Seria «considerar necesariamente falsa toda creencia y convicción, por la sencilla razón de que no existe un mundo verdadero». Lo consideraba «un pensamiento divino». Para su maestro y profesor Schopenhauer, reservaba el epíteto de «decadente».
Seguramente no le agradaría mucho el uso que se ha dado a sus obras desde que murió. Al fin y al cabo, lo que valoraba era la valentía. Y hoy hace falta mucha valentía para disentir de sus opiniones.
Pobre Schopenhauer
¿Por qué ha de surgir siempre el nombre de este filósofo en cuanto hay que buscarle pedigrí al nihilismo europeo? No se lo merece, siquiera sea por el lugar que su filosofía asignaba a la santidad y al arte.
Hasta donde le influía la religión asiática, la liberación significaba para él deshacerse de la carga del karma. Sólo en la sabiduría de café se identifica el Nirvana con la nada. Según Schopenhauer, no era posible expresar el Nirvana en el lenguaje del Samsara, del mundo ilusorio: implicaba todo lo contrario.
Eje vertical
Arriba y abajo. Es posible extrañarse de la imagen de la Ascensión contenida en el Nuevo Testamento, pero el eje vertical impera por doquier en el mundo no corpóreo. Así, el Hades subterráneo de los griegos y el Sheol de los judíos. En Dante, el Infierno está abajo, el Purgatorio algo más arriba y el Paraíso encima; en el Libro de los Muertos tibetano, el Bardo, estadio intermedio posterior a la muerte, permite ascender a encamaciones mejores o descender a encamaciones inferiores.
Predicción
En su obra Tres diálogos, de 1900, Vladímir Soloviov alude a una secta rusa de adoradores de agujeros. Practicaban un orificio en la pared de una choza y le rezaban: « ¡Oh, santo agujero!»
Una cita (de La huida de Lot, de Aleksander Wat)
«Balzac, Stendhal, generaciones de novelistas que dejaron al descubierto las lamentables bambalinas de las motivaciones y los actos humanos, que sacaron a la luz todas las pruebas de la degradación de la naturaleza humana, hasta lo más profundo de los sueños del hombre» meditaba Lot, el personaje central de la novela de Wat, asustándose. Sentía una innata admiración por todo lo bien ejecutado, lo bien escrito, lo de adecuado calibre. Y sentía un temor aún mayor al darse cuenta de que a nadie le interesaba ya el «qué» sino únicamente el «cómo», de que nos hemos vuelto indiferentes al contenido y no nos hace reaccionar la forma sino tan sólo la técnica, la eficiencia técnica en sí.
ABC Cultural 03/12/1998, Página 6

Entrevista a Álvaro Cunqueiro y a José María Castroviejo sobre la imaginación


«FANTASIA Y EVASION EN LA LITERATURA»
Antonio R. DE LAS HERAS

NOS hemos citado en casa de Álvaro Cunqueiro. José María Castroviejo llega puntual: pocos segundos después llama a la puerta Eligio González, que tiene en su taberna el mejor vino del Ribeiro, viene a traer unas botellas a Cunqueiro: al vernos decide quedarse como oyente. Echamos de menos la presencia de Juan Perucho, pero son muchos los kilómetros que le separan de Vigo. A Castroviejo, en cambio, que vive en Tiran, frente a Vigo, ría por medio, le ha bastado tomar una vez más uno de los vaporcillos que la atraviesan.
Igual que el químico deja caer en la disolución sobresaturada un trozo de sólido cristalino para que precipite, yo he recurrido a un juicio del profesor Torrente Ballester sobre la evasión en el arte, para también “precipitar” la conversación, es decir: centrar exclusivamente sobre este tema las ganas de hablar que observo en mis contertulios. Y así les digo:
—Torrente Ballester en “Teatro español contemporáneo”, escribe: “El arte de evasión está comprometido con la mentira, y por eso es inmoral”.
CUNQUEIRO. —No estoy en absoluto de acuerdo con esa frase de mi querido amigo Torrente Ballester. En primer lugar porque no creo que haya una literatura de evasión. En segundo lugar porque no sé, ni creo que lo sepa nadie, lo que es verdad cuando nos metemos en eso que, desde hace tantos siglos, se viene llamando literatura. El escritor es un hombre que tiene una cierta visión de las cosas; a esa visión algunas veces se le llama realismo, pero resulta que puede haber cuatro realismos a un tiempo, todos ellos referidos a la misma cosa. Por ejemplo, yo tengo aquí...
Y se levanta; va hacia una de las estanterías. Nos trae cuatro libros, los cuatro de viajes por unas zonas muy concretas de Castilla la Vieja, para ver esos pueblos anémicos, que mueren, o ya son sólo el esqueleto: desiertos. Los cuatro autores pretenden dar una visión objetiva, real, del problema de los pueblos que desaparecen al ser arrastrados sus habitantes por la riada de la vida moderna, pero el resultado es que son cuatro testimonios distintos.
CUNQUEIRO—...En mi opinión no hay que hablar de literatura de evasión. Kafka está dentro de lo fantástico—o mejor, afinando un poco más, de lo fantasmático—, sin embargo sus obras se consideran como un testimonio de la posición del hombre de nuestro tiempo dentro de una sociedad técnica, masificada, con el poder abusivo del Estado que entra por puertas y ventanas, y que nos grita “slogans” y nos impone técnicas de educación, etcétera. Cualquier escritor creador que se siente con la pluma en la mano ante una cuartilla, diga lo que diga, dirá siempre la verdad, que puede tener que ver con el trabajo y vida del hombre, pero también puede hablar de sus sueños, de sus esperanzas, de sus frustraciones... Yo puedo escribir de ángeles, porque sueño con ellos, y porque creo en su existencia; y otro escritor puede contarnos la dura vida de un minero. Los dos décimos la verdad: yo la verdad de los ángeles, él la verdad de la vida en la mina.
CASTROVIEJO. —Imaginación no está reñida con realidad, sino que la acompaña fielmente y la ennoblece. Toda gran obra literaria es un poco o un mucho literatura de evasión; aunque refleja la realidad, tiene algo de evasión de esta misma realidad, puesto que si no hubiera este “quid divinum”, esta chispa sagrada de evasión no atraería ni fascinaría a las gentes. Pensemos que el reciente éxito de los dos grandes creadores de la mejor narrativa hispanoamericana, para mí, Alejo Carpentier en su "Siglo de las luces" y García Márquez en “Cíen años de soledad'”, se debe a que en estas dos novelas tocadas por el ala sagrada de la imaginación no se empaña, ni mucho menos, lo que pueda haber de acusación social y política.
— ¿Nuestra actual literatura español «está necesitada de inyecciones de imaginación?
CUNQUEIRO. —Ahora no. Ha habido unos años muy tristes con esa literatura que llamamos social y en donde todas las novelas eran iguales. Yo he hecho la experiencia con mis hijos: coger cuatro o cinco novelas de éstas y empezar con una, continuar, a las pocas páginas, con otra, luego con otra, etcétera, y parecía que era una sola novela, pues todas se desarrollaban en tabernas o cuartuchos inmundos y con el mismo pobre vocabulario. Esto ha pasado ya, pero de lo que si estamos necesitados en España, como en tedas partes, es de literatura en libertad: libre y creadora.
—Se confunde frecuentemente imaginación con originalidad, y es por eso que el escritor se esfuerza en “encontrar” algo nuevo, cuando en realidad lo que tiene que hacer es “encontrarse” a si mismo, descubrir el filón que pueda tener y sacarlo a la luz a través de sus obras. La imaginación, segregada en el interior del artista, es específica e intransferible, por eso es original siempre. Cuando falta la capacidad imaginativa el proceso es inverso: en vez de ser la imaginación lo que dé originalidad a las obras, se busca “a priori” la originalidad—falsa entonces—que encubra la impotencia creadora
CUNQUEIRO. —Este es el peligro, quizá tan grande como el de la literatura social, aunque distinto. La gente se lanza, sin tener la gran parte de las veces ni la menor vocación para ello, a la rebusca de nuevos modos formales de expresión. Todavía hay aquí una buena porción de escritores y lectores interesada por “le neuveau román”, cuando ya en Francia a nadie le interesa este movimiento. También se está pasando aquí una gran temporada de “célinismo", Céline tiene ahora muchos discípulos... y ya se sabe: los discípulos de uno imitan lo peor.
CASTROVIEJO.—Quiero hablar sobre algo que hoy se está olvidando mucho Don Ramón del Valle-Inclán aconsejaba, con aquella sagacísima intuición, que el escritor viviera intensamente, porque la vida es el mejor sendero, pero, ¡ay!, que leyera mucho, sin olvidar a los clásicos, que no tuviera prisa y que trabajara sus libros. Decía también don Ramón que los niños prodigios sólo se producen en las matemáticas y en la música, no en la literatura. Esto creo que es muy conveniente recordarlo ahora, porque estamos hartos de tantos niños prodigios que aparecen por ahí sin saber las reglas gramaticales, pero creyéndose ungidos por un numen especial, que ellos sólo conocen, y que desdeñando toda tradición literaria anterior se laman a escribir. Como éste es un caso que, por desgracia, se reitera con frecuencia, según se comprueba en tantas entrevistas en las que estas personas hacen gala de su genio, no está de más una llamada a la humildad frente a tanta pedantería y tanta estupidez.
Suena en un reloj atrasado seis discretas campanadas. Cunqueiro se acuerda al momento de que tiene mucha prisa... Ya estamos de pie.

ABC Mirador, Madrid, 10 de septiembre de 1970. pp 93 y 95.

domingo, 19 de febrero de 2017

Krzysztof Penderecki: Una entrevista y un artículo de Juan Eduardo Cirlot



Krzysztof Penderecki
"Lo lógico es integrar la electrónica y la clásica"
Lleva seis décadas encorvado sobre los pentagramas, componiendo una obra variada, sincrética y mutante, en la que los impulsos vanguardistas se alían con las formas clásicas. Con 83 años vive un momento de plenitud. Como autor y director. En esa doble condición llega a España para interpretar su Concerto grosso nº1 con la Orquesta Nacional. Antes de visitarnos, charla con El Cultural sobre sus vaivenes creativos, la memoria del holocausto y holocausto y las derivas de Europa.
Krzysztof Penderecki (Debica, 1933) se dio cuenta pronto de que la vanguardia musical le ha­bía conducido directamente a un cul-de-sac. Fue en los años 60. Le ocurrió lo mismo que a otros audaces pioneros que asombra­ron/desconcertaron/indignaron al público con sus extravagantes abstracciones y estridencias: ahí está el ejemplo del estadouni­dense Steve Reich. Constató que perseverar en ciertas pro­baturas hubiera significado to­par contra una pared tan repe­titiva y machaconamente como algunas de las partituras de esta corriente. Así que dio por zanja­dos sus balbuceos experimen­tales y abrazó las fórmulas clá­sicas: la melodía, la armonía, el ritmo... "Fue una época en la que se abusó de los ejercicios teóricos y los resultados fueron, muchas veces, inaccesibles", re­cuerda el compositor polaco. Habla al teléfono desde su casa en Cracovia, antes de empren­der su enésima visita a España, país por el que siente un pro­fundo afecto, reforzado con re­conocimientos tan elevados como el Príncipe de Asturias, que recibió en 2001.

Vendrá para desdoblarse como director y compositor. La Orquesta nacional de España le ha convocado para presentar su Concerto grosso n°. 1 para tres violonchelos y orquesta. Lo hará en tres comparecencias consecuti­vas los días 3, 4 Y 5 de febrero, junto a la obertura de La bella Melusina y la Sinfonía n° 4 de Mendelssohn. Dice que la den­sidad y el volumen orquestal de estas dos partituras no tienen mucho que ver con su pieza, pero que ahí estriba el interés del programa: en detectar (y de­ gustar) los marcados contras­tes. Explica también que la idea original de este concerto, remata­do en el año 2000, era alinear una veintena de chelos. Un pro­pósito megalómano que denota que su veta experimental toda­vía no está plenamente agotada.

Pregunta.- ¿Y por qué redu­jo finalmente el número?

Respuesta.- Comprobé que era imposible escribir una obra transparente con tantos chelos en liza. Y poco a poco concluí que el número idóneo eran tres. Cuatro, cinco o seis ya hubie­ran sido demasiados.

Esta decisión concreta sin­tetiza el giro que le dio a su mú­sica. Aquella rectificación del rumbo le permitió salir del un­derground y abrirse hueco en los grandes auditorios, que siguen incluyéndole en sus temporadas con insólita frecuencia para un compositor contemporáneo. Su abjuración de la vanguardia no la despachó abruptamente. Obe­deció a un proceso de unos años. Pero la obra que más nítida­mente evidencia el punto de in­flexión es La pasión según San Lucas (1963-1966), que tuvo el valor de airear su catolicismo en una Polonia entonces bajo el ma­terialismo comunista. Pende­recki, en lo sucesivo, iría forjan­do un lenguaje propio, en el que concilió el barroco con la van­guardia, a Bach con Boulez.

P.- Usted fue también uno de los compositores pioneros en acercarse a la electrónica, la mú­sica dominante hoy. ¿Qué hue­lla le dejó aquel contacto?

R- Fue fundamental. A fi­nales de los años 50 estuve en Varsovia encerrado en un estu­dio experimentando con la elec­trónica. Fue una experiencia de­ terminante. Sin ella nunca habría podido componer Treno a las víctimas de Hiroshima o Poly­morphia. La electrónica nos abrió a todos los oídos hacia algo totalmente nuevo.

P.- Ahora muchos jóvenes están integrando en su trabajo la clásica y la electrónica.

R- Es lo lógico. Me parece natural. La conexión de la mú­sica popular y la clásica cae por su propio peso.

Penderecki, al componer, siempre arranca por la forma. Es lo primero que concibe en su ca­beza antes de emborronar pen­tagramas. El método lo toma prestado de la botánica, su se­gunda pasión tras la música. Sue­le poner el ejemplo de la finca de 30 hectáreas que compró en Luslawice, en la que él mismo eligió la posición exacta donde plantar las semillas que confor­marían un parque. "Componer es vislumbrar por dónde van a crecer los árboles". Todavía no ha vislumbrado por dónde van crecer las notas en su potencial novena sinfonía, con la que pre­tende cerrar su ciclo en este gé­nero, igualando a su admirado Beethoven. "Primero quiero terminar la Sexta y luego me pondré con la Novena. Tengo tiempo, espero", afirma mien­tras emite una sonrisilla traviesa que parece burlarse del destino.

LA ADMIRACIÓN DE KUBRICK

Muchos directores de cine de terror, incluido Stanley Kubrick en el El resplandor y William Friedkin en El exorcista, han es­ cogido su música para sus ban­das sonoras. No se explica muy bien por qué sentían tanta fas­cinación por su trabajo. "Yo, la verdad, nunca he tenido espe­cial interés en ese tipo de cine, aunque parezca lo contrario. Su­ pongo que encontraron algo nuevo, algo completamente di­ferente a cualquier referencia previa", señala confuso. Pero sí es cierto que muchos acordes de esas piezas rezuman inquietud y angustia, dos sensaciones pin­tiparadas para la filmografía de suspense y de terror.

P.- ¿Es posible que la an­gustia y la inquietud provengan de su visión directa del holo­causto, que ésta permeara de al­guna manera en su escritura?

R- No. Cuando yo compu­se esa música, en los 60, no tenía en mente ni el holocausto ni la guerra. La inspiración venía de otros sitios.

P.- Creo que su casa daba al gueto de Debica, su ciudad na­tal. ¿Cómo le marcó esa cir­cunstancia?

R-Sí, así es. Algunos amigos y compañeros fueron asesinados en él. Debica era una ciudad en la que más de la mitad de la po­blación era judía. Yo vi con mis propios ojos cómo los mataban y cómo los mandaban a los campos de exterminio. Lo recuerdo con mucha nitidez. Todavía me conmociona evocarlo. Nunca lo podré olvidar.

P.- ¿Y cómo se explica que ahora muchos polacos, incluso académicos, sostengan un ne­gacionismo visceral?

R- No lo puedo entender. La tragedia del holocausto es un hecho histórico pero, no sé, siempre ha habido gente estú­pida y, por desgracia, me temo que siempre la habrá.

P.- Imagino que tampoco podrá olvidar que a uno de sus tíos lo mataron los rusos en Katyn y a otro los alemanes. ¿Ha podido superar el resentimien­to por aquella infamia?

R- Fue una guerra y, por tanto, una locura. Millones de personas fueron asesinadas. Me resulta muy difícil hablar de esto. Yo he vivido mucho tiem­po en Alemania, es un país que me ha ayudado mucho a mí per­sonalmente y a mi música. Tam­bién tengo amigos rusos. Creo que no hay ningún resenti­miento dentro de mí después de tantos años. Inmediatamente después de la guerra, intenté dejar a un lado sus espantosos re­cuerdos. Era un trauma dema­siado doloroso que no podía arrastrar. Pero olvidarlo es impo­sible, claro. En obras como Treno a las víctimas de Hiroshima, por ejemplo, acabaron filtrándose.

P.- ¿Cómo ve el repunte del nacionalismo en Europa y con­cretamente en su país, goberna­do por Ley y Justicia?

R- Aquí la derecha le ha to­mado el relevo a la izquierda en el poder. Yo no estoy ni con unos ni con otros. Estoy en el medio. Pero sí creo que el hecho de que este partido esté en el poder es muy negativo para el país. Por ejemplo, por la cultura no está haciendo absolutamente nada. Sólo espero que no lo ostenten mucho tiempo.

Rememorando el pasado traumático de Polonia y anali­zando sus actuales derivas ra­dicales, a Penderecki se le en­sombrece el tono de voz. Se intuye su gesto consternado. Toca cambiar el tercio, orillar la política de la conversación y vol­ver a la música, el combustible de su ilusión provecta. En Ma­drid se subirá al podio tres días seguidos. No es un envite me­nor para un hombre de 83 años. "Me mantengo en buena forma. Es curioso: ahora viajo y dirijo con más frecuencia que cuan­do era más joven. El último año, por ejemplo, he estado dos ve­ces en China. Y la cabeza me sigue respondiendo (ríe)".

P.- ¿Hace algún tipo de ejer­cicio físico?

R- Dirigir, ¿le parece poco? (ríe) Es un deporte bien exi­gente, con el que se trabajan todos los músculos del cuerpo. No hago nada especial por mi salud. Eso sí, no tomo alcohol, con la excepción de alguna co­pita de vino puntual, y tampoco fumo. También contribuye a la longevidad dedicarse a lo que uno ama. Y tener una familia bien avenida como la mía. Ten­go todo lo que necesito.

P.- Acostumbra a levantarse muy temprano. ¿Se pone a com­poner inmediatamente?

R- Sí, a veces incluso antes de desayunar. No perdono un día sin componer, salvo cuan­do viajo, claro.

P.- ¿Cuál es la ventaja de di­rigir su propia música, como hará con la Orquesta nacional?

R- Es un placer volver sobre obras que escribí hace años, como el Concerto grosso. Cada concierto es diferente. Para mí es un desafío armonizar distin­tas personalidades. Aquí con­taré con tres formidables chelis­tas: Adolfo Gutiérrez Arena, Gautier Capuçon y Daniel Mü­ller-Schott, Mi responsabilidad es que suenen como un único instrumento, embarcando tam­bién la orquesta.

PARENTESCO HISPANOPOLACO

P.- En España se encuentra bien, ¿no?

R- (Ríe) Sí, es un país que amo, a su cultura y a su gente. Me siento muy cercano a ella. Creo que los polacos y los es­pañoles somos muy parecidos. Tenemos algo en común. Es algo que no siento junto a alemanes, ingleses, rusos... No tengo una explicación muy fun­damentada pero es así.

P.- Hace unos años anunció que escribiría una ópera a par­tir de Divinas palabras de Va­lle-Inclán. ¿Ha caído en el lim­bo ese proyecto?

R- Tenía muchas ganas de hacerla. Es una obra magnífica. Ahora estoy con un encargo para la Ópera de Viena pero no he ol­vidado Divinas palabras. ¿Quién sabe? Cualquier día de estos me pongo con ella...
ALBERTO OJEDA
EL CULTURAL 27-1-2017 pp. 34-36

 
Krzysztof Penderecki: Concerto Grosso (2000)  

RESURRECCIÓN DE LA MÚSICA
KRZYSZTOF PENDERECKI
DESPUES de la muerte de Arnold Schoenberg (1874-1951) parecía que la trayectoria ortodoxa del arte de los sonidos iba agonizando en la línea de las obras más etéreas de Von Webern (1883 1945), cuya personalidad ya se afirmó en 1909, y de su «consecuencia», la música electrónica concreta, con Pierre Boulez (1925) y Karl Heinz Stockhausen (1928) como representantes más notorios. La música se deslizaba hacia otra estética, otra técnica, otro universo sonoro en el que los ruidos se contraponían victoriosamente a los sonidos o estos se «ablandaban» en una masa informal y fluctuante, que se halla bien representada por el «Canto del adolescente» (1955-1956) de Stockhausen. Se iba imponiendo incluso una nueva forma de escribir la música, una notación dibujística con margen de libertad. Los innúmeros seguidores de esa tendencia se complacían en un esteticismo que sólo raras veces se salvaba de lo decadente.
De pronto surgió la escuela polaca de música contemporánea. Era la resurrección de la música. Junto con la herencia de músicos de Centroeuropa no conocidos aquí, integraban —a veces— el ritmismo de Strawinsky y, en mucha mayor medida, el resultado de las dos principales lecciones de Schoenberg: la serie de los 12 tonos y la «klangfarbenmelodie», el timbrismo. Entre estos músicos se hallan Grazyna Bacewicz (1913), Kazimierz Serocki (1922), Tadeusz Baird (1928), Gyorgy Ligeti y, por encima de todos ellos, como auténtico exponente del vigor de una nueva época, Krzysztof Penderecki (1933), de quien existe ya una discografía relativamente abundante y perfectamente representativa.
Penderecki estudió en su patria con Malawski y Wiechowicz, en Cracovia. En sólo dos años (1958-1960) realizó la absoluta síntesis personal que distingue su arte intensamente caracterizado. En 1959 consiguió a la vez los tres premios ofrecidos por la Asociación de Compositores Polacos. En 1961ganó un premio de la Unesco y adquirió rápida fama mundial.
Su técnica es compleja, pero utiliza la notación tradicional. Integra el «bruitisme» de un Varèse (1885) en la trama polifónica postschoenbergiana, haciendo libre uso de las series de 12 tonos, a veces con espíritu que se acerca al gregoriano. Emplea sistemáticamente el pedal, extrayendo de él sus posibilidades de expresión cósmica que tienen sus dos precedentes esenciales en el preludio del «Oro del Rin» wagneriano (1854) y en el comienzo del «Poema del fuego» (1911) de Alexander Scriabin (1872-1915). Naturalmente, sus pedales (notas largamente prolongadas) son de gran variedad (continuos y discontinuos, simples y complejos) y en su interior se producen radiantes destellos y vivaces percusiones. Un ritmo con frecuencia frenético parece perder su dinamismo y adquirir una suerte de extraña consistencia estática. La disonancia es factor esencial y la utiliza muchas veces en forma de «racimo», es decir, de aglomeración de notas muy próximas (Penderecki emplea cuartos de tonos), lo que produce sonoridades chirriantes y deslumbradoras. El principio de contraste —entre sectores sucesivos de una composición— es integrado en el de similitud, como los ruidos (que obtiene por la adición a la orquesta de todos los elementos imaginables) en el magma sonoro. Los títulos de algunas de sus obras ya aluden tales procedimientos; así «Anaklasis» (1960), o refracción de la luz, y «Fluorescencias» (1962), mientras que otros señalan su obstinación en desvelar los secretos más recónditos del mundo de los sonidos, cual «De Natura Sonoris» (1966).
Tan refinado como vigoroso, capaz de manejar las voces con la maestría que se advierte en «Passio et mors Domini Nostri Jesu Christi secundum Lucam» (1963 -1965), Penderecki crea una música apocalíptica, que nos lleva un futuro insondable; una paradójica música «geológica» que parece petrificar los vientos, los perfumes, las luces. Horizontalidades sucesivas o superpuestas y líneas de movimiento que ondulan entre ellas forman la trama sonora de este arte en el que las «estructuras» substituyen a los temas. La música atemática, más anunciada que realizada por Schoenberg, en Penderecki alcanza plena realidad. Comparada con ella, la más «abstracta» de Von Webern o de Stockhausen resulta todavía expresionista, en el sentido del estilo del primer cuarto del siglo actual. Que el compositor tiene plena conciencia de las posibilidades de su arte como traducción a la sonoridad de ciertas hecatombes o cataclismos desencadenados por el hombre en el tiempo de la Segunda Guerra Mundial lo muestran obras suyas como el «Threno» a las víctimas de Hiroshima (1962) y «Dies Irae» (1967), dedicado a los que murieron en Auschwitz, obra cuyo segundo tiempo se denomina concretamente «Apocalipsis».
Pero este sentido cataclismico frecuentemente, por su misma potencia sobrecogedora y por un extraño fenómeno de inversión, parece poseer una naturaleza fecundante. La abundancia de metamorfosis fónica, de resplandores inauditos, de estridores radiantes crea como una flora de magia. Es la música de un principio (aunque no sepamos de qué), no una música epigonal. Sacudida por vibraciones, habitada por rumores y murmullos, cortada por desplomes terribles es una música limitada —en general— por la reducción o aniquilación temática, pero ilimitada por la irradiación de su fulgor sonoro, que pasa, del carácter instrumental que tenía en la música anterior (incluso en la de Schoenberg y Von Webern) a un valor sustancial. Con la destrucción de lo narrativo —y de lo «figurativo» (que pueden ser asimilados a lo temático) — cabría imaginar que el arte se cerebraliza y el sentimiento desaparece. No sucede así, pero el sentimiento resulta transformado, como integrado en un «pathos» temporal-espacial que sobrepasa la existencia y la personalidad del autor. La elocuencia es sustituida por la presencia de algo sobrecogedor que «se oye» en vez de verse, pero que, en última instancia, nos lleva a los hontanares del espíritu, a la cueva desde donde sopla el viento de las grandes empresas de la creación. La perfecta coherencia del período 1960-1967 (único que conocemos, aparte de obras anteriores, de 1958 -1960) es la obra de un músico de 27-34 años de edad. ¿Qué inmensas posibilidades le están reservadas a Penderecki si vive y progresa como Schoenberg, cuando escriba música después del año 2000?
Juan-Eduardo CIRLOT
de la Academia del Faro de San Cristóbal
LA VANGUARDIA ESPAÑOLA. Viernes 18, septiembre 1970. p 11.