domingo, 20 de octubre de 2019

"Pero, ¿qué fue de Malasaña?" de Eduardo Haro Ibars (Liberación, 30 de octubre de 1984)


Foto de Guillermo Armengol
Madrid es una ciudad que, poco a poco, se ha ido descentralizando; en tiempos de nuestros abuelos, y un poco después -incluso, en mi infancia no tan antigua- «el centro» era aquella zona qué rodeaba a la Puerta del Sol: Callao y sus callecitas, la Gran Vía...; lo demás, eran arrabales; pobres, como las Vistillas, por un lado, o los Arapiles, con sus viejos restos de cementerios, sus «campos de las calaveras»; o ricos, como el barrio de Salamanca, Retiro, etc. Hoy, el gigantismo acelerado de la ciudad, al que han contribuido, por un lado, la especulación de terrenos de la última etapa franquista y, por otro, el continuo fluir de inmigrantes, funcionarios, empleados y oficinistas, ha cambiado las cosas; el madrileño ha perdido algo de su carácter viajero -«ir al centro» desde los Cuatro Caminos era, no hace tantos años, una excursión con tortilla de patatas incluida, y viceversa- y se empieza a hacer más vida de barrios, como en otras ciudades europeas, ya, cada barrio tiene sus cines, sus bares especializados en algún tipo de comistrajo, sus fondas...
Sin embargo, siguen existiendo «centros»; estos se han multiplicado, dividiendo la geografía urbana en diversas zonas autónomas, donde el madrileño -y aquí todo dios es madrileño- va en busca de algo en particular, de algo que su barrio, muchas veces ciudad-dormitorio, sin más, no le ofrece. Y eso pasó, a mediados de los años setenta, con el de Malasaña. Ofrecía una «modernidad» en la forma de vida: música actual, bebidas variadas y prohibidas, personajes divertidos, e incluso alguna de las primeras comunas urbanas que vio esta ciudad, desde la que siempre se ha ido al cielo. Pepe «el Fotos» -así llamado, porque su profesión es la de fotógrafo- fue miembro de una de estas comunas, situada en un edificio antiguo de la calle de la Palma. «Este era un barrio -nos explica- con solera. Antes se había llamado «Barrio de Maravillas», de donde viene el nombre del teatro situado en la calle de Malasaña; Rosa Chacel vivió aquí, y ha hablado de él en muchos de sus libros. Era un barrio con cierta tradición de picaresca: había putas, bares de maricas, golfería en general... el vecindario era, pues, tolerante; los comerciantes, amables, a la antigua. Y había cafeterías-pastelerías, como La Oriental, situada en una esquinita de la plaza del Dos de Mayo, donde podías desayunar de puta madre, con cruasanes a la francesa, auténtico.»
Sí, el barrio de Malasaña, o de Maravillas, fue una de las primeras flores de la libertad recién adquirida con la muerte del dictador Franco. Al amparo de las comunas recién creadas -en la de «el Fotos» había de todo, hasta un físico nuclear- , y auspiciado por el cercano café Comercial, de solera y tradición progresista, y por el bar-discoteca Pentagrama, de la calle de la Palma, esquina a la Corredera, que empezó a poner música de lo más actual, empezaron a aparecer los primeros punkies, que todavía no se llamaban así y buscaban por aquellas calles su identidad aun no definida; se empezaron a encontrar sustancias ilegales, que producían agradable euforia en sus consumidores. Y empezó, claro, el negocio: nuevos bares, tiendas que vieron multiplicada su cifra de negocios; librerías, incluso librerías...
Recuperaba una antigua alegría
Los vecinos de siempre, los que llevaban allí desde que Rosa Chacel era niña, acogieron la nueva corriente de modernidad con agrado: veían que sus negocios aumentaban, y también que el barrio -asfixiado, como tantas otras cosas, por la losa del franquismo- volvía a recuperar su antigua alegría, su secular forma de vida despreocupada y tranquila; nadie quería follón: ni los chicos de zamarra de cuero, con aspecto guerrero, ni los progres de barba y carné antifranquista. En El Café de Ruiz -y en otros de la zona, pero este fue el primero- se abrieron tertulias; la misma plaza del Dos de Mayo, con su chiringuito al aire libre, era un foro abierto, un lugar de cita, de reunión, donde todo el mundo hablaba con todo el mundo, y se discutía -con la cortesía madrileña, acerada y suave- de lo divino y, sobre todo, de lo humano.
Y el punkismo encontró su nombre, y los bares y discotecas comenzaron a difundir lo nuevo, no sólo en forma de música, sino de vestuario, de lenguaje, de ideas... El vecindario, siguió aceptando: las asociaciones de vecinos estaban vivas, empezaron a hacer fiestas y actividades culturales; y tuvieron la fuerza para luchar, hasta impedir su realización, contra un plan -última secuela del franquismo sinvergüenza y especulador, que ya acabó con la Vaguada en el barrio del Pilar- que pretendía tirar las viejas casas y hacer una especie de monstruosidad urbanística como la que ya, años antes, había acabado con el barrio de Pozas -uno de los más bonitos y extraños de Madrid, situado en la ronda de Alberto Aguilera-Princesa-, erigiendo en su lugar una monstruosa sucursal de El Corte Inglés y un horrendo hotel de mil estrellas.
El Poder se sintió atacado y, como suele hacer, contraatacó. Las Fiestas del Dos de Mayo del 78 fueron sangrientas: la policía atacó con todo su desvergonzado poder a quienes allí estaban divirtiéndose, y un joven, Fernando Solache, quedó descerebrado de un culatazo; las bandas de cachorros fascistas -cachorros de tiburón- también entraron a asesinar, a amedrentar, a luchar contra «la corrupción». Pero esto no era bastante, la fuerza bruta nunca ha sido suficiente para vencer a los madrileños. Entraron, entonces, con insidia; protegiendo bandas mafiosas de traficantes, echando a quienes no cumpliesen «su» ley, y difundiendo en «su» Prensa el bulo de la peligrosidad del barrio. Durante un tiempo pareció que todos los asaltos y robos que se cometían en Madrid ocurrían en el barrio de Malasaña. Por otra parte, distintos servicios policiales se instalaron allí, a perpetuidad, con el pretexto de controlar el «tráfico de drogas» que, según dicen los más viejos del lugar, ellos mismos fomentaban.
En un centro turístico
Hicieron algo peor: convirtieron el barrio en un centro turístico. Antes, los madrileños iban allí en busca de libertad, de una forma nueva de vivir; ahora van como quien va al circo: a observar a una fauna extraña; van temerosos de lo que pueda ocurrir en su safari, agarradas, ellas, al bolso con las dos manos; espantando, ellos, a los moscones provocativos que les ofrecen sustancias ilegales, cuya calidad ha disminuido sensiblemente. De modo que el zoco de libertad, placer y juego se ha convertido en un gueto donde se juega -con consecuencias trágicas a veces- a policías y ladrones.
El barrio de Malasaña ha muerto por segunda vez: entre las bandas de iraníes y paquistaníes que ventilan en sus calles sus vendettas, poéticas o mañosas; los servidos secretos de diversas índole, que tiran de pistola con facilidad, muchas veces unos contra otros; y los «turistas» despistados, que esperan -con cierto anhelo morboso- a que les roben, asalten o vejen, se ha perdido aquel simpático aire de libertad, aquella riqueza vital que, hace sólo unos años caracterizaba al viejo barrio. Y los vecinos, con razón, se han vuelto desconfiados; y ya no es fácil tomarse un cruasán de los buenos en La Oriental, y los punkies, con sus crestas multicolores, son ya más de escaparate que otra cosa. Se ha perdido uno de los primeros sueños del posfranquismo, y no es el único; como él, muchas otras cosas han muerto, demostrando que, con la muerte de Franco, no se ganó ninguna batalla que «ellos» no nos dejasen ganar: pero no importa. Aparecerán otros barrios, o el mismo, donde la libertad vuelva a ser más que una palabra en una canción. Y se ganarán batallas, y se tomarán Palacios de Invierno. No desesperemos: batallas se pierden todos los días; la guerra, todavía no se ha perdido (ni ganado, por supuesto).

Eduardo Haro Ibars, Liberación, 30 de octubre de 1984, p.24

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